conciencia de sí misma. Algo, a la vez íntimo y superior, una orden de
los dioses la obligaba a entregarse, y desfallecida, se dejó caer en el
lecho sobre las pieles de león. Matho la cogió de los pies, estalló la
cadenilla de oro, y al volar las dos puntas hirieron la tela como dos
víboras furiosas. El zaimph cayó, envolviéndoles. Salambó vio la cabeza
de Matho sobre su seno.
--¡Moloch! ¡Tú me quemas!
Y los besos del soldado, más devoradores que llamas, la envolvían;
sentíase como arrastrada por el huracán, como quemada por la fuerza
del sol.
Matho la besaba los dedos de las manos, los brazos, los pies y las
largas trenzas de sus cabellos de un extremo a otro.
--¡Llévatelo! --la decía--. ¿Qué me importa? Llévame también contigo.
¡Abandono el ejército, renuncio a todo! Más allá de Gades, a veinte
días de mar, hay una isla cubierta de polvo de oro, de verdor y
de pájaros. Grandes flores llenas de perfumes se balancean en las
montañas, como eternos incensarios; en los limoneros, más altos que
cedros, las serpientes de color de leche hacen caer las frutas en
el césped con los diamantes de sus fauces; el aire es tan suave que
impide morir. ¡Oh! ¡Verás cómo yo la encontraré! Viviremos en grutas de
cristal, talladas al pie de las colinas. Nadie la habita aún, y yo seré
el rey de aquella tierra.
Limpió el polvo de sus coturnos; quería que ella pusiera entre sus
labios un pedazo de granada; amontonó vestidos detrás de su cabeza para
hacerle una almohada. Buscaba los medios de servirla, de humillarse,
y hasta llegó a extender sobre sus piernas el zaimph, como un sencillo
tapiz.
--¿Conservas --la dijo-- los cuernecillos de gacela de que cuelgas tus
collares? ¡Me los darás; los quiero!
Hablaba como si hubiera terminado la guerra y se sonreía; los
mercenarios, Amílcar, todos los obstáculos habían desaparecido para él.
La luna resplandecía entre dos nubes, y ellos la veían por una abertura
de la tienda.
--¡Ah! ¡Cuántas noches he pasado contemplándola! Me parecía un velo
que ocultaba tu rostro, y que tú me mirabas tras ella; tu recuerdo se
mezclaba con sus destellos; no os diferenciaba una de otra.
Y con la cabeza entre los senos de ella lloraba a lágrima viva.
--¡Es este el hombre formidable que hace temblar a Cartago! --pensaba
Salambó.
Matho se durmió. Entonces, Salambó, desprendiéndose de sus brazos,
puso un pie en tierra y advirtió que se había roto su cadeneta.
Acostumbraban las vírgenes de alta alcurnia respetar esta traba como
algo religioso, y Salambó, ruborizándose, arrolló alrededor de sus
piernas los dos trozos de la cadena de oro.
Cartago, Megara, su casa, su habitación y los campos que había
atravesado se amontonaban en su memoria en imágenes tumultuosas, y,
sin embargo, precisas. Pero el abismo abierto ahora las ponía lejos de
ella, a infinita distancia.
Cesaba la tempestad, pero algunas gotas que caían hacían oscilar el
techo de la tienda.
Matho, como un hombre ebrio, dormía de lado, con un brazo colgando del
borde del lecho. Su cinta de perlas estaba algo subida y descubría
la frente. Una sonrisa separaba sus dientes, que brillaban entre su
negra barba, y en sus párpados entreabiertos se advertía una alegría
silenciosa, casi ultrajante.
Salambó le contemplaba inmóvil, con la cabeza baja y las manos cruzadas.
A la cabecera del lecho se veía un puñal sobre una mesa de ciprés; la
vista de esta hoja brillante la inflamó de un deseo sanguinario. A lo
lejos oía voces quejumbrosas que la solicitaban como genios. Se acercó,
cogiendo el puñal por el mango. Al ruido del roce de su ropa, Matho
abrió los ojos, y poniendo los labios en su mano, cayó el puñal.
Se oyeron gritos; una espantosa claridad fulguraba detrás de la tienda.
Se asomó Matho y vio que ardía el campo de los libios.
Ardían sus chozas de caña, retorciéndose los tallos y estallando entre
la humareda como flechas; en el rojizo horizonte se veían correr
desoladas sombras negras. Oíanse los alaridos de los que estaban en las
cabañas; los elefantes, los bueyes y los caballos saltaban en medio de
la turba, aplastándola entre las municiones y los bagajes que salvaban
del incendio. Sonaban las trompetas. Gritaban: «¡Matho! ¡Matho!» Y la
gente que estaba en la puerta quería entrar.
--¡Ven! --dijo Matho a Salambó--; Amílcar ha incendiado el campamento
de Autharita.
De un salto se echó afuera, y Salambó se encontró sola.
Entonces ella examinó el zaimph; y cuando lo hubo contemplado a su
sabor, quedó sorprendida de no gozar la dicha que se había imaginado.
Se quedó melancólica ante su sueño realizado.
Pero el fondo de la tienda se levantó y apareció una forma monstruosa.
Salambó no vio de pronto más que dos ojos y una larga barba blanca
que llegaba al suelo, porque el resto del cuerpo, embarazado por los
andrajos, se arrastraba por la tierra; a cada movimiento para andar,
las dos manos entraban en la barba, y en seguida volvían a caer.
Arrastrándose así, llegó hasta los pies de Salambó, y esta reconoció al
viejo Giscón.
En efecto: los mercenarios, para evitar que los antiguos cautivos
huyeran, les cortaron las piernas a golpes de barras de cobre,
dejándolos que se pudrieran juntos en una fosa llena de inmundicias.
Los más robustos, así que oían el ruido de las gamellas, se levantaban
gritando, y así es como Giscón había visto a Salambó. Había adivinado
una cartaginesa en las pequeñas bolas de sandastro que golpeaban en
los coturnos, y presintiendo un gran misterio, auxiliado por los
compañeros, consiguió salir del foso; luego, ayudándose con los codos
y las manos, se arrastró veinte pasos más lejos, hasta la tienda de
Matho. Percibió el ruido de dos voces, escuchó desde afuera y lo oyó
todo.
--¡Eres tú! --preguntó Salambó medio asustada.
Alzándose sobre sus puños, él replicó:
--¡Sí; soy yo! ¿Me creías muerto, verdad? ¡Ah! ¿Por qué los Baales no
me han concedido esta misericordia?... Así me hubieran evitado la pena
de maldecirte.
Salambó se echó vivamente hacia atrás; tal era el miedo que sentía
de aquel ser inmundo, repugnante como una larva y terrible como un
fantasma.
--Pronto cumpliré cien años --continuó Giscón--. He conocido a
Agatocles; he visto a Régulo y las águilas romanas pasar sobre las
cosechas de los campos púnicos. He visto todos los espantos de las
batallas y el mar obstruido con los restos de nuestras flotas. Los
bárbaros que yo mandé me han encadenado por los cuatro miembros, como
a un esclavo homicida. Mis compañeros, uno tras otro, se van muriendo
a mi lado; el olor de sus cadáveres me despierta de noche; espanto
los pájaros que vienen a picotearles los ojos; y, sin embargo, ni un
solo día he desesperado de Cartago. Aun cuando hubiera visto todos los
ejércitos del mundo contra ella, y las llamas del incendio rebasar la
altura de sus templos, todavía hubiera creído en su eternidad. ¡Pero
ahora, todo ha concluido, todo se perdió! ¡Los dioses la execran!
¡Maldita seas, porque con tu ignominia has precipitado su ruina!
Salambó quiso hablar.
--¡Ah, he sido testigo! --le interrumpió Giscón--. Te he oído gemir
de amor como una prostituta; él te explicaba su deseo y tú te dejabas
besar las manos. ¡Ya que el ardor de tu impudicia te empujaba,
debiste hacer al menos como las bestias feroces, que se ocultan en sus
ayuntamientos, y no deshonrarte ante los ojos de tu padre!
--¡Cómo! --interrumpió ella.
--¡Ah! ¿No sabes que los dos campos están separados sesenta codos uno
de otro, y que tu Matho, por exceso de orgullo, está acampado frente
a Amílcar? Allí, detrás de ti está tu padre; si yo pudiera subir el
sendero que lleva a la planicie, le gritaría: ¡Ven Amílcar, ven a ver a
tu hija en brazos de un bárbaro! Se ha puesto, para agradarle, el manto
de la Diosa, y, al abandonar su cuerpo, entrega con la gloria de tu
nombre, la majestad de los dioses, la venganza de la patria, la misma
salvación de Cartago.
El movimiento de su boca desdentada agitaba su luenga barba; sus ojos
devoraban a Salambó, y no dejaba de repetir, jadeante:
--¡Sacrílega! ¡Maldita seas! ¡Maldita, maldita!
Salambó había apartado el velo, y teniéndolo levantado en la mano,
miraba del lado de Amílcar.
--¿Es por aquí, no es verdad? --preguntó a Giscón.
--¿Qué te importa? ¡Vuélvete! ¡Vete! ¡Húndete en la tierra! Es un lugar
santo que manchas con la vista.
Salambó se arrolló el zaimph alrededor del talle, se puso rápidamente
sus velos, su manto y banda, y exclamando «¡Corro allá!», desapareció.
Primeramente anduvo entre tinieblas sin encontrar a nadie, porque todos
habían acudido al incendio; redoblaba el clamor, y grandes llamas
enrojecían el cielo. Una amplia terraza la detuvo.
Dio una vuelta, buscando en todas direcciones una escala, una cuerda,
una piedra, algo en fin, para ayudarse a bajar. Tenía miedo de Giscón y
le parecía que la perseguían gritos y pasos. Empezaba a alborear. Vio
un sendero en el espesor del atrincheramiento. Cogió con los dientes la
cola de su vestido, que la estorbaba, y en tres saltos se encontró en
la plataforma.
Un grito sonoro estalló encima de ella, en la sombra; el mismo que
había oído al pie de la escalera de las galeras; inclinándose,
reconoció al hombre de Schahabarim, con los caballos del diestro.
Había ido errante toda la noche entre los dos campos; después, inquieto
por el incendio, se había vuelto atrás, tratando de ver lo que pasaba
en el vivac de Matho; y como sabía que aquel sitio era el más próximo a
su tienda, no se había movido, obedeciendo al sacerdote.
Montó de pie sobre uno de los caballos, Salambó se dejó caer en sus
brazos, y ambos huyeron al galope, dando un rodeo, al campo púnico,
para buscar una entrada por cualquier parte.
* * * * *
Cuando Matho entró en su tienda, la lámpara, humeante, alumbraba
apenas, y creyó que Salambó estaba dormida. Palpó delicadamente la piel
de león, en la cama de palma. Llamó, y no respondió nadie; arrancó
vivamente un pedazo de tela para que entrara la luz del día, y vio que
el zaimph había desaparecido.
Temblaba la tierra bajo pasos precipitados; gritos, relinchos, choques
de armaduras hendían los aires, y las fanfarrias de los clarines
tocaban ataque. Era como un huracán que se arremolinaba en torno de él.
Un furor desordenado le hizo saltar sobre sus armas y se lanzó afuera.
Largas filas de bárbaros bajaban corriendo la montaña, y los cuadrados
púnicos avanzaban a su encuentro, con oscilación pesada y regular. La
niebla, deshecha por el sol, formaba nubecillas movibles que, poco a
poco, dejaban ver al descubierto estandartes, cascos y las puntas de
las picas. Ante sus rápidas evoluciones, algunas porciones de terreno
todavía en la sombra, parecían cambiar de sitio en bloque; hubiérase
dicho que eran torrentes que se entrecruzaban con masas inmóviles y
espinosas entre ellos. Matho veía a capitanes, soldados, heraldos y
criados montados en asnos. En vez de conservar su posición para cubrir
la infantería, Narr-Habas dio un rápido cambio de frente a la derecha,
como si quisiera hacerse aplastar por Amílcar.
Sus jinetes rebasaron la línea de los elefantes que se acercaban, y
todos los caballos, alargando la cabeza sin bridas, galopaban con
tal furia, que parecían tocar la tierra con el viento. De repente,
Narr-Habas marchó resueltamente hacia un centinela. Arrojó su espada,
su lanza y sus azagayas, y desapareció en medio de los cartagineses.
El rey de los númidas llegó a la tienda de Amílcar, y le dijo,
mostrándole su caballería, que estaba parada a distancia:
--¡Barca, te traigo mis jinetes: son tuyos!
Se arrodilló en señal de esclavitud, y para probar su fidelidad,
explicó su conducta desde el principio de la guerra. Primero, había
impedido el sitio de Cartago y la matanza de los cautivos; después, no
se había aprovechado de la victoria contra Hannón, cuando la derrota de
Útica. En cuanto a las ciudades tirias, estaban en las fronteras de su
reino. Tampoco había asistido a la batalla del Macar, porque se ausentó
expresamente para eludir la obligación de combatir al Sufeta.
En efecto: Narr-Habas había querido engrandecerse con usurpaciones de
provincias púnicas, ayudando o abandonando a los mercenarios según
venían bien o mal dadas; pero convencido de que Amílcar sería el más
fuerte en definitiva, se pasó a su partido. Quizás intervino en esta
defección el odio contra Matho a causa del mando o de su antiguo amor.
El Sufeta le oyó sin cortarle la palabra. No era de desdeñar el hombre
que así se presentaba en un ejército que le debía tantas venganzas;
Amílcar adivinó en seguida la utilidad de tal alianza para sus grandes
proyectos. Con los númidas, se desprendería de los libios; llevaría el
Occidente a la conquista de Iberia, y sin preguntar al númida por qué
no había acudido antes, ni tratar de deshacer ninguna de las mentiras,
besó a Narr-Habas, restregando tres veces su pecho contra el suyo.
Había incendiado el campo de los libios para terminar y por
desesperación. Los númidas le llegaban como un socorro de los dioses:
disimulando su alegría, contestó:
--¡Favorézcante los Baales! Ignoro lo que hará por ti la República,
pero Amílcar no es ingrato.
Redoblaba el tumulto; entraban los capitanes. El Sufeta se armó al
tiempo que hablaba:
--¡Vamos! Con tus jinetes batirás su infantería entre tus elefantes y
los míos. ¡Valor! ¡Exterminio!
Narr-Habas iba a precipitarse, cuando se presentó Salambó. Saltó rápida
de su caballo, abrió su ancho manto, apartó los brazos y desplegó el
zaimph.
La tienda de cuero, levantada en las esquinas, dejaba ver toda la falda
de la montaña, cubierta de soldados, y como estaba en el centro, se
veía a Salambó de todos los lados. Un clamor inmenso, un prolongado
grito de triunfo y de esperanza estalló.
Los que estaban en marcha, se pararon; los moribundos, apoyándose en
los codos, se volvían para bendecirla. Sabían ahora los bárbaros que
ella había recobrado el zaimph; la veían de lejos, y otros gritos,
pero de rabia y de venganza, resonaban entre los ejércitos de los
cartagineses. Los cinco ejércitos, desplegándose en la montaña,
pateaban y daban alaridos alrededor de Salambó.
Amílcar, sin poder hablar, le daba las gracias con señales de cabeza.
Sus miradas iban alternativamente del zaimph a ella, y advirtió que
tenía rota su cadeneta. Amílcar se estremeció, acuciado por terrible
sospecha; pero recobrando su impasibilidad, miró de reojo a Narr-Habas,
sin volver la cara.
El rey de los númidas se mantenía aparte, en actitud discreta; llevaba
en la frente un poco del polvo que había tocado al prosternarse. El
Sufeta se adelantó hacia él, y con aire grave le dijo:
--En recompensa de los servicios que me has prestado, Narr-Habas, te
doy mi hija. Sé tú mi hijo, y defiende a tu padre.
Narr-Habas hizo un gesto de profunda sorpresa; luego, le cubrió
las manos de besos. Salambó, en calma como una estatua, parecía
no comprender. Se ruborizó, bajó los párpados, y sus largas cejas
encorvadas sombreaban sus mejillas.
Amílcar quiso unirlos inmediatamente con esponsales indisolubles. Puso
en las manos de Salambó una lanza, que ella ofreció a Narr-Habas; les
ató los pulgares con una tira de buey y les derramó trigo sobre la
cabeza; los granos que caían junto a ellos, sonaron como granizo que
rebota.
XII
EL ACUEDUCTO
Doce horas después, solo quedaba de los mercenarios un montón de
heridos, de muertos y de moribundos.
Amílcar, saliendo bruscamente del fondo del desfiladero, había bajado
por la pendiente occidental que mira a Hippo-Zarita, y como el espacio
en este sitio era más ancho, allí había atraído a los bárbaros.
Narr-Habas los había envuelto con su caballería; el Sufeta, en tanto,
los rechazaba y aniquilaba; además, estaban materialmente vencidos por
la pérdida del zaimph; los mismos que no cuidaban de él, sintieron
angustia y debilidad. Amílcar, sin pretender vivaquear en el campo de
batalla, se retiró algo más lejos, a la izquierda, sobre unas alturas
desde las cuales los dominaba.
Se conocían los campos por la forma de las empalizadas inclinadas.
Un gran montón de cenizas humeaba en el sitio del de los libios;
el suelo, removido, tenía ondulaciones como el mar, y las tiendas,
hechas jirones, parecían bajeles perdidos en los escollos. Corazas,
horquillas, clarines, pedazos de madera, de hierro y de cobre; trigo,
paja y ropas se confundían con los cadáveres; aquí y acullá alguna
falárica, a punto de apagarse, ardía entre un montón de bagajes; la
tierra, en ciertos sitios, desaparecía bajo los escudos; las carroñas
de las caballerías se sucedían como una serie de montículos; se veían
piernas, sandalias, brazos, cotas de malla y cabezas sin cascos,
sostenidas por las carrilleras y que rodaban como bolas; en lagos de
sangre, los elefantes, con las entrañas abiertas agonizaban echados con
sus torres; se andaba encima de cosas pegajosas y había barrizales,
aunque no había llovido.
Esta confusión de cadáveres cubría toda la montaña, de arriba abajo.
Los sobrevivientes estaban tan callados como los muertos; agazapados en
grupos, se miraban asustados y sin hablar.
Al extremo de una larga pradera, el lago de Hippo-Zarita resplandecía
al sol poniente. A la derecha, blancas casas aglomeradas rebasaban un
cinturón de murallas; seguía el mar, ensanchándose indefinidamente. Los
bárbaros, pensativos, suspiraban, pensando en sus patrias. Caía una
nube de polvo gris.
Sopló el viento de la noche, y todos los pechos se ensancharon; a
medida que aumentaba el fresco, era de ver cómo los gusanos abandonaban
los muertos que se enfriaban y corrían a la arena caliente. Sobre las
grandes piedras, los cuervos, inmóviles, montaban la guardia a los
agonizantes.
Cuando fue completamente de noche, unos perros de piel amarilla,
bestias inmundas que seguían a los ejércitos, se acercaron calladamente
a los bárbaros. Bebieron los chorros de sangre que manaban de los
muñones todavía calientes, y devoraron los cadáveres, empezando por el
vientre.
Los fugitivos reaparecían de uno en uno, como sombras; las mujeres se
atrevieron a volver, pues quedaban algunas a pesar de la matanza que
hicieron los númidas.
Algunos se sirvieron de cabos de cuerda para encender antorchas; otros
guardaban sus picas. Si tropezaban con algún cadáver, lo echaban a un
lado.
Los encontraban extendidos en largos rimeros, de espaldas, con la
boca abierta, con sus lanzas al lado; o bien, apilados en montón, y a
menudo, para ver los que faltaban, había que remover todo el montón.
En seguida le arrimaban la antorcha a la cara. Horribles armas les
habían producido heridas complicadas. Jirones verdosos colgaban de
sus frentes; estaban tajados a pedazos, aplastados hasta la médula,
estrangulados o hendidos por los colmillos de los elefantes. Aunque
muertos al mismo tiempo, no estaban igualmente corrompidos. Los hombres
del Norte aparecían inflados por una hinchazón lívida; los africanos,
más nerviosos, tenían aspecto de ahumados, y se iban secando. Se
reconocía a los mercenarios en los tatuajes de sus manos; los veteranos
de Antíoco llevaban un gavilán; los que habían servido en Egipto, la
cabeza de un cinocéfalo; los alquilados a príncipes de Asia, un hacha,
una granada o un martillo; y si a las Repúblicas griegas, el perfil
de una ciudadela o el nombre de un arconte. Los había con los brazos
enteramente cubiertos por estos símbolos, mezclados con cicatrices y
nuevas heridas.
Se encendieron cuatro hogueras para los muertos de raza latina:
samnitas, etruscos, campanios y brucios. Los griegos cavaron fosas con
las puntas de sus espadas; los espartanos envolvieron en sus mantos a
sus difuntos; los atenienses los extendían mirando al sol levante; los
cántabros los enterraban bajo un montón de piedras; los nasamones los
doblaban en dos, con correas de bueyes, y los garamantes los sepultaban
en la playa, para que las olas los bañaran perpetuamente. Los latinos
se entristecían por no poder encerrar las cenizas en urnas; los nómadas
echaban de menos el calor de las arenas, que momifican los cadáveres; y
los celtas, tres piedras bastas, bajo un cielo lluvioso, en el fondo
de un golfo tormentoso.
Se oían vociferaciones, seguidas de un prolongado silencio: era para
obligar las almas a volver; y los clamores se sucedían obstinadamente,
a intervalos regulares.
Se excusaban con los muertos de no poder honrarlos, como prescribían
sus ritos; porque por esta causa, irían las almas errantes en períodos
infinitos a través de mil azares y metamorfosis; se las invocaba,
preguntándoles lo que deseaban; otros abrumaban de injurias a los
muertos por haberse dejado vencer.
El resplandor de las grandes hogueras empalidecía las caras exangües,
entre los restos de armaduras; las lágrimas excitaban otras lágrimas,
los gemidos se hacían más agudos, los reconocimientos y los abrazos,
más frenéticos. Las mujeres se echaban sobre los cadáveres, boca con
boca, frente con frente; había que golpearlas para que se retiraran
cuando los enterraban. Se ennegrecían las mejillas, se cortaban los
cabellos; se extraían sangre y la arrojaban en la fosa; se hacían
cortes a imitación de las heridas que desfiguraban sus muertos.
Estallaban rugidos a través del ruido de los címbalos. Algunos se
arrancaban sus amuletos, escupiéndolos encima. Los moribundos se
contraían en el fango ensangrentado, mordiéndose, de rabia, los puños
mutilados; y cuarenta y tres samnitas, en la flor de la edad, se
mataron entre sí, como gladiadores. Muy pronto faltó leña para las
hogueras, se apagaron las llamas; todos los sitios estaban ocupados; y
cansados de gritar, débiles y vacilantes, se durmieron al lado de sus
hermanos muertos; los que quedaban con vida llenos de inquietudes, y
algunos con deseos de no despertar.
* * * * *
Con la luz del alba, aparecieron en los límites de los bárbaros algunos
soldados que desfilaban con cascos en la punta de las picas, que,
saludando a los mercenarios, les preguntaban si no encargaban nada para
sus patrias.
Se acercaron otros, y los bárbaros reconocieron a algunos de sus
antiguos camaradas.
El Sufeta había propuesto a los cautivos que sirvieran en sus tropas.
Muchos rehusaron intrépidamente; pero resuelto a no alimentarlos ni
abandonarlos al Gran Consejo, los despidió, ordenándoles no combatir
más a Cartago. Respecto a aquellos a quienes el miedo a los suplicios
hizo dóciles, se les distribuyó las armas del enemigo, y estos eran los
que se presentaban a los vencidos, menos por reducirlos que por vanidad
o curiosidad.
Contaban, en primer lugar, el buen trato del Sufeta, y los bárbaros
lo oían envidiándolos, por más que los despreciaban. A las primeras
palabras de reproche, los cobardes se irritaron; de lejos, les
enseñaban sus propias espadas y corazas, invitándolos con injurias
a que vinieran a tomarlas. Los bárbaros cogieron piedras, y todos
huyeron, y ya no se vio en la cima de la montaña sino las puntas de
las lanzas rebasando el borde de las empalizadas.
Un dolor más pesado que la humillación de la derrota abrumó a los
bárbaros. Pensaban en la inutilidad de su valor. Se quedaron con los
ojos fijos, rechinando los dientes.
A todos les asaltó la misma idea. Se precipitaron en tumulto sobre los
prisioneros cartagineses. Los soldados del Sufeta no habían podido
descubrirlos, y como estos se habían retirado del campo de batalla, aún
estaban aquellos en el foso profundo.
Se les alineó en otro sitio llano. Los centinelas hicieron un círculo
alrededor de ellos, entregándolos a las mujeres por tandas de treinta y
cuarenta. Queriendo aprovechar el poco tiempo que se les daba, corrían
estas del uno al otro, inciertas y palpitantes; e inclinadas sobre los
cuerpos, los golpeaban con los brazos, como las lavanderas golpean la
ropa; aullando el nombre de sus maridos, los laceraban con las uñas
y les reventaron los ojos con las agujas de sus cabellos. Vinieron
después los hombres, y les atormentaron los pies, cortándoles la piel
desde los tobillos hasta la frente, arrancando tiras, con las que se
ceñían la cabeza. Los «Comedores de cosas inmundas» imaginaron mil
atrocidades: envenenaban las heridas, echándoles polvos, vinagre y
cascos de loza; otros se ponían detrás y bebían la sangre que corría,
como hacen los vendimiadores alrededor de las cubas de mosto.