Amílcar fue a ver a Hannón, y le confió el mando. El viejo Sufeta dudó

unos minutos entre su rencor y el deseo de mandar, y al cabo aceptó.

Amílcar mandó salir en seguida una galera armada de una catapulta en

cada extremo, y la hizo fondear en el golfo; luego embarcó en los

bajeles disponibles sus mejores tropas. Era una especie de huida; a

velas desplegadas tomó rumbo Norte y desapareció en la bruma.

Tres días después, cuando se iba a empezar el ataque, llegaron

tumultuosamente gentes de la costa de la Libia, porque Barca había

entrado en su territorio, procurándose bastimentos.

Los bárbaros se indignaron, como si Barca les traicionara. Los más

aburridos del sitio, los galos sobre todo, no vacilaron en abandonar

el asedio, para unirse a él. Espendio quería reconstruir el helépolis;

Matho había trazado una línea imaginaria desde su tienda a Megara,

jurándose seguirla; ninguno de sus hombres se movió. Los soldados

de Autharita se fueron, abandonando la parte occidental del campo

atrincherado. La desidia de los sitiadores era tanta que ninguno se

cuidó de reemplazarlos.

Narr-Habas los espiaba de lejos, en las montañas. Durante la noche hizo

pasar toda su gente al otro lado de la laguna, y por la costa entró

en Cartago, presentándose como un libertador con seis mil hombres,

cada uno de ellos con harina bajo del manto, y con cuarenta elefantes

cargados de forraje y de cecina. La llegada de este socorro regocijó

a los cartagineses, no menos que la vista de los fuertes animales

consagrados a Baal; eran como una prenda de ternura; una prueba de que

al fin el dios iba a intervenir en la guerra.

Narr-Habas recibió las felicitaciones de los Ancianos. En seguida subió

al palacio de Salambó.

No la había vuelto a ver desde que en la tienda de Amílcar, entre

los cinco ejércitos, apretó su mano fría y suave; después de los

esponsales, la joven había regresado a Cartago. El amor del númida,

distraído por otras ambiciones, se despertaba ahora; quería gozar de

sus derechos de esposo: poseerla.

Salambó no comprendía que este joven pudiera ser su señor. Aunque todos

los días pedía a Tanit la muerte de Matho, su horror por el libio

disminuía. Sentía confusamente que el odio que antes le tuviera era

casi religioso; hubiera querido ver en la persona de Narr-Habas como

un reflejo de la violencia que seguía teniéndola deslumbrada. Deseaba

haberle conocido antes, y sin embargo, le cohibía su presencia. Mandó

que le dijeran que no podía recibirle.

Por lo demás, Amílcar tenía ordenado a su servidumbre que no dejasen

entrar al rey de los númidas a la residencia de Salambó, porque

retrasando la recompensa hasta el final de la guerra, esperaba tenerle

adicto. Narr-Habas, por temor al Sufeta, se retiró.

En cambio se mostró altanero con los Ciento. Exigió prerrogativas para

su gente, y la colocó en los puestos importantes; de modo que los

bárbaros quedaron extrañados al ver a los númidas en las torres.

Mayor fue la sorpresa de los cartagineses cuando vieron llegar en

una trirreme púnica cuatrocientos de los suyos hechos prisioneros

cuando la guerra de Sicilia. Amílcar había enviado secretamente a los

Quirites las tripulaciones de las naves latinas prisioneras antes

de la defección de las ciudades tirias; y Roma, en correspondencia,

le devolvía ahora sus cautivos, desdeñando las negociaciones de los

mercenarios en la Cerdeña y aun negándose a reconocer como súbditos a

los habitantes de Útica.

Hierón, que gobernaba en Siracusa, imitó este ejemplo. Necesitaba para

conservar sus Estados mantener el equilibrio entre Roma y Cartago;

tenía, pues, interés en la salvación de los cananeos, por lo que se

declaró amigo de estos, enviándoles doscientos bueyes, más cincuenta y

tres mil rebel de buen trigo.

Una razón de más peso obligaba a socorrer a Cartago; se comprendía que

si los mercenarios triunfaban, se insubordinarían desde el soldado

hasta el fregón de platos y que ningún gobierno ni ninguna casa podrían

resistirles.

En todo este tiempo, Amílcar operaba en las campiñas orientales.

Rechazó a los galos, y los bárbaros se encontraron sitiados a su

vez. El Sufeta se dedicó a inquietarlos con marchas y contramarchas,

renovando siempre esta táctica, hasta que los hizo salir de sus

campamentos. Espendio se vio obligado a seguirle, y Matho, lo mismo.

Pero no pasó de Túnez, sino que se encerró en sus muros; determinación

muy cuerda, porque pronto se vio que Narr-Habas salía por la puerta

de Kamón con sus elefantes y soldados, llamado por Amílcar. Los otros

bárbaros iban errantes por las provincias en persecución del Sufeta.

Este había recibido en Clipea tres mil galos; hizo venir caballos de la

Cirenaica y armaduras del Brucio, y continuó la guerra.

Nunca su genio fue tan impetuoso y fértil. Durante cinco lunas los

arrastró detrás de él. Tenía un objetivo, y a él los llevaba.

* * * * *

Los bárbaros trataron al principio de envolverle con pequeños

destacamentos; pero se les escapaba siempre. No desistieron. Su

ejército se componía de cerca de cuarenta mil hombres, y muchas veces

se dieron el gusto de ver retroceder a los cartagineses.

Lo que más les atormentaba eran los jinetes de Narr-Habas. Con

frecuencia, en las horas de bochorno, cuando iban por el llano

soñolientos y abrumados por el peso de las armas, asomaba de pronto en

el horizonte una gruesa línea, un tropel de caballos, y entre una nube

de pupilas centelleantes, descargaba una lluvia de dardos. Los númidas,

envueltos en capas blancas, lanzaban alaridos, levantaban los brazos,

apretando con las rodillas a los encabritados corceles; les hacían

dar una vuelta bruscamente, y luego desaparecían. Tenían siempre, a

cierta distancia, provisiones de azagayas en los dromedarios, y volvían

más terribles, aullando como lobos y huyendo como buitres. Caían los

bárbaros que iban en los flancos, y así se seguía hasta la noche, en

que se procuraba ganar las montañas.

Aunque estas eran peligrosas para los elefantes, Amílcar se aventuró en

ellas, siguiendo la larga cadena que se extiende del promontorio Hermeo

a la cumbre del Zaghouan. En opinión de sus enemigos, era este un medio

de ocultar la escasez de sus tropas. Pero la continua incertidumbre en

que los mantenía, concluía por exasperarlos más que una derrota. Sin

desanimarse, le seguían los pasos.

Por fin, una noche, entre la Montaña de Plata y la Montaña de Plomo, en

medio de grandes rocas, a la entrada de un desfiladero, sorprendieron

los bárbaros un cuerpo de vélites; era lo peor que el enemigo estaba

allí en masa, según demostraba el estrépito de los clarines. Los

cartagineses huyeron por el desfiladero. Desembocaba este en una

llanura en forma del hierro de un hacha y estaba rodeado de un alto

anfiteatro de peñas escarpadas. Los bárbaros acometieron a los vélites,

entre los bueyes que galopaban; otros cartagineses corrían en tumulto;

se vio un hombre de manto rojo, el Sufeta, y los bárbaros le gritaron

con transportes de furor y de alegría. Muchos, o por pereza o por

prudencia, se habían quedado a la salida del desfiladero. La caballería

salió de un bosque y a golpe de lanza y de sable los empujaban sobre

los demás. En breve, los bárbaros estaban todos en el fondo de la

llanada, y su enorme masa, después de evolucionar por algún tiempo, se

detuvo. No se descubría ninguna salida.

Aquellos que se hallaban más próximos al desfiladero, volvieron atrás,

pero ya estaba cortado el paso. Se azuzó a los que iban delante para

hacerles andar aprisa, pero se aplastaban contra la montaña. Sus

compañeros los insultaban desde lejos porque no daban con el camino.

Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas

las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era

rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente

la boca del desfiladero.

Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido

aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de

la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este

paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo;

protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían

vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que

estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el

terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a

pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo,

alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se

interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo.

Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos.

Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al

frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas

en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el

horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus

vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un

triunfo como el obtenido.

Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la

mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella

encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca,

tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este

callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas.

Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre

intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron

escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían

asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a

ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los

palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no

podía incendiar la montaña.

Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del

puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros

entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos

cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y

cabelleras ensangrentadas.

Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de

víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para

dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por

las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes

abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros.

Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los

pensamientos fueron menos sombríos.

Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto;

rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no

desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de

Túnez.

El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los

tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de

los cascos.

Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de

hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes

se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban

confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos

buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.

Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la

infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.

Languidecían los bárbaros, tendidos en tierra. Entre sus líneas,

un veterano iba de un lado a otro; lanzaban maldiciones contra los

cartagineses, contra Amílcar y contra Matho, por más que este fuera

inocente del desastre; pero a ellos les parecía que sus dolores

hubieran sido menores si hubiera participado de ellos. Algunos lloraban

como niños.

Buscaban a los capitanes y les suplicaban les dieran algo que mitigara

sus sufrimientos; por toda contestación aquellos les tiraban piedras

a la cara. Muchos conservaban en un agujero de la tierra sus cortas

provisiones, reducidas a unos racimos de dátiles y un puñado de harina,

que iban comiéndose de noche, tapándose la cabeza bajo el manto. Los

que guardaban sus espadas, las tenían desnudas en las manos; los más

desconfiados, se mantenían de pie, de espaldas contra la montaña.

Injuriaban a sus jefes y les amenazaban. Autharita no temía dar la

cara. Con su obstinación de bárbaro que no cede nunca, veinte veces

al día exploraba el fondo y las rocas, esperando encontrar una

escapatoria; balanceando sus enormes hombros cubiertos de pieles,

parecía un oso salido de su caverna, allá en la primavera, para

observar si se derritieron las nieves.

Espendio, rodeado de griegos, se ocultaba en una de las grietas;

como tenía miedo hizo correr el rumor de su muerte. Todos estaban

tan espantosamente flacos, que su piel aparecía cubierta de placas

azuladas. En la noche del noveno día murieron tres iberos. Asustados

sus compañeros abandonaron aquel sitio; se desnudó a los cadáveres,

y sus cuerpos blancos quedaron sobre la arena, expuestos al sol.

Entonces, los garamantes se pusieron a rondar los muertos. Eran seres

acostumbrados a la soledad y que no conocían ningún dios. El más viejo

de la banda hizo una señal, y echándose sobre los cadáveres con sus

cuchillos, cortaron trozos, y luego, sentados sobre los talones, los

devoraron. Los demás bárbaros lo veían de lejos, dando gritos de

horror; muchos, sin embargo, envidiaban en el fondo de su alma esta

desaprensión.

A media noche se reunieron algunos, y disimulando su asco, se acercaban

pidiendo una tajada «para probar», según decían. Acudieron otros,

y pronto fueron multitud. Pero casi todos, al llevar a los labios

esta carne fría, dejaban caer la mano; aunque no faltaron quienes la

comieron con deleite.

Al fin, arrastrados por el ejemplo, se excitaban unos a otros, incluso

aquellos que al principio rehusaban el trato con los garamantes. Asaban

la carne sobre carbones, con la punta de la espada, la salaban con

polvo, y se disputaban las mejores tajadas. Cuando no quedó nada de los

tres cadáveres, buscaban otros en la llanada para comérselos.

Solo tenían veinte cartagineses cautivos en el último encuentro, y

en los que nadie se había fijado aún. Desaparecieron; fue además una

venganza lógica. Después, como había que vivir, y se tomaba gusto por

esta alimentación, se degolló a los palafreneros, aguadores y peones de

los mercenarios. Todos los días mataban a alguno de estos; muchos se

hartaban con su carne, cobraban fuerzas y se volvían alegres.

También este recurso llegó a faltar. Entonces la gula pensó en los

heridos y enfermos. Supuesto que no podían curarse, era preferible

librarlos de sus torturas; no bien alguno se tambaleaba, estaba

perdido y era pasto de los demás. Para apresurar su muerte, se valían

de astucias; les robaban las migajas de su inmunda ración y como por

descuido se les atropellaba; los agonizantes, con el objeto de hacer

creer que estaban con fuerzas, intentaban mover los brazos, levantarse,

reír. Había desmayados que volvían en sí al contacto de la cuchilla que

les cortaba un miembro; se mataba sin necesidad, por ferocidad y para

saciar el furor.

Una niebla tibia y pesada, propia de estas regiones a fines de

invierno, envolvió al ejército bárbaro, al día decimocuarto. Este

cambio de temperatura originó muchas muertes, y la corrupción cundió

con rapidez en la cálida humedad, retenida por las montañas. La

llovizna que caía sobre los cadáveres, reblandeciéndolos, convirtió en

pudridero la llanura. Se cernían vapores blanquecinos que penetraban

la piel, cegaban los ojos y picaban en las narices, y en los que los

bárbaros creían ver el aliento o las almas de sus camaradas. Una

tristeza inmensa les abrumó; nada les apetecía ahora: querían morir.

Dos días después, el tiempo se serenó y volvieron a pasar hambre. Les

parecía que les arrancaban el estómago con tenazas; se revolcaban

convulsos, se metían en la boca puñados de tierra, se mordían los

brazos y estallaban en risas frenéticas. Aún más les atormentaba la

sed, porque no tenían ni una sola gota de agua, pues a partir del

noveno día se habían agotado los odres. Para engañar la necesidad,

lamían las chapas metálicas de sus cinturones, los pomos de marfil y

las hojas de las espadas. Los antiguos conductores de caravanas se

apretaban el vientre con cuerdas. Otros chupaban un guijarro. Bebían

los orines enfriados en los cascos de cobre.

Y a todo esto, esperando siempre el socorro de Túnez. Según sus

conjeturas, el tiempo que tardaba en acudir, certificaba su próxima

llegada. Además, Matho, que era un valiente, no les abandonaría.

«Mañana será», se decían, y este mañana no llegaba nunca.

Al principio hicieron plegarias, votos y toda suerte de invocaciones;

ahora solo sentían odio por sus divinidades, y en venganza se volvían

incrédulos.

Los hombres de carácter violento fueron los primeros en morir; los

africanos resistieron mejor que los galos. Zarxas estaba tendido a

lo largo, inerte; Espendio encontró una planta de anchas hojas de un

jugo abundante, y declarándola venenosa, a fin de apartar a todos, se

alimentaba con ella.

Ni fuerzas tenían para matar cuervos a pedradas. Algunas veces, cuando

un buitre desgarraba un cadáver, alguien se arrastraba hacia él con

una jabalina entre los dientes, y apoyándose en una mano, después de

apuntar bien, lanzaba el hierro. El buitre turbado por el ruido, miraba

en torno, como el cuervo marino sobre un escollo, y volvía a hundir

su asqueroso pico. El hombre, desesperado, quedaba mirándole echado

en el polvo. Otros más afortunados conseguían descubrir camaleones o

serpientes; pero lo que les hacía vivir más que todo, era el amor a

la vida; se aferraban a esta idea, tenazmente, por un esfuerzo de la

voluntad.

Los más estoicos se mantenían unidos, sentados en rueda, en medio de

la llanura, entre los muertos; envueltos en sus mantos se abandonaban

silenciosamente a su tristeza.

Los que habían nacido en ciudades, se acordaban de sus calles más

concurridas, con tabernas, baños, teatros y tiendas de barberos,

donde se cuentan sucesos. Otros suspiraban por sus campiñas cuando se

pone el sol, cuando ondulan los trigos amarillos y los grandes bueyes

suben las colinas con el yugo de las carretas en la cerviz. Los nómadas

soñaban con cisternas; los cazadores, con los bosques; los veteranos,

con batallas, y en la somnolencia que les embargaba, todo ello se les

representaba con la lucidez y los éxtasis de un ensueño. Alucinados,

buscaban en la montaña una puerta por donde huir, y querían pasarla al

través; otros, creyendo navegar en medio de una tempestad, mandaban una

maniobra marinera; o bien retrocedían espantados, viendo en las nubes

batallones púnicos. Los había que cantaban, figurándose estar en un

festín.

Muchos, por una extraña manía, repetían la misma palabra o hacían

continuamente el mismo gesto; acabando por levantar la cabeza, mirarse

unos a otros, y gemir al ver el horrible estrago de sus rostros. Los

más sufridos, para matar las horas, se contaban los peligros de que

se habían salvado. A todos se les representaba la muerte cierta,

inminente. ¡Cuántas veces habían intentado abrirse un paso! Para

implorar una capitulación del vencedor, no sabían de qué medio valerse,

porque ignoraban dónde estaba Amílcar.

Soplaba el viento del lado de la quebrada, haciendo volcar la arena en

cascadas, por encima del rastrillo; los mantos y las cabelleras de los

bárbaros se cubrían de ella, como si la tierra quisiera enterrarlos

vivos. Nada se movía; la eterna montaña les parecía cada día más alta.

En ocasiones cruzaban los aires bandadas de pájaros, que se ponían a

tiro; pero ellos cerraban los ojos para no verlos.

Sentían zumbidos en los oídos, se les ennegrecían las uñas, el frío les

traspasaba el pecho; se acostaban de un lado y morían sin exhalar un

grito.

Al cumplirse el día decimonono, habían muerto dos mil asiáticos, mil

quinientos del Archipiélago, ocho mil libios, tribus completas, los más

jóvenes de los mercenarios; en total, veinte mil soldados: la mitad

del ejército.

Autharita, con los cincuenta galos que le quedaban, iba a dejarse

matar, para concluir de una vez, cuando vio en la cumbre de la montaña

un hombre frente a él.

Este hombre, a causa de la altura, parecía un enano; pero Autharita

divisó el escudo en forma de trébol que llevaba en el brazo izquierdo

y gritó: «¡Un cartaginés!» Todos se levantaron; en la llanura, ante el

rastrillo y bajo las peñas. El soldado púnico se paseaba al borde del

precipicio, y desde abajo, los bárbaros le contemplaban.

Espendio cogió una cabeza de buey; con dos cinturones compuso una

diadema, y poniéndola sobre los cuernos, en la punta de una percha,

la levantó en alto, en señal de intenciones pacíficas. El cartaginés

desapareció. Quedaron todos a la espera.

Era de noche cuando, como una piedra de lo alto del tajo, vieron caer

un talabarte de cuero rojo, bordado con tres estrellas de diamante,

con el sello del Gran Consejo: en el centro, un caballo debajo de una

palmera. Era la respuesta de Amílcar; el salvoconducto que les enviaba.

Por malo que fuera deseaban un cambio que trajera el fin de sus

dolores. Transportados de júbilo, se abrazaban y lloraban. Espendio,

Autharita y Zarxas, cuatro italiotas, un negro y dos espartanos se

ofrecieron como parlamentarios, y en el acto fueron aceptados. Pero no

sabían qué camino tomar.

En esto, sonó un crujido del lado de las rocas, y la más alta de estas,

girando sobre sí misma, cayó abajo. Si en la parte que estaban los

bárbaros, eran las rocas inconmovibles, porque se precisaba moverlas en

un plano oblicuo, de arriba, por el contrario, bastaba empujarlas con

fuerza para que se despeñaran. Los cartagineses las empujaron, y con

la luz del día, los bárbaros vieron una serie de peñascos dispuestos

como una escalinata en ruinas. Los bárbaros no podían todavía subirlas.

Se les tendió escalas y todos se precipitaron a ellas. Los rechazó

la descarga de una catapulta, y únicamente fueron aceptados los diez

embajadores.

Fueron entre los clinabaros, apoyándose con las manos en las grupas

de los caballos, para sostenerse. Ahora que había pasado su primer

transporte de alegría, empezaban a concebir inquietudes. Las exigencias

de Amílcar serían crueles; pero Espendio les tranquilizó.

--Yo seré quien hable.

Y se jactaba de lo que diría, como más conveniente para la salvación

del ejército.

Detrás de los matorrales encontraban centinelas emboscados, que se

arrodillaban ante el talabarte que Espendio llevaba cruzado. Así que

los parlamentarios llegaron al cuartel general, la soldadesca se apiñó

alrededor de ellos, riendo y cuchicheando. Se abrió la puerta de una

tienda de campaña.

En el fondo estaba sentado Amílcar, en un escabel, junto a una mesa

alta en la que brillaba una espada desnuda. Los capitanes le rodeaban,

puestos en pie.

Al ver el Sufeta a aquellos hombres, hizo un gesto de repugnancia;

tenían las pupilas extraordinariamente dilatadas, con un gran cerco

negro en torno de los ojos, que se prolongaba por debajo de las orejas;

sus narices amoratadas apuntaban entre las mejillas hundidas, surcadas

por profundas arrugas; la piel del cuerpo, demasiado ancha para los

músculos, desaparecía bajo un polvo de color pizarra; sus labios se

pegaban a unos dientes amarillos; despedían un olor infecto, como de

tumba entreabierta o de sepulcro agusanado.

En el centro de la tienda había, sobre una estera en que los capitanes

iban a sentarse, una gamella de calabazas humeantes, que miraban los

bárbaros con un ansia terrible. Amílcar se volvió para dar una orden, y

entonces los diez famélicos se precipitaron sobre la vianda, hundiendo

las caras en la grasa y acompañando el ruido de la deglución con

hipos de alegría. Más por extrañeza que por misericordia, les dejaron

arrebañar la gamella, y cuando hubieron terminado, Amílcar mandó con

una señal que hablara aquel que llevaba puesto el talabarte. Espendio

tenía miedo, balbuceaba.

Amílcar, mientras le escuchaba, daba vueltas en un dedo a un grueso

anillo de oro, el mismo con el que había impreso en el tahalí el sello

de Cartago. Lo dejó caer en el suelo, y Espendio lo recogió, como si

fuera un esclavo. Sus compañeros se indignaron ante esta bajeza.

Salambó · 第 20 / 23 段