CAPÍTULO XXIV

Todo le parece poco

Respecto de aquel agravio;

Al cielo pide justicia,

Á la tierra pide campo,

Al viejo padre licencia,

Y á la honra esfuerzo y brazo.

_Rom. del Cid_

Después del mal éxito que había tenido la tentativa de don Enrique de

Villena y del judío Abenzarsal para quitar de en medio el estorbo de

Macías, apenas les quedaba á éstos otro recurso que esperar el sesgo

que quisiesen tomar las cosas.

En realidad sólo podían temer ya de él fundadamente el juicio de Dios,

que acerca de la acusación quedaba pendiente, porque las medidas que

había tomado para asegurar el maestrazgo habían sido tales y tan

buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis

de Guzmán gran número de castillos y lugares de la orden, podía

contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban por él

Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda,

Valderobas, Calenda y otras villas del maestrazgo, con más infinitos

castillos, en los cuales había puesto ya alcaides á su devoción. Con

respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el

clavero, hechura todavía del maestre anterior, no se habían apresurado

á prestarle el homenaje debido, sino que habían respondido tanto á él

como á su alteza que convocarían el capítulo para elegir y nombrar

según los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero

en su respuesta de que la elección de su alteza hubiese recaído en un

príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometía que los votos

todos unánimes de los comendadores y caballeros serían conformes con

los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse

á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso

conde no había creído oportuno, sin embargo, intrigar para que se

acelerase la reunión del capítulo, porque se prometía acabar de ganar

las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y sólo don Luis de

Guzmán era el que no perdonaba medio de llevar á cabo cuanto antes sus

intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde

demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de

la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía

tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesión el de Villena. No

fué tan bien recibida esta moción de su alteza como se esperaba; pero

el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente

los fueros de una orden tan respetable: convencido además de que el

cielo había designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco

de creer en la posibilidad de otra elección, y así, fué su decisión

que el capítulo se reuniría en cuanto él recibiese las noticias que

esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que más por entonces

le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina

diese á luz un príncipe digno de suceder en su corona, si bien estaba

jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña

María su primogénita. Más de un astrólogo de los que en aquellos

tiempos de credulidad y superstición vivían especulando con la pública

ignorancia le habían lisonjeado con esperanzas conformes con sus

deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo,

y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para

engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues

disfrutaba á buena cuenta de las prerrogativas y de gran parte de las

rentas y dominios del maestrazgo, que la adulación de sus parciales se

había adelantado á poner á su disposición.

Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la

acusación de Elvira había dispensado su alteza al adversario de

Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposición de

concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas

de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que

su doncel sobresalía singularmente: afianzóse más en ella la amistad

que el rey le profesaba; en consecuencia de allí á poco su alteza

mismo quiso, como lo había prometido, poner el hábito de Santiago á

su doncel: esta ceremonia, con toda la solemnidad que de tal padrino

podía esperarse, se verificó en la iglesia de Almudena, con presencia

del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros

santiaguistas que asistían á la sazón á la corte; favor singular que

hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese

él podido desechar la funesta idea que le perseguía siempre por

todas partes, desde que por primera vez había visto á Elvira, y en

particular desde que la explicación desgraciada que había tenido en

la cámara del judío no había podido dejarle á ella duda alguna acerca

de su amorosa pasión. El doncel desde aquella funesta noche no había

vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro,

y cuidando sólo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda

ocasión de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada

vez se arraigaba más en su corazón, la hiciese no hallar gusto sino

en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel

todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de

Fernán Pérez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible

conducta. ¿De qué servía empero al doncel no ver personalmente á

Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente

imaginación?

Entre tanto se restablecía diariamente el hidalgo de sus heridas: el

cuidado de su esposa, la flaqueza que aún le quedaba y la ausencia del

doncel, si no habían bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco

á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus

primeros celos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazón

de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvía á tomar

imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido

además imposible olvidarle del todo. En la corte ningún caballero

hacía más papel que Macías: era raro el día que no tenía que oir de

sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetían.

Ya había bohordado en la plaza con tal primor, que había dejado atrás

á los mejores jugadores de tablas: ya había compuesto una trova ó

una chanzón tan tierna, tan melancólica, que no había dama que no la

supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la

vihuela de arco; instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor

contemporáneo:

La vihuela de arco fas dulses de balladas,

Adormiendo á veces, muy alto á las vegadas,

Voces dulses, sonoras, claras, et bien pintadas,

Á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.

¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova

ó la chanzón, donde los demás no veían más que una brillante poesía,

Elvira no podía menos de leer un billete amoroso? Parecía que sus

composiciones la estaban mirando continuamente á ella como los ojos

de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su

imaginación solía estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada

al doncel, solía asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aún,

la miraba absorto y enternecido: «Elvira, le decía, da tregua á tu

aflicción; todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas

que por mí derramas sólo pueden contribuir á afligirme». Volvía en sí

Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía

sus mejillas de carmín, y la despedazaba la idea de abusar sin querer

de la credulidad de su esposo.

En los primeros días había esperado Elvira á que Hernán Pérez la

hablase del acontecimiento que le había reducido á aquel término; y lo

había esperado con ansia y con temor, pero en balde. El hidalgo, fuese

por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender

una explicación en que él no podía hacer todavía el papel de acusador,

guardó el más rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á

Elvira que lo mejor que podía hacer era aventurar alguna pregunta; pero

igual suerte tuvo su arrojo que su expectativa. No sólo no consiguió

ninguna explicación satisfactoria en este punto, sino que habiendo

conocido que toda conversación relativa á la noche del duelo alteraba

visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad.

Creyendo el hidalgo también que su esposa le negaría haber sido ella

la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no

tuviese otras pruebas irrecusables sería más bien espantar la caza

que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la

misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas:

primero, el propósito de espiar más escrupulosamente en lo sucesivo

todos los pasos de Elvira; segundo, la intención decidida de terminar

cuanto antes con cualquiera ocasión y pretexto que fuese el suspendido

duelo con el hombre primero que había aborrecido en su vida, y que

había aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece más que á uno.

Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernán Pérez

restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su

semblante dejaba ver todavía la huella de la enfermedad.

--Hernán Pérez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido

ya dejar el lecho? Debierais recordar sin embargo que vuestra salud es

harto importante para vuestro señor, y no exponerla con tan temerario

arrojo á una recaída peligrosa.

--Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquéllas que hizo la lanza

ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse

fácilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino

de una sola manera.

--¿Qué decís? ¿Será que por fin os habréis decidido á abrirme

francamente vuestro corazón? contestó don Enrique. ¿Será que queráis

explicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular,

cuyos efectos se ven todavía en vuestro rostro, y de esa reconcentrada

melancolía que deja diariamente en él huellas aún más indelebles y

duraderas?

--Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en

varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que

agobian á tu escudero.

--Quiero no darme por ofendido, contestó fríamente Villena, de vuestra

inconcebible reserva.

--Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que

puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia,

que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si

una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.

--Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os

será concedida.

--No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo

podrá decir impunemente á un hidalgo: «No ha lugar á pacto entre

nosotros, pues no eres caballero». Ármame, señor. Si mis largos

servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que

fuí admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado,

no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los más

grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes de

la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fué

siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi

valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no

bastan mis méritos, bástame esa hidalguía, de que en balde blasono si

puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.

--Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que había acabado su petición

el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en

esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera

negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.

--Guarde el cielo, señor, tu grandeza...

--Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en

pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero

decidme, ¿qué causa en esta ocasión más que en otra?...

--Tu honor y el mío. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque

tú me dijiste, señor...

--Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo que

podéis, fiado en la justicia de mi causa...

--Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que

mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi

señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó

públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa

es justa, la victoria es segura.

--¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Hernán Pérez?

Quédame sin embargo una duda: duda que en obsequio vuestro quisiera

desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazón: decidme, ¿no tenéis

alguna otra causa que os mueva?...

--Señor...

--¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías

en el soto... y del arrojo con que os adelantasteis en la corte á alzar

el guante al punto que visteis ser él el mantenedor de la acusación,

sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas?... Hablad...

--Acaso las hay. No lo niego.

--Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible ¿sería cierto que

tuvisteis celos?...

--¿Celos, señor, yo celos? exclamó Hernán con mal reprimido amor

propio. ¿Quién pudo decir?...

--Nadie, Hernán, nadie: yo solo soy el que he creído en este momento...

--¿Vos solo? si supiera...

--¿Y bien? ¿Á mí por qué no descubrirme?... ¿Vuestra esposa sin

embargo?...

--Basta, señor, no hablemos más de eso. ¡Mi esposa, Dios mío! ¡Mi

esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

--¿Qué es faltar, Vadillo?

--Si pudiese tan sólo con su pensamiento empañar la más pequeña porción

de mi honor, no necesitara castigar á ningún atrevido, ni que me

armara nadie caballero: dagas tengo aún: la última gota de su sangre,

la última no sería bastante indemnización de tan insolente ultraje.

¡Elvira, á quien amo más que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

--Sosegaos, Vadillo; nunca fué mi propósito ofenderos; pero pudierais,

sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...

--Jamás, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi

esposa, ¿viviría aún, viviría? contestó el hidalgo pudiendo disimular

apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.

--Entonces, pues, ¿qué ofensa?...

--Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien

pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías:

un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas.

Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una

victoria pronta y segura.

--Sea, contestó don Enrique, como lo deseáis. Mañana os la conferiré.

Mañana juraréis en mis manos defender su fe, el honor y la hermosura.

Después de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde

de Cangas, y se retiró á esperar con mortal impaciencia el nuevo día

que había de poner término á todas las esperanzas que contentaban por

entonces su ambición.

* * * * *

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 102 / 121 题