Por dar al dicho don Cuadros
Dado ha al emperador.
................................
--¿Por qué me tiraste, infante?
¿Por qué me tiras, traidor?
--Perdóneme tu alteza,
Que no tiraba á ti, no.
_Rom. en'. del infante vengador_
No bien hubo llegado don Enrique á su cámara despachó á sus caballeros,
y sólo quedó á su lado su predilecto escudero: depuesta allí la falsa
máscara de la pena, cuando hubo quedado solo el intrigante conde con
Fernán Pérez de Vadillo, trabó con él una breve conversación.
--Fernán, nada tenemos que temer.
--Siempre tiene que temer quien no obra bien, señor.
--¡Fernán!
--Perdonadme, pero no apruebo lo hecho. Y ahora que he obedecido tus
órdenes sin murmurar, tengo algún derecho á descargar mi conciencia.
--Vadillo, díjole al oído el conde, de nada tiene que acusarme la mía.
--¿De nada?
--Bien: convengo en que el medio ha sido violento; pero era preciso ser
maestre de Calatrava.
--Callo, señor: obedezco; pero no lo apruebo. Permíteme que te lo diga
por última vez.
--En buen hora: vuestro silencio y vuestra obediencia es lo que
necesito. Y vamos á lo que más importa. Tiéneme inquieto el camino que
habrán tomado los armados.
--En cuanto á los que llevaron á la condesa, yo te respondo de su
silencio y de su fidelidad.
--Bien; ¿y Ferrus?
--¿Tanto sentís la pérdida del juglar?
--¡Sí la siento, Hernán! aquél nunca desaprueba nada; su conciencia
es la del estúpido: nada le dice nunca; yo soy harto débil y harto
bueno todavía para no necesitar tener á mi lado en mis fines un hombre
honrado como vos. Quiero un instrumento, no un amigo. ¿Y el trovador
prisionero?
--Podemos verle.
--¡Podemos! es indispensable. ¿No os dije yo que era él? Ved si ha
estado detrás del sillón del trono, como acostumbra hallándose en la
corte. El golpe nuestro será tanto más seguro cuanto que nadie tiene
noticia de su llegada. Habrá desaparecido del mundo, y quién sabe si
alguien notará la coincidencia de su desaparición y de la condesa.
--Eso, señor, pudiera no convenirte.
--Conviéneme mucho ser maestre de Calatrava. Partamos. Guíame adonde
esté.
Inquietos iban los dos acerca de la entrevista que con el nocturno
músico los esperaba. Al odio que contra él por la denegación referida
abrigaba don Enrique, agregábase cierto recelo de que hubiese en su
conducta algo más que ley de caballería, y pura generosidad hacia la
condesa; y aunque no amaba á su esposa, como bien á las claras lo
acababa de probar, irritábale sin embargo la idea de que un simple
caballero hubiese puesto los ojos en cosa suya y en tan alta persona.
Con respecto á Vadillo no dejaba de tener alguna inquietud, pues no
estaba muy claro para él si daba serenata á la condesa, ó si acaso su
esposa... Imposible y horrorosa le parecía tan descabellada sospecha de
la virtud de Elvira... pero la duda se había hecho lugar en su corazón,
y es huésped por cierto que, una vez alojado, no se arroja del pecho á
voluntad.
Á entrambos parecía cosa indisputable que el músico era Macías, y
nosotros, que desde la noche anterior nada sabemos de su existencia, no
podemos menos de abundar en la opinión de los que tal pensaban.
Llegaron por fin á una puerta pequeña que en el extremo de una
larguísima galería se encontraba.
--Álvar, dijo llamando Vadillo, y se abrió la puerta inmediatamente.
Álvar era el montero á quien en la noche anterior había confiado el
escudero la importante presa. Entraron en una pequeña habitación,
cerrándose tras ellos la puerta.
--¿Y el preso? preguntó Vadillo.
--Descansa en la pieza inmediata; debía no haber dormido en un mes,
según ronca tranquilamente.
--¿Ronca? ¿No está, pues, herido de peligro?
--Más daño debió hacerle el miedo que vuestro venablo, señor escudero.
Tiene algo arañada la cara de la caída, y un brazo vendado; pero el
maestro que lo ha reconocido esta mañana asegura que podrá salir
después del mediodía.
--Despertad, pues, á ese caballero, interrumpió impaciente don Enrique.
--Despertad á ese caballero, repitió entre dientes Álvar.
--¿Qué respondéis en voz baja? Despachad, dijo Fernán. ¿Hase quejado de
la violencia que con él se ha usado?
--Ayer noche todo era pedir que se le condujese á presencia de su amo
el ilustre conde...
--¿Su amo? dijo el conde: el trovador ha perdido la cabeza.
--Voy á advertirle que vuestras señorías...
--Presto, Álvar, presto.
Entróse Álvar en la inmediata pieza, mientras que don Enrique y Hernán
se preparaban á la extraña entrevista que iban á tener. No tardó mucho
en volver á salir Álvar, asegurando que había despertado al enfermo,
quien, sintiéndose completamente reparado de fuerzas con el pasado
sueño, metía sus vestidos para salir á recibir á sus ilustres huéspedes.
--¿Es segura esa puerta, Álvar? preguntó el conde.
--Las fuerzas de diez hombres reunidos no bastarán, señor, á
violentarla, respondió Álvar. Además, dos monteros le guardan conmigo
y está indefenso: de aquí no saldrá sino para donde vuestras señorías
determinen. Pero aquí está.
Salía en efecto el asombrado prisionero, el cual no bien hubo visto
al conde, cuando, acercándose á él, como quien ve á su libertador, se
echó á sus pies, y con lágrimas de gozo y de temor, «Señor, exclamó
besándoselos, ¿en qué ha podido ofenderte para merecer tan dura prisión
tu fiel Ferrus?».
Dos estatuas de mármol parecieron á tan inesperada vista el conde y su
escudero. No sería mayor el asombro y la indignación del rústico pastor
que se viese torpemente cogido en el propio lazo que hubiera preparado
para el raposo.
--¿Tú, Ferrus? exclamó después de la primera sorpresa el furioso
conde. ¿Tú, Ferrus?--Hernán, nos han vendido. Venid acá, don Villano,
añadió derribando por tierra de un empellón al desesperado juglar,
venid acá vos, Álvar: ¿es éste el preso que se os ha confiado? ¿Qué
hicisteis, don Bellaco, del doncel de su alteza? Asíale de la garganta,
y ahogárale sin remedio si no se le pusiera por medio Hernán, que más
sereno comenzaba á vislumbrar la verdad del caso.
--¿Qué doncel, señor? gritó cuanto pudo Álvar. Lleve mi alma el diablo
si tuve yo jamás en mi poder más preso que el que el señor escudero me
entregó, y si no es ése el mismo de que me encargué.
--¿Qué es esto, Hernán? dijo don Enrique soltando la presa.
--¡Qué ha de ser, señor! que sin duda debió de ser Ferrus el músico que
yo cogí.
--Negra fortuna mía, gritó don Enrique. ¡Qué músico habíais de coger,
ni qué!... ¡Por Santiago! venid acá, Ferrus: ¿qué hicisteis vos de
cuanto os encargué? ¿quién era el músico, juglar? acabad ó...
--Serénate, señor, respondió temblando el aterrado Ferrus. Yo
obedecí tus órdenes ciegamente: yo rodeaba el muro y me acercaba ya
al que tañía, cuando él, echando de ver mi bulto, calló, y hundióse
precipitadamente en la tierra; el diablo debía de ser sin duda, que
tomó la forma de músico para perderme en tu estimación...
--¿El diablo? malandrín... no pudo menos de sonreirse don Enrique al
oir la simpleza de su juglar. ¿El diablo?
--Señor, lo jurara: lo cierto es que yo no le volví á ver más: y
cuando, todo ojos y orejas, me acercaba al sitio donde le había visto,
y buscaba el boquerón que habría dejado al hundirse, sin saber por
dónde encontréme con un caballo encima y un caballero... Bien sabe Dios
que en aquel trance me santigüé...
--Adelante, miserable, acaba.
--Por acabado, señor: desde aquel punto ni vi ni oí; cuando recobré el
uso de mi razón halléme en ese camaranchón donde me curaban las heridas
que el mal enemigo me había hecho.
--Calle el necio, interrumpió, no pudiendo sufrir más, don Enrique.
¡Vive Dios, que nada comprendo, Hernán!
--Yo infiero, señor, dijo Hernán, que el músico debió ser si no diablo,
muy ligero por lo menos, y yo debí tomar á Ferrus por el que tañía.
--Eso debió ser sin duda. Pero voto á Santiago que todos los deseos
que de encontrar á Ferrus tenía no me pagan del pesado chasco. Alza,
Ferrus, y vente con nosotros. ¡Necio de mí que fuí á escoger para tan
delicada empresa al mandria mayor que vió la tierra! ¿Enviéte yo para
que cogieras al músico, ó para que te dejaras coger por el primero que
llegase?
--Perdóname, señor, contestó algo repuesto Ferrus; dijérasme lo que
había de hacer contra el diablo en viéndole...
--¿Vuelves á mentar al diablo, menguado? ¿Dónde está el diablo, mal
servidor? Enséñamele, desalmado.
--¡Jesús! Líbreme Dios. ¡Jesús! exclamó Ferrus santiguándose á más y
mejor.
--Vamos de aquí, Hernán. Juro no abrir libro ni hacer trova, y júrolo
por el apóstol Santiago, hasta no tener en mi poder al insolente doncel
que de tal manera ha burlado mi esperanza. Ahora está libre, vive Dios,
y puede hacernos mucho mal. Álvar, tu fidelidad será recompensada.
Inclinóse Álvar, y nuestros tres predilectos personajes salieron
silenciosamente á la galería; regocijado Ferrus de verse libre, en
poder de su señor legítimo, y disipado ya el nublado que sobre su
cabeza tronaba desde la noche anterior; disimulando Hernán la risa
que en el cuerpo lo retozaba al recordar á sangre fría el chasco
inesperado; y mohíno por demás el desairado conde, á cuya imaginación
se agolpaba entre otros peligrosos recuerdos el del secreto que había
imprudentemente confiado al perseguido doncel, y dándole no poco
cuidado la reflexión de no haberle visto en la corte, siendo así que ya
no era la causa que él había pensado la que podía habérselo impedido.
* * * * *