Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de

refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas

Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió

a la desembocadura del Macar.

Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros

humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la

mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los

cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí

como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.

Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos

los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras,

y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio

morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las

calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah,

el _Invencible_! ¡La _Victoria_! ¡El _Terrible_! ¡La _Golondrina_!»

En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero

al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña

de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha

gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de

la Acrópolis.

* * * * *

Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda,

sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin

exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo,

miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey

de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a

desconfiar.

La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de

artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se

vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien

entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si

bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde

se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían

sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas

bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.

Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos,

de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los

peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios

peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos.

Hubieran querido exterminarlos.

Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa

oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los

primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e

Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las

dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos.

Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el

sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se

encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!

La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados,

que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal

de que fuera la última.

Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta,

pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir,

tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma

noche.

Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el

llano de Radés.

Quisieron saber los mercenarios si había dicho algo más, y el libio

contó:

--Cuando yo estuve en su presencia, me preguntó qué quería. Yo

respondí: «Que me maten.» Entonces él dijo: «¡No, vete, ya morirás

mañana con tus compañeros!»

Esta generosidad extrañó a los bárbaros; algunos quedaron aterrados,

por lo que Matho lamentó que no hubieran matado al parlamentario en el

campo cartaginés.

* * * * *

Le quedaban todavía tres mil africanos, mil doscientos griegos, mil

quinientos campanios, doscientos iberos y cuatrocientos etruscos,

quinientos samnitas, cuarenta galos y una banda de Nafur, bandidos

nómadas encontrados en la región de los dátiles; en total, siete mil

doscientos diez y nueve soldados, pero ninguna sintagma completa.

Habían tapado los agujeros de las corazas con omoplatos de cuadrúpedo;

y reemplazó los coturnos de cobre con sandalias rotas. Las placas de

cobre o de hierro hacían más pesados sus vestidos; las cotas de malla

colgaban en andrajos, mostrando en las carnes las cuchilladas como

hilos de púrpura entre los pelos de los brazos y de las caras.

La rabia por los compañeros muertos les volvía al alma multiplicando

su vigor; sentían confusamente que eran los servidores de un dios de

los oprimidos, como los pontífices de la venganza universal. Además,

les encolerizaba una injusticia irritante; sobre todo ante la vista de

Cartago en el horizonte. Juraron combatir todos hasta la muerte.

Mataron las bestias de carga y se las comieron para cobrar fuerzas;

luego se entregaron al descanso. Algunos rezaron, de cara a distintas

constelaciones.

Llegaron los cartagineses al llano, frente a ellos. Frotaron el borde

de los escudos con aceite, para facilitar el resbalo de las flechas;

los infantes que llevaban largas cabelleras se las cortaron en la

frente, por prudencia; y Amílcar, a la quinta hora, hizo volcar todas

las gamellas, sabiendo que era desventajoso pelear con el estómago

lleno. Su ejército ascendía a catorce mil hombres, casi el doble del

ejército bárbaro; pero nunca había experimentado la inquietud que

ahora; si sucumbía era la destrucción de Cartago y moriría crucificado;

si triunfaba, por los Pirineos, las Galias y los Alpes, caería sobre

Italia y el imperio de los Barca sería eterno. Veinte veces se levantó

en esta noche para vigilarlo todo, en los más mínimos detalles. Los

cartagineses estaban exasperados por tanto recelo.

Narr-Habas dudaba de la fidelidad de los númidas, aparte de que los

bárbaros podían vencerlos. Poseído de una extraña debilidad, bebía a

cada instante vasos de agua.

De repente, un hombre desconocido abrió su tienda y puso en el suelo

una corona de sal gema, adornada con dibujos hieráticos hechos con

azufre y rombos de nácar. Era la corona de desposado que enviaba la

novia; una prueba de amor; una especie de invitación.

Sin embargo, Salambó no amaba a Narr-Habas. El recuerdo de Matho la

obsesionaba de una manera intolerable, pareciéndole que la muerte de

este hombre despejaría su imaginación, bien así como para curarse de la

picadura de una víbora, se la aplasta sobre la misma herida. El rey de

los númidas esperaba con impaciencia la boda, y como esta debía seguir

inmediatamente a la victoria, Salambó le hacía este presente para

excitar su valor. Todas las angustias de Narr-Habas desaparecieron; ya

no pensó más que en la dicha de poseer una mujer tan hermosa.

La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y

concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como

porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu

más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le

parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de

Espendio.

Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los

etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás,

y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo

raso, cubiertos de plumas de avestruz.

El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la

infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los

númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose

las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación;

pero al fin, los dos ejércitos se movieron.

Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la

tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva

convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos

flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en

seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y

azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta

y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron

paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros,

encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban

perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían

avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las

cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en

triple longitud.

Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más

débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus

carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.

Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía

de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda

cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo,

fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió

su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los

lanzó contra los mercenarios.

Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y

paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible

que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían

armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta

de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la

llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al

herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones,

los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.

Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto

no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de

bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e

inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella,

descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de

armas que les quedaban.

A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses,

mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se

despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos,

y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas

púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las

órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado

por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.

Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su

encuentro.

Vestidos con anchas túnicas negras, con una borla de cabello en la

punta del cráneo y una rodela de cuero de rinoceronte, manejaban un

hierro sin mango, sostenido por una cuerda; sus camellos, erizados

de plumas, lanzaban sonoros ronquidos. Las hojas daban en los sitios

precisos, y cuando se apartaban se llevaban un miembro con ellas.

Furiosos los animales galopaban a través de las sintagmas. Algunos de

los camellos que tenían las piernas rotas, andaban a saltos como los

avestruces heridos.

La infantería púnica cayó en masa sobre los bárbaros y los cortó. Sus

manípulos evolucionaban, espaciados unos de otros. Las armas brillantes

de los cartagineses cercaban a los bárbaros como coronas de oro; un

hormiguero bullía en medio, y el sol ponía en las puntas de las espadas

chispas y vislumbres. Las filas de los clinabaros estaban tendidas en

el llano; los mercenarios les arrancaban las armaduras, se las ponían

y volvían al combate. Muchas veces, engañados los cartagineses, se

metieron en medio de ellos. Les inmovilizaba cierto embotamiento,

o bien refluían y daban triunfantes clamores que, llevados por el

aire, parecía empujarles como el aliento de una tempestad. Amílcar se

desesperaba; todo iba a sucumbir ante el genio de Matho y el invencible

valor de los mercenarios.

En esto se oyó en el horizonte un repetido batir de tamboriles. Era

una turba de viejos, de enfermos, de niños de quince años y de

mujeres, que no pudiendo resistir a su zozobra, salieron de Cartago, y

para ponerse bajo la protección de algo formidable, habían tomado, en

casa de Amílcar, el único elefante que poseía ahora la República: el de

la trompa cortada.

Entonces les pareció a los cartagineses que la patria, abandonando sus

murallas, venía a mandarles morir por ella. Sintieron redoblado su

valor, y los númidas arrastraron a todos.

Los bárbaros, en medio del llano, se habían replegado junto a un

montículo. No tenían ninguna probabilidad de vencer, ni aun de

sobrevivir; pero eran los mejores, los más intrépidos y los más fuertes.

La gente de Cartago lanzaba, por encima de los númidas, asadores, cazos

y martillos; aquellos que pusieron espanto en los cónsules, morían

a los golpes de las mujeres; el populacho púnico exterminaba a los

mercenarios.

Estos se habían refugiado en lo alto de la colina. A cada nueva brecha,

su círculo se estrechaba; dos veces bajó, y una sacudida les empujó

arriba; los cartagineses, en montón, alargaban los brazos; introdujeron

las picas entre las piernas de los compañeros y pinchaban al acaso.

Resbalaban en la sangre; la pendiente era tan rápida, que rodaban por

ella los cadáveres. El elefante que trataba de subir la cuesta los

tenía hasta el vientre, no pareciendo sino que los pisaba con delicia;

su trompa cortada, pero ancha en su reborde, se movía de vez en cuando

como una enorme sanguijuela.

Después, se pararon todos. Los cartagineses, enseñando los dientes,

miraban a lo alto de la colina donde los bárbaros estaban en pie,

hasta que acometiendo bruscamente, volvió a empezar la contienda. Los

mercenarios dejaban acercarse a los enemigos, gritando que se querían

entregar; pero, con súbita burla, se mataban de un golpe, y a medida

que caían los muertos, los otros se ponían encima para defenderse. Era

como una pirámide que poco a poco se agrandaba.

Ya únicamente quedaban cincuenta, que se redujeron a veinte, luego a

tres, y por fin a dos: un samnita armado con un hacha, y Matho, que aún

tenía su espada.

El samnita manejaba su hacha, a diestro y siniestro, advirtiendo a

Matho los golpes que le amagaban:

--¡Amo! ¡Por aquí! ¡Por allá! ¡Bájate!

Matho había perdido sus espaldares, su casco, su coraza; estaba

completamente desnudo, más lívido que un muerto, con los cabellos

erizados y los labios espumeantes; su espada giraba con tanta rapidez,

que formaba una aureola en torno suyo. Una pedrada la rompió la

empuñadura; el samnita había muerto y la ola de cartagineses se

estrechaban y se le venía encima. Entonces levantó al cielo las manos

vacías, cerró los ojos y, abriendo los brazos como un hombre que se

lanza al mar desde lo alto de un promontorio, se lanzó a las picas.

Estas se apartaron al verle venir. Cuantas veces se daba a los

enemigos, otras tantas estos retrocedían y separaban sus armas.

Tropezó con una espada, y quiso cogerla; pero entonces se sintió atado

de pies y manos, y cayó.

Era Narr-Habas, que le estaba siguiendo hacía algún tiempo, paso a

paso, con una de las redes de cazar animales salvajes, y que aprovechó

el momento en que Matho se bajaba para envolverle.

Lo pusieron sobre el elefante, con los cuatro miembros en cruz; todos

los que no estaban heridos fueron escoltándole ruidosamente hasta

Cartago.

La noticia de la victoria había llegado a la ciudad antes de la tercera

hora de la noche; la clepsidra de Kamón había vertido la quinta cuando

llegaron a Malqua. Matho abrió los ojos. Había tantas luces en las

casas, que la ciudad parecía arder en llamas.

Llegaba vagamente a sus oídos un inmenso clamor, y echado de espaldas,

miraba las estrellas.

Luego se cerró una puerta tras él y quedó en tinieblas.

Al otro día, a la misma hora, moría el último de los hombres que

quedaban en el desfiladero del Hacha. El día que partieron sus

compañeros, los zuazos habían desmoronado las rocas y se alimentaron

por algún tiempo. Los bárbaros no perdían la esperanza de volver a ver

a Matho y no querían abandonar la montaña, sea por desaliento, por

tibieza o por obstinación de enfermos que se resisten a cambiar de

sitio; pero agotadas las provisiones, los zuazos se retiraron.

Se sabía que apenas quedaban trescientos, por lo que no valía la pena

de enviar soldados.

Las bestias feroces, los leones, sobre todo, se habían multiplicado

desde que empezó la guerra. Narr-Habas había hecho una gran batida, y

poniendo cabras atadas, de distancia en distancia, los había empujado

hacia el desfiladero del Hacha, y aún vivían los trescientos cuando

llegó el hombre enviado por los Ancianos a averiguar cuántos quedaban

de ellos.

En toda la extensión de la llanura, los leones y los cadáveres estaban

tendidos, y los muertos se confundían con los vestidos y las armaduras.

A casi lodos les faltaba la cara o bien un brazo; algunos parecían

intactos; otros completamente disecados, y los cráneos hechos polvo

llenaban los cascos; los pies, descarnados, salían de las grebas; los

esqueletos conservaban sus mantos; las osamentas, limpias por el sol,

formaban manchas brillantes en medio de la arena.

Los leones descansaban con el pecho en el suelo y las dos patas

alargadas, parpadeando a la luz del sol, aumentada por la reverberación

de las rocas blancas. Otros, sentados sobre la grupa, miraban fijamente

delante de ellos; o bien medio envueltos en sus largas crines, dormían

arrollados como una bola, en actitud cansina y aburrida. Estaban

inmóviles, como la montaña y como los muertos. Venía la noche, y anchas

fajas rojas rayaban el cielo en el Occidente.

En uno de estos montones que ondulaban irregularmente el llano, algo

menos vago que un espectro se levantó. Uno de los leones se despejó

y anduvo, recortando con su forma monstruosa una sombra negra en el

fondo del cielo color de púrpura, y cuando estuvo junto al hombre, lo

derribó de un solo zarpazo, y, puesto encima de él, sentado sobre el

vientre, le fue desgarrando las entrañas.

Abrió después sus enormes fauces, y durante algunos minutos lanzó un

largo rugido que repitieron los ecos de la montaña y fue a perderse en

la soledad.

De pronto rodaron desde lo alto fragmentos de rocas. Oyóse un rumor

de pasos rápidos, y del lado del rastrillo, del lado de la garganta,

asomaron cinco orejas puntiagudas y unas pupilas salvajes. Eran los

chacales que acudían a devorar los restos.

El cartaginés, que veía todo esto desde lo alto del precipicio, se

volvió.

XV

MATHO

Gozosa estaba Cartago, con gozo profundo, universal, desmesurado,

frenético. Habían reparado las ruinas y pintado las estatuas de los

dioses; los ramos de mirto cubrían las calles, humeaba el incienso

en las encrucijadas y la multitud en las azoteas parecía, con sus

abigarrados vestidos, como cestas de flores que se abren al sol.

El continuo chillido de las voces era dominado por el grito de los

aguadores que regaban el pavimento; los esclavos de Amílcar ofrecían

en nombre de este cebada tostada y pedazos de carne cruda; salían unos

al encuentro de otros, se abrazaban llorando; las ciudades tirias

estaban conquistadas, los nómadas dispersos, exterminados los bárbaros.

Desaparecía la Acrópolis bajo los toldos de colores; los espolones

de las trirremes, alineados fuera del muelle, resplandecían como un

dique de diamantes; dondequiera se advertía el orden restablecido, el

principio de una nueva vida, la explosión de una inmensa alegría; era

el día del matrimonio de Salambó con el rey de los númidas.

En la terraza del templo de Kamón estaban dispuestas tres grandes

mesas cargadas de orfebrerías para el servicio de los sacerdotes, de

los Ancianos y de los Ricos; y en otra cuarta, y a mayor altura, la

destinada a Amílcar, a Narr-Habas y su esposa; porque habiendo salvado

Salambó a su patria con la restitución del velo, el pueblo convertía

esta boda en regocijo universal y estaba esperando la aparición de la

desposada.

Otro deseo más áspero impacientaba a la muchedumbre; la muerte de

Matho, prometida para la ceremonia.

Habíanse propuesto al principio desollarlo vivo, meterle plomo

derretido en las entrañas, hacerle morir de hambre; o bien atarle a un

árbol y que un mono le golpeara por detrás en la cabeza; había ofendido

a Tanit, y los cinocéfalos de la diosa habían de vengarla. Otros eran

de parecer que se le paseara en un dromedario, después de haberle atado

al cuerpo distintas bandas de lino impregnadas de aceite; les recreaba

la idea del cuadrúpedo corriendo las calles con un hombre que se

retorcía quemándose, como candelabro agitado por el viento.

¿Pero qué idear para que todos contribuyeran al suplicio? Lo que se

deseaba era un género de muerte que lo presenciara toda la ciudad; que

todas las manos, todas las armas, todo lo que era cartaginés, desde las

losas de las calles a las olas del golfo, pudieran desgarrar y aplastar

al reo de lesa divinidad. En su consecuencia, los Ancianos decretaron

que iría de la prisión a la plaza de Kamón sin escolta, con los brazos

atados por la espalda; que no pudiera herírsele en el corazón, a fin

de que viviera más tiempo y que se le arrancaran los ojos para que la

tortura fuera más intensa. No podía tirársele nada, ni tocársele más

que con tres dedos.

Por más que Matho no debía presentarse hasta la caída de la tarde, se

creyó verle alguna que otra vez, y la multitud se precipitaba hacia

la Acrópolis, dejando desiertas las calles, para volver desengañada

y formulando protestas. Casi todos estaban en pie, desde la víspera,

en la plaza donde había de verificarse la ejecución, y de lejos se

interpelaban enseñándose las uñas, que habían dejado crecer para

hundirlas mejor en la carne del reo. Otros se paseaban agitados y

pálidos, cual si se tratara de su propio suplicio.

De pronto, por detrás de los Mapales, se levantaron por encima de las

cabezas unos grandes abanicos de plumas. Era Salambó que salía de su

palacio. De todos los pechos brotó un suspiro de satisfacción.

El cortejo tardó en llegar, porque iba con suma lentitud.

Primero desfilaron los sacerdotes de los Pateques; luego los de

Eschmún, los de Melkart y los demás colegios, con las mismas insignias

y en el mismo orden que cuando el sacrificio. Los pontífices de

Moloch pasaban con la frente baja, y la multitud, por una especie de

remordimiento, se apartaban de ellos. En cambio los sacerdotes de la

Rabbetna avanzaban erguidos y con la lira en las manos, seguidos de las

sacerdotisas con túnicas transparentes de color amarillo o negro, que

lanzaban gritos de pájaro y se retorcían como víboras; o bien, al son

de las flautas, giraban imitando la danza de las estrellas, esparciendo

a su paso las voluptuosas esencias de sus vestiduras. De estas

mujeres, las más aplaudidas eran las kedeschim, de párpados pintados,

que simbolizaban el hermafrodismo de la divinidad, perfumadas y

vestidas como las otras, y muy parecidas a ellas a pesar de sus pechos

aplanados y de sus caderas más estrechas. En este día dominaba en todo

el principio hembra, y lúbrico misticismo flotaba en el aire. Las

antorchas ardían ya en los bosques sagrados, porque por la noche debía

haber una pública prostitución, con el contingente de las cortesanas

traídas de Sicilia en tres naves, y también del desierto.

Conforme iban pasando los Colegios sacerdotales, se iban colocando en

fila en los patios del templo, en las galerías exteriores y a lo largo

de las grandes escalinatas adosadas a los muros y que se juntaban en lo

alto. Entre las columnatas se destacaban las túnicas blancas, como una

arquitectura de estatuas humanas, inmóviles como las de piedra.

Aparecieron después los intendentes, los gobernadores de provincias y

todos los Ricos. En el pueblo se produjo un tumulto, arremolinándose en

las calles afluentes; los hieródulos contenían la turba a latigazos. En

medio de los Ancianos, coronados de tiaras, y en una litera con dosel

de púrpura iba Salambó.

Al verla, se alzó un gran clamor; los címbalos y crótalos sonaron más

fuerte, redoblaron los tamboriles y el gran palio de púrpura atravesó

el pórtico para subir al primer piso.

Salambó · 第 22 / 23 段