Brincando entró Zoilo en la cuadra, y dijo al capitán:
—Denos fusiles, jinojo, si los tiene, y si no los tiene, déjenos ir a
quitárselos a esos danzantes.
Fusiles había, los quince de los prisioneros fugados, y al punto
dispuso Ibero armar a los dos bilbaínos.
—A mí también —dijo don Fernando—, y a mis dos escuderos, que no vamos
a estar aquí con las manos cruzadas.
Para todos hubo armas y cartuchos.
—Calma, no atropellarse —repetía el valiente Ibero—. Aunque sean más de
mil, no nos copan, y aun permitirá Dios que se dejen aquí los dientes.
Cerrar todo, amontonando en el portalón del camino las piedras que
mandé preparar esta noche, para que no puedan abrirlo. Cerrar también,
dejándola sin parapetar, en disposición de ser abierta, la portalada
del corralón de la noria, que da al campo por nuestra derecha... Ya
saben los de la buena puntería que su puesto es arriba, en las ventanas
del pajar que dominan el campo. Fuego sostenido, y mucho ojo, amigos...
Ya saben los ligeros donde han de situarse: en el corralón de la
noria. Si en la entrada por el camino ponemos piedras, en la otra parte
pondremos carne, para que esta carne me haga una salidita cuando yo lo
ordene. Calma, y fijarse bien en lo que mando... Ahora todo el mundo
a su puesto, y apagar luces: hagámonos los dormidos para que vengan
confiados y se dejen abrasar como borregos.
—Yo me voy con los ligeros —dijo Zoilo—, si el capitán no me manda otra
cosa.
—Y yo con los tiradores —añadió don Fernando—, pues no es del todo mala
mi puntería. Amigo Ibero, ponga usted en el mejor sitio a mi criado
Urrea, que es gran cazador: al enemigo a quien este eche el ojo, pronto
le verá usted patas arriba. Sabas, ¿tú qué tal tiras? Vente conmigo.
Antes de que don Fernando y los suyos llegaran al ventanucho en que les
colocó Ibero, ya empezaban los sitiadores a tirar coces a la puerta.
Desde el pajar se les contestó con vivo fuego. Los ligeros, trepando
a la noria, disparaban también sin abandonar el cuidado del portalón.
Ibero recorría los puestos, y tan pronto estaba en el segundo corral
animando a los chicos, como subía para cuidar de que el servicio de
cartuchos se hiciera con prontitud. Sereno en medio del combate, a
todos infundía su valor y confianza. Arreció el fuego desde fuera
contra los huecos del pajar, y el capitán ordenó a los suyos que
aprovechasen bien los tiros, afinando la puntería. Los estragos de la
de Urrea se apreciaban fácilmente viendo cómo se clareaban los grupos
enemigos y oyendo sus vociferaciones; don Fernando afinaba también, y
Sabas, que no se creía con bastantes ánimos para afrontar el tiroteo,
fue destinado prudentemente al servicio auxiliar de los dos diestros
cazadores. Con doble juego de fusiles, Sabas y un viejo de la partida
cargaban mientras aquellos, el fusil en la cara, aseguraban con ojo
certero la pieza.
Fiados en su número, los sitiadores, que ninguna ventaja adquirían con
el ataque de fusilería, intentaron el asalto, trepando por la parte
más accesible de la tapia. Ibero, que les había calado la intención,
bajó presuroso, después de dar órdenes arriba para arreciar el fuego,
abrasando a los asaltantes todo lo que se pudiera; y sin cuidarse de
que diez o quince penetraran en el patio, dispuso la salida por la
portalada del corral de la noria. Ello se hizo con rapidez y bravura.
Como unos treinta hombres se lanzaron fuera, y la emprendieron a
bayonetazos o a navaja limpia con los sitiadores, sorprendiéndoles
y aterrorizándoles de tal modo en su impetuoso arranque, que con la
sola pérdida de tres de los suyos escabecharon cuádruple número de los
contrarios, y a los demás les impelieron a la fuga. Obedeciendo como
máquinas la orden de Ibero, volviéronse adentro, después de causar el
efecto que se proponían, y atrancaron la puerta con piedras y troncos
y cuanto hubieron a mano. De los que habían saltado, algunos quedaron
dentro sin vida, otros lograron salvarse, y a poco se oyó una voz
ronca y frenética que gritaba:
—Ibero, volveremos...
Levantado el sitio, los de arriba vieron al enemigo retirarse,
llevándose sus heridos. Como a cien pasos, dispararon de nuevo en
descarga cerrada; mas Ibero mandó que no se les contestase, gritando a
los fugitivos:
—Animales, gastad cartuchos, gastadlos, que yo reservo los míos para
cuando volváis.
Gozosos celebraban su victoria, y Zoilo parecía demente, del júbilo que
le embargaba, no vacilando en relatar él mismo sus hazañas con infantil
orgullo. Sin la obligación de acatar al jefe, que había mándalo a
los ligeros volverse después de la primera embestida, él se habría
traído la cabeza de un faccioso, a quien ya tenía cogido en excelente
disposición para decapitarlo. Reconocido el campo, encontraron dos
heridos graves, que recogieron, y tres muertos propios. Los enemigos
eran catorce, que abandonaron sin cuidarse de darles sepultura.
Descansando de la refriega, elogió Ibero la destreza inaudita de
Urrea y la de don Fernando. Iturbide se había portado bien entre los
ligeros, y Zoilo, al decir de todos, con extraordinaria bizarría y
temeridad. Pronto surgió en la mente del jefe de la columna el grave
problema de la resolución que debía tomar. ¿Se fortificaban en aquella
excelente posición, aguardando tranquilos las embestidas del faccioso,
que de seguro no tardaría en recalar con mayor fuerza? La solidez
del edificio y la bravura de su gente, reforzada con cinco números,
de los cuales tres por lo menos eran de gran precio, le garantizaban
una defensa gloriosa; pero si la situación se prolongaba, como era de
temer, ¿de dónde sacaría municiones y víveres?
Dificultosa era la salida; pero con todos sus riesgos les ofrecía
menos probabilidades de una perdición segura. Marchando hacia Miranda,
era menos probable el encuentro de una considerable fuerza facciosa;
marchando hacia el este, este peligro acrecía, mas lo compensaba la
contingencia ventajosa de encontrar el grueso de la división de don
Martín. Encaminarse al Ebro para vadearlo y pasar a la Rioja, le
parecía desairado: era el recurso último; era imitar a las mujeres y
a los pobres viejos aldeanos que huían de sus hogares. Oír quiso la
opinión de don Fernando, en quien reconocía un juicio claro y sereno
de todas las cosas, y el caballero, que tan gallardamente había sabido
conquistar su amistad, no titubeó en darle este terminante voto:
—Yo que usted, iría en busca de la peor y de la mejor contingencia, que
las dos se le ofrecen por el lado de oriente: batirme a la desesperada
con fuerzas superiores, o encontrar el amparo de la división de mi
jefe. ¿Quién le dice a usted que don Martín, sabedor o sospechoso del
conflicto en que usted se halla, no viene en su socorro?
Esta última razón llevó tal luz a la mente de Ibero, que ya no hubo más
dudas.
—Nos vamos ahora mismo —dijo—, apartándonos del llano, y metiéndonos
en las fragosidades de la sierra de Toloño. Por allí no nos buscarán.
Salgamos sin ruido, en secciones, que no han de perderse de vista.
A la media hora ya estaban en marcha, confiados en su buena estrella,
Ibero fortalecido por su fe ciega en el ideal de _los libres_, que
creía obra de Dios. Aunque odiaba el fanatismo, era creyente y buen
cristiano; y lejos de ver incompatibilidad entre la libertad y el
dogma, teníalos por amigos excelentes, y por amparadores de la causa
a todos los santos de la corte celestial. Grandes fatigas y trabajos
sufrieron en su larga caminata por la falda de la sierra, describiendo
curvas extravagantes para huir de los puntos que suponían ocupados
por destacamentos carlistas. El tiempo se les torció al segundo día,
metiéndose en agua, encharcando la tierra, y convirtiendo en torrentes
las cañadas que descendían de los montes; mas no conceptuaron por
muy desfavorable el temporal, fuera de las molestias que ocasionaba,
porque el continuo llover era como una cortina del cielo que les
ocultaba en su marcha sigilosa, y la humedad del suelo, si a ellos les
estorbaba, quizás en mayor grado entorpecería los pasos del enemigo.
En cuatro días de marcha penosa no tuvieron ningún mal encuentro;
al quinto toparon con una partida inferior en número, que batieron
sin dificultad, y el peligro de que tras ella vendría mayor fuerza,
lo sortearon escabulléndose en dirección contraria a la que habían
seguido los derrotados.
Consumidos los escasos víveres que sacado habían de su fortaleza,
empezaron a sufrir terribles hambres. Merodeaban en los abandonados
plantíos; algunos cazaban; mas los conejos parecían huir también de la
guerra, como su enemigo el hombre. Erizos y otras alimañas encontraron
en la espesura del monte; en una aldehuela miserable, solo habitada
por cuatro mujeres y dos vejetes, entraron a saco, arramblando por
todo lo que en aquellas pobres viviendas había, algunos panes, cecina
y alubias. Dos cabras fueron después gran hallazgo, y mejor aún unas
alforjas perdidas, con el tesoro de cuatro quesos y algunas cebollas.
Con tales apuros iban viviendo, marchando de noche, ocultos y dispersos
de día, hasta que, sabedores por sus avanzadas de que en una paridera
próxima a Peciña descansaban veinte facciosos, cayeron sobre ellos de
madrugada, y sorprendiéndoles dormidos, a unos mataron, dispersaron a
otros, quitándoles todo lo que tenían. El único que entre ellos quedó
prisionero, con un brazo roto, les dijo que don Martín, después de
dar un achuchón a los carlistas cerca de Ábalos, se había corrido a
Leza, internándose después en la Sonsierra. Arrimados a las asperezas
del monte, siguieron su camino en busca de Zurbano; y por el afán
de avanzar todo lo posible, anduvieron largo trecho en una noche
tempestuosa, con horrísono tronar y golpes de granizo, viendo caer
rayos y alumbrarse toda la tierra con siniestros resplandores. Pero sus
templados corazones, insensibles al miedo, querían ampararse de los
accidentes espantables de la naturaleza, para recorrer mayor espacio,
prefiriendo los senderos escabrosos o inaccesibles. Por último,
más arriba de Leza, les deparó Dios una columna cristina de tropas
regulares, perteneciente a la división del general Buerens. Estaban
salvados.
Provistos de municiones, pues las pocas que llevaban se les habían
inutilizado con la humedad; reparados sus míseros cuerpos con alimento
sano, aunque no muy abundante, y adquirido informe verdadero de la
situación de don Martín, siguieron en su busca, y al caer de una
plácida tarde le hallaron en un desfiladero por donde pasa el camino
de herradura entre Laguardia y Pipaón. ¡Feliz encuentro, a los doce
días de haber salido de Zambrana, realizando una prodigiosa marcha
por país enemigo! Aunque el mérito de esta no se le ocultaba, Zurbano
recibió a Ibero con una fuerte chillería, pues era su condición mostrar
rigor y displicencia en todo asunto del servicio, sin duda por hacerse
respetar y temer de sus subordinados. Según decía, si hubiera seguido
Ibero puntualmente sus instrucciones, no alejándose de Labastida más
que lo preciso para picar la retaguardia a la partida del _Zurdo_, no
le habrían pasado tantas desventuras. ¡De buena había escapado! En fin,
a olvidar los desastres, y a repararlos sacudiendo al enemigo todo lo
que se pudiera.
Era Martín Zurbano (a quien se le despegaba el don postizo) un hombre
tosco y desapacible, de rostro aclerigado, ceño adusto, boca fruncida,
de regular estatura y lentitud parsimoniosa en sus movimientos. Usaba
boina blanca y chaquetón forrado de pieles sin ninguna insignia;
sable y pistolas al cinto. Hablaba incorrectamente y con acento duro
erizado de interjecciones, lenguaje del valor de aquel tiempo en la
milicia montaraz. A pesar de estas asperezas, y quizás porque en ellas
veía la perfecta imagen del Marte español, Ibero sentía por él amor
y entusiasmo; y aunque sirviendo a sus órdenes quería imitarle en la
rudeza de los modales y en las groseras voces, no siempre lograba
el objeto, pues más que su proselitismo podían su nativa delicadeza
y buena educación. El felicísimo encuentro con don Martín no les
proporcionó ningún descanso, pues lo mismo fue llegar y juntarse y
recibir Ibero la peluca de su jefe, que se pusieron todos en marcha. No
era muy satisfactoria la situación de los cinco caminantes agregados a
la partida, pues Iturbide iba en estado febril, tendido en un carro;
a Sabas le había salido un grano en el muslo; Zoilo tenía el pescuezo
torcido de una fuerte tortícolis. Los mejor librados eran Calpena, que
padecía extenuación nerviosa por la falta de sueño, y Urrea, que solo
se quejaba de ganas de comer no satisfechas.
La tremenda contrariedad de no poder comunicarse con su madre puso a
don Fernando en gran tristeza. Cogido en la trampa de un ejército en
operaciones, tenía que permanecer entre las fuerzas cristinas, pues
por una parte y otra el enemigo ocupaba montes, villas y lugares.
Arriesgadísimo, por no decir imposible, era volver a Miranda con sus
cuatro compañeros, o pasar el Ebro para refugiarse en Logroño, y no
había más remedio que esperar el despejo de la situación y el término
feliz o adverso de aquella campaña. Por todo el camino, en la marcha
fatigosa, no cesaba de pensar que Dios no le había sido hasta entonces
propicio en su expedición, quizás por haber emprendido esta sin lógica
ni criterio, dejándose llevar de las corazonadas del insensato Zoilo,
o quizás de inexplicables querencias suyas, que él mismo no sabía
definir. Y llegado a tal punto de confusión, como el que se pierde en
un laberinto sin encontrar salida, no hacía más que interrogarse de
este modo:
«¿Y yo a dónde voy? ¿Por qué he venido aquí? ¿Volveré a ver a mi madre,
a mi querido capellán, a mis entrañables amigos de Villarcayo? ¿Habrá
dispuesto Dios que deje yo aquí mis pobres huesos? ¿Tendré que hacer
el héroe por fuerza para llegar a serlo de verdad? ¿Es ley constante
que las acciones muy estudiadas y previstas resultan siempre bien? ¿Es
seguro que los actos de impremeditación y de temeridad, comúnmente
tenidos por locuras o necedades, enderezan siempre al mal? ¿Qué
caminos llevan a la vida, qué veredas llevan a la muerte? ¿Toda senda
tenebrosa conduce al infierno? ¿Toda senda iluminada y florida conduce
al cielo?... Si yo tuviese aquí a mi madre para que me ilustrara en
estas dudas, mi tristeza no sería tan honda. Ya que no la tengo, traeré
su pensamiento al mío, y con esta luz veré lo que solo no veo: la
esperanza. Adelante, y sea lo que Dios quiera».