--Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados,

más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las

cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se

abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró,

y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.

--¿Habrá elegido tal vez el día? --se decía Matho.

Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al

Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la

situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo

que aún quedaba esperanza.

--¡Aunque no la haya, no importa! --dijo Matho--; yo solo continuaré la

guerra.

--Y yo también --repuso el griego, muy agitado, brillantes las pupilas

y con sonrisa extraña que contraía su cara de chacal.

--¡Volveremos a empezar! ¡No me abandones! Yo no estoy hecho para las

batallas al sol: el brillo de las espadas me turba la vista: es una

enfermedad: he vivido mucho tiempo en la ergástula. Pero dame murallas

que escalar de noche, y yo entraré en las ciudadelas y los cadáveres

estarán fríos antes que los gallos hayan cantado. Indícame a alguien,

alguna cosa, un enemigo, un tesoro, una mujer..., una mujer, aunque

sea la hija de un rey, y la traeré, si lo deseas, a tus pies con

prontitud. Me reprochas de haber perdido la batalla contra Hannón y,

sin embargo, la gané. ¡Confiésalo! Mi piara de cerdos nos sirvió más

que una falange de espartanos.

Y cediendo a la necesidad de rehabilitarse y de tomar el desquite, fue

enumerando cuanto hiciera en favor de los mercenarios.

--¡Yo fui quien en los jardines del Sufeta empujé al galo! Más tarde,

en Sicca, los concité a todos con el miedo de la República; Giscón los

volvió a perdonar, pero yo impedí que hablaran los intérpretes. ¡Ah!

¡Cómo les colgaba la lengua de la boca! ¿Te acuerdas? Yo te llevé a

Cartago; yo he robado el zaimph. Yo te he llevado a casa de _ella_. ¡Yo

haré más aún!...; ¡ya verás!

Y soltó la carcajada como un loco. Matho le miraba asombrado.

Experimentaba cierto malestar ante este hombre, a un tiempo cobarde y

terrible.

El griego añadió en tono jovial, castañeteando los dedos:

--¡Evohé! Después de la lluvia sale el sol. He trabajado en las

canteras y he bebido másica en un bajel que era mío, bajo un palio

de oro, como un Tolomeo. La desgracia debe servirnos para hacernos

más hábiles. A fuerza de trabajo, se rinde la fortuna. Esta ama a los

diestros. ¡Ella cederá!

Y tomando del brazo a Matho:

--Amo, los cartagineses están ahora confiados en su victoria. Tú tienes

un ejército que no ha combatido, y tus hombres te obedecen. Ponlos

delante; los míos, para vengarse, los seguirán. Me quedan tres mil

carios, mil doscientos honderos y arqueros, cohortes completas. Se

puede formar toda una falange. ¡Vamos!

Matho, abrumado por el desastre, no había imaginado plan alguno para

repararlo. Escuchaba con la boca abierta; y las láminas de bronce que

ceñían su busto se levantaban con los latidos de su corazón. Recogió su

espada, gritando:

--Sígueme. ¡Vamos!

Los exploradores volvieron anunciando que los cartagineses se habían

llevado sus muertos, que el puente estaba en ruinas y que Amílcar había

desaparecido con su ejército.

IX

EN CAMPAÑA

Pensaba Amílcar que los mercenarios le esperarían en Útica o que se

revolverían contra él; y no encontrando suficientes sus fuerzas para

dar el ataque o recibirlo, se había dirigido al Sur, por la orilla

derecha del río, poniéndose al abrigo de una sorpresa.

Quería, cerrando los ojos sobre la rebelión, separar todas las tribus

de la causa de los bárbaros, y cuando tuviera a estos aislados o en

medio de las provincias, caer sobre ellos y exterminarlos.

En catorce días pacificó la región comprendida entre Tucaber y Útica,

con las ciudades de Tignicaba, Tesura, Vacca y otras del Occidente.

Zagar, edificada en las montañas; Asura, célebre por su templo;

Djeraado, fértil en enebros; Tajsitís y Hagur le enviaron embajadas.

Los habitantes del campo llegaban cargados de víveres, implorando su

protección; besaban sus pies y los de los soldados y se quejaban de los

bárbaros. Algunos venían a ofrecerle, en sacos, cabezas de mercenarios

muertos por ellos, según decían, pero que en realidad habían cortado

a los cadáveres; porque muchos se habían perdido en la huida y se les

encontraba muertos en los olivares y en las viñas.

Para deslumbrar al pueblo, Amílcar, al segundo día de la victoria,

envió a Cartago los dos mil cautivos cogidos en el campo de batalla.

Llegaron en largas compañías de cien hombres cada una, con los brazos

atados a la espalda con una barra de bronce que les llegaba a la nuca;

los heridos, sangrando, corrían también, mientras los jinetes, detrás

de ellos, los empujaban a latigazos.

¡Fue un delirio de alegría! Decíase que habían muerto seis mil bárbaros

y que la guerra había terminado porque los demás no la proseguirían; se

abrazaban en la calle y se frotaba con manteca y cinamomo la cara de

los dioses Pateques en acción de gracias, los cuales, con sus grandes

ojos, su gordo vientre y los brazos levantados hasta los hombros,

parecían vivos en su pintura y participar de la alegría del pueblo. Los

ricos dejaban abiertas sus puertas; resonaban en la ciudad los sones de

los tamboriles; de noche se iluminaban los templos, y las sirvientes

de la Diosa, bajando a Malqua, pusieron tablados de sicomoro en las

principales esquinas, y en ellos se prostituían. Se concedieron tierras

a los vencedores, se hicieron holocaustos a Moloch, votaron trescientas

coronas de oro para el Sufeta, al que sus partidarios proponían

otorgarle nuevos honores y preeminencias.

Había solicitado este entablar nuevas negociaciones con Autharita,

para canjear al viejo Giscón y demás cartagineses cautivos por los

bárbaros prisioneros. Los libios y los nómadas que componían el

ejército de Autharita, apenas conocían a estos mercenarios, hombres de

raza italiana o griega; y puesto que la República les ofrecía tantos

bárbaros a cambio de tan pocos cartagineses, pensaron que los unos no

valían nada y los otros mucho. Temiendo una celada, Autharita rehusó.

En vista de esto, los Ancianos decretaron la ejecución de los cautivos,

aunque el Sufeta les escribió en contrario, porque contaba incorporar

los mejores a sus tropas y excitar por este medio las deserciones. Pero

el odio pudo más que su prudencia.

Los dos mil bárbaros fueron atados en los Mapales a los postes de

las tumbas, y mercaderes, pinches de cocina, bordadores y hasta las

mujeres, las viudas de los muertos con sus hijos, vinieron a matarlos

a flechazos. Se les tiraba despacio, para prolongar su suplicio; se

bajaba el arma y se levantaba por turno; la multitud se empujaba

vociferando. Los paralíticos se hacían conducir en sus camillas;

muchos, por precaución, llevaban la comida y allí permanecían hasta la

noche; otros pernoctaban en el lugar. Se habían plantado tiendas y se

bebía a discreción. Muchos ganaron bastante dinero alquilando arcos.

Después se dejaron en pie las cruces con los cadáveres, que parecían

sobre ellas otras tantas estatuas rojas; y la exaltación contagió a la

gente de Malqua, de familias autóctonas y de ordinario indiferentes a

las cosas de la patria. En reconocimiento de los placeres que esta les

proporcionaba, se interesaban ahora en su fortuna, se sentían púnicos,

y los Ancianos consideraron como una habilidad haber fundido a todo el

pueblo en una misma venganza.

No faltó la sanción de los dioses, porque de todos los lados del

cielo acudieron cuervos, describiendo círculos en el aire con roncos

graznidos, y formando como una negra nube que continuamente rodaba

sobre sí misma. Se la veía de Clipea, de Radés y del promontorio

Hermeo. A veces se abría de repente y se alargaba en negras espirales;

era un águila que había entre la bandada y luego se iba; en las

azoteas, en las cúpulas, en la punta de los obeliscos y en los frontis

de los templos se posaban avechuchos con restos humanos en el pico

enrojecido.

A causa de la pestilencia, los cartagineses se resignaron a desclavar

los cadáveres. Quemáronse algunos de estos; se echaron otros al mar, y

las olas, agitadas por el viento norte, los depositaron en la playa, en

el fondo del golfo, ante el campamento de Autharita.

Tal castigo atemorizó sin duda a los bárbaros, porque de lo alto de

Eschmún se les vio abatir sus tiendas, juntar sus rebaños, montar sus

bagajes en asnos y alejarse la horda aquella misma noche.

* * * * *

El plan de los bárbaros era moverse alternativamente de Aguas Calientes

a Hippo-Zarita, a fin de impedir al Sufeta acercarse a las ciudades

tirias; contando además con la posibilidad de volver sobre Cartago.

En este tiempo, los otros dos ejércitos procurarían llegar al Sur;

Espendio, por el Oriente, y Matho, por el Occidente, para unirse los

tres y sorprender y cercar a Amílcar. Les sobrevino un refuerzo que no

esperaban. Narr-Habas, con trescientos camellos cargados de betún,

veinticinco elefantes y seis mil jinetes.

El Sufeta, con el fin de debilitar a los bárbaros, juzgó prudente

entretener al númida, lejos, en su reino. Desde Cartago se había

entendido con Masgaba, bandido gétulo que deseaba forjar un imperio.

Con el dinero púnico, este aventurero había sublevado los estados

númidas, prometiéndoles la libertad. Pero Narr-Habas, prevenido por el

hijo de su nodriza, cayó sobre Cirta, envenenó a los vencedores con el

agua de las cisternas, cortó algunas cabezas, y vino contra el Sufeta

más furioso que los bárbaros.

Los caudillos de los cuatro ejércitos se pusieron de acuerdo acerca del

plan de guerra. Esta sería larga y debía preverse todo.

Convínose en primer lugar en reclamar el auxilio de los romanos, y se

ofreció esta embajada a Espendio, quien, como tránsfuga que era, no

se atrevió a aceptarla. Se embarcaron doce hombres de las colonias

griegas, en Annaba, en una chalupa de los númidas. Los jefes exigieron

de todos los bárbaros el juramento de una obediencia absoluta. Todos

los días los capitanes revistaban los vestidos y el calzado; se

prohibió a los centinelas usar escudos, porque acostumbraban a apoyarlo

en la lanza y dormir en pie; a los que llevaban bagaje se les obligó

a desprenderse de él; todo debía ponerse a la espalda, a la usanza

romana. Como precaución contra los elefantes, Matho creó un cuerpo de

jinetes catafractos, en que hombre y caballo desaparecían bajo una

coraza de piel de hipopótamo erizada de clavos; para proteger el casco

de los caballos se les puso borceguíes de esparto tejido.

Se prohibió saquear pueblos y tiranizar los habitantes de raza no

púnica. Pero como la comarca se agotaba, Matho ordenó distribuir los

víveres por cabeza de soldado, sin inquietarse por las mujeres, porque

los hombres ya atenderían a sus suyas. Por falta de alimentación,

muchos se debilitaron; era un incesante motivo de quejas y de

invectivas, porque se quitaban las mujeres por la comida o la promesa

de su ración. Matho mandó echarlas a todas, sin excepción, y fueron a

refugiarse en el campamento de Autharita, donde los galos y tirios, a

fuerza de ultrajes, las obligaron a irse.

Al fin acudieron a Cartago, implorando la protección de Ceres y de

Proserpina, porque había en Byrsa un templo con sacerdotes consagrados

a estas diosas, en expiación de los horrores cometidos en el sitio de

Siracusa. Los Sisitas, alegando su derecho a los despojos, reclamaron

las más jóvenes para venderlas; los cartagineses nuevos tomaron en

matrimonio las rubias espartanas.

Algunas se obstinaron en seguir al ejército, yendo al flanco de

las sintagmas, al lado de los capitanes. Llamaban a sus hombres,

les tiraban del manto, se golpeaban el pecho, maldiciéndolos y les

mostraban sus hijuelos que lloraban. Este espectáculo ablandaba a los

bárbaros; era un estorbo, un peligro. Cuantas veces se las rechazaba,

ellas volvían; Matho hizo que las dieran una carga los lanceros de

Narr-Habas, y como los bárbaros gritaran que necesitaban mujeres, él

les respondió:

--Yo no las tengo.

El genio de Moloch se apoderaba ahora de Matho. A pesar de las

rebeliones de su conciencia, ejecutaba cosas espantosas, imaginándose

obedecer la voz de un dios. Cuando no podía devastar los campos, los

llenaba de piedras para volverlos estériles.

Con reiterados mensajes, excitaba a Espendio y a Autharita a que se

dieran prisa. Pero las operaciones del Sufeta eran incomprensibles.

Acampó sucesivamente en Eidons, en Monchar, en Tehent; los exploradores

creyeron verle en los alrededores de Ischil, cerca de las fronteras de

Narr-Habas; y se supo que había cruzado el río arriba de Teburba, como

para volver a Cartago. No bien estaba en un lugar, se le encontraba en

otro, sin que nadie supiese los caminos que tomaba. Sin librar batalla,

el Sufeta conservaba sus ventajas; perseguido por los bárbaros, parecía

dirigirlos.

Tales marchas y contramarchas fatigaban más y más a los cartagineses;

las fuerzas de Amílcar no se renovaban y disminuían de día en día. La

gente del campo le suministraba víveres con más lentitud; encontraba en

todas partes una vacilación, un odio callado; y no obstante sus ruegos

al Gran Consejo, no le enviaban de Cartago ningún socorro.

Decíase que no lo necesitaba, que era una astucia o quejas inútiles;

y los partidarios de Hannón, con tal de perjudicarle, exageraban la

importancia de su victoria. Bueno que se hiciera el sacrificio de las

tropas que mandaba, pero no se iba a satisfacer siempre sus demandas.

La guerra era muy pesada; había costado mucho y por orgullo; los

patricios de su facción le apoyaban con tibieza.

Desesperando de la República, levantó por la fuerza en las tribus

todo lo que necesitaba para la guerra: grano, aceite, leña, animales

y hombres; pero los habitantes no tardaron en emigrar. Los pueblos

que atravesaba estaban vacíos; se registraban las cabañas y no se

encontraba nada, y una espantosa soledad rodeó al ejército cartaginés.

Furioso este, saqueó las provincias, cegaba las cisternas e incendiaba

las casas. Las chispas, llevadas por el viento, incendiaban bosques

enteros; rodeaban los valles con coronas de fuego, y había que esperar,

para proseguir la marcha bajo el sol ardiente y sobre cenizas calientes.

Algunas veces, en los bordes del camino, veían brillar en un matorral

así como pupilas de leopardo. Era un bárbaro acurrucado sobre los

talones, y que se había cubierto de polvo para confundirse con el color

del follaje; o bien cuando se atravesaba un barranco, los que iban a

los flancos oían de pronto rodar piedras, y levantando la mirada veían

en la abertura del desfiladero un hombre que saltaba con los pies

desnudos.

Sin embargo, Útica e Hippo-Zarita estaban libres, porque los

mercenarios no las sitiaban. Amílcar mandó que vinieran en su ayuda.

No atreviéndose a comprometerse, le respondieron con vaguedades,

cumplimientos y excusas.

Bruscamente se trasladó al Norte, resuelto a entrar en una ciudad

tiria, aunque le costara un sitio. Le hacía falta un punto en la costa,

con el fin de sacar de las islas, o de Cirene, provisiones y soldados,

y se fijó en el puerto de Útica, por ser el más próximo a Cartago.

El Sufeta partió, pues, de Zutín y rodeó el lago de Hippo-Zarita, con

prudencia. Muy pronto hubo de formar sus regimientos en columna para

subir la montaña que separa los dos valles. Al ponerse el sol bajaban

los cartagineses de la cumbre, ahuecada en forma de embudo, cuando

advirtieren delante de ellos, a ras del suelo, lobas de bronce que

parecían correr por la hierba, y aparecer de repente grandes penachos,

oyéndose un canto formidable al son de flautas. Era el ejército de

Espendio; campanios y griegos, por odio a Cartago, habían adoptado las

divisas de Roma.

Al mismo tiempo, aparecieron a la izquierda largas picas, escudos con

piel de leopardo, corazas de lino y espaldas desnudas. Eran los iberos

de Matho, los lusitanos, baleares y gétulos; se oía el relincho de los

caballos de Narr-Habas, que se extendieron alrededor de la colina;

después llegó la turba que mandaba Autharita; los galos, libios y

nómadas; y en medio de todos se reconoció a los «Comedores de cosas

inmundas», por las espinas de pescado que llevaban en la cabellera.

De esta manera, se habían juntado los bárbaros, combinando sus marchas

con exactitud.

Amílcar había amontonado su gente en masa orbicular, de modo que

ofreciera una resistencia igual en todas partes. Altos escudos

puntiagudos, fijos en tierra, unos al lado de otros, rodeaban a la

infantería. Los clinabaros quedaban por la parte de fuera y más lejos,

de trecho en trecho, los elefantes. Los mercenarios estaban abrumados

de fatiga; valía mejor esperar el día, y seguros de la victoria,

pasaron la noche comiendo.

Habían encendido fogatas que deslumbrándolos, dejaban en la sombra al

ejército cartaginés, debajo de ellos. Amílcar hizo cavar alrededor de

su campo, como los romanos, un foso ancho de quince pasos y de diez

codos de profundidad; levantar con la tierra excavada un parapeto, en

el que plantó estacas agudas, entrelazadas: al salir el sol, quedaron

pasmados los bárbaros al ver a los cartagineses atrincherados como en

una fortaleza.

En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando

órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas

escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para

señalar algo con el brazo derecho.

Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los

clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles

con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie

de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta,

deliraban con la alegría de capturarle.

Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio

tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían

lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas,

los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los

elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.

--¡Sois todos unos cobardes! --gritó Matho.

Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el

atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta

había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.

Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El

exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose

lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que

tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses

ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la

colina.

Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y

piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas

rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.

Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse

las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían

por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo;

y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero,

cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los

Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él

mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a

elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía,

porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de

los otros pronto y fácilmente.

Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les

hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en

la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con

desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les

desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban

a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los

cisalpinos, cuya lengua no comprendían.

Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y

agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras

de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio

explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la

ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La

guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen

en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que

decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén;

hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que

lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la

desesperación de una empresa fallida.

En tanto que los bárbaros, dudosos, deliberaban, el Sufeta aumentaba

sus defensas; hacía cavar un segundo foso, levantar otra segunda

muralla y construir en los ángulos torres de madera; sus esclavos iban

a las avanzadas a hundir en el suelo los abrojos. Pero los elefantes, a

los que se les había disminuido la ración, se debatían en sus trabas.

Para economizar el pasto, ordenó Amílcar a los clinabaros que mataran a

los caballos menos robustos. Rehusaron algunos y los mandó decapitar.

Se comieron los caballos. El recuerdo de esta carne fresca aumentó la

tristeza en los días siguientes.

Del fondo del anfiteatro en que se encontraban encerrados, veían

alrededor de ellos, en las alturas, los cuatro campamentos de los

mercenarios, llenos de agitación. Circulaban las mujeres con odres a

la cabeza, balaban las cabras entre haces de picas, se relevaban los

centinelas, se comía en torno de las trébedes; porque las tribus les

proporcionaban víveres en abundancia y suponían lo que asustaba su

inacción al ejército púnico.

En el segundo día observaron los cartagineses en el campo de los

númidas una tropa de trescientos hombres separada de los demás. Eran

los Ricos, hechos prisioneros desde el comienzo de la guerra. Los

libios los alinearon a todos al borde del foso, y puestos detrás de

ellos, disparaban azagayas, sirviéndoles de parapeto el cuerpo de

los cautivos. Apenas se podía conocer a estos infelices, a causa del

estrago que hizo en ellos la miseria y la inmundicia. Sus cabellos,

arrancados a mechones, mostraban al desnudo las úlceras de la cabeza,

y estaban tan flacos y terribles que parecían momias envueltas en

lienzos. Algunos, temblando, gemían con aire estúpido; otros gritaban

a sus amigos que tiraran a los bárbaros. Uno había inmóvil y con la

cabeza baja, que no hablaba; su gran barba blanca caía hasta las manos

cargadas de cadenas, y los cartagineses, sintiendo en el fondo de su

corazón, como un desquiciamiento de la República, reconocieron a

Giscón. Por más que el sitio era peligroso, se empujaban para verle. Le

habían puesto una tiara grotesca, de cuero de hipopótamo, incrustada de

guijarros. Era una ocurrencia de Autharita, pero que disgustaba a Matho.

Amílcar, exasperado, hizo abrir las empalizadas, resuelto a abrirse

paso de cualquier modo, y con gran furia subieron los cartagineses

unos trescientos pasos. Pero bajó tal ola de bárbaros, que fueron

repelidos a sus líneas. Uno de los guardias de la Legión, que se quedó

afuera, tropezó en las piedras. Corrió Zarxas y le hundió el puñal en

la garganta; retiró el arma y, poniendo la boca en la herida, chupó

la sangre a borbotones, entre retozos de alegría y sobresaltos que le

sacudían hasta los talones. Después, tranquilamente, se sentó encima

del cadáver, levantó la cara, volviendo el cuello para aspirar mejor el

aire, como hace el ciervo que acaba de beber en el torrente, y con voz

aguda entonó una canción de las Baleares, vaga melodía de modulaciones

prolongadas, interrumpida y alternada como los ecos que se responden

en las montañas; llamó a sus hermanos muertos, convidándolos al festín;

luego dejó caer las manos sobre las rodillas, bajó lentamente la cabeza

y lloró. Esta atrocidad causó horror a los mercenarios, a los griegos,

sobre todo.

Los cartagineses no intentaron otra salida, pero no pensaron en

rendirse, seguros de morir en suplicios.

Salambó · 第 12 / 23 段