»Importante era el comercio de la costa oriental de España en

sal, metales y materias tintoriales. Los Focenses y Marselleses

se hicieron allí su parte, pero á costa de luchas perpetuas con

sus rivales los Fenicios y los Cartagineses. Aunque no lograron

tampoco en estas regiones helenizar por completo las costas,

levantaron, sin embargo, enfrente de las Baleares, sobre una altura

que domina desde lejos el mar, el fuerte de Hemeroscopion, donde

había fraguas y pesquerías productivas, y donde la Arthemis de

Éfeso tenía un santuario de los más frecuentados. Siguieron las

huellas de los Fenicios hasta el Estrecho de Gibraltar, en cuyas

cercanías construyeron la ciudad de Maenace; llegaron hasta traspasar

las columnas de Hércules, y se aclimataron en la embocadura del

Guadalquivir... Después de la caída del poder tirio, á mediados del

siglo VII, los Samios habían inaugurado allí con éxito inesperado el

comercio griego. Los Focenses se apoderaron á su vez de este tráfico,

y trabaron con los príncipes tartesios relaciones de amistad tan

íntimas, que uno de ellos, por nombre Argantonio, hizo construir á

sus expensas, al rededor de Focea, un muro destinado á protegerla

contra los ataques de los reyes de Media[138].»

[138] E. Curtius, _Histoire grecque_, p. 567-568.

Estrabón[139], siguiendo á Posidonio, Artemidoro y Asclepiades

de Myrlea, del último de los cuales dice haber profesado como

gramático en Turdetania, consigna algunas tradiciones relativas á

establecimientos griegos en la Bética, Cantabria y Galicia; y Plinio

afirma también resueltamente que los hubo en la última de estas tres

regiones[140]. Entre el Júcar y Cartagena, según el mismo geógrafo,

y á corta distancia del río, había tres pequeñas ciudades, cuya

población era de origen marsellés; la más importante de las tres

era Hemeroscopium, de la cual había hecho Sertorio su plaza de armas

marítima. En efecto, añade el geógrafo griego, su posición es muy

fuerte, y es un verdadero nido de piratas que se ve desde el mar á

muy remota distancia; se la denomina _Dianium_ (lo que equivale para

nosotros á Artemisium)[141].»

[139] III, 4, 3.

[140] III, 3: _Graecorum sobolis omnia._

[141] III, 4, 6.--Sobre otras ciudades griegas del interior véase

lo que dice D. Aureliano Fernández-Guerra en su _Discurso de

contestación al del Sr. Rada_, antes citado, p. 127 y 134-136.

Acerca de las ciudades del Nordeste de origen griego, puede

consultarse á Müllenhoff, _Deutsche Alterthumskunde_, I, p.

178-180.

§ 23.

_Las colonias griegas._[142]

Las mismas diferencias que se observan entre el desenvolvimiento

político de las varias regiones de Grecia, debidas en gran parte á

las influencias geográficas, se reflejan también en mayor escala

en las colonias griegas, que apartadas de los centros primitivos

de su vida nacional, trocaron frecuentemente su carácter propio ó

tradicional, dejándose dominar por influencias extrañas. Pero esto,

que puede decirse con razón de las colonias griegas del Asia menor,

no es aplicable en el mismo grado á las establecidas en el Occidente

de Europa, muchas de las cuales florecieron aún en medio de pueblos

bárbaros como conservadoras y representantes de la cultura helénica;

observación que, aunque hecha con referencia á las colonias jónicas

de Marsella y Nápoles, conviene también á las colonias griegas de

España.

[142] K. F. Hermann, _Lehrbuch der griechischen Antiquitäten_,

III, 2.ª ed., Heidelberg, 1870, p. 52-57.--G. Gilbert, _Handbuch

der griechischen Staatsalterthümer_, II, Leipzig, 1885, p.

397-403.--Caillemer y Lenormant, artículo _Colonies grecques_

en el _Dictionnaire des antiquités grecques et romaines_,

de Daremberg y Saglio, vol. II, p. 1297-1303.--Busolt, _Die

griechischen Alterthümer_ en el _Handbuch der Klassischen

Altertumswissenschaft_, de Müller, vol. IV, Nordlingen, 1877, p.

64-69.

Escasísimas son las noticias que tenemos respecto á las

circunstancias que acompañaron á la fundación de estas colonias,

así como acerca de su organización interior y de las relaciones que

mantuvieron con sus respectivas metrópolis. Por lo que se sabe de

las formalidades con que los Griegos solían proceder en estos casos,

puede asegurarse que en general, y ya fuese político, ya meramente

comercial el objeto que les moviese á fundar una colonia, una vez

elegido el lugar, se procedía á la construcción de la ciudad, y se

distribuía el territorio entre los colonizadores por partes iguales.

Después de esto el Jefe de la expedición fijaba, de acuerdo con sus

compañeros, la organización política y religiosa de la colonia.

Las relaciones entre ésta y su metrópoli variaban, como es natural,

según el carácter oficial ó privado de la fundación. Pero en todo

caso no parecen haber sido tan estrechas estas relaciones, como se

observa en otros pueblos, ni haber tenido en la mayoría de los casos

carácter verdaderamente jurídico; antes bien, el vínculo que las unía

era de índole meramente religiosa y moral, análogo, según manifiestan

los mismos escritores antiguos, al que existe entre padres é hijos.

Manifestábase, pues, singularmente en ciertas demostraciones de

respeto y honor hacia la madre patria, y en especial hacia sus

deidades tutelares, cuyo culto venía á formar parte principal del

culto público de la colonia.

Atendida la dependencia política de las colonias griegas de España

respecto á Marsella y las frecuentes relaciones comerciales que

sostenían con esta última ciudad, por efecto de su proximidad

geográfica, puede conjeturarse con fundamento que las instituciones

políticas de nuestras colonias, más bien que á las de Focea, de que

apenas se tienen noticias[143], debieron asemejarse á las de Marsella.

[143] G. Gilbert, _Handbuch der griechischen Staatsalterthümer_,

II, p. 155 dice respecto á la organización política de Focea:

«es tan poco lo que se sabe de ella que sería inútil intentar

exponerlo.»

«La forma de gobierno más antigua de Marsella, según las noticias

que poseemos, fué una estrecha oligarquía, en la cual no tenían

participación sino muy escaso número de familias, quizá únicamente

las de los primitivos fundadores. Este rigorismo hubo de mitigarse

después, admitiéndose al desempeño de los cargos públicos, primero á

los primogénitos, y después á todos los hijos de familias acomodadas,

excluídos antes de la intervención en el gobierno del Estado. En

tiempo de Aristóteles era ilimitado el número de las familias

que gozaban de este privilegio. Todo aquel que reunía ciertas

condiciones, cuyo pormenor nos es desconocido, podía obtener cargos

en la administración pública. Al frente de ésta había un συνέδριον de

600 miembros vitalicios, llamados τιμοῦχοι ú οἱ ἑξακόσιοι, los cuales

eran indudablemente elegidos de entre ciertas familias privilegiadas,

y, sólo en defecto de éstas, de entre las demás familias del Estado

marsellés. Una Comisión de esta numerosa Asamblea compuesta de 15

individuos despachaba los asuntos corrientes; y una Subcomisión de

tres individuos con su Presidente, representaba el poder Supremo en

el Estado. Los ciudadanos no pertenecientes á las familias arriba

indicadas, parecen haber carecido por completo de derechos políticos.

El συνέδριον de los 600 dirigía la política exterior, además de los

otros ramos de la administración pública, sobre las cuales no se

tienen noticias concretas[144].»

[144] G. Gilbert, Op. cit., II, p. 259-260, que resume los

testimonios de Aristóteles, Cicerón, César y Estrabón acerca

del particular. Consúltese también á O. Hirschfeld, _Gallische

Studien_, Viena, 1883, p. 14-16, y la exposición más detallada de

Johannsen en su disertación _Veteris Massiliae res et instituta

ex fontibus adumbrata_, Kiel, 1817, p. 66-86.

Respecto al derecho griego civil, penal y procesal que, en la

forma que rigió, y con las modificaciones que verosímilmente hubo

de sufrir en las colonias griegas de España, nos es desconocido,

y en este concepto he creído que debía excluirlo de mi obra,

pueden consultarse en especial, además de las varias excelentes

monografías de Caillemer sobre las antigüedades jurídicas de

Atenas, los resúmenes de Hermann en la tercera edición de su

_Lehrbuch der griechischen Rechtsalterthümer_, publicada por

Thalheim, Friburgo, 1884, y Dareste, en la Introducción á _Les

Plaidoyers civils de Démosthène_, París, 1875, p. XI-XLIII.

Sobre el procedimiento ático, en especial la obra clásica de

Meier y Schömann, _Der attische Process_, Halle, 1824, de que ha

comenzado á publicar Lipsius una nueva edición refundida (Berlín

1881).

Estrabón y Livio dan algunas noticias interesantes respecto á

Ampurias, que parece haber sido la más importante de las colonias

griegas en España.

Empórion, colonia de Marsella, dice el geógrafo griego[145],

dista sólo cerca de cuarenta estadales del monte Pirineo y de la

frontera de la Céltica: todo su territorio á lo largo de la costa es

igualmente rico, fértil y provisto de buenos puertos. Vése también

allí á Rhodope ó Rhode, pequeña ciudad, cuya población es emporitana,

si bien algunos autores la tienen por fundación de los Rodios. Diana

de Éfeso es aquí, como en Ampurias, objeto de un culto particular. Al

principio los Ampuritanos no ocuparon sino la pequeña isla vecina de

la costa, que se llama hoy día Palæopolis, _la ciudad vieja_, pero en

la actualidad su principal establecimiento está sobre el continente y

comprende dos ciudades distintas, separadas por una muralla. La razón

de esto es que en las cercanías de la nueva Ampurias había algunas

tribus de Indígetes, las cuales, no obstante continuar gobernándose

por sí mismas, quisieron, para su seguridad, tener un recinto común

con los Griegos. Así el recinto vino á ser doble, separando un muro

transversal las dos partes de la ciudad. Pero con el tiempo las dos

villas se fundieron en una sola ciudad, cuya constitución vino á ser

una mezcla de leyes griegas y de costumbres bárbaras, como se ha

visto frecuentemente por lo demás en otros lugares.

[145] Estrabón, III, 4, 7.

Los Ampuritanos, cuyo territorio llega por el Pirineo hasta los

trofeos de Pompeyo, son muy hábiles en tejer el lino. De las tierras

que poseen en el interior, algunas son muy fértiles, otras no

producen sino esparto ó juncos de pantano, que es la clase de junco

menos á propósito para ser trabajada. Toda esta región lleva el

nombre de campo de los juncos.

Hasta aquí el geógrafo griego.

Livio[146], al reseñar las campañas del año 195 antes de la Era

cristiana, refiere, que «todavía por aquel tiempo Emporias (año 195

a. de J. C.) constaba de dos ciudades, separadas por una muralla,

de las cuales una era habitada por Griegos oriundos de Focea, como

los Marselleses, y la otra por Españoles; que la ciudad griega, cuyo

recinto se dilataba por el lado del mar, estaba resguardada por una

muralla de cuatrocientos pasos, mientras la ciudad ibérica, más

apartada de la orilla de la mar, estaba rodeada y defendida por una

muralla de tres mil pasos de circuito... Considerando que la ciudad

griega se hallaba expuesta así á los ataques por la parte del mar,

como á los de los Iberos, nación bárbara y guerrera, admira cómo

podía vivir segura y conservar su independencia. Salvaguardia de

ella, prosigue el historiador latino, era la vigilancia que diaria

é incesantemente ejercía respecto de su vecino más fuerte. La parte

de la muralla que daba al campo estaba bien fortificada y no tenía

más que una puerta, custodiada siempre por un magistrado que no

abandonaba su puesto ni un momento siquiera. Durante la noche la

tercera parte de los ciudadanos montaba la guardia en los baluartes,

y es de notar que se cumplía con gran rigor el precepto de que los

centinelas se sucediesen é hicieran las rondas. No consentían que

ningún español penetrase en la ciudad. Los habitantes no salían

extramuros sino con precaución; mas por la parte del mar podían salir

libremente. Por la puerta que daba frente de la ciudad ibérica, no

salían nunca los Griegos sino en número considerable; y de ordinario

verificaban esta salida cada día los que habían estado de guardia

la noche anterior en los baluartes. Forzábales á hacerla el tráfico

que hacían con los Iberos, los cuales, inhábiles en el arte de la

navegación, se limitaban á tomar las mercancías que los Griegos

traían por el mar, en cambio de los productos de sus tierras; vínculo

de mutuo interés que abrió á los Griegos la ciudad ibérica.

[146] Livio, XXXIV, 9.

La importancia comercial de Ampurias en la antigüedad fué

verdaderamente extraordinaria. «Por medio de los hallazgos de

monedas, testimonios irrecusables de la extensión que alcanzó el

comercio ampuritano, se manifiesta que llegó hasta las costas de

Valencia y Murcia y las islas Baleares, al golfo de Lyon, Marsella,

Mónaco y costas de Italia, islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña,

donde por puro accidente, traducción igual del griego, ó por causa

de influencia ampurdanesa, existió otra ciudad que aun en la Edad

Media traía el propio nombre de Ampurias. Al otro lado de los

Pirineos las monedas de Rhoda y Empórion fueron recibidas con gran

favor en la Aquitania, Armórica y Britania. Finalmente, el verdadero

foco del comercio griego de Ampurias, deducido de los frecuentes y

ricos hallazgos de sus monedas, comprendió en Francia los Pirineos

Orientales, Ande, Ariege y alto Garona, y en España se revela en

Cataluña y Valencia.

Pero no era sólo de este modo que Ampurias y Rhoda dilataban

el tráfico, poder y la civilización, porque todas estas cosas

representan el batir y circular monedas, sino que por medio de

alianzas mercantiles unían á su empresa los varios pueblos del

interior de Cataluña, como los Ilergetes, los del Sud y los del

Norte, quienes tenían á mucha honra, ó mejor á mucho provecho, imitar

los cuños y emblemas de las piezas monetarias emporitanas. En esta

imitación no poco les siguieron los galos, que copiaron profusamente

el tipo monetario de Rhoda»[147].

[147] J. Pella y Forgas en su notable _Historia del Ampurdan_,

Barcelona, 1884 y sigs., p. 154, resumiendo en este punto las

investigaciones de Zobel y de C. Pujol y Camps sobre las monedas

de Ampurias. Véase también á Zobel, _Estudio histórico de la

moneda antigua española_, I, p. 71.

CAPÍTULO IV

LOS CARTAGINESES

§ 24.

_La dominación cartaginesa._[148]

[148] Mommsen, _Histoire romaine_, trad. Alexandre, III, París,

1865, p. 118 y siguientes.--Meltzer, _Geschichte der Karthager_,

especialmente páginas 164-168.

No es de este lugar la historia de los orígenes de Cartago. Fundada

después que Cádiz por una expedición tiria, cuyos individuos habían

sido expulsados de su patria por motivos políticos, Cartago, luego

que su metrópoli sucumbió ante la prepotencia asiria, tomó sobre sí

el papel que antes desempeñaba Tiro, bien que siguiendo un sistema

de colonización distinto del de su metrópoli. No se contentaron

los Cartagineses con factorías comerciales, antes sometían á

los territorios con quien entablaban este género de relaciones,

procurando mantenerlos en su obediencia por medio de la fuerza. Su

poderío en las costas del Mediterráneo, creado en mucha parte á

expensas de los Griegos, llegó á ser tan grande que, como se ha dicho

con razón, los Fenicios se vengaron, por medio de los Cartagineses,

de todas las humillaciones que les habían hecho sufrir los Helenos.

Llamados los Cartagineses á España por los Gaditanos que, estrechados

quizá por los Celtas invasores, reclamaron el auxilio de Cartago,

vienen á España y en vez de meras factorías fundan en las comarcas

del Sur y del Sudeste de la Península un vasto imperio, organizado

por Amílcar y consolidado después de él por su yerno Asdrúbal,

que lo consideraron más bien como patrimonio de familia ó como

reino independiente sujeto á su soberanía, que como territorio

dependiente de Cartago. Todas las posesiones fenicias en España

hubieron de reconocer sucesivamente la soberanía de Cartago, que

además reforzó con nuevos pobladores las antiguas colonias y fundó

otras nuevas al Oeste de Cádiz. Las Baleares fueron ocupadas también

por los Cartagineses y utilizadas como puntos estratégicos contra

los Marselleses, con quienes en esta parte sostuvieron combates

reñidísimos.

§ 25.

_Las colonias cartaginesas._

Muy escasas son las noticias acerca de la organización de las

colonias Cartaginesas. Es verosímil que bajo la dominación de

Cartago, las antiguas colonias fenicias continuaran gobernándose por

sus leyes é instituciones tradicionales; y debe creerse también que

la organización de las ciudades fundadas por los Cartagineses, hubo

de modelarse sobre la de Cartago.

El principio timocrático ó sea la riqueza, era la base de la

aristocracia cartaginesa, y el poseer una fortuna considerable,

se tenía como requisito indispensable, según Aristóteles, para el

desempeño de las magistraturas ó cargos públicos, circunstancia que

se explica en parte á lo menos, por el carácter gratuito de tales

funciones.

Al frente del Gobierno de la República había dos _suffetes_, cuyo

cargo se duda si era anual ó vitalicio, y á quienes incumbían las

supremas atribuciones en el orden civil ó político, bien que estas

no nos sean conocidas con exactitud. Como Magistrado supremo en

el orden militar figuraba el Jefe del ejército, para cuyo cargo,

así como para el de _suffetes_ solían elegir los Cartagineses, al

decir de Aristóteles, á las personas mejor reputadas y más ricas.

La Asamblea aristocrática ó Senado constaba de 300 miembros.

Una comisión de cien individuos, delegada por el Senado, vino á

concentrar en su mano el poder supremo, reduciendo casi á un mero

título de honor el cargo de los _suffetes_, convertido en los últimos

tiempos de vitalicio en anual y reducido en punto atribuciones á la

presidencia del Consejo de Centumviros. Estos ejercían una verdadera

fiscalización sobre los generales de la república, sobre todas las

magistraturas y aún sobre el mismo Senado. Su cargo era vitalicio,

y les aseguraba una gran influencia, pues que, en concepto de

Senadores, ocupaban lugar preferente en las comisiones ó delegaciones

de individuos de la Asamblea aristocrática que estaban al frente de

los varios ramos de la Administración pública, y eran además los

llamados á resolver en definitiva sobre todos los asuntos políticos

de importancia.

La Asamblea del pueblo no tenía otras atribuciones que la elección

de los _suffetes_, y la de los individuos que habían de componer

el tribunal de los ciento cuatro, llamado así por el número de sus

miembros, y la decisión de los asuntos de la competencia de los

_suffetes_, en que éstos no lograran ponerse de acuerdo. Aunque

durante casi toda la historia de Cartago predominó la influencia del

elemento aristocrático, en los últimos tiempos parece haber cedido su

puesto al elemento popular. El tribunal de los ciento cuatro entendía

en la resolución de todos los asuntos civiles y comerciales.

Los Cartagineses respetaron la autonomía de los pueblos en su

gobierno interior, contentándose con que reconocieran la supremacía

del pueblo cartaginés, y con que contribuyeran á su esplendor con

fuertes contingentes en hombres y en dinero[149]. Sabido es la parte

principal y gloriosa que los soldados españoles al servicio de

Cartago tuvieron en la primera guerra púnica. Para conservar mejor

su dominación en los países conquistados, no solían los Cartagineses

emplear en ellos como guarnición sino soldados procedentes de otras

naciones. Así, los Españoles prestaban el servicio militar en África,

y los Africanos en España[150].

[149] Livio, XXVIII, 15.--Polibio, III, 76.

[150] Livio, XXI, 21: ut Afri in Hispania, in Africa Hispani,

melior procul á domo futuras uterque miles, velut mutuis

pignoribus obligati, stipendia facerent.

«Constituídos los Cartagineses en dueños reconocidos del país, y

organizadas por los Barkidas las instituciones necesarias á su

conservación y gobierno; no pudiendo esperar de la exhausta metrópoli

recursos para pagar al ejército y á los empleados, antes por el

contrario, llamados á remesar desde la nueva provincia auxilios

á Cartago, se dedicaron á la explotación de las riquísimas minas

de plata que hallaban en las entrañas de la Península; y para no

tener que mandar acuñar en África el metal preciso para cubrir las

necesidades administrativas y comerciales de la extensa colonia,

plantearon en ella misma, y probablemente en su capital, «la Nueva

Cartago,» una vasta emisión de plata y cobre[151].»

[151] Zobel, _Estudio histórico de la moneda antigua española_,

I, p. 74-75.

Las minas de plata próximas á Cartagena ocupaban en tiempo de Polibio

durante todo el año 40.000 obreros y reportaban á la República romana

25.000 dracmas diarias. Estrabón, que consigna esta noticia[152],

dice que en su tiempo, estas minas continuaban en plena explotación.

[152] III, 2, 10.

Hacía cabeza entre las ciudades que poseían en España, y era

la capital en el orden político Cartago nova, fundación de

Asdrúbal, la más poderosa sin duda alguna de toda esta comarca, en

sitio naturalmente fuerte, ceñida por una muralla admirable, en

territorio riquísimo en minas, con muchas fábricas de salazón en sus

alrededores, centro ó mercado principal donde acudían á un tiempo

las gentes del interior para proveerse de las mercancías venidas

por mar, y los comerciantes extranjeros para comprar los productos

del interior[153]. Sabemos que allí había Senado[154] y que era muy

considerable el número de los industriales, lo cual demuestra la

importancia de esta clase y la riqueza de la ciudad[155].

[153] Estrabón, III, 4, 6.

[154] Liv. 51, 2, «captivisque Magone et quindecim fere

_senatoribus_, qui simul cum eo capti erant...»

[155] Liv. XXVI, 47, 1-4. Liberorum capitum virile secus ad

decem milia capta, inde qui cives Novae Carthaginis erant

dimissit, urbemque et sua omnia, quae reliqua eis bellum fecerat,

restituit, _opifices ad duo milia hominum erant_: eos publicos

fore populi Romani edixit cum spe propinqua libertatis, si ad

ministeria belli enixe operam navassent, ceteram multitudinem

incolarum invenum ac validorum servorum in classem ad

supplementum remigum dedit; et auxerat navibus octo captivis

classem.

La sujeción de esta parte de la Iberia á los Fenicios y Cartagineses

fué tan completa que, aun en tiempo de Estrabón, en la mayor parte

de las ciudades de la Turdetania y de las campiñas adyacentes, el

fondo de la población era de origen fenicio, «pues este pueblo, dice

el mismo Geógrafo, dueño de la mejor parte de la Iberia y de la

Libia, desde antes de la época de Homero, continúa en posesión de

estas comarcas hasta la destrucción de su imperio por los ejércitos

romanos[156].»

[156] Estrabón, III, 2, 13, y Plinio, III, 1, 8: Oram eam

universam originis Poenorum existimant M. Agrippa.--Plinio, III,

1, 8.--Avieno, 438-443: porro in isto littore stetere crebrae

civitates antea, _Phoenixque multus habuit hos pridem locos_;

inhospitales nunc harenes porrigit deserta tellus, orba cultorum

sola squalent jacentque.

LIBRO SEGUNDO

ESPAÑA ROMANA

CAPÍTULO PRIMERO

BOSQUEJO DE LA HISTORIA POLÍTICA

§ 26.

_La conquista romana._

Las regiones del Sur y del Este de España reconocían la soberanía

de Cartago; pero el resto de la Península conservaba aún su

independencia al estallar la segunda guerra púnica. Hacia el año 221

Aníbal movió guerra á los Ólcades derrotándolos en las inmediaciones

de Toledo, y en el año siguiente triunfó de la confederación de estos

pueblos con los Vacceos y los Carpetanos, que había logrado poner en

pie de guerra un ejército de 100.000 hombres. Con esto pudo Cartago

considerar asegurada su dominación hasta las orillas del Ebro.

Sagunto, ciudad de origen griego según algunos autores, pero más

verosímilmente ibérica, que ante el temor de verse obligada á

sacrificar su independencia á los Cartagineses se había procurado

la alianza de Roma, y logrado gracias á esto que se le garantizase

esa independencia en el tratado de paz celebrado entre Cartago y

Roma en 228, vino á ser con un fútil pretexto asediada y destruída

por Aníbal. Las vacilaciones de Cartago en desautorizar á Aníbal

y ofrecer á Roma la reparación que ésta pedía, dieron origen á la

segunda guerra púnica, cuya reseña no nos interesa sino en cuanto se

relaciona con la venida de los romanos á España y los progresos de

su dominación en la Península.[157]

[157] Mommsen, _Histoire romaine_, trad. Alexandre, vol. IV

(París, 1865), p. 273-283; vol. V, (1865), p. 288-309, y vol. V

(aún no traducido al francés) de la edición alemana de la misma

obra, Berlín, 1885, p. 57-70.--A. Fernández-Guerra, _Cantabria_,

Madrid, 1878, y _Deitania_, Madrid, 1880.

Historia General del Derecho Español, Tomo I · 第 8 / 29 段