por un hombre atado por el vientre a una larga cadena sujeta a la
pared; costumbre romana, recién introducida en Cartago. Habían crecido
extraordinariamente su barba y sus uñas, y se balanceaba de derecha a
izquierda, con la oscilación continua de los animales cautivos. No bien
reconoció a Amílcar, se dirigió a él, gritando:
--¡Perdón, Ojo de Baal! ¡Perdón, mátame! Diez años hace que no veo el
sol. ¡En nombre de tu padre, perdón!
Amílcar, sin responderle, llamó con las manos y se presentaron tres
hombres; los cuatro, a un tiempo, con todas sus fuerzas, sacaron de
los anillos la enorme barra que cerraba la puerta. Amílcar tomó una
antorcha y desapareció en las tinieblas.
Era, según se creía, el lugar de las sepulturas de la familia; pero no
se veía más que un ancho pozo, abierto para desorientar a los ladrones
y que no ocultaba nada. Amílcar hizo girar una piedra muy pesada, y por
la abertura que quedó al descubierto entró en un aposento labrado en
forma de cono.
Cubrían las paredes escamas de cobre; en medio, sobre un pedestal de
granito, se levantaba la estatua de un kabiro, Aletes de nombre,
inventor de las minas en la Celtiberia. En la base formaban cruz anchas
rodelas de oro y monstruosos vasos de plata, de cuello cerrado, y por
tanto inservibles; porque era costumbre fundir de este modo grandes
cantidades de metal para imposibilitar las dilapidaciones y los robos.
Con la antorcha encendió una lámpara de minero, fija en el birrete
del ídolo, y de golpe, iluminaron la sala luces verdes, amarillas,
azules, violáceas, de color de vino y de color de sangre. Estaba llena
de piedras preciosas, puestas en calabazas de oro, colgadas como
lampadarios en planchas de cobre o en sus bloques nativos al pie de
las paredes. Eran piedras grandes arrancadas de la montaña a tiros de
honda, carbunclos formados por la orina de los linces, glosopetras
caídas de la luna, tianos, diamantes, sandastros, berilos, con las tres
clases de rubíes, las cuatro clases de zafiro y las doce clases de
esmeraldas. Todas ellas fulguraban a modo de salpicaduras de leche, de
hielos azules, de polvo de plata, y lanzaban sus destellos en ondas,
en rayos y en estrellas. Las ceraunias, engendradas por el trueno,
brillaban junto a las calcedonias, que curan los peces. Había topacios
del monte Zabarca para prevenir los terrores, ópalos de la Bactriana,
que impiden los abortos, y cuernos de Ammón, que se ponen en los lechos
para tener sueños.
Las luces de las gemas y las llamas de la lámpara se reflejaban en
los grandes escudos de oro. Amílcar, en pie, sonreía, con los brazos
cruzados; deleitándose menos con el espectáculo que con la conciencia
de sus riquezas, inaccesibles, inagotables, infinitas. Se sentía un
genio subterráneo. Sus abuelos dormían a sus pies, enviando a su
corazón algo de su eternidad. Era como la alegría de un kabiro; y
los grandes rayos luminosos que herían su rostro, se le antojaban
la extremidad de una red invisible que, a través de los abismos, le
ligaban al centro del mundo.
Una idea le hizo estremecer, y habiéndose puesto detrás del ídolo, fue
directamente hacia la pared. Entre los tatuajes de su brazo examinó una
línea horizontal con otras dos perpendiculares, que en cifras cananeas
expresaban el número trece. Contó hasta la decimotercera de las placas
de cobre, volvió a levantar la ancha manga, y con la mano derecha
extendida, leyó en otro sitio de su brazo otras líneas más complicadas,
paseando los dedos suavemente, a la manera de un tocador de lira.
Finalmente, con el pulgar dio siete golpes y una parte de la pared giró
como una sola pieza.
Disimulaba una especie de cava que contenía cosas misteriosas, sin
nombre y de un valor incalculable. Amílcar bajó tres gradas; tomó en un
cubo de plata una piel de antílope, que flotaba en un líquido negro, y
volvió a subir.
Abdalonim andaba ahora delante de él, dando golpes en el pavimento
con su alto bastón guarnecido de campanillas en el mango, y gritando,
al pasar por cada habitación, el nombre de Amílcar, entre alabanzas y
bendiciones.
En la galería circular a la que afluían todos los corredores, estaban
acumulados a lo largo de las paredes pequeñas vigas de algumín, sacos
de lausonia, pastas de Lemnos y conchas de tortuga llenas de perlas.
A su paso, el Sufeta los rozaba con su túnica, sin hacer caso de los
gigantescos pedazos de ámbar, materia casi divina, formada por los
rayos del sol.
Surgió una nube de vapor.
--¡Empuja la puerta!
Entraron.
Unos hombres desnudos amasaban pastas, cortaban hierbas, agitaban
carbones, echaban aceite en jarras, abrían y cerraban pequeñas celdas
ovoides cavadas en torno de la muralla, y eran tantos que aquello
parecía una colmena. Desbordaban el mirabolano, el bdellium, el azafrán
y las violetas. Doquiera estaban diseminadas gomas, polvos, raíces,
redomas de vidrio, ramas de lilipéndola y pétalos de rosa; producían
asfixia, no obstante los torbellinos del estoraque, que humeaba en un
trípode de cobre.
El _Jefe de los olores suaves_, pálido y larguirucho como un cirio de
cera, salió a recibir a Amílcar para aplastar en sus manos un rollo
de metopión, en tanto que otros dos hombres le frotaban los talones
con hojas de bácaris. Amílcar los rechazó, porque eran cirineos de
costumbres infames, pero a los que se consideraba a causa de sus
secretos.
Para demostrar su vigilancia, el Jefe ofreció al Sufeta, en una cuchara
de electro, un poco de malobatro, y con una lezna pinchó tres bezares
indios. El amo, que entendía de estas artes, tomó un cuerno lleno de
bálsamo, y después de acercarlo a los carbones lo colgó en su túnica;
apareció una mancha obscura, señal de fraude. Miró fijamente al Jefe, y
sin decir nada le tiró el cuerno de gacela a la cara.
Por indignado que estuviera por las falsificaciones cometidas en
perjuicio suyo, al ver los paquetes de nardo que se embalaban para los
países de ultramar, mandó que mezclaran antimonio para que pesaran más.
Tras esto preguntó dónde estaban tres cajas de psagas destinadas para
su uso.
El Jefe de los olores declaró no saber nada, porque habiendo entrado
soldados, cuchillo en mano, les habían abierto las cajas.
--¿De modo que los temes más que a mí? --gritó el Sufeta, y a través
del humo brillaban sus pupilas como antorchas, mirando al hombrón
pálido que empezaba a entender lo que se le venía encima--. Abdalonim,
antes de ponerse el sol le harás pasar por las varas; que lo vapuleen
bien.
Esta pérdida, menor que las otras, le había exasperado; porque a pesar
de sus esfuerzos para no acordarse de los bárbaros, los tenía siempre
en la memoria. Los excesos de los mercenarios se confundían con la
vergüenza de su hija, y poseído de una rabia de inquisición, visitó
bajo los cobertizos, detrás de la casa de comercio, las provisiones de
betún, de madera, de anclas y cuerdas, de miel y de cera, los almacenes
de paño, las reservas de comestibles, la cantera de mármoles y el
granero del silfio.
Fue a inspeccionar al otro lado de las huertas, en sus cabañas, a
los artesanos domésticos, cuyos productos se vendían. Los sastres
bordaban mantos, otros tejían redes, otros peinaban cojines y cortaban
sandalias; obreros de Egipto, con una concha pulían papiros; chirriaba
la lanzadera de los tejedores y resonaban los yunques de los armeros.
Amílcar les dijo:
--¡Forjad espadas! ¡Forjadlas siempre; me harán falta!
Y sacó del pecho la piel de antílope macerada en venenos, para que se
le cortase una coraza más sólida que las de cobre e inatacable por el
hierro y por la llama.
Al acercarse a los obreros, Abdalonim, con el fin de desviar su cólera,
procuraba irritarle contra ellos, denigrando sus trabajos:
--¡Es una vergüenza! Verdaderamente el amo es demasiado bueno.
Amílcar, sin hacerle caso, seguía adelante.
Se desanimó porque grandes árboles, enteramente calcinados, como en
un bosque donde han acampado pastores, estorbaban el camino; las
empalizadas estaban rotas, se perdía el agua de las acequias y entre
linfas fangosas aparecían pedazos de vasos y huesos de monos.
Colgaba de los matorrales tal cual jirón de ropa, y flores podridas
formaban un estiércol amarillo debajo de los limoneros. Los criados lo
habían abandonado todo, creyendo que el amo no volvería.
A cada paso descubría Amílcar algún nuevo desastre y una prueba de
aquello que no quería saber. Pero ahora manchaba sus borceguíes de
púrpura hollando inmundicias; y sentía no tener aquellos hombres ante
sí, a tiro de catapulta, para hacerlos volar en pedazos. Sentíase
humillado por haberlos defendido; era un engaño, una traición, y
como no podía vengarse ni de los soldados, ni de los Ancianos, ni de
Salambó, ni de nadie, y su cólera necesitaba víctimas, mandó a las
minas a todos los esclavos de las huertas.
Temblaba Abdalonim cada vez que le veía acercarse a los parques; pero
Amílcar tomó el camino del molino, en donde se dejaba oír una melopea
lúgubre.
En medio del polvo, movíanse las pesadas ruedas, es decir, dos conos
de pórfido superpuesto, con un embudo el más alto, el cual giraba
sobre el de abajo con ayuda de fuertes barras. Con el pecho y los
brazos empujaban unos hombres, mientras otros tiraban, uncidos como
animales. El roce de las barras había formado alrededor de sus sobacos
costras purulentas, como se observa en el crucero de los asnos, y el
andrajo negro y deshilachado que apenas cubría sus riñones colgaba de
sus piernas como una larga cola. Los ojos estaban rojos, sonaban los
hierros de sus pies y todos los pechos resollaban a un tiempo. Tenían
en la boca, fijado por dos cadenetas de bronce, un bozal que les
impedía comer la harina, y unos guanteletes sin dedos encerraban sus
manos para que no la pudieran coger.
A la entrada del amo las barras de madera sonaron con más fuerza.
Saltaba el grano al romperse. Muchos cayeron sobre las rodillas; los
demás siguieron, pasándoles por encima.
Preguntó por Giddenem, gobernador de los esclavos, y compareció este
personaje, mostrando su dignidad en la riqueza del vestido; porque su
túnica, hendida por los lados, era de fina púrpura; pesados anillos
colgaban de sus orejas, y para juntar las bandas que envolvían sus
piernas, subía de los tobillos a la cadera un lazo de oro, como una
serpiente enroscada a un árbol. En los dedos, cargados de sortijas,
llevaba un collar de granos de piedras negras para conocer los hombres
sujetos al mal sagrado.
Amílcar le hizo seña para que hiciera quitar los bozales. Entonces,
todos, gritando como animales hambrientos, se echaron sobre la harina,
devorándola con la cara metida en el montón.
--¡Los tienes extenuados! --dijo el Sufeta.
Giddenem alegó que esto era necesario para domarlos.
--No valía la pena de enviarte a Siracusa, a la escuela de los
esclavos. ¡Haz venir a los demás!
Cocineros, despenseros, palafreneros, corredores, porteadores de
literas, hombres de los baños y mujeres con sus hijos; todos se
alinearon en el jardín, en una sola fila, desde la casa de comercio
hasta el parque de las fieras. Silencio enorme llenaba Megara; todos
contenían el aliento. El sol se prolongaba sobre la laguna, debajo de
las catacumbas. Graznaban los pavos reales. Amílcar andaba a paso lento.
--¿Qué haré de estos viejos? --dijo--. Véndelos. Hay demasiados galos:
son borrachos; y demasiados cretenses: son mentirosos. Cómprame
capadocios, asiáticos y negros.
Quedó extrañado del poco número de niños.
--Giddenem, cada año la casa ha de tener nuevos nacimientos. Dejarás de
noche todas las habitaciones abiertas para que se junten con libertad.
Hizo que se presentaran los ladrones, los perezosos y los amotinadores.
Dictó castigos, con reproches a Giddenem; y este, como un toro, bajaba
la cabeza frunciendo las cejas.
--Mira, Ojo de Baal --dijo, señalando a un libio robusto--, a este le
han sorprendido con una cuerda al cuello.
--¡Ah! ¿Quieres morir? --preguntó desdeñosamente el Sufeta.
Y el esclavo, con voz intrépida:
--¡Sí! --contestó.
Y sin cuidarse del ejemplo ni del daño pecuniario, Amílcar dijo a los
criados:
--¡Lleváoslo!
Quizás abrigaba la intención de un sacrificio, como una desgracia que
se infligía para prevenir otras más terribles.
Giddenem tenía ocultos a los mutilados detrás de los otros; Amílcar los
vio.
--¿Quién te ha cortado el brazo?
--Los soldados, Ojo de Baal.
A un samnita, que vacilaba como una garza herida:
--Y a ti, ¿quién te ha hecho esto?
Fue el gobernador, que le había roto una pierna con una barra de
hierro.
Esta atrocidad imbécil indignó al Sufeta, y arrancando de manos de
Giddenem el collar de piedras, dijo:
--¡Maldito sea el perro que hiere al rebaño! ¡Estropeas esclavos,
bondad de Tanit! ¡Ah, tú arruinas a tu amo! ¡Que lo ahoguen en el
estiércol! ¿Y los que faltan? ¿Dónde están? ¿Los has asesinado como a
los soldados?
Tan terrible tenía el semblante que huyeron todas las mujeres. Los
esclavos formaron un ancho círculo alrededor de los dos; Giddenem
besaba frenéticamente las sandalias de Amílcar; este, en pie, tenía
levantados los brazos sobre él.
Con su inteligencia lúcida, como en la más fuerte de las batallas,
recordaba mil cosas odiosas e ignominias de que se había apartado; y a
la luz de su cólera, como a los relámpagos de una tempestad, veía de un
golpe todos sus desastres a un tiempo. Los gobernadores de los campos
habían huido, por miedo a los soldados, por conveniencia quizá; todos
le engañaban; se contenía demasiado tiempo.
--¡Que los traigan! --gritó--. ¡Que los señalen en la frente con
hierro encendido, como a los cobardes!
Trajeron y fueron repartidos en medio del jardín grilletes, argollas,
cuchillos, cadenas para los condenados a las minas, cepos que apretaban
las piernas, escorpiones y látigos con tres ramales, rematados con
garfios de cobre.
Los condenados fueron puestos de cara al sol, del lado de Moloch
devorador, echados en tierra en posición supina, y los que habían de
ser azotados, atados de pies y manos a los árboles, con dos sayones:
uno que daba los azotes y otro que los iba contando.
Silbaban las correas, arrancando la corteza de los árboles. La sangre
mojaba como lluvia las hojas, y al pie de cada árbol se retorcía un
cuerpo humano hecho una llaga viva. Aquellos que fueron marcados, se
arañaban el cutis con las uñas. Se oían crujir los tornillos de madera,
resonaban choques sordos; a veces hería el aire un grito agudo. Del
lado de las cocinas, entre jirones de ropa y cabelleras tendidas,
unos hombres con soplillos avivaban los carbones, y apestaba el
olor a carne quemada. Desfallecían los flagelados; pero sujetos por
los brazos, doblaban la cabeza, cerrando los ojos. Los espectadores
gritaban asustados; los leones, acordándose tal vez del festín, se
desperezaban bostezando, al borde de los fosos.
Viose entonces a Salambó en la plataforma de la terraza, corriendo
asustada de un lado a otro. La vio Amílcar, pareciéndole que levantaba
los brazos hacia él, pidiéndole perdón. El Sufeta, con un gesto de
horror, se perdió en el parque de los leones.
Estos animales constituían el orgullo de las grandes casas púnicas.
Habían tirado del carro del vencedor, triunfado en las guerras, y eran
venerados como favoritos del sol. Los de Megara eran los más fuertes
de Cartago. Amílcar, antes de su partida, había exigido a Abdalonim
el juramento de que cuidaría de ellos; pero habían muerto mutilados,
quedando únicamente tres, acostados en medio del patio, ante los restos
de su comida.
Conocieron a Amílcar y se le acercaron. Uno tenía las orejas
horriblemente mutiladas; otro, una ancha herida en la pierna; el
tercero, el hocico cortado. Le miraban con aire triste, como personas;
y el del hocico cortado, bajando la enorme cabeza y doblando las
corvas, le acariciaba suavemente con el extremo del muñón llagado.
Ante esta caricia, lloró Amílcar y saltó sobre Abdalonim.
--¡Ah! ¡Miserable! ¡La cruz, la cruz!
Abdalonim se desmayó, cayendo de espaldas.
Detrás de las fábricas de púrpura, cuyas lentas humaredas subían al
cielo, sonó un aullido de chacal. Amílcar se detuvo.
Pensando en su hijo, se calmó de pronto, como si le hubiera tocado
un dios. Entreveía una prolongación de su fuerza, una indefinida
continuación de su persona; los esclavos no comprendían cómo pudo
haberse apaciguado tan pronto.
Yendo a las fábricas de púrpura, pasó delante de la ergástula: un
caserón de piedra negra rodeado de un foso cuadrado, con un camino
alrededor, y cuatro escaleras en las esquinas.
Para acabar su señal, Iddibal esperaba, sin duda, la noche. «No corre
prisa», se dijo Amílcar, y bajó a la prisión. Algunos le gritaron:
«Vuélvete»; los más atrevidos le siguieron.
El viento agitaba la puerta abierta; entraba el crepúsculo por los
estrechos mechinales y veíase adentro cadenas rotas colgadas en las
paredes. Era todo lo que quedaba de los cautivos de guerra.
Amílcar palideció extraordinariamente, y le vieron apoyarse con una
mano en la pared para no caer.
El chacal gritó tres veces seguidas. Amílcar levantó la cabeza, y
cuando el sol se ocultó, desapareció detrás del seto de nopales.
A la noche, en la Asamblea de los Ricos, en el templo de Eschmún,
dijo al entrar: «¡Luces de los Baalim: acepto el mando de las fuerzas
púnicas contra los bárbaros!»
VIII
LA BATALLA DEL MACAR
Al siguiente día obtuvo de los Sisitas doscientos veinte y tres mil
kikar de oro, y decretó un impuesto de catorce shequels sobre los
ricos. Hasta las mujeres contribuyeron; se pagaba por los niños, y lo
que era más monstruoso, atendidas las costumbres cartaginesas, obligó a
los colegios de los sacerdotes a que dieran dinero.
Requisó todos los caballos y mulas y se incautó de todas las armas. A
los que quisieron disimular sus riquezas se les vendió los bienes, y
para intimidar la avaricia de los demás, dio él solo sesenta armaduras
y mil quinientos gomores de harina, tanto como la Compañía del Marfil.
Envió a la Liguria a comprar soldados, tres mil montañeses
acostumbrados a combatir osos; se les pagó por adelantado seis meses, a
razón de quince minas diarias.
Le hacía falta un ejército; pero no aceptó, como Hannón, a todos
los ciudadanos. Rechazó por de pronto a la gente de ocupaciones
sedentarias; luego, a los demasiado obesos o de aspecto pusilánime;
admitió a los hombres deshonrados, la crápula de Malca, los hijos de
los bárbaros y los libertos. En recompensa, prometió a los cartagineses
nuevos el derecho completo de ciudadanía.
Su primer cuidado fue la reforma de la Legión. Estos arrogantes
jóvenes, considerados como la majestad militar de la República, se
gobernaban por sí mismos. Destituyó a los oficiales; trató a todos
rudamente, haciéndoles correr, saltar y subir de un tirón la cuesta de
Byrsa; lanzar azagayas, luchar cuerpo a cuerpo y dormir al raso. Sus
familias venían a verles y les compadecían.
Mandó hacer espadas más cortas y borceguíes más fuertes. Fijó el
número de sirvientes y redujo los bagajes, y como se guardaban en el
templo de Moloch trescientos pilums romanos, los tomó, a pesar de las
reclamaciones del Pontífice.
Con los que habían vuelto de Útica y otros de particulares organizó una
falange de setenta y dos elefantes, que hizo formidables. Armó a sus
conductores con un martillo y un escoplo para que rompieran el cráneo a
estos animales en caso de que huyeran.
No consintió que sus generales fueran nombrados por el Gran Consejo.
Los Ancianos le echaban en cara que violaba las leyes; él no les
hizo caso; nadie se atrevía a contradecirle; todo se doblegaba a la
violencia de su genio.
Él solo se encargó de la guerra, del gobierno y de la hacienda; y con
el fin de prevenir acusaciones, pidió para examinador de sus cuentas al
Sufeta Hannón.
Hacía trabajar en las fortificaciones, y para tener piedras derribó
las viejas murallas interiores, que eran inútiles. La diferencia de
fortunas, ya que no la jerarquía de razas, seguía manteniendo separados
los hijos de los vencidos y de los conquistadores; los patricios
vieron irritados la destrucción de esos muros; pero el pueblo, sin
darse cuenta, se regocijaba sin saber por qué.
Armada la tropa, por mañana y tarde desfilaba por las calles, y a cada
momento se oía el resonar de las trompetas; en los carros pasaban
escudos, tiendas de campaña, picas; los patios estaban llenos de
mujeres que hacían hilas y vendajes; unos a otros se infundían valor;
el alma de Amílcar llenaba la República.
Dividió sus soldados en números pares, cuidando de poner a lo largo de
las filas, alternativamente, un hombre robusto y otro que lo era menos,
para que el menos vigoroso o más cobarde fuera llevado y empujado a la
vez por su compañero. No obstante, con tres mil ligures y los mejores
cartagineses no pudo formar más que una sencilla falange de cuatro
mil noventa y seis hoplitas, defendidos con cascos de bronce, y que
manejaban picas de fresno de catorce codos de largo.
Dos mil hombres iban armados con un puñal, reforzados con ochocientos
jóvenes más, con escudo redondo y espada a la romana.
La caballería pesada estaba compuesta de mil novecientos guardias que
quedaban de la Legión, cubiertos con láminas de bronce bermejo, como
los clinabaros asirios. Había además más de cuatrocientos arqueros a
caballo, de los llamados tarentinos, con birretes de piel de comadreja,
hacha de doble filo y túnica de cuero; y mil doscientos negros del
arrabal de las caravanas, mezclados con los clinabaros, que debían
correr al lado de los caballos, cogidos a las crines. Todo estaba
dispuesto y, sin embargo, Amílcar no empezaba la campaña.
A menudo, salía de noche solo de Cartago, y se perdía en la embocadura
del Macar, más allá de la laguna. ¿Quería unirse a los mercenarios? Los
ligures, acampados en los Mapales, rodeaban su casa.
Los temores de los Ricos parecieron justificados cuando se vio un día
a trescientos bárbaros que se acercaban a las murallas. El Sufeta les
abrió las puertas. Eran tránsfugas que se acogían a su jefe por temor
o por fidelidad.
La vuelta de Amílcar no había sorprendido a los mercenarios; este
hombre, según sus ideas, no podía morir. Venía para cumplir sus
promesas; esperanza que nada tenía de absurda: ¡tan profundo era el
abismo entre la patria y el ejército! Además, no se creían culpables;
se habían olvidado del festín.
Los espías que aprehendieron les desengañaron. Fue un triunfo para los
exaltados; hasta los tibios se volvieron furiosos. Además, los dos
sitios les habían aburrido; nada se adelantaba; era preferible una
batalla. Muchos hombres se desbandaban, merodeando por la campiña. A la
noticia de los armamentos acudieron, y Matho saltó de alegría:
--¡Al fin! ¡Al fin! --exclamó.
El resentimiento que tenía contra Salambó se volvió contra Amílcar.
Su odio veía una presa determinada; y como la venganza era más fácil
de concebir, la creía segura; la idea le deleitaba. Al mismo tiempo,
estaba dominado por una más alta ternura; devorado por un deseo más
agrio. Se veía en medio de los soldados, llevando en su pica la
cabeza del Sufeta, y después, en el cuarto del lecho de púrpura,
apretando a la virgen entre sus brazos, cubriéndola la cara de besos,
acariciando sus largos cabellos negros; estos sueños, que sabía eran
irrealizables, constituían para él un suplicio. Se juró a sí mismo, ya
que sus camaradas le habían nombrado schalischim, dirigir la guerra; la
certidumbre de que no volvería, le impulsaba a ser implacable.
Fue a ver a Espendio, y le dijo:
--Reúne tus hombres; yo llevaré los míos. Avisa a Autharita. Estamos
perdidos si Amílcar nos ataca. ¿Me entiendes? ¡Levántate!
Espendio quedó estupefacto ante este decreto autoritario. Matho, por
costumbre, se dejaba guiar y se le pasaban pronto los arrebatos; pero
ahora, parecía a un tiempo más calmado y más terrible; una voluntad
soberbia fulguraba en sus ojos, como la llama de un sacrificio.
El griego no atendía sus razonamientos. Habitaba una de las tiendas
cartaginesas bordadas de perlas, bebía bebidas frescas en copas de
plata, jugaba al cótabo, dejaba crecer su cabellera y llevaba el sitio
con lentitud. Por lo demás, tenía inteligencias en la ciudad y no
quería partir, en la seguridad de que esta se rendiría a los pocos
días. Narr-Habas, que vagabundeaba entre los ejércitos, se encontraba
ahora cerca de él. Apoyó su opinión y llegó a acusar al libio de querer
abandonar la empresa, por exceso de valor.
--Vete, si tienes miedo --contestó Matho--; nos prometiste pez, azufre,
elefantes, infantes y caballos; ¿dónde están?