los ciudadanos romanos servían en las legiones; los peregrinos en
las tropas auxiliares. Esta fué la regla general hasta los últimos
tiempos de la República; pero como no bastasen á llenar los cuadros
de las legiones los que desde su nacimiento tenían la cualidad de
ciudadanos, se excogitó un medio para suplir esta insuficiencia,
dejando á salvo el principio antes citado; y éste fué otorgar el
derecho de ciudadanía á los habitantes de las provincias á quienes se
destinaba á servir en las legiones, las cuales, desde los primeros
tiempos del Imperio, se reclutan preferentemente en las provincias;
no ya sólo en Italia como anteriormente. Desde el reinado de Marco
Aurelio se deroga el citado principio, y cesa de ser requisito para
servir en las legiones la cualidad de ciudadano romano.
Bajo la inmediata inspección del Gobernador de la provincia, que
dirigía las operaciones de la leva, llevaban á cabo esta tarea
funcionarios especialmente instituídos al efecto, á quienes se
designaba con el nombre de _dilectatores_. A éstos incumbía hacer
ingresar el cupo correspondiente á los distritos en que ejercían sus
funciones, y distribuirlos entre los varios institutos del ejército.
Conocemos el nombre de alguno de estos _dilectatores_, encargados de
hacer la recluta.
Las tropas reclutadas en las provincias constituían el núcleo
principal de los _auxilia_, nombre con que se designaba en general
todas las tropas fuera de las legiones. Aunque al principio los
_auxilia_ se componían principalmente de peregrinos, luego que se
propagó más y más el derecho de ciudadanía, vinieron también á
constar en gran parte de ciudadanos romanos.
La infantería la constituían las _cohortes_ llamadas _auxiliares_
ó _sociae_, y también _leves cohortes_, á causa de lo ligero de su
armadura. Había cohortes de 500 (_quingenariae_) y de 1.000 hombres
(_miliariae_). Las que eran sólo de infantería se llamaban _cohortes
peditatae_, á diferencia de las que tenían incorporada alguna fuerza
de caballería, que se llamaban _equitatae_.
La caballería la formaban las _alae_, cuyo contingente, como el de
las cohortes, variaba también de 500 á 1.000 hombres, y eran el
grueso de la caballería romana.
Cohortes y alas llevaban el nombre de la provincia ó del pueblo de
donde procedían, y se distinguían entre sí por los números, y á veces
por cognombres ó apelativos especiales. Lo ordinario era que no
prestasen servicio ó no estuviesen acantonadas permanentemente en las
comarcas donde habían sido reclutadas. Unas y otras eran mandadas por
Prefectos.
Bajo el Imperio, el tiempo de servicio en las legiones era 20 años;
en los _auxilia_, 25; pero era frecuente no licenciar las tropas,
sino después de cumplido con exceso el tiempo legal. En los siglos
II y III servían los legionarios 25 años, cinco de ellos exentos
del servicio ordinario. Los soldados que servían en las legiones
percibieron desde el tiempo de Augusto, en concepto de sueldo anual,
la suma de 225 denarios (978 reales próximamente), que Domiciano
elevó á 300 (1.300 reales), aparte del equipo y alimentación.
Terminado el tiempo de servicio, se concedía á los legionarios una
cantidad de 3.000 denarios (13.500 reales) ó una asignación ó lote de
tierras.
Bajo el Imperio, la fuerza numérica de cada legión era de 5 á 6.000
hombres, divididos en 10 cohortes y 60 centurias. Mandábala con
carácter permanente un _legatus_, que llevaba el nombre de _legatus
legionis_, el cual mandaba además los cuerpos auxiliares incorporados
á cada legión, y cuyo efectivo era igual de ordinario al de esta
última. Bajo sus inmediatas órdenes estaban los _tribuni militares_.
Cuando la legión estaba acampada con carácter permanente, tenía un
jefe especial llamado _praefectus castrorum_, primeramente, y desde
el tiempo de Domiciano, luego que cada legión tuvo ya su campamento
fijo, se denominó _praefectus legionis_.
Las legiones tenían números consecutivos; y su número, indefinido
bajo la República, lo fijó Augusto en 28, reducido luego á 25, por
haber sido deshechas tres de ellas en la batalla de Varo[441].
[441] Marquardt, II, p. 432, da á conocer la colocación que
tenían estas 25 legiones en el año 25, p. Ch. La legión IX
Hispana estaba á la sazón en África. En tiempo de Higinio,
contemporáneo de Trajano, ó, según otros de principios del siglo
III, la primera cohorte de cada legión constaba de 960 hombres;
las demás de 480. Cada legión tenía su caballería especial,
cuatro secciones (_turmae_); en junto, 120 hombres.
Aunque de las dos partes principales constitutivas del ejército
romano, según hemos indicado al principio, la primera se reclutaba
entre los ciudadanos romanos, la segunda entre los peregrinos; ya en
el último tercio del siglo II se imaginó una ficción para completar
el cupo de las legiones, cual fué la de otorgar á los peregrinos en
el momento de reclutarlos con este objeto la cualidad de ciudadanos;
práctica, por lo demás, iniciada ya en tiempo de Augusto, bien que
no parece haberse generalizado hasta la época de que tratamos. Esto
se explica en parte por la misma fuerza de las cosas; pues mientras
en Oriente era escaso el número de las ciudades, cuyos habitantes
gozasen de la ciudadanía romana, en el Occidente predominaba este
género de poblaciones. Desde Vespasiano, por efecto quizá de una
medida de este Emperador, el hecho es que los italianos vienen á ser
raros en las legiones; y más tarde, verosímilmente por disposición de
Adriano, se convirtió en regla la conscripción ó reclutamiento local
para todas las legiones. Conforme á esto, distínguense tres períodos
en la historia del reclutamiento romano: «el augusteo en que Italia
y el Occidente proporcionan el cupo de las legiones occidentales;
el de la exclusión de los italianos del servicio ordinario de las
legiones, conservando el principio augusteo, por lo demás, y el del
reclutamiento local»[442].
[442] Mommsen, _De Conscriptionsordnung der römischen
Kaiserzeit_, p. 11.
Desde los tiempos de Constantino el ejército se recluta
principalmente entre los pueblos bárbaros establecidos junto á las
fronteras del Imperio, á los cuales conceden los Emperadores que se
establezcan en territorio romano en virtud de un tratado, contrayendo
ellos á su vez la obligación de servir en los ejércitos romanos. Las
condiciones eran diversas, según los pueblos, pues mientras unos
prestaban sus servicios sólo temporalmente, sin abandonar su patria
para establecerse en territorio romano, y por lo tanto, venían á
ser como meros aliados que combatían bajo el mando de sus propios
Generales y se regían por sus propias leyes; otros, conocidos bajo el
nombre genérico de _laeti_, venían á ser verdaderos súbditos de Roma
y transmitían á sus herederos, juntamente con las tierras que les
habían sido asignadas, la obligación de combatir bajo las banderas
de Roma. Los _laeti_, llamados también á veces gentiles, gozaban
de plena libertad personal, estaban libres del pago del impuesto
territorial y vivían aislados del resto de los provinciales (con los
cuales les estaba prohibido contraer matrimonio), bajo la dirección
de sus jefes especiales, designados en los documentos de la época con
el nombre genérico de Prefectos.
Completábase el ejército con los que voluntariamente se ofrecían
á ingresar en él, y con los soldados que los _possessores_ tenían
obligación de presentar. La duración ordinaria del servicio era
veinte años, como en el período anterior, y la remuneración para
atender á los gastos de alimento y equipo se hacía en metálico ó
especie, según los casos. Cumplido el tiempo reglamentario, se
les licenciaba, otorgándoles ciertos privilegios é inmunidades,
cuya observancia les garantizaban las Constituciones imperiales.
Consistían principalmente, en estar exentos ellos y su familia del
pago del impuesto personal; en poder elegir libremente el domicilio
que más les acomodase; en no estar obligados á sufragar las cargas
de carácter local, ni se dedicaban á algún tráfico, á los impuestos
indirectos de matrícula, aduanas y otros semejantes. A veces se les
concedía lotes de tierra libres de impuestos, ó se les proporcionaban
los medios necesarios para montar una pequeña explotación agrícola.
No tenían, como era natural, derecho alguno á tales mercedes y
exenciones los que habían sido expulsados del ejército por indignos;
aunque sí los que, teniendo limpia su hoja, se habían inutilizado en
el servicio.
Formaban parte del ejército, además de las milicias, así terrestres
como marítimas, la Guardia real, que, dividida en varias secciones
con denominaciones diversas, y mandada por dos Condes, varones
espectables (_spectabiles_), constaba en junto de 3.500 hombres,
y los _domestici_ ó protectores, nombre que se daba á la guardia
especial del Emperador; cuyos individuos, de categoría superior
á los que hemos nombrado, se elegían entre los centuriones que
habían cumplido ya los años de servicio. Eran sus jefes superiores
dos Condes, con tratamiento de ilustres (_illustres comites
domesticorum_).
El mando supremo del ejército regular estuvo desde el tiempo de
Constantino á cargo de dos Maestres, jefe el uno de las fuerzas de
infantería y el otro de las de caballería. Más tarde se aumentó
su número y se modificó su primitivo carácter; y así vemos en la
_Notitia dignitatum_ ocho de estos funcionarios, de los cuales
cinco pertenecían al Imperio de Oriente y tres al de Occidente,
teniendo cada uno de ellos á sus órdenes un cuerpo de ejército,
compuesto de fuerzas de infantería y caballería. Disponían los
Maestres un numeroso personal subalterno (_officium_), algunos de
cuyos miembros tenían el carácter de Oficiales. Los varios cuerpos
de ejército que tenía bajo su dependencia cada Maestre, estaban
dirigidos indistintamente por Duques ó Condes, con tratamiento de
espectables. Las fuerzas de infantería se clasificaban por legiones,
y la caballería por vexilaciones, unas y otras gobernadas por
sus correspondientes Prefectos. A ellas se agregaban las tropas
auxiliares con su organización especial. La vigilancia y defensa de
las fronteras estaba á cargo de un Duque, el cual tenía bajo su mano
á los jefes de las fuerzas acantonadas en los lugares respectivos
(_praefecti y prepositi_).
§ 62.
_Los Españoles en los ejércitos de Roma._[443]
[443] Mommsen ha reunido en las pág. 165 á 169 de su trabajo,
_Militum provincialium patriae_ inserto en el vol. V de la _Eph.
epigr._, los datos epigráficos relativos á los soldados españoles
que, ya en los cuerpos auxiliares (_cohortes y alae_), ya como
legionarios ó pretorianos, sirvieron en los ejércitos de Roma.
Puede consultarse también sobre el particular el Estudio anterior
de Harster, _Die Nationen des Römerreiches in den Heeren der
Kaiser_, Espira, 1873, p. 44 y 46-47.
La división de la Tarraconense en gentes sirvió de base al
reclutamiento del ejército romano en este territorio, y cuando menos
en la parte Norte de la provincia, la leva de las tropas auxiliares
se hizo conforme á esta división[444].
[444] Tal es el resultado irrefragable de las ingeniosas
investigaciones de Detlefsen en el _Philologus_, XXXII, p.
660-667, aceptado plenamente por Mommsen, _Römische Geschichte_,
V.
El primero de los tres distritos militares de la Tarraconense citados
por Estrabón[445] comprendía, según se infiere de su texto, los
Conventos Asturicense y Bracarense y á los Carietos pertenecientes al
Cluniense. «De este territorio, que fué el que durante más tiempo se
resistió á los Romanos, y que aun después de sometido se quedó atrás
respecto á los otros en punto á fundación de ciudades, pues constaba
principalmente de _civitates_ rurales, se sacó el mayor número de los
cuerpos auxiliares, ya de una sola gente, ya de dos gentes vecinas
entre sí. Es evidente que la antigua división de gentes sirvió aquí
de base hasta bastante tarde á la recluta militar»[446]. Es de notar
que de las regiones del Sur, Oriente y Centro de la Tarraconense
no se hallan cuerpos auxiliares con nombre especial. Debe, pues,
admitirse que de estas comarcas en que las antiguas gentes se
fundieron bien pronto en la nacionalidad romana se reclutaron las
_cohortes y alae Hispanorum_ (sin indicación especial de _gens_)
frecuentemente mencionadas.
[445] III, 4, 20.
[446] Detlefsen, p. 664.
La provincia de Lusitania constituía un distrito de recluta que daba
siete de cohortes de infantería; no se sabe que diera caballería, y
estará su contingente seguramente entre los numerosos regimientos de
caballería no designados con apelativos étnicos. En la Tarraconense
se hacía la recluta en la región, ya en cierto modo autónoma, de
Asturia y Gallaecia, según los tres conventos; de donde surgieron
las seis _cohortes Asturum_, las cinco de los _Bracaraugustani_ y
las otras cinco de los _Lucenses_. En el resto de la Tarraconense se
reclutaba por cantones en la parte Noroeste y por lo tanto en gran
escala. Aquí pertenecen las dos _alae_ de Arévacos, las dos cohortes,
respectivamente, de Cántabros, de Vascones, de Várdulos y otras más.
Agregábanse á esto para completar el contingente los _Auxilia_ de los
_Hispani_ en general, por lo menos un ala y seis cohortes, que debían
salir principalmente del Sur de la Tarraconense»[447].
[447] Mommsen, _Die Conscriptionsordnung_, p. 47.
§ 63.
_Organización militar de la España romana._
Durante la República hubo constantemente en España cuatro legiones,
cuyo número en la guerra contra los Astures y Cántabros se elevó á
seis[448]. Fueron éstas, según la opinión más probable[449], la V
Alauda, la X Gémina, la IV Macedónica, la VI Victrix, y la I y II
Augustas. A poco de terminada la guerra, se sacaron de España tres de
estas legiones, á saber: la I y II Augustas y la V Alauda, quedando
sólo las otras tres, ya en tiempo de Tiberio[450], estacionadas ó
acampadas todas ellas en la Tarraconense[451], que era la provincia
donde se consideraban más necesarias, pues la Bética estaba ya
enteramente romanizada, y la Lusitania no parecía inspirar tampoco
cuidado alguno.
[448] Boissevain, _De re militari provinciarum Hispaniarum aetate
imperatoria_, Amsterdam, 1879.
[449] Dion, LIII, 29.
[450] Boissevain, p. 6-11, discute los testimonios relativos á
este punto, y hace muy verosímil la opinión adoptada en el texto.
[451] Tácito, _Ann._, IV, 5.--Estrabón, III, 7 y 8, y IV, 4, 20.
Desde el tiempo de Vespasiano hasta los últimos tiempos del imperio,
no hubo en España de ordinario con carácter permanente otra legión
que la Séptima Gémina. Tuvo ésta su cuartel permanente en León, y
quizá al principio en Astorga, y temporalmente en Itálica.
Destacamentos de Legionarios acampados en Ampurias y Denia, cuidaban
de defender estos lugares de las incursiones de los piratas[452].
[452] C. I. L., II, n. 111 y 112.
Para mantener á raya á los pueblos del Norte, recientemente vencidos,
y consolidar mejor la dominación romana en las regiones del Centro y
Norte de la Península, el territorio de la Tarraconense, gobernado
por un legado del Emperador, se dividía en tres diócesis ó distritos
militares, al frente de cada uno de los cuales había otro legado,
siendo de notar que uno solo de ellos ejercía en tiempo de Augusto
el cargo de Jurídico, y luego vinieron á desempeñarlo también los
otros dos. La legión cuarta Macedónica, según resulta de monumentos
epigráficos, descubierto el último en Sasamón[453], cerca de Burgos,
relativos á la división entre los prados de la mencionada legión
y el territorio de las ciudades de Juliobriga y Segisamo, era
evidentemente la que Estrabón menciona como acampada entre Asturias y
el Pirineo.
[453] C. I. L., II., n. 2.916, y _Eph. ep._, IV, n. 27.
Observa Mommsen sobre las inscripciones relativas á los prados de
esta legión[454], que por ella se viene en conocimiento de cuál fuese
el oficio de _pecuarios_ de la legión, mencionado en inscripciones de
la Germania y del África. Eran los pastores de los ganados que tenían
las legiones.
[454] Mommsen, al comentar la inscripción citada en la nota
anterior.
Desde Augusto y Vespasiano hasta el tiempo de Claudio hubo en España
tres legiones; desde éste hasta Nerón dos, al final del reinado de
Nerón una sola, dos en tiempo de Otón, tres en el de Vitelio, y á
fines del año 70, á consecuencia de haberse llevado sucesivamente á
Germania, quedó España sin ninguna legión hasta que Vespasiano le
asignó la _septima Gemina_.
Según Suetonio en la vida de Galba, este Emperador reclutó entre la
plebe de la España citerior una legión, dos alas y tres cohortes.
La legión VII Gémina[455] fué, pues, reclutada en España por el
emperador Galba; y parece haber llevado en un principio el cognombre
ó apelativo de su fundador, mudado después por Vespasiano, enemigo
de la memoria de Galba, en el de Gémina, debido también á haberse
fundido con otra legión en el reinado de Vespasiano. Además de este
apelativo, usó también á veces el de _Félix_ y el de _Pía_. Antes
de ser destinada á España, y todavía en tiempo de Galba, estuvo de
guarnición en Roma y en la Panonia, y luego en Italia, donde luchó
heroicamente y con grandes pérdidas en la batalla de Bedriaco. En
el año 79 se la encuentra ya en España con los apelativos de _Félix_
y de _Gémina_, nacido este último de haber sido reforzada con tropas
de otra legión por Vespasiano, á consecuencia de las grandes pérdidas
que sufrió en la guerra de Vitelio.
[455] Sobre la legión _VII Gemina_, véanse los trabajos
especiales de Hübner en el C. I. L., II, al tratar de las
inscripciones de León, el del P. Fita, _Legio VII Gemina_ en
el _Museo español de Antigüedades_, vol. I, y finalmente el de
Boissevain, Op. cit., p. 80-93.
La defensa de las costas en algunas provincias, así senatoriales
como imperiales, estaba á cargo de un prefecto especial, el cual
reclutaba sus soldados en la respectiva provincia. Tal sucedía en
la Tarraconense, donde hallamos un funcionario con el título de
prefecto de la costa marítima _Laeetana_, que tenía á sus órdenes
dos cohortes. En algún tiempo parecen haber sido dos los citados
prefectos[456]. En la Bética se halla mención de un tribuno militar
de cohorte marítima[457], cuyas atribuciones y objeto debieron ser
análogas á las del prefecto de la Tarraconense.
[456] C. I. L., II, n. 4.138, 4.217, 4.224-4.226, 4.239, 4.264
y 4.266. Cagnat comenta con acierto estas inscripciones en su
importante trabajo _De municipalibus et provincialibus militiis
in imperio romano_, p. 19-22.
[457] C. I. L., II, n. 2.224 y 3.272. Cagnat, p. 22-24.
Las islas Baleares eran regidas en lo militar por un prefecto
_pro legato_, que debió tener bajo su mando cierto contingente de
Legionarios ó auxiliares, en este concepto. La inscripción en que
se conmemora á este funcionario es del año 65, ó sea del reinado de
Nerón[458].
[458] Wilmans, n. 1.619.
En tiempo de guerra parecen haber tenido todos los municipios
el derecho de fortificarse y de armar á los ciudadanos y á los
íncolas[459]. A este efecto, y según hemos indicado ya, el Consejo
municipal facultaba á los Duumviros, quienes tomaban todas las
disposiciones necesarias y turnaban en el mando de la milicia
municipal, ó delegaban este cargo en un prefecto que tenía la misma
competencia que un tribuno del ejército permanente[460].
[459] Entre los monumentos epigráficos concernientes á milicias
municipales, es de notar el de Nescania (Cortijo de Escaña), en
que se mencionan unos _servi stationarii_, soldados de condición
servil, que en esta población, como en otras del imperio romano,
se empleaban para la guardia de la ciudad ó en el servicio de
policía. Vid. Cagnat, p. 83-85.
De la organización militar de España en el siglo IV trata la
_Not. dignit._ ed. Seeck, VII, 118-134 (p. 138) y XLII, 25-32 (p.
216).
[460] Mommsen en la _Eph. ep._, p. 112 y 126 y sig., comentando
el C. 103 a _Lex Col. Genet. Jul._
CAPÍTULO VIII[461]
INSTITUCIONES RELIGIOSAS[462]
[461] Marquardt, _Römische Staatsverwaltung_, III, Leipzig, 1878,
especialmente, p. 118-226, donde se encontrarán citadas las
monografías sobre la materia.
Nos limitamos á exponer aquí en sus líneas más generales la
organización religiosa del Estado romano como rama de la
administración pública, y principalmente en su relación con las
provincias. Del culto provincial hemos tratado ya al reseñar
la organización de las Asambleas provinciales, con la cual se
halla íntimamente enlazado. Acerca del culto y los sacerdocios
municipales, recuérdese lo dicho en el lugar oportuno.
[462] Marquardt, III, pág. 118, 184, 201 y 202.--Fustel de
Coulanges, _La cité antique_, pág. 221-230.
§ 64.
_La Religión._[463]
[463] Marquardt, _Römische Staatsverwaltung_, III, p. 71-112, G.
Boissier, _La religion romaine d'Auguste aux Antonins_, París,
1874, y J. Réville, _La religion à Rome sous les Sévères_, París,
1886.
Los Romanos profesaban el principio de que cada ciudad debía tener
su religión particular, y en consonancia con él, respetaban la de
los pueblos conquistados, permitiéndoles practicar libremente sus
cultos, sin que la autoridad romana interviniese en esta clase de
asuntos, sino para proscribir ciertas costumbres bárbaras, como los
sacrificios humanos.
Merced, sin embargo, á las colonias romanas que transportaban á las
provincias la religión de la Metrópoli, y á los municipios que se
esforzaban por calcar sus instituciones sobre las de las colonias,
adoptando el culto y la organización sacerdotal de Roma, el culto
romano se difundió rápidamente. Para esto no tenían necesidad los
provinciales de renegar de sus tradiciones religiosas particulares:
antes bien conservaban, al lado de los romanos, sus cultos y
sacerdocios locales.
No sólo las deidades genuinamente romanas, sino también las
extranjeras recibidas en el Panteón romano, se difundieron
rápidamente en la Península. Así en España encontramos muy
extendidos los cultos orientales en los primeros siglos del
Imperio. Concretándonos á los datos que nos proporcionan las
inscripciones, vemos que del culto de Isis hacen memoria, además
de la celebérrima inscripción de Acci, otras varias de Acci,
Mirobriga, Bracara Augusta, Tarraco, Aquae Calidae y Valentia,
en la última de cuyas ciudades existía un colegio de adoradores
de Isis, _sodalitium vernarum colentes Isidem_[464]. A Serapis,
que no era, como es sabido, sino una forma de Osiris, lo vemos
mencionado en una inscripción de Pax Julia y en otra de Valencia.
En otras inscripciones de Cazlona, Dertosa y Ampurias se menciona
una divinidad _panthea_. En Valencia se ha encontrado asimismo una
inscripción dedicada á Júpiter Ammon[465].
[464] C. I. L., II, n. 3.386-3.387, 33, 2.416, 4.080, 4.491 y
3.730.
[465] C. I. L., II, n. 3.730.
El culto frigio de la Magna Mater está representado por dos
inscripciones de Olisippo, una de Capera y otra del Portus
Magonis[466]. La última de ellas conmemora la dedicación de un
templo levantado en honor de esta diosa por Lucio Cornelio Silvano.
Finalmente, del culto y de los misterios de Mitras encontramos
vestigios en inscripciones de Emerita Augusta, Ugultaniacum, Malaca
y Tarraco, y muy particularmente en una notabilísima, atribuída por
Hübner á los _Astures Trasmontani_, en la cual se mencionan algunos
de los grados jerárquicos del sacerdocio de este culto[467].
[466] C. I. L., II, n. 178-179, 805 y 3.706.
[467] C. I. L., II, n. 1.025 y 2.705.
«Que la civilización romana penetró más temprano y con mayor
intensidad en España que en ninguna otra provincia, se comprueba bajo
diversos aspectos, especialmente en la Religión y en la Literatura.
Ciertamente, en las regiones donde perseveró por más tiempo el
elemento ibérico y que se vieron libres de la invasión del elemento
romano, como Lusitania, Galecia y Asturias, continuaron todavía
bajo el imperio en sus antiguos santuarios los dioses indígenas con
sus extraños nombres, terminados los más en _icus_ y _ecus_, como
_Endovellicus_, _Eaecus_, _Vagodon-naegus_ y otros de este jaez. Pero
en todo el territorio de la Bética no se ha encontrado ni siquiera
una sola inscripción votiva que no se hubiese podido poner del mismo
modo en Italia; y lo mismo sucede en la Tarraconense propiamente
dicha, con la sola diferencia de encontrarse vestigios aislados de
deidades célticas en la parte superior del Duero. Ninguna provincia
del imperio romano fué tan enérgicamente romanizada bajo el punto de
vista religioso[468].»
[468] Mommsen, _Römische Geschichte_, V, p. 68.
§ 65.
_El culto._