El griego levantó la voz, y trayendo a cuento los crímenes de Hannón,

porque sabía que este era el enemigo de Amílcar, trató de aplacar

a este con el relato de sus miserias y el recuerdo de sus antiguos

servicios. Habló mucho rato, de un modo rápido, insidioso, casi

violento; hasta que divagó, arrebatado por el calor de su facundia.

Replicó Amílcar que aceptaba sus excusas y que se haría la paz, que

por esta vez sería definitiva. Solo exigía que se le entregaran diez

mercenarios de los que él eligiera, sin armas y sin túnicas.

Los enviados no esperaban tanta clemencia. Espendio exclamó:

--¡Te entregaremos veinte, si lo prefieres, amo!

--No; me bastan diez --contestó Amílcar.

Les hicieron salir de la tienda para que deliberaran. Cuando estuvieron

solos, Autharita reclamó por sus compañeros sacrificados, y Zarxas dijo

a Espendio:

--¿Por qué no le has matado? ¡Allí estaba su espada, junto a él!

--¡Matar a Amílcar! ¡A Amílcar! --repuso Espendio--. ¡A Amílcar!

Y lo repitió muchas veces, como si fuera una cosa imposible, como si

Amílcar fuera un ser inmortal.

Tal era su postración, que se echaron de espaldas en tierra, sin

saber qué resolver. Espendio les animó a que cedieran. Consintieron y

volvieron a entrar en la tienda.

Amílcar puso por turno una mano en las de los diez bárbaros, apretando

los pulgares, y en seguida la frotó en sus vestiduras, porque solo el

tocar aquellas pieles viscosas causaba una picazón que horripilaba.

Luego añadió:

--¿Sois vosotros los jefes de los bárbaros y prometéis por ellos?

--Sí --respondieron todos.

--¿Sin reservas, del fondo del alma, con intención de cumplir vuestras

promesas?

Contestaron que volverían junto a sus compañeros para hacerles cumplir

lo pactado.

--Pues bien --replicó el Sufeta--; según la convención pactada entre

yo, Barca, y los embajadores de los mercenarios, os escojo a vosotros

diez; os guardo en rehenes.

Espendio cayó desmayado sobre la estera. Los otros nueve se apretaron

guardando tacto de codos, sin proferir una palabra ni una queja.

* * * * *

Al ver los compañeros de abajo que no volvían sus parlamentarios,

se creyeron traicionados y que estos se habían entregado al Sufeta.

Esperaron dos días más, y en la mañana del tercero tomaron la

resolución de hacer unas escalas con cuerdas, jirones de ropa, picos y

flechas, hasta conseguir escalar las rocas, y dejando atrás a los más

débiles, que eran unos tres mil, pusiéronse en marcha para reunirse con

el ejército de Túnez.

En lo alto del desfiladero se abría una pradera sembrada de arbustos;

los bárbaros devoraron las yemas y retoños. Luego dieron con un campo

de habas, y lo talaron como una nube de langostas. Tres horas después

llegaron a una segunda planicie, circundada de colinas verdegueantes.

Entre las ondulaciones de estos montículos brillaban haces de color

de plata, separadas unas de otras; los bárbaros, deslumbrados por

el sol, veían confusamente, debajo de ellas, grandes masas negras

que las soportaban. Eran las lanzas de las torres de los elefantes,

horriblemente armados.

Además del espolón del pecho, de los puñales de sus colmillos y de las

rodilleras y de las chapas de cobre que cubrían sus flancos, llevaban

al extremo de las trompas un brazalete de cuero al que iba atado

el mango de un ancho cuchillo. Acometiendo todos a un tiempo, se

adelantaban paralelamente por cada lado.

Los bárbaros quedaron helados de espanto. Ni siquiera intentaron huir;

se encontraban ya cercados. Entraron los elefantes en esta masa de

hombres; los espolones de sus pechos la dividían, las lanzas de sus

colmillos la revolvían como rejas de arado; cortaban, tajaban, partían

con las guadañas de sus trompas; las torres, llenas de faláricas,

parecían volcanes movibles; no se veía más que un ancho montón en que

las carnes humanas formaban manchas blancas; los pedazos de cobre,

manchas grises, y la sangre, copos rojos. Los horribles animales,

atropellando por todo, ahondaban surcos negros. El más furioso iba

conducido por un númida que llevaba una diadema de plumas y lanzaba

jabalinas con horrible celeridad, acompañándose de un agudo silbido.

Los demás paquidermos, dóciles como perros, durante la carnicería

miraban siempre hacia él.

Poco a poco se iba estrechando el círculo; los bárbaros no podían

resistir, y en breve los elefantes llegaron al centro de la llanura.

Les faltaba espacio; se amontonaban alborotados, chocándose con los

colmillos. Pero Narr-Habas los aplacó, y volviendo grupas, regresaron

al trote a las colinas.

Dos sintagmas de bárbaros se habían refugiado a la derecha, en un

repliegue del terreno; tiraron sus armas, y de rodillas fueron a las

tiendas púnicas, implorando gracia. Se les ató de pies y manos; y

cuando los tuvieron tendidos en tierra y todos juntos, se trajeron los

elefantes. Estallaban los pechos como cofres al romperse; cada pisotón

de elefante aplastaba dos hombres; sus pezuñas se hundían en el cuerpo

con un movimiento de ancas que parecía hacerles cojear. Así hicieron

todo el recorrido.

El nivel de la planicie quedó en calma. Vino la noche. Amílcar se

recreaba en el espectáculo de su venganza; pero, de pronto, se

estremeció.

Seguía viendo más bárbaros todavía, a seiscientos pasos de allí, a la

izquierda, en la cumbre de un cerro. Eran cuatrocientos de los más

robustos: etruscos, libios y espartanos que en un principio ganaron

las alturas, y que después de la matanza de sus compañeros resolvieron

cargar contra los cartagineses. Ya bajaban en columnas cerradas, de un

modo magnífico y formidable.

El Sufeta les envió inmediatamente un heraldo. Necesitaba soldados, y

los recibía sin condiciones, en homenaje a su bravura. Podían acercarse

a cierto lugar, que se les designó, donde encontrarían víveres.

Corrieron allí los bárbaros y pasaron la noche comiendo. Pero los

cartagineses criticaron esta parcialidad de Amílcar con los mercenarios.

¿Cedía este a las expansiones de un odio insaciable, o era esto un

refinamiento de perfidia? Al otro día fue él mismo, sin espada, desnuda

la cabeza, con una escolta de clinabaros, y les declaró que siendo

mucha la gente que había que mantener, no podía contratarlos; pero como

le hacían falta hombres, y no sabía de qué modo escoger los mejores,

que se pelearan unos con otros y que admitiría los vencedores para su

guardia particular.

Muerte por muerte, valía más esta; y apartando a sus soldados, porque

los estandartes púnicos ocultaban a los mercenarios el horizonte, les

mostró los ciento noventa y dos elefantes de Narr-Habas formando una

línea recta, con las trompas erectas como el hierro, cual brazos de

gigantes que llevaran hachas en las cabezas.

Los bárbaros se miraron en silencio unos a otros. No era la muerte

lo que les infundía pavor, sino la horrible alternativa a que se les

obligaba.

La vida en común había establecido entre estos hombres una profunda

amistad. Para la mayoría, el campamento substituía a la patria;

viviendo sin familia, volvían toda su ternura hacia un compañero;

dormían cada uno al lado de otro, bajo el mismo manto, a la claridad de

las estrellas. Además, en este perpetuo vagamundeo a través de tantos

países, de tantas muertes y aventuras, se habían creado extraños

amores; uniones obscenas tan formales como matrimonios; en las que

el más fuerte defendía al más joven en una batalla, le ayudaba a

franquear precipicios, limpiaba su frente del sudor de las fiebres,

robaba comida para él; y el protegido, niño recogido al borde de un

camino, convertido en mercenario, pagaba este afecto con mil cuidados y

complacencias de esposa.

Cambiaron sus collares y pendientes de las orejas, regalos felices,

en horas de embriaguez o de gran peligro. Querían morir todos, pero

ninguno daba el primer golpe. Un joven decía a otro de barba gris:

«¡No; tú eres el más robusto! ¡Tú nos vengarás; mátame!» Y el otro

respondía: «Me quedan menos años de vida que a ti. ¡Dame en el corazón

y no te preocupes!» Los hermanos se miraban con las manos enlazadas;

el amante daba a su amado la despedida eterna derramando lágrimas,

abrazándose.

Al quitarse las corazas para que las puntas de las espadas entraran

mejor, enseñaron las cicatrices de las heridas recibidas por defender

a Cartago, semejantes a inscripciones en columnas.

Se colocaron en cuatro filas iguales, al modo de los gladiadores, y

empezaron con tibias acometidas. Algunos se habían vendado los ojos,

y con las espadas hendían el aire, como un ciego agita el palo.

Burlábanse de ellos los cartagineses, diciéndoles que eran unos

cobardes. Los bárbaros se animaron, y muy pronto se generalizó la lucha

de un modo furibundo y precipitado.

A veces, dos hombres se detenían ensangrentados, cayendo uno en brazos

del otro, y morían dándose besos. Ninguno retrocedía. Daban el pecho

a las espadas. Su delirio era tan furioso, que los cartagineses, de

lejos, tenían miedo.

Al fin cesaron de pelear. Los pechos roncaban y sus pupilas fulguraban

al través de sus largas cabelleras, que colgaban como teñidas en un

baño de púrpura. Muchos giraban sobre sí mismos, vertiginosamente, como

panteras heridas en la frente; otros estaban inmóviles, contemplando

un cadáver a sus pies; luego, de pronto, se arañaban la cara con las

uñas, tomaban la espada con ambas manos, y se la hundían en el vientre.

Quedaban unos sesenta. Pidieron de beber. Les gritaron que tiraran las

espadas; y cuando lo hicieron, se les trajo agua. Mientras estaban

bebiendo, con la cara hundida en las vasijas, otros tantos cartagineses

los mataron por la espalda con estiletes.

Amílcar había dispuesto todo esto para satisfacer los instintos de su

ejército, y por esta traición atraerlo a su persona.

Así, pues, la guerra había terminado; al menos, así se creía. Matho no

resistiría más. Impaciente el Sufeta, ordenó en seguida la partida.

Sus exploradores vinieron a decirle que se veía un convoy por la

Montaña de Plomo. Amílcar no dio importancia a la noticia. Una vez

destruidos los mercenarios, los nómadas no le estorbarían más. Lo

importante era tomar a Túnez, a la que se dirigió a marchas forzadas.

Había enviado a Narr-Habas a Cartago a llevar la noticia de la

victoria: y el rey númida, orgulloso de su éxito, se presentó en el

palacio de Salambó.

* * * * *

Salambó le recibió en sus jardines, al pie de un alto sicomoro, entre

dos almohadones de cuero amarillo, acompañada de Taanach. Llevaba

sobre el rostro un velo blanco que solo dejaba libres los ojos; pero

sus labios brillaban en la transparencia de la gasa no menos que la

pedrería de sus dedos; ya que Salambó, que tenía las manos envueltas

mientras duró la entrevista, no hizo un solo gesto.

Narr-Habas la anunció la derrota de los bárbaros. Ella le dio las

gracias por los servicios que había prestado a su padre, Barca. El

númida le contó entonces toda la campaña.

En torno de los interlocutores, las palomas se arrullaban

lánguidamente, y otros pájaros revoloteaban entre la hierba: codornices

de Tarteso y pintadas púnicas. Trepaban las coloquíntidas por las

ramas de las cañafístulas, las asclepias sembraban los campos de rosas;

toda clase de plantas se entrelazaban formando canastillos y lazos; los

rayos de sol, bajando oblicuamente, dibujaban la sombra de las hojas

en el suelo. Los animales domésticos, convertidos en montaraces, huían

al menor ruido. Los rumores de la ciudad se perdían en el murmullo del

oleaje. El cielo estaba todo azul y ni una vela aparecía en el mar.

Narr-Habas no hablaba; Salambó contemplaba al rey númida. Vestía este

una túnica de lino pintada de flores y con fimbria de oro; dos flechas

de plata sostenían sus cabellos trenzados sobre sus orejas. Apoyaba la

mano derecha en el mango de una pica adornada con círculos de electro

y pellones de piel. Una infinidad de vagos pensamientos absorbían a

Salambó. Este hombre, de voz suave y de complexión femenina, cautivaba

por su gracia personal, y a ella le parecía como una hermana mayor

enviada por los Baales para protegerla. El recuerdo de Matho le hizo

preguntar por él al númida.

Respondió Narr-Habas que los cartagineses se dirigían a Túnez con el

fin de hacerle prisionero. A medida que exponía sus probabilidades

de éxito y los pocos recursos de Matho, ella parecía animarse, hasta

ponerse nerviosa. Cuando, al fin, le prometió matarlo él mismo, Salambó

dijo:

--¡Sí, mátalo; es necesario!

El númida contestó que deseaba ardientemente esta muerte, porque así,

acabada la guerra, sería su esposo.

Salambó se estremeció y bajó la cabeza. Pero prosiguiendo Narr-Habas,

comparó sus deseos a las flores que languidecen después de la lluvia;

a los viajeros perdidos que esperan el día. Añadió que ella era más

hermosa que la luna; más grata que el viento de la mañana y que el

rostro del huésped; que haría venir para ella, del país de los negros,

cosas nunca vistas en Cartago, y que las habitaciones de su palacio

estarían enarenadas con polvo de oro.

Atardecía; se respiraba un aire perfumado. Por algún tiempo, se

miraron en silencio. Los ojos de Salambó, entre los largos pliegues de

su vestimenta, parecían dos estrellas en el rasgón de una nube. Antes

que se pusiera el sol, terminó la entrevista.

Los Ancianos se sintieron inquietos cuando Narr-Habas salió de Cartago.

El pueblo le había recibido con aclamaciones más entusiastas que la

primera vez. Si Amílcar y el rey de los númidas triunfaban solos de los

mercenarios, sería imposible resistirlos; por tanto, resolvieron, para

debilitar la influencia de Barca, que el viejo Hannón actuara en esta

última etapa de la salvación de la República.

Hannón se trasladó inmediatamente a las provincias occidentales, a fin

de vengarse en los mismos lugares testigos de su vergonzosa derrota;

pero los habitantes y los bárbaros habían muerto, huido o estaban

ocultos. Este contratiempo hizo que el Sufeta desahogara su cólera en

la campiña; quemó ruinas de ruinas, no dejó ni un árbol ni una brizna

de hierba; a los niños y enfermos que encontraba los hacía morir

entre tormentos; daba a sus soldados las mujeres antes de degollarlas,

pero él se hacía llevar a una litera las más hermosas, porque su atroz

enfermedad le tenía inflamado de impúdicos deseos.

A veces, en las crestas de las colinas se plegaban las negras tiendas

como derribadas por el viento, y anchos discos de brillantes llantas,

que eran las ruedas de los carros, rechinando con plañidero son, se

hundían en los valles. Las tribus que habían abandonado el sitio de

Cartago iban errantes por las provincias, esperando una ocasión o la

victoria de los mercenarios para volver; pero, sea por terror o por

hambre, tomaron todas el camino de sus hogares, y desaparecieron.

Amílcar no tuvo celos de este éxito de Hannón; pero como le convenía

concluir de una vez, le ordenó se juntara con él delante de Túnez.

Hannón, que amaba a su patria, se presentó en el día fijado ante las

murallas de aquella ciudad.

Túnez tenía para defenderse su población autóctona, doce mil

mercenarios, todos los «Comedores de cosas inmundas», y con ellos

estaba Matho, contemplando desde allí, a lo lejos, el horizonte de

Cartago. Con este conjunto de odios reunidos, pronto se organizó la

resistencia. Con odres se hicieron cascos, se cortaron todas las

palmeras de los jardines para hacer lanzas, se cavaron cisternas; y, en

cuanto a víveres, se pescaban a orillas del lago grandes peces blancos

que se alimentaban de cadáveres y de inmundicias. Las fortificaciones,

en estado ruinoso por los celos de Cartago, no podían resistir el

empuje de los hombres. Matho tapó los agujeros con piedras de los

edificios. Era la lucha postrera; nada esperaba, como no fuese que la

fortuna diera una vuelta a la rueda.

Al acercarse los cartagineses, vieron en la muralla un hombre que de

cintura arriba rebasaba la altura de las almenas, y que veía volar las

flechas a su alrededor con la impasibilidad de quien ve cruzar una

bandada de golondrinas. Ninguna de ellas hirió a Matho.

Amílcar estableció su campo en el lado meridional; Narr-Habas, a su

derecha, ocupaba el llano de Radés; Hannón, el borde del lago; los tres

generales debían guardar sus posiciones respectivas para atacar todos a

un tiempo al enemigo.

Pero Amílcar quiso primero demostrar a los mercenarios que los

castigaría como esclavos. Hizo crucificar a los diez embajadores, y los

puso juntos sobre un montículo, de cara a la ciudad.

A su vista, los sitiados abandonaron las murallas.

Matho tenía pensado que si podía pasar entre los muros y las tiendas

de Narr-Habas, con la rapidez necesaria para que los númidas no

tuvieran tiempo de salir, caería sobre la retaguardia de la infantería

cartaginesa, que así se vería copada entre él y la gente de la ciudad.

En consecuencia, se lanzó afuera con sus veteranos.

Lo vio Narr-Habas, y, llegándose a la playa del lago, avisó a Hannón

que enviara tropas en auxilio de Amílcar. ¿Era porque creía a Barca

débil para resistir a los mercenarios, o bien fue una perfidia o una

necedad? Nunca se pudo averiguar. Lo cierto es que Hannón, en su afán

de humillar a su rival, no titubeó: mandó tocar los clarines, y con

todo su ejército se precipitó sobre los bárbaros. Estos hicieron un

cambio de frente, y corrieron hacia los cartagineses; repeliéndolos y

aplastándoles, hasta que llegaron a la tienda de Hannón, que estaba en

ella con treinta de los Ancianos más ilustres.

Asombrado de tanta audacia, llamó a sus capitanes. Avanzaban todos

puñal en mano, vociferando injurias. Se empujaba la turba, y aquellos

que le tenían cogido de la mano, a duras penas podían impedirle la

huida. Hannón les decía al oído: «Te daré lo que quieras. Soy rico.

¡Sálvame!» Los otros le empujaban, y aunque era muy pesado, sus pies

no tocaban al suelo. A los Ancianos se les había ya sacado afuera.

Aumentó el terror de Hannón: «¡Me habéis vencido! ¡Soy vuestro

cautivo! ¡Pagaré mi rescate!» Y repetía, viéndose llevado a hombros de

los mercenarios: «¿Qué vais a hacer? ¿Qué queréis? ¡Ya veis que no hago

resistencia! ¡Siempre he sido bueno!»

Ante la puerta se había levantado una cruz gigantesca. Aullaban los

bárbaros: «¡Aquí! ¡Aquí!» Hannón levantó más la voz, y en nombre de

los dioses les invitó a que llamaran al Schalischim, porque tenía que

confiarle un secreto del que dependía su salvación.

Los bárbaros se detuvieron; pareciéndole que era prudente consultar a

Matho, fueron a avisarle.

Hannón cayó sobre la hierba; alrededor suyo veía otras cruces, como

si el suplicio que le aguardaba se multiplicara de antemano; hacía

esfuerzos para convencerse de que se engañaba; que no veía más que una,

tal vez ninguna. Lo levantaron.

--¡Habla! --dijo Matho.

Le ofreció entregar a Amílcar; que entrarían juntos en Cartago, y

serían reyes los dos.

Matho se apartó, haciendo señal a los demás para que se dieran prisa;

porque ya se imaginaba que todo era una astucia para ganar tiempo.

Pero se engañaba Matho; Hannón sufría una de esas crisis en que no

se atiende a nada; y execraba de tal modo a Amílcar, que a cambio de

una leve esperanza de salvarse, lo hubiera sacrificado con todos sus

soldados.

Al pie de las treinta cruces yacían los Ancianos tendidos en tierra,

con las cuerdas bajo los sobacos. Comprendiendo entonces el anciano

Sufeta que iba a morir, lloró.

Le arrancaron lo que le quedaba del vestido, y entonces mostró al

desnudo toda la asquerosidad de su persona. Las úlceras cubrían

enteramente su cuerpo; la grasa de las piernas tapaban las uñas de los

pies; colgaban de sus dedos como andrajos verdosos; las lágrimas que

resbalaban entre los tubérculos de sus mejillas daban a su rostro algo

horriblemente triste, nunca visto en otro rostro humano. La diadema

real, medio desceñida, se arrastraba por el polvo con sus cabellos

blancos.

No encontraban cuerdas bastante fuertes para izarlo hasta lo alto de la

cruz; y le clavaron los pies, antes de levantar el madero, a la usanza

púnica. Su orgullo, entonces, se sobrepuso a su dolor: vomitó injurias.

Espumeaba por la boca; se retorcía como monstruo marino que degüellan

en la ribera, y les predecía que morirían todos de una manera más

cruel, y que sería vengado.

Ya lo estaba. Al otro lado de la ciudad, de donde se escapaban ahora

llamaradas entre columnas de humo, agonizaban los embajadores de los

mercenarios.

Algunos de estos, desmayados al principio, se habían reanimado con

la frescura del viento; pero seguían con la barba sobre el pecho y

colgaban sus cuerpos, a pesar de los clavos que les sujetaban los

brazos más arriba de la cabeza; de sus talones y manos, caía la sangre

a goterones, lentamente, como las frutas maduras de un árbol; y

Cartago, el golfo, las montañas y las llanuras, todo les parecía que

daba vueltas, como una inmensa rueda. Alguna nube de polvo que subía

del suelo les envolvía en su torbellino, y sentían correr sobre ellos

un sudor glacial juntamente con el alma que se les escapaba.

Veían, sin embargo, a mucha profundidad los movimientos de los soldados

en las calles y fulgores de espadas; oían vagamente el tumulto de la

batalla, así como oyen el ruido del mar los náufragos que mueren en

las gavias de un buque. Los italiotas, que eran los más robustos, aún

gritaban; los audemonios estaban callados, con los ojos entornados;

Zarxas, tan vigoroso, estaba doblado como una caña rota; el etíope, a

su lado, tenía la cabeza caída hacia atrás, por encima del brazo de la

cruz; Autharita, inmóvil, giraba los ojos; su gran cabellera, sujeta

en una hendidura de la madera, se mantenía recta sobre la frente, y el

ronquido que exhalaba del pecho parecía más bien un rugido de cólera.

En cuanto a Espendio, revestido de un valor extraño, despreciaba ahora

la vida, por la certidumbre que tenía de una manumisión inmediata y

eterna, y esperaba impasible la muerte.

En medio de su desfallecimiento, temblaban todos ante un roce de plumas

que les pasaban por la boca, acompañado de sombras y graznidos, en el

aire. Como la cruz de Espendio era la más alta, en ella se posó el

primer buitre. El antiguo esclavo volvió la cara a Autharita, y le dijo

lentamente, con sonrisa indefinible:

--¿Te acuerdas de los leones, en el camino de Sicca?

--¡Eran nuestros hermanos! --contestó el galo; y expiró.

Durante este tiempo, Amílcar había abierto brecha y llegado a la

ciudadela. Una ráfaga de viento disipó de pronto el humo en las

lejanías de las murallas de Cartago; el Sufeta creyó ver gente asomada

en la plataforma de Eschmún; y a poca distancia, hacia la izquierda, a

orillas del lago, treinta cruces desmesuradas.

En efecto: para hacerlas más espantosas, las habían construido con

los mástiles de las tiendas; y los treinta cadáveres de los Ancianos

aparecían en alto, destacándose en el azul del cielo. Sobre sus pechos

tenían algo así como mariposas blancas; eran las barbas de las flechas

que les habían tirado desde abajo.

En la cima de la mayor de todas fulgía una ancha cinta de oro, flotando

hacia atrás; el brazo faltaba por este lado, y a Amílcar le costó

trabajo reconocer a Hannón. Los huesos esponjosos de este, no pudiendo

aguantar el peso de los clavos, se iban descoyuntando, juntamente con

los miembros, y solo quedaban en la cruz restos informes, semejantes a

fragmentos de animales colgados a la puerta de un puesto de monteros.

El Sufeta no pudo advertir nada; la ciudad, delante de él, le ocultaba

todo el otro lado, y los capitanes enviados sucesivamente a los otros

dos generales no habían vuelto. Pero fueron llegando fugitivos, los

cuales contaron la derrota; y el ejército púnico hizo alto. Esta

catástrofe, en medio de la victoria, les impresionó. Ya no hacían caso

de las órdenes de Amílcar.

Matho se aprovechó de ello para continuar sus estragos entre los

númidas.

Destruido el campo de Hannón, Matho cayó sobre ellos. Salieron los

elefantes, pero los mercenarios, con teas encendidas se precipitaron

sobre ellos y las bestias, asustadas, huyeron desbocadas al golfo,

donde se ahogaron bajo el peso de sus armaduras. Narr-Habas había

enviado su caballería; todos se echaron de cara al suelo, y cuando

los caballos estuvieron a tres pasos de los bárbaros, estos saltaron,

abriéndoles el vientre a puñaladas. La mitad de los númidas había

muerto cuando se presentó Amílcar.

Salambó · 第 21 / 23 段