CARTA PANEGÍRICA DE ANDRÉS NIPORESAS

Á UN TAL DON CLEMENTE DÍAZ GRAN POETA Y LITERATO

EN CONTESTACIÓN Á CIERTA SÁTIRA CONTRA EL POBRECITO HABLADOR

Válgame Dios, señor don Clemente Díaz, y qué vehementes deseos tenía

yo de que saliera á la palestra, armado de punta en blanco, todo un

paladín, como V. M. parece, contra mi amigo el buen bachiller Munguía.

¡Ya decía yo! Alguna desgracia debe de haberle ocurrido á don Clemente

Díaz cuando ni su conocida reputación, ni su espíritu caballeresco, ni

su mucho fondo de literatura han sido parte para obligarle á manchar

cuatro páginas contra el impertinente Bachiller. ¡Gracias á Dios que

nos ha quitado vuestra merced tan grande duda y sobresalto! Yo le juro

como soy Niporesas que su enemistad y su intervención hacían falta

notable á la buena fama de mi amigo Munguía.

¿V. M. tan comedido y tan mesurado en toda su vida, como ha dicho

cierto autor moderno, que nadie le conocía por poeta ni por literato

hasta la presente? Verdad es que esto de no conocerle nadie ni por uno

ni por otro, más que de no ser digno de verse como tal por todas las

Españas pregonado, dependía de esa fatalidad que han de tener todos los

hombres de pro de ir acompañado su mérito de la más perfecta modestia.

Ésta es la causa que ha debido tenerle hasta ahora tan atrasado en el

concepto público. Pero no hay cuidado, todavía es tiempo de remediar,

mal que bien, el daño que le ha causado su modestia referida; hase roto

la nube caliginosa donde estaba malamente escondido su mérito, que sólo

puede ganar con ser bien conocido, y ya amanece vuestra merced, como un

astro apagado, por las puertas del oriente de la literatura.

Mi primera idea, cuando tuve la primera noticia de que un literato

(entonces no sabía yo todavía que había de ser V. M.) iba á escribir

contra el Bachiller, sépase que fué acribillarle á sátiras y folletos,

y no dejar en sus escritos pedazo entero y sano tamaño como una

avellana, ó como la especulación de vuestra merced, que todo es

comparar. Pero luego que supe que era el impugnador un hombre tan

conocido como don Clemente Díaz, guardárame yo muy bien, dije para

mí, de seguir en tan loco empeño; á más de respetarle como si fuera

el mismo cólera-morbo, vínome á la imaginación que debía de haberse

hecho con su bien parlado folleto un numeroso partido, compuesto todo

de los ofendidos por el Hablador. ¡Qué de usureros prestamistas y

qué de calaveras tramposos no miro ya en derredor suyo dispuestos á

defenderle, qué de libreros mandrias, qué de autores silbados, qué de

autores éticos de circunstancias, qué de capitanes de ocho años y de

vistas ciegos, qué de queridas de intendentes, qué de públicos de todas

especies, qué de perezosos de aquéllos de _Vuelva usted mañana_, qué de

autores batuecos, qué de batuecos convidadores, qué de gentes, en fin,

que ni escriben ni leen, ni leen ni escriben, ni hablan ni oyen, tendrá

dispuestos á sacar la cara por sus escritos!

Verdad es que ellos son tales que no han menester encarecedores ni

abogados; ellos solos se recomiendan por ser quien son, y por ser de

mi señor don Clemente Díaz, autor tan famoso en las edades futuras;

porque es de advertir que si quiere llevar tan alto epíteto, sólo de

esa manera ha de ser, pues que ni ya lo fué en los tiempos pasados, ni

menos lo es en los presentes; culpa no de él, sino de los demás, que

ignorábamos, como unos bestias, que teníamos un hombre siquiera en el

país, y que ése era don Clemente Díaz.

Heme propuesto hacer su elogio, porque ha de saber que si tiene algún

apasionado, ése soy yo; y para que vea si soy amigo suyo, ha de tener

entendido que yo sé que ha escrito un folleto, y esto prueba el interés

que por sus cosas me tomo, atendido que no lo sabe nadie sino yo, el

cartelero que ha puesto los carteles, y V. M. que lo sabrá también,

pues es sin duda hombre que sabe lo que hace. Y uno de los motivos

que me precisan á escribir esta carta es el deseo de que lo sepa el

público; en saliendo lo sabremos todos; pero sépase ó no se sepa, el

caso es que V. M. ha escrito un folleto, y que este folleto es de don

Clemente Díaz, lo cual será una verdad eterna, aunque nadie más que

él y yo lo sepamos; porque no dejan las cosas de ser ciertas por no

ser sabidas, y pondré un ejemplo: supongamos por un momento que V.

M. tiene talento, pero que esto no lo sabe nadie; ¿dejará por eso de

existir el talento de V. M. en su cabeza ó en cualquiera otra parte del

cuerpo (que ni esto está averiguado, ni yo ignoro que cada uno tiene su

poco ó mucho talento donde buenamente puede)? Dígame V. M., ¿dejará de

tener el tal talento porque nadie lo haya podido traslucir hasta ahora?

Ya se ve que mi argumento no tiene respuesta.

No quisiera yo, por lo mismo que soy tan apasionado suyo, que se

creyera parcial mi elogio; esto es ¡vive Dios! lo que me da pena,

porque si digo que es malo el folleto, y hablo mal de don Clemente

Díaz, me han de responder luego, no que es gana de disimular nuestra

amistad, sino que se descubre la que á mi amigo el Bachiller profeso;

y si digo que es bueno, dirán que me burlo de mi señor don Clemente

Díaz, y ¡voto va! que si tal dicen, mienten y remienten cuantas veces

lo dijeren, que ni yo me burlo de V. M., ni yo ignoro lo que vale un

don Clemente Díaz en estos tiempos tan escasos de poetas buenos y de

literatos profundos.

Dígame si no: si V. M. no acertara á tomar cartas en el juego, y á

sacar la cara por los abusos y necedades criticados en el Hablador,

¿quién diantres la había de haber sacado? Quedáranse los necios

menesterosos sin amparo ni defensa, que fuera gran lástima.

No me dieran á mí otro trabajo que probar hasta la evidencia que V.

M. no sólo es literato, en cuanto á que tiene esas letras tan gordas

que dice, sino también caballero y generoso, amigo de enderezar

tuertos y desfacer agravios. Prenda muy recomendable en estos tiempos

tan egoístas que alcanzamos; y más para él, que de esa suerte podrá

enderezar el que á sí mismo se ha hecho con su folletillo; por lo cual

aunque no fuera tan literato como es, había de bastar aquella prenda

para hacerle pasar por hombre de bien, ya que no por poeta, como le

sucedía á don Eleuterio Crispín de Andorra; y también le juro á V. M.

que vale mucho más ser hombre de bien y salvar su alma que hacer buenos

versos, si no se pudieren reunir entrambas cosas, lo cual sería lo

mejor. Por ejemplo, ahí tiene V. M. á un Arouet (ya sabrá quien es, y

si no, yo no se lo puedo decir más claro). ¿De qué le parecerá á V. M.

que le sirvió hacer su Zaira y su Mahoma, con otras frioleras de gusto,

si á la hora de ésta debe de estar probablemente hecho un torrado en

los profundos? Esto es lo que me da rabia cuando leo un hermoso trozo

de Homero, y aun de Virgilio; siempre arrojo el libro diciendo: ¡Qué

lástima que estos hombres no fuesen buenos cristianos, y hombres de

bien como don Clemente Díaz! Pues ¿y cuando leo á Horacio, á Juvenal y

á Persio, y á _Boaló_, como V. M. escribe, ó Boileau como se llamaba

él y escribimos nosotros? Entonces me ocurre al momento la misma idea

que á V. M. Si los abusos no se han de corregir por más sátiras que se

escriban, ¿para qué escribirlas? Eso mismo digo yo; por ejemplo: si mi

amigo el Bachiller no ha de dejar de hablar, aunque más escriba V. M.

folletos, ¿para qué es cansarse escribirlos? Eso digo para mí, y ya le

hubiera citado á V. M. en varias ocasiones y en diversas casas si no

fuera porque, á pesar de lo famoso que ha de llegar á ser con el tiempo

si sigue escribiendo folletos, no gusto nunca de hablar por boca de

ganso, sino decir mis ideas tales cuales son, y más que no se asemejen

á las de don Clemente Díaz, que todos no es posible tengamos las mismas

ideas, como V. M. conoce mejor que yo.

¡Ay qué bien ha hecho su maestro de primeras letras en ponerle á

escribir! porque yo supongo generosamente que cuando empezó el folleto

ya sabría leer de corrida; no porque yo crea que necesita irse soltando

su estilo, que ya anda demasiadamente suelto, sino porque si lo hemos

de leer no hay otro medio sino que V. M. lo escriba. ¡Y cómo conoció

el pícaro del maestro lo que podía prometerse del buen ingenio de don

Clemente Díaz! ¡Apostara yo el valor del primer ejemplar del folleto de

V. M., si es que se ha vendido ya, á que son para él las utilidades! ¡Y

cómo lo ha entendido el muy ladino!

¿Como cuánto tiempo hará que V. M. hace versos, señor don Clemente

Díaz? ¿Cómo fué el descubrir V. M. que tenía esa estupenda habilidad,

en sazón de estarse publicando los Pobrecitos Habladores? Otra

preguntilla, y es la última por ahora. ¿Como cuántos años podrá tener

V. M.? Porque si como es de ingenioso es de precoz, ¡voto á Apolo que

es una maravilla mi señor don Clemente Díaz! ¡Y qué bien pone la pluma,

y cuánto sabe!

Sabe, por ejemplo, hacer él solito palabras compuestas, como:

verbi-gracia, satírico-manía; sabe citar á don Manuel Bretón de los

Herreros y poner su epigrafito y todo, que es un contento. Sabe que

el famélico vate no debe lamentarse de lo que se lamentaron otros,

sino que cada uno se lamente solo y de cosa distinta, y antes de

lamentarse tenga buen cuidado de averiguar y saber si se lamentó otro

de aquello mismo, y si no, no lamentarse. Si á su merced, por ejemplo,

le salieran unos ladrones á robarle y le aporrearan, su merced, que

es _vate famélico_, según parece, no debiera lamentarse más que le

hubieran llenado de chichones el occipital ó el frontal, porque ni su

merced sería el primer aporreado, ni el primero que se ha lamentado de

algún aporreo. Así que todo el toque del escribir está en hacerlo con

anterioridad á los que han escrito antes que uno, cosa muy sencilla

mirándolo despacio. En esto sigue don Clemente Díaz su misma regla;

por no repetir ideas de otros, tiene él las suyas hechas de tal manera

que ni yo las vi iguales, ni parecidas, en autor alguno que le haya

antecedido, ni espero, ¡qué esperar! que ningún hombre de talento

pasado, presente ni futuro diga las cosas que don Clemente dice. ¡Tanta

es su originalidad y su deliciosa extravagancia!

Sabe decir su merced que _gustara acaso Persio si escribiera solo_,

añade que también Juvenal gustara con la misma circunstancia, y

concluye diciendo que también otros ciento gustaran si escribieran

solos. Me recordó este paso chistoso, capaz de hacer reir á cualquiera,

como sin duda se lo ha propuesto el graciosísimo señor don Clemente,

el lance aquel de los doscientos gallegos que volvían de la siega y se

dejaron robar porque venían solos.

Don Clemente sabe además hacer metáforas, las cuales no son las de

menos donosa invención aquella de que el _mundo con muletas ande cojo_;

la otra del _agostado juicio_ de mi amigo (_¿si aludirá á que se casó

en agosto?_), la otra de dejar ir _su mente á rienda floja_, y aquella

otra tan revuelta y enmarañada y llena de escondrijos y retortijones

que dice _que exprime_ el Bachiller «el corto zumo de su ingenio para

deshacerse en humo de sandeces por coger un premio de humo». Ésta, ésta

es la que debe de haberle costado más noches de no dormir y más días de

no pensar; y por fin la de los «timbres de la nobleza que de la gloria

en la mansión habita y eleva sobre el tiempo su cabeza»; y la lindísima

de aquel fantasmón de arroyuelo que tenía _arrogante estilo_ (decir

estas cosas es el único modo seguro de no parecerse á ningún otro buen

autor). Esto es lo que se llama tener gracia natural para hacer reir,

¿y con qué arbitrio tan sencillo? Con sólo reunir don Clemente en sus

ratos ociosos palabras de aquí y de allí; barajarlas, y ver qué efecto

producen; y más que no representen ideas que tengan relación entre sí,

en cuyo caso se desbarataría gran parte de la gracia del juego.

Sabe don Clemente Díaz hacer versos aconsonantados sin consonante,

caso que no ha acertado á conseguir ni ha intentado siquiera ningún

poeta ni famoso, ni sin fama, como cuando hace consonar _velas_ con

_vendaba_. ¡Tan cierto es que sólo al genio le está reservado abrir

sendas desconocidas! Esto me trajo á la memoria aquel otro caso tan

sabido del juego de prendas, en que se apuraba una letra y era la _g_;

había dicho alguno _guitarra_. «Á usted le toca ahora, señorita», dijo

á la persona siguiente el que llevaba el juego; á lo cual contestó

ella con gran prisa y raro tino _violín_, y calló con aquel aire de

satisfacción y desembarazo que tiene el que ha salido triunfante de un

grande apuro.

Consonante á _velas_... Vamos, don Clemente, en _elas_. ¿En _elas_?

_¡vendaba!_ ¡Bravo, don Clemente! ¿Ven ustedes? Ya salimos del paso.

Recuérdame esto otro cuentecito que me contó mi maestro: un poeta

nuevo, como V. M., señor don Clemente, tenía que hacer una oda á un

amigo suyo, á quien habían sacramentado; él había visto que en las

odas solía haber unos versos cortos y otros largos, y dijo: «Si en

eso consiste, odas haré yo también», que es lo que á V. M. le habrá

sucedido con los tercetos: hizo, pues, su oda, y describiendo la mala

noche concluía una estrofa con estos dos versos, el uno quebrado y el

otro tan entero como un burro garañón:

Y era tan fuerte el viento,

Que se apagaban las hachas de los que por purísima devoción

[iban alumbrando al Santísimo Sacramento.

Bien es verdad que si V. M. tenía que decir la palabra _vendaba_ por

razones particulares que ignoro, y que él acaso sabrá, aunque hubiera

hablado más arriba de velas por el mar del _frívolo_, que aunque no

está en el mapa, culpa de los mapistas, sabe V. M. muy bien cuál es,

no era cosa de andarse horas enteras á buscar consonante en _elas_

para decir otra cosa que lo que quería decir; primero es la verdad que

el consonante, y ser franco que ser poeta; y volvemos á aquello de la

hombría de bien: ya sabe V. M., señor don Clemente, que para ganar el

cielo no se necesita tener el oído muy delicado. ¿Quién sabe si á V.

M. le sonará lo mismo _velas_ que _vendaba_ por la regla de apurar la

letra y empezar todo con _v_?

Lástima grande que no habite encima del cuarto de usted algún poeta

para que hiciese con él lo que Pedro Corneille con su hermano Tomás:

aquel tenía hecha, como V. M. no sabrá, una trampilla en el piso de

su habitación sólo para pedirle en los graves apuros consonantes á su

hermano, que vivía debajo de él.

Dígame V. M. la verdad, como si nadie nos oyera, ¿V. M. entiende los

consonantes al revés, y cree que han de consonar las palabras por el

principio ó por el fin? En este caso le sucederá lo que á aquel cochero

beodo que montó la mula al revés, y tomándole el rabo por riendas

arreaba y pegaba latigazos á su inocente coche.

Sabe el señor don Clemente además que todo el que no sea hombre de

talento debe domar toros, de donde se infiere que todos los tontos

deben ser vaqueros, y que la clase de vaqueros debiera ser la más

numerosa de la sociedad, porque los más son tontos como V. M. sabe.

V. M. debe saber mucho de domar toros, á no ser que haya dicho lo del

_toro_ por ser su satirilla en tercetos, y haber de consonar con _oro

y tesoro_, en cuyo caso no he dicho nada, y tiene él razón, á pesar de

que otras veces no se para en consonantes, y teniendo su _vendaba_ á

mano para estos casos apurados, no había de recurrir á la tauromaquia.

¿Y qué de cosas más sabe V. M.? ¿Apostamos algo á que sabe también

dónde tiene la mano derecha?

¿Conque ha leído V. M. á Juvenal, y á Persio, y á Boileau? ¿Y qué más

libros ha leído V. M.? ¿Como á qué edad empezaría mi señor don Clemente

Díaz á leer? ¡Vaya que es un Centón mi señor don Clemente Díaz! ¿Ha

leído V. M. también el Hablador que critica? Porque ya veo que es muy

capaz de leer hasta lo que no está escrito, y hasta de escribir lo que

no se haya de leer. Yo, amigo don Clemente Díaz, no leo tanto, á pesar

de que he leído el folleto de V. M., que, sin vanidad, ni hay muchos

que puedan decir otro tanto, ni habrá uno solo que me niegue que se

necesita para ello tener afición decidida á la lectura.

En lo que tiene razón es en decir que los poetas no han de buscar

con qué vivir, sino gloria, y yo estoy seguro de que él no busca más

gloria, como se echa de ver en aquello de regalarnos el folleto por dos

reales cada ejemplar, que atendido su mérito, es lo mismo que decir _de

balde_; así que la gloria debe de ser para V. M. una especie de maná,

si bien yo tengo para mí que no ha de echar muchas carnes con la que

le ha valido su folleto; imagino que le ha de costar algunos días el

digerirla, pues tengo entendido que es alimento fuerte para estómagos

flacos. Ni es justo que el poeta vea su comedia, ni que se le premie

por ella ¡Disparate! ¡Cómo se conoce que no ha hecho don Clemente Díaz

ninguna comedia! No porque no haya podido, sino por no emporcarse las

manos con las medallas de plata carcomidas que suele cobrar el poeta.

Supuesto que don Clemente cobra en laureles, ¿como cuánto laurel vendrá

á tener V. M. hacinado en su casa? Vamos serios, don Clemente Díaz,

hagamos una especulación; que como nos lo ponga á un precio moderado,

¿quién sabe si pudiéramos hacer negocio?

Hanme dicho malos amigos de su folleto que es gran lástima que no tenga

más gracia de la que tiene, porque á tenerla, todos nos hubiéramos

divertido, y V. M. el primero.

No haga caso de habladurías, que si se parara en lo que dicen era cosa

de no volver á escribir. Lo único que le aconsejo yo es que cuando

diga verdades las diga claras y no se ande con rodeos, _de la pieza

remendaba en prosa_, sino que la nombre; diga los verdaderos defectos

del Hablador, y si no los conoce acuda á nosotros el Bachiller y yo,

que somos uña y carne, y se los hemos de apuntar; algunos tiene que V.

M. se ha dejado en el tintero.

Esperamos, pues, señor don Clemente Díaz, que siga en otras sátiras y

folletos corriendo tras de la gloria, por si la puede alcanzar, aunque

ella va de prisa y le lleva bastante delantera: si bien el Hablador no

admite ni da contestaciones, yo, que soy su amigo, á quien no alcanza

el entredicho, le podré contestar; y si no le contestase más, lo cual

es muy posible, no por eso se desanime, sino escriba y versifique, y

no defraude malamente á la posteridad del fruto que podrá sacar de

sus vastos conocimientos: tenga entendido que ha nacido para escribir

folletos, y todo lo demás es errar la vocación y no cumplir con la

obligación que traen al mundo los hombres grandes de ilustrar á sus

semejantes, si es que V. M. tiene semejantes: yo por mi parte le

aseguro por la fe de caballero, que aplicándose ha de llegar á hacer

sátiras muy regulares, lo cual debe V. M. hacer tanto más cuanto que

puede vivir seguro de que encontrará siempre en mí un panegirista

celoso de su gloria, y de que no se menoscabe en nada la colosal

reputación que tiene adquirida en el mundo literario, como Clemente,

como Díaz, como poeta y como satírico, y más que perjudiquen á los

intereses del Bachiller sus claras luces y sus terribles impugnaciones.

_Andrés Niporesas._

NOTA. Sabedor el autor de esta carta de que se ha introducido la

moda de terminar las cuestiones literarias por medio de _duelos_ ó

_quebrantos_ de huesos, advierte al público que en su redacción no se

admiten palizas ni desafíos.

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 75 / 121 题