Cuande la noche cerró,
Ambos se fueron armare,
Cabalgaron á caballo,
Salieron de la ciudade,
Armados de todas armas
Á guisa de peleare.
_Rom. del marqués de Mantua_
Con feroz expresión de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde
de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga:
gran parte había tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno
declarárselo así al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse
mucho don Enrique de Villena al principio de su narración, pero fué
oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al
desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó
que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca
del empedernido viejo la horrible maquinación, ésta podría estar
costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era difícil
inferir que á pelear y no á otra cosa habían salido en aquella forma
y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso
caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante.
Cuando había admitido para este asunto los auxilios del astrólogo
judiciario, ó se había lisonjeado de que éste conseguiría colocar las
cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo
para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es más probable,
no se había tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las
pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver
cómo se ha de soltar el león de la jaula, porque una vez suelto,
ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el
estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, había
procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se
nos permite esta atrevida metáfora. En balde trató el viejo redomado de
tranquilizar su espíritu y embolar sus remordimientos, presentándole
el caso menos arriesgado de lo que era y debía ser realmente; en balde
le citó mil ejemplos de desafíos empezados y no concluidos, y enumeró
infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de
los dos adversarios, ó por cualquiera extraña casualidad sobrevenida;
ó llevados á cabo, en fin, á costa sólo de algunas heridas de poca
importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasión
del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu
del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la
arrojada decisión del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias
entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase
envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya
probidad, sólo cariño y respeto le podían merecer. Si hubiera sido
posible que por una causa ajena enteramente de él hubiera desaparecido
Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo,
hubiérase alegrado tal vez, pero la idea de que iba á recaer sobre su
cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para
arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni
malo completamente, en cuyo corazón domina todavía el conocimiento de
lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo
entre tanto corría, y era forzoso decidirse presto.--Abenzarsal, dijo
por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de
un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud,
Abenzarsal, me habéis perdido. Nada habéis hecho por mí, si muere
alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos
tarde! No os mandé yo tanto.
--¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavía
con la indecisión del conde y con su propia elocuencia para acabarle
de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía?
¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro
corta un brazo para salvar los demás miembros. Los términos medios nada
remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelación por otra
parte es morir, ¿qué poder tendremos para contrastar los astros?
--¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje,
queréis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en
este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?
--Eso querrá decir, don Enrique, que su constelación era que los
perdiese mi intriga.
--Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de
menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una
gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningún
hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su
constelación no ordene su muerte: venid conmigo...
--¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos en
medio de las tinieblas de la noche dos locos, que?...
--Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen
más que una vida, y ésa la perderán si los dejamos.
--¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad?
¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una
hermosura pasajera como la vida del hombre? Si no han aprendido á
conocer á la mujer, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos!
Los que consienten en morir por un ser pérfido no merecen que dé nadie
dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura más felices cuando
la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de
un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar
lágrimas de sangre ante un injusto desdén? Su muerte será acaso su
felicidad.
--¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!
--Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos
atrincheramientos, es decir...
--Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro
necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?
--Si por eso lo decís, en nada. De balde los salvaré.
--Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolsón, parecido
al que poco antes le había dado, tomad y acallad con oro vuestra
conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de
aquí. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos
faltarán medios después para deshacernos de ellos de un modo menos
culpable.
Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana
á la violencia que se le hacía.--¡He aquí el hombre! salió diciendo
entre dientes detrás de Villena, que á pasos precipitados se lanzó
fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando
consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de
carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado.
¡Remordimientos, remordimientos dos hombres! Sin embargo, si mueren por
una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el
altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente
con sus nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y
nosotros entretanto con remordimientos!
Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban
hacia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos
competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la
Almudena, se había vuelto á Macías, que lo seguía con la indiferencia
y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente
dispuesto á todo, y le había dicho: «Caballero, mientras más apartados
de la población, reñiremos con más libertad». Al decir estas palabras,
que fueron sin duda oídas, aunque no contestadas, hizo un ademán con
la mano dando á entender que debían seguir algún trecho más adelante
camino de la casa del Pardo, que á la sazón edificaba don Enrique el
Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á
tal proposición siguiéndole á pocos pasos. Así anduvieron largo trecho,
conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio;
parecían en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura,
que movidos de impulso extraordinario se trasladaban á otro punto,
por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes
con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando
tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á
una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habían hecho
su carga en aquel paraje derribando algunos arbustos y matorrales.
Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con
el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, «_Aquí_, dijo
con voz alterada por la cólera, _aquí_». Imitó el doncel su acción;
y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que lo acometiera
su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya también el
escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba:--No
creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo.
En primer lugar, deseo preguntaros si tenéis noticia de una música
que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la
condesa de Cangas y Tineo.
--Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.
--Esperad. ¿Y sabéis quién era el músico?
--No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono,
volviendo á hacer ademán de dar principio al combate.
--¿Y queréis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana
en pública corte á mi señor el conde?
--Los mismos datos tenéis para conocerla que yo.
--¿Qué motivos tuvisteis para abrazar su defensa?
--Los que creí justos.
--¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío?
¿Sabéis que soy su esposo?
--He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No
acostumbro á sufrir interrogatorios.
--No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone
relaciones que mi honor...
--Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
--Probádmelo.
--Con la punta de mi espada, al momento.
--¿No tenéis, pues, otras pruebas?
--Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de
Madrid.
--Decís bien, repuso el hidalgo, en quien la ira crecía más y más en el
corazón con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los
pactos de nuestro duelo. El que venza...
--El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al
otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de
Castilla.
--Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...
--Os prevengo, hidalgo, que no me venceréis sino matándome. Por lo
demás, recordad que no estáis armado caballero, y cuando me sujeto á
reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.
--No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no
desconozco la orden de caballería...
--Probadlo, pues.
Bien vió el hidalgo que en balde intentaría obtener de su adversario
más amplias explicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginación
algún medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada
su esposa como él lo había imaginado, ó si habría procedido de ligero;
pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones
diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud
de acometer sin proferir más palabra, y dentro de pocos instantes
sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La
oscuridad no permitía una defensa tan hábil como la exigía la seguridad
de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á
dos tiraban más bien á ofender al contrario que á resguardar su propia
vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas
y las conocían perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir
los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de
esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos
visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto
el suelo en más de un paraje con la roja sangre de los combatientes.
Ni una palabra se oía; ni una exclamación involuntaria que exhalaba
alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada había dado en
el cuerpo del contrario, y el aullido de algún lobo, que al ruido del
hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era
el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibía.
De allí á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la
punta de su espada:--Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habéis oído
algo?
--Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.
--Imaginé haber oído pies de caballos en el camino inmediato, y aun
si mi oído no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos
matorrales.
--Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estáis cansado?
--De vivir y de que me resistáis. Espero que no podré temer una
emboscada ni...
--¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?
--Perdonad.
--¿Estáis herido?
--No, contestó Macías con voz que reprimía el dolor, tal vez, de los
golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.
--Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernán; sintiera que nos
interrumpiesen.
--¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. Á buen tiempo
llegan; enterrarán al vencido.
--Acabemos, respondió Fernán.
Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta
entonces batiéndose según las reglas de la caballería, y atacando y
respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas
simultáneamente, sin cuidar más de la defensa que si tuvieran dos
vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías
llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad
y su rabia no le permitían usar de ella, y el hidalgo reñía con celos.
La casualidad empero quiso que Hernán Pérez al arrojarse sobre su
adversario pusiese el pie en un paraje del suelo humedecido con la
sangre que ambos habían perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le
había sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo
venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste,
dirigió la punta de su espada al rostro del caído.--¡Sois muerto! le
gritó; pero al mismo tiempo una mano, más fuerte que las manos unidas
de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no sólo le detuvo en
su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo
trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el
viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvía el doncel
de su aturdimiento, ni acababa de entender el caído hidalgo cómo le
duraba la vida todavía.
Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrían paso por
entre la espesura de la selva.--¡Aquí están, decían unos á otros,
aquí!--Llegándose en seguida dos de los jinetes, que para alumbrarse
traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el
resplandor, y no debía de estar muy bien parado según lo indicaba su
extrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina
de gentes extrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa
de llevar, cayendo cuan largo era, había abierto más sus heridas, y
así permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella
extraordinaria interrupción. Macías en tanto buscaba con los ojos,
por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, el atrevido que
había osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya
conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido
al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:--El caído
es Fernán Pérez, dijo el que parecía principal de ellos; el otro el
doncel.--Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose
tres jinetes sobre el doncel, que se dirigía ya hacia ellos con el
objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y
comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y
con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan
inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase
como un león acosado á la puerta de su caverna por una manada de
hambrientos lobos.
--Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida, sino tu persona.
--Jamás, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y
á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole
peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el
combate, acudieron en número de otros tres al auxilio: y era evidente
que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.
--Date, repitió el mismo que había hablado al ver llegar el socorro,
date ó eres...
No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo,
con no poca admiración del doncel, que entretenido con otro, no había
podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de allí á un momento
el que más acosaba á Macías.
--¡Mueren por sí solos mis enemigos! exclamó Macías. Villanos,
prosiguió cobrando ánimo con la invisible protección que el cielo le
daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traído. Si sois
salteadores...
--¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera!
Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros.
Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado
á tocarle:--¡Cielos! exclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan
largo era.
Al oir esta exclamación tan inesperada, llenos de terror sus compañeros
dieron á correr gritando:--¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le
defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que sería vano intento querer
alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecía haberle
salvado aquel día de tantos peligros.
--¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una
voz ronca que parecía hablar sola en medio de las tinieblas dijo con
reposado continente:
--¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar,
ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas
cuando puede cazar venado más noble.
--¡Cielos! exclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á ti á quien debo
esta noche la existencia acaso?...
--¡Por Santiago! Yo creí que ya sabía mi amo el doncel Macías que donde
está la fiera, allí está Hernando.
--¡Hernando! exclamó Macías arrojándose en sus brazos.
--Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debéis la vida, yo os la estoy
debiendo todo el año, pues me mantenéis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa
que estaba ahí tendida?
--Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está
vencido, y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
--¡Ésta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella
presa! ¿No dije yo, señor, que no podía salir nada bueno de ese
astrólogo? Á mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha
cogido un venablo.
--¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el
hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber,
partamos. Necesito curar mis heridas...
--¿También eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo
monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte
que se separe un punto de su amo y señor.
Concluida esta imprecación hicieron otro rebusco por si á una parte
ú otra podrían encontrar vivo ó muerto el escudero. Y yendo apoyado
Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las
heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningún
vestigio habían dejado los de los caballos, si es que por él habían
pasado.
* * * * *