Entonces todos botaron, derribando los asientos y las antorchas;
lanzáronse hacia el altar, blandiendo puñales. Amílcar sacó de las
mangas dos anchas cuchillas y, medio doblado, con el pie izquierdo
hacia adelante, encendidos los ojos y apretados los dientes, los
desafió inmóvil bajo el candelabro de oro.
Resultaba que todos, por precaución, habían llevado armas, lo cual
era un crimen. Como todos eran culpables, pronto se tranquilizaron, y
volviendo la espalda al Sufeta, bajaron rabiosos de humillación. Por
vez segunda retrocedían ante él. Por un rato, permanecieron de pie.
Muchos que se habían herido en los dedos, se los llevaban a la boca o
se los envolvían en la fimbria del manto; ya iban a marcharse, cuando
Amílcar oyó estas palabras:
--¡Bah! ¡Es una delicadeza para no afligir a su hija!
Y una voz más alta, que añadió:
--No cabe duda, porque ella toma sus amantes entre los mercenarios.
Amílcar vaciló, y sus miradas buscaron rápidamente a Schahabarim.
Únicamente el sacerdote de Tanit había permanecido en su puesto, y
Amílcar vio de lejos su alto birrete. Todos se burlaban en su propia
cara. A medida que aumentaba su angustia, redoblaba la alegría de
ellos, y en medio de rechiflas, los que estaban detrás, gritaban:
--¡Le han visto salir de su habitación!
--¡Una mañana del mes de Tamuz!
--¡Es el ladrón del zaimph!
--¡Un hombre muy hermoso!
--¡Más grande que tú!
Amílcar se arrancó la tiara, insignia de su dignidad, su tiara de ocho
rangos místicos, que llevaba en medio una concha de esmeralda, y con
las dos manos, con toda su fuerza, la tiró al suelo; los círculos de
oro, al romperse, rebotaron, y sonaron las perlas sobre las losas.
Vieron entonces, en la blancura de su frente, una larga cicatriz que se
agitaba como una serpiente, entre sus cejas; temblaba todo él. Subió
una de las escaleras laterales que llevaban al altar y anduvo encima;
lo cual era ofrecerse en holocausto a los dioses. El movimiento de su
manto agitaba las luces del candelabro más abajo de sus sandalias, y el
fino polvo que levantaban sus pasos le envolvía como una nube, hasta
el vientre. Se detuvo entre las piernas del coloso de cobre. Tomó en
sus manos dos puñados de este polvo, cuya sola vista hacía estremecer
de horror a todos los cartagineses, y dijo:
--¡Por las cien antorchas de vuestras Inteligencias! ¡Por los ocho
fuegos de los Kabiros! ¡Por las estrellas, los meteoros y los volcanes!
¡Por todo lo que arde, por la sed del Desierto y la salobridad del
mar! ¡Por la caverna de Hadrumeto y el imperio de las Almas! ¡Por el
exterminio, por la ceniza de vuestros hijos y la de los hermanos de
vuestros abuelos, con la que ahora voy a confundir la mía! ¡Vosotros,
los Ciento de Cartago, vosotros habéis mentido acusando a mi hija! ¡Y
yo, Amílcar Barca, Sufeta del mar, jefe de los Ricos y dominador del
pueblo, juro ante Moloch, de cabeza de toro!...
Esperaban oír todos algo espantoso, pero él dijo, con voz más alta,
pero más calmosa:
--¡Que ni yo mismo la hablaré!
Entraron los servidores sagrados de los peines de oro, unos con
esponjas de púrpura y otros con palmas. Levantaron la cortina de
jacinto extendida ante la puerta, y por la abertura de este ángulo se
vio en el fondo de las otras salas el gran cielo rosado, que parecía
continuar la bóveda, apoyándose en el horizonte sobre el mar azul.
Subía el sol, saliendo de entre las olas, y dando de pronto en el pecho
del dios de cobre, dividido en siete compartimentos que formaban rejas,
le hizo abrir las fauces de rojos dientes, con horrible bostezo y
dilatar sus enormes narices. La luz del día le animaba, le daba un aire
terrible e impaciente, como si quisiera saltar afuera para mezclarse
con el astro y recorrer juntos las inmensidades.
Las antorchas esparcidas por el suelo seguían ardiendo, alargándose
aquí y acullá sobre el nácar, como manchas de sangre. Los Ancianos
vacilaban agotados; aspiraban con ansia la frescura del aire, corría
el sudor por sus caras lívidas; a fuerza de haber gritado, ya no se
oían. Pero su cólera contra el Sufeta no se había calmado, y a modo de
despedida le amenazaban, respondiéndoles Amílcar.
--Mañana por la noche, Barca, en el templo de Eschmún.
--Iré.
--Te haremos condenar por los ricos.
--Y yo a vosotros por el pueblo.
--Ten cuidado no mueras en la cruz.
--Y vosotros destrozados en las calles.
Así que salieron del patio, recobraron todos la calma.
* * * * *
A la puerta les esperaban sus cocheros y criados. La mayor parte se
fueron en mulas blancas. El Sufeta saltó a su carro y tomó las riendas;
los dos animales, retorciendo las colas y golpeando con cadencia las
piedras, que rebotaban, subieron al galope la vía de los Mapales; el
buitre de plata, en la punta de la lanza del carro, parecía volar: tal
era la velocidad del vehículo.
El camino atravesaba un campo salpicado de túmulos, como pirámides,
con una mano abierta tallada en medio, como si el muerto enterrado
debajo la tendiera hacia el cielo para reclamar algo. Seguían luego
cabañas diseminadas, hechas de barro, de ramas, o de varales de juncos,
todas ellas en forma cónica, separadas irregularmente por tapias de
guijarros, por acequias, por cuerdas de esparto o por setos de nogales
y que se amontonaban conforme se iba subiendo a las huertas del Sufeta.
Pero la mirada de Amílcar convergía hacia una gran torre cuyos tres
pisos formaban tres monstruosos cilindros: el primero construido de
piedra, el segundo de ladrillos y el tercero enteramente de cedro,
soportando una cúpula de cobre sobre veinticuatro columnas de enebro,
de donde caían, a modo de guirnaldas, cadenetas de oro entrelazadas.
Tan alto edificio dominaba los que se extendían a la derecha, los
almacenes y la casa de comercio, en tanto que el palacio de las mujeres
se erguía en el fondo de cipreses alineados como dos muros de bronce.
Cuando el resonante carro entró por la estrecha puerta, paró en un
ancho cobertizo, donde los caballos, trabados, comían montones de heno.
Acudieron todos los criados, que eran una multitud, porque por miedo
a los soldados habían venido a Cartago los colonos del campo. Los
labradores, vestidos con pieles de animales, arrastraban cadenas
sujetas a los tobillos; los obreros de manufacturas de púrpura tenían
rojos los brazos, como verdugos; los marinos llevaban birretes verdes;
los pescadores, collares de coral, y la gente de Megara vestía túnicas
blancas o negras, calzón de cuero y gorros de paja, de fieltro o de
tela, según su servicio o la industria que ejercían.
Atrás se apretujaba la plebe vestida de andrajos; eran los que vivían
sin oficio ni beneficio, lejos de las casas, durmiendo de noche en las
huertas, devorando las sobras de las cocinas; roña humana que vegetaba
a la sombra del palacio. Amílcar los toleraba, más por precisión que
por desdén. Todos, en prueba de alegría, se habían puesto una flor en
la oreja; muchos de ellos no habían visto nunca al Sufeta.
Unos hombres, tocados como esfinges y con largos bastones, se lanzaron
sobre esta turba, dando golpes a diestro y siniestro, a fin de
contener a los esclavos afanosos de ver al amo y que este no se fuera
atropellado por el número o molestado por el tufo de los miserables.
Todos estos se echaron boca abajo en el suelo gritando: «Ojo de Baal,
florezca tu casa.» Y entre estos hombres así acostados en la avenida
de los cipreses, el primer intendente, Abdalonim, con mitra blanca, se
adelantó hacia Amílcar, con un incensario en la mano.
Bajaba Salambó por la escalinata de las galeras. Detrás de ella venían
todas las mujeres, siguiéndola paso a paso. Las cabezas de las negras
formaban grandes puntos negros en la línea de vendas con placas de oro
que ceñían la frente de las romanas. Otras tenían en el cabello flechas
de plata, mariposas de esmeraldas o largos alfileres que remataban
en soles. Sobre estas vestiduras blancas, amarillas y azules,
resplandecían los anillos, broches, collares, franjas y brazaletes; se
oía el ruido de las sandalias juntamente con el de los pies desnudos
que hollaban el entarimado de las gradas, y un eunuco, tan alto que
sobresalía sobre los hombros de las mujeres, sonreía complacido. Así
que se calmó la aclamación de los hombres, ellas, tapándose las caras
con las mangas, lanzaron un extraño grito, semejante al aullido de una
loba, tan furioso y estridente, que la gran escalera de ébano, llena de
mujeres, parecía vibrar como una inmensa lira.
El viento levantaba sus velos y los menudos tallos de papiro se
balanceaban suavemente. Era el mes de Schebar, en pleno invierno. Los
granados en flor se destacaban en el azul del cielo, y a través de las
ramas aparecía el mar con una isla en lontananza, medio perdida entre
la bruma.
Detúvose Amílcar al ver a Salambó. Le había nacido después de habérsele
muerto muchos hijos varones. El nacimiento de una hija se consideraba
como una calamidad en las religiones del Sol. Los dioses le enviaron
un hijo más tarde; pero Amílcar conservaba algo de la amargura de su
esperanza fallida y como el eco de la maldición que había pronunciado
contra Salambó. Esta seguía andando.
Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas
sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada
simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de
oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones
empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El
bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así
como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias,
hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó
estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.
Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le
dijo:
--¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer,
satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa
lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada,
¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.
Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba
una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:
--Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.
Él contestó:
--¡Bendita seas! --y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le
brindaba.
Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó,
temblorosa, balbució:
--Te han dicho, oh, señor...
--¡Sí, lo sé! --dijo Amílcar en voz baja.
¿Era esto una confesión, o se refería a los bárbaros? Amílcar añadió
algunas palabras vagas sobre los asuntos públicos que esperaba
arreglar solo.
--¡Oh, padre! --exclamó Salambó--; ¡no podrás reparar lo que es
irreparable!
Amílcar retrocedió y Salambó extrañaba este asombro; porque ella no
se refería a Cartago, sino al sacrilegio que la tenía obsesionada. El
hombre que hacía temblar las legiones y al que apenas conocía ella, le
asustaba como un dios; lo había adivinado y sabido todo; algo terrible
iba a acontecer, y exclamó:
--¡Perdón!
Amílcar bajó lentamente la cabeza.
Por más que ella quería culparse, no osaba abrir los labios, y sin
embargo, hervía en deseos de quejarse y de ser consolada. Amílcar
reprimía el ansia de quebrantar su juramento. Tenía a orgullo o temor
concluir con su incertidumbre, y miraba a su hija de hito en hito, para
leer en el fondo de su corazón.
Poco a poco, iba Salambó hundiendo la cabeza entre los hombros,
intimidada por esta mirada tan persistente. Él estaba seguro ahora de
que ella había caído en el lazo de un bárbaro; y, convulso, la amenazó
con los puños. Exhaló Salambó un grito y cayó en brazos de sus mujeres,
que se agruparon en torno de ella.
Amílcar dio media vuelta y todos los intendentes le siguieron. Se abrió
la puerta de los almacenes y entró en una vasta sala redonda, a la
que afluían como los radios al cubo de una rueda, largos pasillos que
llevaban a otras salas. Un disco de piedra se levantaba en el centro,
con balaustres para sostener almohadones acumulados sobre tapices.
El Sufeta paseó primero a grandes pasos, respirando ruidosamente,
pasándose la mano por la frente como aquel a quien molestan las
moscas. Sacudió la cabeza, y ante el cúmulo de sus riquezas y ante la
perspectiva de los corredores que llevaban a otras salas repletas de
más tesoros, se calmó. Placas de bronce, lingotes de plata y barras de
hierro alternaban con salmones de estaño traídos de las Casitérides por
el mar Tenebroso; gomas del país de los negros desbordaban en sacos de
corteza de palmera; y el polvo de oro, apilado en odres, se escapaba
insensiblemente por las costuras demasiado viejas. Delgados filamentos,
sacados de plantas marinas, colgaban entre linos de Egipto, de Grecia,
de Trapobana y de Judea; madréporas, como grandes arbustos, se erizaban
al pie de las paredes, y un olor indefinible se exhalaba de los
perfumes, de los cueros, de las especias y de las plumas de avestruz
atadas en grandes manojos en lo alto de la bóveda. Delante de cada
corredor, unos colmillos de elefante en posición vertical, se reunían
por las puntas formando un arco alrededor de la puerta.
Amílcar subió al disco de piedra. Todos los intendentes estaban con
los brazos cruzados y baja la cabeza, en tanto que Abdalonim ostentaba
orgulloso su mitra puntiaguda.
Amílcar interrogó al Jefe de las naves, viejo piloto de párpados
comidos por el viento, con blancos copos en la barba, como si llevara
con él la espuma de las tempestades. Contestó que había enviado una
flota por Gades y Timiamata, para lograr arribar a Eciongaber, doblando
el Cuerno del Sur y el Promontorio de los Aromas.
Otras habían navegado al Oeste, durante cuatro lunas, sin encontrar
orillas; pero la proa de las naves tropezaba con hierbas, el horizonte
resonaba continuamente con el ruido de las cataratas, brumas
sanguinolentas obscurecieron el sol, y una brisa impregnada de perfumes
adormecía a las tripulaciones; ahora, estas nada podían decir, porque
tenían turbada la memoria. Sin embargo, uno había remontado el río
de los Escitas, penetrado en la Cólquida, entre los Jugrianes y los
Estienos, raptado en el Archipiélago mil quinientas vírgenes y hundido
todos los bajeles extranjeros que navegaban más allá del Cabo Estriava,
para que el secreto de las rutas no fuera conocido. El rey Tolomeo
acaparaba el incienso de Eschebar; Siracusa, El Atia, Córcega y las
demás islas no habían dado nada, y el viejo piloto bajaba la voz para
anunciar que habían tomado los númidas una trirreme en Rusicada,
«porque están con ellos, amo».
Amílcar frunció las cejas; luego hizo seña de que hablara el Jefe de
los viajes, que vestía una túnica parda sin cinturón y se envolvía la
cabeza en una banda blanca, que pasando por el borde de la boca le caía
por detrás sobre la espalda.
Las caravanas habían partido con regularidad en el equinoccio de
invierno. Pero de mil quinientos hombres que marcharon a la extrema
Etiopía con buenos camellos, odres nuevos y provisiones de telas
pintadas, solo volvió uno a Cartago; los restantes habían sucumbido de
fatiga o enloquecido por el terror del desierto. Añadía el jefe haber
visto, más allá del Arusch Negro, pasado el país de los atarantes
y de los monos grandes, reinos inmensos en los que los más ínfimos
utensilios eran de oro; un río color de leche, ancho como un mar;
bosques de árboles azules, de colinas de plantas aromáticas; monstruos
con cara humana vegetaban en las rocas y sus pupilas se secaban como
flores. Detrás de los lagos infestados de dragones, unas montañas de
cristal soportaban el sol. Otros habían vuelto de la India con pavos
reales, pimienta y tejidos nuevos. En cuanto a los que iban a comprar
calcedonias por el camino de las Sirtes y el templo de Ammón, sin duda
perecieron en los arenales. Las caravanas de la Getulia y de Fazzana
suministraron sus acostumbrados ingresos; pero el jefe no se atrevía
por ahora a equipar otras.
Comprendió Amílcar que era porque los mercenarios ocupaban la campiña.
Con sordo gemido se reclinó sobre el otro codo, y el Jefe de las
granjas tenía tanto miedo de hablarle, que temblaba horriblemente, no
obstante sus enormes espaldas y sus grandes pupilas rojas. Su cara,
roma como la de un dogo, iba coronada por una red de hilos de cortezas;
ceñía un cinturón de piel de leopardo con pelos, en el que relucían dos
formidables cuchillos.
No bien se volvió Amílcar a él, gritó invocando a todos los Baales. La
culpa no era suya, ¡nada podía hacer! Había observado las temperaturas,
los terrenos y las estrellas; hecho las plantaciones en el solsticio
de invierno, las podas de los árboles en el curso de la luna,
inspeccionado a los esclavos, economizado ropa...
A Amílcar le irritaba esta locuacidad; pero el hombre de los cuchillos
siguió diciendo atropelladamente:
--¡Ah, amo! ¡Todo lo han saqueado y destruido! Tres mil pies de árboles
han sido cortados en Marchala, saqueados los graneros en Ubada y
cegadas las cisternas. En Tedes se han llevado mil quinientos gomores
de harina; en Marazzana, matado a los pastores, comido los rebaños,
quemado la casa, tu hermosa casa de vigas de cedro que tú habitabas
en el verano. Los esclavos de Tuburdo, que segaban la cebada, huyeron
a las montañas; y los asnos, las mulas, los burdéganos, los bueyes
de Taormina y los caballos oringes fueron todos robados, sin que
quedara uno. ¡Es una maldición! Yo no sobreviviré a ella --y añadía
llorando--: ¡Ah! ¡Si hubieras visto lo colmados que estaban los
graneros y lo relucientes de las carretas! ¡Ah, los hermosos carneros!
¡Ah, los hermosos toros!
A Amílcar le ahogaba la cólera, y esta estalló:
--¡Cállate! ¿Acaso soy un pobre? ¡No mientas! ¡Di la verdad! ¡Quiero
saber todo lo que he perdido, hasta el último siclo, hasta el último
cab. Abdalonim, tráeme las cuentas de los bajeles, las de las
caravanas, las de las granjas y las de la casa! Si vuestra conciencia
está turbada, ¡ay de vuestras cabezas! ¡Fuera de aquí!
Todos los intendentes salieron a reculones y encorvados hasta el suelo.
Abdalonim fue a tomar en una casilla de la pared cuerdas con nudos,
bandas de tela o de papiro y omoplatos de carnero llenos de señales
escritas. Puso todo a los pies de Amílcar y en sus manos un cuadro de
madera con tres hilos interiores de estaño enhebrados en bolas de oro,
de plata y de cuerno, y empezó diciendo:
--Ciento noventa y dos casas en los Mapales, alquiladas a los
cartagineses nuevos a razón de un beka por luna.
--No, ¡es demasiado! Alivia a los pobres. Escribirás los nombres de
aquellos que te parezcan más audaces, procurando saber si son adictos a
la República. ¡Después!
Dudaba Abdalonim, sorprendido de esta generosidad. Amílcar le arrancó
de las manos las bandas de tela.
--¿Qué es esto? ¿Tres palacios alrededor de Kamón, a doce kesitath al
mes? Pon veinte. No quiero que los ricos me devoren.
El intendente de los intendentes, después de un largo saludo, añadió:
--Prestado a Tigillas, hasta el fin de la estación, dos kikar al tres
por ciento de interés marítimo; a Bar-Malkarth, quinientos siclos, con
la prenda de treinta esclavos. Doce de estos han muerto en las marismas.
--¡Porque no eran robustos! --dijo riendo el Sufeta--. No importa: si
necesita dinero, dáselo. Siempre se debe prestar y a distinto interés,
según la riqueza de las personas.
Entonces el servidor se apresuró a leer todo lo que habían producido
las minas de hierro de Annaba, las pesquerías de coral, las fábricas
de púrpura, el arriendo del impuesto a los griegos domiciliados, la
exportación de la plata a Arabia, donde valía diez veces el oro, las
capturas de naves, deducción hecha del diezmo para el templo de la
Diosa.
--¡Siempre he declarado un cuarto de menos, amo!
Amílcar contaba con las bolas, que sonaban en sus dedos.
--¡Basta! ¿Qué has pagado?
--A Estratónides, de Corinto, y a tres comerciantes de Alejandría,
por estas letras que aquí están, diez mil dracmas atenienses y doce
talentos de oro sirios. La alimentación de las tripulaciones, a veinte
nimes de oro al mes por cada trirreme.
--Lo sé. ¿Cuántas se perdieron?
--Aquí está la cuenta en estas láminas de plomo. Respecto a las
naves fletadas en común, como hubo que tirar la carga al mar, se han
repartido las pérdidas entre los asociados. Por cuerdas tomadas a los
arsenales y que ha sido imposible devolver, los Sisitas han exigido
ochocientos kesitaths, antes de la expedición a Útica.
--¡Siempre ellos! --dijo Amílcar, pensativo, quedándose así algún
tiempo, como abatido por el peso de todos los odios concitados contra
él--. No veo los gastos de Megara...
Abdalonim, palideciendo, fue a tomar en otro casillero unas tablillas
de sicomoro, atadas en paquetes con tiras de cuero.
Amílcar le escuchaba, curioso por los detalles domésticos y
sometiéndose a la monotonía de la voz que enumeraba cifras, y Abdalonim
se desalentaba. De pronto, dejó caer las hojas de madera y se tiró
al suelo, de bruces, con los brazos extendidos, en la posición de
un condenado. Amílcar, sin emocionarse, recogió las tablillas; y
quedó estupefacto al ver que el gasto en un solo día llegaba a un
exorbitante consumo de carne, pescados, pájaros, vinos y aromas; más
platos rotos, esclavos muertos y tapices perdidos.
Abdalonim, siempre prosternado, le enteró del festín de los bárbaros.
No pudo sustraerse a la orden de los Ancianos. Además, Salambó quiso
que se prodigara el dinero para obsequiar mejor a los soldados.
Al oír el nombre de su hija, Amílcar se levantó de un salto; rechinando
los dientes, se agarró a los almohadones, rasgando las franjas con las
uñas.
--¡Levántate! --dijo, y salió.
Seguíale Abdalonim, temblándole las rodillas, hasta que cogiendo una
barra de hierro se dio, como un furioso, a levantar losas. Saltó un
disco de madera y aparecieron en todo el largo del pasillo muchas de
estas anchas coberteras que tapaban las fosas donde se conservaba el
grano.
--¡Ya lo ves, Ojo de Baal! --dijo el servidor--, ¡no se lo llevaron
todo! Cada una de estas tiene una profundidad de cincuenta codos y
está colmada hasta el borde. Durante tu viaje, hice hacer excavaciones
así, en los arsenales, en las huertas, en todas partes. Tu casa está
repleta de trigo, como tu corazón de sabiduría.
Amílcar se sonrió:
--Está bien, Abdalonim... Pero haz venir más de la Etruria, del Brucio,
de donde quieras y al precio que sea. Compra y almacena. Es preciso que
yo solo posea todo el trigo de Cartago.
No bien llegaron al extremo del corredor, Abdalonim, con una de
las llaves que colgaban de su cinturón, abrió una gran habitación
cuadrangular, dividida en medio por pilares de cedro. Monedas de oro,
de plata y de cobre, puestas en mesas o en nichos, se amontonaban a
lo largo de las cuatro paredes, hasta las carreras del techo. Enormes
rimeros de piel de hipopótamo soportaban en los rincones filas enteras
de sacos más pequeños; montones de mil millones formaban pilas en el
suelo, y aquí y allá, alguna demasiado alta, al romperse, daba la
impresión de una columna rota.
Las grandes monedas de Cartago, que representaban a Tanit a caballo,
debajo de una palmera, se confundían con las de las colonias, marcadas
con un toro, una estrella, un globo o una luna en creciente. Luego se
veían dispuestas, en sumas desiguales, monedas de todos los valores,
de todas las dimensiones y de todas las épocas; desde las antiguas
de Asiria, pequeñas como la uña, hasta las del Lacio, más grandes
que la mano; botones de Egina, tablillas de la Bactriana, varillas
cortas de la antigua Lacedemonia; muchas de ellas cubiertas de moho
o de cardenillo, o ennegrecidas por el fuego por haber sido cogidas
con redes o en los saqueos, entre los escombros de las poblaciones.
Antes de que el Sufeta se diera cuenta de si todo aquel dinero era
proporcional a las ganancias y pérdidas que había oído, reparó en tres
jarras de cobre, enteramente vacías. Abdalonim volvió la cara, en señal
de horror, y Amílcar, resignado, no dijo palabra.