de Hannón; en cuanto a los elefantes, se les estaba cazando en los
bosques; armaba los infantes, y los caballos estaban ya en marcha; y el
númida, acariciando la pluma de avestruz que le caía por la espalda,
giraba los ojos como una mujer y sonreía de una manera irritante. Matho
no sabía qué contestarle.
Un desconocido entró donde ellos estaban, sudoroso, asustado, sangrando
los pies y desatado el cinturón; la respiración agitaba su flaco pecho
como si fuera a hacerle estallar; y hablando un dialecto ininteligible,
abría los ojos como si contara una batalla. El rey se echó afuera y
llamó a sus jinetes.
Formaron en el llano un círculo alrededor de él. Narr-Habas, a caballo,
bajaba la cabeza y se mordía los labios. Por fin, separó sus hombres en
dos mitades y mandó a la primera que esperase; con gesto imperioso se
llevó los otros al galope y desapareció en el horizonte, por el lado de
las montañas.
--¡Señor! --dijo Espendio--: no me gustan estas cosas extraordinarias;
el Sufeta, que viene, y Narr-Habas, que va...
--¡Bah! ¿Qué importa? --contestó desdeñosamente Matho.
Era una razón más para unirse a Autharita; pero si se abandonaba
el sitio, saldrían los sitiados, los atacarían por retaguardia, y
al frente tendrían a los cartagineses. Después de mucho hablar, se
resolvió lo siguiente, que fue inmediatamente ejecutado:
Espendio, con quince mil hombres, ocupó el puente del Macar, a tres
millas de Útica, y fortificó los ángulos con cuatro torres enormes,
con catapultas. Con troncos de árboles, pedazos de roca y montones de
espinos y piedras de las murallas cerró todos los caminos y gargantas
de las montañas; y en las cumbres puso hierba seca, que se encendería
para señales, y pastores acostumbrados a otear de lejos.
Sin duda Amílcar no iría, como Hannón, por la montaña de las Aguas
Calientes. Debía pensar que Autharita, dueño del interior, le
cerraría el camino. Además, un desastre al principio de la campaña
le perdería, mientras que la victoria era probable estando más lejos
los mercenarios. Meterse entre los dos ejércitos sería en él una
imprudencia, contando con fuerzas inferiores; así, pues, Amílcar, según
todas las probabilidades, tomaría las faldas de la Ariana, torcería a
la izquierda para evitar las bocas del Macar y vendría en derechura al
puerto, donde Matho le esperaría.
Vigilaba de noche a los peones, a la luz de las antorchas; iba a
Hippo-Zarita, a las obras de las montañas, volvía y no descansaba.
Espendio envidiaba su energía, y Matho escuchaba dócilmente a su
compañero en cuanto al manejo de los espías, a la elección de
centinelas, al arte de las máquinas y demás medios de defensa. Ya no
hablaban de Salambó: Espendio, porque no se acordaba; Matho, por una
especie de pudor. A menudo iba del lado de Cartago, para ver de lejos
las tropas de Amílcar. Flechaba con sus ojos el horizonte, se echaba
de bruces, y en los latidos de sus arterias creía oír el rumor de un
ejército.
Dijo a Espendio que si antes de tres días no llegaba Amílcar, iría con
todos sus hombres a presentarle batalla. Pasaron dos días; Espendio le
contenía; pero en la mañana del sexto, partió.
* * * * *
No menos que los bárbaros estaban los cartagineses impacientes por la
guerra; en las tiendas y en las casas había el mismo deseo, la misma
angustia; se preguntaban todos qué era lo que detenía a Amílcar. En
ocasiones, subía este a la cúpula del templo de Eschmún, y al lado del
Anunciador de las Lunas escudriñaba el horizonte.
Un día, el tercero del mes de Tibby, se le vio bajar de la Acrópolis a
pasos precipitados. Se alzó un griterío en los Mapales. Bien pronto se
llenaron las calles, y los soldados se armaron, entre el llanto de las
mujeres, que los abrazaban, yendo a formar a la plaza de Kamón. No se
les podía seguir, ni aun hablarles, ni acercarse a las fortificaciones;
durante algunos minutos, la ciudad entera permaneció silenciosa como
una inmensa tumba; los soldados, apoyados en sus lanzas, y los demás,
angustiados.
Al ponerse el sol, salió el ejército por la parte de Occidente; pero
en vez de tomar el camino de Túnez o ganar las montañas en dirección a
Útica, siguió la costa, llegando en breve a la laguna, en la que las
salitreras se reflejaban como enormes espejos de plata olvidados en la
ribera.
Fuéronse multiplicando los aguazales; el suelo era cada vez más blando
y en él se hundían los pies. Amílcar iba siempre a la cabeza, y su
caballo, cubierto de manchas amarillas como un dragón, pisaba el fango
haciendo grandes esfuerzos y levantando espuma en torno suyo. Vino la
noche; noche sin luna. Algunos gritaron que se iba a la muerte; el
caudillo les quitó las armas y las entregó a los criados. El fango se
hacía cada vez más hondo; fue preciso montar en los animales de carga
o bien agarrarse a la cola de los caballos; los robustos ayudaban a
los débiles, y la Legión empujaba a la infantería con la punta de las
lanzas. Aumentó la obscuridad; se habían extraviado; todos hicieron
alto.
Los esclavos del Sufeta siguieron adelante para encontrar las balizas
plantadas por orden de este, de distancia en distancia. Gritaban en las
tinieblas, y el ejército les seguía de lejos.
Por fin se pisó tierra firme; luego se dibujó vagamente una curva
blanquecina, y llegaron a la orilla del Macar. A pesar del frío, no se
encendió fuego.
A media noche se levantaron ráfagas de viento. Amílcar hizo despertar a
los soldados, pero sin tocar las trompetas, haciendo que los capitanes
les golpearan en la espalda.
Entró en el agua un hombre de alta estatura, y aquella no le llegaba a
la cintura; señal de que se podía pasar.
El Sufeta ordenó que treinta y dos elefantes se colocaran en el río,
cien pasos más lejos, en tanto que los demás detendrían las líneas
de hombres empujados por la corriente; y todos con las armas sobre
la cabeza, atravesaron el Macar como entre dos murallas. Se había
observado que el viento del Oeste, empujando las arenas, obstruía el
río y formaba en toda su anchura una calzada natural.
Este alarde de genio entusiasmó a los soldados y les infundió una
confianza extraordinaria. Querían acometer en seguida a los bárbaros,
pero el Sufeta les hizo descansar dos horas. No bien salió el sol, los
desplegó en el llano, en tres líneas: primero los elefantes, detrás la
infantería ligera con la caballería, y en tercera línea la falange.
Los bárbaros acampados en Útica y en las quince millas alrededor del
puente, quedaron sorprendidos al ver ondular esta masa. El viento, que
soplaba muy fuerte, levantaba torbellinos de arena, como arrancados
del suelo, subiendo en grandes capas de color azul, que se rompían
para volver a formarse, ocultando siempre a los mercenarios el
ejército púnico. Comoquiera que los cartagineses adornaban con cuernos
la punta de los cascos, unos mercenarios creyeron ver una tropa de
bueyes, en tanto que otros, engañados por el vaivén de los mantos,
pretendían ver alas; no faltando quien echándoselas de sabio atribuyera
despreciativamente todo esto a una ilusión de espejismo. Sin embargo,
algo enorme continuaba avanzando. Pequeños vapores, sutiles como
alientos, corrían sobre la superficie del desierto; el sol, ahora más
alto, brillaba con más fuerza; una luz áspera y que parecía vibrar
entre la profundidad del cielo y los objetos, hacía la distancia
incalculable. La inmensa llanura se desplegaba por todos lados, hasta
perderse de vista, y las ondulaciones del terreno, casi insensibles, se
prolongaban hasta el extremo horizonte, cerrado por la gran línea azul
del mar. Los dos ejércitos, fuera de sus tiendas, se miraban; la gente
de Útica, para ver mejor, se amontonaba en los baluartes.
Al fin, se vieron muchas barras transversales erizadas de puntas,
que se agrandaban y hacían más espesas; montículos negros que se
balanceaban, y aparecer de pronto la masa de picas y elefantes.
--¡Los cartagineses! --exclamaron los bárbaros.
Y los soldados de Útica y los del puente salieron en montón, a la
desordenada, para caer juntos sobre Amílcar.
Ante este nombre, Espendio tembló: «¡Amílcar! ¡Amílcar!» Matho no
estaba allí. ¿Qué hacer? La huida era imposible. La sorpresa, el miedo
al Sufeta y, sobre todo, lo urgente de una resolución inmediata, le
desconcertaban; se veía traspasado por mil espadas, decapitado, muerto.
Pero treinta mil hombres le seguían y confiaban en él; furioso contra
sí mismo y confiando en una feliz victoria, se creyó más intrépido que
Epaminondas. Para disimular su palidez, tiñó su barba de bermellón,
apretó sus grebas y su coraza, bebió una patera de vino puro y corrió
hacia su tropa, que se unía a la de Útica.
Ambas divisiones de bárbaros juntáronse con tanta celeridad, que el
Sufeta no tuvo tiempo de formar sus hombres en batalla. Los elefantes
se detuvieron, balanceando sus pesadas cabezas cargadas de plumas de
avestruz y golpeándose las espaldas con la trompa.
En el fondo de los claros que dejaban se veían las cohortes de los
vélites; más lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros
que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero
el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y
seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un
largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo.
Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos,
sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí?
No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes
avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la
habían comprendido y la estaban ejecutando.
Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas del
ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando
estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar,
retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los
siguieron; aumentó la sorpresa de los mercenarios el ver que todos los
demás hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba
formidable estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de
su dromedario, gritaba:
--¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante!
Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes con
la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía una
gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron.
Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos,
dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia.
Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y
de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron
cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa.
En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus
secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos
intervalos, para que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan
bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos
llegaban allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea
recta.
En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados,
con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían
entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las
seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio,
y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus
compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban
a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas
derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta
horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un
animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes de
elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas pegadas a
su negra piel. Los indios, agazapados entre los montones de blancas
plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las
torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados
con grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas.
A derecha e izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con
una honda ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la
mano derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que
les alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente
cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban
soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas
en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos
caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de
combatientes.
A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar su
alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones y
vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera.
La falange se puso en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas;
bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el
centro.
Entonces, las líneas cartaginesas se abrieron para envolverlos,
guiándoles los elefantes. Con las lanzas tendidas oblicuamente, la
falange cortó a los bárbaros; se agitaron dos masas enormes; las
alas, a tiros de honda y de flecha, los empujaban sobre la falange.
Para desprenderse de esta, faltaba la caballería; a excepción de
doscientos númidas que arremetieron contra los clinabaros, los demás se
encontraron cercados y no podían salir de sus líneas. Inminente era el
peligro; urgente una resolución.
Espendio mandó atacar la falange simultáneamente por los dos flancos,
a fin de pasar al través; pero las filas más estrechas, replegándose
sobre las más largas, se volvieron juntas contra los bárbaros,
mostrándose tan terribles como lo era el frente. Herían los bárbaros
con su hierro, pero la caballería estorbaba su ataque; en tanto que
la falange púnica, apoyada por los elefantes, se apretaba o se
ensanchaba, o maniobraba en cuadrado, en cono, en rombo, en trapecio
o en pirámide, de frente, a retaguardia, se producía continuamente
un movimiento interior, porque los que estaban detrás de las filas
corrían a las primeras líneas, y los cansados o heridos se replegaban
atrás. Los bárbaros se veían empujados contra la falange: era imposible
avanzar; hubiérase dicho un océano en el que bullían garcetas rojas con
escamas de cobre, en tanto que los lucientes escudos se apretaban como
espuma de plata. A veces, de un cabo a otro, bajaban anchas corrientes,
que luego ascendían, manteniéndose inmóvil en medio una pesada masa.
Las lanzas se bajaban y se levantaban alternativamente. Todo era una
agitación de espadas desnudas, tan precipitada, que solo se veían las
puntas; haces de caballería, ensanchándose en círculos, y que volvían a
cerrarse, moviendo torbellinos a su alrededor.
Dominando las voces de mando, sonaban en el aire los bélicos clarines
y el son de las liras, y las balas de plomo o de arcilla de las hondas,
silbando y haciendo saltar las espadas de las manos y los sesos de los
cráneos. Los heridos, resguardándose con un solo brazo con su escudo,
tendían la espada apoyando el pomo en el suelo; otros, entre charcos de
sangre, se volvían para morder los talones de los enemigos. La multitud
era tan compacta, el polvo tan espeso, el tumulto tan fuerte, que era
imposible ver nada; los cobardes que ofrecían entregarse ni siquiera
eran oídos. Cuando las manos estaban vacías, se abrazaban cuerpo a
cuerpo; los pechos chocaban con las corazas y los cadáveres caían
hacia atrás, con los brazos crispados. Hubo una compañía de sesenta
umbrianos que, firmes sobre sus talones, con la pica delante de los
ojos, inquebrantables y rechinando los dientes, obligaron a retroceder
dos sintagmas a la vez. Los pastores epirotas corrieron al escuadrón
izquierdo de los clinabaros y agarraron de las crines a los caballos,
volteando sus bastones; los animales, derribando a los jinetes, huyeron
por el llano. Los honderos púnicos, repartidos aquí y acullá, estaban
sorprendidos. La falange empezaba a oscilar, los capitanes corrían
desolados, los cabos de fila empujaban a los soldados; los bárbaros,
rehechos, volvían a la carga, y la victoria iba a ser suya.
Pero de pronto sonaron gritos espantosos y rugidos de dolor y de
rabia; eran los setenta y dos elefantes, que se precipitaban en doble
línea, porque Amílcar había esperado a que los bárbaros estuviesen en
montón, para echárselos encima. Los indios los aguijonearon con tal
fuego, que la sangre corría por las anchas orejas de los paquidermos.
Las trompas, pintadas de minio, se levantaban rectas en el aire, como
rojas serpientes; sus pechos estaban armados de un venablo, el lomo con
una coraza, los colmillos prolongados con láminas de hierro encorvadas
como sables, y, para volverlos más feroces, se les había embriagado con
una mezcla de pimienta, vino puro e incienso. Sacudían sus collares
de cascabeles y gritaban; los elefantarcas o conductores bajaban la
cabeza ante la lluvia de las faláricas que venía de lo alto de las
torres.
Con el propósito de resistirlos mejor, los bárbaros se abalanzaron en
masa compacta; los elefantes se precipitaron impetuosamente en medio.
Los espolones de sus pechos hendían las cohortes como proas de un
navío; con las trompas, ahogaban a los hombres o los arrancaban del
suelo, entregándolos por encima de sus cabezas a los soldados de las
torres; con los colmillos, los despanzurraban, los lanzaban al aire,
colgando racimos de entrañas de sus garfios de marfil, como paquetes de
cuerdas en los mástiles. Los bárbaros intentaban reventarles los ojos
o desjarretarlos; otros, metiéndose bajo los vientres, les hundían la
espada hasta la empuñadura y morían aplastados. Los más intrépidos se
colgaban a las correas, y entre llamas o bajo la lluvia de dardos y
hondas, no dejaban de cortar cueros para que la torre de mimbre cayera
como una torre de piedra. Catorce elefantes de los que estaban en la
extrema derecha, furiosos por sus heridas, se volvieron a la segunda
línea; los indios, con su martillo y clavija, les dieron la puntilla a
fuerza de puños.
Las enormes bestias se atropellaron, cayendo unas encima de otras. Fue
como una montaña; y sobre este montón de cadáveres y de armaduras, un
elefante monstruoso, que se llamaba el _Furor de Baal_, cogido por la
pierna entre cadenas, estuvo toda la noche aullando, con una flecha en
el ojo.
Sin embargo, los demás, como conquistadores que se complacen en el
exterminio, seguían atropellando, aplastando y encarnizándose en los
muertos y en los restos de la batalla. Para rechazar a los manípulos
apretados en coronas a su alrededor, giraban sobre los pies de
atrás con un movimiento continuo de rotación siempre avanzando. Los
cartagineses sintieron aumentar su vigor, y la batalla volvió a empezar.
Los bárbaros cedían; los hoplitas griegos arrojaron sus armas, y el
espanto se apoderó de los demás. Se vio a Espendio huir colgado de
su dromedario, azuzándolo con dos jabalinas. Todos, entonces, se
precipitaron para entrar en Útica.
Los clinabaros, con los caballos cansados, no pudieron detenerlos.
Los ligures, extenuados de sed, gritaban que se les llevara al río;
pero los cartagineses, puestos en medio de las sintagmas y que habían
sufrido menos, hervían de deseo ante la venganza que se les escapaba;
ya se lanzaban a la persecución de los mercenarios cuando apareció
Amílcar.
Refrenaba con riendas de plata su caballo atigrado, bañado en sudor.
Las cintas atadas a los cuernos de su casco flotaban al viento y tenía
su escudo ovalado sujeto bajo el muslo izquierdo. A una señal de su
pica de tres puntas, se detuvo el ejército.
Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron
a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.
La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando
llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando
los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba
de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado
que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a
regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como
tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de
segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con
la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía
cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle
de un hachazo.
Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los
elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres
incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y
no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río,
engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.
Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos
montones desiguales tendidos en tierra.
Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos;
llamó a voces y nadie le contestó.
Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en
dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica,
y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos
se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del
puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el
camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron
por el llano, no encontró a ninguno.
A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado
del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que
los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a
los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla.
Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las
cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en
astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor,
un ruido de canciones y de copas que chocaban.
No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de
angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo
camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la
ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas,
así como esqueletos de gigantes junto a las murallas.
Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus
soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de
espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos
llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la
cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo
de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o
bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.
Matho encontró a Espendio recogido bajo un jirón de tela puesto sobre
dos palos, con las manos en las rodillas y la cabeza baja.
Estuvieron largo rato sin decirse nada; al fin, Matho murmuró:
--¡Vencidos!
Espendio contestó con voz sombría:
--¡Sí; vencidos!
Y a todas las preguntas respondía con gestos desesperados.
Llegaban basta ellos suspiros y estertores. Matho entreabrió la tela,
y el espectáculo de los soldados le recordó otro desastre en el mismo
lugar, y dijo:
--¡Miserable!, otra vez...
Espendio le interrumpió:
--¡Tampoco tú estabas!
--¡Es una maldición! --exclamó Matho--. ¡Pero yo le esperaré, le
venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...
La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que
la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo.
--Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?
El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y
se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió
ir a atacar a Amílcar por retaguardia.
--¡Lo sé! --dijo Espendio.
--Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la
falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar
otra vez, nunca huir.
Respondió Espendio: