le cogió la batalla perdida, en actitud pensativa; nada veía ni oía.
Distraído por los alaridos de la multitud, alzó la cabeza y vio ante sí
un jirón de tela colgante de una percha, cubriendo confusamente cestos,
tapices y una piel de león: era su tienda. Y sus ojos se clavaron en el
suelo, como si la hija de Amílcar, al desaparecer, se hubiera hundido
en la tierra.
La tela desgarrada flotaba al viento; a veces, sus largas tiras se
desplegaban ante él, y reparó en una marca roja, parecida a la huella
de una mano: era la de la mano de Narr-Habas, señal de su alianza.
Matho se levantó; tomó un tizón humeante, y lo arrojó sobre los restos
de su tienda, desdeñosamente. Luego, con la punta de su coturno, empujó
hacia las llamas todo lo que estaba fuera, para que no quedara nada.
De pronto, y sin que se pudiera comprender de dónde salía, apareció
Espendio. El antiguo esclavo se había atado el muslo con dos astillas
de lanza; cojeaba lastimosamente y se quejaba.
--¡Apártate de aquí! --le dijo Matho--; sé que eres un valiente.
Estaba tan aplastado por la injusticia de los dioses, que le faltaban
fuerzas para indignarse contra los hombres. Espendio le hizo una señal
y le llevó al hueco de un cerro en el que estaban ocultos Zarxas y
Autharita.
Habían huido como el esclavo, a pesar de su crueldad y de su valentía.
¿Quién había de creer en la traición de Narr-Habas, en el incendio de
los libios, en la pérdida del zaimph, en el súbito ataque de Amílcar
y, sobre todo, en sus maniobras, forzándoles a ir al fondo de la
montaña, bajo los certeros golpes de los cartagineses? Espendio no
confesaba su terror, y persistía en sostener que tenía la pierna rota.
Por fin, los tres caudillos y el schalischim consultaron lo que se
debía hacer. Amílcar les cerraba el camino de Cartago; estaban entre
los soldados del Sufeta y las provincias de Narr-Habas; las ciudades
tirias se unirían a los vencedores; se encontrarían rechazados al borde
del mar y aplastados por los enemigos, irremisiblemente.
No había medio de evitar la guerra: por el contrario, era preciso
continuarla a todo trance. Pero ¿cómo hacer comprender la necesidad
de una interminable batalla a toda su gente, desanimada y todavía
sangrando de sus heridas?
--¡Yo me encargo! --dijo Espendio.
Dos horas después, un hombre que venía del lado de Hippo-Zarita, subía
corriendo la montaña. Agitaba unas tablillas en el extremo del brazo,
y como gritaba muy fuerte, los bárbaros le rodearon.
Era un enviado de los soldados griegos de la Cerdeña, que recomendaban
a sus compañeros de África vigilaran a Giscón y demás cautivos, porque
un mercader de Samos, un tal Hipponax, viniendo de Cartago, les había
enterado de un complot organizado para hacerles evadir; por lo que
exhortaban a los bárbaros que se precavieran, pues la República era
poderosa.
La estratagema de Espendio no dio, de pronto, el resultado que él
esperaba. La seguridad de un peligro inmediato, lejos de excitar su
furor, despertó temores: acordándose de la advertencia de Amílcar en
los carteles enviados anteriormente, cuando el sitio, esperaban algo
imprevisto y terrible. Se pasó la noche con gran angustia; muchos
dejaron las armas, con el fin de congraciarse con el Sufeta cuando este
se presentara.
Pero a la mañana siguiente, al tercer cuarto del día, se presentó otro
correo, más agitado y más lleno de polvo. Espendio le arrancó de las
manos un rollo de papiro escrito en fenicio, en el que se suplicaba a
los mercenarios que no se desanimaran, porque los valientes de Túnez
iban a venir con grandes refuerzos.
Espendio leyó por tres veces el mensaje, y a hombros de dos capadocios,
se hizo llevar de un lado a otro, releyendo y arengando a todos por
espacio de siete horas. A los mercenarios los recordaba las promesas
del Gran Consejo; a los africanos, las crueldades de los intendentes; a
todos, la injusticia de Cartago. La bondad del Sufeta era un cebo para
perderlos. Los que se pasaran a él serían vendidos como esclavos; los
vencidos, ajusticiados. Caso de querer huir, ¿por qué caminos? Ningún
pueblo querría recibirlos. Pero continuando sus esfuerzos, obtendrían,
a un tiempo, libertad, venganza y dinero, sin que tuvieran que esperar
mucho tiempo, porque la gente de Túnez y toda la Libia se precipitaban
a socorrerlos. Y enseñaba el pergamino estirado: «¡Mirad! ¡Leed! Aquí
están sus promesas. Yo no miento.»
Vagaban perros de hocico negro, manchado de rojo. Un sol de fuego
quemaba las cabezas desnudas. Un olor nauseabundo se exhalaba de los
cadáveres medio insepultos, algunos de los cuales asomaban a flor de
tierra hasta el vientre. Espendio les llamaba para atestiguar lo que
decía, y concluía amenazando con los puños del lado de Amílcar.
Matho le estaba observando, y Espendio, para disimular su cobardía,
fingía que la cólera se iba apoderando de él. Invocando a los dioses,
acumuló maldiciones sobre Cartago. El suplicio de los cautivos era
un juego de niños. ¿Por qué cuidarlos y llevarlos siempre atrás,
como ganado inútil? «¡No; hay que acabar de una vez! ¡Conocemos sus
intenciones! ¡Uno solo de ellos puede perdernos! ¡No haya compasión!
¡Se conocerán los buenos en la ligereza de las piernas y en la fuerza
del golpe!»
Entonces se arrojaron sobre los cautivos. Algunos alentaban todavía;
se les remató hundiéndoles el talón en la boca, o bien apuñalándolos
con la punta de una jabalina. En seguida pensaron en Giscón. No se
le veía en ninguna parte, y esto les preocupó. Querían a un tiempo
convencerse de su muerte y participar en ella. Por fin le descubrieron
tres pastores samnitas a quince pasos del sitio donde antes estuvo la
tienda de Matho. Lo conocieron por su barba larga, y llamaron a los
demás.
Echado de espaldas, estirados los brazos y juntas las rodillas, tenía
el aspecto de un muerto que llevan a enterrar; pero la respiración
movía su pecho, y los ojos, muy abiertos, en una cara extremadamente
pálida, miraban de un modo continuo e intolerable.
Los bárbaros le miraron al principio con gran asombro. Durante el
tiempo que vivió en la fosa le habían olvidado; cohibidos por antiguos
recuerdos, se mantenían a distancia y no se atrevían a sentarle la
mano. Los que estaban en último término murmuraban y se empujaban,
cuando un garamante atravesó la multitud blandiendo una guadaña.
Comprendieron todos su intención y, avergonzados, gritaron: «¡Sí! ¡Sí!»
El hombre del hierro curvo se acercó a Giscón; le cogió por la cabeza
y, apoyándola en su rodilla, la fue segando hasta que cayó, vertiendo
dos chorros de sangre que hicieron un agujero en el polvo. Zarxas saltó
encima, y más ligero que un leopardo, corrió hacia los cartagineses.
Cuando llegó a mitad de la montaña, sacó del pecho la cabeza de Giscón
y, cogiéndola por la barba y dándole vueltas muchas veces, la lanzó
describiendo una parábola por encima del campo púnico.
A todo esto se alzaron en el borde de las empalizadas estandartes
entrelazados como señal convenida para reclamar los cadáveres. Cuatro
heraldos, escogidos por la amplitud de su pecho, fueron con grandes
clarines, y hablando con las bocinas de cobre declararon que entre
cartagineses y bárbaros no habría en adelante ni fe, ni piedad,
ni dioses, y que rehusaban por adelantado a toda negociación,
reexpidiendo a los parlamentarios con las manos cortadas.
Inmediatamente, Espendio fue enviado a Hippo-Zarita en busca de
víveres; la ciudad tiria los envió la misma noche. Comieron ávidamente,
y cuando estuvieron confortados, recogieron aprisa los restos de sus
bagajes y armas; las mujeres se agruparon en medio, y sin cuidarse de
los heridos que dejaban llorando detrás de ellos, partieron siguiendo
la orilla del río, con paso rápido, como manada de lobos que se alejan.
Iban sobre Hippo-Zarita, resueltos a tomarla, porque necesitaban una
ciudad.
* * * * *
Amílcar, al verlos de lejos, se desesperó, no obstante el orgullo que
sentía por haberlos vencido. Hubiera sido conveniente atacarlos en
seguida con tropas de refresco, y en otra jornada se acababa la guerra.
Ahora podrían volver más fuertes; las ciudades tirias se unirían a
ellos; la clemencia con los vencidos habría sido inútil. Tomó la
resolución de ser implacable.
Llegada la tarde, envió al Gran Consejo un dromedario cargado de
brazaletes cogidos a los muertos, ordenando con terribles amenazas que
le enviaran otro ejército.
Todos en Cartago le creían ya perdido; al conocer la victoria
experimentaron un asombro mezclado con terror. La vuelta del zaimph,
anunciada vagamente, completaba la maravilla. Los dioses y la fuerza de
Cartago parecía que le pertenecían ahora.
Ninguno de sus enemigos aventuró ni una queja ni una recriminación. Por
el entusiasmo de los unos y la pusilanimidad de los otros, antes del
término señalado estuvo dispuesto un ejército de cinco mil hombres, el
cual ganó prontamente Útica para apoyar al Sufeta a retaguardia, en
tanto que tres mil hombres escogidos embarcaban en naves que debían
desembarcarlos en Hippo-Zarita para rechazar a los bárbaros.
Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su
teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en
vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad,
destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero;
a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se
encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un
velo.
Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los
bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en
cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias
de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas
hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.
Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el
riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran
dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el
Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a
los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le
impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus
planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al
Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago,
furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del
Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más
desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban,
como si con el silencio alejaran el peligro.
Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los
mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general,
tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma
amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades,
y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques
abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y
aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad
hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban,
sin duda, contra ella.
Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir
a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando
desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los
que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.
* * * * *
Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario
de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora;
cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se
presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas,
y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas
partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos
aliados.
Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la
posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta
entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la
esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.
Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él
se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra.
Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército
cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les
empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían
batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal
de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se
lanzaron en su persecución.
Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin
que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre
sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de
vista.
No por esto se detuvieron los bárbaros, sino que marcharon más allá con
el fin de encontrar un sitio más estrecho. Acudieron los de Túnez y
arrastraron a los de Útica. A cada matorral aumentaba el número, y los
cartagineses, tendidos en el suelo, oían el trepidar de sus pasos en
las tinieblas. Para animar a su gente, Barca hacía disparar nubes de
flechas que mataron algunos enemigos. Cuando fue de día, estaban en las
montañas del Ariace, en un lugar donde el camino hacía un recodo.
Matho, que iba a la cabeza, creyó distinguir en el horizonte una cosa
verde, en la cumbre de una eminencia. El terreno descendía y se vieron
obeliscos, cúpulas y casas. ¡Era Cartago! Se apoyó contra un árbol para
no caer: ¡tan violentamente le palpitaba el corazón!
Recordaba todos los sucesos de su vida, desde la última vez que pasó
por allí. Era una sorpresa infinita, un aturdimiento. Le transportó
la alegría de volver a Salambó. Vinieron a su memoria los motivos que
tenía para execrarla; pero los desechó muy pronto. Tembloroso y con las
pupilas encendidas, contemplaba, más allá de Eschmún, la alta terraza
de un palacio, por encima de las palmeras; una sonrisa de éxtasis
iluminaba su cara, como si se reflejara en ella una gran luz; abría los
brazos, enviaba besos al aire y murmuraba:
--¡Ven! ¡Ven!
Un suspiro le hinchó el pecho y dos lágrimas, como perlas, cayeron en
su barba.
--¿Qué te detiene? --preguntó Espendio--. ¡Date prisa! ¡En marcha! El
Sufeta se nos va a escapar. Pero tus rodillas vacilan y tú me miras
como un hombre ebrio.
Tropezaba de impaciencia; empujaba a Matho, y con guiños en los ojos,
como si se acercara a un objeto deseado por mucho tiempo, exclamó:
--¡Ah! ¡Ya estamos! ¡Ya los tengo!
Tenía un aire tan convencido y triunfante que Matho, sorprendido en su
sopor se sintió contagiado. Estas palabras venían en el colmo de su
derrota; empujaban su desesperación a la venganza; ofrecían un blanco
a su cólera. Saltó en uno de los camellos de los bagajes, le quitó el
cabestro y con la larga cuerda azotaba a diestro y siniestro a los
rezagados; iba en todas direcciones y hasta la extrema retaguardia,
como perro que azuza el ganado.
A su tonante voz, las líneas de hombres se apretaron; hasta los cojos
precipitaron sus pasos; a mitad del istmo, el espacio entre ambos
ejércitos disminuyó. Las avanzadas de los bárbaros iban pisando las
huellas de los cartagineses. Los dos ejércitos se acercaban, iban a
tocarse. Pero la puerta de Malqua, la de Tagarte y la de Kamón abrieron
sus hojas; el cuadrado púnico se dividió; tres columnas entraron
adentro y se arremolinaron bajo los pórticos. La masa, demasiado
apretada en sí misma, dejó de avanzar; chocaban las picas en el aire y
las flechas de los bárbaros rebotaban en las paredes.
En el umbral de Kamón se vio a Amílcar, que se revolvía gritando a
su gente que se apartara. Se apeó del caballo, y espoleándole con
la espada, lo envió a los bárbaros. Era un semental oringio que se
alimentaba con bolas de harina y que doblaba las rodillas para que
subiera su amo. ¿Por qué lo enviaba? ¿Era un sacrificio? El poderoso
caballo galopaba en medio de las lanzas, derribaba hombres, y
embarazados los cascos con el peso de las entrañas, caía y se levantaba
dando saltos enormes. Los bárbaros, al par que le abrían paso, trataban
de detenerlo, o bien miraban sorprendidos cómo los cartagineses se
habían replegado, cerrándose la enorme puerta a tiempo que los bárbaros
la acometían.
La puerta no cedió, y durante algunos minutos hubo a lo largo de todo
el ejército una oscilación cada vez más débil, hasta que se detuvo.
Los cartagineses habían puesto soldados en el acueducto, y empezaron a
tirar piedras y maderos. Espendio demostró que no había que obstinarse
y fueron a acampar más lejos, resueltos a sitiar a Cartago.
* * * * *
El rumor de la guerra había traspasado los confines del imperio púnico;
desde las columnas de Hércules hasta más allá de Cirene pensaban en
ella, guardando sus rebaños, y de ella hablaban las caravanas de noche,
a la luz de las estrellas. ¡Esta gran Cartago, dominadora de los mares,
espléndida como el sol y espantosa como un dios, encontraba hombres
que se atrevían a atacarla! Muchas veces se había anunciado su caída,
en la que todos creyeron, porque la deseaban: poblaciones sometidas,
ciudades tributarias, provincias aliadas, hordas independientes; todos
los que la execraban por su tiranía, envidiaban su poderío o codiciaban
sus riquezas deseaban tomar parte en la lucha. Los más valientes pronto
se juntaron con los mercenarios. La derrota del Macar había detenido
a los demás; pero ahora habían recobrado la confianza, y poco a poco
se aproximaban; los hombres de las regiones orientales aguardaban en
las dunas de Clipea, al otro lado del golfo, y así que asomaron los
bárbaros, se dieron a conocer.
No eran únicamente los libios de los alrededores de Cartago (desde
hacía tiempo componían el tercer ejército), sino los nómadas de la
planicie de la Barca, los bandidos del Cabo Fisco y del promontorio
de Derné, los de Fazzana y de la Marmárica. Habían atravesado el
desierto bebiendo en los pozos salobres enladrillados con osamentas de
camello; los zualces, cubiertos con plumas de avestruz, habían venido
en cuadrigas; los garamantes, tapados con velos negros, sentados en
la cola de yeguas pintadas; otros en asnos, en onagros, en cebras o
en búfalos; algunos con sus familias y sus ídolos y el techo de su
cabaña en forma de chalupa. Veíanse amonianos de miembros arrugados
por el agua caliente de las fuentes; atarantes, que maldecían al sol;
trogloditas, que enterraban riendo sus muertos bajo enramadas; y los
asquerosos ausenios, que comían langostas; los archimaquides, que
comían piojos, y los gisantes, pintados de bermellón, devoradores de
monos.
Todos estaban reunidos a orillas del mar, formando una gran línea
recta, y cuando avanzaron, lo hicieron como torbellinos de arena
levantados por el viento. La turba se detuvo a mitad del istmo, con
los mercenarios delante, cerca de las murallas, resueltos a no moverse
de allí.
Después, del lado de la Ariana aparecieron los hombres de Occidente,
el pueblo de los númidas. Narr-Habas solo gobernaba a los masilianos;
aparte que por costumbre abandonaban a su rey después de una derrota;
por esto, aquellos se habían juntado en el Zaino y lo vadearon al
primer movimiento de Amílcar. Viéronse todos los cazadores del Maletut
Baal y del Garaphos, vestidos de pieles de león, guiando con el regatón
de sus picas caballos pequeños y delgados, de largas crines; los
gétulos, con corazas de piel de serpiente; los farusianos, con altas
coronas hechas de cera y de resina, y los caunos, macares y tilabares,
llevando cada uno dos jabalinas y una rodela de cuero de hipopótamo.
Todos hicieron alto debajo de las catacumbas, en los primeros charcos
de la laguna.
Cuando fueron desalojados los libios, se vio en el lugar que usurpaban,
y como una nube a ras del suelo, la multitud de negros, llegados del
Harusch-blanco, del Harusch-negro, del desierto de Augile y aun de la
gran región de Agacimba, a cuatro meses al Sur de los garamantes y más
lejos todavía. A pesar de sus joyas de madera roja, la mugre de su piel
les hacía parecer a muros sucios de polvo. Vestían calzones de hilo
de corteza, túnicas de hierbas secas, hocicos de bestias feroces a la
cabeza, y aullando como lobos, sacudían unas varas adornadas de anillos
y blandían colas de buey atadas al extremo de un bastón, a manera de
estandartes.
Detrás de los númidas, marusianos y gétulos se apretujaban unos hombres
amarillos, habitantes de Taggir, en bosques de cedros, con carcajes de
piel de gato, a la espalda, y perros enormes, tan grandes como asnos, y
que no ladraban.
Finalmente, como si África no estuviera suficientemente vaciada, y
para recoger más furias fuera preciso recurrir a lo más ínfimo de la
especie humana, figuraban en último término unos hombres de perfil de
bestia y de risa idiota; miserables roídos por enfermedades asquerosas,
pigmeos deformes, mulatos de sexo ambiguo, albinos de ojos encarnados
que guiñaban al sol; todos ellos balbuceando sonidos ininteligibles y
poniéndose un dedo en la boca para demostrar que tenían hambre.
La confusión de armas no era menor que la indumentaria y las razas.
Allí todas las invenciones para matar: desde los puñales de madera,
hachas de piedra y tridentes de marfil, hasta los largos sables
dentados como sierras, delgados y hechos de una lámina de cobre que
se doblaba. Había cuchillos que se bifurcaban en muchas hojas a modo
de astas de antílopes, podaderas adheridas al extremo de una cuerda,
triángulos de hierro, mazas y punzones. Los etíopes del Bamboto
ocultaban dardos envenenados en sus cabellos. Muchos cargaban piedras
en sacos; otros, a falta de armas, amenazaban con los dientes.
Una ola continua agitaba toda esta multitud. Los dromedarios, sucios de
alquitrán como barcos, derribaban a las mujeres que llevaban los hijos
a las ancas. Las provisiones se derramaban de los sacos; se pisaban al
andar granos de sal, paquetes de goma, dátiles podridos y nueces; en
pechos sucios de sabandijas, colgaba en ocasiones de un delgado cordón
algún diamante buscado por los sátrapas; piedra fabulosa con la que se
podía comprar un imperio. La mayor parte de esa gente no sabía lo que
quería; les empujaba una fascinación, una curiosidad; los nómadas, que
en su vida habían visto una ciudad, se asustaban de la sombra de las
murallas.
El istmo desaparecía cubierto por tantos hombres; y esta larga
superficie en que las tiendas parecían como cabañas en una inundación,
se desplegaba hasta las primeras líneas de los otros bárbaros,
resplandecientes de hierro y simétricamente emplazados a ambos lados
del acueducto.
Les duraba todavía a los cartaginesas el espanto de su llegada,
cuando vieron venir derechos contra ellos, como monstruos y como
edificios, con mástiles, brazos, cuerdas, articulaciones, capiteles y
caparazones, las máquinas de sitio que enviaban las ciudades tirias;
sesenta carrobalistas, ochenta onagros, treinta escorpiones, cincuenta
torreones, doce arietes y tres gigantescas catapultas que lanzaban
pedazos de roca que pesaban quince talentos. Las empujaban en su base
masas de hombres; a cada paso las sacudía un estremecimiento; así
llegaron ante las murallas.
Pero faltaban muchos días para ultimar los preparativos del sitio. Los
mercenarios, aleccionados por sus derrotas, no querían arriesgarse
con preparativos inútiles; de una y otra parte, no había prisas,
porque entendían que iba a entablarse una terrible contienda de la que
resultaría una victoria o un exterminio completos.
Cartago podía resistir por mucho tiempo; sus anchas murallas ofrecían
una serie de ángulos entrantes y salientes; disposición ventajosa para
rechazar a los asaltantes.