Contadme vuestros enojos;
No toméis malencolía;
Que sabiendo la verdad
Todo se remediaría.
_Rom. del conde Alarcos_
En la misma postura que el paje refería haber dejado al melancólico
doncel, envuelto en su gabán hasta los ojos, y roto á sus pies el laúd,
permanecía cuando se presentó delante de él Hernando diciéndole con su
acostumbrada sequedad:
--¿Lloras, señor? Levanta la cabeza y mira que ó yo entiendo poco de
rastro, ó se te viene la res por sí sola á tiro de tu venablo.
Alzó la frente el consternado mancebo, y vió á pocos pasos de él una
figura envuelta en un ropón negro, y cubierta la cara con la mascarilla
que usaban en aquel tiempo las damas cuando salían sobre todo de su
casa, ó cuando habían de hablar con caballeros desconocidos.
--¿De qué res hablas, Hernando? ¿Quién es esta dama? preguntó
desembozándose con enfado el doncel.
Miróla entonces de alto abajo, y reparando que su silencio podía
indicar que no venía á hablarle con testigos:--Retírate, Hernando,
dijo: yo te llamaré cuando te haya menester. Cogiendo entonces de una
mano á la dama, hízola entrar en su cámara. Luchaban en su fantasía mil
encontradas ideas.
--Señora, le dijo con voz mesurada y tímida, sola estáis: si
alguna revelación tenéis que hacerme, si alguna ocasión tenéis que
proporcionarme en que pueda seros útil mi débil brazo, hablad: no
en vano os habéis dirigido á un caballero de la corte del ínclito y
poderoso rey de Castilla.
--Caballeros tiene la corte de don Enrique que pudieran desmentir
la hidalguía de vuestras palabras, repuso la tapada con voz que
desfiguraba enteramente la mascarilla que cubría su rostro.
--Nombradlos, señora; si algún caballero ha mancillado el nombre de una
orden de caballería, él me dará razón y satisfacción...
--No os alteréis, y oidme. Sí, caballeros hay, y cerca de nosotros, que
amancillan la clase á que pertenecen. Ni la sangre que corre por sus
venas, ni el nombre ilustre que ostentan, ni la dorada cuna en que se
mecieron son rémora bastante á sus desenfrenados deseos. ¿Conocéis á la
condesa de Cangas y Tineo, á la ilustre doña María de Albornoz?...
--¿Sería posible? Seríais vos, señora...
--¡Pluguiese al cielo! Pero ni soy la condesa... ni...
--¿Quién sois, pues, vos la que en su nombre?...
--Templad vuestro ardor, noble caballero, y dadme palabra de oirme, y
de no indagar quién yo soy...
Latía violentamente en el pecho el corazón de Macías: miraba una y otra
vez á la desconocida; no osaba, sin embargo, afirmarse en sus sospechas.
--Con esa palabra proseguiré en mi demanda, dijo la dama. Contóle
en seguida al caballero, que de todo estaba ignorante, cuanto de la
condesa se decía...
--¡Muerta la condesa! exclamó Macías al llegar al funesto desenlace de
tan triste historia... y vive el conde todavía... y...
--¡Silencio! He ahí el objeto de mi venida. La tiranía, la injusticia
piden reparación. Mañana una amiga de la condesa se arrojará á los pies
del rey, y denunciará la traición. Acaso será preciso que un caballero
salga fiador con su espada de su acusación. ¿Estaréis mañana en la
corte de don Enrique?...
--¿Qué me pedís, señora? Cuando pensaba alejarme de esa funesta corte...
--¿Alejaros? dijo con un movimiento de sorpresa la dama: ¿alejaros?
repitió lanzando un amargo suspiro.
--¡Ah! señora, ¿ignoráis, repuso el doncel con la mayor agitación, que
mi tranquilidad depende acaso de mi marcha precipitada?...
--¿Y dejaréis la inocencia ser presa de la traición?...
--Jamás; pero...
--¿Y sabéis vos, por ventura, poco generoso mancebo, lo que en este
momento sacrifica la que tenéis ante vuestros ojos, los respetos que
atropella, los riesgos á que se expone?...
--Acabad, santo Dios: ¿quién sois? vos, vos... no hay duda...
--Caballero, respetad mi silencio y mi dolor. Acabemos: he procedido de
ligero cuando he creído que...
--No; no; mañana estaré en la corte de don Enrique. Una sola gracia
os pido. Si he de ser vuestro caballero, dadme una prenda, señora, un
color...
--¡Mi caballero! interrumpió la dama. El caballero seréis de la
inocencia: el mío es imposible.
--¡Imposible! Elvira, vos sois...
--Soltad, imprudente joven, soltad. ¿Por dónde presumís que soy la
esposa del escudero? Vuestra imaginación os engaña, y acaso vuestro
deseo...
--¡Me engaña!... Mi deseo, señora, es de servir á esa dama, que
conozco, como pudiera conocer...
--Vuestra turbación os delata; pero esa imprudencia permanecerá oculta
en mi pecho. Conozco á esa Elvira, y su honor me es harto caro...
--Nunca podría padecer su honor...
--Bien, ¿qué nos importa Elvira? La prenda que me pedís, si mañana
ante la corte toda el rey decreta el duelo y el juicio de Dios, la
tendréis; pero ni os podréis nombrar mi caballero, ni exigiréis de mí
que me descubra. Básteos saber que conozco demasiado á la dama que
nombrásteis, y que sé, doncel, que ella no viniera á vos.
--¿Eso sabéis?
--Lo sé.
Dejó caer Macías al oir estas dos palabras, pronunciadas con funesta
tranquilidad, la mano con que tenía asida una punta de la ropa de la
tapada, como para detenerla. Inclinando en seguida la cabeza, declaró
que al día siguiente se hallaría en la corte de don Enrique, y ofreció
su mano á la desconocida: aceptóla ésta para salir, pero un notable
temblor la agitaba; oprimióla suavemente el doncel como si quisiese
tentar este último y desesperado recurso para salir de su terrible
duda; un movimiento involuntario y convulsivo correspondió á su
indicación, y en el mismo momento la tapada, volviendo en sí, arrancó
su mano de la del doncel y se lanzó fuera de la estancia. Arrojóse
en pos Macías: iba á prosternarse á sus pies, iba á hablar, pero un
ademán imperioso de la negra fantasma le mandó apartarse, y más rápida
en seguida que esas rojas exhalaciones que surcan el espacio en una
oscura noche de estío, desapareció á sus ojos la aérea visión. Macías
creyó ver un ser sobrenatural, la sombra acaso de la misma condesa;
permaneció con los brazos cruzados, y la vista fija, como si quisiese
ver más allá de la oscuridad y de la distancia. Entonces oyó un suspiro
lanzado á lo lejos, y parecióle que al desaparecer de sus ojos en el
confín del corredor se había reunido la dama á otra figura más pequeña
que allí la estaba sin duda alguna esperando.
--_Sé, doncel, que ella no viniera á vos_, repitió un momento después
Macías con doloroso acento. Yo también lo sé: nunca me amó. ¿Ni cómo
pudiera amarme? ¿no amaba á ese feliz escudero cuando se unió á él en
indisolubles lazos? ¡Loco, insensato de mí! Ah, quienquiera que seas
la que vienes á implorar mi espada, ¡cuán poco conoces el corazón del
hombre! ¡un amante correspondido, un mortal feliz es invencible; á un
miserable despechado y aborrecido un niño le vence!
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