CAPÍTULO XIII

¿Qué es aquesto, mi señora?

¿Quién es el que os hizo mal?

_Canción de rom._

Largo tiempo hacía que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir

á nadie auxilio á causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba

con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el trascurso del día

le deparase un libertador que de tan crítica situación la sacase. Por

fin llegó el momento deseado, y el paje, que tanto había tardado en la

averiguación de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas

de la cámara que de prisión servía á la afligida hermosa. Miró en

derredor y á nadie veía, hasta que, fijando los ojos en la columna,

ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse

primero y exclamó:--¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aquí?...

Mal podía responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el

pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro alguno,

soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y

comenzó á dar brincos.

--¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero

por?...

Dióle lástima al llegar aquí el ver que su prima no parecía gustar de

la prolongación de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á

Elvira, y desató sus crueles ligaduras.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran

desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...

--¿Adónde vais tan de prisa? repuso el paje deteniéndola; ¿y quién me

paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo

me cuenta lo que os ha sucedido, y la razón de haberos encontrado así

mano á mano con esa columna negra?

--¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demás. ¿Traes nuevas?

--Y buenas, contestó el paje. El caballero de las armas negras era el

que tañía...

--Lo sé... y...

--Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, más largas que

las del arenero...

--¿Inútilmente?

--Sí, pero por fin llegó.

--¿Llegó? ¿Conque no era él el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío! Sigue.

--¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados

los ojos, entró en su cámara y no me vió: --Negra suerte, exclamó, y

despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda. ¿No

me serviréis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de gemir eternamente?

Vióme en seguida: ¿Qué haces aquí? me dijo con voz terrible; pero

al reconocerme templóse toda su ira. Paje, me dijo entonces con voz

mesurada, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?

--¡Ah! si supierais quién me envía, dije entonces; si supierais que una

hermosa dama...

--Silencio, exclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?--Díjele

entonces la comisión que me disteis en nombre de la señora condesa;

largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.--Paje, me dijo en

fin, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser útil á una

inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra

los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me

envía enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona.

Un acontecimiento extraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado

la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes más

rigurosas, dadas no sé por quién después de mi salida, me han impedido

verificarlo. He debido esperar á que entrase el día para que no fuese

mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien

lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi amparo en cualquier

ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué

puedo hacer: por mí lo ignoro. Á Dios.--Apretóme la mano de una manera,

prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de

nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose

con él la cabeza, oile sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas.

--Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa

supiste?...

--¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta?...

--Sí: ¿nada sabes?

--Pero, querida prima, ¿qué tenéis? vuestra palidez, vuestra agitación

me asustan...

--¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la más espantosa

villanía... volemos á su socorro. No sé adónde me dirija; la menor

imprudencia mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis

diligencias. Si supiera... pero la más completa oscuridad reina en

todas mis conjeturas.

Meditó un momento Elvira el partido que tomaría mientras que hacía

nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendía, el distraído

paje. De pronto pareció que había iluminado su entendimiento un rayo de

luz.

--No hay más recurso, dijo: para los casos extremos son los remedios

violentos. Jaime... deja ese cordón, déjale, te digo... vamos á buscar

á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y

qué se cree en el alcázar... después, si eres prudente, si has de ser

callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me

guiarás adonde pienso ir.

--Puede que algún día pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan

atolondrado como le llaman.

Elvira apretó la mano del inteligente pajecillo con expresión de

gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de

tan extraordinarias escenas.

Buscó Elvira á su esposo sin más demora, porque si bien sospechaba

que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparición de la

condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien

se había representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por

otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creído la traición del

conde, cabía en su imaginación la menor sospecha acerca del extremado

honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero

que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á

Elvira imaginarlo siquiera.

Así era la verdad: hidalga sangre corría por las venas del escudero,

y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de

los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una

intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones

de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo

menos tan recomendable como el talento. Alguna parte había tenido

en el criminal proyecto de don Enrique, pero sólo aquella que no

había podido excusar en calidad de escudero suyo; así que, se había

opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los

medios, y le había reconvenido después, como arriba dejamos indicado;

pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus

sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del

conde, le impedía oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer

y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose,

pues, ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio.

Sospechando sin embargo que la primera que había de poner á prueba

su fidelidad había de ser su esposa, no había vuelto á desatar las

crueles ligaduras en que había quedado presa, y de que había sido él la

causa, pues desde luego había manifestado el conde la imposibilidad de

separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar

su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros

momentos. Había, pues, dejado á alguna casualidad que no podía tardar

en sobrevenir el cuidado de su esposo, deseoso de retardar á cualquier

costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía

todavía muy meditadas las respuestas.

Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus

ojos con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del

objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien

leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas

creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada

y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las

preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones

lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo

ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente

la menor participación del conde en el robo de la condesa; en una

palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia

que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la

menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar

si serían sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí

misma; vió además á don Enrique, y parecióle que brillaban al través

de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Difícil cosa es por

cierto engañar la natural penetración de una mujer: la inutilidad de

los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible

atentado cometido en una mujer que á nadie había hecho daño, reunidos

á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado

sólo ella acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que

todos los demás. Inexplicable fué su dolor cuando llegó á sus oídos

la funesta nueva, que de boca en boca corría por el alcázar, de la

desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus

sospechas, ardía en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la

hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar

el plan que tenía meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual

había retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa había

tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente,

pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer que el cielo

mismo y que su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y

constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del

inquieto paje, que tan asombrado como ella lloraba también la desgracia

de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos

poniendo los medios que más propios creía para dar cima á la importante

empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte,

su virtud y hasta su misma tranquilidad.

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 91 / 121 题