ESCRÍBELA PARA EL PÚBLICO ANDRÉS NIPORESAS, SU CORRESPONSAL

Habló lo que tenía que hablar, y expiró.

_Pág. 176 de este tomo 1.º_

¿Qué se hizo el rey don Juan?

Los infantes de Aragón

¿Qué se hicieron?

....................

....................

Mas como fuese mortal,

Metiólo la muerte luego

En su fragua:

¡Oh juicio divinal!

Cuando más ardía el fuego

Echaste agua.

_Jorge Manrique_

¡Oh fragilidad de las cosas humanas! ¿Será cierto? El fuerte, el

terrible cayó. ¡No existe ya el Pobrecito Hablador! ¿Pero qué mucho?

Caen y pasan los imperios, ¡y no habrán de caer y pasar los habladores!

Los Asirios cayeron; los Babilonios hicieron lugar á los Persas; los

Persas sucumbieron á los Griegos; los Griegos se refundieron en los

Romanos. Roma humilló su altiva frente á las hordas del Norte, y á

los bárbaros sus águilas imperantes... todo pasó: el recuerdo de su

soberbia existe sólo para hacer más humillante su caída. ¿Qué le prestó

á la colonia de Dido su mala fe? ¿Qué le prestaron sus ciencias á la

ciudad de Minerva? ¿Qué á la corte de Zenobia sus altos monumentos?

¿Qué á la capital del mundo su severidad republicana ni sus fuertes

muros? Todo lo destruyó el tiempo. ¿Y no podrá destruir á un hablador?

Entre lágrimas y congojas escribo estos tristes renglones que acaso

la posteridad leerá; pero por si la posteridad no los leyese, porque

de la posteridad no se sabe cosa cierta, léanlos á lo menos nuestros

coetáneos.

Un pañuelo en la mano, apoyada en esta la mejilla, mis cabellos

esparcidos, los ojos anegados en lágrimas, las huellas del dolor sobre

mi frente... Heme aquí, discípulo de Apeles; pinto mi desesperación si

alcanzan tus pinceles á pintar el mayor dolor que un mortal y que un

Andrés han alcanzado jamás á padecer.

Tregua por fin á los sollozos: corra mi pluma sobre el papel; selle

con caracteres de tinta y consigne en la eternidad tan funesto

acontecimiento.

No ha dos horas aún esperaba el correo... la alegría brillaba en mis

ojos. ¡Noticias de las Batuecas! exclamaba. ¡Cuánto se engaña el

hombre! Llega un propio acelerado; mi mano trémula se resiste á romper

el negro lema... y... ¡Qué horror! El Bachiller... ¡ha muerto! ¿Alguna

alevosa pulmonía? No; no era un soplo de aire quien había de matar á

un hablador. ¿Una apoplejía fulminante? ¡Ah! Un pobrecito no muere de

apoplejía. ¿Murió de tener razón? ¿Murió de la verdad? ¿Murió de alguna

paliza? Pero ¡ay! era su estrella dar palos y no recibirlos. ¿Dió con

alguno más hablador que él? ¿Murió de algún tragantón de palabras?

No más dudas, en fin: recorro con la vista el pliego funesto, y

la siguiente carta del infeliz escribiente del Pobrecito Hablador

desenvuelve á mis ojos las horribles circunstancias de tan espantosa

catástrofe:

«Señor don Andrés Niporesas. Aunque á riesgo de que usted no me crea,

pues sé de muy buena tinta que no cree en cosa nacida ni por nacer, en

lo cual hace como aquel que es experimentado y sabe cuanto viven los

hombres de mentira, no dudo un momento en participarle la desgracia que

en el día y aun en la noche tiene hecha un mar de lágrimas esta su casa

y, lo que vale más, gran parte ya de las Batuecas.

»Bien sabe usted, y lo sabe mejor que nadie, que mi principal el señor

Bachiller, que Dios haya perdonado, dió en hablar por los codos, y

valga lo que valga esta frasecilla. No fueron parte, como usted sabe,

á atarle la lengua, ni los respetos debidos á los necios en todo país

poco menos que civilizado, ni las consideraciones que la sinrazón

merece más de una vez entre nosotros, ni los gritos de su familia que

los poníamos en el cielo suplicándole que no se metiese en habladurías,

para lo cual le acumulábamos un sinfín de refranes, como verbi gracia:

al buen callar llaman Sancho; cada uno en su casa, y Dios en la de

todos; por la boca muere el pez; y otros tales y tan significativos

como éstos; ya conoce usted que á mí sobre todo no me faltarían, porque

soy de nacimiento castellano y de profesión batueco; pero á todo hacía

mi amo orejas de mercader, ó respondía de una manera victoriosa: en

cuanto al primero, que él no quería ser Sancho; en lo de cada uno en

su casa, ni estaba decidido si él la tenía, ni si él era cada uno; en

cuanto á lo de Dios por su casa, mucho le amaba en verdad... Y en lo de

que el pez muere por la boca, añadía que tanto tenía él de pez, como

los batuecos de personas. Así no había entrarle. Ya ve usted que un

hombre para quien no tenían autoridad los refranes, que tienen toda la

legitimidad de la antigüedad, es hombre desahuciado. Había de hablar y

habló.

«Y no fué lo peor que hablase, señor don Andrés, porque al fin si

siempre hubiera hablado á cien leguas de sus interlocutores como en

un principio le acontecía, ¡santo y bueno! que hay cosas que ó no se

deben decir ó se deben decir desde muy lejos... Pero ¡ay de mí! el

señor Bachiller la quiso echar de fanfarrón: supo que en las Batuecas

no todos le agradecían los elogios que de ellos hacía y había hecho

continuamente, porque cuatro lectores de mala fe le daban tormento

á las expresiones y exprimían el limón hasta sacar lo amargo. ¡Vea

usted qué injusticia! Bien sabe Dios, y lo sé yo también por más

señas, que nunca fué la intención del señor Bachiller hablar mal de

su país. ¡Jesús! ¡Dios nos libre! Antes queríalo como un padre á su

hijo; bien se echa de ver que este cariño no es incompatible con cuatro

zurras más ó menos al cabo del año. Además de ser él persona muy bien

intencionada, de una pasta admirable y ajena de toda malicia, tanto que

todo lo que decía lo decía de buena fe y como lo sentía. Ni él quisiera

ofender á nadie, porque amaba á su prójimo poco menos que á sí mismo, y

toda la dificultad solía ponerla en saber cuál era su prójimo, porque

ha de saber usted que no todos se lo parecían. Fué, pues, el caso, y

tenga usted paciencia con mis digresiones, porque yo nunca acerté á

escribir de otra manera, antes suelo distraerme y salirme del camino

como bestia hambrienta para meterme por los sembrados de las laderas y

ver si cojo alguna espiga; así llevando viaje para Alcalá suelo salir

junto á Zaragoza, y como de esas veces me anochece en Huete y salgo á

la mañana por los cerros de Úbeda: digo, pues, fué el caso que supo

mi señor las habladurías que de su persona andaban, y como se corría

en las Batuecas que después de tanto como había hablado y tan malo no

le sería posible dar la vuelta para allá, aunque quisiera, puesto que

tendría miedo. _Miedo_, decía cuando lo supo. ¡Voto á tal! que nunca

le vi la cara al miedo, y tengo de ir á las Batuecas sólo por ver

si comen bachilleres esos señores tragaldabas.--¡Ay! no haga usted,

señor Bachiller, tal disparate, le dijimos á una voz: mire que aunque

tuviera miedo á los tontos no haría nada de más, porque no hay nada

más terrible que un tonto. Pero, señor don Andrés Niporesas, dió en

pensar en ello, y se pasaba los días de claro en claro, y las noches de

turbio en turbio, dando y tomando en lo del viaje, hasta que hubo de

efectuarlo. Fuímonos, señor de mi alma, á las Batuecas... Sosiéguese

usted, porque nada le aconteció por entonces que digno de contar sea.

* * * * *

«Llegó por fin un viernes, que viernes había de ser él para ser bueno,

y fué preciso meter entre sábanas al señor Bachiller, Q. S. G. H.

Sintiéndose allí morir por momentos, no quiso espirar sin practicar

todas aquellas diligencias que á su conciencia debía como buen

cristiano, porque ha de saber usted que _bueno_ no diré, pero cristiano

sí sé que era. Practicadas estas diligencias, para las cuales le

dejamos largo rato solo y recogido, llamónos á todos, y luego que nos

tuvo en derredor:

«Hijos míos, dijo con voz bien diversa de la que solía tener cuando

hablaba claro, porque es de advertir que á lo último ya apenas se le

entendía: hijos míos, os reúno porque no quiero que se diga de mí que

morí sin hacer disposición alguna, ni declaré mi verdadero modo de

pensar, que si no fuese el verdadero, porque esto ni yo lo sé, será

por lo menos el último; pues os advierto que yo también tuve varios

modos de pensar, y tuviera más, si más lugar me diera la muerte, que me

siento aquí, que me aprieta en la misma garganta. Ni menos quiero que

se diga que murió sin decir oxte ni moxte quien sólo de hablar vivió,

que esto fuera mengua.

«En cuanto á bienes, harto sabéis, queridos míos, que nada tengo que

dejar sino el mundo en que he vivido, y ése bien sabe Dios que no le

dejo yo, sino que me le hacen dejar mal que me pese. Ni necesito hacer

ninguna declaración de pobre, porque bien público y notorio es que he

sido poeta, que me dediqué desde chiquito á las letras en este país,

que he sido hombre de bien y de honor, que no he sido intrigante ni

adulador, ni yo anduve nunca en empréstitos ajenos y ganancias propias,

ni tuve mujer bonita ni hija que lo pareciese, ni tío obispo ó padre

covachuelo. Así que, ¿por dónde he de ser rico?

«Dejo, pues, lo poco que se halla, si se halla algo, para misas por mi

ánima, porque no las tengo todas conmigo; y si se quejase mi hijo que

le dejo por ello sin eso poco que le quedaría, que tenga paciencia, que

primero son mis gustos que sus necesidades, y mi alma que su cuerpo.

«Declaro y confieso en la hora de mi muerte, y como si me hallase

en ella, que tengo miedo, y que de miedo muero; lo cual no me da

vergüenza, así como hay otras cosas que tampoco se la dan á otros;

antes me da mucha pena y estoy muy arrepentido de no haberlo tenido un

poco antes. ¡Cómo ha de ser! Todo no se puede hacer á un tiempo.

«Ítem más: en consideración á que conozco muchas personas que están

buenas y gordas y bien establecidas que se han retractado de sus

opiniones ó expresiones, siempre que han creído serles conveniente ó

venir muy al caso, en consideración á esto, me retracto no sólo de

todo lo que he dicho, sino también de lo que me he dejado por decir,

que no es poco. Y esta retractación deberá entenderse reservándome el

derecho de volverme á retractar cuanto y como me acomodare, si vivo,

y así sucesivamente hasta el fin de los siglos; porque ésta es mi

voluntad, y en cosas de cada uno nadie tiene que mezclarse; siempre

tuve mis opiniones como mis vestidos, y cada día me puse uno, en lo

cual batuecos hay que no tienen nada que echarme en cara.

«Á propósito de batuecos, declaro que los batuecos no son tales

batuecos por más que lo parezcan: me arrepiento de habérselo

llamado, siendo ésta una de las primeras cosas de que me retracto,

y agradeciéndoles sin embargo la bondad con que han llevado esta

impertinencia mía.

«Arrepiéntome en la hora de la muerte, y me pesa de lo poquillo que en

esta vida he sabido, porque no me ha servido sino de dogal; y hago voto

de no volver á saber cosa de provecho si de ésta me saca con bien la

divina Majestad; y si hubiese de resucitar, como ya por su gran poder

en ocasiones se ha visto, lo cual sin embargo no creo que se guarde

para pecadores como yo, prometo de no volver á mirar libro alguno sino

por defuera, dando siempre mi voto por la pasta».

«Aquí fué preciso reforzarle algo, lo que logramos leyéndole algunos

rengloncitos de las últimas loas, por ser muy espirituosas: moríasenos

por instantes, pero algo repuesto siguió:

«En cuanto á mi amigo, que dice lo es, Andrés Niporesas, que no firme

en mis disposiciones testamentarias, aunque fuere de ellas testigo,

sin embargo de que ya veo que no está presente. Insisto con todo en lo

dicho, porque he conocido testigos ausentes. Si da cuenta al público

de mi fallecimiento, como es de esperar, que no firme tampoco. Y esto

lo dispongo así, porque no parezca burla ó chacota mi muerte ni mi

arrepentimiento si ve el público malicioso que concluye con lo de

_Niporesas_.

«Mándole que me agradezca esta satisfacción que de mi voluntad le doy,

puesto que pudiera excusármela; á muchos conozco yo que cuando mandan

no dan nunca satisfacciones, y tengo para mí que no van descaminados.

«Ítem más: digo que hay amigos en el mundo (si bien yo he dicho lo

contrario), pues los tengo yo, que es cuanto hay que decir en la

materia, y es la prueba de las pruebas.

«Ítem: digo que en la corte no hay vicios, á pesar de mi segundo

número, donde me dió por decir que sí. ¡Válgame Dios por decírmelo todo!

«Ítem: confieso que el público es ilustrado, imparcial, respetable,

y demás zarandajas que de él se cuentan. Y si he dicho lo contrario,

preciso es que haya estado loco para desconocer simplezas de tanto

bulto. Verdades serán cuando todo el mundo las dice.

«Ítem: declaro que á veces he dicho las cosas como no las quería decir.

No importa mucho, porque creo que de cualquiera manera que se digan es

como si no se dijeran. Hay cosas que no tienen remedio, y son las más.

«Ítem: afirmo ahora que los versos de circunstancias nunca son malos,

si vienen á pelo, por malos que sean, porque cada cosa es relativa á

otra cosa, y si no me entendiesen lo que quiero decir en esto, ¡cómo ha

de ser! Ahora estoy muy de priesa para detenerme á explicarme más claro.

«Ea pues, hijos, yo me muero todo: tomad para vos este escarmiento:

antes de hablar, mirad lo que vais á decir; ved las consecuencias de

las habladurías. Si apego tenéis á la tranquilidad, olvidad lo que

sepáis; pasad por todo, adulad de firme, que ni en eso cabe demasía,

ni por ello prendieron nunca á nadie: no se os dé un bledo de cómo

vayan ó vengan las cosas; amad á todo el mundo con gran cordialidad, ó

á lo menos fingidlo si no os saliere de corazón, con lo cual pasaréis

por personas de muy buena índole, y no como yo, que muero en olor de

malicioso porque he querido dar á entender que de algunos países nunca

puede salir nada bueno... En fin... muero... á Dios, hijos... ¡de

miedo!!!».

«De esta manera, habló lo que tenía que hablar, y expiró á poco rato.

Vímosle caer en la almohada, y no se le volvió á oir palabra: sólo sí

debió rendir el alma á manos del último accidente del miedo, pues se

tapaba la cabeza con la ropa como si viera fantasmas; huía, temblaba,

se escondía y se ponía el dedo en la boca, postura en que murió. ¡Oh

inescrutables fines de la Providencia, que castigas sin palo ni piedra!

Apostara yo, señor don Andrés, que no veía en aquel terrible momento

sino duros enemigos, censuras amargas, y encarnizados criticadores de

su vida y hechos... En fin, expiró, lo cual conocimos en que dejó de

hablar.

«El facultativo, sin embargo, dudando si tendría algún resto de vida,

se acercó poco á poco á su oído, y le decía á grandes voces: ‘¡Señor

Bachiller! vuelva en sí y repare qué versos tan malos andan por esos

mundos, qué autorcillos tan miserables, y qué traducciones tan malas

el público aplaude, y qué de cosas buenas desprecia... Mire usted que

tiene aquí á media docena de necios; éste es un elegante, aquél un

enamorado, el otro un amigo, el de más allá dice que es un sabio, el

otro es un militar, y el otro un abogado; todos se tienen por hombres

de importancia. ¿No les decís nada?’. Entonces, haciendo el último

esfuerzo, cogió algunos periódicos españoles; púsoselos sobre la cara,

y esperó un momento; pero no rebullendo mi amo, el doctor exclamó con

la mayor pena, dejando caer la ropa sobre el difunto: ‘Muerto está,

cuando nada dice á todo esto; ni un soplo de vida le queda. En paz

descanse’.

«Ésta fué la muerte de mi señor Bachiller, que lloraré hasta que llegue

el momento de la mía.

«Registráronse sus papeles en cuanto murió; pero hallamos medio quemado

un gran legajo que los contenía; dímonos á entender que habría tratado

en sus últimos momentos de juntarlos y dar con ellos en el fuego; acaso

las fuerzas le habrían faltado, y así quedaban varios fragmentos

enteros que el público conocerá tal vez algún día si aciertan á caer en

manos de algún editor escrupuloso que los expurgue de la mucha cizaña

que deben necesariamente tener. La imaginación de quemarlos nos hizo

caer en la cuenta de que su arrepentimiento habría sido verdadero, y

válida su retractación.

«Nada diré del entierro, que fué muy común: sólo advertiré que nadie se

atrevió á hablar en él, antes todos mirábamos atentamente al féretro

por ver si hablaría aun después de muerto.

«Queda con esto, señor don Andrés de mi alma, muy de usted el

escribiente privado más afligido que nunca tuvo escritor público. Ruego

á usted que encomiende al señor Bachiller, que tan amigo suyo era, y

mande á su criado,

«_El ex escribiente del Bachiller_».

* * * * *

Ésta fué la carta: ¡murió el que dijo la verdad, y murió dejándose

tanto por hablar! ¿No tenías, oh muerte, algún inútil sordo-mudo

que sustituir á tan interesante víctima? ¿Quién nos dirá de aquí en

adelante que no hay más que sinrazón en la tierra? ¿Quién nos dirá

que el que no es tonto en el mundo es pícaro, y que los más son

tontos-pícaros? ¿Quién nos dirá que no hay orgullo nacional, que no hay

quien conozca sus deberes y cumpla con ellos, que no hay literatura,

que no hay teatros, que no hay autores, que no hay actores, que no hay

educación, que no hay instrucción? ¿Quién, en fin, nos dirá tanto como

se ha dejado por decir?

Juzgue ahora el lector desapasionado si tan horroroso golpe me deja

espacio ni humor de hacer más largas reflexiones.

No; mi silencio dirá más que mis amargas quejas.

Yo te consagraré una memoria, mi querido y malogrado bachiller, siempre

que un abuso, siempre que una ridiculez se atraviese delante de mis

ojos, siempre que la injusticia me hiera, que me ofenda la maldad,

que me desconcierte la intriga, y que el vicio me horrorice. Yo en

defecto tuyo, cuya censura podría reprimir en algo á los batuecos,

rogaré á Dios y á santa Rita, abogada de imposibles, por la prosperidad

de nuestra patria, que tantos nos anuncian con tan fáciles como

inconsideradas promesas.

_Andrés Niporesas._

* * * * *

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 74 / 121 题