unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y
el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos,
los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus
ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas,
furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la
flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en
tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le
iban cayendo una a una todas sus vestiduras.
Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía
asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua
que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y
luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a
Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos.
El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose
de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y
dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como
un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a
las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola
después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de
la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de
la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la
huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las
estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó
con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso
excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón
le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la
música y la serpiente se desenroscó y cayó.
Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de
cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la
virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus
párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y
patas de moscas aplastadas.
Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero
estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que
había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó
en sus operaciones.
--¡Sigue! --dijo Salambó, haciendo un esfuerzo para animarse. Y llena
de impaciencia, amonestaba a Taanach para que se diera prisa.
--¡Bien, bien, ama!... Ninguno te está esperando --repuso la esclava en
tono de reproche.
--Sí --contestó Salambó--; alguien me espera.
Retrocedió sorprendida la esclava.
--Ama, ¿qué me mandas? Si has de estar ausente mucho tiempo... ¡Tú
sufres! ¿Qué te pasa? No te vayas; llévame contigo. Cuando eras
pequeñuela, yo te apretaba contra mi corazón y te hacía reír con los
pezones de mis tetas; ¡tú las agotaste, ama! --y se golpeaba los pechos
secos--. Ahora soy vieja, no puedo servirte; ya no me quieres, me
ocultas tus penas; desdeñas a tu nodriza.
Y lágrimas de ternura y de despecho corrían por sus mejillas cortadas
por los tatuajes.
--¡No --dijo Salambó--; no, sigo queriéndote; consuélate!
Taanach, con una sonrisa parecida a la mueca de un mono viejo,
prosiguió su tarea. Schahabarim tenía encargado a Salambó que se
vistiera con magnificencia, y así lo hizo, según el gusto bárbaro, a un
tiempo exquisito e ingenuo.
Encima de una primera túnica, delgada y de color de fresa, la esclava
le puso otra bordada de plumas de pájaro. Colgaban de la cintura
escamas de oro, y los flecos de los bombachos azules, eran estrellas de
plata. Luego la cubrió con otra gran túnica cortada por líneas verdes,
hecha con tela de Seres. Ató a la espalda un cuadrado de púrpura,
con el borde inferior atirantado con granos de sandrasto; y sobre
todas estas vestiduras, colocó un manto negro cuya cola le llegaba a
los talones. Al concluir la tarea, la esclava contempló a su ama, y
orgullosa de su obra, no pudo menos de decir:
--¡No estarás más hermosa el día de tu boda!
--¿Mi boda? --repitió Salambó, pensativa, con el codo apoyado en la
silla de marfil.
Taanach la puso delante un espejo de cobre tan ancho y tan alto, que
Salambó se vio de cuerpo entero. Se levantó, y con blando gesto se
arregló un bucle de cabellos que estaba demasiado caído.
Tenía la cabellera cubierta de polvos de oro, encrespada en la frente,
y colgando por la espalda, sus largos tirabuzones terminados en
perlas. Las luces del candelabro avivaban el afeite de sus mejillas, el
oro del vestido, la blancura de su piel. Llevaba alrededor del talle,
en brazos, manos y dedos del pie tal abundancia de piedras preciosas,
que el espejo, como un sol, reflejaba en ellas sus luces. Salambó, de
pie al lado de la esclava, se ladeaba para mirarse, sonriendo a este
deslumbramiento de su hermosura.
Luego se paseó de un lado a otro, no sabiendo cómo emplear el tiempo
que faltaba para la partida.
De improviso, sonó el canto de un gallo. Salambó prendió a sus cabellos
un largo velo amarillo, arrolló al cuello una banda, se calzó unos
botines de cuero azul y dijo a Taanach:
--Mira si debajo de los mirtos está un hombre con dos caballos.
Cuando la esclava volvía, ya bajaba Salambó la escalera.
--¡Ama! --exclamó la nodriza.
Salambó se volvió a ella, y con un dedo en la boca, la ordenó
discreción.
Taanach anduvo a lo largo de las proas de las galeras hasta el pie de
la terraza, y de lejos, a la claridad de la luna, vio en la avenida de
los cipreses una sombra gigantesca que iba a la izquierda de Salambó y
en sentido oblicuo, lo cual era presagio de muerte.
La esclava subió a la habitación; se echó en el suelo, se arañó
la cara; se arrancaba los cabellos y daba grandes alaridos; pero
comprendiendo que podían oírla, se calló, sin dejar de sollozar, con la
cabeza entre las manos y tendida sobre las losas.
XI
EN LA TIENDA DE CAMPAÑA
El hombre que guiaba a Salambó la hizo pasar más allá del faro, hacia
las Catacumbas, y bajar luego a lo largo del arrabal Moluya, lleno de
callejas escarpadas. Empezaba a clarear. De cuando en cuando, las vigas
de palma que sobresalían de las paredes les obligaba a bajar la cabeza.
Los dos caballos, andando al paso, resbalaban, y así llegaron a la
puerta de Teveste.
Entreabiertas estaban las pesadas hojas; la pasaron, y en seguida se
cerraron tras ellos.
Siguieron primero la línea de los baluartes, y a la altura de las
Cisternas tomaron por la Tenia, estrecha cinta de tierra amarilla que
separaba el golfo del lago y se prolongaba hasta Radés.
A nadie se veía alrededor de Cartago, ni en el mar ni en el campo. Las
olas, de color de pizarra, se agitaban suavemente, y el viento que
empujaba sus espumas las manchaba con rasgones blancos. A pesar de sus
velos, Salambó temblaba por el frío de la mañana; el movimiento y el
aire libre la aturdían. Después se levantó el sol, que la mordía en la
nuca, e involuntariamente quedó amodorrada. Los dos caballos trotaban
juntos, hundiendo los pies en la muda llanura.
Así que pasaron la montaña de Aguas Calientes, siguieron a paso más
rápido, porque el piso era más firme.
Los campos, por más que era el tiempo de la siembra y de la labranza,
estaban solitarios como el desierto. A trechos se veían manchas de
trigo y de cebada que empezaban a granar. En el claro horizonte, las
ciudades se destacaban en negro, con formas recortadas e incoherentes.
A trechos se levantaban en el borde del camino lienzos de muralla medio
calcinados. Hundíanse los techos de las cabañas; se veían restos de
vasijas, andrajos, utensilios y objetos desconocidos. A menudo, un ser
cubierto de harapos, de cara terrosa y pupilas ardientes, salía de
estas ruinas, para echar a correr o desaparecer en un agujero. Salambó
y su guía no se detenían.
Se iban sucediendo los llanos abandonados; el polvo de carbón que
levantaban las cabalgaduras se extendía por grandes espacios de tierra
amarilla; algunas veces encontraban sitios apacibles, un arroyo que
corría entre hierbas, y Salambó, para refrescar las manos, arrancaba
hojas mojadas. En la linde de un bosque de adelfas, su caballo dio un
respingo ante el cadáver de un hombre tendido en el suelo.
El guía esclavo arregló el arnés en seguida. Era uno de los servidores
del Templo, y hombre que Schahabarim empleaba en misiones peligrosas.
Por exceso de precaución, iba ahora a pie entre los dos caballos, a
los que animaba con un rebenque atado a la muñeca; o bien sacaba de
un zurrón colgado al pecho bolas de trigo, dátiles y yemas de huevo,
envueltas en hojas de loto, y que ofrecía a Salambó, sin dejar de
correr.
A mitad del día cruzaron el camino tres bárbaros, vestidos con piel
de animales. Poco a poco fueron apareciendo otros, en grupos de diez,
doce y veinticinco hombres, muchos de estos arreando cabras o alguna
vaca que cojeaba. Sus pesados bastones estaban erizados de puntas de
cobre; brillaban los cuchillos bajo sus vestidos, horriblemente sucios,
y miraban entre amenazadores y asombrados. Al paso de los viajeros,
algunos enviaban una bendición; otros murmuraban palabras obscenas. El
guía de Salambó contestaba a todos en sus distintos idiomas. Les decía
que llevaba a un joven enfermo a curarse a un templo lejano.
Iba haciéndose tarde, y se oyeron ladridos. A la última luz del
crepúsculo llegaron los viajeros a un cercado de piedras secas, con una
vaga construcción en medio. Corría un can por la tapia; el esclavo le
tiró una piedra, y entraron en una sala alta y abovedada.
Una mujer se estaba calentando junto a un montón de charrascas
encendidas, yéndose el humo por los agujeros del techo. Sus blancos
cabellos, que la caían hasta las rodillas, la tapaban a medias, y sin
decir palabra, con expresión idiota, murmuraba palabras incoherentes de
venganza contra los bárbaros y contra los cartagineses.
El guía registró a derecha e izquierda, y acercándose a la mujer la
pidió de cenar. La vieja meneaba la cabeza, y con la mirada fija en las
brasas balbuceaba:
--Los diez dedos están cortados. La boca no come más.
El esclavo la enseñó unas monedas de oro. Pareció animarse la vieja,
pero en seguida volvió a su inmovilidad. Le puso un puñal en la
garganta, y entonces, temblorosa, fue a levantar una ancha losa y trajo
una ánfora de vino con peces de Hippo-Zarita confitados en miel.
Salambó rechazó este alimento inmundo, y se durmió sobre las mantas de
los caballos, tendidas en un rincón de la sala.
Antes de ser día, se despertó. Ladraba el perro. El esclavo se le
acercó callado, y de una sola cuchillada le cortó la cabeza, y con la
sangre frotó las narices de los caballos para reanimarlos. La vieja le
maldijo. Lo oyó Salambó y apretó contra el pecho el amuleto que llevaba
sobre el corazón.
Prosiguieron la marcha.
A intervalos preguntaba ella si llegarían pronto. La ruta ondulaba por
pequeñas colinas. Se oía el chirrido de las cigarras. Calentaba el sol
la amarillenta hierba; todo el terreno estaba hendido por aberturas que
iban formando a manera de losas monstruosas. En ocasiones pasaba una
víbora y volaban águilas; el esclavo corría siempre; Salambó soñaba
envuelta en sus velos, y a pesar del calor no los apartaba, temiendo
manchar sus hermosos vestidos.
A distancias regulares, se levantaban torres edificadas por los
cartagineses para vigilar las tribus. Los viajeros entraban en ellas,
buscando la sombra, y luego seguían su camino.
La víspera, por prudencia, habían dado un gran rodeo; pero ahora, no
encontraban a nadie; la región era estéril y los bárbaros no habían
pasado por ella.
Volvió a verse la devastación: en mitad del campo, un mosaico, como
últimos restos de una quinta, y olivares sin hojas, que de lejos
parecían anchos matorrales de espinos. Pasaron por un pueblo cuyas
casas estaban quemadas a ras del suelo, viéndose esqueletos humanos a
lo largo de las murallas, y la carroña de dromedarios y mulas muertas
que llenaban las calles.
Venía la noche, y el cielo se veía bajo y cubierto de nubes. Subieron
durante dos horas en dirección a Occidente, y de pronto divisaron ante
ellos multitud de pequeñas llamas en el fondo de un anfiteatro.
Aquí y acullá brillaban placas de oro, que cambiaban de sitio. Eran
las corazas de los clinabaros del campo púnico; luego distinguieron en
los contornos otros brillos en mayor número, porque las armas de los
mercenarios se extendían confundidas en un gran espacio.
Salambó hizo un movimiento para adelantarse; pero el hombre de
Schahabarim la llevó más lejos y bordearon la terraza que cerraba el
campo de los bárbaros. Encontraron una brecha, y el esclavo desapareció.
En la cima del reducto se paseaba un centinela con un arco en la mano y
la pica a la espalda.
Como Salambó iba acercándose, el bárbaro se arrodilló y disparó una
flecha, que vino a clavarse por debajo de su manto. Se paró ella,
gritando, y él la preguntó qué quería.
--Hablar a Matho --contestó ella--. Soy un tránsfuga de Cartago.
El centinela dio un silbido que se repitió de distancia en distancia.
Esperó Salambó. Su caballo, asustado, daba vueltas, relinchando.
Cuando llegó Matho la luna se levantaba detrás de ella; pero como
la cubría un velo amarillo con flores negras y tanta ropa alrededor
del cuerpo, era imposible ver nada. De lo alto de la terraza, Matho
contemplaba esta vaga forma, erguida como un fantasma en la penumbra de
la noche.
Al fin ella le dijo:
--¡Llévame a tu tienda! ¡Yo lo quiero!
Un recuerdo que no podía precisar atravesó la memoria del bárbaro.
Sentía latir su corazón. Este acento de mando le intimidaba.
--¡Sígueme! --la dijo.
Se bajó la barrera, y en seguida entró Salambó en el campo de los
mercenarios. Lo llenaba un gran tumulto y una gran multitud. Ardían
fuegos debajo de marmitas colgadas, y sus purpúreos reflejos, al
iluminar ciertos sitios, dejaban otros completamente a obscuras. Había
gritos y llamadas; los caballos, trabados, formaban largas hileras en
medio de las tiendas; estas eran redondas o cuadradas, de cuero o de
tela; había chozas de caña y agujeros en la arena, como los que excavan
los perros. Los soldados porteaban faginas, se sentaban en tierra o
se envolvían en una manta, disponiéndose a dormir, y el caballo de
Salambó, para pasar por encima, algunas veces alargaba una pierna y
daba un salto.
Recordaba ella haberlos ya visto; pero tenían ahora las barbas más
largas, sus caras estaban más negras y las voces eran más broncas.
Matho iba delante de ella, apartándolos con un movimiento del brazo,
que levantaba su manto rojo. Algunos besaban sus manos; otros, doblando
el espinazo, se le acercaban a pedirle órdenes; porque ahora era él
el verdadero jefe de los bárbaros. Espendio, Autharita y Narr-Habas
estaban desalentados, y él había mostrado tanta audacia y obstinación,
que todos le obedecían.
Siguiéndole Salambó, atravesó todo el campo. Su tienda estaba en el
extremo, a trescientos pasos del atrincheramiento de Amílcar.
Observó ella, a la derecha, un ancho foso, y le pareció asomaban caras
en los bordes, al nivel del suelo, como si fueran cabezas cortadas;
pero movían los ojos y de sus bocas salían gemidos en lengua púnica.
Dos negros con antorchas de resina, estaban a ambos lados de la puerta.
Matho apartó bruscamente la tela, y ella le siguió.
Era una tienda espaciosa, con un mástil en medio. La alumbraba una
lámpara grande, en forma de loto, llena de un aceite amarillo, en
el que flotaban puñados de estopas; relucían en la sombra objetos
militares. Una espada desnuda se apoyaba en un escabel, cerca de un
escudo; látigos de cuero de hipopótamo, címbalos, cascabeles y collares
se entremezclaban con cestas de esparto; las migas de un pan negro
manchaban una manta de fieltro; en un rincón, sobre una piedra redonda,
había un montón de moneda de cobre, y por entre los rasgones de la
tela de la tienda, el viento traía el polvo de fuera y el olor de los
elefantes, a los que se oía comer sacudiendo sus cadenas.
--¿Quién eres? --preguntó Matho.
Sin contestar, miró ella alrededor lentamente; sus ojos se detuvieron
en el fondo, donde sobre un lecho de hojas de palmera, había una cosa
azulada y chispeante.
Salambó se adelantó con viveza, dando un grito. Matho, detrás de ella,
se sentía impaciente.
--¿Qué te trae aquí? ¿A qué vienes?
Respondió ella, señalando el zaimph:
--¡Para llevármelo!
Y con la otra mano se arrancó los velos que la cubrían. Matho
retrocedió, con los codos hacia atrás, sorprendido, casi aterrorizado.
Ella se sentía como apoyada por la fuerza de los dioses, y mirándole
cara a cara, le pedía el zaimph; se lo reclamaba con palabras
elocuentes y soberbias.
Matho no la oía; la contemplaba, y los vestidos se confundían para
él con el cuerpo. El moaré de las telas era como el esplendor de su
piel, algo especial y privativo de ella. Brillaban sus ojos como los
diamantes; el pulimento de sus uñas era la continuación de la finura
de las joyas que llevaba en los dedos; los dos corchetes de su túnica,
levantando un poco sus pechos, los juntaba uno con otro, y él se perdía
con el pensamiento en este estrecho intervalo, del que bajaba un hilo
con una placa de esmeraldas, que se traslucía debajo de una gasa
morada. Llevaba por pendientes dos pequeñas balanzas de zafiro con una
perla hueca cada una, llena de un perfume líquido. Por los agujeros de
la perla, caía, de rato en rato, una gotita sobre la espada desnuda, y
Matho la miraba caer.
Invencible curiosidad le arrastró, y como niño que pone la mano en
una fruta desconocida, tembloroso, y con la punta del dedo, tocó
suavemente en el nacimiento del pecho: la carne, un poco fría, cedió
con resistencia elástica.
Este contacto, aunque apenas sensible, exaltó a Matho, y fuera de sí
mismo, se precipitó a ella, queriéndola envolver, absorberla, beberla.
Palpitaba su pecho y rechinaban sus dientes.
Tomándola por las dos muñecas, la empujó suavemente y se sentó sobre
una coraza, al lado del lecho de palma, cubierto por una piel de león.
La miraba de pies a cabeza, y teniéndola sentada en sus orillas,
repetía:
--¡Qué hermosa eres! ¡Qué hermosa!
Los ojos seguían fijos en los suyos y la hacían sufrir, y este
malestar, esta repugnancia llegó a tal extremo que Salambó se contenía
para no gritar; pero se acordó de Schahabarim y se resignó.
Matho retenía siempre sus manos en las suyas, y de cuando en cuando,
a pesar de las órdenes del sacerdote, ella trataba de apartarlas,
sacudiendo los brazos. Él inflaba las narices para aspirar mejor el
perfume que se exhalaba de toda ella; emanación indefinible, fresca,
pero que aturdía como el humo de una cazoleta. Olía a miel, a pimienta,
a incienso, a rosas y a otras cosas más.
¿Pero cómo estaba ella a su lado, en su tienda, a discreción suya?
¿Quién la había empujado hasta allí? ¿Había venido solo por el zaimph?
Dejó caer los brazos y bajó la cabeza, abrumado por un repentino
ensueño.
Salambó, con el fin de enternecerle, le dijo con voz quejumbrosa:
--¿Qué te hice yo para que quieras mi muerte?
--¿Tu muerte?
--Yo te vi una noche, en el incendio de mis jardines que ardían,
entre copas humeantes y mis esclavos degollados, y tu cólera era tan
fuerte que te precipitaste a mí y hube de huir. Después, el terror se
ha apoderado de Cartago. Se pregonaba la destrucción de las ciudades,
el incendio de los campos, la matanza de soldados; ¡fuiste tú quien
los perdiste; tú quien los asesinaste! ¡Te odio! Solo tu nombre es un
remordimiento para mí. ¡Eres más execrable que la peste y que la guerra
romana! Las provincias tiemblan ante tu furor; los surcos están llenos
de cadáveres. Yo he seguido el rastro de tus devastaciones, como si
fuera detrás de Moloch.
Matho se levantó de un salto; orgullo colosal le hinchaba el pecho: se
veía exaltado como un dios.
Salambó continuó diciendo:
--Como si no fuera bastante tu sacrilegio, viniste a mi casa, mientras
yo dormía, envuelto en el zaimph. No entendí tus palabras, pero
comprendí que querías llevarme al fondo de un abismo.
Matho, retorciéndose los brazos, exclamó:
--¡No!, ¡no! Era para dártelo, para entregártelo. Me parecía que la
diosa había dejado su vestido para ti, y que te pertenecía. En su
templo o en tu casa, ¿qué importa? ¿No eres tú omnipotente, inmaculada,
radiante y bella como Tanit?
Y con una mirada llena de adoración infinita, agregó:
--¡A menos que seas tú la misma Tanit!
--¿Yo, Tanit?...
No hablaron más. El trueno retumbaba a lo lejos. Balaban los carneros,
asustados por la tempestad.
--¡Oh! ¡Acércate --dijo él--, acércate! No temas nada. Antes yo no
era más que un soldado obscuro entre los mercenarios, tan dócil que
llevaba para los otros leña a las espaldas. ¡Qué me importa Cartago!
La multitud de su gente se agita como perdida en el polvo de tus
sandalias, y todos sus tesoros y provincias, naves e islas no me causan
la envidia que el frescor de tus labios y el torneado de tus hombros.
¡Si quise derribar sus murallas fue con el fin de llegar hacia ti, de
poseerte! Entretanto, me vengaba. Ahora, aplasto los hombres como
conchas y me arrojo sobre las falanges, aparto las lanzas con la mano,
detengo a los caballos por las narices; no me mataría una catapulta.
¡Oh! ¡Si supieras cuánto pienso en ti, durante la guerra! El recuerdo
de un gesto, de un pliegue de tu vestido, me sobrecoge de pronto y me
aprisiona como una red. Veo tus ojos en las llamas de las faláricas y
en el dorado de los escudos. Oigo tu voz en el sonido de los címbalos.
Me vuelvo, no te veo, y me distraigo guerreando.
Levantaba el brazo, en el que las venas se entrecruzaban como lianas
en las ramas del árbol. Sudaba su pecho, de músculos cuadrados, y su
respiración agitaba sus costados juntamente con el cinturón adornado de
cintas que caían hasta sus rodillas, más duras que el mármol. Salambó,
acostumbrada a los eunucos, se asombraba de la fuerza de este hombre.
Era el castigo de la diosa o la influencia de Moloch, que circulaba
alrededor de ella, en los cinco ejércitos. Se sentía débil; escuchaba
con estupor el grito intermitente de los centinelas, contestándose
unos a otros.
Las llamas de la lámpara oscilaban movidas por ráfagas de aire
caliente. A intensos resplandores sucedía la obscuridad, y Salambó no
veía más que las pupilas de Matho, como dos ascuas en la noche. Estaba
persuadida de que una fatalidad pesaba sobre ella, que estaba abocada a
un momento supremo, irrevocable, y haciendo un esfuerzo subió hasta el
zaimph y levantó las manos para cogerlo.
--¿Qué haces? --exclamó Matho.
Respondió ella plácidamente:
--Me vuelvo a Cartago.
Matho fue a ella con los brazos cruzados y con aire tan terrible que
Salambó quedó como clavada en el suelo.
--¡Volverte a Cartago! ¡Volverte a Cartago! ¿De modo que has venido
para coger el zaimph, para vencerme, y luego desaparecer? ¡No, no;
tú me perteneces, y nadie te arrancará ahora de aquí! ¡Oh! ¡No he
olvidado la insolencia de tus ojos y cómo me aplastabas desde la altura
de tu belleza! Ahora me toca a mí; eres mi cautiva, mi esclava, mi
servidora. Llama, si te parece, a tu padre con su ejército, a los
Ancianos, a los Ricos, a toda la execrable Cartago. ¡Soy el amo de
trescientos mil soldados! Iré a buscar más a Lusitania, a las Galias y
en el fondo del desierto, y destruiré tu ciudad y quemaré sus templos;
las trirremes navegarán sobre olas de sangre. ¡No quiero que quede ni
una casa, ni una piedra, ni una palmera! ¡Y si me faltan los hombres,
llamaré a los osos de las montañas y empujaré a los leones! ¡No trates
de huir, porque te mato!
Pálido, y con los puños crispados, temblaba como arpa cuyas cuerdas van
a estallar. De pronto, le ahogaron los sollozos y, casi humillándose,
añadió:
--¡Ah! ¡Perdóname! ¡Soy más infame y más vil que los escorpiones, que
el fango y el polvo! Cuando tú hablabas, tu aliento ha pasado por mi
cara, deleitándome como a un moribundo que bebe de bruces al borde de
un arroyo. ¡Aplástame, con tal que sienta tus pies! ¡Maldíceme, con
tal que oiga tu voz! ¡No te vayas, por compasión! ¡Te amo! ¡Te amo!
Estaba de rodillas ante ella; la ceñía el talle con ambos brazos, con
la cabeza hacia atrás y las manos inquietas; los discos de oro colgados
de sus orejas brillaban sobre su cuello de bronce; gruesas lágrimas
brotaban de sus ojos, parecidos a globos de plata; suspiraba de un modo
acariciador, y murmuraba vagas palabras, blandas como la brisa y suaves
como un beso.