con los de países ocupados indudablemente por los Celtas da á
conocer, allí donde faltan testimonios históricos que lo acrediten,
las comarcas en que los Celtas se mezclaron con los Iberos. Infiérese
de ella, que los Iberos habitaron exclusivamente las regiones
próximas á los Pirineos y parte de la costa meridional; que los
Celtas poblaron, casi exclusivamente también, en los territorios
de Galicia y Portugal; y que mezclados ambos pueblos habitaron
el interior, y parte de Andalucía y de las costas del Norte,
predominando en esta fusión el elemento ibérico.
El estudio de la antigua toponimia de nuestra patria, permite
precisar aun más las relaciones entre el territorio ocupado
respectivamente por Celtas é Iberos en la Península. Obsérvase que
en las costas y buena parte del continente del Sur y de Levante, ó
sea en la parte más llana y feraz de España, no se hallan más que
nombres geográficos de origen celta; prueba de que los Celtas fueron
sus primeros pobladores, si bien los expulsó después de esta comarca
una invasión ibérica. En el Noroeste y en el Centro se hallan también
nombres célticos, aun fuera de la comarca poblada en el período
histórico por Celtas y Celtíberos, casi en la misma proporción que
los nombres segura y probablemente ibéricos; señal evidente de que
parte de esta región fué ocupada completamente ó dominada á lo menos
por los Celtas en el período ante-histórico. Así induce á creerlo
la circunstancia de que, entre los nombres de ríos de esta comarca,
no hay ninguno de origen céltico, sino que muchos de ellos, y sobre
todo el más importante, Iberus, son de origen indudablemente ibérico,
«circunstancia que parece demostrar plenamente la prioridad de los
Iberos sobre los Celtas en estas regiones[50].»
[50] Kiepert, _Beiträge über die Ethnographie der iberischen
Halbinsel_, en el _Monatsbericht_ de la Academia de Ciencias de
Prusia de 1864, p. 143-165, y G. Phillips, _Die Wohnsitze der
Kelten auf der pyrenäische Halbinsel_, Viena, 1871.
Cuno, _Die Kelten_, Leipzig, 1878, p. 55-85 y 135-137, sostiene
que en tiempo de Herodoto, los Celtas no sólo ocupaban ya las
costas del Océano, sino que habían penetrado también hasta el
extremo Sudeste de la Península, fundándose principalmente en
que los Cunetes citados por aquel historiador son indudablemente
de origen céltico. Menos razonable es su opinión acerca de los
Celtíberos, que defiende con razones más ingeniosas que sólidas y
mediante una interpretación artificiosa de los textos de Polibio,
Estrabón y Plinio, sobre el particular. En su sentir eran Celtas
puros, y yerran los que tienen á este pueblo por una raza
procedente de la fusión de Celtas é Iberos.
Las noticias que nos han conservado los geógrafos é historiadores
clásicos, permiten determinar, si no con absoluta exactitud, á lo
menos con probabilidades de acierto, las regiones ocupadas por los
principales pueblos ibéricos y célticos de la Península en el período
anterior á la dominación romana[51].
[51] En esta enumeración, prescindo de aquellos pueblos cuyos
nombres sólo son conocidos por las leyendas numismáticas (Véase
la lista de ellos en la memoria de Zobel, _Ueber die antike
Numismatik Hispaniens_, en el _Monatsbericht_ de la Academia de
Berlín de 1881, p. 825-826), y me atengo exclusivamente á los más
importantes que se hallan mencionados por los escritores griegos
y latinos.
Los Gallegos, pueblo de origen céltico, ocupaban el territorio
comprendido entre el Cabo de Finisterre y el Duero y se dividían
en dos grupos: los Gallegos Lucenses, establecidos en la parte más
áspera y montañosa, y organizados en 16 cantones ó distritos, gente
refractaria á los grandes centros de población; y los Gallegos
Bracarenses, nombrados así en el período romano por su capital
Bracara Augusta, fraccionados en 24 circunscripciones, en las cuales,
aunque no mucho, arraigó algo más tarde la vida municipal. Otra
tribu céltica, los Artabros, ocupaban el rincón extremo de la costa
Noroeste.
Los Astures se dividían á su vez en Astures Transmontanos al Norte,
habitantes de la región en gran parte montañosa próxima á la costa;
y Astures Augustanos, moradores de la elevada meseta del Sur de este
territorio.
En cuanto á los nueve pueblos cantábricos, cuyos límites han sido
fijados recientemente con magistral precisión[52], ocupaban en la
costa del mar, que por ellos se llamó Cantábrico, el territorio
comprendido entre Castro Urdiales y la ría de Villaviciosa.
[52] Por D. Aureliano Fernández-Guerra en su _Cantabria_, p.
39-40.
Moraban en el extremo boreal de la Península desde el mar Cantábrico
á Briviesca, los picos de Urbión, Tudela, Egea de los Caballeros y
Jaca, los Autrígones, Berones, Caristos, Várdulos y Vascones. Los
Ilergavones, Cosetanos, Ilergetes, Ausetanos, Bargusios, Laeetanos,
Suesetanos, Cerretanos é Indígetes, gentes ibéricas como los
anteriores, se dilataban por el extremo oriental de la Península
desde Huesca, Fraga y Morella hasta Tortosa, Tarragona, Barcelona y
el Cabo de Creus.
Los Vacceos se extendían desde Ledesma hasta Alar, y desde Zamora
hasta el Oriente de Palencia y Valladolid. Los Arévacos tenían entre
sus ciudades á Segovia, Sigüenza y Medinaceli hasta las Montañas de
Burgos.
Dilatábanse los Celtíberos desde Alcázar de San Juan hasta el Ebro y
desde Ocaña hasta Segorbe; los Edetanos, por parte de las actuales
provincias de Valencia, Castellón y Zaragoza.
Habitaban entre el Duero y la parte del Guadiana, comprendida entre
Badajoz y la confluencia del Zujar, los Lusitanos, «la más poderosa
de las naciones ibéricas,» al decir de Estrabón, «y la que detuvo más
que otra ninguna las armas romanas.» Los Vetones, gentes dedicadas al
pastoreo, emparentados con los Lusitanos quizá, y cuando menos sus
fieles y constantes aliados, así en la próspera como en la adversa
fortuna, habitaban al Oriente de ellos entre el Duero y el Guadiana,
extendiéndose por el territorio de Portugal y de Extremadura y siendo
suyas Coria, Salamanca y Avila.
Los Carpetanos ocupaban desde los Montes de Toledo al nacimiento del
Jarama y desde los Toros de Guisando hasta el Oriente de Guadalajara.
Venían luego los Cunetes, y sobre ellos, y por bajo de los Lusitanos,
los Célticos. Los Oretanos ocupaban la provincia de Ciudad-Real; los
Turdetanos, las regiones de Badajoz, Huelva y Sevilla; los Túrdulos,
parte de las de Cádiz, Córdoba y Granada. Málaga, Almuñécar, Motril
y Adra eran de los Bastulopenos. Dilatábanse los Bastetanos por el
Oriente de Jaén, Guadix, Baza, Almería, Lorca y Albacete, y los
Contestanos por Murcia y Alicante.
Los primitivos habitantes de las Islas Baleares parecen haber
sido de origen fenicio, según induce á creer el testimonio de los
escritores clásicos y descubrimientos arqueológicos recientemente
verificados[53].
[53] Esta enumeración de las regiones ocupadas por los
antiguos pueblos de la Península, descansa sobre los trabajos
histórico-geográficos, ya publicados, ya inéditos, de mi
excelente amigo D. Aureliano Fernández-Guerra.
§ 10.
_Carácter y cultura de los Iberos y Celtas españoles._
El cuadro que trazan los escritores antiguos de la civilización de
los Iberos y Celtas españoles ofrece todas las gradaciones desde la
barbarie á la cultura, y muestra la gran diversidad de carácter,
hábitos, género de vida y organización política de los varios
pueblos que ocupaban la Península ibérica, durante los dos primeros
siglos de la dominación romana. Al lado de los pueblos del Sur de
la Península y de la costa de Levante, diestros en el arte de la
navegación, como amaestrados respectivamente por tan sabios y peritos
maestros como Fenicios, Cartagineses y Griegos, con marina propia é
importante, extensas relaciones comerciales y moneda, hallamos los
pueblos del Interior como los próximos á Cartagena, y los Indígetes,
vecinos de Ampurias, y demás pueblos septentrionales, algunos de los
cuales no conocían la moneda y vivían sólo del pastoreo y del pillaje.
La Turdetania estaba poblada de ciudades, cuyo número, según
tradición que Estrabón consigna, se elevaba á 200, á diferencia de
lo que sucedía entre los Célticos y entre los habitantes del Centro
y del Norte de la Península que en general vivían dispersos en
aldeas[54].
[54] III, 2, 1.
A la fertilidad del suelo correspondía el prodigioso desarrollo de
la agricultura, la industria y el comercio entre los Turdetanos.
De la importancia de sus exportaciones al tiempo en que escribía
Estrabón, era testimonio el fuerte tonelaje y el gran número de los
navíos turdetanos; pues de todas las embarcaciones mercantes que se
veían, ya en Dicearquia, ya en el puerto de Ostia, arsenal marítimo
de Roma, las mayores eran las que procedían de la Turdetania, y su
número casi igualaba al de las que venían de la Libia[55]. Agregaban
los Turdetanos á estas ventajas la de sus costumbres dulces y cultas,
que se observaban, por lo demás, no sólo á causa de la vecindad, sino
también del parentesco, como creía Polibio bien que en menor escala,
entre los Célticos.
[55] III, 2, 6.
Comparados con los demás Iberos, los Turdetanos (nombre con que
designa Estrabón á los Turdetanos propiamente dichos y á los
Túrdulos, fundidos ya enteramente á la sazón en un solo pueblo) eran
reputados por los más sabios; tenían literatura propia, historias
ó anales, poemas y aun leyes en verso que contaban, según ellos,
seis mil años de antigüedad. Otras naciones ibéricas tenían también
sus literaturas, pues no todas hablaban la misma lengua[56]. Los
Cartagineses, en una expedición mandada por Barca, hallaron á los
pueblos de la Turdetania sirviéndose de vajilla y aún de toneles de
plata[57].
[56] Estrabón, III, 1, 6.
[57] Id., III, 2, 14.
Refiriéndose á los Gallegos, Astures y Cántabros, y bosquejando
su género de vida nómada y semisalvaje, dice Estrabón que no era
la guerra únicamente quien había engendrado entre estos pueblos
sus costumbres rudas y feroces, sino que estas procedían también
de la extraordinaria distancia á que su país se encontraba de las
otras comarcas de la Península, pues para llegar á él, así por
tierra como por mar, era necesario hacer un camino muy largo, y,
naturalmente, esta dificultad de comunicación les había hecho perder
los sentimientos de sociabilidad y humanidad[58].
[58] Id., III, 3, 8.
Entre estos montañeses, el vino era raro y «el poco que se hacía
se consumía bien pronto en los grandes banquetes de familia tan
frecuentes en estos pueblos y en los cuales se sentaban los
convidados en bancos de piedra situados al rededor de los muros,
distribuyéndose los asientos según la edad y la jerarquía[59].»
[59] Id., III, 3, 7.
Treinta pueblos distintos habitaban el territorio comprendido entre
el Tajo y la frontera de los Artabros, los cuales, en vez de explotar
la natural fertilidad de su suelo, se dedicaban, singularmente
los habitantes de las montañas, al pillaje, viviendo en guerra
perpetua, ya con los pueblos establecidos en las llanuras, ya con
las tribus del otro lado del Tajo, hasta que los Romanos forzaron á
los montañeses á abandonar sus intratables guaridas y á asentar sus
moradas en la llanura, reduciendo la mayor parte de sus ciudades
á simples aldeas, al mismo tiempo que fundaban en medio de ellos
algunas colonias. En el interior del territorio no se conocía la
moneda, ó hacían oficio de tal trozos de plata, ó se verificaba el
comercio únicamente por medio del cambio de productos.
Costumbre general de estos pueblos y principalmente de los Lusitanos,
era reunirse los jóvenes en las asperezas de los montes para caer
desde allí sobre las llanuras, llevando á todas partes el espanto
y la desolación[60]. No obstante su carácter feroz y guerrero,
los Celtíberos eran caritativos y humanos con los extranjeros que
recorrían su territorio, disputándose como gran honor el hospedarlos
y agasajarlos[61]. Solían entonar cantos guerreros al atacar al
enemigo[62], y eran destrísimos en el arte de la guerra, como lo
demuestra el hecho de haber tomado de ellos los romanos algo de su
táctica y varias de sus armas ofensivas[63]. Entre otros muchos
detalles, no ya sobre la bravura, sino sobre la ferocidad de los
Iberos, singularmente de los del Norte, refieren los escritores
antiguos que en la guerra de los Cántabros hubo madres que mataron á
sus hijos para que no cayesen en manos de los Romanos; que un joven,
cuyos padres y hermanos estaban encadenados, los degolló á todos por
orden de su padre con un hierro que pudo haber á las manos; y que
hubo mujer que degolló también á todos sus compañeros de cautiverio.
El cultivo de los campos era incumbencia de las mujeres[64].
[60] Diodoro, V, 35.
[61] Id., V, 34.
[62] Id., V, 35.
[63] Id., V, 33.
[64] Estrabón, III, 4, 17 y 18.
Rasgo característico de todos estos pueblos era la tendencia al
aislamiento y la carencia absoluta del sentimiento de solidaridad é
interés común. El mismo orgullo presuntuoso, dice el geógrafo griego
antes citado, causa del fraccionamiento de la nación helénica en
tantos pequeños Estados, impotentes para unirse entre sí, «existía en
el más alto grado entre los Iberos, junto á un carácter naturalmente
falso y pérfido. Hábiles para sorprender al enemigo, estos pueblos no
vivían sino del robo, aventurando á cada paso golpes de mano, nunca
grandes empresas, no acertando á duplicar sus fuerzas por medio de
una liga ó confederación poderosa. Si hubiesen convenido en unir sus
armas, no habrían visto la mejor parte de su país tan fácilmente
invadida y conquistada por los Cartagineses y más antiguamente aun
por los Tirios, luego por los Celtas, los mismos que hoy llevan el
nombre de Celtíberos y Verones, y más recientemente por un bandido
como Viriato, por Sertorio y por muchos otros jefes celosos con el de
agrandar su imperio[65].»
[65] Id., IV, 4, 5.
§ 11.
_El Derecho y sus fuentes de conocimiento._[66]
[66] P. J. Pidal, _Lecciones sobre la Historia del gobierno y
legislación de España_, p. 25-47.--J. Costa, _Poesía popular y
mitología y Literatura celto-hispanas_, Madrid, 1879, p. 219 288.
La principal fuente del derecho entre los Iberos y Celtas españoles,
en armonía con el grado de cultura de estos pueblos, era la
costumbre. Sólo entre los Turdetanos, donde el gran desarrollo de
la agricultura, la industria y el comercio debió ser parte para que
se sintiera muy luego la necesidad de normas escritas destinadas á
regular aquellas relaciones, hallamos noticia de que poseyeran leyes
en verso, hecho frecuente entre los pueblos primitivos[67].
[67] Estrabón III, 1, 6: σοφώτατοι δ᾽ ἐξετάζονται τῶν Ἰβήρων οὗτοι,
καὶ γραμματικῇ χρῶνται, καὶ τῆς παλαιᾶς μνήμης ἔχουσι συγγράμματα
καὶ ποιήματα καὶ νόμους ἐμμέτρους ἑξακισχιλίων ἐτῶν, ὥς φασι.
Estas leyes no han llegado desgraciadamente hasta nosotros. Así que,
para conocer las instituciones de los Iberos y Celtas españoles,
tenemos que acudir en primer término al testimonio de los escritores
clásicos que, ya de propósito como Estrabón, Plinio y Diodoro
Sículo, ya incidentalmente como Tito Livio, Apiano y Polibio, nos
proporcionan noticias sobre el particular. Algunas indicaciones
se hallan también en las inscripciones hispano-latinas, que nos
han conservado memoria de ciertas instituciones indígenas que
subsistieron más ó menos tiempo durante la dominación romana. Aun más
escaso es el auxilio de la filología, á causa del escaso desarrollo
de los estudios relativos á las antiguas lenguas de la Península, á
que se debe que no hayan podido ser leídas aún las escasas lápidas
escritas en ellas que se han conservado hasta nuestros días, ó que
los ensayos de interpretación sean hipotéticos y conjeturales. Menos
todavía podemos echar mano para suplir en alguna manera esta escasez
de informaciones, del estudio de las instituciones jurídicas vigentes
entre los pueblos de la misma raza habitantes en otros países,
cuando la semejanza ó identidad entre ellas no está suficientemente
comprobada; antes bien, de este estudio comparativo no debemos
servirnos sino con extraordinaria sobriedad. Sin desconocer los
grandes progresos realizados en materia de Historia comparada de las
legislaciones, y la utilidad que, aun en el estado embrionario en que
se encuentra todavía, puede reportar su estudio, hay que reconocer
y proclamar que muchas de las conclusiones cuyo carácter inconcuso
y universal defienden algunos de los principales representantes de
esta ciencia, son más que problemáticas. Lo insuficiente y poco
depurado de los materiales de que se sirven las más veces, como
son las relaciones de viajeros y misioneros y las tradiciones
recogidas por éstos entre los pueblos salvajes y la inseguridad en
el método, aconsejan proceder con cautela en tales estudios, y que
se deba estar precavido contra las conclusiones precipitadas y el
afán de generalizar y descubrir leyes de algunos de sus principales
cultivadores.
Tomando, pues, como base el testimonio de los escritores griegos
y latinos, y combinándolo con los datos positivos que nos ofrecen
las otras fuentes de conocimiento arriba indicadas, vamos á exponer
lo que como más cierto y averiguado resulta de esta comparación y
estudio, procurando no perder de vista las relaciones de lugar y de
tiempo, normas á que la Historia del Derecho debe en nuestro siglo
sus más verdaderos y legítimos progresos. Hay que guardarse, sobre
todo, de suponer vigentes, entre todos los pueblos de procedencia
ibérica ó céltica de la Península, las instituciones que, según
el testimonio de las fuentes, no aparecen vigentes sino en uno ó
algunos de ellos. La primitiva comunidad de origen de las tribus
pertenecientes á cada una de las respectivas agrupaciones, no
autoriza para suponer que tal ó cual de sus instituciones conocidas
en la época en que ya constituían entidades políticas independientes,
pertenece al fondo común y primitivo de las instituciones de la raza.
Por el contrario, el hecho de mencionar los escritores antiguos
algunas de las referidas instituciones como vigentes en este ó aquel
pueblo determinado, indica que en cuanto alcanzaba su conocimiento,
la consideraban como exclusiva y característica de él; pues respecto
á las que son comunes á varios pueblos suelen indicar también esta
relación de identidad.
§ 12.
_Instituciones políticas._
Durante la dominación cartaginesa, como en los primeros tiempos
de la romana, aparece España dividida en muchos pueblos ó Estados
independientes, cuyo número no puede fijarse con certeza, ya por la
insuficiencia de los datos de los geógrafos é historiadores sobre el
particular, ya porque su número varió á causa de haberse fundido unos
en otros con el transcurso del tiempo.
Las leyendas de las monedas autónomas nos dan á conocer los nombres
de muchos pueblos que los escritores griegos y latinos no se cuidan
de mencionar[68], ya por su desagradable sonido á los oídos romanos,
razón por la cual Estrabón y Plinio omiten nombrar á muchos de entre
ellos, ya porque habían desaparecido, perdiéndose su independencia ó
fundiéndose en otros, en el período romano.
[68] Zobel de Zangroniz, _Estudio histórico de la moneda antigua
española_, I, p. 171.
Cada región habitada por gentes de la misma procedencia, organizadas
quizá federalmente, como parece indicarlo la comunidad del nombre
y la circunstancia de seguir estos pueblos de ordinario una misma
línea de conducta, ya pacífica, ya guerrera, en sus relaciones
con los romanos[69], se subdividía en diversas tribus, que parecen
también haber gozado de autonomía en todo aquello que no se
relacionaba con el vínculo federal. Así los pueblos de la Lusitania,
de los cuales sólo en el territorio comprendido entre el Tajo y
los Artabros, cuentan treinta Estrabón y Plinio[70], debían formar
una confederación de carácter permanente. Otro tanto puede decirse
de los cuarenta pueblos gallegos que encontramos divididos en el
período romano en dos distintos conventos jurídicos; de los veintidós
pueblos astures, que, según Plinio, contaban en parte 240.000 hombres
libres[71]; de los nueve pueblos cantábricos[72] de los Celtíberos,
divididos en cuatro regiones, según unos autores, y en cinco, según
otros[73]; de los Indígetes fraccionados en cuatro[74], y así de los
demás.
[69] Livio designa generalmente con el nombre de _civitas_ ó de
_populus_ á los Estados independientes. Puede además inferirse
esta última cualidad del hecho de aparecer una determinada
población, obrando por sí en concepto de aliada ó de enemiga
de los Romanos ó de los Cartagineses, como en los pasajes
siguientes: Livio, XXIV, 41: «_Castulo, urbs Hispaniae valida
et nobilis_, et adeo conjuncta societate Poenis, ut uxor inde
Hannibali esset, _ad Romanos defecit_.--_Bigerra inde urbs,
(socii et ii Romanorum erant)_ a Carthaginiensibus oppugnari
coepta est.»
[70] Estrabón, III, 3, 5; Plinio, IV, 35.
[71] Plinio, III, 4.
[72] Plinio, 3, 4.
[73] Estrabón, III, 4, 13.
[74] Estrabón, III, 4, 1.
El cargo de Jefe del Estado era electivo y amovible en algunos
pueblos; vitalicio y hereditario en otros[75]. Aunque parece haber
estado reunidas casi constantemente en una misma mano la suprema
autoridad civil y militar, sin embargo, á veces aparecen vinculadas
en distintas personas[76]. Polibio pondera la riqueza y suntuosidad
de las moradas de los Reyes de la Turdetania y de su vajilla de
metales preciosos[77].
[75] Varios son los nombres con que Livio, que es el escritor
que más datos ofrece sobre el particular, designa á los jefes
españoles; y se falta de precisión y consecuencia en este punto
no permite en la mayoría de los casos llegar á conclusiones
ciertas respecto á la índole de la dignidad expresada con
las denominaciones de _rex_, _regulus_, _princeps_, _dux_,
_imperator_. Sin embargo, los dos primeros vocablos parecen
indicar siempre la cualidad de Jefe del Estado. Véase á Livio
XXII, 21; Mandonius _Indibilisque, qui antea Ilergetum regulus
fuerat..._; XXVIII, 15; Principium defectionis ab _Attene, regulo
Turdetanorum factum est_; XXXIII, 21: Is (M. Helvius) litteris
senatum certiorem fecit, _Culcham et Luxinium regulos_ in armis
esse cum Culcha XVII oppida, cum Luxinio validas urbes Carmonem
et Baldonem; XXXIV, 11: Eo (Scipioni) legati tres ab _Ilergetum
regulo Bilistage..._; XXXV, 7: (M. Fulvius...) _regem Hilernum_
vivum cepit; XXXX, 49; Multi captivi nobiles in potestatem
venerunt, inter quos et _Thurri_ filii duo et filia, _Regulus
hic earum gentium_ (de Alce) _erat, longe potentissimus omnium
Hispanorum_. Es de notar que casi todos estos régulos aparecen ya
tratando con los Romanos, ya aliándose con ellos ó haciéndoles la
guerra, _ex auctoritate propria_.
La palabra _princeps_, que en la mayoría de los casos es sinónima
de noble, sirve también en algunos para designar al Jefe del
Estado. Livio, XXI, 11; Postremo cum _Amusicus princeps eorum_
(Laeetanorum) ad Hasdrubalem profugisset, viginti argenti
talentis pacti deduntur; XXXIV, 21: Transfugit inde ad consulem
_princeps Vergestanus_, et purgare se ac popularis coepit; non
esse in manu ipsis rempublicam; praedones receptos totum suae
potestatis id castrum fecisse.
En cuanto á los términos _dux_ é _imperator_, más bien parecen
designar á los generales ó jefes militares, según el uso romano.
Así Livio, XXV, 31, llama al jefe de las tropas españolas
auxiliares de Aníbal en Italia _Hispanum ducem Moericum_; XXVII,
17: _Edesco_ ad eum (Scipionem), _clarus inter duces Hispanos
venit_; XXXIII, 44:... litterae a Q. Minutio adlatae sunt, se ad
Turdam oppidum cum _Budare et Baesadine imperatoribus Hispanis_
signis conlatis prospere pugnasse.
Así vemos que mientras en Ibis parece haber regido el principio
hereditario, según se infiere del texto de Livio, XXVII,
7, relativo á la lucha entre los primos Corbis y Orsua _de
principatu civitate Ibis contendentes_, y mientras el Rey
turdetano Argantonio, amigo de los Focenses del Asia menor,
según Herodoto, ostenta el carácter de soberano vitalicio, entre
los Ilergetes (Livio, XXII, 1), el cargo de Jefe del Estado era
amovible y electivo.