Así que llegaron al primer piso, como se caía el arpón cada vez que lo

echaban, tuvieron que andar por el borde de la cornisa para descubrir

alguna hendidura. La cornisa se iba estrechando a cada hilera de arcos.

La cuerda se iba gastando, y en ocasiones amenazaba romperse.

Llegaron finalmente a la plataforma superior. Espendio, de tiempo en

tiempo, se doblaba para tantear las piedras con la mano.

--¡Allí es! --dijo--. Empecemos.

Y forcejeando con la palanca que trajo Matho, consiguieron apartar una

de las losas.

Vieron a lo lejos un grupo de jinetes que galopaban en caballos

sin bridas. Los brazaletes de oro saltaban entre las mangas de sus

vestidos. Al frente de ellos iba un hombre coronado con plumas de

avestruz y galopando con una lanza en cada mano.

--¡Narr-Habas! --exclamó Matho.

--¿Qué importa? --repuso Espendio.

Y saltó al agujero que había dejado la losa separada.

A una orden suya, Matho probó empujar uno de los bloques; pero por

falta de espacio, no podía mover los codos.

--Volveremos --dijo Espendio--; ponte delante --y los dos se

aventuraron en el conducto de las aguas.

Andaban mojados hasta la cintura, y pronto hubieron de nadar,

tropezando a cada instante con las paredes del canal, que era muy

estrecho. El agua corría casi tocando las losas de arriba; se laceraban

el rostro. Luego, la corriente los arrastró. Un aire más pesado que

el de un sepulcro les oprimía el pecho, y con los brazos altos para

resguardar la cabeza y pegadas las piernas, que alargaban lo más

que podían, pasaron como flechas en la obscuridad, jadeantes, casi

muertos. De pronto, todo se hizo negro delante de ellos y se redobló la

velocidad de las aguas. Cayeron.

Así que volvieron a la superficie se mantuvieron durante algunos

minutos tendidos de espalda, para respirar deliciosamente el aire.

Las arcadas, una tras otra, se abrían en medio de anchas murallas que

separaban los depósitos. Todos estaban llenos y el agua caía en una

especie de cascada a lo largo de las cisternas. Las cúpulas del techo

dejaban pasar por un tragaluz una pálida claridad que se reflejaba en

el agua como discos de luz, y las tinieblas del contorno se espesaban

sobre las paredes indefinidamente. El más insignificante ruido producía

un gran eco.

Espendio y Matho volvieron a nadar, y pasando por la abertura de los

arcos, atravesaron muchos compartimentos seguidos. Otras series de

depósitos más pequeños se extendían paralelamente a cada lado. Los dos

hombres se perdían y volvían a encontrarse. Algo resistió bajo sus

talones: era el pavimento de la galería que bordeaba las cisternas.

Entonces, avanzando con grandes precauciones, palparon la muralla en

busca de una salida. Pero sus pies resbalaban y caían para volver

a levantarse, presa de espantosa fatiga, como si sus miembros se

disolvieran en el agua. Sus ojos se cerraron: agonizaban.

Espendio dio con la mano contra los barrotes de una reja. La sacudieron

y cedió, dando paso a una escalera cerrada arriba por una puerta de

bronce. Con la punta de un puñal apartaron la barra que la abría por

fuera; y respiraron el aire libre.

La noche estaba silenciosa y el cielo parecía de una altura

desmesurada. Veíanse hileras de árboles a lo largo de las murallas. La

ciudad dormía, mientras los fuegos de los centinelas de las avanzadas

brillaban como estrellas perdidas.

Espendio, que había pasado tres años en la ergástula, no conocía bien

los barrios de la ciudad. Matho conjeturó que para ir al palacio de

Amílcar debían tomar a la izquierda, atravesando los Mapales.

--No --dijo Espendio--; llévame al templo de Tanit.

Matho quiso objetar.

--Acuérdate --dijo el esclavo; y alzando el brazo, señaló al planeta de

Chabar, que resplandecía.

Entonces Matho se volvió silenciosamente hacia la Acrópolis.

Se arrastraban a lo largo de las líneas de nopales que bordeaban

los caminos. Corría el agua de sus cuerpos sobre el polvo de la

tierra. Sus sandalias, mojadas, no hacían el menor ruido. Espendio,

con los ojos más brillantes que antorchas, registraba a cada paso

los matorrales; detrás de él andaba Matho, con las dos manos armadas

de puñales, sujetos los brazos cerca de los sobacos por una banda de

cuero.

V

TANIT

Cuando salieron de las huertas, se vieron detenidos por la cerca de

Megara; pero descubrieron una brecha en la espesa muralla, y pasaron.

El terreno, al descender, formaba como un valle muy ancho. Se hallaron

en un sitio descubierto.

--¡Escucha! --dijo Espendio--, y nada temas... Cumpliré mi promesa.

Se interrumpió, como pensando en lo que iba a decir...

--¿Te acuerdas cuando una vez te señalé, Matho, al salir el sol, desde

la azotea de Salambó, a Cartago? Aquel día éramos fuertes, pero tú

no quisiste oír nada... ¡Amo, hay en el santuario de Tanit un velo

misterioso, caído del cielo, y que cubre a la diosa!

--Lo sé --dijo Matho.

--Es un velo divino porque forma parte de la deidad. Los dioses

ejercen su poder donde residen. Porque lo posee Cartago, Cartago es

poderosa... ¡Te he traído aquí para robarlo!

Matho retrocedió horrorizado.

--¡Vete! ¡Busca otro! No quiero ayudarte en esa acción execrable.

--Tanit es tu enemiga --replicó Espendio--. Ella te persigue, y tú

mueres de su cólera. Te vengarás; ella te obedecerá, y serás inmortal e

invencible.

Matho bajó la cabeza. Espendio prosiguió:

--Sucumbiremos; el ejército será aniquilado. No tenemos ni escapatoria,

ni ayuda, ni perdón. ¿Qué castigo de los dioses puedes temer, si tienes

su fuerza en tus manos? ¿O es que prefieres morir en la derrota,

miserablemente, al amparo de un matorral, o entre el ultraje de la

plebe, en una hoguera? ¡Amo, un día entrarás en Cartago, entre los

colegios de los pontífices, que besarán tus sandalias; y si el velo de

Tanit te pesa, lo devolverás a su templo! ¡Sígueme! ¡Ven a tomarlo!

Un ansia terrible devoraba a Matho. Hubiera querido poseer el velo

sin cometer el sacrilegio. Se decía que quizás podría adquirir su

virtud sin necesidad de robar el velo; pero sin llegar al fondo de su

pensamiento, deteniéndose en el límite que le espantaba.

--¡Vamos! --dijo, y se alejaron a paso rápido, juntos y sin hablarse.

El terreno iba subiendo y las casas se juntaban. Los dos hombres

torcían por calles estrechas y entre tinieblas. Jirones de esparto

que cerraban las puertas golpeaban las paredes. En una plaza, los

camellos rumiaban ante un montón de heno. Luego pasaron por debajo de

una galería cubierta de follaje. Ladraron los perros, pero de pronto

el espacio se ensanchó y se encontraron en la parte occidental de la

Acrópolis. Por bajo de Byrsa se erguía una negra mole: era el templo

de Tanit, conjunto de monumentos y jardines, de patios y antepatios,

ceñido por un pequeño muro de piedras secas. Espendio y Matho lo

franquearon.

Este primer recinto encerraba un bosque de plátanos, plantados como

precaución contra la peste y la infección del aire. Aquí y acullá

estaban diseminadas las tiendas en que de día se vendían pastas

depilatorias, perfumes, vestidos, pasteles en forma de luna e imágenes

de la diosa, con reproducciones del templo ahuecadas en un bloque de

alabastro.

Nada tenían que temer, porque en las noches en que el astro estaba

oculto, se suspendían todos los ritos; pero Matho se desanimaba y se

detuvo ante las tres gradas de ébano que conducían al segundo recinto.

--¡Adelante! --dijo Espendio.

Granados, almendros, cipreses y mirtos, inmóviles como follaje de

bronce, alternaban con regularidad; el camino, empedrado de guijarros

azules, crujía bajo los pies; abiertas rosas se mecían como cunas en

toda la longitud de la avenida. Llegaron ante un agujero oval, cerrado

por una verja. Matho, a quien el silencio espantaba, dijo a Espendio:

--Aquí es donde se mezclan las Aguas dulces con las Aguas amargas.

--Yo he visto todo esto --contestó el antiguo esclavo-- en Siria, en la

ciudad de Mafug.

Por una escalera de seis gradas de plata subieron al tercer recinto.

Un cedro enorme se erguía en medio. Sus ramas más bajas desaparecían

bajo montones de estofas y de collares colgados por los fieles.

Avanzaron algunos pasos y llegaron a la fachada del templo.

Dos largos pórticos, de arquitrabes que se apoyaban en gruesos pilares,

flanqueaban una torre cuadrangular, adornada en su plataforma por una

luna en creciente. Sobre los ángulos de los pórticos y en las cuatro

esquinas de la torre se elevaban vasos llenos de aromas encendidos.

Granadas y coloquíntidas festoneaban los capiteles. Entrelazos,

losanges y líneas de perlas alternaban sobre los muros, y un seto de

filigrana de plata formaba un ancho semicírculo ante la escalera de

marfil que bajaba del vestíbulo.

A la entrada había, entre una estela de oro y otra de esmeralda, un

cono de piedra; al pasar por su lado, Matho se besó la mano derecha.

La primera habitación era muy alta, con innumerables aberturas en la

bóveda, de modo que al levantar la cabeza se podían ver las estrellas.

En todo el contorno de la muralla se amontonaban, en cestas de mimbre,

barbas y cabelleras, primicias de adolescentes; y en medio del

departamento circular, salía de una repisa el cuerpo de una mujer,

cubierta de mamas, gorda, barbuda y con las pupilas bajas; tenía aire

sonriente y las manos cruzadas sobre el borde de su gran vientre,

pulido por los besos de la multitud.

Después se hallaron al aire libre, en un corredor transversal, en el

que un altar de exiguas proporciones se apoyaba en una puerta de marfil

que únicamente los sacerdotes podían abrir; porque un templo no era un

sitio de reunión del pueblo, sino la morada particular de una divinidad.

--¡La empresa es imposible! --decía Matho--. ¡Volvámonos!

Espendio examinaba las paredes. Quería el velo, no porque tuviera

confianza en su virtud --Espendio no creía en el oráculo--, sino porque

estaba persuadido de que los cartagineses, al verse sin él, caerían

en un gran abatimiento. Dieron la vuelta por detrás, buscando alguna

salida.

Veíanse edículos de formas diferentes, bajo bosquecillos de terebintos.

Aquí y allá se erguía un falo de piedra y pastaban tranquilamente

grandes ciervos, empujando con las pezuñas las piñas que habían caído

de las copas de los árboles.

Volvieron sobre sus pasos entre dos largas galerías paralelas, con

pequeñas celdas al fondo. De arriba abajo de sus columnas de cedro

pendían tamboriles y címbalos. Unas mujeres dormían sobre esteras

fuera de las celdas. Sus cuerpos, engrasados con ungüentos, exhalaban

olor a especias y a perfumadores apagados, y estaban tan cubiertas de

tatuajes, de collares, de anillos, de bermellón y de antimonio que,

sin el movimiento del pecho, se las hubiera tomado por ídolos tendidos

en el suelo. Los lotos rodeaban una fuente en la que nadaban peces

parecidos a los de Salambó; luego, en el fondo, junto a la muralla del

templo, se desplegaba una viña de sarmientos de vidrio y racimos de

esmeraldas. Los rayos de las piedras preciosas fingían juegos de luz

entre las columnas pintadas, sobre los rostros de las durmientes.

Matho se asfixiaba en la cálida atmósfera que irradiaban los tabiques

de cedro. Todos estos símbolos de la fecundación, estos perfumes y

estos hálitos le abrumaban. A través de los destellos místicos, soñaba

con Salambó. La confundía con la misma diosa, y su amor iba en aumento,

como los grandes lotos que se despliegan pomposos en la profundidad de

las aguas.

Calculaba Espendio el dinero que hubiera ganado en otro tiempo

vendiendo aquellas mujeres, y con la vista pesaba, al pasar, los

collares de oro.

El templo era tan impenetrable por este lado como por el otro.

Volvieron por detrás de la primera cámara. En tanto que Espendio

husmeaba, Matho, prosternado ante la puerta, imploraba a Tanit,

suplicándola que no le permitiera este sacrilegio. Procuraba ablandarla

con palabras acariciadoras, como se hace con una persona irritada.

Espendio advirtió una abertura estrecha encima de la puerta.

--¡Levántate! --dijo a Matho.

Y le hizo adosarse de pie contra la pared. Poniendo un pie en sus manos

y luego otro sobre su cabeza, llegó a la altura del ventanal, y por

allí desapareció. Matho sintió caer sobre su espalda una cuerda de

nudos, que Espendio había arrollado alrededor de su cuerpo antes de

aventurarse en la cisterna; y apoyándose con ambas manos, pronto se

encontró al lado de Espendio en una gran sala llena de sombra.

Un atentado sacrílego parecía tan imposible, que, por lo mismo, apenas

se habían puesto los medios para evitarlo. El terror, más que las

paredes, defendía al santuario. Matho, a cada instante, se creía muerto.

En el fondo de las tinieblas brillaba una luz. Se acercaron. Era una

lámpara que ardía en una concha, sobre el pedestal de una estatua

tocada con el gorro de los Kabiros. Vestía una larga túnica azul

sembrada de discos de diamantes, y unas cadenas que se hundían bajo las

losas la retenían por los talones. Matho contuvo un grito:

--¡Ah! ¡Hela aquí! ¡Hela aquí!

Espendio cogió la lámpara para alumbrarse.

--¡Qué impío eres! --murmuró Matho.

Pero le siguió. El departamento en que entraron no tenía más que una

pintura negra, que representaba otra mujer, cuyas piernas subían hasta

lo alto de la muralla. Su cuerpo ocupaba todo el techo. Colgaba de su

ombligo un hilo con un huevo enorme, y la alegoría caía sobre la otra

pared, con la cabeza hacia abajo, hasta el nivel de las losas, en las

que hincaba sus dedos puntiagudos.

Para seguir adelante, apartaron una cortina; pero sopló el viento y la

lámpara se apagó.

Anduvieron errantes, perdidos en las complicaciones de la arquitectura.

De repente, notaron bajo sus pies una cosa de una extraña suavidad.

Brillaban y brotaban chispas; andaban sobre fuego. Espendio tocó el

suelo y vio que estaba cuidadosamente alfombrado con pieles de lince;

luego le pareció que le rozaba las piernas una cuerda gruesa y mojada,

fría y viscosa. Las hendiduras talladas en la muralla dejaban pasar

tenues rayos blancos. Avanzaban con esta incierta luz, hasta que al fin

vieron una gran serpiente negra, que desapareció rápidamente.

--¡Huyamos! --dijo Matho--. ¡Es ella; la oigo; ella viene!

--¡No! --repuso Espendio--. El templo está vacío.

Una luz deslumbrante les hizo cerrar los ojos. Vieron luego en

contorno una infinidad de animales flacos, jadeantes, enseñando las

garras y confundidos unos con otros, con un desorden misterioso que

daba espanto. Eran serpientes con pies, toros con alas, peces con

cabezas humanas comiendo frutas, flores que se abrían en las fauces

de cocodrilos, y elefantes con la trompa alzada volando por el cielo

como águilas. Un terrible esfuerzo distendía sus miembros incompletos

o multiplicados. Parecían querer sacarse el alma alargando la lengua;

y todas las formas se encontraban allí, como si el receptáculo de los

gérmenes, abriéndose con súbito rompimiento, se hubiera vaciado sobre

las paredes de la sala.

Doce globos de cristal azul la rodeaban circularmente, soportados

por monstruos parecidos a tigres. Sus pupilas brillaban como ojos de

caracoles, y encorvando sus poderosas grupas, se volvían hacia el fondo

donde resplandecían, en un carro de marfil, la Rabbet suprema, la

Omnifecunda, la última creada.

Escamas, plumas, flores y pájaros le subían hasta el vientre; le

servían de pendientes unos címbalos de plata que oscilaban sobre sus

mejillas. Sus grandes ojos miraban de hito en hito, y una piedra

luminosa, engarzada en su frente en un símbolo obsceno, alumbraba toda

la sala, al reflejarse por encima de la puerta, en espejos de cobre

rojo.

Matho dio un paso; flojeó una losa bajo sus talones, y las esferas

empezaron a girar, los monstruos a rugir; oyóse una música melodiosa

y arrulladora como la armonía de los planetas; el alma de Tanit se

desbordaba tumultuosa. Iba a levantarse, grande como la sala, con los

brazos abiertos. De pronto, los monstruos cerraron las fauces y los

globos de cristal dejaron de girar.

Lúgubre modulación onduló por algún tiempo en el aire, hasta que al fin

se extinguió.

--¿Y el velo? --dijo Espendio.

No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo

habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del

corazón, y como una decepción en su fe.

--Por aquí --murmuró Espendio, guiado por una inspiración.

Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un

codo, cortaba la muralla de arriba abajo.

Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco

de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a

modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba

un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos.

A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían

figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros,

algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los

babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la

mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a

los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o

bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de

la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar.

Los dos hombres palidecieron.

--¡Tómalo! --dijo al fin Matho.

Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que

cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la

abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para

verlo mejor.

--¡Vámonos! --dijo Espendio.

Matho permanecía con los ojos clavados en las losas. De pronto exclamó:

--¿Y si yo fuera a su casa? ¿No tengo miedo de su hermosura? ¿Qué

puede ahora contra mí? Ahora soy más que un hombre. Pasaré por encima

de las llamas, andaré sobre las olas del mar. Me siento transportado.

¡Salambó! ¡Salambó! ¡Yo soy tu amo!

Su voz era tonante. Le parecía a Espendio otro hombre de estatura más

alta y transfigurado.

Se oyeron pasos, se abrió una puerta y apareció un hombre, un

sacerdote, con su alto gorro y los ojos pintados. Sin darle tiempo,

Espendio se precipitó a él y le hundió los dos puñales en los costados.

La cabeza sonó sobre el pavimento.

Inmóviles como el cadáver, quedaron atentos durante un rato; pero solo

se oía el murmullo del viento, por la puerta entreabierta.

Daba esta a un pasadizo. Espendio se metió en él, seguido de Matho, y

llegaron al tercer recinto, entre los pórticos laterales, donde estaban

las habitaciones de los sacerdotes.

Detrás de las celdas debía haber un camino más corto para salir.

Diéronse prisa para encontrarlo.

Agachándose Espendio al borde de la fuente, lavó sus manos

ensangrentadas. Dormían las mujeres. Brillaba la viña de esmeralda. Se

pusieron en marcha.

Pero alguien, por entre los árboles, corría detrás de ellos; y Matho,

que llevaba el velo, sintió varias veces que le tiraban suavemente por

abajo. Era un gran cinocéfalo, uno de los que vivían sueltos en el

recinto de la diosa. Como si tuviera conciencia del robo, se agarraba

al manto. No se atrevían a pegarle, por temor a que redoblara sus

gritos; de pronto se aplacó su cólera y trotó a su lado, balanceando el

cuerpo, con sus largos brazos colgantes. Al llegar a la barrera, de un

salto se subió a una palmera.

Así que salieron del último recinto, se dirigieron al palacio de

Amílcar, porque comprendió Espendio que era inútil disuadir a Matho de

su propósito.

Tomaron por la calle de los Curtidores, la plaza de Mutumbal, el

mercado de hierbas y la encrucijada de Cinasim.

--¡Esconde el zaimph! --dijo Espendio.

Vieron gente, pero nadie les vio a ellos. Al fin divisaron las casas de

Megara.

El faro, levantado por la parte de atrás en la cumbre del acantilado,

iluminaba el cielo con una roja claridad, y la sombra del palacio, con

sus azoteas superpuestas, se proyectaba sobre los jardines como una

monstruosa pirámide. Entraron por el seto de azufaifos, cortando las

ramas con los puñales.

Aún se advertían los rastros del festín de los mercenarios. Los

parques estaban pisoteados; los regatos, secos; las puertas de la

ergástula, abiertas. No se veía a nadie en las cocinas ni en las

bodegas. Se asombraban de este silencio, solo interrumpido por el

bramido de los elefantes que se agitaban en sus maneotas, y el crepitar

de la hoguera de áloe que ardía en el faro.

Matho repetía:

--¿Dónde está ella? ¡Quiero verla! ¡Guíame!

--¡Es una locura! --decía Espendio--. Llamará a sus esclavos y, a pesar

de tu fuerza, morirás.

Así llegaron a las escaleras de las galeras. Alzó Matho la cabeza y

creyó advertir en lo alto una vaga claridad, radiante y suave. Quiso

contenerlo Espendio, pero él se lanzó escalera arriba.

Al encontrarse en los sitios donde la viera, el recuerdo de los días

transcurridos se borró de su memoria. La veía como cuando cantaba en

las mesas y desaparecía y él subía continuamente esta escalinata. Sobre

su cabeza, el cielo estaba cubierto de luminarias; la mar llenaba el

horizonte; a cada paso que él daba le rodeaba una inmensidad más ancha,

y seguía subiendo con la extraña facilidad que se tiene en los sueños.

El ruido del velo rozando contra las piedras le recordó su nuevo poder;

pero en el exceso de su esperanza, ya no sabía lo que tenía que hacer;

esta incertidumbre le intimidó.

De vez en cuando se asomaba a las celosías cuadrangulares de los

aposentos cerrados, y creyó ver en muchos de ellos personas dormidas.

El último piso, más estrecho, formaba como un dado encima de las

terrazas. Matho le dio la vuelta lentamente.

Una luz lechosa iluminaba las hojas de talco que tapaban las pequeñas

aberturas de la muralla y, que simétricamente dispuestas, parecían en

las tinieblas hileras de perlas finas. Reconoció la puerta cuartelada

con la cruz negra. Redoblaban las palpitaciones de su corazón. Quiso

huir, pero empujó la puerta, y esta se abrió.

En el fondo de la habitación ardía, suspendida, una lámpara en forma

de galera; tres rayos de luz de su carena de plata temblaban en los

altos artesonados pintados de rojo con franjas negras. El techo era un

conjunto de pequeñas vigas doradas que tenían en medio amatistas, y

topacios en los nudos de la madera. A los dos lados del ancho aposento

aparecía un lecho bajo, hecho de correas blancas; y arcos de bóveda

aconchados, que se abrían por la parte de afuera, dejaban ver algún

vestido que colgaba hasta el suelo.

Una grada de ónice daba la vuelta a un estanque ovalado, en cuya

orilla había unas finas sandalias de piel de serpiente y un jarro de

alabastro. Más allá se advertía la huella húmeda de unas pisadas. Se

aspiraban aromáticos olores.

Matho andaba sobre losas incrustadas de oro, de nácar y de vidrio; y

no obstante el pulimento del suelo, le parecía que se hundían sus pies

como si caminara por arena.

Detrás de la lámpara de plata había divisado un gran cuadrado de azur,

suspendido en el aire por cuatro cuerdas, y a él se acercó Matho, medio

agachado y con la boca abierta.

De cuernos de antílope colgaban anillos y brazaletes; vasos de arcilla

refrescaban al aire sobre un tendal de cañas, en la hendidura de

la pared. Muchas veces tropezaban sus pies, porque el suelo tenía

desniveles tan pronunciados que hacían de la habitación como una serie

de aposentos. En el fondo, una baranda de plata rodeaba un tapiz

sembrado de flores pintadas. Por fin llegó al lecho colgante, junto al

escabel de ébano que servía para subir a él.

Pero la luz cesaba allí, y la sombra, como una gran cortina, no dejaba

ver más que el extremo de un colchón rojo en el que asomaba la punta de

un piececito desnudo. Matho cogió la lámpara para ver mejor.

Dormía Salambó con la mejilla apoyada en una mano y tendido el otro

brazo. Los bucles de su cabellera la cubrían de tal modo, que parecía

acostada sobre plumas negras, y su larga túnica blanca se desplegaba

blandamente hasta sus pies, siguiendo los contornos del talle. Algo

se veía de sus ojos, entre los párpados medio cerrados. Las cortinas,

perpendicularmente corridas, la rodeaban de una atmósfera azulada; y

el movimiento de su respiración, comunicándose a las cuerdas, parecía

columpiarla. Zumbaba un mosquito.

Matho, inmóvil, tenía en la mano la galera de plata; en el mosquitero

prendió la llama, y Salambó despertó.

La llamarada se apagó en un abrir y cerrar de ojos. La lámpara de Matho

proyectaba en el artesonado grandes ondas luminosas.

--¿Qué es esto? --dijo Salambó.

--Es el velo de la diosa --contestó Matho.

Salambó · 第 5 / 23 段