FILOLOGÍA

Supuesto que por la lengua pecamos, y que por ella hemos de morir,

no será mucho que dediquemos á este ramo de literatura algunas de

nuestras tareas. Bien se deja conocer que la lengua es para un hablador

lo que el fusil para el soldado; con ella se defiende y con ella mata.

Tengamos pues prevenidas y en el mejor estado posible nuestras armas, y

démosle á este fin un limpioncito de cuando en cuando.

Vayan pues por hoy para los aficionados á discurrir un par de acertijos:

¿Qué entendemos cuando vemos impreso: «El embajador ó ministro tal

cerca de la corte de cual», etc.?

¿Quiere decir que anda al rededor de aquella corte, sin poder nunca

llegar á ella, como andaban las almas de los paganos, cuyas exequias no

se habían celebrado, en torno de la barca del viejo Caronte? ¿ó padecen

los pobres señores el tormento de la garrucha, que, como el lector sabe

mejor que nosotros, consistía en colgar al paciente por los brazos de

suerte que tocasen las puntas de sus pies en el suelo al estirar, pero

sin poder nunca descansarlos en él, precisamente en la misma forma

que dejó suspendido la pundonorosa Maritornes al hidalgo manchego

del agujereado pajar? Nosotros no entendemos de otra manera aquello

de andar _cerca_, y cierto que nos da verdadera lástima y dolor que

unos señores de tal categoría se hallen en tan dificultosa posición.

Líbreseles cuanto antes de aquel tormento, si es que somos cristianos,

y lleguen ya por fin á sus cortes respectivas, y vivan en ellas como en

tiempos de nuestros antepasados, que decían: «El embajador de Francia

en la corte de España», etc. Porque si del que se halla en una corte se

puede decir que está _cerca_ de ella, ¿qué inconveniente habrá en que

digamos que tenemos los ojos cerca de la cara y no en la cara?

No hace mucho tiempo que vimos en la representación de una comedia

titulada _No más mostrador_ la frase siguiente: «Si el _ridículo que

nos hemos echado encima_ no nos hace morir», etc. Y en muchas partes

vemos continuamente repetido este galicismo.

¿Qué cosa es un _ridículo que se echa uno encima_? ¿Se usa en

castellano como sustantivo la voz _ridículo_, ni quiere decir nada

usado de esta manera? Si los jóvenes que se dedican á la literatura

estudiasen más nuestros poetas antiguos, en vez de traducir tanto y

tan mal, sabrían mejor su lengua, se aficionarían más de ella, no la

embutirían de expresiones exóticas no necesarias, y serían más celosos

del honor nacional.

_El bachiller_

* * * * *

CARTA SEGUNDA ESCRITA Á ANDRÉS

POR EL MISMO BACHILLER

¡Qué país, Andrés, el de las Batuecas! ¡Cuánto no promete! ¿De

mi amistad exiges que siga poniendo en tu noticia lo que de este

extraordinario suelo pueda alcanzar á tener? ¿Gustóte mi primera

epístola? Juro en buena hora mi honor, y ya sabes que este juramento es

en estos tiempos y en las Batuecas cosa seria y sagrada, juro por mi

honor, digo, que no tengo de parar hasta que tanto sepas en la materia

como yo.

De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en

comparación de lo que me queda que decir. Te dije que no se leía ni

se escribía. ¿Cuál será tu asombro y tu placer cuando te pruebe que

tampoco se habla? ¿No puedes concebir que llegue á tanto la moderación

de este inculto país? ¿Y por eso le llaman inculto? ¡Hombres injustos!

Llamáis á la prudencia miedo, á la moderación apocamiento, á la

humildad ignorancia. Á toda virtud habéis dado el nombre de un vicio.

¿Puede haber nada más hermoso ni más pacífico que un país en que no

se habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber más

silencioso. Aquí nada se habla, nada se dice, nada se oye.

¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, ó no se oye porque

no hay quien hable? Cuestión es ésa que dejaremos para otro día, si

bien cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas

más paradójicas que ésta. Empero conténtate por ahora con saber que

no se habla: costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella

sola tienen un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no

necesito decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y

más un refrán tan claro como este.

Llégome á una concurrencia. «Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de

nuevo?--Tsí, calle usted, me dice con un dedo en los labios.--¿Que

calle?--Tsí; y se vuelve á mirar en derredor.--Hombre, si yo no pienso

decir nada malo.--No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado

que escucha?... Es un esp... un sop...--¡Ah!--Que vive de eso.--¿Y se

vive de eso en las Batuecas?--Ése es un hombre que vive de lo que otros

hablan, y como ese hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí

á no hablar; mírenos usted oscuramente envueltos en nuestras capas,

hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y

nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos ó vamos á cometer

algún delito.. Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de

lo que le parece».

¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y

dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?...

* * * * *

Va á edificarse un monumento que podrá dar gloria á las Batuecas;

el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero

hay un defecto, un defecto también colosal: me apresuro: yo le haré

conocer, yo le haré desaparecer. «Señor don Timoteo, traigo un

artículo para usted: insértemele usted en su miscelánea.--¡Ah! ¿Esto?

Es imposible.--¡Imposible!». Y me añade al oído: «Usted no sabe que

el sugesto que ha propuesto el plan se llama D.Y.Z.--Bien pudiera

llamarse así ese sugesto y corregirse el defecto.--Pero es pariente

del señor...--¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de

desaparecer el defecto?--Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo,

y no me atrevo á insertarlo».

¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde

nos volvamos para marchar encontramos con la pared. ¡Qué de elogios no

merece esta noble moderación, este respeto á las personas que pueden

entre los batuecos!

Encuéntrome con un escritor público. «Señor bachiller, ¿qué le parecen

á usted mis escritos?--Hombre, me parece que no hay nada que pedirles,

porque nada tienen.--¡Siempre ha de decir usted cosas!...--¡Y usted

nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la

crítica contra ciertas obras que inundan?--¡Ay, amigo! Los autores han

descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen

un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias?

Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se

lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un

libro que uno hace á otro que nada tiene de común con el tal libro, y

con este talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los

niños en las faldas de mamá para que papá no los pegue. ¿Por qué no

pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...--¡Ah!

¿No conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza

de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de

estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha

hecho. Dice usted que es ridículo el ser un _calzonazos_; y que es un

pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que á costa

de tener reputación se conforman con tenerla mala, y exclama á voces:

¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el

satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones

no hay hombres como los batuecos.--Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si

el autor no le conoce siquiera...--No importa; apuesto mi cabeza á

que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros

matar porque él es un necio.--¿Quién es aquella _sultana del Oriente_?

le dicen á usted.--Cualquiera que se halle en ese caso, responde

usted.--¡Picarillo! le reponen; sí, á mí con ésas... Ésa es la X***.

Como si no hubiera más que una en Madrid.--Agregue usted á esto que la

naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas á aquel á

quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de

que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro

siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para

el segundo.--Bien, pues no sea usted satírico: sea usted justo no más.

Cuando representan pésimamente una comedia cuando cantan rabiando

una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta

su voz?--Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo

dijo. Nunca les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón

formidable. Además es ese un teclado en que no se ve más que el

exterior: nunca se sabe quien le toca; detrás del retablo y de esas

figuritas de pasta de Gaiferos y los moros, debajo del parche de Maese

Pedro está Ginesillo de Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted

la defensa de la infeliz Melisendra, no desbarate las figuras, que

si la mona se escapa al tejado, se rompe la ilusión, si destroza las

muñecas, las pagará caras. Ésa es, en fin, materia sagrada, y _nadie

las mueva, que estar no pueda con Roldán á prueba_.--Pero, señor, nunca

se ha ahorcado á nadie por decir que fulano es mal cómico.--Lo que se

ha hecho, señor bachiller, y lo que se hará, mejor se está callado.--Se

reclama, se apela...--Señor Munguía, quiero contarle á usted un

cuentecillo, y es caso ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de

las Batuecas.

«Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos

pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el

mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño,

hubieron de determinarse á dejarle suelto por las calles. Capeábanle

los mozos alegremente, y fué el caso que uno de ellos, más valentón que

sus compatriotas, en vez de sortear al novillo se dejó sortear por él;

notable equivocación: enganchóle el asta retorcida de la faja que en la

cintura traía, y aun no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes

del jaque á no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos

de aquel impulso natural que todos tenemos de amparar á los que andan

enredados con los animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como

quiera que los novillos no valgan nada cuando no hacen algunas de las

suyas, amotinóse en la plaza la parcialidad contraria á nuestro jaque,

clamando que para eso no se sacaba al novillo, y que el que no supiese

torear la pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos

que riñen á su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una

alevosía contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos,

que debía ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante á

la de Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando volviendo

lo de abajo arriba dijo en Montiel: _Ni quito ni pongo rey._ Como

quiera que fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces,

alzáronse los palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva

discordia de Agramante, á no haberse aparecido en medio de la confusión

la divina Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo diablo

no la conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza y sin

venda, porque es sabido que el que no ve con los ojos abiertos, excusa

tapárselos para no ver; y á su decisión prometieron resignarse todos.

Alegaron las partes, escuchólas á entrambas aquel rústico Laín Calvo,

que fué milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay

quien asegura que se durmió mientras hablaron), y dijo en conclusión

alzando la voz estentórea: «Señores, por la vara que tengo en la mano,

y tenía el tal medio pino que llevamos referido, juro á bríos que me

he enterado, aunque me esté mal el decirlo: y condeno á los dos primos

á una multa para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la

justicia, que soy yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro

que en lo sucesivo nadie sea osado á ayudar en función de esta clase á

ningún mozo, por lo menos hasta después de la primera embestida, porque

el primer golpe es de derecho del toro, y nadie se lo puede quitar. Y

Dios sea con todos». Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado

y usted convencido. ¿Me ha entendido usted, señor bachiller? Pregúntolo

porque, si no me ha entendido ahora, excusa hacer más preguntas, que

ya nunca me entenderá.

«Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la

segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos

quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso,

que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los

que no la representaron, se sobrepujaron á sí mismos, que es frase que

quiere decir mucho aunque no hay un cristiano que la entienda; que

la decoración fué cosa exquisita; que el público anduvo acertado en

aplaudirla; que la invención última es el _summum_ del saber humano;

que el edificio y que la fuente, y que el monumento son otras tantas

maravillas; que aquella otra cosa está planteada sobre las bases más

sólidas y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la

dicha y el contento llegaron á su colmo; que el cólera no viene á las

Batuecas porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada

que todo el que describe esta figura al andar no puede pasar de cierto

punto; entreverar un articulejo de volapiés, que esto á nadie ofende

sino al toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre

si diré, si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica,

donde se le digan á Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de

acertijo, y algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe

como cada fruta en su tiempo, y en las demás materias ¡chitón! que

las noticias no son para dadas, la política no es planta del país, la

opinión es solo del tonto que la tiene, y la verdad estése en su punto.

Además de que la lengua se nos ha dado para callar, bien así como se

nos dió el libre albedrío para hacer solo el gusto de los demás, los

ojos para ver solo lo que nos quieran enseñar, los oídos para solo oir

lo que nos quieran decir, y los pies para caminar adonde nos lleven.

«Y á alguno conozco yo, señor bachiller, que argüía á uno de estos

que pregonan la felicidad presente; y arguyéndole con ejemplos bien

palpables, le repetía á cada punto: ¿Con que estamos bien? Á lo que,

le fué respondido como respondió Bossuet al jorobado: «Para batuecos,

amigo mío, no podemos estar mejor».

Así ves, Andrés mío, á los batuecos, á quienes una larga costumbre de

callar ha entorpecido la lengua, no acertar á darse mutuamente los

buenos días, tener miedo pazguatos y apocados á su propia sombra cuando

se la encuentran á su lado en una pared, y guardándose consideraciones

á sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles precisamente que se

mueren de miedo de morirse, que es la especie de muerte más miserable

de que puede hombre morir. Bien como le sucedió á un enfermo á quien

un médico brusista había mandado no comer si quería evitar la muerte,

que comiendo, según decía, le amenazaba; el cual á poco tiempo de este

régimen dietético se murió de hambre.

Por lo demás, querido Andrés, te confieso que trae muchas ventajas el

no hablar, y no quiero citarte para convencerte entre otros ejemplos

sino el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza

que cola, que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los

principios del mundo, esto es, las que dijo á Eva la serpiente acerca

del asunto de la manzana: trance primero en que empezó ya á hacer la

lengua de las suyas, y á dar á conocer para qué había de servir en

el mundo. Sin lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla

tan perjudicial en cualquiera república bien ordenada? ¿qué de los

abogados? Ni existiera sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa

la invención de la mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos,

ni hubiera murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla

de todo buen orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra

ventaja que llevan los batuecos á los demás hombres, y de qué cosa

sea tan especial el miedo, ó llámese la prudencia, que á tal silencio

los reduce. Te diré más todavía: en mi opinión no habrán llegado al

colmo de su felicidad mientras no dejen de hablar eso mismo poco que

hablan, aunque no es gran cosa, y semeja solo al suave é interrumpido

murmullo del viento cuando silba por entre las ramas de los cipreses

de un vasto cementerio; entonces gozarán de la paz del sepulcro, que

es la paz de las paces. Y para que veas que no es solo Dios el que

desapruebe el hablar demasiado, como arriba llevo apuntado, te traeré

otra autoridad recordándote al famoso filósofo griego (y no me hagas

gestos al oir esto de filósofo), que enseñaba á sus discípulos por

espacio de cinco años á callar antes de enseñarles ninguna otra cosa,

que fué idea peregrina, y sería aquella cátedra lo que habría que oir,

de donde concluyo, porque me canso, que cada batueco es un Platón, y no

me parece que lo ha encarecido poco tu amigo el bachiller.

P.D. Se me olvidaba decirte que á mi última salida de las Batuecas se

susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo

creían!

* * * * *

Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 64 / 121 题