[117] Las obras de F. A. Movers, _Die Phönizier_, Berlín, 1840,

y _Das phönizische Alterthum_, Berlín, 1849-1852, que iniciaron

una nueva era en las investigaciones relativas á los Fenicios,

han sido rectificadas en muchos puntos, singularmente en orden á

la historia de las primeras colonizaciones, por la de O. Meltzer,

_Geschichte der Karthager_, I, Berlín, 1879. La _Histoire

ancienne de l'Orient_, de F. Lenormant, vol. III, 6.ª ed., París,

1869, p. 1-229, el opúsculo de Ph. Berger, _La Phénicie_, París,

1881, y sobre todo la _Geschichte des Alterthums_ de E. Meyer, I,

Stuttgart, 1884, resumen bien el estado actual de los estudios

sobre este particular.

Los Fenicios, _Fenchu_ de las inscripciones egipcias, por donde los

Griegos les dieron el nombre de Fenicios, eran un pueblo cananeo,

dividido en varias ciudades, establecidas todas ellas en las costas

de Siria, y á las cuales servía de centro común en el orden político

la de Sidón, en la época más remota á que alcanzan las noticias

concernientes á este pueblo.

«La historia entera de los Fenicios se concentró al rededor de los

pueblos de la costa, que constituían la Fenicia propiamente dicha.

Su carácter vino á ser determinado por su situación geográfica.

Limitados por el Líbano, que no les permitía dilatarse por el

interior, los Fenicios se extienden por el lado de la mar y se hacen

marinos y comerciantes. Puede decirse que, propiamente hablando,

los Fenicios no tuvieron nunca territorio. Fenicia se componía

de una serie de puertos, asiento de pequeñas aristocracias de

comerciantes que se difundían por todas partes. Su poderío consistía

en sus barcos. Casi todos los pueblos estaban edificados de un modo

uniforme. Se dividían en dos partes: una sobre tierra firme, la otra

sobre una isla ó promontorio, á cuyo abrigo se encontraba el puerto.

Otro rasgo del carácter peculiar de estos pueblos, relacionado con

los anteriores, es que jamás llegaron á conocer la unidad política

tal como hoy la entendemos. Eran pueblos libres, gobernados por

reyezuelos, y que, unidos, formaban una especie de confederación que

no excluía las rivalidades entre ellos; de tal suerte, que cada cual

tuvo su historia propia, de la misma manera que tuvo sus dioses y sus

tradiciones. Desde la más remota antigüedad los vemos agruparse al

rededor de tres centros principales, Aradus, Byblos y Sidón. Con el

transcurso de los tiempos la hegemonía de Sidón pasó á Tiro, que vino

á ser la reina de Fenicia[118].»

[118] Berger, op. cit., p. 5.

El objetivo principal de las navegaciones fenicias por los mares de

Occidente, era Tarsis, nombre con que designaban al Sur de España, ó

sea al territorio equivalente á la actual Andalucía. En esta costa

fundaron la primera y más importante de sus colonias en España,

con un puerto magnífico, á la cual dieron el nombre de Gaddir

(fortaleza), emporio del comercio fenicio en España, centro de los

establecimientos tirios en la Península, y punto de partida para

ulteriores navegaciones en busca del estaño á las Islas Británicas.

Según una noticia de fe dudosa, Cádiz hubo de ser fundada hacia

el año 1100 antes de Jesucristo. Es por lo demás de todo punto

indudable, que ya en el siglo X eran frecuentísimas las navegaciones

de los Fenicios á Tarsis, y que por aquel tiempo se dedicaban con

afán á explotar las minas de plata de esta región. Los Fenicios

dominaron toda la costa Sur de España hasta el territorio de la que

fué después Cartagena, y buena parte de las costas de Levante y

Poniente, llegando también á fundar algunas ciudades en el interior

de la Península[119]. Entre ellas sobresalían, aparte de Cádiz,

la más rica é importante de las ciudades comerciales de la España

antigua, Malaca, emporio frecuentado con preferencia por los pueblos

númidas de la costa opuesta, y célebre por sus fábricas de salazón;

Sexi (Jate), que daba su nombre á un género especial y muy estimado

de salazones, y Abdera (Adra)[120]. La riqueza extraordinaria de este

territorio en toda suerte de metales, en pesquerías y en la cría

del gusano de la seda, atrajeron la codicia y el espíritu mercantil

del pueblo fenicio hacia esta parte de la Península, en cuya costa

fundaron gran número de colonias. No hay duda que á la fundación de

colonias fenicias en España debió preceder el establecimiento de

relaciones comerciales extensas y constantes entre los Fenicios y

los habitantes de la costa Sur de la Península. Así induce á creerlo

la mención que hace la Biblia de Tarsis, con referencia á época

muy anterior; lo cual indica ser este territorio conocido ya de

los Hebreos por medio de los Fenicios, como también el haber sido

emprendida la fundación de Cádiz oficialmente por Tiro y con gran

solemnidad, lo cual supone gran conocimiento del país[121].

[119] La extensión de las posesiones fenicias en España fué

mucho mayor de lo que se creía generalmente, según resulta de

las investigaciones de Movers, _Das phönizische Alterthum_,

II, p. 579-659, y de su monografía _Die Phönizier in Gades

und Turdetanien_, inserta en la _Zeitschrift für Philosophie

und katholische Theologie_ de 1843, II, p. 1-43, y III, p.

1-26.--Véase también á Lenormant, _Tarschisch_, artículo inserto

en la _Revue des questions historiques_, vol. XXXII, p. 5-40.

[120] Estrabón, III, 4, 2-3.

[121] Meltzer, _Geschichte der Karthager_, p. 38.

El hecho de haber acuñado monedas con leyenda púnica las ciudades de

la costa Sur de la Península, Abdera, Sexi, Malaca, Gades, así como

las Baleares, indica que conservaron su nacionalidad fenicia aun en

época relativamente posterior, como ciudades independientes separadas

ya de la metrópoli, mientras que otras ciudades españolas, de origen

también indudablemente fenicio, no lograron subsistir como aquéllas,

sino que fueron dominadas muy luego por razas ó pueblos de distinta

nacionalidad, Iberos, Griegos ó Romanos[122].

[122] Hübner, _Tarraco und seine Denkmäler_, en el _Hermes_, I

(1866), p. 82.

§ 21.

_Las colonias fenicias._

La adquisición de los productos en bruto de los países descubiertos,

la exportación de los suyos propios y además de esto, y sobre todo,

el comercio de esclavos; tal era el principal estímulo y objetivo de

los Fenicios en sus colonizaciones. Solían establecer sus factorías

en puertos seguros y acomodados para el comercio con los indígenas,

y preferentemente en pequeñas islas; y en todos sus establecimientos

cuidaban de erigir santuarios á sus principales deidades. El numen

solar Melqart («el Dios de la Ciudad») parece haber sido venerado

por ellos singularmente como protector de la navegación y de las

colonias. Sólo rara vez, y únicamente en lugares donde la riqueza del

suelo ó de las producciones les ofrecía singular aliciente, como en

Chipre, Rodas, el Norte de África y el Sur de España, se decidían á

ocupar un gran territorio y á fundar colonias propiamente dichas.

Tal fué en la antigüedad la importancia del pueblo fenicio en punto

á relaciones comerciales[123], que se solía emplear el nombre

de fenicio como sinónimo del de mercader ó comerciante. Objeto

predilecto de su tráfico fueron las costas del Mediterráneo, bien que

frecuentaron también las del Océano y ejercieron el monopolio del

comercio de caravanas en Asiria, Arabia y Egipto.

[123] Pomp. Mela, I, 12, 1... Phoenices, sollers hominum genus et

ad belli pacisque munia eximium, litteras et litterarum operas

aliasque etiam artes, maria navibus adire, classe confligere,

imperitare gentibus, regnum proeliumque commenti.

La fundación de una colonia[124] en país extranjero exigía la

intervención de mucha gente, ya para contrastar la resistencia

posible de los indígenas ó de los colonizadores de otras naciones,

ya porque los templos, santuarios y edificios públicos de la colonia

habían de construirse al mismo tiempo que las moradas de los colonos.

De aquí que así los Fenicios, como los Cartagineses, continuadores en

este punto también de la tradición fenicia, acostumbraron á servirse

de extranjeros, ya para fundar nuevas colonias, ya para reforzar la

población de las ya existentes. A fin de reunir el número necesario

se enviaban, pues, nacionales y extranjeros, elegidos los primeros

por el Gobierno de la metrópoli, probablemente por suerte de entre

la gente joven. Venía luego la plebe, cuya aminoración era uno de

los principales fines de las colonias, y en último término los

extranjeros reunidos para la fundación ó atraídos por ella.

[124] La exposición del sistema colonial fenicio está basada

enteramente sobre la obra de Movers, _Die phönizische Alterthum_,

II, Berlín 1850, páginas 1-57, á la cual remitimos á quien desee

conocer los textos y documentos en que se apoya.

A veces este último elemento, aunque secundario ó subordinado al

principio en el orden político, lograba sobreponerse al elemento

puramente fenicio en el gobierno de las colonias, y ya esta

circunstancia, ya el solo hecho de su superioridad numérica,

reflejada en la lengua, en las costumbres y en la cultura general,

daba á algunas colonias fenicias el carácter preponderante, cuando no

exclusivo, de ciudades helénicas.

No todas las colonias fenicias debieron su origen á expediciones

enviadas con carácter oficial por los Gobiernos de Sidón y Tiro.

Muchas fueron obra de la iniciativa particular; fundaciones que

opulentas y activas casas comerciales llevaron á cabo con fines pura

y exclusivamente mercantiles. El vínculo que unía á las colonias

fenicias con la metrópoli era de distinta índole, según que se

trataba de colonias de una ú otra de las indicadas procedencias.

Todas tenían obligación de contribuir con el diezmo de los ingresos

del erario público al culto del Hércules Tirio, cuyo templo se

consideraba como el centro religioso del mundo fenicio. Como

homenaje de devoción y piedad filial hacia este numen, protector de

los fenicios en sus alongadas y peligrosas navegaciones, enviaban

anualmente á Tiro todas las colonias fenicias embajadas especiales,

para presentarle ofrendas y asistir á las solemnes fiestas religiosas

que se celebraban en su honor en el gran santuario de Tiro. Era

asimismo costumbre de ambas clases de colonias ofrecer al Hércules

de Tiro la décima parte del botín de guerra. El carácter distintivo

entre ellas, en lo tocante á sus relaciones con la metrópoli, es que,

mientras las establecidas directamente por esta última, estaban en

sujeción y dependencia estrechas de ella, como instituídas para su

provecho y engrandecimiento, las otras, fuera del vínculo religioso

y de piedad filial antes indicado, gozaban de independencia casi

absoluta, y venían á ser sólo como ciudades aliadas ó confederadas de

Tiro. De aquí que las primeras recibiesen sus magistrados supremos

directamente de Tiro, ó se vieran precisadas á elegirlos de entre las

familias aristocráticas de la metrópoli, mientras que las fundadas

por la iniciativa privada gozaban de libertad omnímoda en este punto.

De aquí también que, al paso que las primeras tenían que reforzar

con un contingente determinado en caso de guerra el ejército y la

marina de Tiro, las otras eran dueñas de auxiliar ó no, en ocasiones

semejantes, á la metrópoli de Fenicia.

Las noticias que poseemos así acerca de la organización política de

la Fenicia, como respecto de la de sus colonias, son escasísimas.

Tiro, que en el período más conocido de su historia aparece gobernada

casi constantemente por Reyes, se rigió en un principio por dos

Magistrados elegidos anualmente llamados _suffetes_, forma de

gobierno que parece haber sido la ordinaria de todas las colonias

fenicias. Los elementos fundamentales de la constitución fenicia[125]

eran las gentes patricias ó sea la aristocracia ó nobleza, de entre

cuyos individuos se reclutaba el Senado; los plebeyos ó clase media,

constituída por los industriales ó comerciantes, organizados en

gremios, y el proletariado, ó sea lo que llamaríamos hoy clases

desheredadas. De entre estas dos últimas clases de la población

se formaba la Asamblea popular. Carecemos de datos precisos y

exactos acerca de la composición de estas Asambleas, y la esfera

de atribuciones ó competencia especial de cada una de ellas, así

como sobre sus mutuas relaciones; pero es indudable que, fuera de

algunos períodos de escasa duración en que el elemento popular logró

sobreponerse al aristocrático, este último fué el preponderante en el

Gobierno de las ciudades fenicias.

[125] Movers, I, Berlín, 1849, p. 479-561.

En la mayor parte de las colonias prevalecía la forma aristocrática.

Dos magistrados, elegidos anualmente y designados con el título de

_suffetes_ (jueces) ejercían el gobierno supremo, asumiendo en este

concepto las atribuciones políticas y judiciales. La Hacienda estaba

á cargo de un magistrado especial, el _Sofer_, nombre que, sin duda

por ser análogas las atribuciones del funcionario que lo llevaba con

las del cuestor romano, traducen los escritores romanos por el de

_Quaestor_.

«Los Fenicios tomaron de Egipto y de Asiria la mayor parte de sus

dioses, muchos de los cuales, merced á la gente fenicia, llegaron á

introducirse en el Panteón griego. Los Fenicios fueron en el orden

religioso, como en el mercantil, los grandes comisionistas de la

antigüedad entre el Oriente y el Occidente. A este carácter hay que

agregar otro relacionado íntimamente con su organización política.

Cada ciudad tenía sus dioses, como sus Reyes y sus colonias. No hubo,

pues, panteón fenicio propiamente dicho, sino tan sólo familias de

númenes sagrados, que variaban de una á otra ciudad y se mezclaban

á veces entre sí[126].» Melqart, el Hércules fenicio, cuyo nombre es

abreviación de Melek-Qart, «el Rey de la Ciudad,» el numen tutelar,

era venerado como el protector y guía de los Fenicios en sus

alongadas y peligrosas expediciones. Difundióse su culto por todas

las costas del Mediterráneo y en su más famoso y venerado santuario,

situado sobre la isla de Tiro, había, según testimonio de Herodoto,

únicamente una columna de oro y otra de esmeralda, cuyas dos columnas

se conmemoran, como en Tiro, centro del culto de Melqart, en todos

los lugares donde se veneraba esta deidad. Así en España, en las

célebres columnas de Hércules y en el templo de Cádiz. Del culto de

Astarté se encuentra huella, al lado del de Melqart, en casi todos

los establecimientos fenicios.

[126] Berger, Opusc. cit., p. 18. No es de este lugar entrar en

el detalle de la mitología fenicia, respecto á la cual, por lo

demás, dice una autoridad competente (E. Meyer, _Geschichte des

Alterthums_, I, p. 137), que es poco ó nada lo que se sabe. Quien

desee orientarse sobre este punto puede consultar con fruto el

bosquejo del estado actual de los conocimientos acerca de la

materia en el opúsculo de Berger, p. 17-27.

Como supremos funcionarios en el orden religioso hallamos á los

Sumos Sacerdotes y Sacerdotisas; y al lado de ellos figuraba el

cortejo numeroso de hieródulos ó servidores de los templos, barberos

y porteros sagrados que tenían á su cargo diversos oficios ó

ministerios auxiliares del culto. El más elevado cargo sacerdotal

ó Sumo Sacerdocio de las colonias fenicias parece haber sido

vitalicio[127]. Así induce á creerlo por lo menos la circunstancia de

emplearse su duración como cómputo de una Era ó período de tiempo,

consignándose así en una tarifa de los derechos percibidos por

los Sacerdotes del templo de Cartago formada en tiempo del Rabbi

Baalschillek.

[127] J. Euting, _Inschriftliche Mittheilungen_, en el vol.

XXIX, (1874), de la _Zeitschrift der deutschen morgenländischen

Gesellschaft_, p. 589.

Los medios de que habitualmente se servían los Fenicios para

conservar sus colonias, especialmente los Tirios, seguidos en esto

luego por Cartago, eran las deportaciones en masa de los pueblos

vencidos, el misterio de que solían rodear la existencia de sus

factorías, cerrándolas sistemáticamente, sobre todo en los primeros

tiempos, al trato y comercio de otros pueblos, y los ejércitos

mercenarios[128]. Respecto á lo segundo, es curioso y característico

el caso que refiere Estrabón al hablar de las islas Casitérides.

[128] Movers, II p. 24-48.

Al principio los Fenicios de Gadira eran el único pueblo que

enviaba navíos á traficar en estas islas, y cuidaban de ocultar

cuidadosamente á los demás el camino que conducía á ellas, hasta tal

punto, que se dió el caso de que el patrón de un navío fenicio,

viéndose seguido por barcos romanos, cuyos pilotos esperaban llegar

á conocer por este medio el camino de aquellas factorías, se dejó

ir voluntariamente sobre un bajo fondo, donde sabía que arrastraba

á una ruina cierta á los Romanos; pero habiendo logrado salvarse de

este naufragio fué indemnizado por el Estado de las mercancías que

había perdido. Menace, colonia griega próxima á las fundadas por los

Fenicios en la costa Sur de la Península, fué destruída por ellos ó

por los Cartagineses[129].

[129] Polibio, III, 24, 4.

La fundación de Gades debió tener carácter oficial, y el templo

databa de la fundación; lo cual no es de extrañar, dada la índole

religiosa de la fundación de colonias entre los Fenicios; pues

iba acompañada siempre de sacrificios y auspicios respecto á la

oportunidad del lugar, á veces precedida de consulta á los oráculos

y llevada á cabo por su indicación, y siempre era parte de ella la

erección de un santuario á Melqart[130].

[130] Así resulta del texto de Veleyo Patérculo, I, 2, 6: Tyria

classis Gades condidit. Estrabón, III, 5, 5, habla de las

columnas de bronce de ocho codos de altura existentes en el

Herácleo de Cádiz, en que había inscripciones grabadas con el

detalle de los gastos de la construcción del templo, y de las

cuales dice que los marinos solían venir á contemplarlas y á

ofrecer sacrificios á Hércules á la vuelta de sus navegaciones.

«No hay pueblo que envíe, sea al mar interior, sea al exterior,

mayor número de navíos ni de más grueso tonelaje que los Gaditanos,»

dice Estrabón. «Como su isla es poco extensa, y no poseen sobre el

continente establecimientos considerables, ni tampoco otras islas,

casi todos tienen el mar por morada habitual y no se cuenta sino un

pequeño número que viva en sus hogares, ó haya venido á fijar su

residencia en Roma. A no ser por esta circunstancia, Gadira podría

pasar por la ciudad más poblada del Imperio después de Roma. He oido

decir, en efecto, que en uno de los censos generales llevados á

cabo en nuestros días, se han contado hasta quinientos caballeros

gaditanos. No hay ninguna ciudad en Italia, si no es Patavium, que

tenga tantos[131].»

[131] Estrabón, III, 5, 3.

Como se ha observado con razón[132], la extensión superficial de

una ciudad mercantil no puede servir de norma para calcular sus

habitantes, su poderío y sus recursos. La pequeña ciudad insular de

Cádiz no tenía más que veinte estadios, media milla de circuito, y

sin embargo no cedía más que á Roma en el número de sus ciudadanos;

pues la mayor parte de ellos estaban ausentes ocupados en el comercio

y sólo los menos residían constantemente en la ciudad.

[132] Movers. Op. cit., II, p. 11.

Al frente del Gobierno de Cádiz estaban los _suffetes_ y el _sofer_ ó

_quaestor_[133]. Las asambleas solían celebrarse en Hasta[134], y el

derecho vigente en la colonia era el fenicio ó púnico[135].

[133] Livio, XXVIII, 37: Mago cum Gadis repetisset, exclusus

inde, ad Cimbios, haud procul a Gadibus is locus abest, classe

adpulsa, mittendis legatis quaerendoque, quod portae sibi socio

atque amico clausae forent, purgantibus iis multitudinis concursu

factum, infestae ob direpta quaedam ab conscendentibus naves

militibus, ad coloquium _suffetes corum, qui summus Poenis est

magistratus, cum quaestore_ elicuit, laceratosque verberibus

cruci adfigi jussit. Algunas inscripciones y monedas del África

fenicia y cartaginesa pertenecientes al período romano, acreditan

la subsistencia del cargo de los _suffetes_ en ellas mencionado.

Véase á J. Marquardt, _Römische Staatsverwaltung,_ I, 2.ª ed.,

Leipzig, 1881, p. 473, n. 8.

[134] Estrabón III, 2, 2 y 14; 4, 10.

[135] Cicerón, _pro L. Corn. Balbo_ c. 14: Ignosco tibi, si neque

_Posnorum jura_ calles: reliqueras enim civitatem tuam; neque

nostras potuisti leges inspicere.

CAPÍTULO III

LOS GRIEGOS

§ 22.

_Los establecimientos griegos en España._

En el año 630 antes de Jesucristo, un navegante samio llamado Coleo,

habiendo comenzado á navegar con rumbo á Egipto, fué arrojado por

los vientos á la isla de Platea; y al querer desde aquí orientarse

de nuevo, se vió otra vez combatido por vientos contrarios, y vino

á parar, dejándose atrás las columnas de Hércules, al territorio

de Tarteso, siendo el primer griego que arribó á las costas de

España. Aquí trocó sus mercaderías por productos de los naturales,

volviendo luego con mucha ganancia á su patria, donde, en memoria de

tan accidentada y feliz navegación, consagró á Hera como diezmo un

donativo de seis talentos de valor[136]. La noticia que, merced al

navegante samio, adquirieron los Griegos, de las riquezas del suelo

español, hubo de ser poderoso aliciente para que muy luego intentasen

entablar relaciones comerciales con la Península, y aun fundar en

ella factorías y colonias.

[136] F. Curtius, _Histoire grecque_, trad. de A. Bouché

Leclercq, I, París 1880, p. 563-568.--Melzer, Op. cit., p.

148-153.

Los primeros colonizadores griegos en España parecen haber sido

los Rodios, navegantes atrevidos que, recorriendo el mar en todas

direcciones para entorpecer, en cuanto les era posible, el comercio

fenicio, traspasaron la estación media de las Baleares y llegaron

á las costas de Iberia, donde al pie de un promontorio formado por

los Pirineos fundaron una ciudad rodia, por nombre «Rhode[137].» De

allí á poco los Focenses de Marsella, que habían llegado al apogeo

de su poder, y contaban ya con importantes establecimientos en las

costas de Italia, se decidieron también á colonizar en España; y «en

el punto en que la costa Nordeste de la Península se adelanta hacia

el mar, fundaron á Emporiae, situada al principio sobre una pequeña

isla vecina de la costa, y trasladada luego sobre el continente, al

sitio mismo donde solían tener el mercado con los indígenas. Los

lugares en que acampaban unos enfrente de otros los comerciantes

de ambas naciones, llegaron á ser establecimientos fijos: por la

parte del mar estaba el barrio ó distrito de los Griegos; por la del

interior, el de los Iberos, protegidos ambos por una muralla que

daba la vuelta á todo él, y así se formó una ciudad doble, compuesta

de dos poblaciones distintas que, separadas una de otra por un muro

intermedio, se unían para vigilar y defender juntas contra otras

tribus más salvajes la puerta común abierta del lado de tierra. Así,

hasta en sus lejanas colonias, los Focenses estaban siempre sobre las

armas. Los Bárbaros que habitaban al rededor de Marsella llamaban por

esta razón á los comerciantes extranjeros Sigynes, palabra que entre

los pueblos dados á la industria del bronce, singularmente entre los

Cipriotas, significaba «lanza.» El antiguo establecimiento rodio de

Rhode (Rosas), situado entre Emporiae y los Pirineos, pasó á manos de

los Focenses, del mismo modo que antes sus propias colonias del Ponto

se habían incorporado á Mileto.

[137] Curtius, Op. cit., p. 563.

Historia General del Derecho Español, Tomo I · 第 7 / 29 段