CAPÍTULO XIV

Contadme vuestros enojos;

No toméis malencolía;

Que sabiendo la verdad

Todo se remediaría.

_Rom. del conde Alarcos_

En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico

doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos, y roto á sus pies el laúd,

permanecía cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole con su

acostumbrada sequedad:

--¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de

rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.

Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él una

figura envuelta en un ropón negro, y cubierta la cara con la mascarilla

que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían sobre todo de su

casa, ó cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.

--¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? preguntó

desembozándose con enfado el doncel.

Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podía

indicar que no venía á hablarle con testigos:--Retírate, Hernando,

dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una

mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil

encontradas ideas.

--Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estáis: si

alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que

proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no

en vano os habéis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y

poderoso rey de Castilla.

--Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir

la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que

desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.

--Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una

orden de caballería, él me dará razón y satisfacción...

--No os alteréis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que

amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus

venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se

mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis á la

condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz?...

--¿Sería posible? Seríais vos, señora...

--¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...

--¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre?...

--Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y

de no indagar quién yo soy...

Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías: miraba una y otra

vez á la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.

--Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle

en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la

condesa se decía...

--¡Muerta la condesa! exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de

tan triste historia... y vive el conde todavía... y...

--¡Silencio! He ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia

piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies

del rey, y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero

salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la

corte de don Enrique?...

--¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...

--¿Alejaros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejaros?

repitió lanzando un amargo suspiro.

--¡Ah! señora, ¿ignoráis, repuso el doncel con la mayor agitación, que

mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...

--¿Y dejaréis la inocencia ser presa de la traición?...

--Jamás; pero...

--¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este

momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que

atropella, los riesgos á que se expone?...

--Acabad, santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...

--Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de

ligero cuando he creído que...

--No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia

os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un

color...

--¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero seréis de la

inocencia: el mío es imposible.

--¡Imposible! Elvira, vos sois...

--Soltad, imprudente joven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la

esposa del escudero? Vuestra imaginación os engaña, y acaso vuestro

deseo...

--¡Me engaña!... Mi deseo, señora, es de servir á esa dama, que

conozco, como pudiera conocer...

--Vuestra turbación os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta

en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...

--Nunca podría padecer su honor...

--Bien, ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana

ante la corte toda el rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la

tendréis; pero ni os podréis nombrar mi caballero, ni exigiréis de mí

que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado á la dama que

nombrásteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.

--¿Eso sabéis?

--Lo sé.

Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta

tranquilidad, la mano con que tenía asida una punta de la ropa de la

tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, declaró

que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y ofreció

su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un notable

temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel como si quisiese

tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible

duda; un movimiento involuntario y convulsivo correspondió á su

indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó

su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse

en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, pero un

ademán imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y más rápida

en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una

oscura noche de estío, desapareció á sus ojos la aérea visión. Macías

creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa;

permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, como si quisiese

ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro

lanzado á lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el

confín del corredor se había reunido la dama á otra figura más pequeña

que allí la estaba sin duda alguna esperando.

--_Sé, doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento después

Macías con doloroso acento. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo

pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en

indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quienquiera que seas

la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del

hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un

miserable despechado y aborrecido un niño le vence!

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 92 / 121 题