¿Qué es aquesto, mi señora?
¿Quién es el que os hizo mal?
_Canción de rom._
Largo tiempo hacía que Elvira, atada á la columna y sin poder pedir
á nadie auxilio á causa del pañuelo que le tapaba la boca, esperaba
con insufrible impaciencia á que la casualidad ó el trascurso del día
le deparase un libertador que de tan crítica situación la sacase. Por
fin llegó el momento deseado, y el paje, que tanto había tardado en la
averiguación de lo que se encomendara á su cuidado, abrió las puertas
de la cámara que de prisión servía á la afligida hermosa. Miró en
derredor y á nadie veía, hasta que, fijando los ojos en la columna,
ofrecióse á su vista el espectáculo de su aprisionada prima. Asustóse
primero y exclamó:--¡Santo Dios! ¿qué ha ocurrido aquí?...
Mal podía responderle Elvira sino con los ojos; pero cuando vió el
pajecillo que no parecía nadie, ni había asomos de peligro alguno,
soltó la carcajada, impertinente á la verdad en aquel momento, y
comenzó á dar brincos.
--¿Quién os ha puesto así, mi señora Elvira? ¿os ató el señor escudero
por?...
Dióle lástima al llegar aquí el ver que su prima no parecía gustar de
la prolongación de tan pesada chanza: llegóse entonces el atolondrado á
Elvira, y desató sus crueles ligaduras.
--¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó Elvira en viéndose libre, alguna gran
desgracia está sucediendo á mi señora la condesa. Corramos...
--¿Adónde vais tan de prisa? repuso el paje deteniéndola; ¿y quién me
paga mi recado? ¿quién escucha las nuevas que traigo? ¿quién sobre todo
me cuenta lo que os ha sucedido, y la razón de haberos encontrado así
mano á mano con esa columna negra?
--¿Traes nuevas? preguntó Elvira olvidando todo lo demás. ¿Traes nuevas?
--Y buenas, contestó el paje. El caballero de las armas negras era el
que tañía...
--Lo sé... y...
--Pero sabed que le esperé inútilmente dos largas horas, más largas que
las del arenero...
--¿Inútilmente?
--Sí, pero por fin llegó.
--¿Llegó? ¿Conque no era él el?... ¡Yo os bendigo, Dios mío! Sigue.
--¡Si le vierais qué agitado! descompuesto el cabello, espantados
los ojos, entró en su cámara y no me vió: --Negra suerte, exclamó, y
despedazó con sus manos el laúd que traía cruzado sobre la espalda. ¿No
me serviréis, dijo rompiendo las cuerdas, sino de gemir eternamente?
Vióme en seguida: ¿Qué haces aquí? me dijo con voz terrible; pero
al reconocerme templóse toda su ira. Paje, me dijo entonces con voz
mesurada, ¿tornas aún con nuevas demandas del hechicero?
--¡Ah! si supierais quién me envía, dije entonces; si supierais que una
hermosa dama...
--Silencio, exclamó, no pronuncies su nombre... ¿Es posible?--Díjele
entonces la comisión que me disteis en nombre de la señora condesa;
largo rato suspiró y miró al cielo sin hablar.--Paje, me dijo en
fin, no nos veremos más. He creído que mi brazo podía ser útil á una
inocente; pero si es fuerte contra los hombres, es impotente contra
los recursos de una ciencia misteriosa y... maldecida. El infierno me
envía enemigos en medio de la soledad, y la Madre de Dios me abandona.
Un acontecimiento extraordinario ha interrumpido mis avisos. He rondado
la noche toda para volver á entrar en el alcázar; las órdenes más
rigurosas, dadas no sé por quién después de mi salida, me han impedido
verificarlo. He debido esperar á que entrase el día para que no fuese
mi entrada sospechosa. Pero mañana el alba me encontrará lejos, bien
lejos de Madrid. Si alguna mujer necesita mi amparo en cualquier
ocasión, mal pudiera negársele un doncel de don Enrique. Dígame qué
puedo hacer: por mí lo ignoro. Á Dios.--Apretóme la mano de una manera,
prima, que yo creí que le atormentaban otros recuerdos que los de
nuestra amistad. Envolvióse entonces en su pardo gabán, y cubriéndose
con él la cabeza, oile sollozar y salí. He aquí, prima, las nuevas.
--Tristes, bien tristes, dijo pensativa Elvira. ¿Y de la condesa
supiste?...
--¿La condesa? ¿Es su confidenta la que me pregunta?...
--Sí: ¿nada sabes?
--Pero, querida prima, ¿qué tenéis? vuestra palidez, vuestra agitación
me asustan...
--¡Ah Jaime! la condesa es víctima en este momento de la más espantosa
villanía... volemos á su socorro. No sé adónde me dirija; la menor
imprudencia mía puede comprometer su suerte y el éxito mismo de mis
diligencias. Si supiera... pero la más completa oscuridad reina en
todas mis conjeturas.
Meditó un momento Elvira el partido que tomaría mientras que hacía
nudos á uno de los cordones, que de su cintura pendía, el distraído
paje. De pronto pareció que había iluminado su entendimiento un rayo de
luz.
--No hay más recurso, dijo: para los casos extremos son los remedios
violentos. Jaime... deja ese cordón, déjale, te digo... vamos á buscar
á mi esposo: averigüemos primero qué voces corren de lo ocurrido, y
qué se cree en el alcázar... después, si eres prudente, si has de ser
callado, pero callado como la muerte, tú, que sabes el camino, me
guiarás adonde pienso ir.
--Puede que algún día pruebe Jaime á su hermosa prima que no es tan
atolondrado como le llaman.
Elvira apretó la mano del inteligente pajecillo con expresión de
gratitud, y ambos salieron de la cámara que acababa de ser teatro de
tan extraordinarias escenas.
Buscó Elvira á su esposo sin más demora, porque si bien sospechaba
que don Enrique hubiese tenido parte en la pérfida desaparición de la
condesa, ni veía claro en esto, ni menos lo podía asegurar. ¡Tan bien
se había representado por todos la farsa que dejamos descrita! Ni por
otra parte, aunque á pies juntillas hubiera creído la traición del
conde, cabía en su imaginación la menor sospecha acerca del extremado
honor de su esposo: sabíale ligado á los intereses de su señor; pero
que él hubiese tomado parte activa en el mal hecho, no le era lícito á
Elvira imaginarlo siquiera.
Así era la verdad: hidalga sangre corría por las venas del escudero,
y hacía vanidad de honradez y de rectos sentimientos; no era uno de
los pocos hombres ilustrados de la época; no hubiera sostenido una
intrincada tesis con un teólogo; participaba de las preocupaciones
de su siglo, pero era en sus acciones hidalgo, y esto es por lo
menos tan recomendable como el talento. Alguna parte había tenido
en el criminal proyecto de don Enrique, pero sólo aquella que no
había podido excusar en calidad de escudero suyo; así que, se había
opuesto constantemente á las miras de su señor, habíale afeado los
medios, y le había reconvenido después, como arriba dejamos indicado;
pero la misma probidad que le impulsaba á manifestar francamente sus
sentimientos en tan delicado asunto, á riesgo de perder la gracia del
conde, le impedía oponerse de hecho á sus deseos: era forzoso obedecer
y callar por el propio honor del deslumbrado magnate; propúsose,
pues, ser completamente pasivo y guardar el más riguroso silencio.
Sospechando sin embargo que la primera que había de poner á prueba
su fidelidad había de ser su esposa, no había vuelto á desatar las
crueles ligaduras en que había quedado presa, y de que había sido él la
causa, pues desde luego había manifestado el conde la imposibilidad de
separarla de él, y la dificultad que hubiera encontrado para realizar
su voluntad, mientras Elvira pudiese obrar libremente en los primeros
momentos. Había, pues, dejado á alguna casualidad que no podía tardar
en sobrevenir el cuidado de su esposo, deseoso de retardar á cualquier
costa el instante de una explicación con ella, para la cual no tenía
todavía muy meditadas las respuestas.
Avínole mal no obstante, pues poco tardó Elvira en presentarse ante sus
ojos con una agitación tal, que no le pudo quedar duda al infeliz del
objeto de su intempestiva venida. Hubiera él querido hallarse á cien
leguas entonces de su consorte y del mundo entero, en cuyas miradas
creía ver á cada paso otras tantas reconvenciones á su reservada
y ambigua conducta. Repúsose con todo lo mejor que pudo, y ni las
preguntas sencillas de Elvira, ni sus halagos, ni sus reconvenciones
lograron recabar de él la menor noticia que pudiese dar luz sobre lo
ocurrido á la desconsolada hermosa. Obstinóse en negar constantemente
la menor participación del conde en el robo de la condesa; en una
palabra, manifestó con toda entereza hallarse en la misma ignorancia
que la corte toda, y aun se indignó con notable aire de verdad á la
menor idea de sospecha presentada por Elvira. Comenzaba ya ésta á dudar
si serían sus juicios temerarios, pero nunca pudo convencerse á sí
misma; vió además á don Enrique, y parecióle que brillaban al través
de su aparente dolor sentimientos de otra especie. Difícil cosa es por
cierto engañar la natural penetración de una mujer: la inutilidad de
los esfuerzos del de Villena para dar con los robadores, y el horrible
atentado cometido en una mujer que á nadie había hecho daño, reunidos
á los antecedentes particulares que de aquel matrimonio desgraciado
sólo ella acaso tenía, la hacían ver más claro en tan atroz intriga que
todos los demás. Inexplicable fué su dolor cuando llegó á sus oídos
la funesta nueva, que de boca en boca corría por el alcázar, de la
desdichada muerte de su señora: afirmábanse al recordarla todas sus
sospechas, ardía en deseo de venganza, y la idea de la impunidad la
hacía padecer tormentos imponderables. Resolvióse, pues, á realizar
el plan que tenía meditado, arriesgado en verdad, y delante del cual
había retrocedido muchas veces. El amor, en fin, que á la condesa había
tenido, una voz superior y celestial que creía oir continuamente,
pidiéndole venganza y reparación, la hicieron creer que el cielo
mismo y que su conciencia la obligaban á volver por la inocencia, y
constituyóse entonces campeón de la ultrajada virtud. Seguida del
inquieto paje, que tan asombrado como ella lloraba también la desgracia
de doña María de Albornoz, entróse en su aposento, donde la dejaremos
poniendo los medios que más propios creía para dar cima á la importante
empresa que sobre sí tomaba, sin comprometer su honor por otra parte,
su virtud y hasta su misma tranquilidad.
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