CAPÍTULO XV

¿De dónde vino este diablo?

_Rom. del Cid_

De vuelta don Enrique en su cámara con su primer escudero y con su

favorito juglar, revolvía en su cabeza los medios de dar á su intriga

la feliz conclusión que por tanto tiempo había deseado. Estorbábale la

idea de Macías, pero dejó al tiempo el cuidado de iluminarle acerca de

lo que de él podía temer. Despidió, pues, á Hernán, cuya probidad le

incomodaba no poco para sus fines, y sólo el juglar, de cuya aparente

estupidez nada recelaba, entró con él al secreto laboratorio.

--Libres estamos ya de la condesa, Ferrus, dijo; pero merced á tu

singular valor, quédanos en campaña otro enemigo no menos terrible...

--¿Eres ya maestre, señor?...

--Lo seré, Ferrus, ó poco ha de poder don Enrique de Aragón: acabo de

recibir un aviso secreto de que ha sido elegido papa en Aviñón don

Pedro de Luna, bajo el nombre de Benedicto XIV. Esperaba este favorable

acaecimiento de un momento á otro. Luna es aragonés, como yo, y

vínculos antiguos de amistad nos unen: la lucha que habrá de sostener

además con Urbano en este cisma de la Iglesia, y la necesidad que

tiene Castilla y Aragón, unida á la influencia que él sabe que ejerzo

en estos dos reinos, me aseguran su provisión para el maestrazgo: la

piedad por otra parte de don Enrique III no podrá menos de pesar en la

balanza en favor mío cuando éste sepa que mi allegado, el rico-hombre

de Luna, ha ceñido á sus sienes la triple corona. Ahora necesito sacar

partido de la ignorancia en que de esta nueva está la corte, y de la

feliz tardanza de la noticia de la muerte del maestre de Calatrava...

--Tu antecesor.

--Así lo espero, Ferrus. Tira el cordón que corresponde al cuarto del

astrólogo, y retírate á esa cámara inmediata.

Hízolo Ferrus como se le mandaba. Apenas había doblado tras sí las

batientes hojas de la puerta, oyéronse los vacilantes pasos de una

persona de edad que bajaba escalones con toda la prisa que sus cansados

años le permitían.

--Entrad, dijo don Enrique, y se presentó en la habitación el físico

de su alteza Mosén Abrahem Abenzarsal, el mismo que en la corte de la

mañana había acompañado constantemente al Doliente rey. Su estatura era

pequeña, su tez pálida y macilenta; brillaban sus ojos en su oscuro

semblante como dos carbuncos en medio de las tinieblas de la noche, y

era la expresión de toda su persona, malignidad y avaricia; su mano

descarnada y su barba larga le daban cierto aire de adusta gravedad.

Su traje era un largo y amplio balandrán negro cogido con una larga

correa; ayudábale á andar un nudoso y retorcido báculo semejante al

bastón pastoral, y una toquilla con dos plumas malamente colocadas

encubertaba su calva zolloa.

--¿En qué puedo servir al ilustre y eminente?...

--Tregua á las lisonjas; nos conocemos, y entre nosotros no son

necesarias.

--Sea en buena hora, conde, repuso con humildad el físico. ¿Habéis

menester de mi ciencia y de las relaciones que con el espíritu del ser

conservo? ¿queréis consultar el curso de las estrellas?...

--En cuanto á las estrellas, Abrahem, no creo saber menos que vos.

Dejemos á los astros del cielo recorrer tranquilamente su carrera, y

no nos acordemos más de ellos que ellos se acuerdan de nosotros. Otros

astros más humildes que cruzan sombríamente por esta esfera terrestre,

haciendo sombra á mis vastos planes, son los que os será preciso

desviar y no consultar.

--¿Queréis que amolde una semejanza de cera?... Señaladme la víctima:

antes que la noche haya tendido sus densas sombras sobre el alcázar de

Madrid, veréisla concluida y atravesado el pecho con punzante almarada:

una lámpara arderá delante de ella; cuando gustéis, una vez pronunciado

el funesto conjuro, vos mismo apagaréis el resplandor mortecino, y el

que os haya ofendido, bien pudiera estar en el apartado polo, caerá

herido de invisible mano...

--Tregua, viejo miserable, tregua al torpe manejo de vuestra pérfida

ciencia. ¿Creéis por ventura que tengo yo mi tiempo libre para oir

vuestras impertinencias? ¿Creéis que habláis con el imbécil don Enrique

el Doliente, á quien su débil contextura arroja como una víctima inerme

en vuestros groseros lazos? ¿Creéis que he pasado años enteros sobre

los triángulos y los crisoles, llamando inútilmente á ese espíritu

de las tinieblas, para dejarme deslumbrar de vuestra impudente

charlatanería? Guardad para el vulgo esa necia ostentación, y acordaos

de que es más fácil oir que adivinar.

Temblaba el viejo de mal reprimido coraje, pero no osaba arrostrar la

indignación del impaciente Villena.

--Ea, Abrahem, dijo entonces don Enrique, más sosegado con el terrible

efecto que en el réprobo habían hecho sus tonantes expresiones, ¿cuánto

oro habéis fabricado esta mañana?

--¿Oro? ¡pluguiera al cielo! En vano he intentado encerrar en el

crisol un rayo de ese sol que nos alumbra: él contiene la apetecida

esencia del oro; pero el medio, el medio...

--¿No sabéis, pues, hacer oro con toda vuestra ciencia?

--Si supiera hacer oro, señor, ¿imagináis que fraguara, para ganarle,

mentiras que algún tiempo yo mismo creí, pero que la experiencia me

obliga en fin á desechar tristemente?

--Bien, Abrahem: ahora os ponéis en la razón; ahora habláis con el

conde de Cangas. Ved: yo soy mejor alquimista. Sin andar á caza de la

esencia del oro encerrada en un rayo del sol, yo hago ese precioso

metal con los terrones de mis estados. Tomad esas doblas, añadió

alargando al viejo, cuyos ojos brillaban ya de alegría, un repleto

bolsón de cuero, tomadlas: ése es el mejor conjuro; á la voz de ése no

hay espíritu en el orbe que no responda.

--¿Y en qué puede serviros vuestro criado?

--Oíd: ¿sabéis qué os ha elevado al alto favor que en la corte de don

Enrique gozáis?

--Con tu licencia, señor, mi padre Abrahem Abenzarsal era ya físico del

rey don Pedro el Cruel.

--¿Y os sostendríais, Abenzarsal, en ese lugar, que creéis

arrogantemente haber heredado, si el nieto del célebre y primer marqués

de Villena quisiese patentizar á la corte entera que vuestra existencia

toda, vuestras palabras, vuestra misma persona, no son más que una

prolongada impostura?

--Pero esas preguntas...

--Quiero asegurarme vuestra fidelidad. Conozco á los hombres. Son

fieles cuando tienen interés en serlo. Escuchad ahora. Quiero ser

maestre de Calatrava.

--¡Por Israel! Comprendo: un rayo de luz acaba de iluminarme, y la

muerte de la condesa no es ya un enigma para...

--Pues os advierto precisamente que debe serlo hasta para vos.

--En buen hora, señor; no digas más: confieso que no lo entiendo. Pero

hay ya un maestre, y no suele haber dos en ningún orden...

--Precisamente eso es lo que todas las figuras cabalísticas no os

hubieran revelado nunca á vos antes que á los demás. No hay ninguno.

--¡Dios de Abraham! Dos muertes en menos de...

--Con respecto al maestre Guzmán, ese mismo Dios de Abraham que

invocáis tuvo á bien llevarle á mejor vida.

--¿Qué dices, señor?

--Ahora lo sabemos dos en Madrid. Vos y yo.

--¿Y creéis que Clemente VII?...

--Clemente VII estará probablemente ahora donde el maestre...

--¡¡Qué de importantes noticias!!

--Don Pedro de Luna ocupa la santa silla de Aviñón. Ahora bien, ¿á qué

hora veréis á su alteza?

--Debo asistir á su refacción de la noche.

--¿Qué más pudierais pretender? Deslumbrad á la corte. Allí podéis

hacer uso de vuestra recóndita ciencia. Adivinad delante de su alteza

las noticias que acabo de daros, y adivinad también que el maestre de

Calatrava ha de ser...

--Don Enrique de Villena.

--Justo. Mañana me ha de saludar el rey en la corte con ese pomposo

título. Para el logro de nuestro fin es preciso que le conste al rey

que no nos hemos visto.

--Nada más fácil. Ya sabes, señor, que la quebrantada salud del joven

rey me obliga á habitar, ciñéndome á sus mismas órdenes, una habitación

inmediata á la suya, y que todos ignoran que tengo una comunicación

abierta con vuestro laboratorio. Su alteza juzga que encanezco ahora

sobre los crisoles, que consulto las estrellas sobre el éxito de la

guerra de Granada, y que revuelvo á Dioscórides buscando remedio á sus

dolencias.

--Perfectamente. Esperad. Dos personas más me estorban para mis fines...

--Ya sabéis que he recibido no ha mucho de Italia un pomo de aquella

agua clara, más cristalina que la que envían las sierras vecinas á esta

villa, y que el que la llega una vez á sus labios no vuelve en sus días

á tener sed.

--Basta, Abenzarsal, basta. Si el estudio endurece de esa suerte el

corazón del hombre, quemaré mis libros, viejo empedernido en el pecado;

soy ambicioso; pero creo que hay un Dios, y juzgo que ya he hecho lo

bastante hoy para haberle de dar cuentas largas y terribles el día que

se digne llamarme á su juicio.

--En ese caso...

--Oíd. La una persona es un doncel de Enrique el Doliente, un mancebo

valeroso: las armas no pueden nada con él... pero es mozo de pasiones

vivas; acaso manejándolas y volviéndolas contra él mismo...

--¿Se llama?

--Macías.

--¿Está en Calatrava?

--En el alcázar por mi desgracia.

--Prosigue, señor, la otra...

--Elvira, la mujer de...

--Tranquilizaos. Vos ignoráis acaso algunas circunstancias que derraman

gran luz sobre mis ideas. Mañana os he de decir...

--No: hablad ahora.

--Bien: sabed que ese mancebo ha estado fuera de la corte por una

pasión que le domina...

--¿Qué decís? Yo creí que mis servicios solos...

--Os equivocáis.

--¡Ah! ¡de esa ignorancia nació mi error! Proseguid.

--Es bizarro, pero preocupado, supersticioso como los jóvenes todos de

esa corte ciega y atrasada...

--Proseguid.

--En una ocasión halléle en mi habitación: iba á consultarme sobre su

horóscopo; examiné su temperamento, ardiente, arrebatado; hícele varias

preguntas al parecer indiferentes; pero un joven de veinte años mal

hubiera pretendido encubrir su flaco á un hombre de mi experiencia.

Díjome sin querer decirlo que amaba, y de sus respuestas, que yo

aparentaba despreciar, inferí que amaba á una dama casada...

--¿Casada?

--Mi predicción fué vaga. Deseoso de informarme mejor, tomé tiempo para

responderle más claramente. Observéle entre tanto: de allí á pocos días

un ramillete cayó del pecho de una dama desde un corredor al patio de

los leones de su alteza; recordaréis que un caballero incógnito, armado

y calada la visera, se precipitó á recoger el ramillete á riesgo de su

vida...

--Adelante, Abrahem.

--El ramillete era de Elvira, el caballero, Macías. En la corte, y

entre los que no tenían antecedente ni interés alguno en observarlos,

esta anécdota sonó dos días, y se olvidó después. De allí á poco

anuncié al mancebo que un astro fatal le perseguía en la corte...

--¡Santo Dios!

--El crédulo mancebo me creyó y desapareció. No me cabe duda: ama á

Elvira, y la ama como un frenético. Mas, debe de ser correspondido:

la dama no pensó en recoger su ramillete. Creedme; le he examinado

atentamente; es de aquellos hombres en quienes el amor es siempre

precursor de la muerte.

--¡Qué descubrimiento! ¿Y pensáis que?...

--Pienso que si logramos poner en juego esa pasión, pienso que si el

doncel no ha olvidado su amor, vuestros enemigos se destruirán por sí

solos, sin que necesitéis cargar vuestra conciencia con un crimen.

--Hacedlo, Abenzarsal, hacedlo, gritó don Enrique fuera de sí;

quitáisme un peso horrible.

--Un medio para reunirlos, una ocasión, y son perdidos.

--Un medio, una ocasión... es más fácil decirlo que...

--No importa. Una ocasión.

--Y que Hernán Pérez...

--Sí: una vez impuesto Hernán Pérez, su ruina es cierta; el escudero es

osado, pundonoroso, valiente...

--¡Ah! pero me hacéis recordar... si ha de envolver su desgracia la de

mi escudero... mirad que me ha prestado servicios...

--Tranquilizaos, ilustre conde. ¿Qué mal le podrá venir? ¿Haber de

encerrar á su mujer en una reclusión para toda su vida? Supongo que

sabéis que un esposo de tres años no se morirá de tristeza por tan

terrible golpe... Vos érais también esposo y...

--Abrahem, Abrahem, ya os he dicho que no consiento alusiones en esa

materia: dejadme tiempo á lo menos para reconciliarme conmigo mismo.

--Señor...

--En buena hora, concluyamos en ese asunto; pues vos me respondéis

de mi inocencia y de la vida de mi escudero, de consuno buscaremos

un medio para reunirlos, y acaso la Virgen Santísima de Atocha, de

quien soy devoto, nos le proporcione presto. Si lo consigo, ofrezco

edificarle un santuario en la mejor villa del maestrazgo...

--Besad este escapulario, señor, que representa su efigie, dijo

entonces el redomado físico, alargando el que del cuello traía

pendiente, y ella y su Hijo os ayuden.

--Amén, dijo levantándose don Enrique con aquella incomprensible mezcla

de devoción y de impudencia, de religión y de vicios que distinguía

así á los hombres vulgares como á los más ilustrados de la época, sin

que dejemos de inclinarnos á creer que en hombres como nuestros dos

interlocutores eran aquellas prácticas exteriores hijas sólo de la

costumbre. Amén, repitió, y apretando la mano del físico, separáronse

con una afectuosa mirada de inteligencia; volvió á subir el astrólogo

la escalera escondida por donde había bajado, para meditar en los

medios de cooperar á los planes ambiciosos de don Enrique, y éste

cruzó su laboratorio alquimístico en busca de Ferrus, que en la cámara

impaciente le esperaba.

* * * * *

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 93 / 121 题