Andaba Salambó muy despacio, y atravesó la terraza para ir a sentarse

en el fondo, en un trono hecho de concha de tortuga. Pusieron a

sus pies un escabel de marfil, con tres gradas: en la primera se

arrodillaron dos niños negros, en cuyas cabezas posaba Salambó algunas

veces sus dos brazos, cargados de ajorcas y brazaletes.

De los tobillos a las caderas iba envuelta en una red de estrechas

mallas que imitaban las escamas de un pez y que brillaban como nácar;

un ceñidor azul apretaba su talle, dejando ver los dos senos por un

escote en forma de media luna, con carbunclos colgantes en sus puntas.

Peinaba un tocado hecho de plumas de avestruz consteladas con piedras

preciosas; un amplio manto, blanco como la nieve, caía flotante sobre

sus hombros, y con los codos pegados al cuerpo, juntas las rodillas y

con pulseras de diamantes en las muñecas, se mantenía firme, en actitud

hierática.

Los dos sitios más bajos a su lado eran los de su padre y su esposo.

Narr-Habas, vestido con un sayo azul, ceñía la corona de sal gema, de

la que se desbordaban dos trenzas de cabello, torcidas como los cuernos

de Ammón; Amílcar, con túnica violeta, con broches de pámpanos de oro,

llevaba al costado su espada de guerra.

En el espacio cerrado por las mesas, la pitón del templo de Eschmún,

entre manchones de aceite, describía en el suelo un gran círculo negro,

mordiéndose la cola. En medio de este círculo se alzaba una columna de

cobre con un huevo de cristal encima, que herido por el sol irradiaba

resplandores por todos lados.

Detrás de Salambó estaban desplegados los sacerdotes de Tanit, con

túnicas de lino; a la derecha, los Ancianos, con sus tiaras, formaban

una gran línea de oro; y al otro lado, los Ricos, con cetros de

esmeralda, otra línea verde; en tanto que allá en el fondo se alineaban

los sacerdotes de Moloch fingiendo con sus mantos una muralla de

púrpura. Los demás Colegios ocupaban las terrazas inferiores. La

multitud llenaba las calles, las azoteas de las casas, o bien subía

por la Acrópolis. De este modo, teniendo el pueblo a sus pies, el

firmamento sobre las cabezas y alrededor suyo la inmensidad del mar,

el golfo, las montañas y las perspectivas de las provincias, la

resplandeciente Salambó se confundía con Tanit, y parecía el genio

mismo de Cartago, su alma, en forma corpórea.

El festín debía durar toda la noche; lampadarios de muchos brazos

estaban plantados como árboles sobre los tapices de lana pintada que

cubrían las mesas bajas. Grandes jarras de electro, ánforas de vidrio

azul, cucharas de concha y pequeños panes redondos, se apretujaban

entre la doble hilera de platos orlados de perlas; racimos de uvas

con sus pámpanos estaban enroscados como tirsos a copas de marfil;

bloques de nieve fundíanse en platos de ébano, y limones, granadas,

calabazas y sandías formaban montículos bajo las altas vajillas. Los

jabalíes, con la boca abierta, se hundían en el polvo de las especias;

las liebres conservaban sus pieles y parecían saltar entre las flores;

las carnes aderezadas llenaban las conchas; los dulces revestían formas

simbólicas, y cuando se levantaba la tapa de las fuentes volaban

palomas.

Los esclavos, con la túnica arremangada, andaban de puntillas; a

intervalos las liras tocaban un himno o bien se oía un coro de voces.

El rumor del pueblo, como el ruido del mar, flotaba vagamente en torno

del festín, como si lo meciera en más grande armonía; algunos se

acordaban del banquete de los mercenarios; se entregaban a sueños de

felicidad; el sol empezaba a declinar, y la luna, en cuarto creciente,

se levantaba ya en la otra parte del cielo.

Salambó, como si alguno la llamara, volvió la cabeza, y el pueblo, que

la estaba mirando, siguió la dirección de sus ojos.

En la cima de la Acrópolis acababa de abrirse la puerta del calabozo

abierto en la roca, al pie del templo, y en el umbral de este negro

agujero se vio un hombre en pie. Salió encorvado, con el aspecto

asustadizo de los animales salvajes cuando de repente se les da

libertad. Le cegaba la luz, y permaneció parado un momento. Todos le

habían conocido y contenían la respiración.

El cuerpo de esta víctima era para ellos una cosa propia, revestida de

un esplendor casi religioso. Se empinaban para verle, especialmente

las mujeres, que deliraban por contemplar al que había hecho morir a

sus hijos y maridos; a pesar suyo, del fondo de sus almas surgía una

infame curiosidad: el deseo de conocerle del todo; afán mezclado de

remordimientos, que aumentaba la execración.

Al fin, el hombre avanzó, y el aturdimiento de la sorpresa se

desvaneció. Se levantaron muchos brazos y no se le volvió a ver.

La escalinata de la Acrópolis tenía sesenta peldaños. El hombre las

bajó como si rodara por una quebrada de lo alto de una montaña; por

tres veces se le vio saltando hacia abajo, cayendo sobre los dos

talones.

Sangraban sus espaldas, alentaba su pecho con grandes sacudidas; hacía

tales esfuerzos por romper las cuerdas que se le hinchaban los brazos,

cruzados sobre los riñones, como espirales de serpiente.

Del sitio en que estaba, partían muchas calles, y en cada una de

estas, una triple hilera de cadenas de bronce, atadas al ombligo de los

dioses Pateques, se extendía paralelamente de un extremo a otro. La

turba se amontonaba en las aceras, y en medio estaban los criados de

los Ancianos empuñando látigos.

Uno de ellos empujó con violencia a Matho, y este se puso en marcha.

Todos alargaban los brazos por encima de las cadenas, quejándose de

que se hubiera dejado al reo un camino demasiado ancho; Matho andaba

pinchado, maltratado por mil dedos. Salía de una calle y entraba en

otra; muchas veces se lanzó a un lado para morder a la gente, que se

daba prisa a apartarse. Las cadenas le contenían y la plebe estallaba

en carcajadas.

Un niño le desgarró una oreja; una joven, sacando de la manga la punta

de un huso, le cortó la cara: le arrancaban puñados de cabello y tiras

de piel; otros, con bastones en los que llevaban esponjas empapadas de

inmundicias, le ensuciaban el rostro. Del lado derecho de su garganta

brotó un reguero de sangre, y en seguida empezó el delirio. El último

sobreviviente de los bárbaros se les aparecía como el representante

de todos los mercenarios, como la encarnación de su ejército; y todos

se vengaban en él de los desastres, de los terrores y de los oprobios

sufridos. La rabia del pueblo aumentaba a medida que se iba saciando;

las cadenas, demasiado tensas, iban a romperse; no hacían caso de los

golpes de los esclavos que los contenían; se colgaban en los salientes

de las casas; se asomaban en los agujeros de los muros, y ya que no le

podían herir, vociferaban contra él.

Eran injurias atroces, inmundas, con frases irónicas e imprecaciones;

no les bastaba el tormento que le infligían: le anunciaban otros más

terribles en la eternidad.

Este inmenso alarido llenaba Cartago con estúpida continuidad. Una

sola sílaba, una entonación bronca, profunda, frenética, era repetida

a veces seguidamente por todo el pueblo. Las paredes de las casas

vibraban desde el portal hasta el tejado, pareciéndole a Matho que se

le venían encima para levantarle del suelo, como dos brazos inmensos

que le ahogaban en el aire.

Recordaba ahora haber experimentado en otra ocasión algo parecido. Era

la misma multitud en las azoteas, las mismas miradas, la misma ira;

pero entonces andaba libre, todos le abrían paso, le cubría un dios; y

tal recuerdo le infundía una tristeza aplastante. Pasaban sombras ante

sus ojos, la sangre manaba por una herida de su muslo, se sentía morir;

plegó las rodillas y se dejó caer despacio sobre el pavimento.

Del peristilo del templo de Melkart trajeron entonces la barra de un

trípode enrojecida al vivo, y por encima de la primera cadena se la

aplicaron a la herida. La carne chirrió, se la vio humear, y las voces

del pueblo ahogaron el quejido de Matho. Este se levantó.

Seis pasos más allá volvió a caer, y luego otra y otra vez; pero

siempre un nuevo suplicio le hacía levantarse; se le rociaba con gotas

de aceite hirviente, se le ponían cascos de vidrio, y él seguía

andando. En la esquina de la calle de Sateb se apoyó en el escaparate

de una tienda, dando la espalda a la muralla, y de allí no se movió.

Los esclavos del Consejo le flagelaron con sus grandes látigos de cuero

de hipopótamo, con tal furia y por tan largo tiempo, que sus túnicas

estaban empapadas de sudor. Matho parecía insensible; pero de pronto

echó a correr al acaso, castañeteándole los dientes. Enfiló la calle

de Boudés, la de Sepo, atravesó el Mercado de las Hierbas y llegó a la

plaza de Kamón.

Su persona pertenecía ahora a los sacerdotes; los esclavos habían

apartado las turbas: había más espacio. Matho echó una mirada a su

alrededor y vio a Salambó.

A su entrada en la plaza, Salambó se había puesto en pie, y a medida

que Matho iba acercándose, ella se adelantaba al borde de la terraza, y

como si todo se borrara ante sus ojos, únicamente veía a Matho. En su

alma se había hecho el silencio; era como uno de esos abismos en que el

mundo entero desaparece bajo la presión de un pensamiento único, de un

recuerdo, de una mirada. Este hombre que corría hacia ella la atraía.

A excepción de los ojos, Matho no conservaba ninguna apariencia humana:

era una masa completamente ensangrentada. Rotas las ataduras, colgaban

sobre sus muslos, pero en nada se diferenciaban de los tendones de sus

puños; tenía la boca desmesuradamente abierta; las órbitas lanzaban

llamaradas que parecían subir hasta los cabellos; ¡y el desdichado

seguía avanzando!

Llegó precisamente al pie de la terraza. Salambó estaba asomada a la

balaustrada. Las espantosas pupilas de Matho la miraban; sintió que le

remordía en la conciencia todo cuanto este hombre había sufrido por

ella. Recordó al verle agonizar cuando en su tienda de campaña la ceñía

el talle con sus brazos diciéndola palabras de amor; sentía ansias de

volverlas a oír; no quería que este hombre muriera. En este momento,

Matho sufrió un gran estremecimiento: Salambó iba a gritar. Matho cayó

de espaldas y ya no se movió.

Salambó, casi desvanecida, fue llevada a su trono por los sacerdotes

que la rodeaban; la felicitaron, porque aquella muerte era obra de

ella. Aplaudían todos y golpeaban el suelo repitiendo a voces su nombre.

Un hombre se lanzó sobre el cadáver. Vestía el manto de los sacerdotes

de Moloch y llevaba al cinto el cuchillo que servía para cortar las

carnes sagradas, con el mango terminado en una espátula de oro. De un

solo golpe hendió el pecho de Matho, le arrancó el corazón y lo clavó

en la espátula. Schahabarim, que tal era, levantó el brazo y ofreció

este holocausto al sol.

El astro-rey se hundía en el mar; sus rayos herían como largas flechas

al corazón ensangrentado. A medida que el sol iba desapareciendo, las

palpitaciones de la entraña disminuían, y con el último latido el globo

de fuego se extinguió.

En este momento, desde el golfo hasta la laguna y desde el istmo al

faro, en todas las calles, casas y templos, resonó un grito unánime;

grito que a veces se interrumpía para redoblar en seguida; los

edificios temblaban; Cartago estaba como convulsionada en el espasmo de

una alegría titánica y de una esperanza sin límites.

Narr-Habas, ebrio de orgullo, ciñó con su brazo izquierdo el talle de

Salambó, en señal de posesión, y con el derecho, tomando una patera de

oro, bebió por el genio de Cartago.

Salambó se levantó, como su esposo, con otra copa para beber también.

Pero cayó, con la cabeza hacia atrás, por encima del dosel del trono,

descolorida, rígida, abiertos los labios y los cabellos desatados

colgando hasta el suelo.

Así murió la hija de Amílcar, por haber tocado el velo de Tanit.

FIN DE SALAMBÓ

ÍNDICE

Páginas.

I.--El festín 5

II.--En Sicca 43

III.--Salambó 87

IV.--Bajo las murallas de Cartago 103

V.--Tanit 139

VI.--Hannón 169

VII.--Amílcar Barca 209

VIII.--La batalla del Macar 283

IX.--En campaña 321

X.--La serpiente 351

XI.--En la tienda de campaña 377

XII.--El acueducto 413

XIII.--Moloch 451

XIV.--El desfiladero del Hacha 521

XV.--Matho 593

Salambó · 第 23 / 23 段