Contó luego Zoilo el caso inaudito de Iturbide, que habiéndose portado,
el primer día de ataque al castillo, con toda la decencia militar de un
buen bilbaíno, había ensuciado su reputación y su carrera, pasándose a
un batallón alavés. Creyó que los carlistas ganaban; se le aflojaron
los calzones... Allá se fue... Siempre le había tirado el servilismo.
—El infeliz —dijo don Fernando— ha creído que por los caminos de la
facción volvería más pronto a Bilbao.
—Sabe Dios a dónde irá... ¡Otra! Ya me río de pensar que habrá visto
a mi padrino Guergué, tal vez a mi padre, y les habrá dicho que estoy
aquí, en el ejército de Espartero, y que soy capitán, y que...
—Y que eres mi amigo. No serán pocos motivos de confusión para tu padre.
—Pues hay más. ¡Si parece que esto lo hace Dios, conforme a mi querer,
más fuerte que todas las cosas!... Pues la última vez que estuvimos
juntos Pepe y yo, el jueves por la mañana, nos dieron la noticia de
que usted habla caído, en la segunda carga, con una herida mortal en
la cabeza. ¡Jinojo, qué sentimiento! Pasa media hora, y viene Segundo
Corral, y nos larga en seco la noticia: «¡El pobrecito don Fernando
acaba de expirar!». ¡Jesús!
—¿Lo creíste?
—Yo no. No creo en la muerte de los que, según mi querer, deber vivir.
—Pero Iturbide se tragó la bola, y a estas horas se lo habrá contado a
don Sabino, si es que anda todavía con ellos.
—¡Otra! A mi padre le tiene usted ahora más contento que unas pascuas,
dando gracias a Dios...
—¿Por mi muerte?
—Cabal... A no ser que crea que yo le maté a usted... Todo es creíble
allá... Y en este caso, alegrándose, rezará mucho porque Dios me
perdone.
—¡Y tú y yo tan amigos!
—¿Esto qué es?
—Romanticismo, Zoilo. La lógica de las cosas absurdas, la risa del
dolor, la tristeza del placer...
—¿Y eso qué quiere decir?... ¿Poesía?
—Tal vez... Misterios de las almas. Tú dices que querer es poder.
Yo digo que mereces ser dichoso y lo serás... Vaya, chico, a tu
obligación, que es tarde. Separémonos. Hasta mañana.
Aquella noche, hecho un ovillo en su pesebre, sintiéndose febril, con
honda ansiedad en su espíritu, agobiado el cuerpo por la debilidad,
rebelde al sueño, el señor de Calpena con esta idea se atormentaba:
«¡Si al fin dispondrá Dios que este loco se salga con la suya!».
Efecto de la fatiga y de la pérdida de sangre, complicadas con
añoranzas muy tristes, se le insubordinó el estómago, rechazando todo
alimento, y los pícaros nervios se declararon en audaz anarquía. En
Baroja habría tenido que quedarse, si no le llevaran en un carro, muy
bien asistido por Urrea y Sabas, que dejó gustoso las armas por el
servicio de su querido amo. Ibero y Zabala le acompañaban todo lo que
podían, y Zoilo más de lo que debiera, descuidándose del servicio,
sin miedo a las reprimendas de don Martín. En tal estado, y siempre
en seguimiento del Cuartel general, pasó el puerto de Población. Dos
días de descanso en Eripán, donde le deparó Zabala un buen alojamiento,
fueron el comienzo de su reparación, que había de ser completa dos
semanas más tarde en la histórica y por tantos títulos famosa ciudad de
Viana.
Resolvió Espartero quitar al enemigo el único punto fortificado que
aún conservaba en la región alavesa, la villa de Labraza, cabecera
de la hermandad de su nombre en la cuadrilla de Vitoria, guarnecida
de viejos muros y de robustas torres, de las cuales hizo el carlista
punto de apoyo para remediar en lo posible la pérdida de Peñacerrada,
y asegurar sus comunicaciones con Estella. Mientras se disponían los
elementos necesarios para la expugnación de Labraza, pasó Espartero
a Viana, donde estuvo dos días, y de allí a Logroño, ávido de un
breve descanso en su casa. No le vio Calpena al partir; pero tuvo
conocimiento de que el ilustre caudillo no le olvidaba por un recado
amistoso que Zabala le transmitió con estas palabras que de confusión
le llenaron: «El general, además, te ruega que le esperes aquí, a su
regreso de Logroño, pues tiene que hablarte». Por más que se devanaba
los sesos, no acertaba don Fernando en el descubrimiento del negocio
que con él quería tratar el conde de Luchana. «¡Hablarme a mí! ¿De
qué...?». Y en esta incertidumbre vivió una semana, aguardando la
solución del acertijo, con el gozo de ver restablecida gradualmente
su salud, pues las aguas y los alimentos de Viana hicieron entrar en
razón a su estómago. A los pocos días de descanso y vida regalona en
pueblo tan interesante, pudo montar a caballo y dar buenos paseos con
sus amigos por el camino de Logroño, hasta llegar a los cerros de donde
se descubre el curso del Ebro caudaloso, la mole de la _Redonda_ y el
caserío y torres de la capital riojana.
Grata fue la residencia del caballero en aquel pueblo de tanta
nombradía en los anales de Navarra y de Castilla; disfrutó lo indecible
examinando las señales y vestigios de nobleza en calles viejas y
palacios desmantelados, en las antiquísimas iglesias de San Pedro y
Santa María. Mucho había que leer en aquellas piedras. Los curas del
arciprestazgo y los regidores de la ciudad franqueábanle códices y
papeles interesantísimos, donde vio y gozó históricas hazañas, como
la defensa que hizo el esforzado mosén Pierres de Peralta contra las
tropas del rey don Enrique II, y los horrores de aquel memorable
sitio en que las mujeres, así casadas como doncellas, manejaban las
«bombardas, trabucos, cortantes y otras diversas artillerías». Y fue
tal el hambre que pasaron los vianeses, que viéronse obligados a comer
«caballos e otras fieras inusitadas», según reza un viejo pergamino.
En la guerra de los Beaumonteses, que arrancó a Viana de la corona de
Navarra para pasarla a la de Castilla, también había mucho digno de
perpetuarse para ejemplo de los presentes. Vio don Fernando el sepulcro
de César Borja, duque de Valentinois, que allí murió, y los de otros
ilustres varones de aquella tierra.
En estos entretenimientos le interrumpió Sabas, manifestándole que
pues las queridísimas niñas de Castro-Amézaga se hallaban refugiadas
en Logroño, distante solo dos leguas cortas, él iría, si su amo le
daba permiso, a visitarlas por su propia cuenta, como Sabas de Pedro,
y a enterarse de si estaban saludables y contentas. Pareciole a don
Fernando muy atinada la idea de su escudero, y le despachó al instante
con la misión que se expresa, y la añadidura de un recado muy afectuoso
de su parte. Pero, ¡ay!, al día siguiente volvió Sabas cariacontecido
con la triste novedad de que no había encontrado a las niñas, pues la
señora doña María Tirgo, después de una temporadita de residencia feliz
en la capital de la Rioja, había logrado arrastrar a sus sobrinas
hasta Cintruénigo, donde a la sazón pagaban a los señores de Idiáquez
la visita que estos hicieron a Laguardia. ¡Ojo al Cristo!
Muy mal le supo al caballero esta desairada vuelta de Sabas; mas
cuidó de disimular la nueva tristeza que a las suyas y a su nostalgia
se añadía. Pasaba las noches entretenido con sus amigos, entre los
cuales _la fiera inusitada_ de Ibraim hacía el gasto de los chistes
burdos y sainetescos. Rodaba el tiempo, y todo el afán de Fernando era
que volviese pronto Espartero, que allí le había mandado esperar...
¿Esperar qué? ¡Oh incertidumbre!... Para mayor aburrimiento, pasó
el caudillo una noche por Viana, sin detenerse más que media hora,
y Calpena recibió por el ayudante Serrano Bedoya nueva edición del
recadito de marras: «Que no se mueva de aquí hasta que yo regrese, o le
avise dónde debe ir a encontrarme».
—Pues, señor, la broma es ya más que pesada —decía Calpena, buscando
medio de entretenerse con nuevos estudios de las antigüedades
vianesas—. Cuanto más libre me creo y más empeño pongo en disponer de
mi persona, más esclavo me encuentro. Mi sino es este, la esclavitud
constante, el arrastrar cadenas... de rosas si se quiere, pero cadenas
al fin. ¿Qué habrá en mí para que chicos y grandes me honren con sus
afectos más vivos...? Siento no tener a mano al gran Zoilo, el filósofo
del querer potente, para que me dé su opinión sobre esto.
En tanto que don Baldomero iba contra Labraza, en Viana corrían
voces de que la tal operación sería de las más sangrientas. Para
sustituir a Guergué, que perdió su valimiento con el desastre de
Peñacerrada, don Carlos había nombrado general de su ejército del
Norte a don Rafael Maroto. Este, cogido el bastón, se metió en
Estella, ocupándose en reorganizar los batallones y en proveerlos de
lo necesario para una activa campaña. Desde allí mandó recadito a los
de Labraza, encargándoles que se defendieran hasta morir, que él iría
en su socorro, provocando a Espartero a singular batalla en aquellos
campos. Todo anunciaba una brillantísima página histórica; alguien
creía próximo el último acto y quizá la escena final del drama de la
guerra. Pero así como los dramas suelen flaquear en su desenlace por
inhabilidad del poeta que los compone, los lances guerreros también
salen fallidos por torpeza o desidia de estos poetas de la espada. En
resumidas cuentas: que el de Luchana apretó el asedio; que Labraza se
defendió bien, hasta que no tuvo más remedio que rendirse, sin que de
Estella viniese Maroto con todo aquel aparato de fuerzas que anunció.
La esperada lucha decisiva quedose para mejor ocasión, y Espartero,
que había ido con terribles ganas de romperse el bautismo de una vez y
para siempre con su rival de hoy, ayer compañero de fatigas americanas,
volvió grupas, un tanto descorazonado como militar, como político no
descontento de la prudencia de Maroto y de su pereza en sostener el
reto.
Llegó por fin la ocasión que tan vivamente deseaba Calpena, y viendo
entrar a don Baldomero en Viana al caer de la tarde de un caluroso día
de julio, no tuvo sosiego para esperar a que el general le llamase,
y se fue a la casa de los Tidones, donde se alojaba, y solicitó
audiencia, que al instante le fue concedida. Sentábase a la mesa don
Baldomero para cenar con el arcipreste don Alonso de Aimar, con el
alguacil mayor o merino, don Lázaro Tidón, tres señoras de la familia
de Tidón y Asúa, el general Van Halen y otros; y convidado Fernando,
aceptó gustoso la grata compañía. Hablando de la guerra, dijo el de
Luchana con su franca llaneza:
—No me la dio Maroto... Ya me había tragado yo que no vendría. Le
conozco, es muy ladino, y no quiere comprometer el mando, que deseaba y
que no le conviene soltar...
Sin saber cómo, la conversación recayó en cosas muy distintas de los
sucesos militares, como la calidad de las judías verdes de Viana
comparadas con las de Logroño. Sostenía el vencedor de Peñacerrada,
conciliando la justicia con la galantería, que si al carnero de la
merindad de Viana _había que quitarle el sombrero_, en judías _de
riñón_ y en pimientos morrones, _donde estaba_ Logroño y su ribera,
no había que mentar hortaliza. ¡Y para que se vean los misteriosos
engranajes de la palabra humana! ¿Cómo pudo ser que del tratado de las
alubias pasasen aquellos señores a la personalidad de César Borja?
Ello fue así, como también lo es que ninguno de los comensales, incluso
el héroe, poseía nociones exactas de la vida y muerte de aquel afamado
cardenal y guerrero, teniendo Calpena que desenvainar modestamente su
corta erudición para ilustrar al esclarecido senado. No prestó gran
atención Espartero a estas historias añejas, que otras más vivas le
solicitaban, y aferrado a su idea, no cesaba de repetir:
—Es muy ladino, muy ladino...
No pasó mucho tiempo después de la cena, sin que la expectación de don
Fernando quedase... a medio satisfacer, pues Espartero, al conferenciar
con él en su despacho, no hizo más que mostrarle los bordes, digámoslo
así, del asunto que tratar quería, reservándose el cuerpo del mismo.
Con su consabida franqueza ruda, que en muchos casos le resultaba bien,
le dijo:
—¿Pero a qué tiene usted esa prisa por volverse a Medina? Un hombre
como usted, de sus circunstancias, no puede estar cosido a las faldas
de la mamá.
—Mi general, he conocido a mi madre hace poco tiempo.
—Ya, ya sé... Vamos al caso. Usted vale mucho, yo sé lo que usted
vale. No vengamos ahora con modestias ridículas. ¡Entre nosotros...!
En fin, usted es hombre de grandísimo mérito. Lo sé, lo afirmo, y no
hay que desmentirme, ¿estamos? Usted quiere que yo le regale el oído
repitiéndole que es un modelo de caballerosidad, una inteligencia de
primer orden, un joven ilustradísimo... Ea, lo digo yo y basta.
—Pues basta, mi general. ¿Y qué más?
—De sus modales y finura de trato, nada hay que decir, pues bien a la
vista están...
—Cuando usted acabe de echarme incienso, respiraré.
—No es incienso, es justicia... Me habló Urdaneta y otros, otros amigos
que le conocen a usted bien... Y para que el hombre resulte completo,
también somos valientes, ¿eh? Me ha dicho Martín... Pero no trato yo
ahora de valentías militares; estimo, sí, que sea usted hombre de
corazón, de voluntad bien templada...
No exageraba don Baldomero al manifestarse convencido de los méritos
del joven, pues en efecto, don Beltrán le había ponderado, quizás
con lujo de hipérbole, la inteligencia, cultura y dotes sociales del
hijo _extranjero_ de Pilar de Loaysa. Quizás estas cualidades eran
agrandadas por el de Luchana en su viva imaginación, que ciertamente la
tenía, como soldado de arranques, de momentos heroicos.
—Bueno, señor mío —añadió poniendo punto final a los elogios—.
Convencido de que usted vale y de que puede prestarme, a mí
precisamente no, a la patria, a España, a la libertad, servicios
grandes, no dudo en... Decláreme usted ante todo una adhesión
incondicional a los principios que represento, digo, que representamos
todos los leales, que representa la causa legítima de Isabel II, la
causa de la libertad.
Confirmada por Calpena su profesión de fe política, el de Luchana
prosiguió así:
—No cuento con usted para cosas de milicia; le quiero para una
comisión, misión mejor dicho, misión... que le comunicaré cuando
estemos perfectamente de acuerdo en las cuestiones preliminares. Ea,
señor don Fernando, yo no le suelto ya. Si se aflige usted por la
ausencia de su mamá, la traeremos a la Rioja...
—Mi general, tenga la bondad de explicarme...
—No explico más, ¡caramba! Lo dicho, dicho. Le tengo a usted trincado
por los cabezones. Escribiremos a la condesa si es necesario... Yo me
voy mañana a Logroño. No le diré que venga conmigo; pero váyase usted
pasado mañana, cuando guste, y allí seguiremos hablando. Por hoy, ¿eh?,
fijarse bien, como si no nos hubiéramos visto... Esto es reservado. Doy
de barato que sobre las buenas cualidades que usted tiene domina la que
de todas es maestra, la discreción, fijarse, la discreción. Y no digo
más. Retírese usted ya... Buenas noches. Descansar. Hasta luego.
Y se fue el caballero a su hospedaje, sabiendo... que no sabía nada,
sospechando, queriendo adivinar... Toda la noche estuvo viendo ante sí,
en la oscuridad, los ojos de Espartero, negros, penetrantes, ojos de
trastienda y picardía, y su rostro atezado, duro, que parecía de talla,
labradito y con buches, el bigote triangular sobre el fino labio, la
mosca, las patillas, demasiado ornamento de pelos cortos para una sola
cara. La mirada del guerrero le decía más que sus palabras, y a fuerza
de leer en aquella, creyó descifrar el pensamiento que estas no querían
manifestar.
«Una misión —se decía—. ¿Acaso...? ¿Qué entiendo yo de misiones y
tratos y enredos...? ¿Qué quiere hacer de mí? ¿Un diplomático, un
polizonte? Me ha escogido porque cree que la discreción está en mi
naturaleza... como hijo del secreto que soy..., el secreto mismo. No
acepto. Me voy con mi madre».