[4] Nada hay más justo ni más plausible que un ayuntamiento que en
nombre de la población que representa, agradecida, festeja dignamente
á su monarca; nada más laudable que un poeta que pulsa dignamente
la lira en honor de su soberano; pero nada más impertinente tampoco
que el graznido desapacible de mil aves importunas que se atraviesan
á perturbar el contento público con sus desconcertados chirridos. Á
un soberano sólo se deben rendir homenajes dignos de su majestad.
Así, pues, sólo son objeto de nuestra sátira los _malos versos de
circunstancias_. Quien quiera ver en ella otra cosa, traspasará nuestra
idea. Sabemos que de todo se puede hacer mal uso: el espadero hace la
espada para defensa de los derechos de la sociedad, y el asesino la
convierte en daño de esa misma sociedad. El mal no está en el artífice
ni en la espada, sino en el asesino. Así la malicia nunca estaría en
nosotros, sino en el malicioso. El que ciertas cosas quiera volver en
mal capaz será de envenenar el aire que respiramos. ¡Gloria, pues,
al soberano! ¡Gloria á la corporación ilustre que sabe festejarle
dignamente cuando la ocasión se presenta! ¡Odio eterno á los malos
versos que vienen á deslucir tan justos sentimientos!
[5] Conservatorio de Artes.
[6] Museo de Pinturas.
[7] Museo de Escultura.
[8] Conservatorio de Música.
[9] Teatro de la plaza de Oriente.
[10] La excelente edición de las obras del señor Moratín, hecha á costa
de S.M.
[11] El Código de comercio ya planteado, y el criminal mandado hacer
por S.M.
[12] La dirección de minas y protección á este ramo.
[13] La reedificación casi entera de varios pueblos arruinados por los
terremotos, ejecutada durante el reinado de S.M.
[14] El crédito restablecido en el interior y en el extranjero.
[15] La derogación de la pena de horca. Mucho nos dejamos por decir
en esta materia; pero ni este género de poesía lo consiente, ni somos
historiadores. Basta esta corta muestra para que nunca se nos pueda
atribuir una mala intención que no tenemos, y para que se vea hasta qué
punto llevamos el rigor de la verdad.
TEATROS
¿QUIÉN ES POR ACÁ EL AUTOR DE UNA COMEDIA?
ARTÍCULO SEGUNDO
EL DERECHO DE PROPIEDAD
«Veo que ya no es tenido por sabio
sino aquel que sabe arte lucrativa de
pecunia... Veo los ladrones muy honrados...
todo lleno de fe rompida y traiciones,
todo lleno de amor de dinero».
_Luis Mejía_
¿Qué cosa es el derecho de propiedad? Si nosotros no lo decimos, ¿quién
lo dirá? Y si ninguno lo dice, ¿quién lo sabrá? Y si ninguno lo sabe,
¿quién lo remediará?
Ya la fama esparció de provincia en provincia, de pueblo en pueblo, la
gloria del nuevo alumno de las _nueve_, ya el importante y anhelado
voto del ilustrado público coronó sus sienes con la hoja inmarcesible,
resonaron los aplausos, vertió el _ingenio_ lágrimas de alegría, y ya
va á gozar del premio de sus tareas.
Piénsalo así á lo menos el desdichado; pero no sabe que ha escogido
mala palestra para triunfar y que en este juego, como en el ganapierde,
el que gana es el que da más á comer. Si su modestia y su mala ventura
quiso que retardase acaso la publicación de su obra, levantarase
una mañana y le dará en los ojos el anuncio de ella, ya impresa y
puesta en venta, que andará bizmando las esquinas de la capital. Algún
librero de... de dónde no es justo decir, le ha hecho el obsequio de
imprimírsela en muy mal papel, con pésimo carácter de letra, estropeado
el texto original y sin pedirle licencia. Así corren impresas muchas de
ellas, y esto se hace pública y libremente.
No comprendemos en realidad por qué ha de ser un autor dueño de su
comedia; verdad es que en la sociedad parece á primera vista que cada
cual debe ser dueño de lo suyo; pero esto no se entiende de ninguna
manera con los poetas. Éste es un animal que ha nacido como la mona
para divertir gratuitamente á los demás, y sus cosas no son suyas,
sino del primero que topa con ellas y se las adjudica. ¡Buena razón es
que el pobre hombre haya hecho su comedia para que sea suya! ¡Lindo
donaire! Dios crió al poeta para el librero, como el ratón para el
gato, y caminando sobre este supuesto, que nadie nos podrá negar,
es cosa clara que el impresor que tal hace cumple con su instinto,
desempeña una obra meritoria, y si no gana el cielo, gana el dinero,
que para ciertas conciencias todo es ganar.
Así que, asombrados estamos de la bondad y largueza de aquellos
impresores honrados (que también los hay) que se dignan favorecer al
autor con pedirle su permiso y su comedia, pagarle el precio convenido,
y darla después lícitamente al público; estos deben entender poco ó
nada de achaque de conciencias, porque, ¡cuánto más sencillo y natural
es salirse á caza de comedias, como quien sale á caza de calandrias,
tirar á la bandada, y caiga la que caiga... y rechine con ella la
prensa y rechine el autor!
Nosotros, á fe de poetas, si es que se deja á los poetas que tengan
siquiera fe, ya que tan poca esperanza tienen, les juramos no acudir á
ponerles pleito, porque nunca hemos gustado de cuestiones de nombre, y
tanto se nos da de que sea la divina Astrea la que saque el fruto de
nuestras comedias, como de que sea el librero; con la ventaja para éste
de que siquiera nos da gloria, al paso que la otra sólo nos podría dar
cuidados y las conchas vacías de la ostra que se hubiese engullido.
Hágales pues muy buen provecho á los señores tratantes en libros que
esto hacen, nuestro ingenio, que mientras estemos nosotros aquí no les
ha de faltar modo de vivir á los _murcianos_ de nuestra literatura; y
aun quizá nos demos por muy honrados y contentos.
¡Ojalá tuviesen fin aquí las lacerías del pobre autor! Pero dejando
aparte el vil interés, y entrándonos por los campos de la gloria, ¿qué
elocuente hablador podrá enumerar las tropelías que le quedan por
sufrir al desventurado ingenio en su propia patria? Ved cómo corre su
comedia de teatro en teatro; en todas partes gusta, pero acerquémonos
un poco más. Aquí el corifeo de la compañía la despojó de su título, y
le puso otro, hijo de su capricho, porque, ¿qué entienden los poetas
de poner títulos á sus comedias? Allí otro cacique de aquellos indios
de la _lengua_ le _atajó_ un _parlamento_ ó le suprimió una escena,
porque, ¿qué actor, por mal que represente, no ha de saber mejor que
el mejor poeta dónde han de estar las escenas, y cuán largos han de
ser los parlamentos y los diálogos, y todas estas frioleras del arte,
particularmente si en su vida ha visto un libro, ni estudiado una
palabra? Porque es de advertir que en materia de poesía, el que más
lee y más estudia es el que menos entiende. Y gracias si la cuchilla
de aquel bárbaro victimario no la suprimió entero el papel de un
personaje, aunque fuera el del protagonista, que era el que menos falta
hacía y más fuera estaba de su lugar.
¿Y aun de esta manera mutilada gustó la comedia? Pues en ese caso
no habrá farsa mezquina, ni torpe drama, ni traducción mercenaria á
la cual no se le ponga el nombre del autor una vez aplaudido. Tal
es la despreocupación de los actores de provincia; para ellos todos
los hombres y todos los autores son iguales, y desde el ápice de sus
ficticios tronos ven á todos los mayores ingenios tamaños como menudas
avellanas, y hacen justicia de unos y de otros, y una masa común
de todas sus obras, fundados en que si tal autor no hizo tal obra,
bien pudiera haberla hecho; y en el supremo tribunal de estos nuevos
dispensadores de la fama lo mismo vale un Juan Pérez que un Pedro
Fernández.
Concluyamos pues que el poeta es el único que no es hijo ni padre
tampoco de sus obras. Dedicaos, compañeros, dedicaos á las letras
aprisa; ese es el premio que os espera. Y quejaos siquiera, infelices.
Luego oiréis la turba de gritadores que á la primera queja os ataja.
«¡Qué insolencia! dicen: ¿pues no tiene valor de quejarse? ¿Y esto se
permite? ¡Qué escándalo! ¡Un hombre que reclama lo que es suyo; un loco
que no quiere guardar consideraciones con los necios; un desvergonzado
que dice la verdad en el siglo de la buena educación; un insolente
que se atreve á tener razón! Eso no se dice así, sino de modo que
nadie lo entienda; encerrad á ese hombre que pretende que el talento
sea algo entre nosotros, que no tiene respeto á la injusticia, que...
encerradle, y siga todo como está, y calle el hablador».
Sí, callaremos, gritadores, que gritáis de miedo; callaremos; pero sólo
callaremos _espontáneamente_ cuando _hayamos_ hablado.
* * * * *