En tanto no se tenía la prueba de su muerte, se le consideraba siempre
como vivo. Los Ancianos evitaban por este medio un jefe más; con
respecto a Amílcar, no habían faltado a la costumbre.
El Sufeta entró en las desiertas habitaciones. A cada paso encontraba
armaduras, muebles, objetos conocidos y que, sin embargo, le
extrañaban; en el vestíbulo se conservaba todavía, en una cazoleta,
la ceniza de los perfumes quemados en la partida para conjurar a
Melkart. ¡No esperaba Amílcar volver de este modo! Recordó cuanto
hiciera y cuanto vio: asaltos, incendios, legiones, tempestades,
Drepanum, Siracusa, Lilibea, el monte Etna, la planicie de Erix, cinco
años de batallas hasta el funesto día en que, deponiendo las armas,
se perdió Sicilia. Después volvía a ver los bosques de limoneros, los
pastores con cabras en las montañas grises, y su corazón brincaba
al pensar en otra Cartago fundada en otra orilla. Sus proyectos, sus
recuerdos zumbaban en su cabeza, aún aturdida por el vaivén del bajel;
le abrumaba la angustia, y débil, de pronto, sintió la necesidad de
acercarse a los dioses.
Para esto subió al último piso de la casa, y sacando de una concha de
oro, suspendida de su brazo, una espátula guarnecida con clavos, abrió
una pequeña habitación oval, alumbrada tibiamente por delgadas rodajas
negras, empotradas en la muralla y transparentes como vidrio.
Entre las filas de aquellos discos iguales, había agujeros parecidos
a los de las urnas de un columbario. Cada uno contenía una piedra
redonda, obscura, y que parecía muy pesada. Las personas de espíritu
superior eran las únicas que adoraban estas _abadires_ caídas de la
luna. Por su caída, significaban los astros, el cielo, el fuego; por su
color, la noche tenebrosa, y por su densidad, la cohesión de las cosas
terrestres. Una pesada atmósfera llenaba el místico recinto. Arena
marina que el viento había empujado sin duda a través de la puerta,
blanqueaba en cierto modo las piedras redondas metidas en los nichos.
Amílcar, con la punta del dedo, las contó una a una; luego se tapó la
cara con un velo de color de azafrán y, cayendo de rodillas, se echó en
el suelo con los brazos extendidos.
La luz del día penetraba por los vidrios negros; arborescencias,
montículos, torbellinos, contornos de vagos animales se dibujaban en
la espesura diáfana; y la luz llegaba terrible y pacífica sin embargo,
como debe existir por detrás del sol, en los obscuros espacios de las
creaciones futuras. Barca se esforzaba en alejar de su pensamiento
todas las formas, todos los símbolos y los nombres de los dioses, a fin
de recoger el espíritu inmutable que las apariencias ocultan. Algo de
las vitalidades planetarias se infiltraba en él, en tanto sentía hacia
la muerte y hacia todos los azares un desdén más sabio y más intrépido.
Al levantarse, estaba lleno de un valor sereno, invulnerable a la
misericordia y al temor, y como sentía oprimido el pecho, subió a la
torre que dominaba a Cartago.
La ciudad se extendía ahondándose en una larga curva, con sus cúpulas,
sus templos, sus techos de oro, sus casas, sus palmares, sus bolas
de vidrio, que resplandecían como fuego, y sus fortificaciones, que
constituían como la gigantesca orla de este cuerno de abundancia que se
abría hacia él. Amílcar distinguió abajo los puertos, las plazas, el
interior de los patios, el trazado de las calles y los hombres parecían
muy pequeños a ras del pavimento. ¡Ah! ¡Si Hannón no hubiera llegado
demasiado tarde a las islas Egates! Su mirada se abismó en el límite
del horizonte y extendió hacia Roma sus brazos temblorosos.
La multitud ocupaba las gradas de la Acrópolis. En la plaza de Kamón
se empujaban por ver salir al Sufeta, y las azoteas se iban poblando
de gente; algunos le vieron, le saludaron, y él se retiró, a fin de
excitar más la impaciencia del pueblo.
Amílcar encontró en la sala a los hombres más importantes de su
partido: Istatten, Subeldia, Hictamon, Jeubas y otros, los cuales
le contaron todo lo que había pasado desde la firma de la paz: la
avaricia de los Ancianos, la partida de los soldados y su vuelta, sus
exigencias, la captura de Giscón y el robo del zaimph; Útica socorrida
y luego abandonada; pero ninguno se atrevió a hablarle de los sucesos
que le concernían. Y se separaron para volver a verse a la noche en la
Asamblea de los Ancianos, en el templo de Moloch.
Acababan de salir, cuando un tumulto estalló junto a la puerta. A pesar
de los servidores, alguien quería entrar, y como el ruido aumentase,
Amílcar mandó que introdujeran a quien fuese.
Y compareció una negra vieja, encorvada, arrugada, temblorosa, de
aire estúpido y envuelta hasta los talones en largos velos azules. Se
adelantó hacia el Sufeta, y los dos se miraron. De Pronto, Amílcar se
estremeció, y a una orden suya, se retiraron los esclavos. Entonces,
haciéndole una señal para que anduviera con precaución, él la llevó
por el brazo a una habitación apartada.
La negra se tiró al suelo para besarle los pies; él la levantó
brutalmente.
--Iddibal, ¿dónde le dejaste?
--¡Allá abajo, amo!
Y quitándose los velos, se frotó la cara con la manga, y el color
negro, el temblor senil, el talle encorvado desaparecieron. Era un
robusto anciano, cuya piel parecía curtida por la arena, el viento y el
mar. Una borla de cabellos blancos se levantaba sobre su cráneo, como
el moño de un pájaro, y con mirada irónica mostraba el disfraz caído en
el suelo.
--Hiciste bien, Iddibal; muy bien... ¿Hay alguno que sospeche?
El viejo le juró por los Kabiros que el secreto estaba oculto. No
abandonaban su cabaña, a tres días de Hadrumeto, orilla poblada de
tortugas, con palmeras en la duna.
--Y conforme a tu mandato, Amo, yo le enseño a lanzar la azagaya y
guiar equipos.
--¿Es fuerte?
--Sí, amo, y también intrépido. No tiene miedo ni de las serpientes, ni
del trueno, ni de los fantasmas. Corre con los pies desnudos, como un
pastor, al borde de los precipicios.
--¡Habla! ¡Habla!
--Inventa trampas para las bestias feroces. La otra luna sorprendió a
un águila; la sangre del ave y la del niño caía en el aire en anchas
gotas, como rosas volanderas. Furiosa el águila, envolvía al niño con
su batir de alas; él la apretaba contra su pecho, y a medida que el ave
agonizaba, redoblaban sus risas, sonoras y soberbias como choques de
espadas.
Amílcar bajaba la cabeza, deslumbrado por estos presagios de grandeza.
--Pero desde hace algún tiempo se muestra inquieto. Contempla a lo
lejos las velas que pasan por el mar; está triste; rehúsa el pan, se
informa de los dioses y quiere conocer Cartago.
--¡No, no; todavía no! --contestó el Sufeta.
El viejo esclavo pareció conocer el peligro que asustaba a Amílcar, y
añadió:
--¿Cómo contenerle? Necesito prometerle algo, y he venido a Cartago
para comprarle un puñal con mango de plata incrustado de perlas.
En seguida contó que habiendo visto al Sufeta en la terraza, se hizo
pasar por una de las mujeres de Salambó, para que los guardas del
puerto le franqueasen la entrada.
Amílcar quedó un rato pensativo.
--Mañana --dijo al esclavo-- te presentarás en Megara, al ponerse el
sol, detrás de las fábricas de púrpura, e imitarás tres veces el grito
del chacal. Si no me vieras, vendrás a Cartago el primer día de cada
luna. ¡No olvides nada! ¡Cuídale! Ya puedes hablarle de Amílcar.
El esclavo volvió a ponerse su disfraz, y los dos salieron juntos de la
casa y del puerto.
Amílcar siguió solo y a pie, sin escolta, porque las reuniones de los
Ancianos eran siempre secretas en circunstancias extraordinarias, y a
ellas se iba misteriosamente.
Primeramente atravesó la parte oriental de la Acrópolis; pasó en
seguida por el mercado de hierbas, las galerías de Kinvido y el arrabal
de los perfumistas. Las escasas luces se extinguían, las calles más
anchas se quedaban silenciosas, y después todo eran sombras que
resbalaban en las tinieblas. Aparecían unas, y otras las seguían, y
todas se dirigían del lado de los Mapales.
El templo de Moloch estaba edificado al pie de una garganta escarpada,
en un lugar siniestro. Desde abajo no se veían más que altas murallas
que subían indefinidamente, así como paredes de una monstruosa tumba.
La noche era sombría y una bruma gris parecía pesar sobre el mar, que
azotaba el acantilado con un ruido de gemidos y de estertores; las
sombras desaparecieron poco a poco, como si hubieran pasado a través de
los muros.
Pero así que se atravesaba la puerta, se entraba en un vasto patio
cuadrangular, con soportales. En medio se levantaba una masa
arquitectónica, de ocho pisos iguales, coronada de cúpulas que se
apretaban alrededor de un segundo piso, el cual soportaba una especie
de rotonda, de la que emergía un cono de curva reentrante, rematado por
una bola.
Ardían fuegos en los cilindros de filigrana, adheridos a varales
llevados por hombres. Estas luces oscilaban con las borrascas del
viento, enrojeciendo los peines de oro que fijaban en la nuca sus
cabellos trenzados. Corrían y se llamaban unos a otros, para recibir a
los Ancianos.
Sobre las losas, estaban agazapados como esfinges enormes leones,
símbolos vivientes del sol devorador. Movían los párpados medio
cerrados; pero despiertos por las pisadas y las voces, se levantaban
lentamente, yendo hacia los Ancianos, a los que conocían por su traje;
se frotaban contra sus muslos, erizando el lomo, con sonoros bostezos,
y el vapor de su aliento velaba la luz de las antorchas. Redobló la
agitación, se cerraron las puertas, huyeron todos los sacerdotes y
desaparecieron los Ancianos bajo las columnas que formaban un hondo
vestíbulo alrededor del templo.
Estas estaban dispuestas de modo que reprodujeran por sus rangos
circulares, comprendidas las unas en las otras, el período saturniano
con los años, los años con los meses, los meses con los días, tocándose
al fin con la muralla del santuario.
Aquí era donde los Ancianos dejaban sus bastones de cuernos de narval,
porque una ley, siempre observada, castigaba con la muerte al que
entrara en la sesión con un arma cualquiera. Muchos llevaban al borde
del manto una rasgadura terminada por un galón de púrpura, para
demostrar así que al llorar la muerte de sus parientes, no se habían
cuidado de sus vestidos; y esta prueba de aflicción impedía que el
rasgón se hiciera más grande. Otros guardaban su barba cerrada en un
saquito de piel violeta, colgado de las orejas por dos cordones. Todos
se juntaron, abrazándose, pecho con pecho. Rodeaban a Amílcar y le
felicitaban; hubiérase dicho que eran hermanos que volvían a ver a otro
hermano.
Estos hombres eran casi todos ventrudos, de nariz encorvada como la de
los colosos asirios; si bien algunos, por sus pómulos más salientes,
su estatura más alta y sus pies más estrechos, revelaban un origen
africano, de ascendientes nómadas. Aquellos que vivían continuamente en
el fondo de sus oficinas, tenían la cara pálida; otros llevaban pintada
en ellas algo de la severidad del desierto; joyas extrañas brillaban
en los dedos de sus manos, tostadas por soles desconocidos. Conocíanse
los navegantes en el balanceo de su andar, en tanto que los hombres
agrícolas olían a lagar, a hierbas secas y a sudor de mulo. Estos
viejos piratas hacían labrar los campos; estos acaparadores de dinero
equipaban navíos; estos propietarios agrícolas sostenían esclavos que
desempeñaban otros oficios útiles. Todos eran sabios en disciplina
religiosa, expertos en estratagemas, implacables y ricos. Tenían
aspecto de estar fatigados por hondas cuitas. Sus ojos, llenos de
llamas, miraban con desconfianza, y la costumbre de viajar y de mentir,
del tráfico y del mando, daban a todos ellos un aspecto de astucia y de
violencia y de cierta brutalidad discreta y convulsiva. La influencia
del Dios les ponía sombríos.
Primero pasaron por un salón abovedado, que tenía la forma de huevo.
Siete puertas, correspondientes a los siete planetas, describían en la
muralla otros tantos cuadrados de color diferente. Pasando otra gran
cámara entraron en otra sala parecida.
Un candelabro, enteramente cubierto de flores cinceladas, brillaba en
el fondo, y cada uno de sus ocho brazos de oro llevaba en un cáliz de
diamantes una mecha de viso. Estaba puesto encima de la última de las
gradas de un gran altar, de ángulos terminados por cuernos de cobre.
Dos escaleras laterales conducían a su cima aplanada; no se veían las
piedras; era como una montaña de cenizas, y algo indeciso humeaba
lentamente encima. Más alto que el candelabro y mucho más arriba
que el altar, se erguía Moloch, forrado en hierro, con pecho humano
horadado de aberturas. Sus alas abiertas se desplegaban en la pared,
sus manos alargadas llegaban hasta el suelo; tres piedras negras,
incrustadas en un círculo amarillo, representaban tres pupilas en su
frente, y con terrible esfuerzo levantaba su cabeza de toro, como para
mugir.
En torno de la estancia había asientos de ébano, y detrás de cada uno
de estos, un trípode de bronce, formado por tres garras, sostenía una
antorcha. Todas estas luminarias se reflejaban en las losas de nácar
que pavimentaban la sala, la cual era tan alta que el rojo color de sus
paredes, subiendo hasta la bóveda, se hacía negro, apareciendo los tres
ojos del ídolo en lo alto, como estrellas medio perdidas en la noche.
Sentáronse los Ancianos en los escabeles de ébano, poniendo encima
de su cabeza la cola de su túnica. Estaban inmóviles, con las manos
cruzadas en sus anchas mangas, y el enlosado de nácar parecía un río
luminoso que, viniendo del altar hacia la puerta, corría bajo sus pies
desnudos.
Los cuatro pontífices estaban en medio, dándose la espalda, formando
cruz, en cuatro asientos de marfil; el gran sacerdote de Eschmún, con
túnica color jacinto; el de Tanit, de lino blanco; el de Kamón, de lana
obscura, y el de Moloch, de púrpura.
Amílcar avanzó hacia el candelabro. Dio una vuelta, miró las mechas que
ardían, y luego echó sobre ellas un polvo perfumado que hizo aparecer
llamas violáceas en el extremo de los brazos.
Se oyó una voz aguda, a la que respondió otra; y los cien Ancianos,
los cuatro pontífices y Amílcar, puestos en pie, entonaron un himno,
repitiendo siempre las mismas sílabas, y reforzando el sonido subían
sus voces, severas y terribles, hasta que de una sola vez se callaron.
Se esperó algún tiempo, hasta que Amílcar, sacando del pecho una
estatuita con tres cabezas y azul como el zafiro, la puso delante de
él. Era la imagen de la Verdad, el genio de su palabra. Luego la volvió
a meter en su pecho, y todos, como poseídos de súbita ira, gritaron:
--¡Los bárbaros son tus amigos! ¡Traidor, infame! ¿Vuelves para vernos
morir, no es verdad? ¡Dejadle hablar! ¡No, no!
Así se vengaban de la limitación a que poco antes les había obligado
el ceremonial político; si bien habían deseado el regreso de Amílcar,
ahora se indignaban de que él no hubiera previsto sus desastres, o más
bien, de que no los hubiera sufrido con ellos.
Cuando se apaciguó el tumulto, el pontífice de Moloch se levantó.
--Nosotros te preguntamos por qué no volviste a Cartago.
--¿Qué os importa? --contestó desdeñosamente el Sufeta.
Redobló la gritería.
--¿De qué me acusáis? ¿Acaso llevé mal la guerra? Vosotros habéis visto
el plan de mis batallas, vosotros, que decíais que mis bárbaros...
--¡Basta, basta!
Siguió Amílcar en voz baja, para que le escucharan con más atención.
--¡Oh! ¡Esto es verdad! ¡Me he engañado, luces de los Baales, hay
valientes entre vosotros! ¡Giscón, levántate!
Y paseando la grada del altar, con los párpados medio cerrados, como si
buscara a alguno, repitió:
--¡Levántate, Giscón, tú puedes acusarme; estos te defenderán! ¿Pero
dónde estás?... ¡Ah, en su casa, sin duda, rodeado de sus hijos,
mandando a sus esclavos, feliz, y contando los collares de honor que la
patria le ha dado!
Los Ancianos se encogían de hombros, como flagelados por azotes.
--¡Vosotros no sabéis siquiera si está vivo o muerto!
Y sin cuidarse de los clamores, dijo que al abandonar al Sufeta habían
abandonado a la República. La misma paz romana, por ventajosa que les
pareciera, era más funesta que veinte batallas perdidas. Aplaudieron
algunos, los menos ricos del Consejo, sospechosos de inclinarse hacia
el pueblo o hacia la tiranía. Sus adversarios, jefes de los Sisitas y
administradores, triunfaban por el número; los más significados de la
reunión estaban del lado de Hannón, quien se hallaba sentado al otro
extremo de la sala, delante de la alta puerta, cerrada por un tapiz de
color jacinto.
Se había pintado con afeites las úlceras de la cara; pero el polvo de
oro de sus cabellos le había caído sobre la espalda, formando placas
brillantes, que parecían blanquizcas, finas y crespas como vellones.
Lienzos embebidos de un craso perfume que goteaba sobre el pavimento,
envolvían sus manos, y, sin duda, su enfermedad se había agravado,
porque sus ojos desaparecían bajo el pliegue de los párpados. Si quería
ver, tenía que doblar hacia atrás la cabeza. Al fin, con voz ronca y
odiosa, dijo:
--¡Menos arrogancia, Barca! Todos nosotros hemos sido vencidos. Cada
cual soporta su desgracia. ¡Resígnate!
--Dinos más bien --contestó sonriendo Amílcar-- de qué modo gobernaste
tus galeras contra la flota romana.
--Me empujaba el viento --respondió Hannón.
--¡Haces como el rinoceronte, que patea en su estiércol: te obstinas en
tu necedad! ¡Cállate!
Y empezaron a recriminarse por la batalla de las islas Egates. Hannón
le acusaba de no haber venido a su encuentro.
--Esto hubiera sido desguarnecer a Eryx. Había que tomar el lago.
¿Quién te lo impedía? ¡Ah, me olvidaba! Los elefantes tienen miedo al
mar.
Los adictos a Amílcar celebraron la ocurrencia con grandes risotadas,
que hacían resonar la bóveda como si sonaran tímpanos.
Hannón denunció la indignidad de tal ultraje; su enfermedad le
sobrevino a consecuencia de un enfriamiento en el sitio de Hecatompila;
y el llanto corría por su faz como lluvia de invierno sobre una muralla
en ruinas.
Amílcar replicó:
--Si me hubierais querido tanto como a este, ahora reinaría la alegría
en Cartago. ¡Cuántas veces no os llamé en mi ayuda! ¡Y siempre me
rehusasteis el dinero!
--¡Nos hacía falta! --dijeron los jefes de los Sisitas.
--¡Y cuando mis asuntos iban de mal en peor, bebíamos orines de mulas
y comíamos las correas de nuestras sandalias; cuando yo quería que
cada brizna de hierba fuera un soldado y formar batallones con la
podredumbre de los muertos, me quitasteis el resto de mis bajeles!
--¡No podíamos arriesgarlo todo! --respondió Baat-Baal, dueño de minas
de oro en la Getulia Daritiana.
--¿Qué hacíais aquí, en Cartago, en vuestras casas, al amparo de las
murallas? Había galos en el Eridano, que convenía empujar; cananeos
en Cirene, que hubieran venido, y mientras los romanos enviaban
embajadores a Tolomeo...
--¡Ahora le da por alabar a los romanos!... ¿Cuánto te han dado para
que los defiendas?
--¡Preguntádselo a las llanuras del Brucio, a las ruinas de Locres,
de Metaponto y de Heraclea! Yo he incendiado todos sus árboles, he
saqueado sus templos y matado hasta a los nietos de sus nietos...
--¡Eh! ¡Tú declamas como un retórico! --dijo Kapuras (comerciante muy
ilustrado)--. ¿Qué es lo que quieres?
--Digo que hay que ser más ingenioso o más terrible. Si el África
entera rechaza vuestro yugo, es que sois unos amos débiles que no
sabéis uncirlo a su cerviz. Agatocles, Régulo, Cepio, todos los hombres
atrevidos, no tienen más que desembarcar para tomarla; y cuando los
libios que están en el Oriente se entiendan con los númidas que están
en el Occidente, y los nómadas vengan del Sur y los romanos del Norte...
Un grito de horror se alzó.
--¡Oh, entonces os golpearéis el pecho, os revolcaréis en el polvo y
rasgaréis vuestros mantos! ¡No importa! Habrá que ir a dar vuelta a la
muela en la Suburra y vendimiar en las colinas del Lacio.
Los contrarios se daban palmadas en el muslo derecho para significar
su escándalo, y las mangas de sus túnicas se levantaban como grandes
alas de pájaros asustados. Amílcar, llevado por su cólera, continuaba
de pie en la grada más alta del altar, tembloroso, terrible; levantaba
los brazos, y los rayos del candelabro que alumbraba tras él le pasaban
entre los dedos como dardos de oro.
--Vosotros perderéis vuestras naves, vuestros campos, vuestros carros,
vuestros lechos suspendidos y las esclavas que os frotan los pies.
Los chacales dormirán en vuestros palacios, el arado labrará vuestras
tumbas. No habrá más que gritos de águilas y montones de ruinas. ¡Tú
caerás, Cartago!
Los cuatro pontífices extendieron las manos para apartar el anatema.
Todos se habían levantado; pero el Sufeta del mar, magistrado
sacerdotal bajo la protección del Sol, era inviolable en tanto no
fuera juzgado por la Asamblea de los Ricos. El altar inspiraba miedo.
Retrocedieron.
Amílcar no hablaba ya. Fija la mirada, y con el semblante más pálido
que las perlas de su tiara, jadeaba, casi asustado de sí mismo y con
el espíritu perdido en visiones fúnebres. En la altura en que estaba,
todas las antorchas de los pies de bronce le parecían una vasta corona
de fuegos a ras de las losas; negra humareda subía por las tinieblas de
la bóveda, y fue tan profundo el silencio, durante algunos minutos, que
se oía el ruido del mar a lo lejos.
Después, los Ancianos hicieron preguntas. Sus intereses, sus vidas,
estaban amenazados por los bárbaros; pero no se les podía vencer sin
el socorro del Sufeta, y esta consideración, no obstante su orgullo,
les hizo olvidar todo lo demás. Llamaron aparte a sus amigos; hubo
reconciliaciones interesadas, acomodamientos y promesas. Amílcar no
quería formar parte de ningún gobierno. Todos le conjuraron a cambiar
de idea; se lo suplicaban; y como la palabra «traición» se dejara oír,
se sulfuró. El único traidor era el Gran Consejo, porque expirando
el contrato de los soldados con la guerra, quedaban libres terminada
esta; exaltó la valentía del ejército y todas las ventajas que se
podrían sacar interesándoles a favor de la República con donaciones y
privilegios.
Entonces Magdasan, antiguo gobernador de provincias, dijo, revolviendo
sus ojos amarillos:
--Realmente, Barca, a fuerza de viajar, te has vuelto griego, o latino,
o no sé qué. ¿Qué recompensas pides para estos hombres? ¡Mueran diez
mil bárbaros antes que uno solo de nosotros!
Aprobaban los Ancianos con la cabeza, murmurando:
--Sí; no hay que apurarse: se encuentran mercenarios en todo tiempo.
--Y se les despide cuando se quiere, ¿no es así? Se les abandona, como
hicisteis en Cerdeña. Se avisó al enemigo el camino que habían de
tomar, como con los galos en Sicilia, o bien se les desembarca en medio
del mar. A mi vuelta, he visto la roca blanqueada con sus huesos.
--¡Qué desgracia! --dijo imprudentemente Kapuras.
--¿Acaso no se volvieron cien veces al enemigo? --decían otros.
Amílcar respondió:
--¿Por qué, pues, no obstante vuestras leyes, los llamasteis a Cartago?
Y cuando estaban en la ciudad, pobres y en gran número, en medio de
vuestras riquezas, ¿no se os ocurrió la idea de dividirlos, para
debilitarlos con la desunión? ¡Los despedisteis con sus mujeres y sus
hijos, sin guardar un solo rescate! ¡Creíais que se matarían para
ahorraros el dolor de mantener vuestros juramentos! Los odiáis porque
son fuertes, y a mí también porque soy su jefe. ¡Oh! Lo he conocido
ahora, cuando me besabais las manos y os conteníais para no mordérmelas.
Si los leones que dormían en el patio hubieran entrado rugiendo, el
clamor no hubiera sido tan espantoso. Pero el pontífice de Eschmún se
levantó, y muy encarado y con los brazos abiertos, dijo:
--Barca, Cartago necesita que tú tomes el mando general de las fuerzas
púnicas contra los mercenarios.
--Rehúso --contestó Amílcar.
--¡Te daremos plena autoridad! --dijeron los jefes de los Sisitas.
--No.
--Sin limitación de ningún género, sin copartícipes, con todo el dinero
que pidas y todos los cautivos, todo el botín y cincuenta «zerets» de
tierra por cada cadáver enemigo.
--¡No, no! Porque con vosotros es imposible vencer.
--¡Tiene miedo!
--Porque sois unos cobardes, avaros, ingratos y locos.
--¡Los defiende!... Para ponerse al frente de ellos --agregó alguien--
y volverse contra nosotros.
Y desde el fondo de la sala, Hannón aulló: