Mi querido bachiller: todas tus cartas he recibido, y no he contestado
á ninguna, merced á esta pereza del país que nos tiene á todos poco
menos que dormidos; pero como quiera que me preguntes varias cosas que
te puede ser de alguna satisfacción saber, iréte contestando parte
por parte, ó como pueda, que ya sabes que en punto á coordinar mis
ideas no soy fuerte, y en punto á expresarlas, soy flojo. En cambio
de las buenas prendas lógicas y oratorias que me faltan, encontrarás
en mí una buena fe á prueba del siglo XIX, más que mediana inocencia,
sana intención, y lo que vale más que todo, un respeto, que te ha de
asombrar, á todas las cosas, y un miedo, que habrás de conocer por muy
saludable, á todas las personas.
Pongo párrafo aparte para elogiarte mi desconfianza, porque lo
merece: ésta es tal, que desde pequeñito dieron en llamarme por apodo
_Niporesas_; apodo que pasó á ser apellido, así como hay apellidos que
pasan á ser apodos. Todo el mal de mi desconfianza está en vivir yo más
de lo pasado que en lo presente: es el caso que he sido tonto, lo cual
no es poca fortuna, porque hay otros que lo son todavía, y muchísimos
que lo serán hasta que se mueran; he sido tonto, es decir, que me han
engañado muchas veces: de aquí procede que en el día estoy reducido
á no creer más que en Dios, porque en cuanto á creer en los hombres
me voy con muchísimo tiento. Dejemos esto aquí, porque la materia es
resbaladiza, y no quisiera que dieran tormento á lo que escribo.
Mucho me agrada cuanto me dices acerca de las Batuecas; son
efectivamente muchas las ventajas que llevan á otros países, como dices
muy bien en tus números, no sé cuántos, que esto es material: al fin es
mi país, y tengo en eso fundada mi vanidad, aunque no hay un motivo.
Convengo sobre todo contigo (núm. 6.º) en que á los batuecos no les
falta más que hablar, que es precisamente lo mismo que suele decir un
amigo mío de cierto sujeto que tú conoces, que es tonto y feo, y además
pícaro, y un si es no es tartamudo.
Me parece con todo eso que este país promete; no ha mucho tiempo que
hubiera creído, si yo hubiera sido capaz de creer, como llevo dicho,
que á la vuelta de un par de siglos ya no habría batuecos sobre la
superficie de la tierra: en este supuesto pudieras haber arrojado por
la ventana tu recado de escribir, porque hubiera llegado el caso de que
tus desmedidas alabanzas hubieran venido á ser inoportunas; pero como
acaso las volvamos presto á merecer, porque eso está en la posibilidad
de las vicisitudes humanas, y todo se puede esperar de nuestro buen
natural, te aconsejo que no borres todavía las Batuecas de tu mapa.
Te doy la enhorabuena porque ya te han abierto las universidades;
quiero decir que dejarás de ser autor para volver á tus estudios.
Al fin te va en ello lo que va de ser tonto á no serlo, y lo que va
de bachiller á licenciado ó doctor, porque supongo que te graduarás
inmediatamente, cesando de escribir folleticos que no valen lo que
pesan, que te pueden pesar más de lo que te valen[19].
Me preguntas del estado de mi familia: voy á informarte como pueda de
la suerte de cada uno.
Antoñito está de enhorabuena: le concedieron la gracia de capitán
con sueldo y todo, por los méritos de su padre, que hace ya lo menos
cuatro años que está sirviendo á S.M. con cuarenta mil reales: con
estos méritos le han hecho esta gracia al niño. Me alegraría que le
vieras tan mono como está con sus dos charreteritas y su espadita, que
parece un juguete. ¿Qué quieres? ¡En esa edad! ¡Ocho años! Nos llena
la casa de pajaritas de papel; dice que son los enemigos, les corta
la cabeza, y es una risa todo el día con él. Ya puede un criado no
servirle pronto; le da un palo, lo cual nos hace mucha gracia á todos,
y nunca se le olvida decirle que tiene qué sé yo cuántos miles reales
de sueldo. Su madre se le come á besos. Es de advertir que el señor
capitán está ya en medianos, y muy adelantado en la gramática, de donde
inferimos todos que ha de ser un gran militar.
También está Miguel de enhorabuena, porque le han hecho nada menos
que teniente: verdad es que llevaba cuarenta y dos años de servicio,
con haberse hallado en todos los encuentros de importancia que ha
habido en ese tiempo, haber estado dos veces prisionero, y tener diez
y siete heridas, y un ojo de menos. ¿Pero qué es eso comparado con
una tenencia? Ello es que le han premiado ya, y está que brinca de
gozo. Él pretende pasar al regimiento donde es capitán Antoñito, todo
por el placer de estar juntos. ¡Como son parientes! Y como le quiere
tanto, suele decir que aunque teniente, de buena gana le enseñaría á
ser capitán. No se puede negar que tiene Miguel un alma excelente.
Como el otro es un chico, no hay duda en que podría aprovechar algunas
leccioncillas de su tío.
Á Juanito le hicieron joven de lenguas: con este motivo ha tomado
maestro de francés, y aun dice que le tomará de inglés, porque eso sí,
aunque ya esté colocado, es muy racional y no se desdeña de aprender:
dice que no parece bien en un joven de lenguas no saber ninguna, en lo
cual tiene alguna razón, y manifiesta ser muy despejado. Su fortuna le
ha valido, porque se susurra que pretendían la plaza seis muchachos de
mucho provecho, pero como dicen, no tenían hambre. Amigo, que se la
busquen de otra manera, que no todos han de ser jóvenes de lenguas.
Frasco, á quien conoces, ha tenido más desgracia. Solicitó una plaza
de vista de no sé dónde: entregó el memorial tal como á las cuatro
y cuarto, porque supo que á las cuatro estaban agonizando al que la
tenía, y aunque en rigor todavía no había muerto, debía de morir de
allí á poco. Pero le dijeron que llegaba tarde, porque ya estaba dada.
_¡Qué prontitud de demonios!_ En vano alegó sus grandes conocimientos
en la materia y la exactitud que tiene acreditada. La plaza de vista se
la dieron á un buen señor, ciego por más señas, ó poco menos: dicen que
se habían compadecido de él porque se veía arruinado de resultas de
una trabacuenta. ¡Cierto que ha sido una caridad! ¡Pobrecillo!
Jorge volvió, como que le cogió la amnistía de medio á medio; pero está
rabiando: quería que le hubiesen devuelto el destino que tenía hace
diez años, es decir, cuando chiquito... Mira tú quien se acuerda ya
ahora de... Es el caso que lo tiene otro.
Julianita hizo una muy buena boda; casó con un joven muy despejado
y rico. Por supuesto que tuvo habilidad para ocultarle que había
tenido un hijo de aquel otro querido que la obsequió cuatro años
(hijo que tiene ocultamente en un colegio). El tal joven tiene una
índole excelente, y se hace querer de toda la familia; está loco con
su boda. Días pasados decía que se atrevía á poner las manos en la
lumbre por la virtud de su mujer; mira tú si es atrevido. Á propósito,
añadía que en su vida se hubiera casado con una viuda, porque él había
buscado siempre una mujer nueva para enseñarla á sentir, y se daba la
enhorabuena de haberlo conseguido.
Me preguntas si he pretendido yo también alguna cosa; voy á
responderte. Yo no pretendo ningún empleo, porque sé que no me lo han
de dar, aunque batueco. Ya me lo han ofrecido muchos, pero nunca ha
cuajado. Ello sí, dicen que soy muy despejado, que cuente con ello,
que espere un poco... Ahora no es el momento oportuno, ni antes lo ha
sido nunca; unas veces he llegado demasiado tarde, y otras demasiado
temprano. Mira tú si soy torpe; no parece sino que estudio con el mismo
Barrabás. Sin embargo, tengo muchos protectores, y como soy útil para
algunas cosas, y me lo aseguran tantas veces, podrá ser que llegue el
caso de creer algún día que me han de dar algo. Más te diré. Á veces
cuando oigo á alguno me lo llego á creer, como que me tengo de salvar,
ayudándome Dios, que es sobre todo, y la penitencia y buena vida que
tengo pensado hacer. Ya ves que en esta parte casi infrinjo el sistema
de mi desconfianza.
Por lo demás no pretendo; pero no dejo de conocer que no hay cosa
como tener oficina y sueldo, que corre siempre ni más ni menos que un
río. Se pone uno malo, ó no se pone; no va á la oficina, y corre la
paga; lee uno allí de balde y al brasero la Gaceta y el Correo, y un
cigarrillo tras otro se llega la hora de salir poco después de entrar.
Si hay en casa un chico de ocho años se le hace meter la cabeza, aunque
no quiera ni sepa todavía la doctrina cristiana, y hételo meritorio.
¿No sirve uno para el caso, ó tiene un enemigo y le quitan de en medio?
Siempre queda un sueldecillo decente, sino por lo que trabaja ahora,
por lo que ha dejado de trabajar antes. Aunque estas razones, capaces
de mover un carro, no me tuviesen harto aficionado de los destinos,
sólo el ser del país me haría gustar de esas gangas tan naturalmente
como gusta el pez de vivir en el agua. Eso de estudiar para otras
carreras, ni está en nuestra naturaleza, ni lo consiente nuestro buen
entendimiento, que no ha menester de semejantes ayudas para saber de
todo.
Otras ventajillas de los empleos se pudieran citar; hay unos por
ejemplo, en que se manejan intereses y hay sobrantes... Da uno cuentas,
ó no las da, ó las da á su modo. No que á mi esto me parezca mal;
no, señor. Á quien Dios se la dió, san Pedro se la bendiga. Algunos
te dicen á eso que no tiene gracia que á cada mano por donde pasan
aquellos ríos se le pegue siempre algo. Á eso pregunto yo si es posible
que llegue el caso de que no se le pegue nunca á nadie. Ello es que hay
cosas de suyo pegajosas, y si te arrimas mucho á un pellejo de miel,
por fuerza te has de untar, sin que esto sea en ninguna manera culpa
tuya, sino de la miel que de suyo unta.
Otros empleillos hay como el que tenía un amigo de mi padre: contaba
este tal veinte mil reales de sueldo, y cuarenta mil más que calculaba
él de manos puercas; pero también recaía en un señor excelente que lo
sabía emplear. El año que menos, podía decir por Navidades que había
venido á dar al cabo de los doce meses sobre unos quinientos reales
en varias partidas de á medio duro y tal, á doncellas desacomodadas y
otras pobres gentes por ese estilo, porque eso sí, era muy caritativo,
y daba limosnas... ¡Ui! De esta manera, ¿qué importa que haya algo
de manos puercas? Se da á Dios lo que se quita á los hombres, si es
que es quitar aprovecharse de aquellos gajecillos inocentes que se
vienen ellos solos rodados. Si saliera uno á saltearlo á un camino
á los pasajeros, vaya; pero cuando se trata de cogerlo en la misma
oficina, con toda la comodidad del mundo, y sin el menor percance...
Supongo, v. gr., que tienes un negociado, y que del negociado sale un
negocio; que sirves á un amigo por el gusto de servirle no más; esto me
parece muy puesto en razón; cualquiera haría otro tanto. Este amigo,
que debe su fortuna á un triste informe tuyo, es muy regular, si es
agradecido, que te deslice en la mano la finecilla de unas oncejas...
No, sino ándate en escrúpulos, y no las tomes; otro las tomará, y lo
peor de todo, se picará el amigo, y con razón. Luego si él es el dueño
de su dinero, ¿por qué ha de mirar nadie con malos ojos que se lo dé
á quien le viniere á las mientes, ó lo tire por la ventana? Sobre que
el agradecimiento es una gran virtud, y que es una grandísima grosería
desairar á un hombre de bien, que... Vamos... bueno estaría el mundo si
desapareciesen de él las virtudes, si no hubiera empleados serviciales,
ni corazones agradecidos.
Lo mismo digo acerca de que te va á pedir un favor una señora, acaso
bien parecida, ó con alguna hija que lo es. ¿Cómo te niegas á oir á
una señora que va con su hija? Era preciso tener entrañas de tigre.
Yo te aseguro que éste sería para mí uno de los puntos en que nunca se
quedaría rezagada mi galantería. ¡Jesús! ¡Una señora!
Agrega á esto que para ser oficinista con saber darse tono, con hacer
esperar á los hombres y á las feas en la sala de audiencia, diciendo el
portero que el señor oficial está sumamente ocupado, con no conocer á
nadie al entrar y al salir, con ahuecar la voz, estirarse el corbatín y
perder el expediente, ya está más que aprendido el oficio. No es decir
esto que no los haya por otro estilo; pero ya tendría yo la curiosidad
de ver algunos.
Luego hay hombres que no sirven para otra cosa entre nosotros, y son
los más. «¿Qué ha de ser usted sino empleado? me decía días pasados
un ultra-batueco. ¿Querrá usted que en estas Batuecas, unas gentes
acostumbradas á su oficina, y sus once, y su Gaceta, y su cigarro,
vayan á enfrascarse en la cabeza media docena de ciencias y artes
útiles, como las llaman, para vivir de otra manera que han vivido
hasta ahora, sin el descanso de la mesada, ni los gajes de manos
puercas? Bien sabe Dios que eso es tontería, porque yo y los que á mí
se me parecen, que no son pocos, tenemos las cabezas mejores que para
ciencias y artes para moldes de pelucas, y lo digo con vanidad. Á buen
seguro que mi padre y aun mi abuelo nunca supieron lo que era un libro;
era todo lo más si sabían firmar, y el uno murió de ochenta y cinco
años, y el otro de noventa; ni conocieron nunca lo que era dolerles una
uña; y no le parezca á usted que eran unos pelagatos, porque fueron
empleados toda su vida, tanto que se puede decir que les salieron los
dientes en la oficina, y cuando murieron, el uno tenía una venera y el
otro tenía dos».
Y tenía razón el batueco. Ya ves tú, pues, que si no pretendo no es
porque desconozca yo lo que lleva consigo un empleo. Yo no le encuentro
á esta carrera más inconveniente que uno, y es que hay pocos empleos;
sino ya tendría yo el mío; ésta es nuestra desgracia, porque como
las revoluciones conforme han dado en hacerlas en el día no son sino
cuestiones de nombre, todo el toque está en estos altos y bajos, en
saber cuáles de unos ó de otros han de ser dueños del cotarro. Ello
no hay sino diez empleos (que es el mal que nos aflige) y veinte
pretendientes. Yo considero que todo estaba arreglado con que hubiera
veinte empleos y diez pretendientes; ni yo sé cómo no han dado en esto,
siendo una verdad que salta á los ojos.
Asómbrate sin embargo: como hay hombres para todo, un batueco de
estos que á ratos no lo parecen, me decía ayer hablando de esto: «Los
batuecos que quieren bien á su patria han de empezar por apartar el
pensamiento de los empleos, y quemar todos los memoriales hechos y por
hacer; si el gobierno necesita hombres, hombres buscará, pues ya sabe
dónde están, y bien conocidos son; al que no le busquen que no se haga
buscar él, sino que hinque el codo y se aplique. Si hay un país en que
pueda un hombre hacerse un bienestar por cualquier ramo de artes ó
ciencias es éste, donde hay de ellas tanta escasez. Pero si esperan á
llamar buen gobierno á aquel que á cada vecino le dé veinte y cuatro
mil reales de renta por su manifiesta adhesión, nunca le habrá para
las Batuecas, porque el que más y el que menos somos adictos y muy
adictos á tomar la paga el último día del mes y aunque sea el primero
del siguiente. Agregue usted á esto que el seguir en el carril de
hasta ahora es desnudar á un santo para vestir á otro, y santo por
santo, voto á bríos que bien se está quien se está vestido. Sí, señor
don Andrés; aquí no tendremos un principio de esperanza, sino cuando
conozcan todos la necesidad de no sacar más sangre de este cuerpo
ya desangrado; cuando tengan mis compatriotas ideas moderadas, un
plan uniforme, una marcha prudente, menos egoísmo, menos miedo, menos
partidos y colores, menos pereza y holgazanería; cuando el cielo nos
envíe luz para ver, y aplicación para trabajar; cuando tengamos, en
fin, el verdadero deseo de ser felices, que mucho lleva adelantado para
serlo quien de veras lo desea, porque el cielo es tan bueno que querrá
probablemente todo lo que nosotros de veras queramos».
Mira tú, mi Bachiller, por dónde se apeó el batueco. ¡Vaya que hay
hombres locos! ¡Luz para ver! Mejor nos estamos á oscuras; de esta
manera Dios sabe lo que uno puede topar á tientas; vez hay que se anda
uno á buscar tal cosa, y se encuentra debajo de la mano tal otra que
no había visto. Lo más que puede suceder es que hagamos, jugando á
buscar el bien, lo que hace el que juega á dar con la piñata, que suele
dejársela á las espaldas, y atinar con un palo á los concurrentes, que
esto ya se ha visto.
Yo, como sé que todas esas quimeras que á uno le cuentan son bobadas,
porque me llamo Niporesas, y conozco mi patria y mis batuecos como mi
casa y mis hijos, á mis empleos me atengo; la semilla ha de caer en
buena tierra, y si no, no echarla.
Y con esto concluyo mi carta, que las cartas no han de ser tan largas
como nuestro remedio, ni tan cortas como nuestros alcances.
Te he contestado cumplidamente á la tuya. Te he dado noticias de mi
familia y de mi persona, y aun de mis opiniones; ahora ruega tú á Dios
que los que me protegen me den pronto un empleillo de ésos de manos
puercas, para dar en tierra con mi desconfianza, porque de no, me habré
de meter á descontento, y es mal oficio. Si por el contrario me lo dan,
le serviré como cada batueco, ó me servirá él á mí por mejor decir;
entonces sí que diré que vivimos en la prosperidad, como algunos
quieren que lo crea por pruebas que no son pruebas. Tu amigo,
_Andrés Niporesas_.