y en las noches obscuras, entre los bloques desunidos, se veían luces
en los chamizos de Malqua. En ciertos sitios dominaban la altura de
los baluartes. Vivían allí con sus nuevos maridos las mujeres de los
mercenarios expulsadas por Matho. Al verlos no pudieron contenerse;
agitaban de lejos sus chales y venían de noche a hablar con los
soldados por la brecha de la muralla, hasta que el Gran Consejo supo
una mañana que todas habían huido. Unas habían pasado entre las
piedras; otras, más intrépidas, habían bajado con cuerdas.
Al fin, Espendio resolvió realizar su proyecto, que la guerra le
impidiera ejecutar antes. Desde que se presentó ante Cartago, supuso
que los habitantes sospechaban lo que él proyectaba; pero los
centinelas del acueducto eran cada vez en menor número, porque hacía
falta gente para la defensa del recinto.
El antiguo esclavo se ejercitó durante muchos días en disparar flechas
a los flamencos del lago, y una noche de luna rogó a Matho que hiciera
encender una gran hoguera de paja y que la tropa diera al mismo tiempo
grandes gritos, y llevándose a Zarxas, orilló el golfo, camino de Túnez.
A la altura de los últimos arcos, torcieron hacia el acueducto; el
sitio estaba descubierto y avanzaron arrastrándose hasta la base de las
piedras.
Los centinelas de la plataforma se paseaban tranquilamente. Viéronse
grandes llamaradas; sonaron los clarines, y los soldados de su facción,
creyendo que se trataba de un asalto, corrieron hacia Cartago.
Pero quedó un hombre, al que se veía en el negro fondo del cielo. Le
iluminaba la luna por detrás, y su desmesurada sombra le daba de lejos
el aspecto de un obelisco andando.
Esperaron que se presentara ante ellos. Zarxas preparó su honda.
Espendio, por prudencia o por ferocidad, le detuvo:
--No, el silbido de la piedra haría ruido. ¡Déjame a mí!
Y empuñando el arco con todas sus fuerzas, y apoyándolo en el tobillo
del pie izquierdo, apuntó y disparó La flecha.
El hombre no cayó; desapareció.
--Si estuviera herido, le oiríamos --dijo Espendio; y subió aprisa, de
pico en pico, como hizo la primera vez, ayudándose de una cuerda y de
un arpón. Llegó arriba y dejó caer el cadáver. El bárbaro clavó un pico
con su martillo y se volvió.
No sonaban las trompetas; todo parecía tranquilo. Espendio había
removido una de las losas, entrado en el agua y vuelto a ponerla en su
sitio.
Calculando la distancia por el número de pasos, llegó precisamente
al lugar donde había observado una hendidura oblicua; y en las tres
horas que quedaban de noche, trabajó sin cesar, con furia, respirando
apenas por los intersticios de las losas de encima, lleno de angustia
y creyendo morirse veinte veces. Por fin oyó un crujido; una piedra
enorme, desprendida de los arcos inferiores, rodó hasta abajo, y de
repente una catarata, todo un río, cayó en el llano. El acueducto,
cortado por la mitad, se desbordaba. Era la muerte de Cartago; la
victoria para los bárbaros.
En un instante, los cartagineses, despertados, salieron a las murallas,
de las casas y de los templos. Los bárbaros avanzaban, gritando,
bailando, delirantes de alegría, alrededor de la gran caída de agua, y
en la extravagancia de su júbilo se mojaban la cabeza.
Viose en la cima del acueducto un hombre, con la túnica rota, hecha
jirones. Estaba colgado, con las manos en los lomos, mirando hacia
abajo, como asustado de su obra.
En seguida se irguió. Miró el horizonte con aire soberbio, como
pareciendo decir: «Todo esto es mío ahora.» Los bárbaros aplaudieron;
los cartagineses, comprendiendo su desastre, aullaban de desesperación.
Espendio paseó la plataforma, de un extremo a otro, y como auriga
triunfante en los juegos olímpicos, transportado de orgullo, levantaba
los brazos.
XIII
MOLOCH
Los bárbaros no tenían necesidad de fortificarse del lado de África,
porque esta les pertenecía; pero para hacer más fácil los aproches de
las murallas, se derribó el atrincheramiento que rodeaba el foso. Matho
dividió el ejército en grandes semicírculos, con el fin de envolver
mejor a Cartago. Los hoplitas mercenarios fueron puestos en primera
línea; detrás de ellos, los honderos y los jinetes; en el fondo, los
bagajes, carretas y caballos; a trescientos pasos de las torres se
erizaban las máquinas.
No obstante la variedad infinita de sus nombres (que cambiaron muchas
veces en el curso de los siglos), podían reducirse a dos sistemas: unas
funcionaban como hondas y otras como arcos.
Las primeras, las catapultas, se componían de un marco cuadrado, con
dos montantes verticales y una barra horizontal. En su parte anterior,
un cilindro con cables sostenía un gran timón provisto de una cuchara
para recibir los proyectiles. La base estaba fija en una madeja de
hilos torcidos, que, cuando se soltaban las cuerdas, se levantaba,
yendo a dar contra la barra, multiplicando su fuerza con esta sacudida.
Las segundas eran de un mecanismo más complicado. Sobre una pequeña
columna, iba fijo en su mitad un travesaño, en el que terminaba en
ángulo recto una especie de canal; a los extremos del travesaño
se elevaban dos capiteles conteniendo un revoltijo de crines. Dos
vigas sostenían los cabos de una cuerda que se hacía llegar abajo
de la canal, sobre una tableta de bronce. A favor de un resorte, se
desprendía esta placa de metal y por las ranuras despedía las flechas.
Otro nombre de las catapultas era el de onagros, como los asnos
salvajes que tiran piedras con los pies; y de las ballestas, el de
escorpiones, por un gancho erecto en la tablilla, que bajándose de un
puñetazo hacía saltar el resorte.
Su construcción requería sabios cálculos; las maderas se escogían entre
las más duras; los engranajes eran de bronce. Se movían por medio de
palancas, de garruchas, cabrestantes y tímpanos; fuertes ejes o quicios
variaban la dirección del tiro; unos cilindros las hacían avanzar, y
los de mayor tamaño se montaban pieza por pieza, enfrente del enemigo.
Espendio colocó las tres grandes catapultas en los tres ángulos
principales; delante de cada puerta, una ballesta, y circulando por
detrás los combatientes. Faltaba resguardarlas del fuego de los
sitiados y rellenar primero el foso que las separaba de las murallas.
Se hicieron galerías con zarzos de juncos verdes y cimbras de encina,
parecidos a enormes escudos movidos por tres ruedas; en pequeñas chozas
cubiertas con pieles de animales y embarradas de hierbas, se abrigaban
los trabajadores; catapultas y ballestas fueron defendidas con redes de
cuerdas, mojadas en vinagre para hacerlas incombustibles. Mujeres y
niños iban por piedras a la playa, las amontonaban con las manos y las
llevaban a los soldados.
También se preparaban los cartagineses.
Amílcar los había tranquilizado declarando que quedaba agua en las
cisternas para ciento veintitrés días. Tal afirmación, su presencia
en medio de ellos y la del zaimph, sobre todo, les dieron buenas
esperanzas. Cartago se levantó de su abatimiento; los que no eran de
origen cananeo se dejaron llevar del entusiasmo de los demás.
Se armó a los esclavos y se vaciaron los arsenales; cada ciudadano
tuvo su puesto y su empleo. Sobrevivían doscientos hombres de los
tránsfugas, y el Sufeta los hizo capitanes a todos; los carpinteros,
armeros, herreros y orfebres fueron asignados para las máquinas que
conservaban los cartagineses, a pesar del tratado de paz con Roma. Las
repararon bien, porque eran entendidos en estas obras.
Quedaban inaccesibles los dos lados septentrional y oriental,
defendidos por el mar y el golfo. En la muralla, dando el frente
a los bárbaros, se pusieron troncos de árboles, ruedas de molino,
vasos llenos de azufre, cubas de aceite y se construyeron hornos. Se
amontonaron piedras en la plataforma de las torres; y rellenaron de
arena las más próximas a las fortificaciones, para afirmar y aumentar
su espesor.
Ante estos preparativos, los bárbaros se irritaron. Querían combatir en
seguida. Tan enormes eran los pesos que pusieron en las catapultas que
se rompieron los timones, por lo que se retrasó el ataque.
Por fin, en el día decimotercero del mes de Schabar, al salir el sol,
resonó un gran golpe en la puerta de Kamón.
Setenta y cinco soldados tiraban de las cuerdas dispuestas en la
base de una viga gigantesca, suspendida horizontalmente por cadenas
que bajaban de una horca, rematada en una cabeza de carnero, todo de
cobre. Iba forrada con pieles de buey; unos brazaletes de hierro la
reforzaban de trecho en trecho; era tres veces más gruesa que el cuerpo
de un hombre, larga de ciento veinte codos, y avanzaba y retrocedía con
oscilación regular al empuje de los desnudos brazos.
Los demás arietes de las otras puertas empezaron a moverse. En las
ruedas ahuecadas de los tímpanos se vieron hombres que subían de
escalón en escalón. Las poleas y los capiteles rechinaron, cayeron las
redes de cuerdas, y a un mismo tiempo se lanzaron nubes de piedras y de
flechas. Corrían desperdigados todos los honderos; algunos, acercábanse
a los baluartes, ocultando bajo los escudos ollas de resina, que luego
lanzaban a fuerza de brazo. Esta granizada de piedras, de dardos y
de fuego pasaba por encima de las primeras filas, describiendo una
curva que iba a caer por detrás de las murallas. Pero en las cimas de
estas se levantaban largas grúas de las que servían para enarbolar las
naves, y de ellas bajaban enormes pinzas terminadas en dos semicírculos
dentados interiormente. Estas máquinas mordían a los arietes. Los
soldados, colgados de la viga, tiraban hacia atrás. Los cartagineses
trabajaban para hacerla subir, y la porfía duró hasta la noche.
Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos
de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón,
de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los
baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en
horquillas y hoces.
Con esto empezó una furiosa resistencia.
Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer
alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por
ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de
las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.
Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte.
Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de
materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie.
En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas
para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor
gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana
hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión
de un bastidor de tejedor.
Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas
de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones
gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la
izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual.
Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con
suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y
cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la
ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los
dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como
para seguirlos.
Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres
con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas.
A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a
las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la
vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea
bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas
burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.
Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada
por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte
superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de
construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra.
Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus
ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló
en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas
como un mar desbordado.
Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los
sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas,
una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando
muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en
hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un
solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de
la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como
dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de
las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido
rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas
quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas
gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por
la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles
a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido,
quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos
brazos extendidos.
El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios
esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.
En ocasiones, un hombre a espaldas de otro, hundía un hierro entre
las piedras, sirviéndole de escalón para subir más arriba y poner un
segundo y un tercero; protegidos por el borde de las almenas rebasaban
la muralla, y poco a poco iban subiendo; pero siempre, al llegar
a cierta altura, se despeñaban. Repleto el foso, desbordaba; bajo
los pies de los vivos, los heridos, en montón, se mezclaban con los
cadáveres y los moribundos. Entre entrañas abiertas, sesos esparcidos
y charcos de sangre, los troncos calcinados formaban manchas negras;
brazos y piernas, saliendo a medias de un montón, quedaban enhiestos
como rodrigón en una viña incendiada.
Encontrándose insuficientes las escalas se emplearon los tonelones,
o sea unos instrumentos compuestos de una larga viga puesta
transversalmente sobre otra, y llevando al extremo una cesta
cuadrangular en la que cabían treinta peones con sus armas.
Matho quiso subir en la primera que estuvo dispuesta. Espendio le
detuvo. Unos hombres se encorvaron sobre un molinete; se levantó la
gran viga, quedó horizontal, luego casi vertical, y, excesivamente
cargada en la punta, se doblaba como una enorme caña. Los soldados,
ocultos hasta la barba, se apretujaban; no se veía más que las puntas
de los cascos. Por fin, así que estuvo a cincuenta codos en el aire,
giró de derecha a izquierda muchas veces y luego bajó; como un brazo de
gigante que llevara en la mano una cohorte de pigmeos, puso al borde de
la muralla la cesta llena de hombres. Saltaron estos adentro, y no se
les volvió a ver.
Pronto estuvieron dispuestos los restantes tonelones; pero hubieran
sido necesarios cien veces más para tomar la ciudad. En vista de esto,
se les empleó para la matanza. Arqueros etíopes subidos en las cestas,
que estaban sujetas con cables, disparaban flechas envenenadas. Los
cincuenta tonelones dominaban las almenas y rodeaban a Cartago, como
buitres monstruosos; los negros se reían al ver a los guardias de la
fortificación morir entre atroces convulsiones.
Amílcar envió hoplitas a los que hacía beber todas las mañanas el jugo
de ciertas hierbas que les preservaba del veneno.
En una noche obscura embarcó sus mejores soldados en gabarras y
balsas, y dando la vuelta a la derecha del puerto, fue a desembarcar
en la Tania. Avanzaron hasta las primeras líneas de los bárbaros y,
cogiéndoles por el flanco, hicieron gran carnicería. Hombres colgados
de cuerdas bajaban de noche de lo alto de la muralla, incendiaban las
obras de los mercenarios y volvían a subir.
Matho estaba ansioso; cada obstáculo avivaba su cólera; hacía cosas
terribles y extravagantes; citaba mentalmente a Salambó a una
entrevista, y se quedaba esperándola. Como no venía, esto le pareció
una traición, y en adelante, la aborreció. Si hubiera visto su
cadáver, tal vez se habría alegrado. Dobló las avanzadas, plantó horcas
al pie de los fuertes y mandó a los libios que le trajeran toda la
madera de un bosque para pegarla fuego e incendiar a Cartago como una
madriguera de zorras.
Espendio se obstinaba en el sitio. Procuraba inventar máquinas
espantables, como no se habían visto nunca.
Los otros bárbaros, acampados a lo lejos, en el istmo, se aburrían
de la lentitud y murmuraban. Se los dejó en libertad de acción y se
precipitaron con cuchillos y jabalinas, a las mismas puertas. Su
desnudez facilitaba las heridas, y los cartagineses hicieron gran
mortandad. Los mercenarios se alegraron, sin duda, por celos del botín.
Se originaron riñas y peleas entre ellos. Como la campiña estaba
devastada, se disputaban los víveres. Iban descorazonándose, y se
retiraron hordas numerosas.
Se intentó cavar minas; mas siendo el terreno quebradizo, se hundió.
Probaron hacerlas en otro sitio; pero Amílcar adivinaba siempre su
dirección, aplicando el oído a un escudo de bronce. Hizo, además,
contraminas debajo del camino que debían recorrer las torres de madera,
y cuando las empujaban se hundían en los agujeros.
Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto
que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que
permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar
encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.
* * * * *
La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio,
costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las
provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del
hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.
Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta
el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas
moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos
transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales
ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra.
Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos
y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto
a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el
rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este
tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes
los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las
murallas.
La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no
cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios.
Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes
vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que
brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba
el recinto y devoraba hasta los cadáveres.
Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con
harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles,
declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al
pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje.
Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se
creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para
destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba
la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política.
Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían
cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los
Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el
orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte
vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres
para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»
Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la
Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph
no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer
recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se
atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.
Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las
pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran
más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba
a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había
adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su
impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él,
Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e
ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no
era esto lo que el sacerdote quería decir.
Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las
experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos
vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído
enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja
Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el
malestar de su ama.
Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey,
arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza
enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió
Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava
se asombró de su insensibilidad.
La hija de Amílcar no prolongaba sus ayunos con tanto fervor. Pasaba
días enteros en lo alto de la terraza, acodada en la balaustrada y
distrayéndose en observar el horizonte. La cima de las murallas,
al extremo de la ciudad, recortaba en el cielo zigzags desiguales,
y las lanzas de los centinelas venían a formar como un campo de
espigas. Salambó veía a lo lejos, entre las torres, las maniobras de
los bárbaros, y en los días que no había asalto, podía enterarse de
sus ocupaciones. Remendaban sus armas, se engrasaban la cabellera,
o bien lavaban en el mar los brazos ensangrentados; las tiendas
estaban cerradas; las acémilas comían, y en lontananza, las hoces de
los carros, puestos en semicírculo, parecían una cimitarra de plata
extendida al pie de los montes. Venían a su memoria los discursos de
Schahabarim. Esperaba a su desposado Narr-Habas. Hubiera querido, a
pesar de su odio, volver a ver a Matho. Entre todos los cartagineses,
era ella, quizás, la única persona que le hubiera hablado sin miedo.
Amílcar la visitaba a menudo; sentado sobre almohadones la contemplaba
enternecido, como si la vista de ella fuese un alivio a sus fatigas. La
hacía preguntas acerca de su viaje al campo de los mercenarios; quería
saber si alguno la había impulsado a hacerlo, y Salambó le contestaba
que nadie, orgullosa como estaba de haber rescatado el zaimph.
El Sufeta hacía siempre hincapié en Matho, a pretexto de informes
militares. No comprendía en qué pudo ella emplear las horas que
pasó en su tienda. Salambó no habló de Giscón, porque temía que las
maldiciones de este se volvieran contra él, y ocultó su tentativa de
asesinato, persuadida de que se le reprocharía no haberla consumado.
Contaba únicamente que Matho parecía furioso, que gritó mucho y que
luego se quedó dormido. Y nada más refería Salambó, o por vergüenza o
por exceso de candor, no dando importancia a los besos del bárbaro;
además, que todo esto flotaba en su mente de un modo melancólico
y brumoso, como el recuerdo de una pesadilla, y no hubiera podido
expresarlo con palabras.
Una noche en que estaban juntos padre e hija, apareció Taanach muy
azorada. Un viejo con un niño aguardaba en el patio y deseaba ver al
Sufeta.
Palideció Amílcar, y replicó vivamente:
--Que suban.
Entró Iddibal, sin prosternarse, llevando de la mano a un doncel
cubierto con un manto de piel de macho cabrío, y quitándole aquel la
capucha que le tapaba el rostro, dijo:
--¡Amo! ¡Aquí lo tienes! ¡Recíbelo!
El Sufeta y el esclavo se retiraron a un ángulo de la habitación. El
niño se quedó en medio, de pie, y con mirada más de curiosidad que de
asombro, contemplaba el artesonado, los muebles, los collares de perlas
puestos sobre la tapicería de púrpura y la majestuosa joven que tenía
delante.