Más de veinte veces dio la vuelta a las fortificaciones, buscando

alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres

horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar

por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y

luego cayó en el agua y se volvió.

Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada

a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento

sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los

ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo

traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón.

Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras

furiosas.

--Deja correr tu cólera como un carro que rueda --le decía Espendio--.

Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya

que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.

Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar

implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su

fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche

hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo,

y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus

casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los

bárbaros se acercaron.

Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que

pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando

en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas

Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo

más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían

juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el

comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la

Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o

temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban

por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.

Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una

fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas

se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería

que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le

detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a

la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la

podía restablecer.

Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen

desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de

serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se

divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara,

por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas

estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas.

Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente

desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos

execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana

advirtieron los centinelas que todos se habían ido.

Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución.

Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como

particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o

bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba

arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.

Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de

mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en

todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra

encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de

las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca;

por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que

brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas

los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar

algo con sus largas togas.

Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el

dinero que se les debía.

Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más

cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al

extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos

animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el

valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los

comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los

engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.

Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que

se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos

mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de

la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la

reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba

ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los

reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien

conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y

entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría.

Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se

trasladaron al campamento bárbaro.

Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo

paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en

fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar

cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando

encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.

El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las

dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida

de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra

vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes,

circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles

maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas

por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas,

tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las

abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y

que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes,

con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre

sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de

color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas

y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras

viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de

animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en

la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de

lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos,

daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando

por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.

Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la

multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los

otros disimulaban su inquietud.

Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No

bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban

al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al

primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los

cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes,

con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en

sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose

valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba

hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se

les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por

las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los

mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas.

Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los

cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna

cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un

cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés,

despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos

contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»

Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los

soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y

se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas

de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran

Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes

entendían que era justo que la República les indemnizara de sus

caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en

tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones

de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero.

A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de

cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se

hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida

de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal

injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.

Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se

reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los

bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas

y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba

de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con

la República.

Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente,

pidiendo la cabeza de Amílcar.

Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las

murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían

los sayos para recibirla.

Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última

exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio

para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una

idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar.

Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó

al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna.

Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días

no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.

La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus

enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es

verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar

en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían

sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la

desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.

Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían

dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los

cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los

ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el

ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en

su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un

pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su

tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por

los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban

llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En

general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su

avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los

libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba

libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por

asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella.

Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su

intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar

en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania.

A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura

que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos

a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados

como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y

esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros.

Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las

aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.

Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con

sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría

sin haberles pagado íntegramente.

Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.

Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que

con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba

de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el

constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios

suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni

la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por

los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se

sirvió de ellas.

Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar

el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo

con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre

abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.

Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.

--Sube a mi lado --le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude--.

¿Cuántos años has servido?

--Doce --respondió el libio.

Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el

barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos»

era tanto como acreditarse de veterano.

--¡Ladrón! --exclamó el Sufeta--, lo que te falta en la cara debes

tenerlo eh las espaldas.

Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas

sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue

decapitado.

En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y

les dijo:

--Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de

Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África,

esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se

vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los

dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de

Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...

--¿Qué haremos? --le preguntaban.

--¡Reflexionad! --contestaba Espendio.

Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala,

de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.

--Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los

asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará

nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán

para ahorrar la comida.

Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón

golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los

esclavos y desapareció, jurando vengarse.

Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados

entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las

manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las

cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los

que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos,

los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les

olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas

crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del

campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el

centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su

cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos

hundidos en la barba.

Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego

se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas

como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se

le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto

continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.

Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas;

Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los

negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el

interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los

demás, aceptaron moneda.

A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta

les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el

camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas

doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las

enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.

De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero

sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:

--¿Has reservado algo para los muertos? --y señalaba la puerta de

Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con

sus placas de cobre, de arriba abajo.

A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez

que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se

encerró en su tienda.

Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes,

que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los

ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus

narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les

hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello

una lazada de juncos.

Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares,

contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio.

Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso

concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda

ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita

blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros

puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos

iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las

armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.

Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les

escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran

apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza.

El montón de sacos estaba más rojo que un altar.

Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles.

Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos,

y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose

de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el

dinero, y seguía la matanza. La palabra _¡mata!_, aunque distinta en

cada idioma, era comprendida de todos.

Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de

su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les

había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a

sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la

multitud en señal de juramento.

Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran

Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura

violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en

Cartago, mes por mes y día por día.

A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números

leyera su sentencia de muerte.

En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el

trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa

tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.

--¡Habla! --le dijeron--. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos!

¡Desconfiemos del cobarde!

Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los

soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las

cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en

Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro

y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto

salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda,

las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por

Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al

fin: «Que os lo dé vuestro general.»

Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y

su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las

plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un

hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.

A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo

corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta

desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.

Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables

para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel

de mono, una piedra negra caída de la luna.

Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes

partidarios de la guerra.

Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las

inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a

sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.

Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos

no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles

guijarros a la cara para hacerles gritar.

* * * * *

Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día.

Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes.

Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había

ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de

su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los

gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su

corazón estaba lleno.

Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara.

Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los

odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después

de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había

que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los

conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado;

Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las

proposiciones.

Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad.

--Ninguna --contestó Matho.

Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.

--¡Amo! --dijo el antiguo esclavo--, si tu corazón es intrépido, yo te

guiaré a Cartago.

--¿Cómo?

--Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.

Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;

--¡Lo juro, por Tanit!

--Mañana --repuso Espendio--, al ponerse el sol, me esperarás al pie

del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico

de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.

El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era

una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su

desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento,

lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos

superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y

cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de

la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi

un río en las cisternas de Megara.

A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de

arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado

que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.

Salambó · 第 4 / 23 段