más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las
cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se
abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró,
y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.
--¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho.
Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al
Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la
situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo
que aún quedaba esperanza.
--¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la
guerra.
--Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas
y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.
--¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las
batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una
enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas
que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres
estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien,
alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque
sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con
prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y,
sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más
que una falange de espartanos.
Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue
enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.
--¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde,
en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los
volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah!
¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a
Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo
haré más aún!...; ¡ya verás!
Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado.
Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y
terrible.
El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos:
--¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las
canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio
de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos
más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los
diestros. ¡Ella cederá!
Y tomando del brazo a Matho:
--Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes
un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos
delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil
carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se
puede formar toda una falange. ¡Vamos!
Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para
repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que
ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su
espada, gritando:
--Sígueme. ¡Vamos!
Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían
llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había
desaparecido con su ejército.
IX
EN CAMPAÑA
Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se
revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para
dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla
derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.
Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus
de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en
medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.
En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica,
con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente.
Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo;
Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas.
Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su
protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los
bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios
muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado
a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les
encontraba muertos en los olivares y en las viñas.
Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria,
envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla.
Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos
atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca;
los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás
de ellos, los empujaban a latigazos.
¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros
y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se
abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de
los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes
ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros,
parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los
ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de
los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes
de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las
principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras
a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas
coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían
otorgarle nuevos honores y preeminencias.
Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita,
para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los
bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el
ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de
raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos
bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no
valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.
En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos,
aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar
los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero
el odio pudo más que su prudencia.
Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de
las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las
mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos
a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se
bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba
vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas;
muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la
noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se
bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.
Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían
sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la
gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a
las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les
proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos,
y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el
pueblo en una misma venganza.
No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del
cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos
graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba
sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio
Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales;
era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las
azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis
de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico
enrojecido.
A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar
los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y
las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en
el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.
Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de
Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus
bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.
* * * * *
El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes
a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades
tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.
En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur;
Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los
tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no
esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún,
veinticinco elefantes y seis mil jinetes.
El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente
entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había
entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio.
Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados
númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el
hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el
agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta
más furioso que los bárbaros.
Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del
plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.
Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se
ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no
se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias
griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron
de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos
los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se
prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo
en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó
a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza
romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de
jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una
coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco
de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.
Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no
púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los
víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque
los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación,
muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de
invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa
de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a
refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a
fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.
Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de
Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados
a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de
Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron
las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en
matrimonio las rubias espartanas.
Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de
las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres,
les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les
mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los
bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba,
ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de
Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él
les respondió:
--Yo no las tengo.
El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las
rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose
obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los
llenaba de piedras para volverlos estériles.
Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se
dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles.
Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores
creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de
Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como
para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en
otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla,
el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía
dirigirlos.
Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses;
las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La
gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en
todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos
al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.
Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles;
y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la
importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las
tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas.
La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los
patricios de su facción le apoyaban con tibieza.
Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus
todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales
y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos
que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se
encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.
Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba
las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques
enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar,
para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.
Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral
así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los
talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color
del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a
los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían
en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies
desnudos.
Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los
mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda.
No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades,
cumplimientos y excusas.
Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad
tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa,
con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados,
y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.
El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con
prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para
subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban
los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando
advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que
parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos,
oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de
Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las
divisas de Roma.
Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con
piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos
de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los
caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina;
después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y
nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas
inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.
De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas
con exactitud.
Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que
ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos
puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la
infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos,
de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados
de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria,
pasaron la noche comiendo.
Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al
ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de
su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez
codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en
el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron
pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en
una fortaleza.
En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando
órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas
escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para
señalar algo con el brazo derecho.
Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los
clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles
con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie
de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta,
deliraban con la alegría de capturarle.
Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio
tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían
lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas,
los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los
elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.
--¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho.
Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el
atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta
había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.
Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El
exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose
lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que
tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses
ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la
colina.
Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y
piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas
rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.
Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse
las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían
por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo;
y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero,
cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los
Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él
mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a
elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía,
porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de
los otros pronto y fácilmente.
Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les
hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en
la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con
desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les
desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban
a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los
cisalpinos, cuya lengua no comprendían.
Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y
agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras
de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio
explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la
ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La
guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen
en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que
decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén;
hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que
lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la
desesperación de una empresa fallida.
En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba
sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda
muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban
a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a
los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas.
Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a
los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar.
Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la
tristeza en los días siguientes.
Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían
alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los
mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a
la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los
centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les
proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su
inacción al ejército púnico.
En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los
númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran
los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los
libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de
ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de
los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del
estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos,
arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza,
y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en
lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban
a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la
cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos
cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su
corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a
Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le
habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de
guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.
Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse
paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses
unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron
repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó
afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en
la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó
la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le
sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima
del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el
aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz
aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones
prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden
en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín;
luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza
y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos,
sobre todo.
Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en
rendirse, seguros de morir en suplicios.