y _Das phönizische Alterthum_, Berlín, 1849-1852, que iniciaron
una nueva era en las investigaciones relativas á los Fenicios,
han sido rectificadas en muchos puntos, singularmente en orden á
la historia de las primeras colonizaciones, por la de O. Meltzer,
_Geschichte der Karthager_, I, Berlín, 1879. La _Histoire
ancienne de l'Orient_, de F. Lenormant, vol. III, 6.ª ed., París,
1869, p. 1-229, el opúsculo de Ph. Berger, _La Phénicie_, París,
1881, y sobre todo la _Geschichte des Alterthums_ de E. Meyer, I,
Stuttgart, 1884, resumen bien el estado actual de los estudios
sobre este particular.
Los Fenicios, _Fenchu_ de las inscripciones egipcias, por donde los
Griegos les dieron el nombre de Fenicios, eran un pueblo cananeo,
dividido en varias ciudades, establecidas todas ellas en las costas
de Siria, y á las cuales servía de centro común en el orden político
la de Sidón, en la época más remota á que alcanzan las noticias
concernientes á este pueblo.
«La historia entera de los Fenicios se concentró al rededor de los
pueblos de la costa, que constituían la Fenicia propiamente dicha.
Su carácter vino á ser determinado por su situación geográfica.
Limitados por el Líbano, que no les permitía dilatarse por el
interior, los Fenicios se extienden por el lado de la mar y se hacen
marinos y comerciantes. Puede decirse que, propiamente hablando,
los Fenicios no tuvieron nunca territorio. Fenicia se componía
de una serie de puertos, asiento de pequeñas aristocracias de
comerciantes que se difundían por todas partes. Su poderío consistía
en sus barcos. Casi todos los pueblos estaban edificados de un modo
uniforme. Se dividían en dos partes: una sobre tierra firme, la otra
sobre una isla ó promontorio, á cuyo abrigo se encontraba el puerto.
Otro rasgo del carácter peculiar de estos pueblos, relacionado con
los anteriores, es que jamás llegaron á conocer la unidad política
tal como hoy la entendemos. Eran pueblos libres, gobernados por
reyezuelos, y que, unidos, formaban una especie de confederación que
no excluía las rivalidades entre ellos; de tal suerte, que cada cual
tuvo su historia propia, de la misma manera que tuvo sus dioses y sus
tradiciones. Desde la más remota antigüedad los vemos agruparse al
rededor de tres centros principales, Aradus, Byblos y Sidón. Con el
transcurso de los tiempos la hegemonía de Sidón pasó á Tiro, que vino
á ser la reina de Fenicia[118].»
[118] Berger, op. cit., p. 5.
El objetivo principal de las navegaciones fenicias por los mares de
Occidente, era Tarsis, nombre con que designaban al Sur de España, ó
sea al territorio equivalente á la actual Andalucía. En esta costa
fundaron la primera y más importante de sus colonias en España,
con un puerto magnífico, á la cual dieron el nombre de Gaddir
(fortaleza), emporio del comercio fenicio en España, centro de los
establecimientos tirios en la Península, y punto de partida para
ulteriores navegaciones en busca del estaño á las Islas Británicas.
Según una noticia de fe dudosa, Cádiz hubo de ser fundada hacia
el año 1100 antes de Jesucristo. Es por lo demás de todo punto
indudable, que ya en el siglo X eran frecuentísimas las navegaciones
de los Fenicios á Tarsis, y que por aquel tiempo se dedicaban con
afán á explotar las minas de plata de esta región. Los Fenicios
dominaron toda la costa Sur de España hasta el territorio de la que
fué después Cartagena, y buena parte de las costas de Levante y
Poniente, llegando también á fundar algunas ciudades en el interior
de la Península[119]. Entre ellas sobresalían, aparte de Cádiz,
la más rica é importante de las ciudades comerciales de la España
antigua, Malaca, emporio frecuentado con preferencia por los pueblos
númidas de la costa opuesta, y célebre por sus fábricas de salazón;
Sexi (Jate), que daba su nombre á un género especial y muy estimado
de salazones, y Abdera (Adra)[120]. La riqueza extraordinaria de este
territorio en toda suerte de metales, en pesquerías y en la cría
del gusano de la seda, atrajeron la codicia y el espíritu mercantil
del pueblo fenicio hacia esta parte de la Península, en cuya costa
fundaron gran número de colonias. No hay duda que á la fundación de
colonias fenicias en España debió preceder el establecimiento de
relaciones comerciales extensas y constantes entre los Fenicios y
los habitantes de la costa Sur de la Península. Así induce á creerlo
la mención que hace la Biblia de Tarsis, con referencia á época
muy anterior; lo cual indica ser este territorio conocido ya de
los Hebreos por medio de los Fenicios, como también el haber sido
emprendida la fundación de Cádiz oficialmente por Tiro y con gran
solemnidad, lo cual supone gran conocimiento del país[121].
[119] La extensión de las posesiones fenicias en España fué
mucho mayor de lo que se creía generalmente, según resulta de
las investigaciones de Movers, _Das phönizische Alterthum_,
II, p. 579-659, y de su monografía _Die Phönizier in Gades
und Turdetanien_, inserta en la _Zeitschrift für Philosophie
und katholische Theologie_ de 1843, II, p. 1-43, y III, p.
1-26.--Véase también á Lenormant, _Tarschisch_, artículo inserto
en la _Revue des questions historiques_, vol. XXXII, p. 5-40.
[120] Estrabón, III, 4, 2-3.
[121] Meltzer, _Geschichte der Karthager_, p. 38.
El hecho de haber acuñado monedas con leyenda púnica las ciudades de
la costa Sur de la Península, Abdera, Sexi, Malaca, Gades, así como
las Baleares, indica que conservaron su nacionalidad fenicia aun en
época relativamente posterior, como ciudades independientes separadas
ya de la metrópoli, mientras que otras ciudades españolas, de origen
también indudablemente fenicio, no lograron subsistir como aquéllas,
sino que fueron dominadas muy luego por razas ó pueblos de distinta
nacionalidad, Iberos, Griegos ó Romanos[122].
[122] Hübner, _Tarraco und seine Denkmäler_, en el _Hermes_, I
(1866), p. 82.
§ 21.
_Las colonias fenicias._
La adquisición de los productos en bruto de los países descubiertos,
la exportación de los suyos propios y además de esto, y sobre todo,
el comercio de esclavos; tal era el principal estímulo y objetivo de
los Fenicios en sus colonizaciones. Solían establecer sus factorías
en puertos seguros y acomodados para el comercio con los indígenas,
y preferentemente en pequeñas islas; y en todos sus establecimientos
cuidaban de erigir santuarios á sus principales deidades. El numen
solar Melqart («el Dios de la Ciudad») parece haber sido venerado
por ellos singularmente como protector de la navegación y de las
colonias. Sólo rara vez, y únicamente en lugares donde la riqueza del
suelo ó de las producciones les ofrecía singular aliciente, como en
Chipre, Rodas, el Norte de África y el Sur de España, se decidían á
ocupar un gran territorio y á fundar colonias propiamente dichas.
Tal fué en la antigüedad la importancia del pueblo fenicio en punto
á relaciones comerciales[123], que se solía emplear el nombre
de fenicio como sinónimo del de mercader ó comerciante. Objeto
predilecto de su tráfico fueron las costas del Mediterráneo, bien que
frecuentaron también las del Océano y ejercieron el monopolio del
comercio de caravanas en Asiria, Arabia y Egipto.
[123] Pomp. Mela, I, 12, 1... Phoenices, sollers hominum genus et
ad belli pacisque munia eximium, litteras et litterarum operas
aliasque etiam artes, maria navibus adire, classe confligere,
imperitare gentibus, regnum proeliumque commenti.
La fundación de una colonia[124] en país extranjero exigía la
intervención de mucha gente, ya para contrastar la resistencia
posible de los indígenas ó de los colonizadores de otras naciones,
ya porque los templos, santuarios y edificios públicos de la colonia
habían de construirse al mismo tiempo que las moradas de los colonos.
De aquí que así los Fenicios, como los Cartagineses, continuadores en
este punto también de la tradición fenicia, acostumbraron á servirse
de extranjeros, ya para fundar nuevas colonias, ya para reforzar la
población de las ya existentes. A fin de reunir el número necesario
se enviaban, pues, nacionales y extranjeros, elegidos los primeros
por el Gobierno de la metrópoli, probablemente por suerte de entre
la gente joven. Venía luego la plebe, cuya aminoración era uno de
los principales fines de las colonias, y en último término los
extranjeros reunidos para la fundación ó atraídos por ella.
[124] La exposición del sistema colonial fenicio está basada
enteramente sobre la obra de Movers, _Die phönizische Alterthum_,
II, Berlín 1850, páginas 1-57, á la cual remitimos á quien desee
conocer los textos y documentos en que se apoya.
A veces este último elemento, aunque secundario ó subordinado al
principio en el orden político, lograba sobreponerse al elemento
puramente fenicio en el gobierno de las colonias, y ya esta
circunstancia, ya el solo hecho de su superioridad numérica,
reflejada en la lengua, en las costumbres y en la cultura general,
daba á algunas colonias fenicias el carácter preponderante, cuando no
exclusivo, de ciudades helénicas.
No todas las colonias fenicias debieron su origen á expediciones
enviadas con carácter oficial por los Gobiernos de Sidón y Tiro.
Muchas fueron obra de la iniciativa particular; fundaciones que
opulentas y activas casas comerciales llevaron á cabo con fines pura
y exclusivamente mercantiles. El vínculo que unía á las colonias
fenicias con la metrópoli era de distinta índole, según que se
trataba de colonias de una ú otra de las indicadas procedencias.
Todas tenían obligación de contribuir con el diezmo de los ingresos
del erario público al culto del Hércules Tirio, cuyo templo se
consideraba como el centro religioso del mundo fenicio. Como
homenaje de devoción y piedad filial hacia este numen, protector de
los fenicios en sus alongadas y peligrosas navegaciones, enviaban
anualmente á Tiro todas las colonias fenicias embajadas especiales,
para presentarle ofrendas y asistir á las solemnes fiestas religiosas
que se celebraban en su honor en el gran santuario de Tiro. Era
asimismo costumbre de ambas clases de colonias ofrecer al Hércules
de Tiro la décima parte del botín de guerra. El carácter distintivo
entre ellas, en lo tocante á sus relaciones con la metrópoli, es que,
mientras las establecidas directamente por esta última, estaban en
sujeción y dependencia estrechas de ella, como instituídas para su
provecho y engrandecimiento, las otras, fuera del vínculo religioso
y de piedad filial antes indicado, gozaban de independencia casi
absoluta, y venían á ser sólo como ciudades aliadas ó confederadas de
Tiro. De aquí que las primeras recibiesen sus magistrados supremos
directamente de Tiro, ó se vieran precisadas á elegirlos de entre las
familias aristocráticas de la metrópoli, mientras que las fundadas
por la iniciativa privada gozaban de libertad omnímoda en este punto.
De aquí también que, al paso que las primeras tenían que reforzar
con un contingente determinado en caso de guerra el ejército y la
marina de Tiro, las otras eran dueñas de auxiliar ó no, en ocasiones
semejantes, á la metrópoli de Fenicia.
Las noticias que poseemos así acerca de la organización política de
la Fenicia, como respecto de la de sus colonias, son escasísimas.
Tiro, que en el período más conocido de su historia aparece gobernada
casi constantemente por Reyes, se rigió en un principio por dos
Magistrados elegidos anualmente llamados _suffetes_, forma de
gobierno que parece haber sido la ordinaria de todas las colonias
fenicias. Los elementos fundamentales de la constitución fenicia[125]
eran las gentes patricias ó sea la aristocracia ó nobleza, de entre
cuyos individuos se reclutaba el Senado; los plebeyos ó clase media,
constituída por los industriales ó comerciantes, organizados en
gremios, y el proletariado, ó sea lo que llamaríamos hoy clases
desheredadas. De entre estas dos últimas clases de la población
se formaba la Asamblea popular. Carecemos de datos precisos y
exactos acerca de la composición de estas Asambleas, y la esfera
de atribuciones ó competencia especial de cada una de ellas, así
como sobre sus mutuas relaciones; pero es indudable que, fuera de
algunos períodos de escasa duración en que el elemento popular logró
sobreponerse al aristocrático, este último fué el preponderante en el
Gobierno de las ciudades fenicias.
[125] Movers, I, Berlín, 1849, p. 479-561.
En la mayor parte de las colonias prevalecía la forma aristocrática.
Dos magistrados, elegidos anualmente y designados con el título de
_suffetes_ (jueces) ejercían el gobierno supremo, asumiendo en este
concepto las atribuciones políticas y judiciales. La Hacienda estaba
á cargo de un magistrado especial, el _Sofer_, nombre que, sin duda
por ser análogas las atribuciones del funcionario que lo llevaba con
las del cuestor romano, traducen los escritores romanos por el de
_Quaestor_.
«Los Fenicios tomaron de Egipto y de Asiria la mayor parte de sus
dioses, muchos de los cuales, merced á la gente fenicia, llegaron á
introducirse en el Panteón griego. Los Fenicios fueron en el orden
religioso, como en el mercantil, los grandes comisionistas de la
antigüedad entre el Oriente y el Occidente. A este carácter hay que
agregar otro relacionado íntimamente con su organización política.
Cada ciudad tenía sus dioses, como sus Reyes y sus colonias. No hubo,
pues, panteón fenicio propiamente dicho, sino tan sólo familias de
númenes sagrados, que variaban de una á otra ciudad y se mezclaban
á veces entre sí[126].» Melqart, el Hércules fenicio, cuyo nombre es
abreviación de Melek-Qart, «el Rey de la Ciudad,» el numen tutelar,
era venerado como el protector y guía de los Fenicios en sus
alongadas y peligrosas expediciones. Difundióse su culto por todas
las costas del Mediterráneo y en su más famoso y venerado santuario,
situado sobre la isla de Tiro, había, según testimonio de Herodoto,
únicamente una columna de oro y otra de esmeralda, cuyas dos columnas
se conmemoran, como en Tiro, centro del culto de Melqart, en todos
los lugares donde se veneraba esta deidad. Así en España, en las
célebres columnas de Hércules y en el templo de Cádiz. Del culto de
Astarté se encuentra huella, al lado del de Melqart, en casi todos
los establecimientos fenicios.
[126] Berger, Opusc. cit., p. 18. No es de este lugar entrar en
el detalle de la mitología fenicia, respecto á la cual, por lo
demás, dice una autoridad competente (E. Meyer, _Geschichte des
Alterthums_, I, p. 137), que es poco ó nada lo que se sabe. Quien
desee orientarse sobre este punto puede consultar con fruto el
bosquejo del estado actual de los conocimientos acerca de la
materia en el opúsculo de Berger, p. 17-27.
Como supremos funcionarios en el orden religioso hallamos á los
Sumos Sacerdotes y Sacerdotisas; y al lado de ellos figuraba el
cortejo numeroso de hieródulos ó servidores de los templos, barberos
y porteros sagrados que tenían á su cargo diversos oficios ó
ministerios auxiliares del culto. El más elevado cargo sacerdotal
ó Sumo Sacerdocio de las colonias fenicias parece haber sido
vitalicio[127]. Así induce á creerlo por lo menos la circunstancia de
emplearse su duración como cómputo de una Era ó período de tiempo,
consignándose así en una tarifa de los derechos percibidos por
los Sacerdotes del templo de Cartago formada en tiempo del Rabbi
Baalschillek.
[127] J. Euting, _Inschriftliche Mittheilungen_, en el vol.
XXIX, (1874), de la _Zeitschrift der deutschen morgenländischen
Gesellschaft_, p. 589.
Los medios de que habitualmente se servían los Fenicios para
conservar sus colonias, especialmente los Tirios, seguidos en esto
luego por Cartago, eran las deportaciones en masa de los pueblos
vencidos, el misterio de que solían rodear la existencia de sus
factorías, cerrándolas sistemáticamente, sobre todo en los primeros
tiempos, al trato y comercio de otros pueblos, y los ejércitos
mercenarios[128]. Respecto á lo segundo, es curioso y característico
el caso que refiere Estrabón al hablar de las islas Casitérides.
[128] Movers, II p. 24-48.
Al principio los Fenicios de Gadira eran el único pueblo que
enviaba navíos á traficar en estas islas, y cuidaban de ocultar
cuidadosamente á los demás el camino que conducía á ellas, hasta tal
punto, que se dió el caso de que el patrón de un navío fenicio,
viéndose seguido por barcos romanos, cuyos pilotos esperaban llegar
á conocer por este medio el camino de aquellas factorías, se dejó
ir voluntariamente sobre un bajo fondo, donde sabía que arrastraba
á una ruina cierta á los Romanos; pero habiendo logrado salvarse de
este naufragio fué indemnizado por el Estado de las mercancías que
había perdido. Menace, colonia griega próxima á las fundadas por los
Fenicios en la costa Sur de la Península, fué destruída por ellos ó
por los Cartagineses[129].
[129] Polibio, III, 24, 4.
La fundación de Gades debió tener carácter oficial, y el templo
databa de la fundación; lo cual no es de extrañar, dada la índole
religiosa de la fundación de colonias entre los Fenicios; pues
iba acompañada siempre de sacrificios y auspicios respecto á la
oportunidad del lugar, á veces precedida de consulta á los oráculos
y llevada á cabo por su indicación, y siempre era parte de ella la
erección de un santuario á Melqart[130].
[130] Así resulta del texto de Veleyo Patérculo, I, 2, 6: Tyria
classis Gades condidit. Estrabón, III, 5, 5, habla de las
columnas de bronce de ocho codos de altura existentes en el
Herácleo de Cádiz, en que había inscripciones grabadas con el
detalle de los gastos de la construcción del templo, y de las
cuales dice que los marinos solían venir á contemplarlas y á
ofrecer sacrificios á Hércules á la vuelta de sus navegaciones.
«No hay pueblo que envíe, sea al mar interior, sea al exterior,
mayor número de navíos ni de más grueso tonelaje que los Gaditanos,»
dice Estrabón. «Como su isla es poco extensa, y no poseen sobre el
continente establecimientos considerables, ni tampoco otras islas,
casi todos tienen el mar por morada habitual y no se cuenta sino un
pequeño número que viva en sus hogares, ó haya venido á fijar su
residencia en Roma. A no ser por esta circunstancia, Gadira podría
pasar por la ciudad más poblada del Imperio después de Roma. He oido
decir, en efecto, que en uno de los censos generales llevados á
cabo en nuestros días, se han contado hasta quinientos caballeros
gaditanos. No hay ninguna ciudad en Italia, si no es Patavium, que
tenga tantos[131].»
[131] Estrabón, III, 5, 3.
Como se ha observado con razón[132], la extensión superficial de
una ciudad mercantil no puede servir de norma para calcular sus
habitantes, su poderío y sus recursos. La pequeña ciudad insular de
Cádiz no tenía más que veinte estadios, media milla de circuito, y
sin embargo no cedía más que á Roma en el número de sus ciudadanos;
pues la mayor parte de ellos estaban ausentes ocupados en el comercio
y sólo los menos residían constantemente en la ciudad.
[132] Movers. Op. cit., II, p. 11.
Al frente del Gobierno de Cádiz estaban los _suffetes_ y el _sofer_ ó
_quaestor_[133]. Las asambleas solían celebrarse en Hasta[134], y el
derecho vigente en la colonia era el fenicio ó púnico[135].
[133] Livio, XXVIII, 37: Mago cum Gadis repetisset, exclusus
inde, ad Cimbios, haud procul a Gadibus is locus abest, classe
adpulsa, mittendis legatis quaerendoque, quod portae sibi socio
atque amico clausae forent, purgantibus iis multitudinis concursu
factum, infestae ob direpta quaedam ab conscendentibus naves
militibus, ad coloquium _suffetes corum, qui summus Poenis est
magistratus, cum quaestore_ elicuit, laceratosque verberibus
cruci adfigi jussit. Algunas inscripciones y monedas del África
fenicia y cartaginesa pertenecientes al período romano, acreditan
la subsistencia del cargo de los _suffetes_ en ellas mencionado.
Véase á J. Marquardt, _Römische Staatsverwaltung,_ I, 2.ª ed.,
Leipzig, 1881, p. 473, n. 8.
[134] Estrabón III, 2, 2 y 14; 4, 10.
[135] Cicerón, _pro L. Corn. Balbo_ c. 14: Ignosco tibi, si neque
_Posnorum jura_ calles: reliqueras enim civitatem tuam; neque
nostras potuisti leges inspicere.
CAPÍTULO III
LOS GRIEGOS
§ 22.
_Los establecimientos griegos en España._
En el año 630 antes de Jesucristo, un navegante samio llamado Coleo,
habiendo comenzado á navegar con rumbo á Egipto, fué arrojado por
los vientos á la isla de Platea; y al querer desde aquí orientarse
de nuevo, se vió otra vez combatido por vientos contrarios, y vino
á parar, dejándose atrás las columnas de Hércules, al territorio
de Tarteso, siendo el primer griego que arribó á las costas de
España. Aquí trocó sus mercaderías por productos de los naturales,
volviendo luego con mucha ganancia á su patria, donde, en memoria de
tan accidentada y feliz navegación, consagró á Hera como diezmo un
donativo de seis talentos de valor[136]. La noticia que, merced al
navegante samio, adquirieron los Griegos, de las riquezas del suelo
español, hubo de ser poderoso aliciente para que muy luego intentasen
entablar relaciones comerciales con la Península, y aun fundar en
ella factorías y colonias.
[136] F. Curtius, _Histoire grecque_, trad. de A. Bouché
Leclercq, I, París 1880, p. 563-568.--Melzer, Op. cit., p.
148-153.
Los primeros colonizadores griegos en España parecen haber sido
los Rodios, navegantes atrevidos que, recorriendo el mar en todas
direcciones para entorpecer, en cuanto les era posible, el comercio
fenicio, traspasaron la estación media de las Baleares y llegaron
á las costas de Iberia, donde al pie de un promontorio formado por
los Pirineos fundaron una ciudad rodia, por nombre «Rhode[137].» De
allí á poco los Focenses de Marsella, que habían llegado al apogeo
de su poder, y contaban ya con importantes establecimientos en las
costas de Italia, se decidieron también á colonizar en España; y «en
el punto en que la costa Nordeste de la Península se adelanta hacia
el mar, fundaron á Emporiae, situada al principio sobre una pequeña
isla vecina de la costa, y trasladada luego sobre el continente, al
sitio mismo donde solían tener el mercado con los indígenas. Los
lugares en que acampaban unos enfrente de otros los comerciantes
de ambas naciones, llegaron á ser establecimientos fijos: por la
parte del mar estaba el barrio ó distrito de los Griegos; por la del
interior, el de los Iberos, protegidos ambos por una muralla que
daba la vuelta á todo él, y así se formó una ciudad doble, compuesta
de dos poblaciones distintas que, separadas una de otra por un muro
intermedio, se unían para vigilar y defender juntas contra otras
tribus más salvajes la puerta común abierta del lado de tierra. Así,
hasta en sus lejanas colonias, los Focenses estaban siempre sobre las
armas. Los Bárbaros que habitaban al rededor de Marsella llamaban por
esta razón á los comerciantes extranjeros Sigynes, palabra que entre
los pueblos dados á la industria del bronce, singularmente entre los
Cipriotas, significaba «lanza.» El antiguo establecimiento rodio de
Rhode (Rosas), situado entre Emporiae y los Pirineos, pasó á manos de
los Focenses, del mismo modo que antes sus propias colonias del Ponto
se habían incorporado á Mileto.
[137] Curtius, Op. cit., p. 563.