TEATROS

El atrevimiento que tomo de dar consejos

sin ser llamado merece perdón; pues el negocio

es común, todos tenemos licencia de hablar.

_Mariana. Hist. de Esp. Informe dado al rey por un prelado_

¿Qué ocasión mejor se nos ha presentado nunca, ni se nos puede volver

á presentar jamás para reclamar una reforma radical en los teatros

de nuestro país, que esta en que ha empezado á brillar para España

una aurora más feliz, que promete por fin la realización de mil

esperanzas justas, tantas veces desvanecidas? ¿Que esta en que nuestro

sabio gobierno se pone decidida y enérgicamente á la cabeza de la

nación, cuyo cuidado le está cometido para marchar hacia el bien?

Ninguna. Aprovechemos este momento. Abramos los ojos sobre nuestra

situación, y hagamos patentes nuestras razones con la sumisión de

buenos vasallos, con la confianza de hombres que tienen un gobierno

ilustrado. Digamos por fin cosas muchas veces dichas por personas muy

superiores á nosotros, y constantemente desoídas por sugestos menos

bien intencionados que nosotros.

No es éste el lugar ni la época ya de una larga disertación acerca

del objeto de los teatros, y de las ventajas que bien dirigidos y

administrados pueden reportar á una nación dispuesta á recibir la

instrucción, y á un gobierno decidido á dársela. Demasiado conocido

y sabido es por todos que, en el actual estado de sociedad que

alcanzamos, esta que en sí no es más que una diversión, es una

diversión indispensable; una diversión que dirige la opinión pública

de las masas que la frecuentan; un instrumento del mismo gobernante,

cuando quiere hacerle servir á sus fines; una distracción que evita

que los ociosos turbulentos piensen y se ocupen en cosas peores; un

morigerador, en fin, de las costumbres, que son en nuestra opinión

el único apoyo sólido y verdadero del orden y de la prosperidad de

un pueblo. Verdades de tanto bulto no serán ciertamente las que

encontrarán en el día poderosos impugnadores. La luz de la verdad

disipa por fin tarde ó temprano las nieblas en que quieren ocultarla

los partidarios de la ignorancia; y la fuerza de la opinión, que

pudiéramos llamar, mortalmente hablando, _ultima ratio populorum_, es á

la larga más poderosa é irresistible que lo es momentáneamente la que

se ha llamado _ultima ratio regum_.

Concedidas, no disputadas, por mejor decir, la necesidad y la utilidad

del teatro, resta saber cuáles pueden ser los medios de hacerle

prosperar.

¿Cuáles han sido los obstáculos que se han opuesto constantemente en

este país á la realización de tan vasto proyecto?

La poca importancia que se ha creído siempre poder dar impunemente á

este ramo los comprende todos. De aquí ha nacido el estado particular

del teatro; la posición ridícula de los poetas, la situación deplorable

de los actores. Cosas tan íntimamente unidas entre sí no se pueden

separar sin perjuicio de todas. No basta que haya teatro; no basta que

haya poetas; no basta que haya actores; ninguna de estas tres cosas

puede existir sin la cooperación de las otras, y difícilmente puede

existir la reunión de las tres sin otra cuarta más importante: es

preciso que haya público. Las cuatro, en fin, dependen en gran parte de

la protección que el gobierno les dispense.

Un público indiferente á las bellezas, heredero de una educación

general mal entendida é instruido superficialmente, es el primer

eslabón de esta miserable cadena. Cuando los poetas ven al público

aplaudir dramas execrables, no sospechar siquiera la existencia de

bellezas positivas, que tantas vigilias le han costado, no tarda en

sucumbir y en repetir con Lope de Vega:

Puesto que el vulgo es quien las paga, es justo

Hablarle en necio para darle gusto.

Los hombres no son más que hombres, y sería mucho exigir de la débil

humanidad querer encontrar siempre en cada hombre un héroe dispuesto

á sacrificar los aplausos justos ó injustos, al deseo de agradar á

media docena de literatos cuya aprobación de gabinete no mete ruido.

Cuando los poetas ven que falta en el auditorio ese orgullo nacional,

capaz de hacer milagros donde quiera que exista; cuando oye aplaudir

indistintamente las mezquinas traducciones extrañas á nuestras

costumbres, y preferirlas acaso á las obras originales; cuando las ve

pagar con tan poca diferencia, ¿qué mucho que no se canse en correr

en pos de la perfección? ¡Cuánto más fácil es traducir en una semana

una comedia que hacerla original en medio año! ¿Por qué ha de emplear

tanto tiempo, tantos afanes por conseguir aquel mismo premio que en

menos tiempo y con menos trabajo puede alcanzar? De aquí las miserables

traducciones, de aquí la expulsión del buen género para hacer lugar al

género charlatán que deslumbra con fáciles y sorprendentes golpes de

teatro. De aquí la ausencia de caracteres, de pasiones y de virtudes,

para sustituirles esos traidores falsos y eternos que hacen el mal

para buscar el efecto, esos crímenes no justificados, y esos vicios

asquerosos pintados de una manera todavía más asquerosa.

No se crea, sin embargo, porque hemos expuesto aquí estos descargos de

los poetas, que los consideramos tan inocentes como los demás: nada de

eso. Dentro de poco probaremos que, si bien éstas son disculpas, no

son razones para seguir en el torpe camino en que se han encerrado;

probaremos que si alguno debe obrar heroicamente es el poeta. Los

poetas son hombres; pero si los hombres no han de ser héroes, y sobre

todo ciertos hombres que se alimentan más que otros de gloria, ¿quiénes

lo serán?

¿Qué no diremos de los actores? Si ven aprobado un traje inexacto

sólo porque es ridículo, si oyen aplaudir un modo de decir falso sólo

porque es exagerado, si ven desconocida á cada paso tal cual belleza

que se les escapa, y bulliciosamente coronado de aplausos todo gesto

innatural, todo ademán grotesco, ¿á qué se han de fatigar en buscar por

senderos tortuosos una reputación, primer premio que anhelan, que á

mucha menos costa y por cualquier camino se encuentran adquirida?

Otro tanto decimos de las empresas. Si una buena comedia cae al lado

de un melodrama furibundo, si una mala traducción llena el teatro y

sus arcas más veces que la obra original del ingenio, ¿se podrá exigir

de una empresa que sacrifique sus caudales generosamente en beneficio

del buen gusto, que tan pocos representantes tiene entre nosotros para

agradecérselo? ¿Podremos pedirle que recompense más lo que menos le

produce? Un delirio fuera exigir semejantes sacrificios.

El público es, pues, la primera causa del abatimiento de nuestra

escena. Lo repetimos á voces: _instrucción_, _educación_ para este

público; instrucción sana, sí, religiosa, morigerada, pero instrucción

en fin. Los enemigos de la instrucción la han querido pintar siempre

como perjudicial: ciertamente si es mal dirigida es un puñal en manos

de un niño. Pero cuando está fundada en la religión, en la virtud y

en la verdadera sabiduría, entonces no puede ser más que un bien para

todos; entonces sólo puede conducir al hombre á conocer sus verdaderos

intereses en sociedad, puesto que no puede vivir de otra manera. Si

el interés de un hombre puede estar tal cual vez momentáneamente en

contradicción con el bien en general, á la larga el interés de todos

los hombres está en la virtud, en el orden. Esto es lo que sólo puede

enseñar una sólida instrucción, que no se quede á medio camino:

estamos seguros de que el interés es el gran móvil del hombre; toda

la dificultad está en hacerle conocer cuál es su verdadero interés.

Esto se lo proporciona la sólida instrucción, que es la única de que

hablamos: en este caso ésta será en todo y por todo para el hombre el

manantial de su felicidad.

Cuando el público verdaderamente instruido y educado conozca y

aprecie todas las bellezas de las obras de imaginación, cuando su

orgullo nacional, despertado de nuevo, le haga exigir de los ingenios

originales trabajos dignos de consideración, á los cuales puedan

ligarse recuerdos patrióticos, cuando esté en el camino del buen

gusto, entonces él mismo formará á los actores, porque él es sólo

quien puede formarlos. Entonces los autores escribirán con placer, los

actores representarán con perfección, y las empresas recompensarán con

generosidad. Entonces el mismo círculo vicioso, establecido en el día

para el mal, se establecerá para el bien.

Ahora bien, si el público y su falta de instrucción es la primera causa

del daño, ¿quién ha de instruirle? 1.º. Causas que no son de nuestra

inspección; 2.º á falta ó en cooperación de éstas, los autores. Sí,

estamos enredados en un verdadero laberinto de círculos viciosos; es

preciso para salir de ellos que rompa alguno por medio: es preciso que

alguno empiece sacrificando algo. ¡Unos por otros están las mejoras

sin hacer! ¿Quién deberá, quién estará más obligado á dar principio

á esta grande obra? Lo repetimos claramente, los poetas. Los que

saben más tienen de ello más obligación. Los hombres de talento, los

hombres extraordinarios[16] han sido los que en todas las naciones

han dado siempre los primeros este primer impulso; por una parte los

periódicos con su imparcialidad, por otro los autores con sus obras. La

naturaleza, al concederles el inmenso privilegio de su superioridad,

la incalculable influencia que ejerce el talento sobre el común de los

hombres, no les dió arma tan poderosa para volverla contra sus altos

fines, sino para contribuir al bien de la humanidad, para abrirle los

primeros el camino. Esta obligación sagrada es la que no pueden echar

en olvido sin cubrirse de ignorancia y de culpabilidad. Los hombres de

talento son los que empiezan á instruir las naciones. ¿No tendremos

ninguno entre nosotros? Salgan, pues, si los hay, y conquisten con su

generosidad y su mérito el premio y el tributo de consideración que

se les niega. ¡Triste verdad! Verdad es que necesitan algún apoyo.

Empero verdad no hay más que hasta cierto punto. Mil caminos hay; si el

más ancho, si el más recto no está expedito, ¿para qué es el talento?

Tome los rodeos, y cumpla con su alta misión. En ninguna época, por

desastrada que sea, faltarán materias para el hombre de talento; si no

las tiene todas á su disposición, tendrá algunas. _¡No se puede decir!

¡No se puede hacer!_ Miserables efugios, tristes pretextos de nuestra

pereza. ¿Son dobles los esfuerzos que se necesitan? Hacerlos. Doble

será el premio que los espere, mayor la gloria que los corone. ¡Oh si

nosotros pudiéramos lisonjearnos de ese talento superior! ni un momento

vacilaríamos. Desgraciadamente no alcanzan nuestras fuerzas sino á

decir verdades; si alcanzasen para remediarlas, no seríamos los últimos

á dar el paso vencedor.

Hagan los poetas obras de mérito; el público las aprecia poco al

principio; redoblen sus esfuerzos, y hagan ostentación de constancia,

mañana las apreciará, y pasado mañana no podrá pasar sin ellas. ¿Ó

pretendemos que antes de hacer nada nos traigan á nuestra casa la

corona de la victoria? ¿Todo lo ha de hacer la protección? Haga algo

el mérito, y obligará á que se le proteja. _¡No me protegen!_ clama

la medianía. ¿Dónde está el mérito, pues, para protegerle? ¿Dónde

los autores? ¿Dónde las obras[17]? ¿Quién le ha de proteger, si no

existe, ó existe envilecido? Salgamos primero nosotros de nuestro

envilecimiento y nos protegerán. Hagamos las obras y los protectores.

Obliguémosles á que nos protejan, y nos lo deberemos todo á nosotros

solos.

Cuando los poetas y la instrucción hayan formado el gusto del público,

cuando éste haya formado á los actores, todos juntos formarán á las

empresas, obligándolas á recompensar, porque entonces el mérito podrá

imponerles la ley. Éste es el camino, el que estamos obligados á tomar,

por lo mismo que no tenemos otro más cómodo ni más expedito.

Hecho esto, todavía quedarán por vencer algunos obstáculos, sin

cuyo desvanecimiento aún les ha de costar trabajo á las empresas de

teatros recompensar dignamente el mérito de cada uno en el grado que

se merezca, y sostener este primer entusiasmo. Además, si al paso que

los poetas hiciesen un esfuerzo tan heroico encontrasen algún auxilio

superior, ¡cuánto más fácil y halagüeño sería el logro de nuestros

deseos! Recordaremos, pues, ligeramente los demás medios que pueden

contribuir á facilitar la prosperidad de los teatros, después de los

dos agentes principales que dejamos indicados.

Pedimos en primer lugar para los poetas, sin miedo de parecer

exigentes, lo que sólo ellos no tienen en la sociedad: el derecho de

propiedad. «Repartiéronse mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron

suertes», puede exclamar el poeta con mucha razón, si se nos permite

mezclar esta expresión sagrada entre nuestras habladurías.

En un país en donde las letras han sido casi siempre el recurso del

que no ha tenido otro, y donde ha sido tan escasa la gloria que han

alcanzado, parece que el premio debiera haber sido mayor; más por

desgracia no han recibido ni premio[18] ni consideración.

Ya en otro lugar dejamos enumerados algunos de los trabajos que esperan

al vate en su aventurada carrera: efectivamente en ocasiones se le

disputa hasta el derecho de ensayar y repartir sus papeles á los

actores que más le convengan, que de todo hemos visto. Apláudese en

fin. ¿Cómo se paga? ¿Quién valúa la cosa vendida? Sólo el comprador.

¿Cómo la premia? Á su arbitrio. ¿Se sabe lo que vale una comedia? ¿Se

deduce su valor de lo que cuesta y de lo que produce? ¿Puede nunca

reconocer el poeta más juez capaz de valuar su talento que el público

bueno ó malo para quien escribe, ó el mismo gobierno asesorado de los

inteligentes que para ello crea necesarios?

¿Puede oirse en paciencia que se hayan pagado de una vez con mil ó dos

mil reales comedias que han producido por espacio de muchísimos años,

que producen todavía y que producirán, Dios sabe hasta cuándo, tesoros

á las empresas?

Nuestro ilustrado gobierno, que siempre ha manifestado en esta parte

los mejores deseos, persuadido de la exactitud de estas reflexiones

ú otras semejantes, conoció que el talento es una propiedad como

otra cualquiera, y de mejor ley; propiedad que debe producir á su

dueño en relación de su mérito. Con el objeto, pues, de desterrar tan

ignominiosos abusos se formó y publicó en el año 1807, á propuesta del

Exc.^{mo} ayuntamiento, cuyo celo hemos tenido ya ocasión de alabar

en otra parte, un reglamento de teatros. En él se establecía el modo

de pagar de una manera justa y equitativa. Un tanto por ciento era el

premio establecido para las obras originales; de esta manera guardaba

una proporción exacta con el mérito de la obra y con las facultades

de la empresa, pues sólo pagaba ésta mucho cuando ganaba mucho.

Desgraciadamente este reglamento se puede contar en el número de las

cosas mandadas, pero no de las cumplidas, y nos hallamos en el año

32 peor que en el año 7; contratiempo y atraso debido tal vez á la

sucesión de revoluciones que han afligido desde aquella época nuestro

desventurado país.

No para aquí el desprecio de la propiedad. Los teatros de provincia

se creen autorizados, representada una vez una comedia en Madrid, á

sustraer copias fraudulentas, y á representarla en todas partes, muy

persuadidos de que los autores no tienen derecho alguno á impedírselo,

y clamando con la fábula: _¡Para mí los crió la Providencia!_ En el

mismo reglamento, que tenemos á la vista, se establecía que los tales

teatros pagasen al autor con arreglo á sus facultades, ni más ni menos

que los de Madrid. Pero claman los actores: _¡La costumbre es ley!_

Bien haya la costumbre; podrá ser así, en cuyo caso no sospecho por qué

han de ahorcar á los ladrones, siendo una costumbre tan antigua la de

robar. En ese caso no se podrá corregir jamás ningún mal inveterado.

¡Mal haya si entendemos de qué manera una mala costumbre puede llegar á

ser una buena ley! Pues porque es costumbre es preciso abolirla, que á

no serlo excusáramos reclamar contra ello. Los abusos que existen son

los que se han de desterrar, pues los que no existen no hay para qué.

Al llegar á este punto oímos á las empresas clamar: «¿Pagar más á los

poetas, ni á los autores, ni á nadie? ¡Imposible! Si estamos...».

Lo sabemos, señores empresarios, y aquí entramos en otro abuso. Hemos

pedido para los poetas la justicia que puede animarlos en sus tareas.

Pidamos ahora para las empresas lo que de derecho les corresponde.

Apenas se pueden creer las cargas espantosas que sobre los infelices

teatros gravitan. Dejemos á un lado un número considerable de

asientos de todas clases que están obligados á dar de balde por otra

costumbre tan de ley y tan buena como la que llevamos arriba citada;

no hablemos de algunas consideraciones que con toda clase de gentes

tienen que guardar; concretémonos á decir que pasan de cuatrocientos

mil reales las sumas que en metálico tienen que satisfacer anualmente

á un sinnúmero de establecimientos. Y para que no se crea que nuestra

maledicencia ó nuestra parcialidad nos hacen hablar, copiemos aquí el

artículo 3.º del capítulo 12, título 2.º del reglamento, propuesto

por un ayuntamiento celoso, aprobado por un gobierno ilustrado, y

sancionado por un soberano acreedor á nuestra gratitud.

«La junta propondrá á la piedad del rey algún arbitrio para la más

pronta extinción de estas cargas, pues verdaderamente no hay relación

ninguna entre los tres coliseos y los hospitales de Madrid, los

frailes de San Juan de Dios, las niñas de San José y el hospicio

de San Fernando. Éstos son los partícipes de una buena porción de

sus productos, de que procede que los actores sean mal pagados, la

decoración ridícula y mal servida, el vestuario impropio é indecente,

el alumbrado escaso, la música pobre, y el baile pésimo ó nada. De aquí

que los poetas, los artistas, los compositores que trabajan para la

escena sean ruinmente recompensados, y por lo mismo se vean en ella las

heces del ingenio. De aquí, finalmente, la mayor parte de la decadencia

y lastimoso atraso de nuestros espectáculos».

¿Qué pudiéramos nosotros añadir á tan enérgico período? Pedimos, pues,

para las empresas que se les desembarace de obstáculos y respetos

inoportunos el camino de su especulación; que manden en lo suyo, como

únicos dueños, mientras tengan las empresas. Esto bastará á dar al

teatro un impulso incalculable. Entonces las empresas, desembarazadas

y libres en sus operaciones, marcarán cada día con una mejora,

recompensarán mejor á los actores, mezquinamente pagados, y á los

poetas, de ninguna manera premiados.

Nada hemos dicho de las mejoras que caben en los actores, porque este

mal ya promete quedar en gran parte remediado. El establecimiento de

una escuela dramática dirigida por dos de nuestros mejores actores,

bajo la inmediata protección de una reina que tanto bien ha venido á

hacer á nuestro país, nos hace concebir esperanzas lisonjeras. Hasta

ahora se ha creído que bastaba con tener memoria ó apuntador para ser

cómico, y aun cómicos hemos conocido que por no saber leer se hacían

leer por otros sus papeles para aprenderlos. ¿Dígannos si gentes de

esta especie son las que pueden verter en la escena las bellezas que no

saben ni leer, ni apreciar, y tomar, nuevos Proteos, la forma de todos

los caracteres y genios posibles, y enseñar los buenos modales y las

buenas costumbres? Nadie necesita hacer estudios más prolijos de la

historia del hombre y del corazón humano si ha de ponerse la máscara de

todas las pasiones, la apariencia de todas las épocas: nadie necesita

tener mejor educación que un actor si ha de ser en las tablas modelo de

ella.

¡Qué de pequeños obstáculos podríamos citar aún si nos lo permitiesen

los límites que en nuestros folletos nos hemos impuesto! ¡Qué de cosas

nos dejamos por decir! Bastaría sin embargo para obviar todos estos

pequeños obstáculos que pasamos en silencio, la realización de las

mejoras principales que hemos propuesto, y nosotros nos tendríamos con

eso solo por muy felices. Desgraciadamente nuestras ideas pasarán como

otras muchas que se dicen continuamente y no se oyen. Verdad es que son

cosas que no se pueden acabar en un día, pero son cosas que nunca se

verán acabadas si no se empiezan alguna vez.

Fórmese, pues, el público; y si otras causas no concurren, como es

de desear, á esta instrucción general tan necesaria, tomen sobre sí

los que escriben para él tan ardua empresa: más generosos que hasta

ahora, no doblen la cerviz al mal gusto: den la ley, y no la reciban.

Reconózcase la propiedad, y séalo el talento; descárguense los teatros

de las inmensas cargas que los abruman; mejórense los actores, y

prémiense generosamente. Vigile una censura juiciosa para que nuestra

religión y nuestras leyes sean respetadas de los escritores, pero sin

oponer obstáculos jamás á la representación de las obras inocentes.

Entonces, nosotros lo afirmamos, entonces tendremos teatro español,

entonces el suelo de los Lopes y Calderones, de los Tirsos y los

Moretos, volverá á retoñar ingenios; entonces citaremos con orgullo una

literatura nuestra y una diversión racional que tienen todos los países

cultos, y que nosotros hasta ahora hemos dejado perecer al poderoso

influjo de una infinidad de concausas ominosas.

Cuando empezamos nuestro número dijimos que creíamos que no se podía

presentar ocasión más favorable para exponer á la luz del día estas

ideas; ahora al concluirle añadimos que no pudiera ofrecerse mejor

coyuntura para lograr su verificación. Nuestra reina, á quien tanto

tenemos ya que agradecer, es quien nos inspira esta confianza: su

protección decidida á todo lo bueno, un mes glorioso que puede contar

más grandezas que tres siglos anteriores, cosas tan grandes que con

sólo quererlas ha llevado á cabo, nos hacen esperar que esta reforma

que proponemos, y que ofrece tantas dificultades menos, se deberá

también algún día á su benéfico impulso.

En el ínterin nos contentamos con desearlo, y poner todos los medios

que están á nuestro alcance para cooperar á tan grande obra, y

concluimos como concluía don Gutierre de Cárdenas el parecer que dió á

don Fernando el Católico.

«Éste, señor, es mi parecer: si acertado, sean á Dios las gracias; si

contra el vuestro, merece perdón mi lealtad: lo que vos determináredes,

eso será lo mejor y más acertado».

_El Bachiller._

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 68 / 121 题