Hecho esto, daba paseos por la habitación, accionando con los brazos

y mordiéndose los labios, hasta que quedó con las pupilas fijas y

jadeante como si se fuera a morir.

Llamó tres veces con las palmas de las manos, y compareció Giddenem.

--¡Oye! --le dijo--. Toma entre los esclavos un niño de ocho a nueve

años, de cabellos negros y frente bombeada, y tráemelo. ¡Pronto!

Giddenem se dio prisa a cumplir el encargo y volvió con un niño; un

pobre niño delgado y abotargado a un mismo tiempo. Su piel parecía tan

gris como el infecto harapo que le cubría; hundía la cabeza entre los

hombros, y con el revés de la mano se frotaba los ojos de las picaduras

de las moscas.

¡Era imposible confundirle con Aníbal, y faltaba tiempo para escoger

otro! Amílcar miraba a Giddenem, con ganas de estrangularlo.

--¡Vete! --gritó.

El intendente de los esclavos se fue más que de prisa.

La desgracia temida por tanto tiempo iba a sobrevenir, si no buscaba un

medio de evitarla. De pronto se oyó a Abdalonim detrás de la puerta.

Los servidores de Moloch preguntaban por el Sufeta, y se impacientaban.

Amílcar contuvo un grito, como si le aplicaran un hierro candente, y

volvió a pasear por la habitación, como un insensato. Salió al borde de

la balaustrada, y con los codos en las rodillas, se apretaba la frente

con los puños cerrados.

El tazón de pórfido conservaba un poco de agua limpia para las

abluciones de Salambó. No obstante su repugnancia y su orgullo, el

Sufeta metió en ella al niño, y como un mercader de esclavos, se puso

a lavarle y frotarle con los estrígiles y tierra roja. Sacó de un

armario de la pared dos cuadrados de púrpura; le puso uno en el pecho y

otro en la espalda, y los reunió en las clavículas con dos broches de

diamantes. Vertió un perfume en su cabeza; pasó alrededor de su cuello

un collar de electro, y le calzó sandalias con tacones de perlas; ¡las

mismas sandalias de su hijo! Hacía todo esto bramando de indignación,

y Salambó, que se apresuraba a ayudarle, estaba tan pálida como él. El

niño sonreía, deslumbrado por estas galas y, entusiasmado, empezaba

a palmotear y saltar, cuando Amílcar lo llevó consigo, sujetándole

fuertemente con la mano, como si tuviera miedo de perderlo. El niño, a

quien este apretón le hacía daño, lloriqueaba sin dejar de andar.

En lo alto de la ergástula, debajo de una palmera, oyeron una voz

lamentable y suplicante: «¡Amo, amo!»

Amílcar se volvió, y vio a su lado un hombre de abyecta apariencia; uno

de los miserables parásitos del palacio.

--¿Qué quieres? --le preguntó el Sufeta.

El esclavo, temblando horriblemente, balbució:

--¡Soy su padre!

Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza

medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible,

y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar:

«¡Perdón!»

Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole:

--¿Es que lo llevas para...?

No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.

Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.

Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo

que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le

parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio.

Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del

verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar

pasó por encima de él.

Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al

disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el

suelo dando agudos gritos:

--¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi

vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!

Se arañaba la cara, se arrancaba los cabellos y aullaba como las

plañideras en un entierro.

--¡Lleváoslo pronto! ¡Sufro demasiado! ¡Idos! ¡Matadme como a él!

Los servidores de Moloch se admiraban de que el gran Amílcar tuviera un

corazón tan débil. Casi se sentían enternecidos.

Se oyó un ruido de pies desnudos, con un resuello parecido a la

respiración de bestia feroz que se acerca; y en el dintel de la tercera

galería, entre los largueros de marfil, apareció un hombre terrible,

que con los brazos extendidos, gritaba:

--¡Hijo mío!

De un salto, Amílcar se echó sobre el esclavo, y tapándole la boca con

las manos, dijo a su vez:

--¡Es el viejo que lo ha criado! ¡Le llama su hijo! ¡Se volverá loco!

¡Basta, basta!

Y empujando a los tres sacerdotes y a la víctima, salió con ellos,

cerrando en pos, de un golpe, la puerta.

Amílcar estuvo atento por algunos minutos, temiendo que volvieran.

Pensó en seguida en deshacerse del esclavo, para tener la seguridad de

que no hablaría; pero el peligro no desaparecía por completo, porque si

los dioses se irritaban, podían volverse contra su hijo. Cambiando de

idea, le envió con Taanach lo mejor de su cocina: un cuarto de macho

cabrío, habas y conservas de granada. El esclavo, que no había comido

en mucho tiempo, se precipitó sobre los platos, mojándolos con sus

lágrimas.

Vuelto Amílcar al cuarto de Salambó, desató las cuerdas de Aníbal. El

niño, exasperado, le mordió la mano hasta hacerle sangre. Su padre le

contuvo con una caricia.

Para apaciguarle, Salambó quiso darle miedo con _Lamia_, ogresa de

Cirene:

--¿Dónde está? --preguntó el niño.

Se le dijo que vendrían bandidos a cogerle, y contestó: «¡Que vengan, y

los mataré!»

Cuando Amílcar le contó la horrible verdad, recriminó a su padre

porque siendo el señor de Cartago podía imponerse al pueblo. Por fin,

rendido por la cólera, se durmió con sueño feroz; hablaba soñando, con

la espalda apoyada en un cojín de escarlata, caída la cabeza hacia

atrás y con el brazo extendido en actitud imperiosa. Cuando obscureció

completamente, Amílcar bajó con él, a obscuras, la escalera de las

galeras. Al pasar por la Casa de Comercio, tomó un racimo de uvas y una

jarra de agua; el niño se despertó ante la estatua de Aletes, en la

cueva de las piedras preciosas, y sonreía, en brazos de su padre, a la

luz de los destellos que le rodeaban.

Amílcar tenía la seguridad de que no podían quitarle su hijo. Era un

lugar impenetrable que comunicaba con la costa por un subterráneo que

únicamente él conocía. Miró en rededor y aspiró una bocanada de aire.

Luego puso el niño en su escabel, al lado de los escudos de oro.

Nadie le veía ahora, y esto le tranquilizó. Como una madre que

encuentra a su primogénito perdido, estrechó contra su pecho al niño,

llorando y riendo a un mismo tiempo, llamándole con los nombres más

tiernos y cubriéndole de besos. El pequeño Aníbal, impresionado por

tanta ternura, se callaba.

Palpando las paredes, llegó Amílcar a la gran sala en la que la luna

se filtraba por un mechinal de la cúpula; en medio de ella dormía el

esclavo, tendido sobre las losas de mármol. Al verle así Amílcar, se

sintió compasivo. Con la punta del pie le alargó una alfombra debajo

de la cabeza. Luego levantó los ojos y contempló la media luna que

brillaba en el cielo, y se sintió más fuerte que los Baales y los

despreció.

* * * * *

Habían empezado los preparativos del sacrificio. En el templo de

Moloch se derribó un lienzo de pared para sacar el dios de cobre, sin

tocar las cenizas del altar, y así que salió el sol los hieródulos lo

empujaron hacia la plaza de Kamón.

Se movía hacia atrás, sobre dos cilindros; sus hombros rebasaban la

altura de las murallas; por lejos que le vieran, se escondían los

cartagineses, porque no se podía mirar impunemente a Baal más que en el

ejercicio de su cólera.

Olían las calles a hierbas aromáticas; todos los templos se abrieron a

un tiempo y de ellos salieron altares sobre carretas o en literas que

llevaban los pontífices. Grandes penachos de palmas se balanceaban a

los flancos de los ídolos, y rayos esplendorosos lanzaban sus agudas

puntas terminadas por bolas de cristal, de oro, de plata o de cobre.

Eran los Baalim cananeos, desdoblamientos del Baal supremo que volvían

hacia su principio, para humillarse ante su fuerza y aniquilarse ante

su esplendor.

El pabellón de Melkart, de púrpura fina, contenía una lámpara de

petróleo; en el de Kamón, de color de jacinto, se erguía un palo de

marfil rodeado de piedras preciosas; entre las cortinas de Eschmún,

azules como el éter, una serpiente dormida formaba un círculo con la

cola; y los dioses Pateques en brazos de los sacerdotes, parecían niños

en pañales, que con los talones rozaran el suelo.

Venían a continuación las formas inferiores de la divinidad:

Baal-Sanim, dios de los espacios celestes; Baal-Zebú, dios de la

corrupción y de las razas congéneres; Baal-Peor, dios de los montes

sagrados; Larbal de la Libia, Adremalech de Caldea, Kijun de Siria;

Derceto, en figura de virgen con aletas de pez; y el cadáver de Tamuz,

sobre un catafalco, entre antorchas y cabelleras. Para que los reyes

del firmamento se sujetaran al Sol, e impedir que sus particulares

influencias no dañasen la suya, se blandían largas perchas con

estrellas de metal de distintos colores; desde el negro Nabo, genio

de Mercurio, hasta el horrible Rahab, constelación del Cocodrilo. Las

Abadires, piedras caídas de la luna, giraban en ondas de hilos de

plata; bollos pequeños, imitando sexos de la mujer, eran llevados en

canastillas por los sacerdotes de Ceres, al paso que otros de esta

orden llevaban sus fetiches y amuletos. Salieron todos los ídolos

olvidados, incluso los símbolos místicos de los navíos, como si Cartago

quisiera recogerse en un pensamiento de muerte y de desolación.

Ante cada tabernáculo sostenía un hombre en equilibrio, sobre su

cabeza, un ancho vaso en el que humeaba incienso y entre cuyas nubes

de humo se veían la tapicería, los flecos y los bordados de los

pabellones sagrados. Avanzaban lentamente, a causa de su peso enorme. A

veces el eje de los carros se enganchaba en las calles, y los devotos

aprovechaban esta ocasión para tocar los Baalim con sus vestidos, que

luego guardaban como cosas venerandas.

La estatua de cobre continuaba avanzando hacia la plaza de Kamón. Los

Ricos, con cetros de puño de esmeralda, salieron del fondo de Megara;

los Ancianos, ciñendo diademas, estaban reunidos en Kinvido, y los

intendentes de Hacienda, los gobernadores de provincias, mercaderes,

soldados, marineros y toda la horda numerosa empleada en los funerales,

todos ellos con las insignias de su magistratura o con los instrumentos

de su oficio, se dirigían hacia los tabernáculos que bajaban de la

Acrópolis, entre los colegios de los pontífices.

Por deferencia a Moloch, se habían adornado con sus más espléndidas

joyas. Fulguraban los diamantes sobre las vestimentas negras; los

anillos, anchos en demasía, oscilaban en sus enjutos dedos, y nada

más lúgubre que esta comitiva silenciosa con tiaras de oro sobre las

frentes crispadas por atroz desesperación y pendientes en las orejas

que temblaban sobre los pálidos rostros.

Llegó, por fin, Baal, a mitad de la plaza. Sus pontífices hicieron una

alambrada para contener a la multitud y formaron un círculo a sus pies.

Los sacerdotes de Kamón, en túnicas de lana parda, se alinearon ante

su templo, bajo las columnas del pórtico; los de Eschmún, con capas de

lino, collares y tiaras puntiagudas, se pusieron en las gradas de la

Acrópolis; los de Melkart, con túnicas moradas, escogieron el lado de

Occidente; los de las Abadires, ceñidos con bandas de paño frigios, el

de Oriente; y al Mediodía los nigromantes, cubiertos de tatuajes; los

aulladores con mantos remendados, los servidores de los Pateques y los

Yidonim, que para investigar el porvenir se ponían en la boca un hueso

de muerto. Los sacerdotes de Ceres, vestidos de túnica azul, estaban

apostados en la calle de Sateb, salmodiando en voz baja un tesmoforión

en dialecto megaro.

De cuando en cuando, llegaban filas de hombres enteramente desnudos,

con los brazos abiertos y tendidos al viento y unidos por los hombros.

Arrancaban de las profundidades del pecho una entonación bronca y

cavernosa; sus pupilas, clavadas en el coloso, brillaban en el polvo

y balanceaban el cuerpo a intervalos iguales, todos a un tiempo, como

sacudidos por igual impulso. Estaban tan furiosos, que para restablecer

el orden, los hieródulos, a bastonazos, los hicieron poner de bruces,

con la cara junto a la alambrada de cobre.

Entonces fue cuando se adelantó del fondo de la plaza un hombre

vestido de blanco. Atravesó lentamente por entre la multitud y todos

reconocieron al sacerdote de Tanit, el gran sacerdote Schahabarim.

Oyéronse rechiflas, porque la influencia del principio masculino

prevalecía en este día en todas las conciencias y la diosa estaba tan

olvidada que no se había advertido la ausencia de sus pontífices.

Aumentó el asombro cuando se le vio abrir uno de los portones de la

alambrada, destinados para que entraran los que iban a ofrecer las

víctimas. Según los sacerdotes de Moloch, esto era un ultraje a su

dios; a empellones trataron de rechazarlo. Alimentados con la carne de

los holocaustos, vestidos de púrpura como reyes y con coronas de triple

cerco, afrentaban al pálido eunuco, extenuado por las maceraciones. La

cólera hacía agitar en sus pechos las negras barbas desplegadas al sol.

Schahabarim, sin hacerles caso, seguía andando; y atravesando, paso

a paso, el recinto, llegó hasta las piernas del coloso y le tocó por

ambos lados, separando los dos brazos, lo cual era una fórmula solemne

de adoración. Hacía mucho tiempo que la Rabbet le torturaba, y por

desesperación, o tal vez a falta de un dios, satisfacía completamente

su pensamiento decidiéndose por Baal.

Espantada la turba ante esta apostasía, prorrumpió en protestas. Sentía

romperse el único lazo que unía las almas con una divinidad clemente.

Como Schahabarim, a causa de su castración, no podía participar del

culto de Baal, los hombres de los mantos rojos le excluyeron del

recinto; pero no bien estuvo afuera, dio una vuelta alrededor de todos

los colegios, y el sacerdote sin dios desapareció entre la multitud,

que se apartaba al acercarse él.

Ardía una hoguera de áloe, de cedro y de laurel entre las piernas del

coloso. Las largas alas del dios hundían las puntas en las llamas; los

ungüentos de que estaba ungido corrían como sudor por sus miembros de

cobre. En torno de la piedra redonda en la que apoyaba los pies, los

niños, envueltos en velos negros, formaban un círculo inmóvil; los

brazos desmesuradamente largos del ídolo tocaban con las manos las

tiernas criaturas como para coger esta corona de carne y llevarla al

cielo.

Los Ricos, los Ancianos, las mujeres, toda la multitud se amontonaba

detrás de los sacerdotes y en las azoteas de las casas. Las grandes

estrellas pintadas no giraban ya, los tabernáculos estaban inmóviles en

el suelo y el humo de los incensarios subían perpendicularmente como

árboles gigantescos, que desplegaban en el cielo sus ramas azuladas.

Muchos de los espectadores se desmayaron; otros se quedaban inertes

y petrificados. Angustia infinita agobiaba todos los pechos. Se iban

apagando los últimos clamores y el pueblo de Cartago estaba como

absorto en el anhelo del terror.

Por fin, el gran sacerdote de Moloch pasó la mano debajo de los velos

de los niños y les arrancó de las frentes un mechón de cabellos, que

arrojó a las llamas. Los hombres de los mantos rojos entonaron entonces

el himno sagrado.

--¡Honor a ti, Sol! ¡Rey de las dos zonas, creador que se engendra,

Padre y Madre, Padre e Hijo, Dios y Diosa, Diosa y Dios!

Las voces se perdían en la explosión de los instrumentos que tocaban a

la vez, con el fin de ahogar los gritos de las víctimas. Los schemunits

de ocho cuerdas, los kinor de diez y los nebal de doce, silbaban,

tañían y tronaban; enormes odres erizados de tubos producían un

chapoteo agudo; los tamboriles sonaban con golpes sordos y rápidos, y

a pesar del furor de los clarines, el solsalim crujía como alas de

langosta.

Los hieródulos abrieron con un gancho largo los siete compartimentos

escalonados en el cuerpo de Baal. En el más alto pusieron harina; en

el segundo, dos tórtolas; en el tercero, un mono; en el cuarto, un

carnero; en el quinto, un cordero, y como faltaban bueyes para el

sexto, se echó una piel curtida del santuario. El séptimo depósito

quedó vacío.

Antes de operar, se probaron los brazos del dios. Delgadas cadenitas

que salían de sus dedos subían a sus hombros y colgaban por las

espaldas, donde unos hombres, tirando desde arriba, hacían subir a la

altura de los codos las dos manos abiertas del coloso, que al juntarse

le tocaban en el vientre. Las movieron varias veces; callaron los

instrumentos; crepitaba el fuego.

Los pontífices de Moloch se paseaban sobre la gran piedra, observando a

la multitud.

Era necesario un sacrificio individual, una oblación voluntaria, que

era considerada como preliminar de las que venían después; pero nadie

se ofrecía hasta ahora, y los siete pasadizos que iban de las avenidas

al coloso estaban vacíos. Para animar al pueblo, los sacerdotes

sacaron los puñales de sus cinturones y se hirieron el rostro. Hízose

entrar en el recinto a los devotos echados en el suelo a la parte de

afuera; se les dio un paquete de horribles hierros viejos y cada uno

escogió su tortura. Se pasaban agujas entre los pechos, se cortaban

las mejillas y pusiéronse coronas de espinas en la cabeza; luego se

enlazaron de los brazos y, rodeando a los niños, formaron otro gran

ruedo que se contraía y se ensanchaba. Llegaron a la balaustrada con

estas contracciones, atrayendo a la multitud con el vértigo de este

movimiento sanguinario y clamoroso.

Poco a poco fue acudiendo gente a las avenidas, arrojando a las llamas

perlas, vasos de oro, copas, todas sus riquezas; las ofrendas eran cada

vez más espléndidas y numerosas. Al fin, un hombre que se tambaleaba,

un hombre pálido y horrible por el terror, empujó a un niño; en

seguida se vio en las manos del coloso una masa negra que se hundió en

la tenebrosa abertura. Los sacerdotes se inclinaron al borde de una

gran losa y prorrumpieron en un nuevo cántico celebrando las alegrías

de la muerte y los renacimientos de la eternidad.

Subían las víctimas lentamente, y como la humareda formaba altos

torbellinos, parecía desde lejos que desaparecían en una nube. Ninguno

se movía. Estaban unidos por los puños, y los tobillos y la sombría

tapicería les impedía ver y ser vistos.

Amílcar, con manto rojo, como los sacerdotes de Moloch, estaba al lado

de Baal, de pie ante el dedo gordo de su pie derecho. Cuando trajeron

el niño decimocuarto, notaron todos que el Sufeta hizo un gesto de

horror; pero pronto recobró su primera actitud: se cruzó de brazos y

miró al suelo. Al otro lado de la estatua, el gran pontífice permanecía

inmóvil como él. Baja la cabeza, con una mitra asiria, se miraba en

el pecho la placa de oro cubierta de piedras fatídicas, de las que

la llama despedía resplandores irisados. Amílcar inclinaba la frente;

y los dos personajes se encontraban tan cerca de la hoguera que las

llamas levantaban las colas de sus mantos.

Los brazos de cobre se movían más aprisa y sin pararse. Cada vez que

se introducía un niño, los sacerdotes de Moloch extendían la mano

sobre él como cargándole los crímenes del pueblo, vociferando: «¡No

son hombres: son bueyes!» Y la multitud repetía: «¡Bueyes, bueyes!»

Los devotos gritaban: «¡Señor, come!» Los sacerdotes de Proserpina,

conformándose por miedo a las necesidades de Cartago, murmuraban la

fórmula eleusiaca: «¡Derrama la lluvia! ¡Engendra!»

Las víctimas desaparecían al borde de la abertura como gotas de agua

en una plancha al rojo y un humo blanquecino ascendía entre el color

escarlata de la estatua.

Pero el apetito del dios no se calmaba: quería siempre más. Con el

objeto de saciarle mejor, le apilaron las víctimas en las manos con

una gruesa cadena por encima, que los sujetaba. Los devotos quisieron

contarlos al principio, para ver si el número de los niños correspondía

a los días del año solar; pero era imposible contarlos por el

movimiento vertiginoso de los horribles brazos. Esto duró mucho tiempo;

hasta la noche. Las paredes interiores tomaron un aspecto más obscuro,

y entonces se vieron las carnes quemadas; algunos creyeron reconocer

los restos de las víctimas por los cabellos, los miembros y hasta por

los cuerpos enteros.

Atardecía y las nubes se amontonaban encima de Baal. La hoguera,

exhausta ahora, formaba una pirámide de carbones hasta las rodillas del

coloso, completamente rojo, como un gigante lleno de sangre. Con la

cabeza inclinada, parecía tambalearse bajo el peso de su embriaguez.

A medida que los sacerdotes se daban prisa, aumentaba el frenesí del

pueblo; como disminuía el número de las víctimas, gritaban unos que se

necesitaban más, y otros que había bastante. Hubiérase dicho que las

murallas, cargadas de gente, se hundían bajo el peso de los alaridos de

espanto y de voluptuosidad mística. Llegaron otros fieles, a quienes

pagaban para que entregaran sus hijos a los sacerdotes. Los tocadores

de instrumentos, cansados, cesaban en su música, y entonces se oían

los gritos de las madres y el chirrido de la grasa que caía sobre los

carbones. Los bebedores de beleño, andando a gatas, daban vueltas al

coloso y rugían como tigres; los Yidonim vaticinaban; los devotos

cantaban con sus labios hendidos; se había roto la alambrada y todos

querían tomar parte en el sacrificio. Los padres cuyos hijos habían

muerto anteriormente, echaban al fuego su efigie, sus juguetes y los

huesos que habían quedado. Algunos, con sus cuchillos, se precipitaron

sobre los demás. Se degollaban entre ellos. Con palas de bronce, los

hieródulos recogieron las cenizas caídas en la losa y las echaron al

aire para que el sacrificio se esparciera por la ciudad, hasta la

región de las estrellas.

Este gran ruido y esa gran hoguera atrajeron a los bárbaros al pie de

las murallas; encaramados sobre los restos del helépolis, miraban el

espectáculo estremecidos de horror.

XIV

EL DESFILADERO DEL HACHA

Apenas habían entrado los cartagineses en sus casas, se espesaron las

nubes; aquellos que todavía miraban al coloso sintieron caer gruesas

gotas sobre sus frentes y empezó a llover recio.

Siguió lloviendo a cántaros toda la noche; retumbaba el trueno; era la

voz de Moloch, que había vencido a Tanit, la cual, ahora fecundada,

abría su vasto seno en lo alto del firmamento. A veces se la veía en

un claro del cielo, extendida sobre almohadones de nubes; luego las

tinieblas volvían a ocultarla como si, demasiado fatigada, quisiera

dormirse. Los cartagineses, que creían que el agua era hija de la luna,

gritaban para facilitar su tarea.

La lluvia caía sobre las azoteas, desbordándolas, formando lagos en los

patios, cascadas en las escaleras y torbellinos en las esquinas de

las calles. Vertíase en pesadas y tibias masas y en hilos apretados;

gruesos chorros espumosos saltaban de los ángulos de los edificios,

y los tejados de los templos brillaban con un negro lavado a la luz

de los relámpagos. De la Acrópolis bajaban torrentes por mil caminos;

las casas se derrumbaban y la avenida arrastraba impetuosamente vigas,

cascote y muebles.

Se habían sacado ánforas, jarras y lienzos impermeables para llenarlos

de agua, pero las antorchas se apagaban; se cogieron tizones de la

hoguera de Baal, y para beber muchos echaban hacia atrás la cabeza

y abrían la boca. Otros hundían los brazos hasta los sobacos en la

corriente fangosa, y tanta era el agua que bebían, que la vomitaban

como búfalos. Refrescó la atmósfera y todos aspiraban el aire húmedo

estirando sus miembros; se encendía en todos los corazones una inmensa

esperanza. Se olvidaron todas las miserias. Una vez más, la patria

renacía.

Sentían los cartagineses una especie de necesidad de hacer pagar a

otros el exceso de furor que no habían podido emplear contra sí mismos.

Un sacrificio como aquel no debía ser inútil, y si bien no tenían

ningún remordimiento, estaban transportados por el frenesí que da la

complicidad en los crímenes irreparables.

Los bárbaros habían aguantado la tempestad en sus tiendas mal cerradas;

al día siguiente se les veía medio ateridos, chapoteando en el barro,

buscando sus armas y municiones averiadas.

Salambó · 第 19 / 23 段