Llegados, entrada la noche, a media legua de Pipaón, pueblo
perteneciente a la hermandad de Peñacerrada (que _hermandades_ y
_cuadrillas_ son allí las divisiones territoriales), hizo alto la
columna al amparo de unas casas destruidas, y don Fernando descansó
junto a su amigo Ibero, el cual le dijo que don Martín tenía órdenes de
destruir, o molestar por lo menos, a todas las columnas carlistas que
llevaran provisiones a Peñacerrada, y por último, de hacer un esfuerzo
para ocupar a Baroja, lugar al norte de dicha plaza, y perteneciente a
su hermandad. La tradición designaba aquel territorio con el histórico
título de _Tierras del Conde_, por haber pertenecido en tiempos muy
antiguos a un don Gómez Sarmiento, repostero del rey de Castilla don
Enrique II. Como país montuoso, en los habitantes de la hermandad
dominaban las ideas de _retroceso_, así como en las tierras bajas
crecía lozana la planta de la libertad. Trabajillo había de costarle
a Espartero la destrucción de aquel baluarte que últimamente habían
armado entre peñas los soldados del absolutismo, con la intención bien
clara de dominar los pasos del Ebro y amenazar las puertas de Castilla.
En tanto, don Martín hizo saber a los cinco individuos de la cuadrilla
de don Fernando que si querían continuar agregados a la división,
y participar de sus víveres y ampararse de ella, era forzoso que
estuviesen a las agrias y a las maduras, afiliándose resueltamente
como soldados de Isabel II, a lo que accedió el caballero en nombre de
todos, enorgulleciéndose de combatir a las órdenes de Zurbano por la
gloriosa causa de la reina. En los tiradores de caballería encajaron
admirablemente don Fernando y Urrea, buenos jinetes y excelentes
escopeteros. Iturbide y Zoilo prefirieron servir como infantes, y
Sabas, que aunque valiente no manejaba el fusil con la necesaria
destreza, pidió que le agregaran a la ambulancia. He aquí, pues, a los
cinco expedicionarios metidos en militar danza por ley de la fatalidad
o de la Providencia, que el nombre no altera el sentido o filosofía
del hecho. Ninguno de ellos sospechaba, al salir de Miranda, que iban
a pelear por Isabel agregándose a su ejército. Pero Dios lo había
dispuesto así, sin duda porque, deseando terminar la guerra, quería que
a esto se llegara echando toda la carne en los respectivos asadores.
La incorporación en las filas fue acogida por don Fernando sin
repugnancia ni entusiasmo, como un deber impuesto por circunstancias
ineludibles, y lo mismo puede decirse de Urrea, que en todo reflejaba
los sentimientos de su amo. Sabas se resignaba; Iturbide parecía
contento, y Zoilo estaba como demente, poseído de un frenesí de militar
gloria.
Quince o más días duraron las operaciones de la brigada y sus veloces
marchas en el quebrado país que separa las _Tierras del Conde_ del
territorio de Campezu, los montes de Isquiz, el valle del Ega,
los pueblos de Marquínez y Apellániz. El objeto era interceptar
los convoyes que el carlista traía de Estella, y embarazar toda
comunicación de Álava con Navarra. Brillante fue aquella página
militar, y los prodigios de valor y agilidad que la formaron apenas
caben en la historia, que por hallarse bien repleta de tales hazañas
ya no tiene hueco para más. Firme en su puesto, y atento a su deber,
Calpena no se propuso nunca hacer el héroe, ni señalarse por el
desmedido ardor guerrero: cumplía con su deber, y nada más. En cambio,
Zoilo era el propio espíritu de Marte; su ambición de brillar y
distinguirse nunca se saciaba; hallábase poseído de una loca temeridad;
sus hazañas eran, no ya extraordinarias, sino inverosímiles. La envidia
hubo de trocarse al fin en general admiración.
Había don Martín tomado afecto a Calpena, con quien echaba párrafos
entretenidos en los cortos ratos de descanso, y hablando de Zoilo le
dijo:
—¿Pero de dónde ha sacado usted ese diablete? Nunca he visto mejor
madera de militar, ni creo que haya en el mundo quien se le iguale.
¡_Maño_!, en cuanto vea al general he de proponerle para alférez, y aún
me parece poco.
Esto era muy grato a don Fernando, que sin saber por qué sentía que el
bilbaíno ganaba terreno en su corazón. Verdad que Zoilo le mostraba un
afecto sincero; contábale con infantil sencillez sus actos de heroísmo,
y parecía olvidado de todos los asuntos que les hicieron rivales. Si no
hablaba nunca de lo pasado, Calpena hubo de recordárselo en una ocasión
que es forzoso referir.
—Ven acá, chiquillo —le dijo haciéndole sentar a su lado la noche antes
de incorporarse la brigada al ejército de Espartero—. Quiero darte la
buena noticia de que serás pronto teniente, quizás capitán. Pero pues
has lucido bastante tus dotes guerreras, en las cuales ya hemos visto
que no tienes semejante, debo decirte que no expongas tu vida con tan
desmedida bravura... Tiemblo por ti, hijo. Obligado estoy a devolverte
a tu familia, por compromiso que contraje con mi conciencia. No me
haría ninguna gracia verte espanzurrado el mejor día en el campo de
batalla... ¿Y tú no temes morir? ¿No piensas en la pena de los tuyos
cuando sepan que has perecido? ¿No te acuerdas ya de tu mujer?
Nublose el rostro de Zoilo al oír esto, y la contestación se hizo
esperar.
—Sí que me acuerdo —dijo al fin—. ¡Pues no he de acordarme, si Aura es
mi vida, la vida que he dejado allá...!
—Pues tienes que volver a su lado y hacerte dueño de su afecto en
absoluto, sin alternativas lunáticas, ¿sabes? Yo haré cuanto deseas,
morirme o casarme... Todo es cortar la esperanza y hacer liquidación de
lo pasado.
—Ya ve —declaró Zoilo— cómo hemos venido a ser amigos usted y yo.
Desde que nos metimos en la guerra se me fue del alma el rencor contra
usted... Porque yo tengo dos vidas, dos amores: mi mujer y la guerra.
Guerreando la quiero más, si más es posible, y se me quitan todos los
resquemores. Valgo yo más que nadie, y no se ofenda... Y también le
digo que no tenga cuidado por mí, porque no hay bala que me mate, ni
enemigo que me venza... Si me hacen capitán de ejército, ya no hay
quien me separe de la vida militar. Y si consigo curar a mi mujer y
quitarle los malos recuerdos, ¿qué más puedo desear?... Como esas dos
cosas quiero, las he de conseguir.
—En cuanto sea posible —dijo Calpena— hemos de procurar comunicarnos
con nuestras respectivas familias. Tú anunciarás a la tuya mi muerte o
acabamiento, y yo a la mía la conquista de tu amistad. Son dos buenas
noticias, y cada una hará su efecto. Voy pensando, como tú, que querer
es poder. Queramos y podremos.
Poco más hablaron, porque Zoilo, rendido de cansancio, se caía de
sueño. Don Fernando durmió también tranquilamente, y gozoso fue el
despertar, porque recibieron orden de marchar a reunirse con Espartero.
El primer amigo que Calpena encontró en el ejército del conde de
Luchana fue Juanito Zabala, ya coronel, que mandaba cuatro escuadrones
de una brillantísima caballería, dos de húsares tiradores y dos de
lanceros. Mucho se alegraron uno y otro de verse, y no esperó don
Fernando a que Zabala le interrogase para contarle el cómo y cuándo de
andar en aquellos trotes. Previo consentimiento de Zurbano, pasaron
Fernando y Urrea al cuerpo adventicio que se había formado con paisanos
de Rioja y con desertores de la expedición de Negri; pero a Zoilo no
quiso don Martín soltarle, aunque le dieran en oro molido, o sin moler,
lo que aquel endiablado chico pesaba.
Y comenzaron, ¡vive Dios!, vigorosas operaciones contra Peñacerrada.
Una de las divisiones, compuesta de tropas de la Guardia Real, la
mandaba el general Ribero; la otra, que era la tercera del Norte, el
general Buerens. Entre ambos reunían dieciocho batallones distribuidos
en tres brigadas por cada división. Mandaba la artillería el brigadier
don Joaquín de Pont, y la caballería el que ya conocemos. Zurbano
se apoderó de Baroja, y Espartero se posesionó de las alturas de
Larrea, que al punto fueron atrincheradas. Desde allí podía batir el
castillo de Peñacerrada a tiro corto de cañón. Tres días de furiosos
combates precedieron al asalto. Los carlistas, mandados por Guergué,
se batían con indomable valor, intentando destruir las líneas que
Espartero iba formando para emplazar su artillería. Ventajas obtenían
los unos, ventajas los otros, disputándose el terreno palmo a palmo.
Los batallones alaveses hicieron gallarda salida con un empuje que la
caballería de Zabala pudo contener. Y tras aquellos terribles días,
otros tres se emplearon en escalar con vigor de gigantes los muros del
castillo, ganando ahora un montón de piedras, para después perderlo y
volverlo a ganar con horrendo sacrificio de vidas. Incansable, buscando
siempre el primer puesto en el peligro, Espartero era el gran soldado,
el caudillo que de su magnánimo corazón sacaba la increíble fuerza que
a su gente infundía. Creciéndose con las dificultades, cada tropiezo
era escalón donde afianzaba el pie para seguir adelante. Quedó por
fin bajo la enseña de Isabel el formidable castillo, con sus murallas
hechas polvo y sus piedras salpicadas de sangre.
En tan terrible cuanto gloriosa ocasión, don Fernando, que asistido
había con ardor y curiosidad a todas las peripecias del combate,
peleando también siempre que funcionaba la caballería contra los
alaveses, fue herido en la cabeza y hubo de retirarse. Urrea le llevó
a Baroja, donde pasó un día con las facultades turbadas a causa del
golpe, y tres o cuatro en completa inutilidad para la guerra. Su
herida no era grave; mas no le permitía volver a las andadas en algún
tiempo. Pasó dos días devorado de impaciencia y de sed, asistido
del capellán Ibraim y de un físico muy experto, sin formar cabal
idea de las sucesivas peripecias militares, pues tomado el castillo,
obstináronse los carlistas en defender la plaza a estilo zaragozano,
disputando muro por muro y casa por casa, y fue menester echar contra
ellos todo el coraje de acá y la inagotable energía del jefe y de su
tropa. Oía Calpena el continuo cañoneo, y ansiaba conocer el resultado
de tan fiero batallar. Por fin, una noche entró Urrea en el establo
donde yacía, y le dijo:
—Peñacerrada es nuestra, señor. Hemos cogido el hueso, y allá van
corriendo hacia Toloño los perros que lo tenían.
No tardó Zabala en darle las albricias. Todo era júbilo en Baroja, y la
línea desde este pueblo a la plaza ganada ardía en entusiasmo.
La inquietud mayor del caballero al abandonar su mísero alojamiento,
era no saber de Zoilo ni de Sabas, pues Zurbano había salido en
persecución de los fugitivos. Zabala, que también les fue a los
alcances, volvió sin satisfacer las dudas de don Fernando respecto
a sus amigos. Si poco temía del arrojo de Sabas, no podía desechar
la idea de que el bilbaíno pagaba a la muerte el tributo que su
desmedida ambición de gloria le debía. En estas ansiedades le
cogió don Baldomero, que de Larrea, después de la entrada oficial
en Peñacerrada, trasladó su cuartel a Baroja. Mandole llamar, y
mientras tomaba en el ayuntamiento un frugal tentempié, del cual no
participó Calpena por la radical inapetencia que sufría, hablaron de
lo humano y lo divino. Enterado el de Luchana de diversos particulares
interesantísimos, y hasta cierto punto novelescos (por revelaciones que
le hizo don Beltrán no lejos de Medina, en febrero último), se arrancó
a felicitar al caballero con la confianza militar que gastar solía, y
díjole después:
—Pero, amigo mío, ¿en qué estaba usted pensando cuando consintió que su
madre se estableciera en Medina de Pomar? Si todo aquel país no ha sido
hasta hoy de los más castigados, pronto le veremos arder... No, no;
allí no está bien. Debió usted llevarla a Logroño, donde ella y Jacinta
se habrían acompañado lindamente. Allá la seguridad es completa.
Nuestra casa es grandísima: buenos alimentos, buenas aguas. A Logroño
han ido a parar muchas familias de estas hermandades, entre ellas las
niñas de Castro, que creo son amigas de usted.
Diole el caballero las gracias con efusión, añadiendo que procuraría
trasladar a su madre a Logroño, si la guerra duraba...
—¡Que si dura...! Esto no se acaba nunca..., esto es un bromazo
terrible... —clamó Espartero dando rienda suelta a la franqueza militar
y española, que iguala en la indiscreción a pequeños y grandes—. ¿Y
qué quiere usted que pase con el desbarajuste de ese gobierno?...
Yo pregunto: ¿quién aconseja a esa buena señora...? Cada día más
_retroceso_, más errores, más desconfianza de la libertad y del pueblo,
cuando el pueblo, la masa..., en fin, no quiero hablar de esto...
Usted fíjese... ¿Ha visto el país una situación más desatinada? Les
he dicho cuanto hay que decir... No hacen caso: ellos se lo saben
todo... y ahora nos quieren traer mayores enredos y conflictos con esa
contrarrevolución que han inventado, la bandera de _Paz y fueros_...
¡Otro disparate, Señor! ¡En qué cabeza cabe...! Créame usted: si el
patriotismo no me amarrara a este puesto, si no creyera yo que me debo
a mi patria, al pueblo sano y liberal, ya me habría ido a mi casa...
¡Ah, sí...!
Asintiendo a todo, don Fernando aprovechó las franquezas del general
para pedirle que le facilitara medios de enviar una carta a Medina
de Pomar, y tuvo la dicha de que Espartero colmara sin tardanza sus
deseos, pues al siguiente día pensaba enviar una comunicación a
Castañeda que operaba por allá. Pidió permiso Calpena para retirarse a
escribir, y lo hizo con calma y amor. Desde aquella hora todo fue bien,
pues a poco de soltar la pluma, en el rincón del establo donde había
hecho su vivienda, tuvo razón de _Luchu_, y al siguiente día le vio
llegar tan famoso, radiante de orgullo, en toda la gallardía teatral
de su heroísmo auténtico, contando sus hazañas sin atenuarlas con
modestias anodinas.
—Sepa usted, señor don Fernando, que don Martín me ha dicho: «Animal,
eres capitán».