Y apoyándose en los dos codos, se asomó trémula. Matho prosiguió:
--¡Yo he ido a buscarlo para ti en las profundidades del santuario!
¡Mira!
El zaimph deslumbraba con su juego de luces.
--¿Te acuerdas? --dijo Matho--. Una noche te apareciste en mis
sueños, pero yo no entendía la orden muda de tus ojos. Si la hubiera
comprendido, habría acudido, abandonando el ejército: no habría salido
de Cartago. Para obedecerte, bajaré por la caverna de Hadrumeto al
reino de las Sombras...
Salambó pisaba ya el escabel de ébano.
--¡Perdóname! --añadió Matho--. Eran montañas que pesaban sobre mí y,
sin embargo, algo me arrastraba. Traté de venir a tu lado. ¡Sin los
dioses, nunca me hubiera atrevido!... ¡Partamos! ¡Has de seguirme, o
si no, me quedaré! ¿Qué me importa? ¡Anega mi alma en el soplo de tu
aliento! ¡Aplástense mis labios besando tus manos!
--¡Déjame ver! --decía ella--. ¡Más cerca! ¡Más cerca!
Apuntaba el alba y un color vinoso teñía las hojas de talco de las
paredes. Salambó se apoyaba desfallecida en los cojines del lecho.
--¡Te amo! --gritaba Matho.
Ella balbuceó:
--¡Dámelo!
Y se acercaron.
Salambó avanzaba vestida de blanco, con los ojos arrobados puestos
en el velo. Matho la contemplaba, deslumbrado por los esplendores de
su cabeza, y tendiendo hacia ella el zaimph, iba a envolverla en un
abrazo. Separó ella los brazos; de pronto, se detuvo, y los dos se
quedaron mirándose absortos.
Sin comprender lo que él solicitaba, la sobrecogió un terror súbito y
empezó a temblar; hasta que golpeando en una de las pateras de cobre
que colgaban en las puntas del colchón rojo, gritó:
--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Atrás, sacrílego! ¡Infame! ¡Maldito! ¡A mí,
Taanach, Kroúm, Ewa, Micipsa, Schavul!
Entre los vasos de arcilla, asomó en la muralla la cara asustada de
Espendio, el cual dijo estas palabras:
--¡Huye! Vienen aquí.
Se oyó un gran tumulto en la escalera, y una oleada de gente, entre
mujeres, esclavos y criados, se lanzó dentro de la habitación con
estacas, rompecabezas, puñales y machetes. Todos quedaron como
paralizados de indignación al ver un hombre; las criadas daban alaridos
como en un entierro, y los eunucos palidecían bajo su negra piel.
Matho se mantenía detrás de la barandilla, envuelto en el zaimph, como
un dios sideral rodeado del firmamento. Los esclavos iban a arrojarse
sobre él. Salambó los contuvo.
--¡No le toquéis! ¡Es el velo de la diosa!
Y dando un paso hacia él, alargando su brazo desnudo, prorrumpió:
--¡Maldito seas, ladrón de Tanit! ¡Odio, venganza y dolor! ¡Que Gurcil,
dios de las batallas, te destroce! ¡Que Matisman, dios de los muertos,
te ahogue! ¡Y que el Otro --el que no se puede nombrar-- te queme!
Matho dio un grito, como si le hiriera una espada. Salambó repitió
muchas veces:
--¡Vete! ¡Vete!
Se apartó la turba de criados, y Matho, baja la cabeza, pasó
lentamente en medio de ellos; al llegar a la puerta se detuvo porque la
franja del zaimph se había enganchado en una de las estrellas de oro
que esmaltaban el suelo. Dio un brusco tirón y bajó la escalera.
Espendio, saltando de terraza en terraza y por encima de setos y de
acequias, escapó por los jardines. Llegó al pie del faro. En este
sitio cesaba la muralla, por lo escarpado del cantil. Aquí se tumbó de
espalda y con los pies hacia delante se deslizó abajo; ganó a nado el
cabo de las Tumbas, dio un largo rodeo por la Laguna Salada y ganó el
campamento de los bárbaros.
Había salido el sol, y como un león que se retira, Matho se alejó
mirando el camino con ojos terribles.
Hirió sus oídos un indeciso rumor que saliendo del palacio, seguía
a lo lejos, del lado de la Acrópolis. Unos decían que habían robado
el tesoro de la República en el templo de Moloch; hablaban otros de
un sacerdote asesinado. Corría el rumor de que los bárbaros habían
entrado en la ciudad.
No sabiendo Matho cómo franquear los recintos, seguía en línea recta.
Le vieron y se alzó un clamoreo. Comprendieron todo lo que había
pasado: fue una consternación general; luego, una inmensa cólera.
Del fondo de los Mapales, de las alturas de la Acrópolis, de las
catacumbas y de las orillas del lago venía un tropel de gente. Salían
los patricios de sus palacios; los vendedores, de sus tiendas; las
mujeres abandonaban a sus hijos; se echaba mano a las espadas, hachas
y bastones; pero les detuvo el mismo obstáculo que a Salambó: ¿de qué
modo recobrar el velo? Solo el mirarlo era un crimen; era como los
mismos dioses, y su contacto ocasionaba la muerte.
En el peristilo de los templos, los sacerdotes, desesperados, se
retorcían los brazos. Los guardias de la Legión galopaban al acaso;
había gente en las azoteas, en el torso de las estatuas y en las
gavias de los buques. Pero Matho seguía andando, y a cada paso que
daba aumentaba la ira, pero también el terror. Vaciábanse las calles
al aproximarse él; y ese torrente de hombres que huían, llegaba por
los dos lados hasta encima de las murallas. No se veían más que ojos
muy abiertos, como para matarlo con la vista; dientes que rechinaban,
puños que amenazaban; se oían las imprecaciones de Salambó, que se
multiplicaban.
De improviso, silbó una larga flecha, luego otra y una lluvia de
piedras; pero los tiros, mal dirigidos por miedo de tocar al zaimph,
pasaban por encima de la cabeza de Matho. Convirtiendo el velo en
escudo, lo embrazaba hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia
adelante y hacia atrás; y a nadie se le ocurría un nuevo sistema de
ataque. Andaba cada vez más aprisa, metiéndose por las calles. Al
encontrarlas interceptadas con cuerdas, carros o trampas, se volvía
atrás. Llegó, finalmente, a la plaza de Kamón, donde murieron los
baleares; aquí se detuvo Matho, pálido como un sentenciado a muerte.
Estaba perdido; la multitud batía palmas.
Corrió hasta la gran puerta cerrada. Era muy alta, de robusta encina,
con clavos de hierro y forrada de cobre. Matho la empujó. El pueblo,
gozoso, observaba su impotente furor; entonces, él se quitó una
sandalia, escupió encima y golpeó los trofeos inmóviles. Toda la ciudad
aulló. Olvidando el velo, iban a aplastarle. Matho miraba en rededor,
febril, como poseído del sopor de un hombre embriagado. De pronto,
reparó en la larga cadena de la que se tiraba para hacer maniobrar la
báscula de la puerta. De un salto se agarró a ella de pies y manos, y,
forcejeando, logró abrir las hojas de la puerta.
Así que salió afuera, se quitó del cuello el gran zaimph y lo puso
sobre su cabeza, lo más alto posible. El manto, sostenido por el viento
del mar, resplandecía al sol con sus colores, su pedrería y la figura
de los dioses. Llevándolo así, Matho atravesó toda la llanada hasta las
tiendas de sus soldados, mientras el pueblo, encima de las murallas,
veía desaparecer la fortuna de Cartago.
VI
HANNÓN
--¡Debí habérmela traído! --decía por la noche Matho a Espendio--. Debí
haberla arrancado de su casa. Nada me lo hubiera impedido.
Espendio no le escuchaba. Echado de espalda, descansaba a sus anchas,
al lado de un gran jarro lleno de agua con miel, en la que metía a
menudo la cabeza para beber más abundantemente.
--¿Qué hacer? --preguntaba Matho--. ¿Cómo volver a entrar en Cartago?
--No lo sé --contestaba Espendio.
Su impasibilidad exasperaba a Matho.
--¡Tú tienes la culpa! --añadió este--; tú me llevaste y me abandonaste
como un cobarde. ¿Por qué te he de obedecer? ¿Crees ser tú mi amo? ¡Ah,
prostituidor, esclavo, hijo de esclavo!
Rechinaba los dientes y amenazaba a Espendio con su ancha mano.
El griego no contestaba. Ardía una lámpara de arcilla colgada del palo
de la tienda, en la que el zaimph resplandecía colgado de una panoplia.
De pronto, Matho se calzó los coturnos, se puso el peto de hojas de
cobre y el casco.
--¿Adónde vas? --preguntó Espendio.
--Volveré. Déjame. ¡La traeré! Si me hacen frente, los aplastaré como
víboras. ¡La haré morir, Espendio!... Sí, la mataré; ya lo verás: la
mataré.
Espendio arrancó bruscamente el zaimph y lo colocó en un rincón,
poniendo encima pieles de oveja. Se oyeron voces, brillaron antorchas y
entró Narr-Habas seguido de unos veinte hombres.
Llevaban mantos de lana blanca, largos puñales, collares de cuero,
pendientes de madera en las orejas y calzado de piel de hiena; parados
en el umbral, se apoyaban en sus lanzas, como pastores que descansan.
Narr-Habas era el más hermoso de todos; ceñían sus delgados brazos
correas guarnecidas de perlas; una diadema de oro, al par que sostenía
por detrás de su cabeza un amplio manto, ostentaba una pluma de
avestruz que le colgaba por la espalda. Una continua risa le hacía
enseñar los dientes; sus ojos parecían agudos como saetas, y toda su
persona tenía un sello de distinción.
Declaró que venía a juntarse con los mercenarios, porque la República
amenazaba desde hacía tiempo su reino. Le interesaba ayudar a los
bárbaros y les podía ser útil.
--Os proveeré de elefantes, de que están llenas mis florestas, de vino,
aceite, cebada, dátiles, resinas y azufre para los sitios; de veinte
mil infantes y diez mil caballos. Si me dirijo a ti, Matho, es porque
la posesión del zaimph te ha hecho el primero del ejército. Por lo
demás, somos antiguos amigos.
Matho miraba a Espendio, que sentado sobre las pieles de carnero, hacía
señales de asentimiento. Narr-Habas hablaba poniendo por testigos a
los dioses y maldiciendo a Cartago. En sus imprecaciones rompió una
azagaya. Su gente dio un gran alarido y Matho, transportado por estas
demostraciones, dijo que aceptaba la alianza.
Trajeron un toro blanco y una oveja negra, símbolos del día y de la
noche, y los degollaron al borde de una fosa. Cuando esta se llenó
de sangre, metieron los hombres sus brazos en ella. Narr-Habas puso
su mano en el pecho de Matho, y lo mismo hizo este con Narr-Habas.
Repitieron estas señales en la tela de sus tiendas. Pasaron la noche
comiendo, y se quemó el resto de la comida, juntamente con la piel, los
huesos, los cuernos y las uñas de las reses sacrificadas.
Una inmensa aclamación había saludado a Matho cuando apareció con el
velo de la diosa; aun aquellos que no creían en la religión cananea,
estaban poseídos de un vago entusiasmo, como si les animara un genio.
Nadie se preocupó de cómo fue tomado el zaimph; la forma misteriosa con
que fue adquirido fue lo bastante para que los bárbaros legitimaran su
posesión. Así pensaban los soldados de raza africana. Los otros, cuyo
odio era menos antiguo, no sabían qué resolver. De haber habido barcos,
se hubieran marchado en seguida.
Espendio, Narr-Habas y Matho enviaron hombres a todas las tribus del
territorio púnico.
Cartago tenía extenuados a todos estos pueblos, con impuestos
exorbitantes; las cadenas, el hacha y la cruz castigaban los retrasos
y hasta las reclamaciones. Se debía cultivar todo lo que convenía a
la República; dar todo lo que pedía. Nadie tenía derecho a poseer un
arma; cuando se sublevaba una ciudad, sus habitantes eran vendidos.
Los gobernadores eran estimados como lagares, según la cantidad que
producían. Más allá de las regiones sometidas a Cartago, estaban los
aliados, que solo pagaban un módico tributo; detrás de los aliados
vagaban los nómadas, que podían concitarse contra ellos. Por este
sistema, las cosechas eran siempre abundantes, las plantaciones
soberbias y magnífica la remonta caballar. El viejo Catón, maestro
en esto de cultivos y de esclavos, se asombró de ello, noventa y dos
años más tarde, y el grito de muerte que repetía en Roma no era sino la
exclamación de un celo codicioso.
Durante la última guerra, habían redoblado las exacciones, por lo que
las poblaciones de la Libia, casi todas, se habían entregado a Régulo.
Para castigarlas, se exigió de ellas mil talentos, veinte mil bueyes,
trescientos vasos de polvo de oro, anticipos de granos; los jefes de
tribus fueron crucificados o echados a los leones.
Túnez, especialmente, detestaba a Cartago. Más antigua que la
metrópoli, no la perdonaba su engrandecimiento. Permanecía frente
a sus murallas, acurrucada en el fango, al borde del agua, como un
animal venenoso. Las deportaciones, las matanzas, las epidemias, no la
debilitaban. Había sostenido a Arcagate, hijo de Agatocles, y provisto
de armas a los «Comedores de cosas inmundas».
Aún no habían partido los correos de los bárbaros y ya en las
provincias estalló un regocijo universal. Sin esperar a más, se
estranguló en los baños a los intendentes de las casas y a los
funcionarios de la República; se sacaron de las cavernas las armas que
estaban escondidas; con el hierro de los arados se forjaron espadas;
los niños aguzaban en las puertas las azagayas; las mujeres daban sus
collares, sortijas y pendientes y todo cuanto podía servir para la
destrucción de Cartago. Todos querían contribuir a ella de algún modo.
Los paquetes de lanzas se amontonaron en los poblados, como garbas
de maíz. Se expidieron animales y dinero. Matho pagó pronto a los
mercenarios los atrasos de su soldada, y por esta idea de Espendio fue
nombrado general en jefe o _schalischim_ de los bárbaros.
Al mismo tiempo, afluían los socorros en hombres: primero, la gente
de raza autóctona; después, los esclavos. Fueron secuestradas las
caravanas de negros, a los que se armó, y hasta los mercaderes que
iban a Cartago se juntaron a los bárbaros creyendo sacar más provecho.
Llegaban sin cesar bandas numerosas. Desde lo alto de la Acrópolis
veíase cómo aumentaba el ejército.
Los guardias de la Legión hacían centinela en la plataforma del
acueducto; y cerca de ellos, de distancia en distancia, se levantaban
cubas de cobre en las que hervían torrentes de asfalto. Abajo, en el
llano, se agitaba tumultuariamente la multitud de los bárbaros, con la
incertidumbre y el vago temor que les inspiraban siempre las murallas.
Útica e Hippo-Zarita rehusaron su alianza. Colonias fenicias, como
Cartago, se gobernaban por sí mismas y en sus tratados con la República
hacían incluir cláusulas que les favorecieran. Sin embargo, respetaban
a su hermana mayor y más fuerte, que las protegía; y no creían que
un montón de bárbaros fuera capaz de vencerla; antes bien, que estos
serían exterminados. Deseaban mantenerse neutrales y vivir tranquilas.
Pero su posición las hacía indispensables. Útica, en el fondo de un
golfo, era el conducto por donde llegaba a Cartago el socorro de
fuera. Tomada Útica, Hippo-Zarita, a seis leguas de la costa, haría sus
veces, y así avituallada la metrópoli, sería inexpugnable.
Quería Espendio que se emprendiera inmediatamente el sitio; Narr-Habas
se opuso, porque deseaba ir primero a la frontera. Tal era la opinión
de los veteranos, la de Matho mismo; por lo que se resolvió que
Espendio iría a atacar Útica, y Matho a Hippo-Zarita; el tercer cuerpo
del ejército, apoyándose en Túnez, ocuparía el llano de Cartago,
encargándose de esto Autharita. En cuanto a Narr-Habas, iría a su reino
para traer elefantes, y con su caballería limpiar los caminos.
Las mujeres clamaron contra esta decisión, porque codiciaban las joyas
de las damas púnicas. También protestaron los libios, porque se les
llamó contra Cartago y los llevaban a otra parte. Únicamente partieron
los soldados. Matho mandaba a sus compañeros, juntamente con los
iberos, los lusitanos, los hombres de Occidente y de las islas; todos
los que hablaban griego eligieron por jefe a Espendio, a causa del
ingenio que veían en él.
Grande fue el estupor cuando en Cartago vieron moverse el ejército,
el cual fue alejándose bajo la montaña de la Ariana, por el camino de
Útica, del lado del mar. Una parte quedó delante de Túnez; el resto
desapareció y volvió a aparecer al otro lado del golfo, en la linde del
bosque, en donde se internó.
Eran quizás ochenta mil hombres. Las dos ciudades tirias no
resistirían, después tocaría el turno a Cartago. Un ejército
considerable la amenazaba ocupando el extremo por la base, y pronto
perecería por hambre la ciudad, porque no podía vivir sin el auxilio
de las provincias, ya que los ciudadanos, al contrario que en Roma,
no pagaban contribuciones. A Cartago le faltaba genio político. Su
eterno afán de ganancia le privaba de la prudencia que da más altas
ambiciones. Galera anclada en la arena líbica, se sostenía a fuerza
de trabajo. Las naciones, como las olas, mugían en torno de ella; la
menor tempestad quebrantaba esa formidable máquina.
El tesoro estaba agotado por la guerra romana y por todo lo que
se había gastado y disipado en el trato con los bárbaros; pero se
necesitaban soldados, y ningún Gobierno se fiaba de la República.
Tolomeo le había negado dos mil talentos. Además, el robo del velo les
descorazonaba, como lo había previsto Espendio.
Pero este pueblo, que se sentía odiado, apretaba contra su pecho el oro
y los dioses; y su patriotismo era alimentado por la misma constitución
de su Gobierno.
En primer lugar, el poder dependía de todos, sin que nadie fuera
lo bastante fuerte para acapararlo. Las deudas particulares eran
consideradas como deudas públicas; los hombres de raza cananea tenían
el monopolio del comercio; multiplicando los beneficios de la piratería
con los de la usura, explotando rudamente las tierras, los esclavos y
los pobres, se labraban algunas veces una fortuna. Todos podían optar
a las magistraturas; y si bien el poder y el dinero se perpetuaban en
las mismas familias, se toleraba la oligarquía, porque se abrigaba la
esperanza de alcanzarla.
Las sociedades de comerciantes, en las que se elaboraban las leyes,
escogían los inspectores de hacienda, quienes al abandonar el cargo,
nombraban los cien miembros del Consejo de los Ancianos, dependientes
a su vez de la Gran Asamblea o reunión general de todos los ricos. Los
dos Sufetas eran un vestigio de reyes, menos que cónsules, y se elegían
el mismo día de dos familias distintas. Se les dividía por toda clase
de odios, para que se debilitaran recíprocamente. No podían deliberar
sobre la guerra, y en caso de vencimiento, eran crucificados por el
Gran Consejo.
De suerte que la fuerza de Cartago emanaba de los Sisitas, es decir,
de una gran corte en el centro de Malqua, en el sitio donde según la
tradición había abordado la primera barca fenicia, habiéndose retirado
el mar desde entonces un gran trecho. Era un conjunto de pequeños
aposentos de arquitectura arcaica de troncos de palmera con esquinas
de piedra y separadas unas de otras para recibir aisladamente las
diferentes compañías. Los ricos se amontonaban allí todo el día para
debatir acerca de sus intereses y los del Gobierno, desde la busca de
la pimienta hasta el exterminio de Roma. Tres veces en cada luna hacían
subir sus lechos a la alta azotea que bordeaba el muro del patio, y
desde abajo podía vérseles banqueteando en el aire, sin coturnos y sin
mantos, con los diamantes de sus dedos, que manoseaban las viandas, y
con sus grandes anillos en las orejas, que colgaban entre los jarros;
fuertes todos y gordos, medio desnudos, felices, riendo y devorando en
pleno azur, como enormes tiburones que se agitan en el mar.
Pero al presente no podían disimular su inquietud y estaban harto
pálidos; la turba que les esperaba en las puertas los escoltaba hasta
sus palacios para saber alguna noticia. Como en tiempo de peste, todas
las casas estaban cerradas; llenábanse las calles y se vaciaban en
seguida; subían a la Acrópolis, corrían al puerto; el Gran Consejo
deliberaba todas las noches. Por fin, el pueblo fue convocado en
la plaza de Kamón y se resolvió llamar a Hannón, el vencedor de
Hecatompila.
Era un hombre devoto, astuto, implacable para la gente de África; un
verdadero cartaginés. Sus rentas igualaban a las de Barca. Nadie tenía
como él experiencia tan probada en cosas de administración.
Decretó el enrolamiento de todos los ciudadanos útiles, puso catapultas
en las torres, exigió provisiones exorbitantes de armas y ordenó la
construcción de catorce galeras que no se necesitaban. Se hacía llevar
al arsenal, al faro, el tesoro de los templos; se veía siempre su
gran litera, balanceándose de grada en grada, subiendo la escalinata
de la Acrópolis. De noche, en su palacio, como no podía dormir, para
prepararse para la batalla, ordenaba, con voz terrible, maniobras de
guerra.
Todo el mundo, por exceso de terror, se volvía belicoso. Los ricos, al
canto del gallo, se alineaban a lo largo de los Mapales, y remangándose
las túnicas se ejercitaban en el manejo de la pica. Pero faltos de
instructor, disputaban constantemente. Se sentaban sin aliento sobre
las tumbas, y vuelta a empezar. Muchos de ellos se impusieron un
régimen; unos, imaginándose que convenía comer mucho para tomar fuerza,
se ponían ahítos; otros, molestos por su corpulencia, se extenuaban con
ayunos para adelgazar.
Útica había reclamado ya muchas veces el socorro de Cartago.
Pero Hannón no quería partir en tanto faltara un tornillo a la máquina
de guerra. Así perdió tres lunas en equipar los ciento doce elefantes
que se alojaban en los fuertes; eran los vencedores de Régulo; el
pueblo los acariciaba, y mucho se podía hacer con estos viejos amigos.
Hannón hizo refundir las placas de cobre con que se les guarnecía el
pecho, dorar sus colmillos, alargar sus torres y tallar en la púrpura
hermosos caparazones bordados con pesadas franjas. En fin, como sus
conductores venían de las Indias, por haber llegado los primeros de
aquella parte, ordenó que fueran todos vestidos a la usanza india, esto
es, con un rodete blanco alrededor de las sienes y un pequeño calzón de
viso, que formaba con sus pliegues transversales, como dos valvas de
una concha aplicada sobre los muslos.
El ejército de Autharita seguía delante de Túnez, oculto detrás de un
muro hecho con el fango del lago y defendido en la cima por espinosa
maleza. Los negros habían erizado allí en grandes estacas horribles
figuras, máscaras humanas hechas con plumas de pájaros, cabezas de
chacal o de serpientes, que abrían la boca cara al enemigo, a fin de
amedrentarle; y estimándose invencibles por este medio, los bárbaros
bailaban y hacían juglerías, convencidos de que Cartago no tardaría
en sucumbir. Otro que no fuera Hannón, hubiera aplastado fácilmente
esa multitud, estorbada por ganados y mujeres. Además, no comprendían
ninguna maniobra, y Autharita, desalentado, nada les exigía.
Se hacían a un lado cuando este pasaba mirándoles con sus ojazos
azules. Llegado al borde del lago, se quitaba su sayo de piel de foca,
desataba la cuerda que ataba su roja cabellera y sumergía esta en el
agua. Sentía no haber desertado a los romanos con los dos mil galos del
templo de Erix.
A menudo, en la mitad del día, el sol se obscurecía de pronto, y el
golfo y la alta mar parecían inmóviles, como plomo derretido. Una nube
de obscuro polvo, perpendicularmente esparcido, venía en torbellino;
se encorvaban las palmeras, desaparecía el cielo, se oían rebotar las
piedras en la grupa de los animales, y el galo, con los labios pegados
a los agujeros de su tienda, resollaba de melancolía y de agotamiento.
Soñaba con el olor de los pastos en las mañanas de otoño, con los
copos de nieve, con los bramidos de los uros perdidos en la niebla,
y, entornando los párpados, creía ver los hogares de las cabañas,
cubiertas de paja, rielar en los pantanos en el fondo del boscaje.
Otros, a más de él, añoraban la patria, si bien no estaba tan lejana.
Los cartagineses cautivos podían distinguir más allá del golfo, en los
declives de Byrsa, los toldos de sus casas extendidos en los patios.
Pero estaban siempre rodeados de centinelas, y se les tenía atados a
una misma cadena. Llevaba cada uno una argolla de hierro, y la multitud
no se cansaba de venir a verlos. Las mujeres mostraban a sus hijos sus
hermosas túnicas convertidas en andrajos, que colgaban de sus flácidos
miembros.
Cuantas veces Autharita miraba a Giscón se acordaba de la injuria que
este le había inferido; le hubiera matado, a no ser por el juramento
que había hecho a Narr-Habas. Se contentaba con entrar en su tienda,
tomar un brebaje compuesto de cebada y comino, hasta caer embriagado,
para despertar con la fuerza del sol, devorado por una sed horrible.
Matho sitiaba a Hippo-Zarita.