[16] Si esta verdad grandiosa necesitase pruebas, citaríamos solamente
el nombre de Moratín. ¿Qué revolución hizo en nuestro teatro? Más había
que mejorar que en el día. Por eso, después de él, pueden arrostrar las
mejoras que faltan hombres que no sean Moratines, puesto que no sería
fácil encontrar muchos en cada siglo.
[17] Ya en otro lugar hemos dicho que no contamos por nada una ó dos
excepciones.
[18] Con gran dolor nuestro nos obliga el propio argumento de nuestro
artículo á prescindir un momento de la gloria en favor del vil interés.
Mucho tiempo hemos considerado si deberíamos hacer mérito del interés.
Ciertamente que en un poema épico sería un pobrísimo episodio, y en una
oda estaría tan mal colocado como el hospital en las Delicias. Pero
en un papelucho de poco lucimiento y de menos provecho, en boca de un
Hablador y de un Pobrecito, nos parece que está tan perfectamente _como
una pedrada en el ojo de un boticario_, y no ignora el vulgo, en cuya
boca anda este caritativo refrán, la exactitud de nuestra comparación.
Maguer que pobrecitos bien traslucimos que los poetas que más gloria
han alcanzado han comido, y no se nos diga que ésta es una paradoja. No
pocas veces se complacía Homero en la descripción de los más suculentos
banquetes; Horacio se burla amargamente de un mal convite. De nuestro
Cervantes juramos que escribió con más que mediana hambre y apetito el
capítulo de las bodas de Camacho. No hablemos de Anacreonte y de todos
sus discípulos, porque sabido es que éstos han trocado siempre por una
gota del zumo del Liéo todo el jugo que puede dar el arbusto de Dafne.
Sabemos cuánto apreciaba nuestro Villegas el ruido de las castañas y el
buen aloque, y en qué consideración tenía Baltasar de Alcázar la oronda
morcilla, que nunca le dejó acabar su cuento. En fin, de los poetas
bucólicos sabremos decir que no ha habido uno que no haya encumbrado á
las nubes la dulce miel y la blanca leche. Así pues, sostendremos á la
faz de los partidarios de la aérea fama póstuma, á quienes parezca mal
la ruin dirección que toman nuestras habladurías, que si los grandes
poetas no han escrito para comer, á lo menos han comido para escribir.
* * * * *