A todo esto, Matho estaba sentado en el suelo, en el mismo sitio donde

le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía.

Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí

un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos,

tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el

suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido

en la tierra.

La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se

desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella

de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza.

Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos

de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó

hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.

De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció

Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas

de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.

--¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente.

Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban

fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal

y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y

Autharita.

Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía.

¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de

los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar

y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la

montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no

confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.

Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se

debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre

los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades

tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde

del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.

No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso

continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad

de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía

sangrando de sus heridas?

--¡Yo me encargo! --dijo Espendio.

Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía

corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo,

y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.

Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban

a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque

un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había

enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que

exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era

poderosa.

La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él

esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su

furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en

los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo

imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos

dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este

se presentara.

Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro

correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las

manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a

los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez

iban a venir con grandes refuerzos.

Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios,

se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por

espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas

del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a

todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para

perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los

vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún

pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían,

a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar

mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban

a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí

están sus promesas. Yo no miento.»

Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego

quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los

cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de

tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que

decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.

Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía,

fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses,

acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era

un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás,

como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus

intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión!

¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza

del golpe!»

Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía;

se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos

con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se

le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo

convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron

tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la

tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los

demás.

Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía

el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración

movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente

pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.

Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el

tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos

recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la

mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban,

cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña.

Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»

El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza

y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo

dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó

encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses.

Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón

y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó

describiendo una parábola por encima del campo púnico.

A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes

entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro

heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes

clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre

cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad,

ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación,

reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas.

Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de

víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente,

y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus

bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de

los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo

la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.

Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una

ciudad.

* * * * *

Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que

sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en

seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra.

Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a

ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la

resolución de ser implacable.

Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de

brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que

le enviaran otro ejército.

Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria

experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph,

anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de

Cartago parecía que le pertenecían ahora.

Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por

el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del

término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el

cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en

tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían

desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.

Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su

teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en

vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad,

destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero;

a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se

encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un

velo.

Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los

bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en

cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias

de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas

hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.

Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el

riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran

dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el

Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a

los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le

impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus

planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al

Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago,

furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del

Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más

desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban,

como si con el silencio alejaran el peligro.

Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los

mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general,

tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma

amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades,

y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques

abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y

aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad

hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban,

sin duda, contra ella.

Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir

a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando

desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los

que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.

* * * * *

Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario

de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora;

cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se

presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas,

y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas

partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos

aliados.

Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la

posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta

entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la

esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.

Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él

se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra.

Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército

cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les

empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían

batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal

de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se

lanzaron en su persecución.

Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin

que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre

sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de

vista.

No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con

el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y

arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los

cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en

las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de

flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las

montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.

Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa

verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron

obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para

no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!

Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó

por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó

la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que

tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las

pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza

de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis

iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los

brazos, enviaba besos al aire y murmuraba:

--¡Ven! ¡Ven!

Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en

su barba.

--¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El

Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras

como un hombre ebrio.

Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos,

como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó:

--¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!

Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su

sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su

derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco

a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el

cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los

rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia,

como perro que azuza el ganado.

A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos

precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos

ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las

huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a

tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron

sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron

adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado

apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y

las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.

En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a

su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con

la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se

alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que

subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso

caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y

embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba

dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban

de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se

habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros

la acometían.

La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo

el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo.

Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a

tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse

y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago.

* * * * *

El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico;

desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en

ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche,

a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares,

espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres

que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída,

en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas,

ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos

los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban

sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto

se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido

a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco

se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en

las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los

bárbaros, se dieron a conocer.

No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde

hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la

planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio

de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el

desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de

camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido

en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en

la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o

en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su

cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados

por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol;

trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los

asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que

comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de

monos.

Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea

recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena

levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con

los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse

de allí.

Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente,

el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos;

aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota;

por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al

primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut

Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón

de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los

gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas

coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares,

llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo.

Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos

de la laguna.

Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban,

y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del

Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la

gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más

lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel

les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo

de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la

cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos

y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de

estandartes.

Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres

amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de

piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y

que no ladraban.

Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y

para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la

especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de

bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas,

pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados

que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y

poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.

La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas.

Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera,

hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables

dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que

se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo

de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda,

triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto

ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras

en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.

Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de

alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos

a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al

andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en

pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón

algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se

podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que

quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que

en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las

murallas.

El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga

superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación,

se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros,

resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados

del acueducto.

Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada,

cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como

edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y

caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias;

sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta

torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban

pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base

masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así

llegaron ante las murallas.

Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los

mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse

con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas,

porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que

resultaría una victoria o un exterminio completos.

Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían

una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para

rechazar a los asaltantes.

Salambó · 第 16 / 23 段