¿Qué mal tenéis, caballero?
¿Queredes me lo contare?
¿Tenéis heridas de muerte?
¿Ó tenéis otro algún male?
--Hame herido Carloto,
Su hijo del emperante,
Porque él requirió de amores
Á mi esposa con maldade;
Porque no le dió su amor,
Él en mí se fué á vengare,
Pensando que por mi muerte
Con ella había de casare.
_Rom. del marqués de Mantua y Valdovinos_
Cuando Elvira fué sacada de la mano por el astrólogo fuera de su
cámara, á la inesperada entrada de Fernán Pérez de Vadillo, apenas
tuvo tiempo aquél de indicarla que habiendo informado ya á su alteza
de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su
habitación tranquilamente hasta el día en que, realizándose el combate,
hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su acusación, por
medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que había escogido
por campeón. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y
por otra el sobresalto en aquel primer momento no podía dar lugar á
la reflexión; así que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad
ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un exceso de
amistad poco común, y animada del espíritu caballeresco y reparador de
agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se
había lanzado á un acto de generosidad que nadie podía reprocharle con
razón fundada. Conociendo que no podía vengar á la condesa, ó descubrir
su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero
su esposo, un principio de delicadeza le había inspirado la idea de
ocultarse, á lo cual se había añadido otra importante consideración: no
conocía en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso
como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra
el enemigo que iba á granjearse; pero era demasiado perspicaz para
no conocer cuán falsa era la posición en que estaban uno respecto de
otro, demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda la ocasión en
que pudiese aventurar aquél verbalmente una declaración que ya tantas
veces le habían hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este
asunto no había, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra
su esposo sino aquella especie de reserva que con él había guardado;
reserva tanto más disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga
del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podía
por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á
medida de su deseo, puesto que sólo se hubiera sabido que era ella la
acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras
una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió
nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es
saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado
sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabía, y el
lector sabe perfectamente, que no podía ser argumento contra ella. Pero
el lector sabía acaso una cosa que Elvira no sabía por lo visto, ó que
no había reflexionado bastante, y es que no hay posición más falsa que
aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otra que
tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer
culpables las cosas más inocentes, y por otra parte es fuerza confesar
que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podía ella
decir otro tanto de sus pensamientos, por más que procurase sofocarlos
de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada
sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes.
Si sólo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías,
no se hubiera creído perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es
forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir
de su esposo; y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo:
una mujer menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no
hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado
más y dominado mejor sus emociones.
Su primer pensamiento fué huir sin saber adónde; pero á poca distancia
del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginación las
reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes:
era inocente; declararía á su esposo francamente su posición, y esta
franqueza le granjearía más y más su aprecio. ¿Y adónde podía dirigir
sus pasos sino á su habitación? Cualquiera otro partido hubiera sido
indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podía
echársele en cara, pues que había sabido resistir á las seductoras
palabras del doncel, y nada había en su conducta verdaderamente
reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algún tanto, y
aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del
diálogo que acababa de tener con un hombre más peligroso de lo que ella
pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al
notar su zozobra é indecisión.
Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya
más libremente á reflexionar sobre su verdadera posición.
La primera idea que entonces le ocurrió fué el riesgo de un próximo
rompimiento en que había dejado á Macías y á su esposo. Segura
empero de que en nada había ofendido á este último, é ignorante al
mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algún
tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo
suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agrega la
reflexión de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á
la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras
hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro día se prometía
haber desvanecido ya todo género de duda en el corazón de Vadillo con
respecto á su conducta, porque en esta materia las mujeres suelen
contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su
sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Más serena con estas
reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad
que en su posición cabía, si bien sin hacer caso de las continuas
interrupciones con que el pajecillo cortaba de cuando en cuando el
hilo de su meditación. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos
recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco
estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de
sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasión más
propicia de averiguar las penas que debían afligir á su hermosa prima.
Retiróse con mal humor á un rincón de la pieza por ver si le llamaba
al cabo de un rato de desvío; pero no habiendo surtido tampoco efecto
alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente
dormido con aquel sueño que tan fácilmente se toma como se deja en
aquella feliz edad de la vida que nuestro paje alcanzaba. Mucho tardó
en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira;
pero cuando por fin después de horas enteras de ansiosa expectativa
vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!
Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista
de Elvira fué Fernán, llevado en brazos de dos siervos del conde de
Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar
por más tiempo la horrible realidad, arrojóse hacia él exhalando un
¡ay! que salía de lo más hondo de su corazón, y que hizo abrir al
herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el
mismo instante. ¡Vive, vive! exclamó la desdichada esposa reparando
su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su
amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas,
que se sucedían tan rápidamente unas á otras que apenas dejaban
entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó
medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernán Pérez! ¡Querido esposo!
Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus
ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas,
acercaba éstas otra vez á su corazón por ver si palpitaba todavía... en
una palabra, en aquel momento Macías entero había desaparecido de su
imaginación: su esposo herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso
por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha había desaparecido, y
el más débil, el más necesitado triunfaba entonces en su corazón de
mujer.
Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente
hidalgo: otros personajes de nuestra historia reclaman por ahora
nuestra atención. Con respecto al caballero, no había salido tan mal
parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algún
cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas
de Madrid y alcázar poco después que su adversario. Introducido en
su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el
arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de
suyo carniceros que llamamos en el día cirujanos, el cual maestro
declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y
un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle
las yerbas que más convenientes le hubieron de parecer, y por esta
vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su
ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de
su alteza, á quien nadie conocía en lo distraído desde su vuelta de
Calatrava, había tenido un duelo singular en el soto de Manzanares,
de cuyas resultas debía guardar el lecho por algunos días. Y en
atención á que el escudero de don Enrique de Villena había necesitado
también los auxilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no
se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo.
Ahora bien, sabido esto, no era difícil que la pública maledicencia
añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la
desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella.
Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron más para
asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de
evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusación
intentada contra él, y sostenida por el doncel, había determinado á
su escudero á acometer á aquél, acompañado de otros varios, una tarde
que había salido á halconear por el soto de Manzanares; relación á que
daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernán
en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de
los amigos de Macías, que habían notado su singular aislamiento, su
profunda tristeza, y que habían creído interceptar en varias ocasiones
algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que
recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies
de las habitaciones de la condesa, no se sabía por quién, tuvieron
lo bastante para decir que el doncel había puesto los ojos en cierta
dama, cosa que no le había parecido bien, según ellos, al hidalgo, que
aunque no era caballero, era marido, y según malas lenguas un si es
no es celoso. Á esta versión daba algún peso tal cual sonrisa maligna
que el judío Abenzarsal había dejado escapar en algunos corrillos de
la corte, donde se había referido el duelo singular. El propalar estas
especies no era en verdad servir amistosamente la pasión de Macías, ni
hacer gran favor á la buena opinión y fama de Elvira; pero hay autores
que aseguran que la amistad no excluye la envidia, de donde infieren
que las conversaciones de los amigos no son siempre las más favorables.
Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinión arriesgada,
creemos más bien que algún amigo de Macías sospechó aquella explicación
como la más satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: éste en
confianza comunicaría su idea á algún otro amigo, quien la trasladaría
á otro bajo la misma fe del secreto, de cuyo modo fué corriendo la
noticia, y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales
creemos como en nuestra salvación, nos atrevemos á asegurar que al
repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irían acompañadas de
aquellas expresiones cariñosas, tales como: «¡Pobre Macías! ¿Sabéis
que el desafío fué por Elvira?--¿Qué decís?--Sí, no lo digáis; pero es
indudable: está perdido de amores por ella, y es lástima ciertamente»,
y otras semejantes, que descubren á cien leguas la más pura amistad
hacia el objeto de tales conversaciones.
Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores
nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta,
que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquél estaba
harto interesado en guardar el más rigoroso silencio sobro punto tan
delicado, y á éste no podía convenirle en manera alguna poner en claro
la causa verdadera del desafío; pues tan de cerca tocaba al honor de su
esposa. El mismo Enrique III tentó más de una vez el vado con Macías,
usando de las expresiones más afectuosas, pero nunca pudo recabar nada
de él, y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el
conde de Cangas y Tineo la confesión de aquello mismo que él sabía ya
demasiado bien por el astrólogo judiciario.
Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta
intriga, ya habrá conocido el lector que después de los escrúpulos
que habían atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde,
habían salido ambos con varios criados en busca de los desafiados,
con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba
peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer
desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en
aquellos tiempos solían practicarlo los poderosos con los débiles, y
encerrándole después en alguno de los castillos del conde, desde donde
no hubiera podido volver á oponer obstáculos en su vida á los planes
del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si
este proyecto se había malogrado, no había sido en verdad por culpa del
intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor
de Macías, y á la desconfianza, penetración y fuerza sobrenatural del
montero Hernando, quien, luego que había visto salir en aquella forma
á su señor y al escudero, no había dudado un solo momento en seguir
sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector
ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas había podido distinguir
en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor;
pero luego que notó que uno de ellos había caído, creyó que en todo
caso lo más seguro era separarlos, y sólo al asir del que era realmente
su amo le había conocido. No sabemos si era su intención favorecer,
como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que
sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos
arrojadizos de que se había provisto antes de salir del alcázar, acaso
se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros
mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan también nuestros
lectores.
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