Tendría unos diez años, y no sería más alto que una espada romana.

Sus crespos cabellos sombreaban una frente abombada. Hubiérase dicho

que sus miradas buscaban amplios espacios donde explayarse. Eran

anchas las fosas de su afilada nariz; en toda su persona resplandecía

el indefinible esplendor de aquellos que están destinados a grandes

empresas. Al derribar su pesado manto, dejó ver una piel de lince que

le envolvía el talle y unos pies descalzos, blancos por el polvo.

Adivinando que se trataba de cosas importantes, permanecía inmóvil,

con una mano atrás y otra en los labios, en actitud pensativa.

Amílcar hizo una señal a Salambó para que se acercara, y la dijo en voz

baja:

--Guardarás este niño contigo. ¿Lo oyes? Que nadie, ni aun los de casa,

sepan de él.

Y una vez más preguntó a Iddibal si estaba seguro de que no los habían

visto entrar.

--Las calles estaban desiertas --contestó el esclavo.

A causa de la guerra, que repercutía en las provincias, el esclavo

había temido por el hijo de su amo. No sabiendo dónde ocultarle, siguió

a lo largo de la costa en una chalupa, y llevaba tres días en el golfo

buscando la manera de entrar en Cartago; hasta que aquella noche,

viendo desiertos los alrededores de Kamón, se dio prisa a desembarcar

cerca del arsenal, encontrando libre la entrada del puerto.

* * * * *

Los bárbaros no tardaron en establecer una inmensa red para impedir a

los cartagineses salir de la ciudad. Levantaron más torres de madera y

dieron principio a la terraza artificial. Quedaron interrumpidas las

comunicaciones y empezó a padecerse hambre.

Fueron muertos los perros, todas las mulas y asnos y los quince

elefantes traídos por el Sufeta. Los leones del templo de Moloch se

habían enfurecido y los hieródulos no osaban acercarse a ellos. Se les

alimentó primero con los bárbaros heridos; luego les dieron cadáveres

todavía calientes; no los quisieron, y murieron todos. A la hora del

crepúsculo, la gente recorría el viejo recinto, cogiendo entre las

piedras hierbas y flores que hacían hervir con vino, porque el vino

costaba menos que el agua. Otros se aventuraban hasta las avanzadas

del enemigo para robar víveres de las tiendas de campaña. Asombrados

los bárbaros, no pocas veces los dejaban en paz. Al fin, llegó el día

que los Ancianos resolvieron degollar los caballos de Eschmún. Eran

animales sagrados, a los que los pontífices trenzaban las crines con

cintas de oro, y eran los símbolos del sol y del fuego. Su carne,

cortada en porciones iguales, fue ocultada detrás del altar, y todas

las noches, a pretexto de algún acto devoto, los Ancianos subían al

templo y se regodeaban en secreto, llevándose debajo de la túnica un

pedazo de carne para sus hijos. En los desiertos arrabales, lejos

de las murallas, los habitantes que padecían menos necesidad habían

levantado barricadas por miedo a los vecinos.

Las piedras de las catapultas y la de los derribos hechos para la

defensa habían acumulado montones de ruinas en medio de las calles. En

las horas de descanso, el populacho se precipitaba, vociferando, y de

lo alto de la Acrópolis los incendios formaban como jirones de púrpura

que el viento agitaba sobre las terrazas.

Las tres grandes catapultas no cesaban en su destrucción; sus estragos

eran tan extraordinarios, que la cabeza de un hombre fue a dar en el

frontispicio de los Sisitas; y en la calle de Kinisdo, una mujer que

estaba pariendo fue aplastada por un bloque de piedra, y el niño

llevado, juntamente con la cama, hasta la esquina de Cinasim. Lo más

irritante eran los tiros de los honderos. Caían sus piedras sobre los

techos, en los jardines y en los patios, mientras se estaba comiendo

una pobre comida, con el corazón oprimido. Los atroces proyectiles

llevaban letras grabadas que quedaban impresas en la carne; leyéndose

en los cadáveres injurias como _puerco_, _chacal_, _piojo_; y burlas

como «¡Lo tengo bien merecido!»

La parte fortificada desde el ángulo de los puertos hasta la altura de

las cisternas, quedó hundida, y la gente de Malqua se encontró entre el

bárbaro y el recinto de Byrsa; pero bastante había que hacer en espesar

y levantar más la muralla para ocuparse de ellos; se les abandonó y

murieron todos. Aunque eran odiados por los cartagineses, pareció mal

esta crueldad de Amílcar. Al día siguiente, este abrió los fosos donde

guardaba el trigo, y sus intendentes lo repartieron al pueblo, con lo

que se hartaron durante tres días.

Pero la sed era intolerable, y la hacía más cruel el ver delante la

gran cascada de agua limpia que se derramaba del acueducto y que, a

los rayos del sol, despedía un fino vapor, con un arco iris al lado y

un pequeño río que, haciendo curvas en la playa, se iba a verter en el

golfo.

Amílcar no cedía; contaba con algo imprevisto, decisivo,

extraordinario. Sus esclavos arrancaron las hojas de plata del

templo de Melkart; sacó del puerto cuatro naves, con cabestrantes,

y los transportó abajo de los Mapales, horadando el muro que daba a

la ribera, para que fueran a las Galias a contratar mercenarios, a

cualquier precio. Lo que más le impacientaba era no poder comunicarse

con el rey de los númidas, a quien suponía a retaguardia de los

bárbaros y pronto a caer sobre ellos. Narr-Habas, demasiado débil para

hacer esto, no podía arriesgarse solo; el Sufeta hizo levantar doce

palmos más de parapeto, guardar en la Acrópolis todo el material de

los arsenales y reparar nuevamente las máquinas.

Se empleaban para rollos de las catapultas tendones de cuello de

toro o bien jarretes de ciervo; pero no había en Cartago ni toros ni

ciervos. Amílcar pidió a los Ancianos los cabellos de sus mujeres;

fueron sacrificados, y no hubo bastante. Había en las casas de los

Sisitas doscientas esclavas núbiles y las destinadas a la prostitución

en Grecia e Italia; y sus cabellos, que se habían hecho elásticos por

el uso de ungüentos, se encontraron bonísimos para las máquinas de

guerra. Como la pérdida sería considerable al vender las esclavas, se

decidió escoger las más hermosas cabelleras entre las mujeres de los

plebeyos. Sin cuidarse de las necesidades de la patria, estas gritaron

desesperadas cuando los criados de los Ciento vinieron con tijeras a

cumplir la orden.

Los bárbaros sentían redoblado su furor. De lejos, se les veía

juntar la grasa de los muertos para ensebar sus máquinas; otros les

arrancaban las uñas, que cosían unas con otras, haciéndose una coraza.

Imaginaron poner en las catapultas vasijas llenas de serpientes traídas

por los negros; al romperse los vasos de arcilla en las losas, las

serpientes corrían, parecían pulular y salir naturalmente de las

paredes. Descontentos de esta invención, los bárbaros la perfeccionaron

lanzando toda clase de inmundicias, excrementos humanos, carroña y

cadáveres. Sobrevino la peste. A los cartagineses se les caían los

dientes; tenían las encías descoloridas como las de los camellos

después de un viaje demasiado largo.

Se colocaron las máquinas sobre la terraza artificial, por más que esta

no llegaba todavía a la altura de la fortificación. Ante las veintitrés

torres del recinto se levantaron otras veintitrés torres de madera. Se

remontaron todos los tonelones, y algo más atrás aparecía la formidable

helépolis de Demetrio Poliorcetes, reconstruido por Espendio. Piramidal

como el faro de Alejandría, era alto, de ciento treinta codos por

veintitrés de ancho, con nueve pisos que iban disminuyendo hacia la

punta y estaban defendidos por placas de cobre y agujereadas, con

puertas llenas de soldados. En su plataforma superior se erguía una

catapulta flanqueada por dos ballestas.

Para contrarrestar su efecto, Amílcar hizo plantar cruces para aquellos

que hablaran de entregarse, y hasta las mujeres fueron enroladas. Se

dormía en las calles, y se despertaban llenos de angustia.

Una mañana, un poco antes de salir el sol, en el séptimo día del mes de

Nisan, se oyó una gritería entre los bárbaros, roncaron las trompetas

de tubo de plomo y mugieron como toros los grandes cuernos paflagonios.

Los cartagineses acudieron en masa a la muralla.

En la base de esta se erizaba un bosque de lanzas, picas y espadas

que asaltaba el muro, acercando las escalas. En el almenaje asomaron

algunas cabezas de bárbaros.

Golpeaban las puertas unas vigas empujadas por largas filas de

hombres; y en los sitios en que la terraza se interrumpía, los

mercenarios, para demoler el muro, venían en cohortes cerradas,

agachada la primera hilera, doblando la rodilla la segunda, y

apareciendo sucesivamente las otras, hasta las últimas, que se

veían de pie; en tanto que para hacer el escalo, el más alto iba a

la cabeza, el más bajo, a la cola, y todos con el brazo izquierdo,

apoyando los escudos encima de los cascos, los juntaban por el borde

tan estrechamente, que hubiérase dicho una ensambladura de enormes

tortugas. Resbalaban los proyectiles por encima de estas masas oblicuas.

Los cartagineses arrojaban ruedas de molino, pilas, cubas, toneles y

camas; todo lo que podía hacer peso y derribar. Algunos acechaban en

las troneras con una red de pescar y, cuando llegaba el bárbaro, lo

cogían en las mallas, en las que se revolvía como un pez. Ellos mismos

demolían sus almenas; caían lienzos de muralla, levantando una gran

polvareda; las catapultas de la terraza tiraban unas contra otras,

chocaban sus piedras y estallaban en mil pedazos, resultando como una

lluvia sobre los combatientes.

Muy pronto, las dos multitudes formaron una gruesa cadena de cuerpos

humanos, que desbordaba en los intervalos de la terraza y, aflojándose

en las dos extremidades, se doblaba sin avanzar seguido. Se apretujaban

echados de bruces, como luchadores. Se aplastaban. Las mujeres aullaban

dobladas sobre las almenas. Las tiraban del pelo, y la blancura de

sus cuerpos, desnudos de pronto, brillaba entre los brazos de los

negros, que les hundían sus puñales. Los cadáveres, demasiado ceñidos

por la multitud, no caían; sostenidos por el empuje de los compañeros

vivos, iban en pie y con los ojos abiertos. Algunos, con las sienes

atravesadas por una azagaya, movían la cabeza como osos. Quedaban

petrificadas las bocas que se abrían para gritar, y las manos volaban

cortadas. Se dieron grandes golpes, de los que hablaron por mucho

tiempo los sobrevivientes.

Venían flechas de las torres de madera y de las de piedra. Los

tonelones movían rápidamente sus largas antenas, y como los bárbaros

habían saqueado debajo de las catacumbas el viejo cementerio de los

autóctonos, lanzaban sobre los cartagineses losas de sepultura. Al peso

de las cestas, demasiado llenas, se cortaban los cables y caían racimos

de hombres por el aire, con los brazos extendidos.

Los hoplitas veteranos se habían encarnizado hasta la mitad del día

contra la Tania, con el objeto de penetrar en el puerto y destruir

la flota. Amílcar hizo encender en el techo de Kamón una hoguera de

paja húmeda; cegándoles el humo, se revolvían a derecha e izquierda,

aumentando el horrible tumulto que se empujaba en Malqua. Las

sintagmas, compuestas de hombres robustos, escogidos expresamente,

habían hundido tres puertas; les detuvieron altas barreras de planchas

con clavos. La cuarta puerta cedió más fácilmente, y aquellos se

precipitaron corriendo, yendo a caer en un foso lleno de cepos. En el

ángulo sudoeste, Autharita y sus hombres abatieron la fortificación,

cuyos portillos estaban tapados con ladrillos. El terreno formaba

cuesta, y lo subieron con ligereza; pero en lo alto encontraron una

segunda muralla de piedras y vigas, alternadas como las casillas de un

tablero de ajedrez a la usanza gala, adoptada por el Sufeta. Los galos

se creyeron en su tierra; atacaron con tibieza, y fueron rechazados.

De la calle de Kamón al Mercado de las Hierbas, todo el camino de

circunvalación pertenecía ahora a los bárbaros; los samnitas remataban

a estacazos a los moribundos, o bien con un pie en el muro contemplaban

abajo las ruinas humeantes, y a lo lejos, la batalla que se entablaba.

Los honderos, repartidos a retaguardia, disparaban sin cesar, hasta

que, a fuerza del uso, se rompió el resorte de las hondas acarnanianas,

y entonces tiraban piedras con la mano, o bien lanzaban bolas de plomo

con el mango de su rebenque. Zarxas, con las espaldas cubiertas por

sus largos cabellos negros, estaba en todas partes, dando saltos y

conduciendo a los baleares. Llevaba en los lomos dos zurrones, en los

que metía continuamente la mano izquierda, manejando el brazo derecho

como la rueda de un carro.

Matho se abstuvo al principio de combatir, para mandar mejor a

todos los bárbaros. Se le había visto a lo largo del golfo con los

mercenarios; cerca de la laguna, con los númidas; a orillas del

lago, entre los negros, y en el fondo de la llanura, empujaba las

masas de soldados que llegaban incesantemente contra las líneas de

fortificación. Poco a poco fue acercándose; el olor de la sangre, el

espectáculo de la matanza y el estrépito de los clarines acabaron por

inflamarle el corazón. Entró en su tienda y, quitándose la coraza,

se vistió la piel de león, más cómoda para la batalla. El hocico se

adaptaba a su cabeza, bordeado el rostro de un círculo de dientes;

las dos patas anteriores se cruzaban sobre su pecho, y las de atrás

alargaban las garras hasta más abajo de sus rodillas.

Conservaba su grueso cinturón, en el que brillaba un hacha de doble

filo; y con su espadón en las dos manos, se precipitó impetuosamente

sobre la brecha. Como podador que corta ramas de sauce y que trata

de cortar lo más posible para ganar más dinero, así marchaba segando

cartagineses alrededor suyo. A los que intentaban cogerle por los

lados, él los abatía a golpes de empuñadura; si le atacaban de frente,

los atravesaba; si huían, los hendía. Dos hombres saltaron a un tiempo

a su espalda, y él, retrocediendo de un salto contra una puerta, los

aplastó. Su espada bajaba y subía hasta que se rompió en el ángulo de

un muro. Entonces empuñó la pesada hacha, y por delante y por detrás

despanzurraba cartagineses como rebaño de corderos. Se apartaban a su

paso, y llegó solo ante el segundo recinto, al pie de la Acrópolis.

Los materiales lanzados de la cima llenaban de escombros las gradas y

desbordaban sobre la muralla. Matho, en medio de las ruinas, se volvió

para llamar a sus compañeros.

Veía sus penachos diseminados entre la multitud; iban a perecer,

y él se lanzó hacia ellos; la vasta corona de plumas rojas se fue

estrechando, y pronto se le reunieron los compañeros, rodeándole. Por

las calles laterales desembocaba una enorme multitud, que le arrastró

hasta fuera de la fortificación, en un lugar donde la terraza era alta.

Matho dio una voz de mando; todos los escudos se pusieron encima de los

cascos; saltó encima para agarrarse a algún sitio y poder entrar en

Cartago; y blandiendo el hacha terrible, corrió encima de los escudos,

semejantes a olas de bronce, como un dios marino sobre las ondas,

sacudiendo el tridente.

Un hombre de túnica blanca se paseaba al borde de la fortificación,

impasible e indiferente a la muerte que le rodeaba. A veces, extendía

la mano derecha sobre los ojos para descubrir a alguno. Matho acertó

a pasar debajo de él. Las pupilas del hombre se inflamaron, se puso

intensamente pálido y, levantando sus dos brazos escuálidos, le

vociferaba injurias.

Matho no le oía; pero sintió penetrar en su corazón una mirada tan

cruel y furiosa, que dio un rugido. Le tiró la pesada hacha; otros se

echaron sobre Schahabarim, y Matho, no viéndole ya, cayó de espaldas,

agotado.

Se acercaba un rugido espantable, mezclado con el ritmo de voces roncas

que cantaban con cadencia.

Era el gran helépolis, rodeado por una turba de soldados. Tiraban de él

con las dos manos, con cuerda, y empujando con los hombros; porque el

talud que subía del llano, si bien muy suave, era impracticable para

máquinas de peso tan excesivo. Llevaba, sin embargo, ocho ruedas con

llantas de hierro, y desde la mañana iba avanzando así, de una manera

lenta, como una montaña que va subiendo encima de otra. Luego salió

de su base un inmenso ariete; sus tres caras quedaron al descubierto,

y aparecieron en su interior, como colmenas de hierro, soldados

acorazados que subían y bajaban las escaleras a través de sus pisos.

Algunos de aquellos esperaban a lanzarse que los garfios de las puertas

tocasen al muro; en medio de la plataforma superior, los tirantes de

la ballesta daban vueltas, en tanto que bajaba el gobernalle de la

catapulta.

Amílcar estaba en este momento de pie en el terrado de Melkart. Había

supuesto que la máquina vendría allí, por ser el sitio de la muralla

más invulnerable y estar, a causa de esto, desprovisto de centinelas.

Mandó a sus esclavos que llevaran odres al camino de circunvalación,

en el que habían levantado con arcilla dos tabiques transversales que

formaban una especie de balsa. El agua corría insensiblemente sobre

la terraza, siendo lo más extraño que Amílcar se mostrara tranquilo.

Cuando el helépolis estuvo a unos treinta pasos, mandó poner tablas en

las calles de casa a casa, desde las cisternas hasta los baluartes, y

formó cuerdas de gente para que pasaran el agua de mano en mano, en

cascos y ánforas.

Los cartagineses se indignaban por este agua perdida. El ariete demolía

la muralla; de pronto, brotó una fuente de entre las piedras separadas,

y la máquina de cobre, de nueve pisos, con más de tres mil soldados,

empezó a oscilar suavemente, como un barco. El agua, entrando en la

terraza, había ahondado el terreno; las calles se enfangaron; en el

primer piso, entre cortinas de cuero, asomó la cabeza de Espendio,

soplando con fuerza en una bocina de marfil. La gran máquina, como

levantada convulsivamente, avanzó unos diez pasos; pero el terreno se

ablandaba cada vez más, el fango llegaba a los ejes, y el helépolis se

paró, ladeándose espantosamente de un lado. La catapulta rodó hasta

el borde de la plataforma, y, llevada por la carga del timón, volcó

con todos los que la ocupaban. Los soldados que estaban amontonados en

las puertas cayeron en el abismo, y los que se sostenían al extremo de

las largas vigas, aumentando con su peso la inclinación del helépolis,

contribuían a que este se desmembrara en todas sus junturas.

Acudieron los demás bárbaros a socorrerlos. Los cartagineses bajaron

del reducto y, atacándolos por retaguardia, los mataron a discreción.

Sobrevinieron los carros de hoces, corriendo en torno de esa multitud;

pero se hizo de noche, y los bárbaros se retiraron.

No se veía en el llano más que un hormigueo negro desde el golfo

azulado hasta la laguna blanca; a lo lejos, el lago, lleno de sangre,

se mostraba como una gran mancha de púrpura.

La terraza estaba ahora tan cargada de cadáveres, que parecía

construida con cuerpos humanos. En medio se destacaba el helépolis,

cubierto de armaduras; y a intervalos, se desprendían de él fragmentos

enormes, como piedras de pirámide que se desmorona. En las murallas

se veían los anchos rastros labrados por los arroyos de plomo. Aquí

y acullá ardía una torre de madera; las casas aparecían vagamente

como gradas de un anfiteatro en ruinas. Densas humaredas subían,

despidiendo chispas que se perdían en el cielo negro.

Los cartagineses, devorados por la sed, se habían precipitado a las

cisternas. Rompieron las puertas; el fondo estaba lleno de agua

cenagosa.

¿Qué hacer ahora? Los bárbaros eran innumerables, y una vez

descansados, volverían a la carga.

El pueblo, por las noches, deliberaba en grupos en las esquinas de las

calles. Decían unos que se debían despedir las mujeres, los enfermos y

los viejos; proponían otros abandonar la ciudad y fundar una colonia en

otra parte; pero faltaban los barcos. Salió el sol y no habían resuelto

nada.

En este día no se peleó, porque todos estaban cansados; hasta los que

dormían tenían aspecto de muertos.

* * * * *

Reflexionando los cartagineses sobre la causa de sus desastres,

recordaron no haber enviado a Fenicia la ofrenda anual debida a Melkart

tirio; y esto los llenó de pavor. Los dioses, indignados contra la

República, iban sin duda a vengarse.

Se les consideraba como genios crueles que se aplacaban con súplicas y

se dejaban ganar por dádivas. Todos eran débiles comparados con Moloch,

el Devorador. La vida, la carne misma de los hombres le pertenecían;

y para salvarlas, acostumbraban los cartagineses ofrecerles una

porción que calmara su furor. Se quemaba a los niños, en la frente

o en la nuca, con mechas de lana; esta manera de satisfacer a Baal

proporcionaba a los sacerdotes mucho dinero, por lo que no dejaban de

recomendarla como la más fácil y menos dura.

Pero esta vez se trataba de la República, de la nación; por

consiguiente, ya que cualquier provecho debía ser a cambio de una

pérdida, que cualquiera transacción debía arreglarse en beneficio del

más fuerte y en perjuicio del más débil, no se debía escatimar nada al

dios, supuesto que este se deleitaba en lo más horrible y que se estaba

a su discreción. Era necesario saciarlo completamente. Los ejemplos

probaban que por este medio cesaban las plagas. Creíase además que una

inmolación por el fuego purificaría a Cartago. Se halagaba también

la ferocidad del pueblo, tanto más cuanto que la elección pesaba

exclusivamente sobre las grandes familias.

Reuniéronse los Ancianos. La sesión fue larga. Hannón había venido.

Como no podía sentarse, se quedó acostado junto a la puerta, medio

oculto entre las franjas de la alta tapicería: y cuando el pontífice

de Moloch les preguntó si consentirían entregar sus hijos, estalló su

voz como el rugido de un genio en el fondo de una caverna. Sentía, eran

sus palabras, no poder dar su propia sangre: y al decir esto, miraba

a Amílcar, que estaba a su frente, en el otro extremo de la sala. El

Sufeta se turbó de tal suerte, que bajó los ojos. Aprobaron todos,

sucesivamente, con una inclinación de cabeza y, conforme a los ritos,

hubo que contestar al gran sacerdote: «Sea así.» Con esto, los Ancianos

decretaron el sacrificio por una perífrasis tradicional; porque hay

cosas más arduas de decir que de ejecutar.

La resolución se supo en seguida en toda Cartago. Se oyeron

lamentaciones. Gritaban en todas partes las mujeres; las consolaban sus

maridos, o bien las recriminaban por su falta de resignación.

Pero tres horas después se supo otra noticia más extraordinaria: el

Sufeta había encontrado fuentes en la base del acantilado. Corrieron

allí, y, efectivamente, cavando en la arena, se encontró agua dulce, de

la que muchos bebieron echados de bruces.

Ni el mismo Amílcar sabía si esto era por disposición de los dioses

o el vago recuerdo de una revelación que su padre le hiciera en otro

tiempo; ello fue que al salir de la sesión de los Ancianos, bajó a la

playa, y con sus esclavos se puso a cavar en la arenisca.

Repartió calzado, ropas y vino, y todo el resto del trigo que guardaba

en su casa. Hasta hizo entrar al pueblo en su palacio, y le abrió

las cocinas, los almacenes y todas las habitaciones, excepto la de

Salambó. Anunció además que iban a venir seis mil mercenarios galos y

que el rey de Macedonia enviaría un ejército.

Pero al segundo día, las fuentes disminuyeron; y al tercero, se secaron

por completo. Con esto, el decreto de los Ancianos volvió a la mente de

todos, y los sacerdotes de Moloch empezaron su tarea.

Hombres vestidos de negro se presentaban en las casas, muchas de las

cuales encontraban desiertas, a pretexto de algún asunto o de alguna

compra de sus moradores. Volvían los sirvientes de Moloch y cogían

los niños. Había quien entregaba estúpidamente sus hijos. A estos los

llevaban al templo de Tanit, donde las sacerdotisas se encargaban de

divertirlos y alimentarlos hasta el día solemne.

Presentáronse en casa de Amílcar, al que encontraron en sus jardines.

--¡Barca, venimos a lo que tú sabes..., por tu hijo!...

Añadieron que se había visto a este, en los Mapales, en una noche de la

otra luna, acompañado de un viejo.

Al pronto, Amílcar quedó cortado, pero comprendiendo que sería en vano

toda negativa, accedió, introduciéndoles en la Casa de Comercio. Los

esclavos, a una señal suya, vigilaron los contornos.

Entró como un aturdido en la cámara de Salambó; tomó a Aníbal de la

mano, arrancó con la otra la presilla del vestido que arrastraba; le

ató de pies y manos, le amordazó la boca y lo ocultó debajo de la cama

de pieles de buey, dejando caer hasta el suelo un ancho tapiz.

Salambó · 第 18 / 23 段