A pesar de los cuidados de Amílcar, los víveres disminuían de un modo

espantoso. No quedaba para cada hombre más que diez kolumer de trigo,

tres hin de mijo y doce betza de frutas secas. Ni carne, ni aceite, ni

salazones, ni un grano de cebada para los caballos; se les veía bajar

el enflaquecido cuello buscando en el polvo briznas de paja pisadas.

A menudo, los centinelas de la terraza veían, a la luz de la luna,

un perro de los bárbaros que merodeaba bajo el atrincheramiento, en

un montón de inmundicias; le tiraban una piedra y, ayudándose con

las correas del escudo, bajaban a cogerlo, y luego se lo comían.

Otras veces se oían terribles ladridos, y el hombre no subía. En la

cuarta diloquia de la duodécima sintagma, tres falangitas se mataron a

cuchilladas, disputándose una rata.

Todos añoraban sus familias, sus casas; los pobres, sus cabañas en

forma de colmena, con conchas en el umbral de las puertas y una red

colgante; y los patricios, sus salones llenos de tinieblas azuladas

cuando, en la hora más calurosa del día, sesteaban escuchando el

vago rumor de las calles, junto con el murmullo de los árboles de

sus jardines; y para regodearse con este recuerdo, entornaban los

párpados, que la punzada de una herida volvía a abrir. A cada minuto,

ocurría un nuevo alerta; ardían las torres; los «Comedores de cosas

inmundas» asaltaban las empalizadas; se les cortaban las manos con

hachas, y otros venían; una lluvia de hierro caía sobre las tiendas.

Se levantaron galerías con rejas de junco para librarse de los

proyectiles. Los cartagineses se encerraron, y no se movían.

Todos los días, el sol que trasponía la colina los dejaba en la sombra

desde muy temprano. Al frente y por detrás, subían las faldas grises

del terreno, cubiertas de piedras manchadas de un liquen raro; y sobre

sus cabezas, el cielo, continuamente sereno, se abría más liso y frío

a la mirada que una cúpula de metal. Amílcar estaba tan indignado

contra Cartago, que sentía deseos de entregarse a los bárbaros para ir

contra ella. Los esclavos, los vivanderos empezaban a murmurar, y ni el

pueblo, ni el Gran Consejo, ni nadie daban tan siquiera una esperanza.

La situación era intolerable, sobre todo por el convencimiento de que

llegaría a ser peor.

* * * * *

Al recibirse la noticia del desastre, Cartago estalló de cólera y de

odio contra el Sufeta; se le hubiera execrado menos si se hubiera

dejado vencer al principio.

Pero para poder comprar otros mercenarios, faltaban dinero y tiempo.

¿Cómo equipar soldados en la ciudad? Amílcar se había llevado todas las

armas. Y ¿quién los mandaría? Los mejores capitanes estaban ausentes

con él. Sin embargo, los emisarios enviados por el Sufeta, iban por las

calles dando gritos. El Gran Consejo se turbó, y se las arregló para

hacerlos desaparecer.

Era una imprudencia inútil, porque todos acusaban a Barca de

haberse conducido con blandura. Después de su victoria, debía haber

aniquilado a los bárbaros. ¿Por qué les había devastado las tribus?

Les había impuesto enormes sacrificios, y los patricios deploraban su

contribución de catorce sekel; los Sisitas, sus doscientos veinte y

tres mil kikar de oro; los que no habían dado nada se lamentaban como

los demás. La plebe estaba celosa de los cartagineses nuevos, a los

que se había prometido el derecho de ciudadanía completo; y hasta a

los ligures, que se habían batido intrépidamente, se les confundía con

los bárbaros y se les maldecía como a estos; su raza venía a ser un

crimen, una complicidad. Los mercaderes, en el umbral de su tienda; los

peones de albañil, que pasaban con la llana en la mano; los vendedores

de palmeras, chorreando sus cestos; los bañeros, en las estufas, y

los proveedores de bebidas calientes, todos discutían las operaciones

militares. Trazaban con el dedo, en el polvo, planes de campaña; y

hasta el último galopín corregía las faltas de Amílcar.

Según los sacerdotes, era el castigo de su obstinada impiedad; no había

ofrecido holocaustos, ni purificado sus tropas, había rehusado llevar

consigo augures, y el escándalo del sacrilegio reforzaba la violencia

de los odios contenidos, la rabia de las esperanzas frustradas. Se

recordaban los desastres de Sicilia; todo el peso de su orgullo, tanto

tiempo soportado. El colegio de los pontífices no le perdonaba haber

dispuesto de su tesoro, y exigió del Gran Consejo que, si volvía el

Sufeta, fuese crucificado.

Los calores del mes de Elul, excesivos aquel año, eran otra calamidad.

De las orillas del lago venían hedores insoportables, que se mezclaban

en el aire con la humareda de los aromas que se quemaban en las

esquinas. Continuamente se oían resonar himnos. El pueblo, en oleadas,

llenaba las escalinatas de los templos; todas las murallas estaban

cubiertas de velos negros; ardían cirios en la frente de los dioses

Pateques, y la sangre de los camellos degollados en sacrificio,

corriendo a lo largo de los tramos, formaba rojas cascadas sobre

las gradas. Un funesto delirio agitaba a Cartago. De las calles más

estrechas, de las más miserables, salían rostros pálidos, hombres de

cara de víbora y que rechinaban los dientes.

Los clamores de las mujeres llenaban las casas y hacían volverse a

los que hablaban de pie en las plazas. En ocasiones, se creía que

llegaban los bárbaros; se les había visto detrás de la montaña de Aguas

Calientes; estaban acampados en Túnez; y los rumores se multiplicaban,

confundiéndose en un solo clamor, al que sucedió un silencio universal.

Unos trepaban al frontispicio de los edificios, atalayando el

horizonte; otros, echados de bruces en los baluartes, aguzaban el

oído. Pasado el temor, volvían a empezar las recriminaciones; pero la

convicción de su impotencia los reducía a la tristeza, tristeza que

redoblaba cuando, por las tardes, subidos a las azoteas, se inclinaban

nueve veces, y con un gran grito saludaban al sol, que se ponía detrás

de la laguna lentamente, hundiéndose de golpe en las montañas, del lado

de los bárbaros.

Se esperaba la fiesta, tres veces santa, en la que un águila, saliendo

de una hoguera, se remontaba al cielo; símbolo de la resurrección del

año, mensaje del pueblo al supremo Baal, y considerado como un modo de

unirse y participar de la fuerza del sol. El odio hacía que se dejara a

Tanit por Moloch el Homicida. La Rabbetna, privada de su velo, parecía

despojada de una parte de su virtud. Rehusaba el beneficio de las

aguas, había desertado de Cartago; era una tránsfuga, una enemiga. Para

ultrajarla, la tiraban piedras; pero insultándola, en el fondo, se la

deseaba y quería más.

Todas las calamidades venían, pues, por la pérdida del zaimph. Salambó

había, indirectamente, contribuido a ello; se la incluía en el mismo

odio al Sufeta, y debía ser castigada. Se extendió por el pueblo la

vaga idea de una inmolación. Para aplacar a los Baalim se necesitaba,

sin duda, ofrecerles algo de valor incalculable: un ser hermoso,

joven, virgen, de noble linaje, casi divino: un astro humano. Todos

los días, unos hombres desconocidos invadían los jardines de Megara;

los esclavos, temiendo por ellos mismos, no se atrevían a oponérseles.

Aquellos no pasaban de la escalera de las galeras, sino que se quedaban

abajo, mirando a la última terraza: esperaban a Salambó; y durante

horas enteras gritaban contra ella como perros que ladran a la luna.

X

LA SERPIENTE

Los clamores del pueblo no asustaban a la hija de Amílcar.

Ella estaba turbada por más hondas inquietudes: su gran serpiente, la

pitón negra, languidecía, y la serpiente era, entre los cartagineses,

un fetiche nacional y particular. Se la consideraba hija del limo

de la tierra porque emerge de sus profundidades y no necesita pies

para recorrerla; su marcha recuerda las ondulaciones de los ríos; su

temperatura, las antiguas tinieblas viscosas, llenas de profundidad,

y el círculo que describe al morderse la cola, el conjunto de los

planetas, la inteligencia de Eschmún.

La serpiente de Salambó había rehusado muchas veces los cuatro

gorriones vivos que la presentaban a cada luna llena y nueva. Su

hermosa piel, tachonada, como el firmamento, de manchas de oro en

fondo negro, se había vuelto amarilla, flácida, arrugada y demasiado

ancha para su cuerpo; alrededor de su cabeza se extendía un moho

algodonoso, y en el ángulo de sus pupilas se veían moverse pequeños

puntos rojos. De vez en cuando, Salambó se acercaba a su canastilla de

hilos de plata, apartaba la cortina de púrpura, las hojas de loto, el

colchón de plumas, y la veía siempre arrollada, más inmóvil que liana

seca; y, a fuerza de mirarla, concluía por sentir en su corazón como

una espiral, como otra serpiente que le subía poco a poco a la garganta

y la estrangulaba.

Estaba desesperada por haber visto el zaimph, y, sin embargo,

experimentaba cierta alegría y orgullo íntimo. Un misterio se

desplegaba en el esplendor de sus pliegues; era la nube que envolvía

a los dioses, el secreto de la existencia universal, y Salambó,

horrorizándose a sí misma, sentía no haberlo quitado.

Casi siempre estaba agachada en el fondo de su habitación, con las

manos en la pierna izquierda, replegada; entreabierta la boca, y

pensativos los ojos. Se acordaba con espanto de la cara de su padre;

quería ir a las montañas de Fenicia, en peregrinación al templo de

Afaka, donde Tanit bajó en forma de estrella; toda clase de ensueños la

asaltaban y conturbaban; vivía en una soledad cada día mayor. Ignoraba

lo que era de Amílcar.

Cansada de sus meditaciones, se levantaba, y arrastrando sus pequeñas

sandalias, cuyas suelas crujían a cada paso que daba, se paseaba

por la gran habitación silenciosa. Las amatistas y los topacios del

artesanado temblaban aquí y acullá, como manchas luminosas, y Salambó

volvía la cabeza al andar, para mirarlas. Cogía por la boca las ánforas

suspendidas; se abanicaba con anchos abanicos, o bien se distraía

en quemar cinamomo en perlas ahuecadas. Al ponerse el sol, Taanach

retiraba las bandas de fieltro negro que tapaban las aberturas de la

pared, y las palomas frotadas de almizcle, como las de Tanit, entraban

de golpe, pisando con sus rojos pies las losas de vidrio, entre

granos de cebada que las echaba Salambó a puñados, como un sembrador

en el campo. Pero a menudo, estallaba en sollozos y se tendía en el

gran lecho hecho con tiras de buey, sin moverse, repitiendo la misma

palabra, pálida como una muerta, insensible, fría; oyendo el grito de

los monos en los palmares y el rechinar de la gran rueda que, a través

de los pisos, enviaba un raudal de agua pura a la pila de pórfido.

No pocos días rehusaba comer. Veía en sueños, turbios astros que

pasaban bajo sus pies; llamaba a Schahabarim, y cuando este se

presentaba, ella no tenía nada que decirle.

No podía vivir sin el consuelo de ver al gran sacerdote, pero se

sublevaba interiormente contra este dominio; sentía por él, a un

tiempo, terror, celos, odio y una especie de amor, en reconocimiento a

la singular voluptuosidad que experimentaba a su lado.

Había adivinado en el sacerdote la influencia de la Rabbet, por su

gran habilidad en distinguir los dioses que enviaban las enfermedades.

Para curar a Salambó, hacía regar todas las mañanas su aposento con

lociones de verbena y abanto; la obligaba a dormir con la cabeza

apoyada en una almohada de hierbas aromáticas escogidas por los

pontífices; empleó, además, baaras, raíz de color de fuego, que sirven

en el septentrión para espantar los genios funestos; y, volviéndose

hacia la estrella polar, murmuraba tres veces el nombre misterioso de

Tanit; pero Salambó sufría siempre, y aumentaban sus angustias.

Ninguno en Cartago tan sabio como él. En su juventud, estudió en el

colegio de los Mogbeds, en Borsipa, cerca de Babilonia; visitó luego

la Samotracia, Pesinunte, Éfeso, la Tesalia, la Judea, los templos de

los Nabateos, perdidos en los arenales; y recorrió a pie las riberas

del Nilo, desde las cataratas hasta el mar. Cubierta la cara con un

velo y agitando antorchas, había tirado un gallo negro en una hoguera

de sandaraca, ante el pecho de la Esfinge, Padre del Terror. Bajó a

las cavernas de Proserpina, había visto girar las quinientas columnas

del laberinto de Lemnos y resplandecer el candelabro de Tarento,

que llevaba tantas lámparas como días tiene el año; algunas noches

recibía a los griegos para interrogarles. No le inquietaba tanto

la constitución del mundo como la naturaleza de los dioses; en las

armillas del pórtico de Alejandría había observado los equinoccios;

acompañado hasta Cirene a los hematistas de Evergeto, que medían el

cielo calculando el número de pasos; y ahora llenaba su pensamiento

una religión particular, sin fórmula precisa y, por lo mismo, llena de

vértigos y de ardores. No creía que la tierra fuera como una piña; la

creía redonda, rodando eternamente en la inmensidad, con velocidad tan

prodigiosa, que no se advertía su movimiento.

Por la posición del sol encima de la luna, deducía el predominio de

Baal, del que el astro no es más que reflejo y figura; todo lo que

veía en la tierra le forzaba a reconocer como supremo un principio

macho exterminador. Acusaba secretamente a la Rabbet del infortunio

de su vida, porque una vez el gran Pontífice, entre el tumulto de los

címbalos, le había arrancado bajo una patera de agua hirviente su

futura virilidad. Desde entonces, seguía con vista melancólica

a los hombres que se solazaban con las sacerdotisas en el fondo de las

tinieblas.

Pasaba los días inspeccionando los incensarios, los vasos de oro, las

pinzas, los rastrillos para las cenizas del altar y las túnicas de

las estatuas, juntamente con la aguja de bronce que servía para rizar

los cabellos de una antigua Tanit, en el tercer edículo, cerca de la

viña de esmeralda. A las mismas horas corría las grandes cortinas de

las puertas del santuario; quedaba con los brazos abiertos y rezaba de

rodillas en las mismas losas, en tanto que a su alrededor circulaba por

los corredores una turba de sacerdotes con los pies desnudos, envueltos

en un eterno crepúsculo.

En la aridez de su vida, Salambó era como una flor en la hendidura

de un sepulcro. No obstante, era duro para ella y no la ahorraba

penitencias y palabras amargas. Su condición establecía entre ellos

como una igualdad de sexo, y compensaba la imposibilidad de poseerla el

verla tan hermosa y tan pura. A menudo, comprendía que ella se fatigaba

en seguir su pensamiento; entonces se quedaba más triste; se sentía más

abandonado, más solo, más vacío.

Algunas veces se le escapaban palabras extrañas, que parecían a

Salambó como relámpagos que iluminaran abismos, de noche sobre todo,

cuando solos los dos en la azotea, miraban las estrellas, y Cartago se

explayaba a sus pies con el golfo y el mar, vagamente perdidos en las

tinieblas.

El gran sacerdote explicaba a la virgen la teoría de las almas que

bajan a la tierra, siguiendo el camino del sol por los signos del

zodíaco. Extendiendo el brazo, mostraba en Aries la puerta de la

generación humana, y en Capricornio la de la vuelta a los dioses;

Salambó se esforzaba en verlo, porque tomaba estas concepciones por

realidades; aceptaba como verdaderos en sí mismos los que eran puros

símbolos, y hasta las maneras del lenguaje obscuro del sacerdote.

--Las almas de los muertos --decía este-- se resuelven en la luna, como

los cadáveres en la tierra. Sus lágrimas componen su humedad; es un

lugar obscuro, lleno de fango, de ruinas y de tempestades.

Salambó preguntaba lo que sería de ella.

--Al principio languidecerás, liviana como un vapor que flota sobre las

olas; después de pruebas y de angustias largas, irás al hogar del sol,

la fuente misma de la inteligencia.

Pero nunca hablaba de la Rabbet. Creía Salambó que era por pudor de

la diosa vencida, y llamándola con su nombre común que designaba la

luna, multiplicaba sus bendiciones al astro fértil y suave. Por fin él

exclamó:

--¡No, no! Ella toma del sol toda su fecundidad. ¿No la ves moverse a

su alrededor como mujer amante que corre tras un hombre en el campo?

Y sin cesar exaltaba la virtud de la luz.

Lejos de abatir sus místicos deseos, los avivaba, por el contrario, y

hasta él mismo parecía participar de la alegría de desconsolarla con

revelaciones de una doctrina implacable. Salambó, a pesar de las penas

de su amor, se sentía arrobada.

No obstante, cuanto más parecía dudar Schahabarim de Tanit, más quería

creer. En el fondo de su alma le detenía un remordimiento. Le faltaba

alguna prueba, alguna manifestación de la diosa, y en la esperanza de

obtenerla, el sacerdote imaginó una empresa que podía salvar a la vez

su patria y su creencia.

Empezó por deplorar ante Salambó el sacrilegio y las desgracias que se

producían hasta en las regiones celestes. Luego, de repente, le anunció

el peligro del Sufeta, asaltado por tres ejércitos que mandaba Matho;

porque Matho, para los cartagineses, era a causa del velo, como el rey

de los mercenarios; y añadió que la salvación de la República y de su

padre dependía solo de ella.

--¿De mí? --exclamó Salambó--. ¿Cómo puedo yo?...

--¡No consentirás nunca! --repuso el sacerdote, con una sonrisa de

desdén--. ¡Es menester que vayas entre los bárbaros y recobres el

zaimph!

Salambó se inclinó en su escabel de ébano, quedando con los brazos

extendidos sobre las rodillas y toda temblorosa, como una víctima al

pie del altar, esperando el golpe de maza. La zumbaban los oídos, veía

girar círculos de fuego y, en su estupor, no comprendía más que una

cosa: la de que seguramente iba a morir pronto.

Pero si la Rabbetna triunfaba, si el zaimph era devuelto y Cartago

salvada, ¿qué importaba la vida de una mujer?, pensaba Schahabarim.

Además, quizás pudiera conseguir el velo sin morir.

Estuvo tres días sin dejarse ver, y el cuarto por la noche la hizo

llamar.

Para inflamar mejor su corazón la enteró de todas las invectivas que

se vociferaban contra Amílcar en pleno Consejo; añadiendo que ella

había faltado y que debía reparar su crimen, puesto que la Rabbetna

ordenaba el sacrificio.

Con frecuencia llegaba a Megara un prolongado clamor que atravesaba los

Mapales. Schahabarim y Salambó salían prestamente, y desde lo alto de

la escalera de las galeras, veían gente en la plaza de Kamón, gritando

que les dieran armas. Los Ancianos no querían dárselas, creyendo inútil

este esfuerzo; varias partidas sin jefe habían sido acuchilladas.

Al cabo se les permitió ir, y, por una especie de homenaje a Moloch

o por un vago deseo de destrucción, arrancaron grandes cipreses de

los bosques de los templos, y encendiéndolos en las antorchas de

los Kabiros, los llevaban por las calles, cantando. Estas llamas

monstruosas adelantaban moviéndose suavemente; irisaban con su luz las

bolas de vidrio de la cresta de los templos, los ornamentos de los

colosos, los espolones de las naves, rebasaban las azoteas y formaban

como soles que rodaban por la ciudad. Bajaron la Acrópolis; se abrió la

puerta de Malqua.

--¿Estás pronta? --preguntó Schahabarim--, ¿o bien ordenaste digan a tu

padre que le has abandonado?

Salambó se tapó la cara con los velos, y las grandes luminarias se

alejaron poco a poco por el borde de las aguas.

Un espanto indefinible la retenía; tenía miedo a Moloch, miedo a Matho.

Este hombre de estatura gigante, que era el dueño del zaimph, dominaba

la Rabbetna, tanto como Baal, y se le aparecía rodeado de los mismos

fulgores; además del alma, dioses visitaban algunas veces el cuerpo de

los hombres. Hablando de esto Schahabarim, ¿no había dicho que ella

debía vencer a Moloch? Matho y Moloch se confundían y mezclaban en su

pensamiento y ambos a dos la perseguían.

Quiso conocer su porvenir y se acercó a la serpiente; porque se sacaban

los augurios por la actitud de las serpientes. Pero la canastilla

estaba vacía. Salambó se turbó.

La encontró enroscada por la cola en uno de los balaustres de plata,

cerca del lecho colgante, que frotaba para desprenderse de la vieja

piel amarillenta, en tanto que su cuerpo luciente y claro se alargaba

como espada sacada a medias de la vaina.

En los siguientes días, a medida que Salambó se dejaba convencer y

estaba más dispuesta a socorrer a Tanit, la pitón se curaba, engordaba

y parecía revivir. Con esto se cercioró Salambó de que el pontífice era

el portavoz de los dioses. Una mañana se levantó determinada y preguntó

qué era necesario hacer para que Matho devolviera el velo.

--¡Reclamarlo! --contestó Schahabarim.

--¿Y si él rehúsa?

El sacerdote la miró fijamente, con una sonrisa que ella no había visto

nunca en él.

--Sí; ¿qué hacer? --repitió la joven.

Schahabarim daba vueltas entre sus dedos a las puntas de las tocas que

caían de su tiara, con los ojos bajos e inmóvil. Al fin, viendo que

ella no comprendía, dijo:

--Estarás sola con él.

--¿Después?

--Sola en su tienda.

--¿Y entonces?

Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.

--¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás

humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo.

--Pero, ¿y el velo?

--¡Los dioses te inspirarán! --repuso Schahabarim.

Salambó dijo:

--¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!

--¡No!

La hizo poner de rodillas, y con la mano izquierda alzada y la derecha

extendida juró por ella traer a Cartago el manto de Tanit. Con

imprecaciones terribles, ella se consagró a los dioses, y cada vez que

el pontífice pronunciaba una palabra, la repetía desfallecida.

Le indicó todas las purificaciones y ayunos que debía hacer y el modo

de llegar hasta Matho. Además, la acompañaría un hombre, conocedor del

camino.

Salambó se sintió como libertada. No pensó más que en la dicha de

volver a ver el zaimph, y bendecía a Schahabarim por sus exhortaciones.

* * * * *

Era el tiempo en que las palomas de Cartago emigraban a Sicilia, en la

montaña de Erix, alrededor del túmulo de Venus. Antes de su partida,

durante muchos días, se buscaban y llamaban para reunirse, y, por fin,

volaron una tarde, empujadas por el viento, y esta enorme nube blanca

hendía el cielo, muy alta, por encima del mar.

El horizonte se teñía de color de sangre. Las palomas parecían bajar a

las ondas, y luego desaparecieron como sorbidas y caídas por sí mismas

en la boca del sol. Miraba Salambó cómo se alejaban; bajó la cabeza, y

Taanach, creyendo adivinar su cuita, la dijo con dulzura:

--¡Ama, ellas volverán!

--Sí; lo sé.

--¡Y tú las volverás a ver!

--¡Quién sabe! --contestó Salambó suspirando.

No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más

discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido

(en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían

falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La

vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a

preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.

A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego

viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de

él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de

madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente

apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se

preparaba.

Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos

de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que

tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería

ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba

agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de

caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas

se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del

golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas

ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se

oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire.

Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice;

levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus

abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.

Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado;

era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en

una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se

frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le

quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.

Salambó · 第 13 / 23 段