MANÍA DE CITAS Y DE EPÍGRAFES

Hombres conocemos para quienes sería cosa imposible empezar un escrito

cualquiera sin echarle delante, á manera de peón caminero, un epígrafe

que le vaya abriendo el camino, y salpicarlo todo después de citas

latinas y francesas, las cuales, como suelen ir en letra bastardilla,

tienen la triple ventaja de hacer muy variada la visualidad del

impreso, de manifestar que el autor sabe latín, cosa rara en estos

tiempos en que todo el mundo lo aprende, y de probar que ha leído los

autores franceses, mérito particular en una época en que no hay español

que no trueque toda su lengua por un par de palabritas de por allá.

Nosotros, como somos tan bobalicones, no sabemos á qué conducen los

epígrafes, y quisiéramos que nos lo explicasen, porque en el ínterin

que llega este caso, creemos que el pedantismo ha sido siempre en todas

las naciones el precursor de las épocas de decadencia de las letras.

Verdad es que estamos muy seguros de que no ha de ir á menos nuestra

literatura; esto es en realidad caso tan imposible como caerse una cosa

que está caída; pero por eso mismo no quisiéramos tener los síntomas de

una enfermedad, cuyo único y verdadero antídoto acertamos á poseer.

Si el autor que escribe dice una verdad, y sienta una idea luminosa, no

sabemos qué más valor le han de dar _los pocos sabios que en el mundo

han sido_ reunidos en su apoyo, y si su aserción es falsa, ó sienta

una idea despreciable, no consideremos que haya Horacio ni Aristóteles

capaz de disculpar su tontería. Agrégase á esto, que por lo regular

suele tergiversarse el sentido de los autores pasados para acomodar su

texto á nuestra idea, á veces en materias cuya posible existencia ni

siquiera sospechó la docta antigüedad.

Verdad es que el vulgo, que ignora la lengua en que se le trae la

cita, suele quedar deslumbrado. Éste es el origen del aplauso y de la

algazara que se arma en el teatro siempre que un autor, conocedor del

corazón humano, ingiere en su drama uno ó muchos latines, ó palabras

técnicas y científicas que entienden pocos; cada cual se apresura á

reirse para que no piense el que tiene al lado que no ha entendido

toda la picardía de aquella palabra. Tal es la condición de nuestra

pueril vanidad. Sucede también que se lee con desprecio ó indiferencia

á un autor moderno, y solo se le empieza á respetar desde que se ve

la autoridad del antiguo, como si estos hombres con quienes se vive

diariamente no fuesen capaces de decir por sí solos cosa alguna que

valga la pena de ser leída, porque está probado que no hay cosa para

ser tenido en mucho como morirse, á lo cual se agrega que el vulgo

ignora cuán fácil es encontrar en el día textos para todo, y que es más

difícil tener mucho saber que aparentarlo. Todo esto es verdad, y es lo

único que en apoyo de las citas y epígrafes encontramos; pero el hombre

verdaderamente superior desprecia estas vulgaridades.

Nosotros, que no somos hombres superiores, ni nos creemos vulgo,

tomaremos de buena gana un medio igualmente apartado de ambos extremos,

y desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos

por agua á los ríos extranjeros teniéndolos caudalosos en nuestra casa.

Cansados estamos ya del _utile dulci_ tan repetido, del _lectorem

delectando_, etc., del _obscurus fio_, etc., del _parturiens montes_,

del _on sera ridicule_, etc., del _C'est un droit qu'à la porte_, etc.,

y de toda esa antigua retahila de viejísimos proverbios literarios

desgastados bajo la pluma de todos los pedantes, y que, por buenos que

sean, han perdido ya para nuestro paladar, como manjar repetido, toda

su antigua novedad y su picante sainete.

_Creemos que casi todo está dicho y escrito en castellano._ No

atreviéndonos, pues, á desterrar del todo esta manía, porque el vulgo

no crea que sabemos menos, ó tenemos menos libros que nuestros hermanos

en Apolo, traeremos siempre en nuestro apoyo autoridades españolas, que

no nos han de faltar aunque tratásemos de poner á cada artículo siete

epígrafes y cincuenta citas, como lo hacía cierto Duende satírico de

pícara recordación, que algunas veces se las hemos contado; de suerte

que no había modo de entrar á sus cuadernos sino atropellando á una

infinidad de varones respetables que le esperaban al pobre lector á la

puerta, como para darle una cencerrada al ver donde se metía.

Sin embargo, por si el público curioso dudase de nuestra mucha

latinidad y de nuestros adelantamientos en la lengua francesa, nos

reservamos el derecho de darle al fin de la publicación de nuestros

números, si lo creyésemos conducente para nuestra buena opinión, una

listita de los epígrafes y citas más ó menos oportunas que hubiéramos

podido usar en el discurso de nuestras habladurías, lo cual podremos

hacer cómodamente, aun sin saber mucho latín ni francés, con solo

echarnos á copiarlos de los libros y papeles que andan impresos, que

cada uno trae por lo menos en su frontis su epígrafe, que le viene

bien, además de muchas citas en el discurso de la obra, que le vienen

mal, y de otras que de ninguna manera le vienen ni bien ni mal.

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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 · 第 65 / 121 题