La historia de la conquista de España por los Romanos, no

conocida sino sólo en sus líneas generales, está aún por escribir

en sus detalles y vicisitudes. La exposición sumarísima que,

así por esta razón, como por no convenir otra cosa á nuestro

propósito, hacemos en el texto, está basada sobre los trabajos,

desgraciadamente fragmentarios, de Fernández-Guerra y de

Hübner, las dos autoridades más competentes en la materia. Gran

acrecentamiento recibirán los conocimientos que hoy poseemos

sobre el particular, el día que D. Aureliano Fernández-Guerra

dé á luz sus magistrales trabajos inéditos sobre la Geografía

antigua de la Península, y en especial su estudio sobre las

campañas relatadas por Tito Livio.

En las luchas que hubieron de sostener los Romanos, primero con los

Cartagineses y después con los pueblos ibéricos, para asentar su

dominación sobre la Península, contaron como aliados constantes y

poderosos, no sólo con las colonias griegas, que á semejanza de su

metrópoli Marsella abrazaron desde luego resueltamente la causa de

Roma, sino también con las ciudades de origen fenicio de la costa

Sur de España, que viendo cómo la fortuna volvía las espaldas á los

Cartagineses, sus congéneres y dominadores, se echaron también en

brazos de los conquistadores romanos, recibiendo en cambio de Roma

agradecida exenciones y principios.

El resultado de la segunda guerra púnica, por lo que hace á la

extensión de la dominación romana en la Península, fué quedar

sometidas á ella las regiones del Sur y del Este, que antes

reconocían la supremacía de Cartago, y buena parte de los territorios

bañados por el Ebro. El objetivo de los Romanos, una vez terminada

la guerra con los Cartagineses, fué consolidar su dominación en los

territorios conquistados y extenderla en los que aún no reconocían

su imperio, fijándose en primer término en las comarcas del centro

habitadas por los Celtíberos.

El territorio sometido por Escipión en virtud de la derrota y

expulsión de los Cartagineses comprendía parte de Cataluña, Aragón

y Valencia, Murcia y Andalucía; pero el arraigo del poderío romano

en unas y otras regiones era muy desigual. Mientras que en las dos

últimas comarcas parece haberse recibido de mejor grado el yugo

romano, en las tres primeras, que vinieron á constituir la provincia

romana denominada España citerior, parte por no haber sido tan

completa la ocupación romana, parte también por el carácter y grado

de cultura de sus habitantes que los hacía más refractarios que los

del Sur á influencias extrañas, no tardaron en levantarse contra

Roma, derrotando en el año 197 al procónsul Cayo Sempronio Tuditano,

y arrojando enteramente de su territorio á los ejércitos de Roma. La

pericia militar y la astucia del cónsul Marco Porcio Catón, lograron

restaurar la dominación romana en estas regiones dos años después;

y las victorias alcanzadas por el padre de los Gracos contra los

Celtíberos, y el tratado que fué su consecuencia, celebrados en el

año 179, asentaron sobre sólidas bases la paz de estos pueblos con

Roma hasta el año 151.

Ocasión y motivo principal de que se rompiera nuevamente la paz entre

Españoles y Romanos fué la odiosa é inhábil conducta del pretor de la

España citerior Servio Sulpicio Galba, quien después de haber peleado

con vario suceso contra los Lusitanos en los años 151 y 152, concertó

con ellos un tratado de paz por el que se obligó á darles tierras

más feraces que las que poseían para que pudieran establecerse; y

logrando, á la sombra de esta promesa, separarlos y dividirlos, hizo

acuchillar cobardemente hasta 7.000 de ellos en el año 150. De aquí

que el pueblo lusitano se levantara en masa contra Roma, aunque

con escasa fortuna al principio, con felices resultados desde el

momento en que se puso al frente de ellos Viriato; que habiéndose

salvado maravillosamente de la matanza ordenada por Galba, hizo

pagar cara á los romanos su indigna conducta. En las campañas que

hubo de sostener desde el año 149 hasta el 140, la ventaja estuvo

siempre de su parte; pues no sólo consiguió derrotar enteramente, y

aun dar muerte en algunas ocasiones, á los generales romanos, sino

que en virtud del tratado que celebró en el año 141 con Quinto Fabio

Serviliano, logró ver reconocida por Roma la absoluta independencia

del pueblo lusitano bajo su propio cetro. En el año 139, renovada

la guerra, le volvió la espalda la fortuna, en términos que se vió

obligado á solicitar la paz; pero el cónsul romano Quinto Servilio

Cepión, fingiendo entrar en negociaciones con él, aprovechó esta

coyuntura para ganar á algunos de los allegados del héroe lusitano,

los cuales lo asesinaron de noche por sorpresa en su misma tienda.

Aunque los Lusitanos continuaron la guerra después de la muerte de

Viriato, faltos de un Jefe hábil que los condujera al combate, fueron

derrotados por completo y hubieron de someterse incondicionalmente.

Resultado de estas guerras, y de la heroica lucha que inmortaliza el

nombre de Numancia, fué quedar asentado definitivamente el señorío de

Roma sobre las regiones del Centro y del Sudeste de España.

Hacia el año 80 antes de J. C., se turba de nuevo la paz. Sertorio,

jefe del partido enemigo de Sila después de la muerte de Mario, se

propuso hacer de España un centro de resistencia contra el célebre

dictador. Utilizando el conocimiento que había adquirido de la

Península y de sus habitantes mientras había ejercido en ella el

cargo de tribuno militar, se dedicó con gran energía y perseverancia

á organizar á España sobre el modelo de Roma, granjeándose la

adhesión de los indígenas por su noble conducta, y logrando, gracias

á esto, ver reconocida su autoridad en toda España. Instituyó, pues,

un Senado á semejanza del de Roma; creó en Huesca una Academia, donde

los hijos de las principales familias Españolas eran iniciados y

adiestrados en el conocimiento de las letras griegas y latinas, y

divulgó entre los naturales del país la táctica y la organización

militar romana. No es de este lugar reseñar las vicisitudes de la

gloriosa lucha que sostuvo desde el año 82 hasta el 72, y que, como

la guerra de Viriato, terminó con la muerte violenta de Sertorio. Lo

único que nos interesa es considerar cuán extraordinaria hubo de ser

la influencia que adquirieron en España, por virtud de la política y

la organización de Sertorio, las instituciones romanas.

Importantísimo también bajo este punto de vista, es el episodio de

la guerra civil entre César y Pompeyo que tuvo por teatro nuestra

Península. España había venido á ser, después que César hubo

arrebatado Roma é Italia á los Pompeyanos, el centro principal y

el más sólido baluarte de este último partido. Petreyo y Afranio,

legados de Pompeyo en la España citerior, y Varrón, el erudito autor

de las _Antigüedades Romanas_, que desempeñaba el mismo cargo en

la Ulterior, contaban con un ejército poderoso que oponer á César.

La distribución que habían hecho entre sí del territorio español,

precedente y modelo probable de la organización provincial del tiempo

de Augusto, era muy favorable á la resistencia; pero el valor y la

habilidad de César triunfaron de todo, y después de derrotar en

Lérida á Petreyo y Afranio, que hubieron de rendirse á discreción, el

legado de la Ulterior se vió forzado á seguir, impotente ya para la

resistencia, el ejemplo de sus colegas en el año 49.

No tuvo mejor éxito la tentativa de los hijos de Pompeyo tres años

después, para rehacer su partido en España. La célebre batalla de

Munda, ocurrida el 17 de Marzo del año 45, acabó con los últimos

restos del poderío pompeyano. Resultado de estas luchas, fué la

fundación de numerosas colonias en el territorio de la Bética, con

que el dictador victorioso castigó á los partidarios de Pompeyo y

premió el esfuerzo de sus veteranos.

De allí á poco tiene lugar el último y desesperado esfuerzo de los

Españoles para sacudir el yugo romano, ó sea la lucha tan gloriosa

como estéril iniciada por los Cántabros y secundada por los Astures

en tiempo de Augusto.

«Recuerdan los Astures que tienen la misma sangre de los Cántabros, y

se unen á ellos para contrastar al César. Augusto divide el ejército

en dos haces: acampa la una en los Autrígones, hacia Medina de Pomar,

á la orilla izquierda del Ebro; él, con la otra, pone sus reales en

_Segisamone_ (Sasamón), ciudad de los Turmódigos; Agripa, con naves

de Inglaterra, surca el mar; y en un día mismo, todos acometen por

tres partes á Cantabria. De Sasamón sale Augusto contra _Véllica_

(Hélecha), y la toma. Los Cántabros huyen al inaccesible Monte

Vindio; luego adoptan el sistema de rehusar batalla campal, y hábiles

guerrilleros sorprenden y diezman en todo sitio á los Romanos;

empéñanlos en andar sin fruto, como á caza de fieras, entre montes;

ríndenlos á insoportable fatiga, y pónenlos en riesgo á toda hora,

y en el mayor peligro siempre. Cinco años dura la guerra, que se

pensó concluir en pocas semanas: los Cántabros pelean por la vida,

sus enemigos por la reputación; de ira y despecho enferma Augusto,

abandona el ejército, confía su gobierno á Cayo Antistio y retírase á

Cataluña.

Muchas y sangrientas batallas costó á Roma sujetar á Cántabros y

Astures. Dígalo, á más de la de Véllica, la de aquel Monte Vindio,

que cruzaba los Cóncanos, dividía á los Orgenomescos y Vadinienses,

y se llama hoy picos de Europa, Sierras Albas, Peña Labra y Sierra

de Sejos, á donde se ufanaban de ponderar los Cántabros, que primero

llegarían las encrespadas olas del Océano que las soberbias y rapaces

águilas romanas. Díganlo también: la batalla de Aracillo ó Atracillo,

Aradillos, por cima de Reinosa, donde se peleó con mucha gente y por

largo tiempo, como asimismo en los lugares más fragosos, inclementes

y selváticos, cercanos al mar; la de Santander, que se denominó ya

por muchas centurias Puerto de la Victoria, y en territorio astur la

del río _Astura_ ó Esla, al pie del cerro de Lancia, colocado entre

el Esla y el Porma, á tres kilómetros hacia el Norte de Mansilla,

donde fué vencedor Carisio, legado de Augusto; la de Brigecio

(Villaquejida, á la derecha del mismo Esla, entre Valencia de Don

Juan y Benavente); y, por último, aquella donde todo favoreció á los

legados Furnio y Antistio, la del Monte Medullio ó Sierra de Mamed,

sobre el Sil, hacia el ocaso de Astorga.

Dos años después de sujeta Cantabria, crucificados los jóvenes más

valientes, vendidos como esclavos y diseminados por España los

demás, éstos matan á sus señores, vuelven á su patria y encienden de

nuevo la guerra, adiestrados ya con la táctica militar romana. Agripa

triunfa, no sin que la Legión Tercera Augusta se cubra de ignominia,

y sea preciso que la venga á reemplazar la Cuarta Macedónica».[158]

[158] A. Fernández-Guerra, _Cantabria_, p. 28-29.

Con esto queda ya terminada la conquista de España por los Romanos.

Bajo el Imperio apenas si ofrece interés la historia política de

España desde el punto de vista de nuestro estudio. Si se exceptúa la

invasión de los Moros[159], que dió origen á que se incorporasen á

la Bética las ciudades del África más próximas al Estrecho, y las

correrías de los pueblos germánicos por la Tarraconense, anuncio de

la gran irrupción de los Germanos en el siglo V, no hallamos otro

suceso alguno que merezca ser especialmente consignado. Perdida su

vida propia, la existencia de España, como parte del orbe romano, se

desliza oscura y tranquila hasta la ruina definitiva del Imperio.

[159] Este suceso conocido por el lacónico texto de Capitolino

_Vit. Marci,_ 21; _Cum Mauri Hispanias prope omnes vastarent,

res per legatos bene gestae sunt_, se halla conmemorado por la

inscripción 1.120 del C. I. L., II, puesta por la Resp(ublica)

Italicens(ium) á C. Vallio Maximiano _fortissimo duci, ob merita

et quot provinciam Baetic(am) caesis hostibus paci pristinae

restituerit_, y por la de Singilia Barba al mismo C. I. L., II,

2.015: _ordo Singil(iense) Barb(ense) ob municipium diutina

obsidione et bello Maurorum liberatum_.

Durante los últimos siglos de éste la disolución moral y económica

llega á tomar tan grande incremento, que las medidas adoptadas para

atajar en su desarrollo este germen fecundísimo de disolución y

ruina, vienen á ser enteramente ineficaces. La acumulación de la

propiedad territorial en manos de unos pocos, mal común á Italia y á

las provincias, trae en pos de sí la ruina y el decrecimiento de la

clase de los pequeños propietarios, y el consiguiente decaimiento de

la agricultura y de la producción. La cuestión de subsistencias viene

á ser por esta causa el asunto preferente de la Administración. El

Estado, obligado á sostener la masa inmensa de los proletarios, agota

sus recursos en las provisiones públicas, fomentando indirectamente,

por el mismo caso, el vicio y la holgazanería. A estas causas de

disolución interior se agregan las frecuentes incursiones de los

Bárbaros, cuyo origen sube á los primeros tiempos del imperio, y que

empiezan á generalizarse y á tomar carácter alarmante á mediados

del siglo III y singularmente en el período de los treinta Tiranos.

A contar desde el tiempo de Marco Aurelio, que emprendió varias

campañas con feliz suceso, aunque con escaso resultado, contra

tan terrible enemigo, los Bárbaros fueron una amenaza constante

para la integridad del imperio, que hubo de consagrar toda su

atención y gastar sus mejores fuerzas en esta lucha. Como resultado

de todas estas causas de empobrecimiento y ruina, y del gradual

enflaquecimiento del poder central, los vínculos de obediencia se

relajan, la cuestión social se manifiesta con alarmantes caracteres,

y la insurrección de los Bagaudas desola y ensangrienta el territorio

de las Galias y el Nordeste de la Península, abriendo una era de

espantosas calamidades para el Occidente de Europa.

§ 27.

_La Romanización._[160]

[160] De los progresos de la romanización en España tratan de

propósito Budinszky, _Die Ausbreitung der lateinischen Sprache

über Italien und die Provinzen des römischen Reiches_, Berlín,

1881, p. 61-77; Jung, _Die romanischen Landschaften des römischen

Reiches_, Insbruck, 1881, p. 1-89, y, sobre todo, Mommsen,

_Römische Geschichte_, V, Berlín, 1885, p. 62-70.

Imponer á un pueblo extraño por medio de decretos ó leyes la propia

civilización, no se avenía bien con la táctica hábil y hasta cierto

punto tolerante de los Romanos, dispuestos siempre á respetar la

organización peculiar de los territorios conquistados, siempre que

esto no ofreciese peligro alguno desde el punto de vista político. La

cultura romana arraigó en ellos más ó menos rápidamente, con mayor ó

menor intensidad, según las condiciones del suelo y el carácter de

los habitantes. Por lo demás, la política de Roma, para consolidar

su dominación sobre los pueblos vencidos, fué muy diversa según los

tiempos y las circunstancias, y distó mucho de acomodarse á un patrón

común para todas las regiones[161].

[161] Hirschfeld, _Lyon in der Römerzeit_, Viena, 1878, p. 3-4.

Durante las luchas en que los pueblos españoles, aun después de

vencidos una y otra vez, volvían á combatir á los Romanos con nuevos

bríos, derrotando á sus mejores generales cuando éstos los creían ya

sojuzgados definitivamente, hubieron de convencerse los Españoles

de que la diseminación de sus moradas ó centros de población les

incapacitaba para prestarse mutuo apoyo, y para concentrar todas

sus fuerzas en un punto al ser atacados de improviso por el enemigo

común. Comprendieron, en suma, que sin una organización más compacta

les era de todo punto imposible mantener su independencia contra

el poder romano. De aquí que los veamos dispuestos en ocasiones

á modificar en este sentido su organización política. No á otro

móvil obedecía la tribu celtibérica de los Belli al trasladar los

habitantes de las pequeñas ciudades de su territorio á Segeda, la

más importante de todas ellas, y decidir la construcción de una

nueva muralla de cuarenta estadios. A los reparos y preguntas del

Senado romano, alarmado por esta resolución, contestaban los Belli

que, si bien se habían obligado con el pueblo romano, en virtud del

tratado hecho con Tiberio Sempronio Graco, á no construir nuevas

ciudades, se reservaron expresamente el derecho de amurallar y

fortificar las existentes. La prohibición referida no tenía por

objeto ciertamente impedir que se construyeran pequeñas ciudades,

como las que hasta entonces habían tenido los Españoles, y de cuyas

escasas dimensiones nos habla Posidonio al decir que las trescientas

ciudades celtibéricas arruinadas por Graco, según Polibio, no eran

sino pequeños lugares fortificados con torres. Dirigíase, sin duda

alguna, únicamente á impedir la concentración de grandes masas en

lugares fortificados, como la que proyectaban los Belli, ó sea la

formación de grandes centros de resistencia que pudieran detener y

contrastar el empuje de las armas romanas. Cuán general y poderosa

hubo de ser esta tendencia de los pueblos españoles, demuéstralo

suficientemente el hecho de haber impuesto Tiberio Graco á aquellas

tribus la observancia del precepto antes indicado, como condición

precisa é indispensable para mantenerse en la gracia y amistad del

pueblo romano[162].

[162] E. Kuhn, _Die Entstehung der Städte der Alten_, Leipzig,

1878, página 393.

Medios análogos á los empleados en esta ocasión por Tiberio Graco,

y encaminados al mismo objeto, pusieron en juego los Romanos, una

vez dominada la Península, para mantenerla pacífica y sumisa; y

entre ellos fué uno de los más eficaces alterar las divisiones

políticas existentes, fraccionando unas veces y refundiendo otras

los organismos territoriales y administrativos de los indígenas, á

fin de quebrantar con esta política de disgregación la energía y la

vitalidad de los pueblos españoles. Estrabón, por ejemplo, refiere

de algunos de ellos, que habiendo abandonado el cultivo de sus

tierras para vivir del robo y del pillaje, y estando constantemente

en lucha entre sí y con los pueblos vecinos, los Romanos, con el fin

de hacerles abandonar este género de vida, dividieron en pequeñas

agrupaciones los centros numerosos de población existentes en dicho

territorio[163]. Pero no sólo en lo relativo á la Lusitania, sino

respecto de toda España, puede decirse que los Romanos pusieron en

práctica este mismo sistema. Infiérese claramente de las noticias

de todo punto fidedignas que nos proporciona Plinio respecto del

territorio de la España ulterior, que, como es sabido, comprendía

la mayor parte de la España actual: «Además de doscientas noventa y

tres ciudades que están incorporadas á otras, dice Plinio, contiene

esta provincia ciento setenta y nueve ciudades, sin contar las islas

[164].» A estas ciento setenta y nueve ciudades habían venido á

incorporarse, perdiendo su autonomía política y administrativa, ó sea

su vida propia, las otras doscientas noventa y tres; de suerte que

constituían con ellas una sola comunidad municipal.

[163] Estrabón, III, 3, 5.

[164] Plinio, III, 18.

Otro de los agentes más poderosos y eficaces de que se sirvió Roma

para afianzar y consolidar su dominación y su influencia sobre los

territorios conquistados, singularmente desde que tuvo ejércitos

permanentes, ó sea desde los primeros tiempos del imperio, fueron

las legiones con que solía guarnecer ciertas provincias, ya para

mantener en la obediencia á los habitantes, ya para rechazar las

invasiones enemigas. En el período á que nos referimos, cuando el

ejército tuvo ya carácter permanente y la duración del servicio

militar se elevó á veinte ó veinticinco años, no siendo necesario

emplear á los soldados, como durante la República, en guerras largas

y difíciles, para preservarlos de la afeminación y la indisciplina

consiguientes á la ociosidad, se resolvió ocuparlos, no sólo en

frecuentes ejercicios, sino también en trabajos militares de defensa,

y en otras obras públicas de gran utilidad, á fin de emplear

provechosamente tantos millares de brazos en tiempo de paz, é impedir

que se empleasen en perjuicio del Gobierno y del Imperio. Solía,

pues, ocupárseles principalmente en la construcción de las murallas,

con que rodearon totalmente algunas de las provincias fronterizas,

y en la de fortalezas y vías militares, según consta, así de las

inscripciones, como de los textos antiguos.

También se utilizaba á los soldados en la construcción de puentes,

diques, canales y puertos, así como en la de templos y edificios

públicos en las ciudades provinciales; de aquí que hubiese

estacionado siempre un destacamento de ingenieros con su Prefecto

á la cabeza, en todas las provincias imperiales. La extensión de

la actividad constructora de los soldados romanos la comprueban

los millares de ladrillos con la inscripción de una legión, de una

cohorte auxiliar ó de un ala del ejército, que se encuentran en todas

las provincias del antiguo imperio romano, á veces en las ruinas

de los baños, anfiteatros y otros edificios públicos. También se

les empleaba frecuentemente en la construcción de castillos, en la

explotación de minas y en otros trabajos semejantes.

La red de vías que enlazaba á todas las regiones de la Península,

hacía posible transportar tropas con la mayor rapidez desde las

partes más remotas al punto amenazado, y facilitaba en gran manera

los frecuentes cambios de guarnición de unas provincias á otras.

Aunque establecidas las vías militares principalmente para la defensa

del país, contribuían también mucho al bienestar general, facilitando

el comercio y poniendo en relación á las comarcas más distantes;

de suerte que, como se ha dicho con razón, las condiciones de

facilidad, seguridad y rapidez en los viajes, en los primeros tiempos

del Imperio, eran tales como no han vuelto á serlo en Europa hasta

principios del siglo actual.

De todas las regiones de España, la primera en amoldarse enteramente

á los usos y costumbres romanas fué la Bética.

«Los Turdetanos, sobre todo los de las orillas del Betis,» dice

Estrabón, «se han convertido enteramente á la manera de vivir de

los Romanos, hasta renunciar el uso de su idioma nacional; y como,

además, muchos de ellos han sido agraciados con el _jus Latii_, y han

recibido en sus ciudades en muchas ocasiones colonias de Roma, poco

falta ya para que todos ellos se conviertan en Romanos. La existencia

de colonias tales como Pax Augusta entre los Celtici, Augusta Emerita

entre los Túrdulos y otras semejantes, muestra bastante, en efecto,

el cambio que se ha verificado en la constitución política del país.

En general se designa bajo el nombre de _togati_ todos los pueblos

de Iberia que han adoptado este nuevo género de vida, y aun los

Celtíberos mismos son hoy en día de este número, bien que durante

mucho tiempo hayan sido reputados los más feroces de todos[165].»

[165] Estrabón, III, 3.

Causas principales de esta rápida é intensa romanización de la

Bética, hubieron de ser, no sólo el carácter de sus habitantes, cuya

excesiva ductilidad acredita constantemente la historia, sino también

su mayor grado de cultura, debido al frecuente trato con griegos y

fenicios y á las importantes colonias de estos últimos en su suelo,

así como también y muy principalmente, haber sido más favorecida

que las otras provincias con fundaciones de nuevas ciudades, que

fueron como otros tantos centros de donde irradiaron, sobre todo el

territorio, la cultura y la civilización de la metrópoli.

Historia General del Derecho Español, Tomo I · 第 9 / 29 段