No tratamos de inculpar en modo alguno por los cuadros que vamos
á describir al justo gobierno que tenemos: no hay nación tan bien
gobernada donde no tengan entrada más ó menos abusos, donde el
gobierno más enérgico no pueda ser sorprendido por las arterías y
manejos de los subalternos. Contraria del todo es nuestra idea.
Precisamente ahora que vemos á la cabeza de nuestro gobierno
una reina que, de acuerdo con su augusto esposo, nos conduce
rápidamente de mejora en mejora, nosotros, deseosos de cooperar
por todos términos como buenos y sumisos vasallos á sus benéficas
intenciones, nos atrevemos á apuntar en nuestras habladurías
aquellos abusos que desgraciadamente, y por la esencia de las
cosas, han sido siempre en todas partes harto frecuentes, creyendo
que cuando la autoridad protege abiertamente la virtud y el orden,
nunca se la podrá desagradar levantando la voz contra el vicio y
el desorden, y mucho menos si se hacen las críticas generales,
embozadas con la chanza y la ironía, sin aplicaciones de ninguna
especie, y en un folleto que más tiende á excitar en su lectura
alguna ligera sonrisa, que á gobernar el mundo.
Protestamos contra toda alusión, toda aplicación personal, como en
nuestros números anteriores. Sólo hacemos pinturas de costumbres,
no retratos.
(_Página 128 de este tomo 1.º_)
Trece números y diez meses va á hacer que, acosados del enemigo malo
que nos inducía á hablar, dimos principio á nuestras habladurías. ¿Qué?
¿No queda más que hablar? nos dirán.--Mucho nos falta efectivamente
que decir, pero acabamos de entrar en cuentas con nosotros mismos, y
hecha abstracción de lo que no se debe, de lo que no se quiere, ó de lo
que no se puede decir, que para nosotros es lo más, podemos asegurar
á nuestros lectores que dejamos el puesto humildemente á quien quiera
iluminar la parte del cuadro que nuestro pobre pincel ha dejado oscura.
Confesamos que á acometer tan arriesgada empresa no conocíamos la
cara al miedo; pero en el día no nos queremos salvar, si no es cierto
que temblamos de pies á cabeza al sentar la pluma en el papel. En
unos tiempos en que la irritabilidad de nuestras modernas costumbres
exige que tengamos á la vez en la misma mano la espada y la pluma para
convencer á estocadas al que no pueden convencer razones; en unos
tiempos en que es preciso matar en duelo á los necios, uno á uno, no
nos sentimos con fuerza para tan larga tarea; _mate, pues, Moros quien
quisiere, que á mí no me han hecho mal_.
Considere además el juicioso lector que contra todo nuestro gusto
hemos echado diez meses en verter media docena de ideas, que acaso en
horas habíamos concebido, y todo para decirlas á fuerza de lagunas y
paliativos, de la ridícula y única manera que las pudieran oir los
mismos que no quieren entenderlas. Desconfiados ya en un principio de
nuestras flacas fuerzas, nunca nos propusimos trazar un plan mucho
más extendido... ¿Cómo no hemos de exclamar arrojando la pluma: «No
servimos para escribir aquí; nuestras ideas están en contradicción con
las buenas ó con las del mayor número?». ¿Cómo pudiera no pesarnos con
verdadera atrición de haber contado ligeramente con la buena voluntad
de los amigos de la verdad, que realmente no debe de tener muchos
entre nosotros? Ya en otra parte dijimos que donde quiera que volvemos
los pasos encontramos una pared insuperable, pared que fuera locura
pretender derribar. Pongámoslo al contrario como cada uno un ladrillito
más con nuestras propias manos; vivamos entre nuestras cuatro paredes,
sin disputar vanamente si nos ha de sorprender la muerte como á los
carneros de Casti, asados ó cocidos, y si del otro lado imaginan
algunos que está la felicidad, que nosotros no vemos en el mundo por
ninguna parte, Dios se la tenga muchos años por allá, y se la dé á
quien más le convenga, pues ya está visto que á nosotros, pobrecitos
habladores, no nos debe en manera alguna de convenir.
Una duda ofensiva nos queda por desvanecer; ésta es una aclaración que
nos pesará más que todo no poder hacer. Habrán creído muchos tal vez
que un orgullo mal entendido, ó una pasión inoportuna y dislocada de
extranjerismo han hecho nacer en nosotros una propensión á maldecir
de nuestras cosas. Lejos de nosotros intención tan poco patriótica;
esta duda sólo puede tener cabida en aquellos paisanos nuestros que,
haciéndose peligrosa ilusión, tratan de persuadirse á sí mismos que
marchamos al frente ó al nivel á lo menos de la civilización del
mundo; para los que tal crean no escribimos, porque tanto valiera
hablar á sordos: para los Españoles empero juiciosos, para quienes
hemos escrito mal ó bien nuestras páginas; para aquéllos que, como
nosotros, creen que los Españoles son capaces de hacer lo que hacen
los demás hombres; para los que piensan que el hombre es sólo lo que
de él hacen la educación y el gobierno; para los que pueden probarse á
sí mismos esta eterna verdad con sólo considerar que las naciones que
antiguamente eran hordas de bárbaros son en el día las que capitanean
los progresos del mundo; para los que no olvidan que las ciencias,
las artes y hasta las virtudes han pasado del oriente al occidente,
del mediodía al norte en una continua alternativa, lo cual prueba que
el cielo no ha monopolizado en favor de ningún pueblo la pretendida
felicidad y preponderancia tras que todos corremos; para éstos, pues,
que están seguros de que nuestro bienestar y nuestra representación
política no ha de depender de ningún talismán celeste, sino que ha de
nacer, si nace algún día, de tejas abajo, y de nosotros mismos; para
éstos haremos una reflexión que nos justificará plenamente á sus ojos
de nuestras continuas detracciones; reflexión que podrá ser la clave de
nuestras habladurías, y la verdadera profesión de fe de nuestro bien
entendido patriotismo. Los aduladores de los pueblos han sido siempre,
como los aduladores de los grandes, sus más perjudiciales enemigos;
ellos les han puesto una espesa venda en los ojos, y para usufructuar
su flaqueza les han dicho: _Lo sois todo_. De esta torpe adulación ha
nacido el loco orgullo que á muchos de nuestros compatriotas hace creer
que nada tenemos que adelantar, ningún esfuerzo que emplear, ninguna
envidia que tener. Ahora preguntamos al que de buena fe nos quiera
responder: ¿Quién es el mejor Español? ¿El hipócrita que grita: «Todo
lo sois; no deis un paso para ganar el premio de la carrera, porque
vais delante»; ó el que sinceramente dice á sus compatriotas: «Aún os
queda que andar; la meta está lejos; caminad más aprisa, si queréis ser
los primeros?». Aquél les impide marchar hacia el bien, persuadiéndoles
á que le tienen; el segundo mueve el único resorte capaz de hacerlos
llegar á él tarde ó temprano. ¿Quién, pues, de entrambos desea más
su felicidad? El último es el verdadero Español, el último el único
que camina en el sentido de nuestro buen gobierno. Y cuando una mano
poderosa y benéfica, de quien sabe mejor que los aduladores de las
naciones lo que nos falta que andar, nos anima señalándonos gloriosos
ejemplos, cuando una reina ilustre y un monarca bien intencionado
tratan los primeros de llevarnos á la posible perfección, retardada
acaso no por culpa de sus excelsos antecesores, sino tal vez por la
sucesión de revoluciones desgraciadas siempre que han afligido nuestro
país, en esta ocasión ¿no se nos permitirá proclamar esta luminosa
verdad, que un Español fiel vierte en cooperación de los altos fines de
sus reyes? ¿No se nos permitirá tampoco rendir este postrer homenaje á
la verdad?
Ésta era la última reflexión que nos quedaba que hacer; el deseo de
contribuir al bien de nuestra patria nos ha movido á decir verdades
amargas; si nuestras pocas fuerzas, si las dificultades que en nuestra
marcha hemos encontrado, si las circunstancias, en fin, hubiesen
impedido resultados correspondientes á nuestras esperanzas, sírvenos
al menos de consuelo y de recompensa la propia satisfacción que nos
inspira nuestro objeto. ¿No se nos permitirá tampoco decir á la faz de
nuestros lectores: _¿Ésta fué nuestra intención?_ ¿Qué riesgo podrá
haber para nadie en decir en altas voces que deseamos lo bueno, y que
por eso criticamos lo malo?
Después de este exordio, en que hemos dado la clave de nuestro
Hablador, después de haber manifestado harto claramente que si números
enteros han sido dedicados á objetos de poca importancia, no ha sido
porque fuese tal nuestra intención, sino por la naturaleza de las cosas
que nos rodean, terminemos nuestra colección como podamos; y si hubiere
lector que no pareciese muy satisfecho de nuestras divagaciones, ó
de la futilidad tal vez de las materias que tratemos, le rogamos que
vuelva á leer el exordio que antecede para que no culpe á quien de
buena gana le siguiera divirtiendo más á su placer, y recuerde que sólo
el deseo de cumplir la palabra que al público tenemos dada de llenarle
catorce números nos pone hoy nuevamente la pluma en la mano.
CARTA ÚLTIMA DE ANDRÉS NIPORESAS AL BACHILLER
DON JUAN PÉREZ DE MUNGUÍA
Querido bachiller: Imagina tú si me será sensible el estado de tu salud
y ese malhadado frenillo que te embarga la lengua y te obliga á hablar
tan de tarde en tarde; echa mano de la sopa en vino, y si ésta no basta
á dar tono á tu decaída máquina, avísame con tiempo para encomendarte
á Dios y rogarle que te haga arrepentir en vida de tus muchos y
corpulentos pecados, pues te veo ya con un pie en la sepultura, y me
doy á entender que si te alcanza la muerte antes de arrepentirte,
no ha de haber luego remedio humano ni divino para ti, ni te han de
alcanzar oraciones de ningún cristiano. Mira estas cosas muy despacio,
y considera sobre todo que hay infierno. De esta verdad, si la fe no te
respondiera, te respondería yo, que llevo este punto de creencia á tal
extremo que estoy para mí que no sólo le hay en la otra vida, sino en
ésta también debe haberle para más de uno, según vehementes indicios
que de ello tengo.
Es tanta la batahola de preguntas y confusión de encargos que en
tu última carta reservada, y no vista del público, me diriges y
encomiendas, que no sé si bastaré yo para dar completa satisfacción
á todas tus necesidades. Conténtate, pues, con lo que buenamente te
pueda ir diciendo...
Pasemos á tus largas preguntas y á tus interminables encargos.
Con respecto á la Historia de España que me pides, como me dices que ha
de ser buena, no te la puedo enviar, porque no la he encontrado.
Me encargas que envíe á tu sobrinito á las cátedras públicas de
historia y geografía que supones temerariamente que debe de haber en
una corte como ésta; me añades que ya que tiene la fortuna de estar en
el primer pueblo de la nación, que aproveche esta feliz circunstancia
para ilustrarse. Te ruego encarecidamente que antes de hacerme estos
encargos procures no ser tan ligero en tus juicios, porque aquí no
hay semejantes cátedras; lo que hay es una Academia de la Historia,
y un despacho de mapas en la calle del Príncipe. Puede ser que sean
éstas las noticias que tengas, y como eres tan torpe, todo lo hayas
confundido.
Soy de opinión que no aprenda taquigrafía, en atención á que aquí no
hay palabra que seguir.
Lo que sí debe aprender es el arte de tener siempre razón, es decir, la
esgrima, porque andan muy en boga los desafíos de algún tiempo á esta
parte; de suerte que ya en el día es una vergüenza no haber estropeado
á algún amigo en el campo del honor. Otra cosa no menos importante. Es
de primera necesidad que se vista de majo y eche un cuarto á espadas
en cualquier funcioncilla de toros extraordinaria que entre señoritos
aficionados se celebre, que sí se celebrará; con estas dos cosas será
una columna de la patria, y un modelo del buen tono, según los usos del
día. Y aun si pudiera ser tener pantalón _colan_ y sombrero _clac_; si
pudiera ser además que pasase la mañana haciendo visitas, y dejando
cartoncitos de puerta en puerta, la tarde haciendo ganas de comer y
atropellando amigos en un caballo cuellilargo y sin rabo, condición
_sine qua non_, la primera noche silbando alguna comedia buena, y la
madrugada de _raout_ en _raout_, perdiendo al écarté su dinerillo y el
de sus acreedores, sería doblemente considerado de las gentes del gran
mundo, y atendido de las personas sensatas del siglo...
Alguna obra de la biblioteca de las que me indicas está en lo
reservado, y así te devuelvo tu encargo...
Tampoco he encontrado una colección de trajes españoles de todas las
épocas, porque no la hay. Me han preguntado si estás tú seguro de que
anduviesen vestidos nuestros antepasados.
No se ha encontrado quien compusiera tu reloj; sabe más que tú y que
todos nosotros; por más que ha querido el relojero gobernarlo, él no se
ha dejado gobernar.
La laminita que quieres, no he hallado en Madrid quien la haga; dicen
que es preciso hacerla sobre acero, y para obtener buen resultado me
han asegurado que debes encargarla á París.
No he dado á encuadernar el libro consabido, porque como lo quieres
lujoso y preciosamente encuadernado, y aquí no hay más que uno que lo
sepa hacer, está muy atareado, sobre llevar muy caro, y así es cosa
larga. Si te corre prisa lo enviaré á Londres...
No he podido confiar tus comisiones á Domingo, ni á Pedro, ni á la
Nicolasa: hanles sucedido á todos desgracias impensadas...
Ya te puedes poner en camino, porque en esta semana pasada no ha habido
más que dos robos de diligencias...
Pero si vienes á pretender no vengas, que por ahora no tengo empeños
que prestarte, y para traerte sólo contigo tus méritos, te puedes
quedar con ellos por allá, que aquí nadie los ha menester...
Vengas ó no vengas, lo que debes hacer es callar; supuesto que el
mundo ha de ir siempre como va, haz lo que todos, y de lo que sabes
saca partido, si es que no quieres olvidarlo, lo cual sería más
seguro. Cuando las cosas no tienen remedio, la habilidad consiste
en convertirlas como son en provecho de uno. Déjate, pues, ya de
habladurías, que te han de costar la vida, ó la lengua; imítame á mí,
y escribe sólo de aquí en adelante cartas simples y serias de familia,
como ésta, donde cuentes hechos, sin reflexiones, comentarios ni
moralejas, y en las cuales nadie pueda encontrar una palabra maliciosa,
ni un reproche que echarte en cara, sino la sencilla relación de las
cosas que natural y diariamente en las Batuecas acontecen; ó lo que
sería mejor, ni aún eso escribas, que para que esta habilidad no se te
olvide, bastará que pongas semanalmente la cuenta de la lavandera.
_Andrés Niporesas_
_Nota._ De aquí para adelante el editor no sabe más qué ha sido de los
escritos del Bachiller ni de su correspondencia con Andrés Niporesas:
sólo se sabe que, como de los fragmentos de esta carta se puede
barruntar, se había puesto el Pobrecito en camino para la corte de las
Batuecas, y, como se infiere, Andrés seguía en Madrid. Que á poco el
Bachiller murió, lo cual se supo por los últimos partes telegráficos.
El editor aguarda los más recientes pormenores para darlos al público,
como lo espera hacer en el número 14 de esta colección, que será _la
muerte del Pobrecito Hablador_. Sólo se han hallado entre papeles
viejos algunos fragmentos, como en dicho número se dirá, los cuales no
se sabe si con el tiempo podrán ver la luz pública.
MUERTE
DEL
POBRECITO HABLADOR