Esta ciudad estaba protegida por un lago que comunicaba con el mar.

Tenía tres recintos, y en las alturas que la dominaban se extendía un

muro con torreones. Jamás se había visto Matho en tales empresas.

Además, el recuerdo de Salambó le obsesionaba, y soñaba con los

encantos de su belleza, como en las delicias de una venganza que le

transportaba de orgullo. Era una necesidad de verla, acre, furiosa,

permanente. Pensaba en ofrecerse como parlamentario, confiando que una

vez en Cartago, llegaría a su lado. A menudo hacía tocar asalto, y sin

esperar a más, se lanzaba sobre las defensas de los sitiados. Arrancaba

las piedras con las manos, desbarataba, golpeaba, hundía en todo su

espada. Los bárbaros se precipitaban en montón; se rompían las escalas

con estrépito y se despeñaban racimos de hombres al agua, que rompía en

olas sangrientas contra las murallas. El tumulto se debilitaba y los

soldados concluían por alejarse, para volver a empezar después.

Matho iba a sentarse fuera de las tiendas; se enjugaba con el brazo su

cara manchada de sangre, y vuelto hacia Cartago, miraba el horizonte.

Frente a él, entre olivares, palmeras, mirtos y plátanos, se

desplegaban dos anchos estanques que se unían a otro lago, del que

no se veían los contornos. Por detrás surgía una montaña entre otras

montañas, y en medio del lago inmenso se erguía una isla toda negra y

de forma piramidal. Hacia la izquierda, en la extremidad del golfo,

montones de arena semejaban grandes olas azules detenidas, en tanto que

el mar, plano como un enlosado de lapislázuli, subía incesantemente

hasta el borde del cielo. El verdor de la campiña desaparecía en

algunos sitios bajo largas placas amarillas; las algarrobas brillaban

como botones de coral; caían pámpanos de la cima de los sicomoros;

oíase el murmullo del agua; saltaban las alondras crestadas, y los

últimos rayos del sol doraban el caparazón de las tortugas, que salían

de los juncos para aspirar la brisa.

Lanzaba Matho grandes suspiros. Se acostaba boca abajo; hundía las uñas

en tierra y lloraba; se sentía miserable, infeliz, abandonado. No la

poseería jamás, ni tampoco podría apoderarse de la ciudad.

Por la noche, solo en su tienda, contemplaba el zaimph. ¿De qué le

servía esta prenda de los dioses? Y surgían dudas en el pensamiento del

bárbaro. Luego le parecía, por el contrario, que el manto de la diosa

pertenecía a Salambó y que una parte de su alma flotaba más sutil que

un aliento; y lo palpaba, lo olía, hundía la cara en él, lo besaba

gimiendo y se lo arrollaba a las espaldas para forjarse la ilusión de

estar cerca de ella.

Otras veces huía de repente. A la luz de las estrellas daba zancadas

entre los soldados, que dormían envueltos en sus mantos; y al llegar a

las puertas del campamento, se lanzaba a caballo, y dos horas después

se encontraba en Útica, en la tienda de Espendio.

Empezaba hablándole del sitio; pero no había venido sino para aliviar

su dolor hablando de Salambó. Espendio le aconsejaba que fuera cuerdo.

--¡Rechaza de tu alma estas miserias que te degradan! ¡Antes

obedecías; ahora mandas un ejército, y si no conquistamos Cartago, al

menos se nos darán provincias y seremos reyes!

Pero ¿por qué la posesión del zaimph no les daba la victoria? Según

Espendio, era cuestión de tiempo.

Se imaginaba Matho que el velo pertenecía exclusivamente a los hombres

de raza cananea, y en su sutileza de bárbaro, se decía: «El zaimph no

hará nada por mí; pero, puesto que lo han perdido, tampoco hará nada

por ellos.»

En seguida le atormentaba un escrúpulo. Tenía miedo de ofender a Moloch

adorando a Aptouknos, dios de los libios; y preguntaba tímidamente a

Espendio a cuál de los dioses sería mejor sacrificar un toro.

--¡Sacrifica siempre! decía Espendio, riendo.

Matho, que no comprendía esta indiferencia, sospechó que el griego

tenía un Genio del que no quería hablar.

Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en estos

ejércitos de bárbaros, pero se respetaban los dioses ajenos, porque

también inspiraban temor. Muchos mezclaban con su religión nativa

prácticas extranjeras. Tenían a gala no adorar las estrellas, o bien

siendo tal constelación funesta o propicia se la hacían sacrificios;

un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en un peligro, se

convertía en divinidad, o era un nombre, nada más que un nombre, que se

repetía sin tratar de comprender lo que podía significar. A fuerza de

haber saqueado templos, de ver sinnúmero de naciones y de degüellos,

muchos concluían por no creer más que en el destino y en la muerte,

y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces.

Espendio había escupido a las efigies de Júpiter Olímpico, y, sin

embargo, temía hablar en alta voz en las tinieblas, y no olvidaba nunca

calzarse primero el pie derecho.

Frente a Útica levantaba una gran terraza cuadrangular; pero a medida

que esta subía, también se agrandaba la fortificación; lo que unos

derribaban, casi inmediatamente se veía reedificado por los otros.

Espendio economizaba su gente, soñaba planes; procuraba recordar las

estratagemas que había oído contar en sus viajes. ¿Por qué no volvía

Narr-Habas? Todo eran inquietudes.

* * * * *

Hannón había terminado sus aprestos bélicos. En una noche sin luna

hizo atravesar en almadías, a sus elefantes y soldados, el golfo de

Cartago. Doblaron luego la montaña de las Aguas Calientes para esquivar

a Autharita, y siguieron con tanta lentitud, que en vez de sorprender a

los bárbaros por la mañana, como había calculado el Sufeta, se llegó ya

muy entrado el tercer día.

Útica tenía del lado del Oriente un llano que se extendía hasta la

gran laguna cartaginesa; detrás de ella se abría en ángulo recto un

valle entre dos montañas bajas, que de pronto se cortaban. Los bárbaros

estaban acampados más lejos, a la izquierda, procurando bloquear el

puerto, y dormían en sus tiendas, cuando se presentó el ejército

cartaginés, dando un rodeo a las colinas.

Los honderos estaban repartidos en las dos alas. Los guardias de la

Legión, con sus armaduras de escamas de oro, formaban la primera línea,

con sus pesados caballos sin crines, sin pelo y sin orejas y en mitad

de la frente un cuerno de plata para parecerse a los rinocerontes.

Entre estos escuadrones, los jóvenes, cubiertos con un pequeño casco,

blandían en cada mano una azagaya de fresno; detrás venía la infantería

de línea con sus largas picas. Todos estos mercaderes acumulaban en

sus cuerpos el mayor número posible de armas; había quien llevaba a un

tiempo lanza, hacha, maza y dos espadas, y quienes, como puercoespines,

estaban erizados de dardos y ceñían corazas con láminas de cuerno o

placas de hierro. En último término iban los armatostes de las máquinas

de guerra: carrobalistas, onagros, catapultas y escorpiones, oscilando

en carretas arrastradas por mulas y cuadrigas de bueyes. A medida que

el ejército se desplegaba, los capitanes corrían a derecha e izquierda,

comunicando órdenes, haciendo estrechar las filas y conservando los

intervalos. Aquellos de los Ancianos que mandaban, habían acudido con

cascos de púrpura, cuyas franjas magníficas llegaban hasta las correas

de los coturnos. Sus caras, pintadas de bermellón, brillaban bajo

enormes cascos rematados por dioses; y como sus escudos eran de marfil

esmaltado de piedras preciosas, parecían soles que pasaban por murallas

de cobre.

Los cartagineses maniobraban con tanta pesadez, que los bárbaros, por

irrisión, les invitaban a sentarse, gritándoles que irían pronto a

vaciarles los gordos vientres, raspar el dorado de su piel y hacerles

beber hierro.

En lo alto del mástil o cucaña clavado delante de la tienda de

Espendio, apareció la señal, que era un jirón de tela verde. El

ejército cartaginés contestó con un estrépito de trompetas, de

címbalos, de flautas hechas con huesos de asnos y de tímpanos. Ya los

bárbaros habían saltado fuera de las empalizadas. Los combatientes

estaban cara a cara, a tiro de las azagayas.

Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una bola de

arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y

los dos ejércitos se mezclaron.

Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las puntas de

las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. Los esclavos

encargados de disparar piedras las habían cogido tan grandes que no

podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles con sus

espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron

sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres,

cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas,

cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí mismo,

ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las cohortes

cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían salir

de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles

de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los

soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada. ¿Habría

muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos.

El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria cuando

he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba desnuda

la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de

él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica

negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la

boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y

más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los

bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, con

sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce

y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las torres de

cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco abierto.

Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al

acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos.

De lo alto de las torres venían los tiros de las jabalinas, de las

flechas, de las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se

agarraban a las franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos

con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las

picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre

matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento

y lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus

pechos. Todos los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que

rodeaban el valle por donde vinieron los cartagineses.

Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar la

trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas de

una torre.

Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien armados.

Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en recibirle con

una pequeña escolta.

Las calles eran demasiado estrechas para que pasaran los elefantes, y

hubo de dejarlos fuera.

Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle.

Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros.

* * * * *

Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite de cinamomo

que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una piel de buey,

lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel. A su

lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía

calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño,

frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no

obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una

carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo terrible se

daría a los prisioneros.

--Espera --dijo al esclavo amanuense que escribía de pie, en el hueco

de su mano--. ¡Que me los traigan! ¡Quiero verlos!

Del fondo de la sala, llena de un vapor blanquecino, manchado por el

resplandor de las antorchas, empujaron a tres bárbaros: un samnita, un

espartano y un capadocio.

--Continúa --dijo Hannón, dictando al esclavo.

«¡Regocijaos, luz de los Baales! ¡Vuestro Sufeta ha exterminado a los

perros voraces! ¡Bendiciones sobre la República! Ordenad preces en

acción de gracias.»

Mirando a los prisioneros, les dijo, con grandes risotadas:

--¡Ah, ah, mis valientes de Sicca! ¡Hoy no gritáis tan fuerte! Soy yo.

¿Me conocéis? ¿Dónde están vuestras espadas? ¡Vaya! ¡Sois unos hombres

terribles!

Y amagaba esconderse, como si les tuviera miedo.

--Me pedíais caballos, mujeres, tierras, magistraturas y sacerdocios,

quizás. ¿Por qué no?... Pues bien, yo os daré tierras de las que no

saldréis nunca. ¡Se os casará en picotas nuevecitas! ¿Vuestra soldada?

Se os fundirán en la boca lingotes de plomo. Os pondré en altos

puestos, muy altos, entre las nubes, para que se os acerquen las

águilas.

Los tres bárbaros, cabelludos y cubiertos de harapos, le miraban

sin comprender lo que él les decía. Heridos en las rodillas, se les

había cogido echándoles cuerdas, y las gruesas cadenas de sus manos

arrastraban sobre las losas. Hannón se indignó de su impasibilidad.

--¡De rodillas! ¡De rodillas! ¡Chacales, mendrugos, miseria,

excrementos! --Los infelices no chistaban--. ¡Basta! ¡Callaos! ¡Que se

les desuelle vivos, ahora mismo!

Y soplaba como un hipopótamo, girando los ojos. El perfumado aceite

desbordaba por la masa de su cuerpo, y pegándose a las escamas de su

piel, la hacía aparecer rosada a la luz de las antorchas.

Siguió diciendo:

--Nosotros hemos sufrido mucho calor durante cuatro días. En el paso

de Macar se perdieron las mulas. A pesar de su posición, del valor

extraordinario... ¡Ah, Demónides! ¡Cómo sufro! ¡Que se calienten los

ladrillos y que se pongan al rojo!

Se oyó un ruido de palas y de hornos. Humeó más fuerte el incienso en

las anchas cazoletas, y los masajistas, enteramente desnudos, sudando

como esponjas, le frotaron las articulaciones con una pasta compuesta

de harina, azufre, vino negro, leche de perra, mirra, gálbano y

estoraque. Sed intensa le devoraba: el hombre de la túnica amarilla no

cedió a este deseo, y alargándole una copa de oro en la que humeaba un

caldo de víbora:

--Bebe --le dijo--, para que la fuerza de las serpientes, nacidas

del Sol, penetre en la médula de tus huesos y tomes valor, ¡oh,

reflejo de los dioses! Tú sabes, además, que un sacerdote de Eschmún

observa alrededor del Can las estrellas crueles de donde proviene tu

enfermedad, y que ya palidecen como las manchas de tu piel; ¡porque tú

no debes morir!

--¡Oh, sí --repitió el Sufeta--: yo no debo morir!

Y de sus labios amoratados se escapaba un aliento más nauseabundo que

el olor de un cadáver. Dos carbones encendidos parecían sus ojos, que

no tenían cejas; le colgaba de la frente un montón de rugosa piel; sus

orejas, separándose de la cabeza, empezaban a alargarse, y las arrugas

profundas que formaban semicírculos en torno de sus narices, le daban

un aspecto extraño y horripilante, el aire de una bestia feroz. Su voz

alterada parecía un rugido.

--¡Demónides, tal vez tengas razón! En efecto, mis úlceras empiezan a

cerrarse. Me siento robusto. Mira, mira cómo devoro.

Y menos por gula que por ostentación, y para demostrarse a sí mismo que

tenía buen apetito, devoraba rellenos de queso y de orégano, pescados

sin espinas, rábanos y ostras, juntamente con huevos, calabacines,

trufas y sartas de pajaritos. Mirando a los prisioneros se deleitaba

pensando en el suplicio que iba a darles. Sin embargo, se acordaba de

Sicca, y la rabia de todos sus dolores se desahogaba en injurias contra

los tres bárbaros.

--¡Ah, traidores, miserables, infames, malditos! ¡Me ultrajasteis, a

mí, el Sufeta! ¡Sus servicios, el precio de su sangre, como ellos

dicen! ¡Ah! ¡Sí, su sangre, su sangre! --Luego, hablando consigo

mismo: «¡Morirán todos! ¡No quedará uno solo! Valdría más llevarlos

a Cartago...; pero no he traído cadenas bastantes. ¡Que las traigan!

¿Cuántos son? Que vayan a preguntárselo a Mutumbal. ¡Bah! ¡Nada de

piedad! ¡Que me traigan en cestas todas las manos cortadas!»

A todo esto, gritos roncos y agrios llegaban a la sala, ahogando la voz

de Hannón y el ruido de los platos que le servían. Redoblaron aquellos,

y de pronto estalló el bramido furioso de los elefantes, como si

empezara otra batalla. Gran tumulto agitaba la ciudad.

Los cartagineses no habían intentado perseguir a los bárbaros.

Acampados aquellos al pie de las murallas, con sus bagajes, sirvientes

y todo el tren de los sátrapas, se regocijaban en sus hermosas tiendas

de bordados de perlas, mientras que el campo de los mercenarios

parecía un montón de ruinas en la llanada. Espendio había recobrado

su valor. Envió a Zarxas que se avistara con Matho, recorrió los

bosques, juntó hombres (las pérdidas no habían sido considerables), y

rabiosos de haber sido vencidos sin combatir, reformaban sus líneas,

cuando descubrieron una cuba de petróleo, abandonada sin duda por los

cartagineses. Espendio hizo traer cerdos de las granjas, los untó de

betún, les prendió fuego y los lanzó sobre Útica.

Los elefantes, asustados por estas llamas, huyeron. El terreno era en

subida; se les tiraba azagayas, y volvieron atrás, y con los colmillos

y los pies destrozaban a los cartagineses, ahogándolos y aplastándolos.

Tras ellos, los bárbaros bajaban la colina; el campo púnico, que estaba

sin parapetos, a la primera carga fue saqueado, y los cartagineses se

vieron aplastados contra las puertas, porque los de Útica no quisieron

abrirlas por miedo a los mercenarios.

Apuntaba el día, y del lado de Occidente se vieron llegar los infantes

de Matho, al mismo tiempo que los jinetes númidas de Narr-Habas.

Saltando por sobre torrentes y maleza perseguían a los fugitivos, como

cazadores que cazan liebres. Este cambio de fortuna interrumpió al

Sufeta. Gritó para que vinieran a ayudarle a salir del baño.

Los tres cautivos seguían delante de él. Un negro, el mismo que en la

batalla llevaba el quitasol, le dijo algo al oído.

--¡Bueno! --respondió el Sufeta--. ¡Mátalos!

El etíope sacó del cinturón un largo puñal y las tres cabezas cayeron.

Una de ellas, rebotando entre los restos del festín, fue a saltar en la

tina y flotó por algún tiempo, con la boca abierta y los ojos fijos. La

luz de la mañana entraba por las hendiduras del muro; los tres cuerpos

manaban como tres fuentes una sangre que cubría los mosaicos, arenados

con polvo azul. El Sufeta mojó sus manos en este fango caliente y se

frotó las rodillas. Era un remedio.

Venida la noche, escapó de la ciudad con su escolta y se retiró a la

montaña para reunirse con el ejército, cuyos restos logró encontrar.

Cuatro días después estaba en Gorza, en lo alto de un desfiladero,

cuando las tropas de Espendio se presentaron abajo. Veinte buenas

lanzas, atacando al frente de la columna, las hubieran detenido

fácilmente; pero los cartagineses las dejaron pasar, estupefactos.

Hannón reconoció a retaguardia al rey de los númidas. Narr-Habas se

inclinó para saludarle, y le hizo un signo que el Sufeta no comprendió.

Regresó a Cartago con mil terrores, andando únicamente de noche y

ocultándose de día en los olivares. En cada etapa morían algunos, y

todos se creyeron perdidos. Al fin llegaron al Cabo Hermeo, donde los

recogieron los bajeles.

Hannón estaba tan fatigado, tan desesperado, sobre todo por la pérdida

de los elefantes, que pidió veneno a Demónides, para acabar de una vez.

Ya se veía crucificado.

Cartago no tuvo valor para indignarse contra él. Se habían perdido

cuatrocientos mil novecientos setenta y dos siclos de plata, quince

mil seiscientos veinte y tres shequels de oro, diez y ocho elefantes,

catorce miembros del Gran Consejo, trescientos ricos, ocho mil

ciudadanos, trigo para tres lunas, un bagaje considerable y todas las

máquinas de guerra. La defección de Narr-Habas era cierta; iban a

empezar los dos sitios. El ejército de Autharita se extendía ahora de

Túnez a Radés. Desde lo alto de la Acrópolis se veían en la campiña

largas humaredas que subían al cielo; eran las granjas de los ricos que

estaban ardiendo.

Solo un hombre hubiera podido salvar la República. Todos se arrepentían

de haberle desdeñado, y el mismo partido de la paz votó los holocaustos

para el regreso de Amílcar.

La pérdida del zaimph había trastornado a Salambó. Creía oír de noche

los pasos de la Diosa, y se despertaba asustada, dando gritos. Enviaba

todos los días comida a los templos. Taanach se fatigaba cumpliendo sus

órdenes, y Schahabarim no se apartaba de su lado.

VII

AMÍLCAR BARCA

El Anunciador de las Lunas, que velaba todas las noches desde lo alto

del templo de Eschmún para señalar con la trompeta las agitaciones

del astro, vio una mañana, del lado de Occidente, algo semejante a un

pájaro rozando con sus largas alas la superficie del mar.

Era un navío con tres bancos de remos, y llevaba en la proa un caballo

esculpido. Se elevaba el sol; el Anunciador de las Lunas se puso la

mano delante de los ojos, y empuñando el clarín dio un gran trompetazo

sobre Cartago.

Salió gente de todas las casas; no creyendo en las palabras,

disputaban, y el muelle se llenaba de pueblo. Al fin fue reconocida la

trirreme de Amílcar.

Avanzaba orgullosa y feroz: enhiesta la antena, abombada la vela en

toda la longitud del mástil, hendiendo la espuma alrededor de ella;

sus gigantescos remos batían el agua con cadencia; a intervalos

aparecía la extremidad de la quilla, hecha como reja de arado, y bajo

el espolón en que terminaba la proa, el caballo de cabeza de marfil,

enderezándose sobre sus dos pies, parecía correr sobre las llanuras del

mar.

Junto al promontorio cesó el viento, cayó la vela y se vio al lado del

piloto un hombre de pie, con la cabeza descubierta: era él, ¡el Sufeta

Amílcar! Llevaba alrededor de los muslos láminas de hierro relucientes;

rojo manto pendía de sus hombros, dejando ver los brazos; dos perlas

muy largas colgaban de sus orejas, y una barba negra y muy poblada le

llegaba hasta el pecho.

La galera iba sorteando los escollos, costeaba el muelle, y la multitud

la seguía a lo largo de la escollera, gritando:

--¡Salud! ¡Bendición! ¡Ojo de Kamón! ¡Ah! Sálvanos. La culpa es de los

ricos. ¡Quieren hacerte morir! ¡Guárdate, Barca!

Este no contestaba, como si el clamor de los mares y de las batallas

le hubieran dejado completamente sordo; pero así que estuvo bajo la

escalinata que bajaba de la Acrópolis, alzó la cabeza, y con los

brazos cruzados miró el templo de Eschmún. Levantó más la mirada al

cielo puro; con áspera voz dio una orden a sus marineros; brincó la

trirreme, arañó el ídolo puesto en el ángulo del muelle para contener

las tempestades, y en el puerto comercial, lleno de inmundicias,

de astillas de madera y de cortezas de frutas, echaba atrás,

embistiéndolos, a los navíos amarrados a estacas y rematados por

mandíbulas de cocodrilo. Corría el pueblo y muchos se echaron a nado.

La galera había llegado ya ante la puerta erizada de clavos. Se levantó

esta y la trirreme desapareció bajo la profunda bóveda.

El puerto militar estaba completamente separado de la ciudad. Cuando

venían embajadores tenían que pasar entre dos murallas, por un corredor

que desembocaba a la izquierda, ante el templo de Kamón. Esta gran

plaza de agua, redonda como una copa, tenía un cerco de muelles en los

que había dársenas para abrigar los bajeles. Delante de cada una de

estas subían dos columnas, con cuernos de Ammón en sus capiteles, lo

que constituía una sucesión de pórticos alrededor del puerto. En medio,

en una isla, se levantaba la casa del Sufeta del mar.

El agua era tan limpia que se veía el fondo, pavimentado con guijarros

blancos. El ruido de las calles no llegaba hasta allí; a su paso veía

Amílcar las trirremes que antes había mandado.

Ya no quedaban arriba de una veintena de estas, varadas o con la quilla

al aire, con las popas muy altas y las proas abombadas, cubiertas de

dorados y de símbolos místicos. Las quimeras habían perdido sus alas;

los dioses Pateques, sus brazos; los toros, sus cuernos de plata, y

todas medio despintadas, inertes, podridas, pero llenas de historia

y exhalando aún el olor de los viajes, como soldados mutilados que

volvían a ver a su jefe y parecían decirle: ¡Somos nosotras, somos

nosotras!; ¡y tú también eres un vencido!

Salambó · 第 7 / 23 段