Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho
que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran
anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía
el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes
empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que
le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo.
Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil,
con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.
Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz
baja:
--Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa,
sepan de él.
Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían
visto entrar.
--Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo.
A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo
había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió
a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo
buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche,
viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar
cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.
* * * * *
Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a
los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y
dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las
comunicaciones y empezó a padecerse hambre.
Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince
elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se
habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les
alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres
todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del
crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las
piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino
costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas
del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados
los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día
que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran
animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con
cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne,
cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas
las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al
templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un
pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos
de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían
levantado barricadas por miedo a los vecinos.
Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la
defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En
las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de
lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura
que el viento agitaba sobre las terrazas.
Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos
eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el
frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que
estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño
llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más
irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los
techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo
una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles
llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose
en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas
como «¡Lo tengo bien merecido!»
La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de
las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el
bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar
y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y
murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal
esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde
guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo
que se hartaron durante tres días.
Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la
gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a
los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y
un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el
golfo.
Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo,
extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del
templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes,
y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a
la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a
cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse
con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los
bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para
hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce
palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de
los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.
Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de
toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni
ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres;
fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los
Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución
en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por
el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de
guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se
decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los
plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron
desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a
cumplir la orden.
Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía
juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les
arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza.
Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas
por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las
serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las
paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron
lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y
cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los
dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos
después de un viaje demasiado largo.
Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta
no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés
torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se
remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable
helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal
como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por
veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la
punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con
puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una
catapulta flanqueada por dos ballestas.
Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos
que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se
dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.
Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de
Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas
de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios.
Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.
En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas
que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron
algunas cabezas de bárbaros.
Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de
hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los
mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas,
agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y
apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se
veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a
la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo,
apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde
tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes
tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.
Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y
camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en
las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo
cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos
demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran
polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras,
chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una
lluvia sobre los combatientes.
Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos
humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose
en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban
echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban
dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de
sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los
negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos
por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros
vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes
atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban
petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban
cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho
tiempo los sobrevivientes.
Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los
tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros
habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los
autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso
de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos
de hombres por el aire, con los brazos extendidos.
Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día
contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir
la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de
paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda,
aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las
sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente,
habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas
con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se
precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el
ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación,
cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba
cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una
segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un
tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos
se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.
De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de
circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban
a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban
abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.
Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta
que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas,
y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo
con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por
sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y
conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los
que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho
como la rueda de un carro.
Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a
todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los
mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del
lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las
masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de
fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el
espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por
inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza,
se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se
adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes;
las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás
alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.
Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble
filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente
sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata
de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando
cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los
lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente,
los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo
a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los
aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de
un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás
despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su
paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis.
Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y
desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió
para llamar a sus compañeros.
Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer,
y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue
estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por
las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró
hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.
Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los
cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en
Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos,
semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas,
sacudiendo el tridente.
Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación,
impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía
la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó
a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso
intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le
vociferaba injurias.
Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan
cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se
echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas,
agotado.
Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas
que cantaban con cadencia.
Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él
con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el
talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para
máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con
llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera
lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió
de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto,
y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados
acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos.
Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas
tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de
la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la
catapulta.
Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había
supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla
más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas.
Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación,
en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que
formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre
la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo.
Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en
las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y
formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en
cascos y ánforas.
Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía
la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas,
y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados,
empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la
terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el
primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio,
soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como
levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se
ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se
paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta
el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó
con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en
las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de
las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis,
contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.
Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron
del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción.
Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud;
pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.
No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo
azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre,
se mostraba como una gran mancha de púrpura.
La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía
construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis,
cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos
enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas
se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí
y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente
como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían,
despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.
Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las
cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua
cenagosa.
¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez
descansados, volverían a la carga.
El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las
calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y
los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en
otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto
nada.
En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que
dormían tenían aspecto de muertos.
* * * * *
Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres,
recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart
tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la
República, iban sin duda a vengarse.
Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y
se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch,
el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían;
y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una
porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente
o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal
proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de
recomendarla como la más fácil y menos dura.
Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por
consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una
pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del
más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al
dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba
a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos
probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una
inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también
la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba
exclusivamente sobre las grandes familias.
Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido.
Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio
oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice
de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su
voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran
sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba
a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El
Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos,
sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos,
hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos
decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay
cosas más arduas de decir que de ejecutar.
La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron
lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus
maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.
Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el
Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron
allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de
la que muchos bebieron echados de bruces.
Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses
o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro
tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la
playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.
Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba
en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió
las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de
Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y
que el rey de Macedonia enviaría un ejército.
Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron
por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de
todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.
Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las
cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna
compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían
los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los
llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de
divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.
Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.
--¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...
Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la
otra luna, acompañado de un viejo.
Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano
toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los
esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.
Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la
mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le
ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama
de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.