alguna brecha para entrar. Una noche se echó al golfo y durante tres
horas nadó sin descansar. Llegó al final de los Mapales y quiso trepar
por el acantilado. Se ensangrentó las rodillas, se rompió las uñas y
luego cayó en el agua y se volvió.
Le exasperaba su impotencia. Tenía celos de esa Cartago que guardada
a Salambó, como de alguien que la hubiera poseído. A su enervamiento
sucedió una acción loca y continuada. Con las mejillas encendidas, los
ojos irritados y ronca la voz, se paseaba con paso rápido, a campo
traviesa; o bien, sentado en la ribera, frotaba con arena su espadón.
Tiraba flechas a los buitres. Su corazón se desbordaba en palabras
furiosas.
--Deja correr tu cólera como un carro que rueda --le decía Espendio--.
Grita, blasfema, destruye y mata. El dolor se aplaca con sangre, y, ya
que no puedes saciar tu amor, alimenta tu odio; este te sostendrá.
Matho volvió a tomar el mando de sus soldados. Les hacía maniobrar
implacablemente. Se le respetaba por su valor y, sobre todo, por su
fuerza. Además, inspiraba como un temor místico; se creía que de noche
hablaba con fantasmas. Los demás capitanes se animaron con su ejemplo,
y pronto el ejército se disciplinó. Los cartagineses oían desde sus
casas la música de las bocinas que dirigían las maniobras. Por fin, los
bárbaros se acercaron.
Para aplastarlos en el istmo se habrían necesitado dos ejércitos que
pudieran atacarlos a la vez por atrás y por delante, uno desembarcando
en el golfo de Útica y el segundo bajando por la montaña de las Aguas
Calientes. ¿Pero qué hacer con solo la Legión sagrada, fuerte, a lo
más, de seis mil hombres? Del lado de Oriente, los sitiadores podían
juntarse con los númidas e interceptar el camino de Cirene y el
comercio del desierto; si se replegaban al Occidente, se levantaría la
Numidia. Finalmente, la falta de víveres les haría devastar, tarde o
temprano, como la langosta, las campiñas vecinas. Los ricos temblaban
por sus hermosas granjas, por sus viñedos y sus cultivos.
Hannón propuso medidas atroces e impracticables, tal como prometer una
fuerte suma por cada cabeza de bárbaro, o que con barcos y con máquinas
se incendiara su campamento. Por el contrario, su colega Giscón quería
que se les pagara; pero a causa de su popularidad, los Ancianos le
detestaban, porque temían que el azar les diera un amo, y por temor a
la monarquía se esforzaban en atenuar lo que subsistía de ella o la
podía restablecer.
Fuera de las fortificaciones había gente de otra raza y de origen
desconocido: cazadores de puercoespines, comedores de moluscos y de
serpientes. Iban a las cavernas a coger hienas vivas, con las que se
divertían haciéndolas correr por la tarde por las arenas de Megara,
por entre las ringleras de sepulcros. Sus cabañas de barro y algas
estaban junto a los cantiles de la costa, como nidos de golondrinas.
Allí vivían sin Gobiernos y sin dioses, todos mezclados, completamente
desnudos; a un tiempo débiles y feroces, y desde muchos siglos
execrados por el pueblo a causa de sus inmundos alimentos. Una mañana
advirtieron los centinelas que todos se habían ido.
Por fin, los miembros del Gran Consejo tomaron una resolución.
Fueron al campamento sin collares ni cinturones y en sandalias, como
particulares. Andaban con paso tranquilo, saludando a los capitanes o
bien parándose a hablar con los soldados, asegurando que todo estaba
arreglado y que harían justicia a sus reclamaciones.
Muchos de estos consejeros visitaban por primera vez un campo de
mercenarios. En vez de la confusión que se imaginaban, admiraron en
todas partes un orden y un silencio espantosos. Un fortín de tierra
encerraba al ejército en una alta muralla, inquebrantable al choque de
las catapultas. El suelo de las calles estaba rociado con agua fresca;
por los agujeros de las tiendas se advertían pupilas salvajes que
brillaban en la sombra. Los haces de picas y las panoplias suspendidas
los deslumbraban como espejos. Se hablaba en voz baja; temían volcar
algo con sus largas togas.
Los soldados pidieron víveres, comprometiéndose a pagarlos con el
dinero que se les debía.
Se les envió bueyes, carneros, gallinas, frutas secas y altramuces, más
cohombros ahumados; esos excelentes cohombros que Cartago exportaba al
extranjero; pero giraban desdeñosamente alrededor de los magníficos
animales, y denigrando lo que deseaban, ofrecían por un carnero el
valor de un pichón, por tres cabras el precio de una granada. Los
comedores de cosas inmundas, haciendo de árbitros, les decían que los
engañaban. Entonces echaban mano a la espada y amenazaban con matar.
Los comisarios del Gran Consejo escribieron el número de años que
se debía a cada soldado; pero era imposible saber ahora cuántos
mercenarios se habían contratado, y los Ancianos se asustaron de
la suma exorbitante que habría que pagar. Sería menester vender la
reserva de silfio; los mercenarios se impacientarían. Túnez estaba
ya con ellos; y los ricos, aturdidos por los furores de Hannón y los
reproches de su colega, encargaron a los conciudadanos que si alguien
conocía a algún bárbaro fuera a verlo inmediatamente para ganárselo y
entretenerlo con buenas palabras. Esta confianza les calmaría.
Mercaderes, escribas, obreros del arsenal, familias enteras se
trasladaron al campamento bárbaro.
Los soldados dejaban entrar a los cartagineses, pero por un solo
paso, tan estrecho, que no cabían por él más que cuatro hombres en
fila. Espendio, de pie, junto a la barrera, les hacía registrar
cuidadosamente. Frente a él, Matho examinaba a la multitud, pensando
encontrar alguien que hubiese visto en casa de Salambó.
El campamento parecía una ciudad: tal era el gentío y la animación. Las
dos muchedumbres distintas se mezclaban sin confundirse; la una vestida
de tela o de lana, con gorros de fieltro parecidos a piñas; la otra
vestida de hierro y con cascos. Entre criados y vendedores ambulantes,
circulaban mujeres de todas las naciones; morenas como dátiles
maduros, verdosas como aceitunas, amarillas como naranjas, vendidas
por marineros, escogidas en los tabucos, robadas a las caravanas,
tomadas en el saqueo de las ciudades; hembras que cuando jóvenes se las
abrumaba de amor y cuando llegaban a viejas se las tundía a golpes, y
que morían en los viajes, al borde de los caminos, entre los bagajes,
con las acémilas abandonadas. Las mujeres númidas se balanceaban sobre
sus talones, vestidas de túnicas de pelo de dromedario, cuadradas y de
color rabioso; las músicas de la Cirenaica, envueltas en gasas violetas
y con las cejas pintadas, cantaban agachadas en las esteras; negras
viejas, de pechos colgantes, juntaban, para hacer fuego, estiércol de
animal que se secaba al sol; las siracusanas llevaban placas de oro en
la cabellera; las lusitanas, collares de conchas; las galas, pieles de
lobo; niños robustos, cubiertos de sabandijas, desnudos, incircuncisos,
daban a los transeúntes golpes en el vientre con su cabeza, o llegando
por detrás, como pequeños tigres, les mordían las manos.
Los cartagineses se paseaban por el campamento, sorprendidos de la
multitud de cosas que allí veían. Los más pobres estaban tristes, y los
otros disimulaban su inquietud.
Los soldados les golpeaban en el hombro, excitándolos a la alegría. No
bien veían un personaje, le invitaban a sus diversiones. Cuando jugaban
al disco, se alineaban para aplastarle los pies, y en el pugilato, al
primer envite, le rompían una mandíbula. Los honderos asustaban a los
cartagineses con sus hondas; los psilos, con sus víboras; los jinetes,
con sus caballos. Esta gente, de ocupaciones pacíficas, se esforzaba en
sonreír y bajar la cabeza a todos estos ultrajes. Algunos, mostrándose
valientes, hacían signos de que querían ser soldados. Se les daba
hachas para rajar madera y se les hacía almohazar los animales; se
les encerraba en una armadura y los hacían rodar como toneles por
las calles del campamento. Y cuando se disponían a marcharse, los
mercenarios se tiraban de los pelos con contorsiones grotescas.
Muchos de estos, por necedad o prejuicio, creían a todos los
cartagineses muy ricos, y los seguían suplicando que les dieran alguna
cosa. Pedían, sobre todo, lo que les parecía bonito: un anillo, un
cinturón, sandalias, la franja de una túnica, y cuando el cartaginés,
despojado, exclamaba «No tengo nada más. ¿Qué quieres?», ellos
contestaban: «Tu mujer.» Otros decían: «Tu vida.»
Fueron remitidas a los capitanes las cuentas militares, leídas a los
soldados y aprobadas definitivamente. Entonces reclamaron tiendas, y
se las dieron. Después los polemarcas de los griegos pidieron algunas
de las hermosas armaduras que se fabricaban en Cartago, y el Gran
Consejo votó un presupuesto para esta adquisición. Pero los jinetes
entendían que era justo que la República les indemnizara de sus
caballos: uno afirmaba haber perdido tres en tal sitio, otro cinco en
tal marcha, otro catorce en los precipicios. Se les ofreció garañones
de Hecatompila; pero ellos prefirieron dinero.
A continuación pidieron que se les pagara en plata, no en moneda de
cuero, todo el trigo que se les debía y al precio más alto que se
hubiera vendido durante la guerra, si bien exigían por una medida
de harina cuatrocientas veces más de lo que dieron por un saco. Tal
injusticia exasperó, pero hubo que pasar por ella.
Entonces los delegados de los soldados y los del Gran Consejo se
reconciliaron, jurando por el Genio de Cartago y por los dioses de los
bárbaros. Con demostraciones y verbosidad orientales, se dieron excusas
y se hicieron caricias. Luego, los soldados reclamaron, como una prueba
de amistad, el castigo de los traidores que les habían indispuesto con
la República.
Hízose como que no se les comprendía, y se explicaron más claramente,
pidiendo la cabeza de Amílcar.
Muchas veces al día salían de su campamento para pasearse al pie de las
murallas. Gritaban que se les diera la cabeza del Sufeta y extendían
los sayos para recibirla.
Hubiera cedido, sin duda, el Gran Consejo, a no ser por una última
exigencia, más injuriosa que las anteriores: pidieron en matrimonio
para sus jefes, vírgenes escogidas en las principales familias. Fue una
idea de Espendio, y muchos la encontraron sencilla y fácil de ejecutar.
Pero esta pretensión de querer mezclarse con la sangre púnica irritó
al pueblo: se les significó rotundamente que no les darían ninguna.
Entonces gritaron que se les había engañado y que si antes de tres días
no llegaba su paga, irían ellos mismos a tomarla en Cartago.
La mala fe de los mercenarios no era tan completa como pensaban sus
enemigos. Amílcar les había hecho promesas exorbitantes, vagas, es
verdad, pero solemnes y reiteradas. Pudieron creer al desembarcar
en Cartago que se les entregaría la ciudad y que se les repartirían
sus tesoros; y cuando vieron que apenas se les pagaba su soldada, la
desilusión hirió su orgullo tanto como su codicia.
Dionisio, Pirro, Agatocles y los generales de Alejandro, ¿no habían
dado el ejemplo de maravillosas fortunas? El ideal de Hércules, que los
cananeos confundían con el Sol, resplandecía en el horizonte de los
ejércitos. Se sabía que simples soldados habían llevado diademas, y el
ruido de los imperios que se desmoronaban hacía soñar a los galos en
su bosque de encinas, y al etíope, en sus arenales. Había siempre un
pueblo dispuesto a utilizar los valientes; y el ladrón arrojado de su
tribu, el parricida errante en los caminos, el sacrílego perseguido por
los dioses, todos los hambrientos, todos los desesperados procuraban
llegar al puerto donde el agente de Cartago reclutaba soldados. En
general, esta cumplía sus promesas; pero esta vez, el exceso de su
avaricia la había llevado a una infamia peligrosa. Los númidas, los
libios, el África entera iban a caer sobre Cartago. Solo el mar estaba
libre; pero aquí se hallaban los romanos; como un hombre asaltado por
asesinos, la República sentía la muerte rondar en torno de ella.
Convenía, pues, recurrir a Giscón; los bárbaros aceptaron su
intervención; una mañana vieron bajarse las cadenas del puerto y entrar
en el lago tres barcos planos, pasando por el canal de la Tania.
A proa del primero se veía a Giscón. Detrás de este, y a más altura
que un catafalco, se levantaba una caja enorme, con anillos parecidos
a coronas. Aparecía en seguida la legión de intérpretes, peinados
como esfinges y con un lorito tatuado en el pecho. Seguían amigos y
esclavos, todos sin armas, y tan numerosos que se tocaban los hombros.
Las tres barcazas, llenas hasta flor de agua, avanzaban entre las
aclamaciones de los soldados, que las estaban mirando.
Así que Giscón desembarcó, los soldados corrieron a su encuentro. Con
sacos hizo arreglar una especie de tribuna, y declaró que no se iría
sin haberles pagado íntegramente.
Estallaron aplausos, y por largo rato no pudo hablar.
Luego censuró las faltas de la República y las de los bárbaros, que
con sus violentos motines tenían asustada a Cartago. La mejor prueba
de las buenas intenciones de la ciudad era que le enviaban a él, el
constante adversario del Sufeta Hannón. No debían los mercenarios
suponer en el pueblo la tontería de querer irritar a los valientes, ni
la ingratitud de desconocer sus servicios. Giscón empezó a pagar por
los libios. Como estos habían declarado equivocadas las listas, no se
sirvió de ellas.
Iban desfilando todos por naciones y abriendo los dedos para significar
el número de años; se les marcaba sucesivamente en el brazo izquierdo
con pintura verde; unos escribientes introducían la mano en el cofre
abierto, y otros, con un estilete, agujereaban una lámina de plomo.
Pasó un hombre que andaba pesadamente, con la pesadez de un buey.
--Sube a mi lado --le dijo el Sufeta, sospechando algún fraude--.
¿Cuántos años has servido?
--Doce --respondió el libio.
Giscón le pasó los dedos por debajo de la mandíbula, porque el
barboquejo del casco producía a la larga callosidades. «Tener callos»
era tanto como acreditarse de veterano.
--¡Ladrón! --exclamó el Sufeta--, lo que te falta en la cara debes
tenerlo eh las espaldas.
Y rasgándole la túnica descubrió un dorso cubierto de llagas
sangrientas. Era un labrador de Hippo-Zarita. Le silbaron y fue
decapitado.
En cuanto se hizo de noche, Espendio fue a despertar a los libios, y
les dijo:
--Cuando los ligures, los griegos, los baleares y los hombres de
Italia sean pagados, se despedirán; pero vosotros quedaréis en África,
esparcidos en vuestras tribus y sin ninguna defensa. Entonces se
vengará la República. ¡Desconfiad del viaje! ¿Creéis en palabras? Los
dos Sufetas están de acuerdo. Acordaos de la Isla de los Huesos y de
Xantippo, al que enviaron a Esparta en una galera podrida...
--¿Qué haremos? --le preguntaban.
--¡Reflexionad! --contestaba Espendio.
Los dos días siguientes se invirtieron en pagar a la gente de Magdala,
de Leptís, de Hecatompila. Espendio visitó a los galos.
--Se paga a los libios; se pagará a los griegos, a los baleares, a los
asiáticos, a todos; pero a vosotros, como sois pocos, no se os dará
nada. No volveréis a ver vuestra patria. No tendréis barcos. Os matarán
para ahorrar la comida.
Los galos fueron a ver al Sufeta, y Autharita, aquel a quien Giscón
golpeara en el palacio de Amílcar, le interpeló. Fue rechazado por los
esclavos y desapareció, jurando vengarse.
Las reclamaciones, las quejas se multiplicaban. Los más obstinados
entraban en la tienda del Sufeta. Para enternecerle le tomaban las
manos, le hacían palpar sus bocas sin dientes, sus brazos flacos y las
cicatrices de sus heridas. Aquellos que no estaban pagados, y aun los
que lo habían sido, pedían otra paga por sus caballos; los vagabundos,
los desterrados, tomando las armas de los soldados, decían que se les
olvidaba. A cada minuto llegaban torbellinos de hombres; las tiendas
crujían, se plegaban; oprimida la multitud entre los fortines del
campamento oscilaba, con grandes gritos, desde las puertas hasta el
centro. Cuando el tumulto era muy fuerte, Giscón apoyaba un codo en su
cetro de marfil y, mirando al mar, permanecía inmóvil, con los dedos
hundidos en la barba.
Con frecuencia, Matho se apartaba para conversar con Espendio; luego
se ponía frente al Sufeta, y Giscón sentía perpetuamente sus pupilas
como dos dardos inflamados asestados hacia él. Desde la multitud se
le lanzaban muchas veces injurias; pero no las comprendía. El reparto
continuaba y el Sufeta vencía todos los obstáculos.
Los griegos quisieron armar camorra por la diferencia de las monedas;
Giscón les dio tales explicaciones que se retiraron conformes. Los
negros reclamaron esas conchas blancas usadas para el comercio en el
interior de África; les ofreció enviar por ellas a Cartago, y como los
demás, aceptaron moneda.
A los baleares se les había prometido algo mejor: mujeres. El Sufeta
les dijo que esperaba para todos ellos una caravana de vírgenes; el
camino era largo y aún faltaban seis lunas (o meses). Así que estas
doncellas estuvieran gordas, limpias y frotadas con benjuí, se las
enviaría embarcadas a los puertos de las Baleares.
De repente, Zarxas, hermoso y vigoroso ahora, saltó como un batelero
sobre las espaldas de sus amigos, y gritó:
--¿Has reservado algo para los muertos? --y señalaba la puerta de
Kamón, en Cartago, que a los rayos del sol poniente resplandecía con
sus placas de cobre, de arriba abajo.
A los bárbaros les pareció ver en ella un rastro sangriento. Cada vez
que Giscón quería hablar, ellos gritaban. Por fin bajó lentamente y se
encerró en su tienda.
Cuando al amanecer volvió a salir, no se movieron sus intérpretes,
que dormían al exterior, y a los que se veía de espaldas, fijos los
ojos, azulado el rostro y con la lengua fuera de la boca. Salían de sus
narices blancas mucosidades y tenían rígidos los miembros, como si les
hubiese helado el frío de la noche. Todos llevaban alrededor del cuello
una lazada de juncos.
Con esto, la rebelión tomó incremento. Esta matanza de baleares,
contada por Zarxas, confirmó las desconfianzas vertidas por Espendio.
Se persuadieron de que la República trataba de engañarlos. ¡Era forzoso
concluir! Dejarían los intérpretes a un lado. Zarxas, con una honda
ceñida en torno a la cabeza, cantaba himnos guerreros; Autharita
blandía su recia espada; Espendio hablaba a unos y entregaba a otros
puñales. Los más fuertes procuraban pagarse ellos mismos; los menos
iracundos pedían que continuara la distribución. Nadie abandonaba las
armas, y todas las iras se concentraban en Giscón, con odio tumultuoso.
Algunos se pusieron a su lado. Mientras vociferaban injurias, se les
escuchaba con paciencia; pero a la menor palabra en favor suyo, eran
apedreados, o por la espalda, de un sablazo, se les cortaba la cabeza.
El montón de sacos estaba más rojo que un altar.
Después de la comida, cuando habían bebido vino, se volvían terribles.
Era una alegría prohibida bajo pena de muerte en los ejércitos púnicos,
y por esto levantaban las copas mirando a Cartago, como burlándose
de su disciplina. Luego se volvían contra los esclavos que traían el
dinero, y seguía la matanza. La palabra _¡mata!_, aunque distinta en
cada idioma, era comprendida de todos.
Giscón sabía muy bien que la patria le abandonaba; pero, a pesar de
su ingratitud, no quería deshonrarla. Cuando le recordaron que se les
había prometido barcos, juró por Moloch proporcionárselos él mismo, a
sus expensas, y quitándose su collar de perlas azules, lo arrojó a la
multitud en señal de juramento.
Entonces los africanos reclamaron el trigo prometido por el Gran
Consejo. Giscón extendió las cuentas de los Sisitas, hechas con pintura
violeta sobre pieles de cordero, y leyó todo el que había entrado en
Cartago, mes por mes y día por día.
A menudo hacía una pausa, y abría los ojos, como si entre los números
leyera su sentencia de muerte.
En efecto, los Ancianos las habían fraudulentamente reducido, y el
trigo vendido en la época más calamitosa de la guerra estaba a una tasa
tan baja que, a menos de estar ciego, ninguno podía creerlo.
--¡Habla! --le dijeron--. ¡Más alto! ¡Ah! ¡Es que trata de engañarnos!
¡Desconfiemos del cobarde!
Giscón vaciló unos instantes, pero al fin continuó su tarea. Los
soldados, aun convencidos de que se les engañaba, dieron por buenas las
cuentas de los Sisitas; pero la abundancia que habían encontrado en
Cartago les inspiró unos celos furiosos. Rompieron la caja de sicomoro
y vieron que estaba vacía en sus tres cuartas partes. Habían visto
salir de ella tales sumas que la creían inagotable; Giscón, sin duda,
las había escondido en su tienda. Escalaron los sacos, guiados por
Matho, y como gritaran «¡El dinero, el dinero!», Giscón respondió al
fin: «Que os lo dé vuestro general.»
Los miraba sin pestañear, sin hablar, con sus grandes ojos amarillos y
su larga cara, más pálida que su barba. Una flecha, detenida por las
plumas, vibraba en el ancho anillo de oro que pendía de su oreja, y un
hilo de sangre corría de la tiara por su hombro.
A una señal de Matho adelantaron todos. Espendio, con un nudo
corredizo, ató por los puños a Giscón; otro le derribó, y el Sufeta
desapareció entre el desorden de la turba que se echaba sobre los sacos.
Saquearon su tienda y en ella encontraron las cosas más indispensables
para la vida; y buscando mejor, tres imágenes de Tanit, y en una piel
de mono, una piedra negra caída de la luna.
Muchos cartagineses habían querido acompañarle; eran personajes
partidarios de la guerra.
Los sacaron de sus tiendas y fueron precipitados en el foso de las
inmundicias. Con cadenas de hierro fueron atados por el vientre a
sólidas estacas, y dábanles el alimento en la punta de una azagaya.
Autharita, que les vigilaba, los abrumaba con invectivas; como ellos
no las entendían, nada contestaban. El galo se entretenía en tirarles
guijarros a la cara para hacerles gritar.
* * * * *
Una especie de inquietud se apoderó del ejército al siguiente día.
Ahora que la cólera estaba satisfecha, empezaban las inquietudes.
Matho sufría una vaga tristeza, pareciéndole que indirectamente había
ultrajado a Salambó, porque estos ricos eran como una prolongación de
su persona. Matho se sentaba de noche al borde de la fosa, y en los
gemidos de los prisioneros encontraba él algo de la voz de la que su
corazón estaba lleno.
Los libios eran los únicos pagados, y todos se lo echaban en cara.
Al mismo tiempo que se avivaban las antipatías nacionales con los
odios particulares, sentíase el peligro de desunirse, porque después
de tal atentado, las represalias habían de ser formidables. Había
que precaverse de la venganza de Cartago. Eran interminables los
conciliábulos, las arengas; hablaban todos y nadie era escuchado;
Espendio, locuaz de ordinario, se encogía de hombros ante todas las
proposiciones.
Una tarde preguntó a Matho si había fuentes en el interior de la ciudad.
--Ninguna --contestó Matho.
Al otro día, Espendio le llevó al ribazo del lago.
--¡Amo! --dijo el antiguo esclavo--, si tu corazón es intrépido, yo te
guiaré a Cartago.
--¿Cómo?
--Jura ejecutar todas mis órdenes y seguirme como una sombra.
Matho, levantando el brazo hacia el planeta de Chabar, dijo;
--¡Lo juro, por Tanit!
--Mañana --repuso Espendio--, al ponerse el sol, me esperarás al pie
del acueducto, entre el noveno y el décimo arco. Provéete de un pico
de hierro, de un casco sin cimera y de sandalias de cuero.
El acueducto a que aludía atravesaba oblicuamente todo el istmo y era
una obra enorme, agrandada más tarde por los romanos. No obstante su
desdén a otros pueblos, Cartago les había tomado ese nuevo invento,
lo mismo que hizo con la galera púnica; cinco hileras de arcos
superpuestos, de abultada arquitectura, con contrafuertes en la base y
cabezas de león en las cimas, extendiéndose por la parte occidental de
la Acrópolis, iban a hundirse debajo de la ciudad, para derramar casi
un río en las cisternas de Megara.
A la hora convenida, Espendio encontró a Matho. Ató una especie de
arpón al extremo de una cuerda, la remolineó como una honda, y fijado
que fue el hierro treparon uno tras otro por la pared.