Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal á la
pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores
estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no
entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la
historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que
pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto
cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha
cerrado y cerrará las puertas del cielo á más de un cristiano.
Estas reflexiones hacía yo casualmente, no hace muchos días, cuando se
presentó en mi casa un extranjero de estos que en buena ó mala parte
han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada é hiperbólica,
de estos que ó creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos,
francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, ó que
son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer
caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto
como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por ésos caminos, y
preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de
algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de
los azares de un camino, comunes á todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquéllos que se conocen á primera
ni segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo
compararíamos de buena gana á esos juegos de manos sorprendentes é
inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una
grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su
poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas
extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas
nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al
abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más
quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no
las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su
torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen
muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no
tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan
fácilmente penetrar.
Un extranjero de estos fué el que se presentó en mi casa, provisto
de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos
intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos
concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal
cual especulación industrial ó mercantil eran los motivos que á nuestra
patria le conducían.
Acostumbrado á la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró
formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo
si no se encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital.
Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto
amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle á que se
volviese á su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro
fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fué
preciso explicarme más claro. «Mirad, le dije, Mr. Sans-délai, que así
se llamaba; vos venís decidido á pasar quince días, y á solventar en
ellos vuestros asuntos.--Ciertamente, me contestó. Quince días, y es
mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos
de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes,
y por la noche ya sé quien soy. En cuanto á mis reclamaciones, pasado
mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas
en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable
(pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se
juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto á mis especulaciones,
en qué pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado
mis proposiciones. Serán buenas ó malas, y admitidas ó desechadas
en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo
que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi
asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí,
y me vuelvo á mi casa; aún me sobran de los quince, cinco días». Al
llegar aquí Mr. Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me
andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró
sofocar mi inoportuna jovialidad, no fué bastante á impedir que se
asomase á mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus
planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado. «Permitidme,
Mr. Sans-délai, le dije entre socarrón y formal, permitidme que os
convide á comer para el día en que llevéis quince meses de estancia
en Madrid.--¿Cómo?--Dentro de quince meses estáis aquí todavía.--¿Os
burláis?--No por cierto.--¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto
que la idea es graciosa!--Sabed que no estáis en vuestro país activo y
trabajador.--¡Oh! los Españoles que han viajado por el extranjero han
adquirido la costumbre de hablar mal de su país por hacerse superiores
á sus compatriotas.--Os aseguro que en los quince días con que contáis
no habréis podido hablar siquiera á una sola de las personas cuya
cooperación necesitáis.--¡Hipérboles! Yo les comunicaré á todos mi
actividad.--Todos os comunicarán su inercia».
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto á dejarse
convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de
que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos á buscar un
genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en
amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen
señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que
necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo
definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos
días. Sonreime y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos. «Vuelva usted
mañana, nos respondió la criada, porque el señor no se ha levantado
todavía.--Vuelva usted mañana, nos dijo al siguiente día, porque el amo
acaba de salir.--Vuelva usted mañana, nos respondió el otro, porque
el amo está durmiendo la siesta.--Vuelva usted mañana, nos respondió
el lunes siguiente, porque hoy ha ido á los toros». ¿Qué día, á qué
hora se ve á un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana, nos
dijo, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en
limpio». Á los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una
noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no
servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije á mi amigo, desesperado ya
de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las
reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y
empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un
traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar
el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes.
Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor
urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar.
El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas
de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este
país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le
había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con
su tardanza á comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días
para plancharle una camisola; y el sombrerero, á quien le había enviado
su sombrero á variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y
sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían á una sola cita, ni avisaban
cuando faltaban, ni respondían á sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué
exactitud!
«¿Qué os parece de esta tierra, Mr. Sans-délai? le dije al llegar á
estas pruebas.--Me parece que son hombres singulares...--Pues así son
todos. No comerán por no llevar la comida á la boca».
Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras
para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
Á los cuatro días volvimos á saber el éxito de nuestra pretensión.
«Vuelva usted mañana, nos dijo el portero. El oficial de la mesa no
ha venido hoy».--Grande causa le habrá detenido, dije yo entre mí.
Fuímonos á dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad! al oficial
de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al
hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era al día siguiente, y nos dijo el portero: «Vuelva
usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia
hoy.--Grandes negocios habrán cargado sobre él», dije yo. Como soy el
diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el
agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al
brasero, y con una charada del _Correo_ entre manos que le debía costar
trabajo el acertar. «Es imposible verle hoy, le dije á mi compañero; su
señoría está en efecto ocupadísimo».
Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el
expediente había pasado á informe, por desgracia á la única persona
enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía
salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe,
y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros
no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del
informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin
duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia
de nuestra causa.
Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita
oficina de que el tal expediente no correspondía á aquel ramo; era
preciso rectificar ese pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y
mesa correspondientes, y hétenos caminando después de tres meses á la
cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y
sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fué el caso al llegar
aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó
al otro. «De aquí se remitió con fecha tantos, decían en uno.--Aquí no
ha llegado nada, decían en otro.--¡Voto va! dije yo á Mr. Sans-délai;
¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de
Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún
tejado de esta activa población?».
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta á los empeños! ¡vuelta á la prisa! ¡qué
delirio! «Es indispensable, dijo el oficial con voz campanuda, que esas
cosas vayan por sus trámites regulares». Es decir, que el toque estaba
como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente
tantos ó cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar á
la firma, ó al informe, ó á la aprobación, ó al despacho, ó debajo de
la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen
que decía: «Á pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente,
negado».--«¡Ah, ah! Mr. Sans-délai, exclamé riéndome á carcajadas:
éste es nuestro negocio. Pero Mr. Sans-délai se daba á todos los
oficinistas, que es como si dijéramos á todos los diablos. «¿Para
esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré
conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: _Vuelva
usted mañana_, y cuando este dichoso _mañana_ llega en fin, nos dicen
redondamente que no? ¿Y vengo á darles dinero? ¿y vengo á hacerles
favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para
oponerse á nuestras miras.--¿Intriga, Mr. Sans-délai? No hay hombre
capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera
intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más
fácil negar las cosas que enterarse de ellas».
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que
me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
«Ese hombre se va á perder, me decía un personaje muy grave y muy
patriótico.--Ésa no es una razón, le repuse: si él se arruina, nada
se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de
su osadía ó de su ignorancia.--¿Cómo ha de salir con su intención?--Y
suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse; ¿no puede
uno aquí morirse siquiera sin tener un empeño para el oficial de
la mesa?--Puede perjudicar á los que hasta ahora han hecho de otra
manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.--¿Á los que lo han
hecho de otra manera, es decir, peor?--Sí, pero lo han hecho.--Sería
lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque,
porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será
preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se
debiera mirar si no podrían perjudicar los antiguos al moderno.--Así
está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos
haciendo.--Por esa razón deberían darle á usted papilla todavía como
cuando nació.--En fin, señor Fígaro, es un extranjero.--¿Y por qué no
lo hacen los naturales del país?--Con esas socaliñas vienen á sacarnos
la sangre.--Señor mío, exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia:
está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen
la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos á todo lo
bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de
no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las
naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han
encontrado otro remedio que el de recurrir á los que sabían más que
ellas.
«Un extranjero, seguí, que corre á un país que le es desconocido,
para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital
nuevo, contribuye á la sociedad, á quien hace un inmenso beneficio
con su talento y su dinero. Si pierde, es un héroe; si gana es muy
justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas
que no podíamos acarrearnos solos. Este extranjero que se establece
en este país no viene á sacar de él el dinero, como usted supone;
necesariamente se establece y se arraiga en él, y á la vuelta de media
docena de años, ni es extranjero ya, ni puede serlo; sus más caros
intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma
cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido
una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez
de extraer el dinero, ha venido á dejar un capital suyo que traía,
invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento,
que vale por lo menos tanto como el dinero; ha dado de comer á los
pocos ó muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse;
ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población
con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos
los gobiernos sabios y prudentes han llamado á sí á los extranjeros; á
su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de
esplendor; á los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia
ha debido el llegar á ser una de las primeras naciones en muchísimo
menos tiempo que el que han tardado otras en llegar á ser las últimas;
á los extranjeros han debido los Estados-Unidos... pero veo por sus
gestos de usted, concluí interrumpiéndome oportunamente á mí mismo,
que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe
convencer. ¡Por cierto, si usted mandara podríamos fundar en usted
grandes esperanzas!».
Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai. «Me marcho,
señor Fígaro, me dijo: en este país no hay tiempo para hacer nada;
sólo me limitaré á ver lo que haya en la capital de más notable.--¡Ay!
mi amigo, le dije, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca
paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.--¿Es
posible?--¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días...».
Un gesto de Mr. Sans-délai me indicó que no le había gustado el
recuerdo.
«_Vuelva usted mañana_, nos decían en todas partes, porque hoy
no se ve.--Ponga usted un memorialito para que le den á usted un
permiso especial». Era cosa de ver la cara de mi amigo al oir lo del
memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el
empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir: _Soy extranjero._
¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase
mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días
tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente,
después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más
largo que otro, se restituyó mi recomendado á su patria maldiciendo de
esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al
extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre
todo, que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver
siempre mañana, y que á la vuelta de tanto mañana, enteramente futuro,
lo mejor ó más bien lo único que había podido hacer bueno había sido
marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya á esto que
estoy escribiendo), tendrá razón el buen Mr. Sans-délai en hablar mal
de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de
mañana con gusto á visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión
para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana ú otro
día no tienes, como sueles, pereza de volver á la librería, pereza de
sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que
tengo que darte todavía, te contaré cómo á mí mismo que todo esto veo
y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de
esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más
de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y
las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más
actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de
hacer una visita justa ó necesaria, á relaciones sociales que hubieran
podido valerme de mucho en el trascurso de mi vida; te confesaré que no
hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré
que me levanto á las once, y duermo siesta; que paso haciendo quinto
pie de la mesa de un café hablando ó roncando, como buen español, las
siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el
café me arrastro lentamente á mi tertulia diaria (porque de pereza no
tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en
un sitial, y bostezando sin cesar, las doce ó la una de la madrugada;
que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en
fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve
en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fué de pereza.
Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo,
como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo,
que llamé _Vuelva usted mañana_; que todas las noches y muchas tardes
he querido durante todo este tiempo escribir algo en él, y todas
las noches apagaba mi luz, diciéndome á mi mismo con la más pueril
credulidad en mis propias resoluciones: _¡Eh! ¡mañana le escribiré!_ Da
gracias á que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero
¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
EL MUNDO TODO ES MÁSCARAS
TODO EL AÑO ES CARNAVAL
(Artículo del Bachiller)
¿Qué gente hay allá arriba, que anda
tal estrépito? ¿Son locos?
_Moratín, Comed á nueva_
No hace muchas noches que me hallaba encerrado en mi cuarto, y
entregado á profundas meditaciones filosóficas, nacidas de la
dificultad de escribir diariamente para el público. ¿Cómo contentar
á los necios y á los discretos, á los cuerdos y á los locos, á los
ignorantes y los entendidos que han de leerme, y sobre todo á los
dichosos y á los desgraciados que con tan distintos ojos suelen ver una
misma cosa?
* * * * *
Animado con esta reflexión, cogí la pluma y ya iba á escribir nada
menos que un elogio de todo lo que veo á mi alrededor, el cual pensaba
rematar con cierto discurso encomiástico acerca de lo adelantado que
está el arte de la declamación en el país, para contentar á todo el que
se me pusiera por delante, que esto es lo que conviene en estos tiempos
tan valentones que corren; pero tropecé con el inconveniente de que los
hombres sensatos habían de sospechar que el dicho elogio era burla, y
esta reflexión era más pesada que la anterior.
Al llegar aquí arrojé la pluma, despechado y decidido á consultar
todavía con la almohada si en los términos de lo lícito me quedaba algo
que hablar, para lo cual determiné verme con un amigo, abogado _por
más señas_, lo que basta para que se infiera si debe de ser hombre
entendido, y que éste, registrando su _Novísima_ y sus _Partidas_, me
dijese para de aquí en adelante qué es lo que me está prohibido, pues
en verdad que es mi mayor deseo ir con la corriente de las cosas sin
andarme á buscar _cotujas en el golfo_, ni el mal fuera de mi casa,
cuando dentro de ella tengo el bien.
En esto estaba ya para dormirme, á lo cual había contribuido no poco el
esfuerzo que había hecho para componer mi elogio de modo que tuviera
trazas de cosa formal; pero Dios no lo quiso así, ó á lo que yo tengo
por más cierto, un amigo que me alborotó la casa, y que se introdujo en
mi cuarto dando voces en los términos siguientes, ú otros semejantes.
«_¡Vamos á las máscaras!_ bachiller, me gritó.--¿Á las máscaras?--No
hay remedio; tengo un coche á la puerta: ¡á las máscaras! Iremos
á algunas casas particulares y concluiremos la noche en uno de
los grandes bailes de suscripción.--Que te diviertas: yo me voy á
acostar.--¡Qué despropósito! No lo imagines: precisamente te traigo un
dominó negro y una careta.--¡Á Dios! Hasta mañana.--¿Adónde vas? Mira,
mi querido Munguía, tengo interés en que vengas conmigo; sin ti no voy,
y perderé la mejor ocasión del mundo...--¿De veras?--Te lo juro.--En
ese caso, vamos. ¡Paciencia! Te acompañaré». De mala gana entré dentro
de un amplio ropaje, bajé la escalera, y me dejé arrastrar al compás de
las exclamaciones de mi amigo, que no cesaba de gritarme: «¡Cómo nos
vamos á divertir! ¡Qué noche tan deliciosa hemos de pasar!».
Era el coche alquilón; á ratos parecía que andábamos tanto atrás
como adelante, á modo de quien pisa nieve, á ratos que estábamos
columpiándonos en un mismo sitio; llegó por fin á ser tan completa la
ilusión, que temeroso yo de alguna pesada burla de carnaval, parecida
al viaje de D. Quijote y Sancho en el Clavileño, abrí la ventanilla más
de una vez, deseoso de investigar si después de media hora de viaje
estaríamos todavía á la puerta de mi casa, ó si habríamos pasado ya la
línea, como en la aventura de la barca del Ebro.
Ello parecerá increíble, pero llegamos, quedándome yo sin embargo en
la duda de si habría andado el coche hacia la casa, ó la casa hacia el
coche; subimos la escalera, verdadera imagen de la primera confusión de
los elementos: un Edipo, sacando el reloj y viendo la hora que era; una
vestal, atándose una liga elástica, y dejando á su criado los chanclos
y el capote escocés para la salida; un Romano coetáneo de Catón dando
órdenes á su cochero para encontrar su landó dos horas después; un
Indio no conquistado todavía por Colón, con su papeleta impresa en la
mano y bajando de un birlocho; un Oscar acabando de fumar un cigarrillo
de papel para entrar en el baile; un Moro santiguándose asombrado al
ver el gentío; cien dominós, en fin, subiendo todos los escalones sin
que se sospechara que hubiese dentro quien los moviese, y tapándose
todos las caras, sin saber los más para qué, y muchos sin ser conocidos
de nadie.
Después de un modesto reconocimiento del billete y del sello y la
rúbrica y la contraseña, entramos en una salita que no tenía más
defecto que estar las paredes demasiado cerca unas de otras; pero ello
es más preciso tener máscaras que sala donde colocarlas. Algún ciego
alquilado para toda la noche, como la araña y la alfombra, y para
descansarle un _piano_, _tan piano_ que nadie lo consiguió oir jamás,
eran la música del baile, donde nadie bailó. Poníanse, sí, de vez en
cuando á modo de parejas la mitad de los concurrentes, y dábanse con la
mayor intención de ánimo sendos encontrones á derecha é izquierda, y
aquello era el bailar, si se nos permite esta expresión.
Mi amigo no encontró lo que buscaba, y según yo llegué á presumir,
consistió en que no buscaba nada, que es precisamente lo mismo que á
otros muchos les acontece. Algunas madres, sí, buscaban á sus hijas,
y algunos maridos á sus mujeres; pero ni una sola hija buscaba á su
madre, ni una sola mujer á su marido. «Acaso, decían, se habrán quedado
dormidas entre la confusión en alguna otra pieza...--Es posible, decía
yo para mí, pero no es probable».
Una máscara vino disparada hacia mí. «¿Eres tú? me preguntó
misteriosamente.--Yo soy, le respondí seguro de no mentir.--Conocí el
dominó; pero esta noche es imposible: Paquita está ahí, mas el marido
se ha empeñado en venir; no sabemos por dónde diantres ha encontrado
billetes.--¡Lástima grande!--¡Mira tú qué ocasión! Te hemos visto,
y no atreviéndose á hablarte ella misma, me envía para decirte que
mañana sin falta os veréis en la _Sartén_... Dominó encarnado y lazos
blancos.--Bien.--¿Estás?--No faltaré».
«¿Y tu mujer, hombre?» le decía á un ente rarísimo que se había
vestido todo de cuernecitos de abundancia, un dominó negro que
llevaba otro igual del brazo. «Durmiendo estará ahora; por más que
he hecho no he podido decidirla á que venga; no hay otra más enemiga
de diversiones.--Así descansas tú en su virtud: ¿piensas estar aquí
toda la noche?--No, hasta las cuatro.--Haces bien». En esto se había
alejado el de los cuernecillos, y entreoí estas palabras: «Nada ha
sospechado.--¿Cómo era posible? si salí una hora después que él...--¿Á
las cuatro ha dicho?--Sí.--Tenemos tiempo. ¿Estás segura de la
criada?--No hay cuidado alguno, porque...». Una oleada cortó el hilo de
mi curiosidad; las demás palabras del diálogo se confundieron con las
repetidas voces de _¿Me conoces? Te conozco_, etc., etc.
¿Pues no parecía estrella mía haber traído esta noche un dominó igual
al de todos los amantes, más feliz por cierto que Quevedo, que se
parecía de noche á cuantos esperaban para pegarlos? «¡Chis! ¡Chis! Por
fin te encontré, me dijo otra máscara esbelta asiéndome del brazo, y
con su voz tierna y agitada por la esperanza satisfecha. ¿Hace mucho
que me buscabas?--No, por cierto, porque no esperaba encontrarte.--¡Ay!
¡Cuánto me has hecho pasar desde antes de anoche! No he visto hombre
más torpe; yo tuve que componerlo todo; y la fortuna fué haber
convenido antes en no darnos nuestros nombres, ni aun por escrito. Si
no...--¿Pues qué hubo?--¿Qué había de haber? El que venía conmigo era
Carlos mismo.--¿Qué dices?--Al ver que me alargabas el papel, tuve que
hacerme la desentendida y dejarlo caer, pero él le vió y le cogió. ¡Qué
angustias!--¿Y cómo saliste del paso?--Al momento me ocurrió una idea.
¿Qué papel es ése? le dije. Vamos á verle; será de algún enamorado: se
lo arrebato, veo que empieza _querida Anita_; cuando no vi mi nombre,
respiré; empecé á echarlo á broma. ¿Quién será el desesperado? le decía
riéndome á carcajada.--Veamos; y él mismo leyó el billete, donde me
decías que esta noche nos veríamos aquí, si podía venir sola. Si vieras
cómo se reía.--¡Cierto que fué gracioso!--Sí, pero, por Dios, _don
Juan, de éstas, pocas_». Acompañé largo rato á mi amante desconocida,
siguiendo la broma lo mejor que pude... el lector comprenderá
fácilmente que bendije las máscaras, y sobre todo el talismán de mi
impagable dominó.
Salimos por fin de aquella casa, y no pude menos de soltar la carcajada
al oir á un máscara que á mi lado bajaba: «¡Pésia á mí! le decía á
otro; no ha venido; toda la noche he seguido á otra creyendo que era
ella, hasta que se ha quitado la careta. ¡La vieja más fea de Madrid!
No ha venido; en mi vida pasé rato más amargo. ¿Quién sabe si el papel
de la otra noche lo habrá echado todo á perder? Si don Carlos lo
cogió...--Hombre, no tengas cuidado.--¡Paciencia! Mañana será otro día.
Yo con ese temor me he guardado muy bien de traer el dominó cuyas señas
le daba en la carta.--Hiciste muy bien.--Perfectísimamente, repetí yo
para mí, y salimos riendo de los azares de la vida.
Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aquí y allí
por la escalera. La noche no dejó de tener tampoco algún contratiempo
para mí. Yo me había llevado la querida de otro; en justa compensación
otro se había llevado mi capa, que debía parecerse á la suya, como
se parecía mi dominó al del desventurado querido. «Ya estás vengado,
exclamé, oh burlado mancebo». Felizmente yo al entregarla en la puerta
había tenido la previsión de despedirme de ella tiernamente para toda
mi vida. ¡Oh previsión oportuna! Ciertamente que no nos volveremos á
encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero; había salido ya de la
casa, había andado largo trecho, y aún volvía la cabeza de rato en rato
hacia sus altas paredes, como Héctor al dejar á su Andrómaca, diciendo
para mí: «Allí quedó, allí la dejé, allí la vi por la última vez».
Otras casas recorrimos, en todas el mismo cuadro: en ninguna nos admiró
encontrar intrigas amorosas, madres burladas, chasqueados esposos ó
solícitos amantes; no soy de aquéllos que echan de menos la acción en
una buena cantatriz, ó alaban la voz de un mal comediante, y por tanto
no voy á buscar virtudes á las máscaras. Pero nunca llegué á comprender
el afán que por asistir al baile había manifestado tantos días seguidos
don Cleto, que hizo toda la noche de una silla cama y del estruendo
arrullo: no entiendo todavía á don Jorge cuando dice que estuvo en la
función, habiéndolo visto desde que entró hasta que salió en derredor
de una mesa en un verdadero _ecarté_. Toda diferencia estaba en él con
respecto á las demás noches en ganar ó perder, vestido de moharracho.
Ni me sé explicar de una manera satisfactoria la razón en que se fundan
para creer ellos mismos que se divierten un enjambre de máscaras que vi
buscando siempre, y no encontrando jamás, sin hallar á quien embromar
ni quien los embrome, que no bailan, que no hablan, que vagan errantes
de sala en sala, como si de todas los echaran, imitando el vuelo de la
mosca, que parece no tener nunca objeto determinado. ¿Es por ventura
un apetito desordenado de hallarse donde se hallan todos, hijo de la
pueril vanidad del hombre? ¿Es por aturdirse á sí mismos y creerse
felices por espacio de una noche entera? ¿Es por dar á entender que
también tienen un interés y una intriga? Algo nos inclinamos á creer lo
último cuando observamos que los más de éstos os dicen, si los habéis
conocido: «¡Chitón! ¡Por Dios! No digáis nada á nadie». Seguidlos,
y os convenceréis que no tienen motivos ni para descubrirse ni para
taparse. Andan, sudan, gastan, salen quebrantados del baile... nunca
empero se les olvida salir los últimos, y decir al despedirse: «¿Mañana
es el baile en Solís?--Pues hasta mañana.--¿Pasado mañana es en San
Bernardino? ¡Diez onzas diera por un billete!».
Ya que sin respeto á mis lectores me he metido en estas reflexiones
filosóficas, no dejaría pasar en silencio antes de concluirlas la
más principal que me ocurría. ¿Qué mejor careta ha menester don
Braulio que su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa
todos los días, y reza sus devociones; á merced de esta máscara que
tiene constantemente adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo
murmura, cómo roba... ¡Qué empeño de no parecer Julianita lo que es!
¿Para eso sólo se pone un rostro de cartón sobre el suyo? ¿Teme que
sus facciones delaten su alma? Viva tranquila; tampoco ha menester
careta. ¿Veis su cara angelical? ¡Qué suavidad! ¡Qué atractivo! ¡Cuán
fácil trato debe de tener! No puede abrigar vicio alguno.--Miradla por
dentro, observadores de superficies: no hay día que no engañe á un
nuevo pretendiente; veleidosa, infiel, perjura, desvanecida, envidiosa,
áspera con los suyos, insufrible y altanera con su esposo: ésa es la
hermosura perfecta, cuya cara os engaña más que su careta. ¿Veis aquel
hombre tan amable y tan cortés, tan comedido con las damas en sociedad?
¡Qué deferencia! ¡Qué previsión! ¡Cuán sumiso debe ser! No le escojas
sólo por eso para esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero
de la que entrega su corazón. Su cara es también más pérfida que su
careta; por ésta no estás expuesta á equivocarte, porque nada juzgas
por ella; ¡¡pero la otra!!... imperfecta discípula de Lavater, crees
que debe ser tu clave, y sólo puede ser un pérfido guía, que te entrega
á tu enemigo.
Bien presumirá el lector que al hacer estas metafísicas indagaciones
algún pesar muy grande debía afligirme; pues nunca está el hombre más
filósofo que en sus malos ratos: el que no tiene fortuna se encasqueta
su filosofía como un falto de pelo su _bisoñé_: la filosofía es
efectivamente para el desdichado lo que la peluca para el calvo, de
ambas maneras se les figura á entrambos que ocultan á los ojos de los
demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza
madrastra.
Así era: un pesar me afligía. Habíamos entrado ya en uno de los
principales bailes de esta corte; el continuo traspirar, el estar
en pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar habían
debilitado mis fuerzas en tales términos que el hambre era á la sazón
mi maestro de filosofía. Así de mi amigo, y de común acuerdo nos
decidimos á cenar lo más espléndidamente posible. ¡Funesto error!
Así se refugiaban máscaras á aquel estrecho local, y se apiñaban y
empujaban unas á otras como si fuera de la puerta las esperase el
más inminente peligro. Iban y venían los mozos aprovechando claros y
describiendo sinuosidades, como el arroyo que va buscando para correr
entre las breñas las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya;
apenas había un plato de que disponer; pedimos sin embargo de lo que
había, y nos trajeron varios restos de manjares que alguno que había
cenado antes que nosotros había tenido la previsión de dejar sobrantes.
_Hicimos semblante_ de comer, según decían nuestros antepasados, y como
dicen ahora nuestros vecinos, y pagamos como si hubiéramos comido. Ésta
ha sido la primera vez en mi vida, salí diciendo, que me ha costado
dinero un rato de hambre.
Entrámonos de nuevo en el salón de baile, y cansado ya de observar y de
oir sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el número de
hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambición
se limitó á conquistar con los codos y los pies un rincón donde
ceder algunos minutos á la fatiga. Allí me recosté, púseme la careta
para poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpiándose
mi imaginación entre mil ideas opuestas, hijas de la confusión de
sensaciones encontradas de un baile de máscaras, me dormí, mas no tan
tranquilamente como lo hubiera yo deseado.
Los fisiólogos saben mejor que nadie, según dicen, que el sueño y
el ayuno, prolongado sobre todo, predisponen la imaginación débil y
acalorada del hombre á las visiones nocturnas y aéreas que vienen á
tomar en nuestra irritable fantasía formas corpóreas cuando están
nuestros párpados aletargados por Morfeo. Más de cuatro que han pasado
en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no
existe, han debido al sueño y al ayuno sus estupendas apariciones.
Esto es precisamente lo que á mí me aconteció, porque al fin, según
expresión de Terencio, _homo sum et nihil humani á me alienum puto_. No
bien había cedido al cansancio, cuando imaginé hallarme en una profunda
oscuridad; reinaba el silencio en torno mío; poco á poco una luz
fosfórica fué abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una
redoma mágica se me fué acercando misteriosamente por sí sola, como un
luminoso meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada,
un torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió á
quedar en la oscuridad. Entonces sentí una mano fría como el mármol que
se encontró con la mía; un sudor yerto me cubrió; sentí el crujir de
la ropa de una fantasma bulliciosa que ligeramente se movía á mi lado,
y una voz, semejante á un leve soplo me dijo con acentos que no tienen
entre los hombres signos representativos: _Abre los ojos, bachiller;
si te inspiro confianza sígueme_; el aliento me faltó, flaquearon
mis rodillas; pero la fantasma despidió de sí un pequeño resplandor,
semejante al que produce un fumador en una escalera tenebrosa aspirando
el humo de su cigarro, y á su escasa luz reconocí brevemente á Asmodeo,
héroe del _Diablo Cojuelo_. «Te conozco, me dijo; no temas: vienes á
observar el carnaval en un baile de máscaras. ¡Necio! ven conmigo;
doquiera hallarás máscaras, doquiera carnaval, sin esperar al segundo
mes del año».
Arrebatóme entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún
dragón alado, ó vara mágica, ó cualquier otro bagaje de esta especie.
Ello fué que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos
en la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el
aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fué obra de un
instante. Entonces vi al través de los tejados como pudiera al través
del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.
«Mira, me dijo mi extraño _cicerone_. ¿Qué ves en esa casa?--Un joven
de sesenta años disponiéndose á asistir á una _suaré_; pantorrillas
postizas, porque va de calzón; un frac diplomático; todas las maneras
afectadas de un seductor de veinte años; una persuasión sobre todo
indestructible de que su figura hace conquistas todavía...
«¿Y allí?--Una mujer de cincuenta años.--Obsérvala; se tiñe los blancos
cabellos.--¿Qué es aquello?--Una caja de dientes; á la izquierda
una pastilla de olor; á la derecha un _polizón_.--¡Cómo se ciñe el
corsé! va á exhalar el último aliento.--Repara su gesticulación
de coqueta.--¡Ente execrable! ¡Horrible desnudez!--Más de una ha
deslumbrado tus ojos en algún sarao que debieras haber visto en ese
estado para ahorrarte algunas locuras.
«¿Quién es aquél más allá?--Un hombre que pasa entre vosotros los
hombres por sensato; todos le consultan: es un célebre abogado; la
librería que tiene al lado es el disfraz con que os engaña. Acaba de
asegurar á un litigante con sus libros en la mano que su pleito es
imperdible; el litigante ha salido; mira cómo cierra los libros en
cuanto salió, como tú arrojarás la careta en llegando á tu casa. ¿Ves
su sonrisa maligna? Parece decir: venid aquí, necios; dadme vuestro
oro; yo os daré papeles, yo os haré frases. Mañana seré juez; seré el
intérprete de Temis. ¿No te parece ver al loco de Cervantes que se
creía Neptuno?
«Observa más abajo: un moribundo; ¿oyes cómo se arrepiente de sus
pecados? Si vuelve á la vida, tornará á las andadas. Á su cabecera
tiene á un hombre bien vestido; un bastón en la mano, una receta en la
otra: _Ó la tomas, ó te pego. Aquí tienes la salud_, parece decirle:
_yo sano los males, yo los conozco_; observa con qué seriedad lo dice;
parece que cree él mismo; parece perdonarle la vida que se le escapa
ya al infeliz. No hay cuidado, sale diciendo; ya sube en su bombé;
¿oyes el chasquido del látigo?--Sí.--Pues oye también el último ay
del moribundo, que va á la eternidad, mientras que el doctor corre á
embromar á otro con su disfraz de sabio.
«Ven á ese otro barrio.--¿Qué es eso? Un duelo. ¿Ves esas caras tan
compungidas?--Sí.--Míralas con este anteojo.--¡Cielos! La alegría
rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le podrá impedir salir
al exterior.
«Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna
constancia y fidelidad.
* * * * *
«¿Quién es aquél?--Un militar; observa cómo se paga de aquel oro
que adorna su casaca. ¡Qué de trapitos de colores se cuelga de los
ojales! ¡Qué vano se presenta! _Yo sé ganar batallas_, parece que va
diciendo.--¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.--¡Insensato! Ésa no la
ganó él, sino que la perdió el enemigo.--Pero...--No es lo mismo.--¿Y
la otra de ***?--La casualidad.--Se está vistiendo de grande uniforme,
es decir, disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E., él y los que
así le ven creen que ya no es un hombre como todos.
* * * * *
«Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo
amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te
ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando
toda la vida? ¿Á qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal á la
calle, y verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar, antes
de volverte á llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una
casa donde dicen especialmente que no las hay este año. Quiero
desencantarte». Al decir esto pasábamos por el teatro. «Mira allí,
me dijo, á un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Está muy
persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de Nerón, y
de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se lo cree
también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido á aquellos señores.
Repara, y ríete á tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos pintados,
aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y
habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquél que sale ahora? Aquél dice
que es el grande sacerdote de los Griegos, y aquel otro Edipo; ¿los
conoces tú?--Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.--Pues
míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Jocasta,
y el pueblo tebano entero se van á cenar sin más acompañamiento, y
dejándose á su patria entre bastidores, algún carnero verde, ó si
quieres un excelente _beefsteak_ hecho en casa de Genyeis. ¿Quieres oir
á Semíramis?--¿Estás loco, Asmodeo? ¿Á Semíramis?--Sí; mírala; es una
excelente conocedora de la música de Rossini. ¿Oiste qué bien cantó
aquel adagio? Pues es la viuda de Nino; ya espira; á imitación del
cisne, canta y muere».
Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras: sentí un golpe
ligero en una de mis mejillas. ¡Asmodeo! grité. Profunda oscuridad;
silencio de nuevo en torno mío. ¡Asmodeo! quise gritar de nuevo;
despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno
viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me
rodean en breve espacio; un Chino, un marinero, un abate, un Indio, un
Ruso, un Griego, un Romano, un Escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha
sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas
las épocas y de todas las zonas de la tierra á la voz del Omnipotente
en el valle de Josafat?... Poco á poco vuelvo en mí, y asustando á un
Turco y una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de
un hombre que no ha cenado, é imitando las expresiones de Asmodeo, que
aún suenan en mis oídos: «_El mundo todo es máscaras: todo el año es
carnaval._»