incendiado algunas casas, se tiró por encima de las murallas el resto
de los cadáveres y agonizantes. Zarxas se había quedado oculto en los
cañaverales del lago; salió luego al campo, siguiendo el rastro del
ejército por las huellas del polvo. Por las mañanas se ocultaba en las
cavernas; de noche se ponía en marcha, con sus llagas sangrientas,
hambriento, enfermo, alimentándose de uvas o de lo que encontraba;
hasta que un día vio unas lanzas en el horizonte y las siguió
instintivamente, porque ya tenía turbado el juicio con tantos terrores
y miserias.
La indignación de los soldados, contenida mientras él habló, estalló
ahora como una tempestad; querían matar a los guardias y al Sufeta.
Algunos se interpusieron, diciendo que había que oírles y saber si
serían pagados. Entonces gritaron todos: «¡Nuestro dinero!» Hannón les
contestó que lo traía consigo.
Corrieron a las avanzadas y, empujados por los bárbaros, llegaron
los bagajes del Sufeta en medio de las tiendas. Sin esperar a los
esclavos, desataron los cestos y encontraron ropas de jacinto,
esponjas, raspadores, cepillos, perfumes y punzones de antimonio para
pintar los ojos; todo esto de propiedad de los guardias, hombres ricos
acostumbrados a estas delicadezas. En seguida se descubrió en un
camello una gran cuba de bronce, perteneciente al Sufeta, para bañarse
en el camino, porque había tomado toda suerte de precauciones, incluso
la de llevar en jaulas comadrejas de Hecatompila, a las que se quemaba
vivas para hacer la tisana. Como su enfermedad le aumentaba el apetito,
traía además gran cantidad de comestibles y de víveres, de salmuera,
de carnes y pescados con miel, en tiestecitos de Comagen y grasa de
oca fundida, cubierta de nieve y de paja picada. La provisión era
considerable. A medida que se iban destapando las cestas, aparecían más
víveres, y las risas aumentaban como olas que se entrechocan.
El sueldo de los mercenarios llenaba unos dos serones de esparto. En
uno de ellos se veían esos rodetes de cuero de que la República se
servía para ahorrar numerario; y como los bárbaros se extrañaran,
Hannón les declaró que las cuentas estaban tan enrevesadas que los
Ancianos no habían tenido tiempo de examinarlas. Entretanto, se les
enviaba esto.
Entonces lo volcaron todo; mulas, criados, litera, provisiones y
bagajes. Los soldados cogieron las monedas de los sacos para apedrear
a Hannón. A duras penas pudo este montar en un asno; huyó cogiéndose
de las crines, llorando, gimoteando y llamando sobre el ejército la
maldición de los dioses. Su largo collar de pedrería le saltaba hasta
las orejas. Sostenía con los dientes el manto demasiado largo que
llevaba, y de lejos, gritábanle los bárbaros: «¡Vete, cobarde, cerdo,
cloaca de Moloch; suda tu oro y tu peste! ¡Más aprisa, más aprisa!» La
escolta, en desorden, galopaba a sus lados.
Pero el furor de los bárbaros no se aplacó con esto. Se acordaron de
que muchos de ellos que fueron a Cartago, no habían vuelto; sin duda,
se les había asesinado. Tanta injusticia, les exasperó; arrancaron las
estacas de las tiendas, arrollaron sus mantos, embridaron los caballos:
cada cual tomó su casco y su espada, y en un instante estuvo todo
dispuesto. Los que no tenían armas, corrieron al bosque a cortar ramas.
Iba haciéndose de día, los moradores de Sicca se lanzaban a las calles.
«Van a Cartago», decían, y este rumor se extendió pronto por la comarca.
Surgían hombres de cada camino, de cada barranco. Hasta los pastores
bajaban corriendo de las montañas.
Cuando se marcharon los bárbaros, Espendio dio la vuelta a la llanada,
montado en un semental púnico y seguido de un esclavo que llevaba un
tercer caballo.
Quedaba en pie una sola tienda, Espendio entró en ella.
--¡Levántate, amo, levántate! ¡Nos vamos!
--¿Dónde? --preguntó Matho.
--A Cartago.
Matho saltó en el caballo que el esclavo tenía a la puerta.
III
SALAMBÓ
La luna se levantaba a ras de las olas, y brillaban en la ciudad,
cubierta de tinieblas, blancuras, puntos luminosos, como la lanza de
un carro en un patio, algún pingajo de tela colgado, la esquina de una
pared o el collar de oro en el pecho de un dios.
Las bolas de vidrio de los techos de los templos irradiaban aquí y
allá, como gruesos diamantes. Pero las informes ruinas, los montones
de tierra negra y las huertas formaban manchas más sombrías aún en la
obscuridad; abajo, en Malqua, se extendían las redes de los pescadores
de una casa a otra, como gigantescos murciélagos que desplegaran las
alas. Ya no se oía el rechinar de las ruedas hidráulicas que elevaban
el agua al último piso de los palacios; en medio de las terrazas
descansaban tranquilamente los camellos, acostados sobre el vientre,
al modo de los avestruces.
Los ostarios o porteros dormían en las calles, en el dintel de las
casas; la sombra de los colosos se alargaba en las desiertas plazas; a
lo lejos, la llama de algún sacrificio seguía ardiendo, y la humareda
se escapaba por las tejas de bronce; la pesada brisa traía, con los
perfumes de los aromas, los olores de la marina y el vaho de las
murallas calentadas por el sol.
Alrededor de Cartago resplandecían las ondas inmóviles, porque la luna
desparramaba su luz a un tiempo sobre el golfo ceñido de montañas y
sobre el lago de Túnez, donde los flamencos formaban largas líneas
rosadas en los bancos de arena; en tanto que más allá, bajo las
catacumbas, la gran laguna salada espejeaba como una lámina de plata.
La bóveda del cielo azul se hundía en el horizonte, por un lado, en
la polvareda de los llanos; por otro, en las brumas del mar; y sobre
la cima de la Acrópolis, los cipreses piramidales cercaban el templo
de Eschmún, balanceándose y murmurando como las olas que batían
lentamente, acompasadamente, a lo largo del muelle, por debajo de las
fortificaciones.
Salambó, sostenida por una esclava que llevaba en un plato de hierro
carbones encendidos, subió a la terraza de su palacio.
En medio de este recinto había un pequeño lecho de marfil, cubierto
de pieles de lince, con cojines de pluma de loro, animal fatídico
consagrado a los dioses; y en las cuatro esquinas se levantaban
altos pebeteros llenos de nardo, incienso, cinamomo y mirra. La
esclava encendió los perfumes. Salambó miró la estrella polar;
saludó lentamente los cuatro puntos cardinales, y se arrodilló en el
suelo, entre el polvo de azul sembrado de estrellas, a imitación del
firmamento. Pegados los brazos al cuerpo, con los antebrazos extendidos
y las manos abiertas, mirando a la luna, dijo:
--¡Oh, Rabbetna!... ¡Baalet!... ¡Tanit! --y su voz era quejumbrosa
como si llamara a alguien--. ¡Anaitís! ¡Astarté! ¡Derceto! ¡Astoreth!
¡Mylitha! ¡Athara! ¡Elissa! ¡Tiratha! Por los símbolos ocultos, por
los sistros resonantes, por los surcos de la tierra, por el eterno
silencio y por la eterna fecundidad, dominadora del mar tenebroso y de
las cerúleas playas. ¡Oh, Reina de las cosas húmedas! ¡Salud!
Balanceó el cuerpo dos o tres veces y luego hundió la frente en el
polvo, alargando los brazos.
Su esclava la levantó despacio, porque era menester, según los ritos,
que alguien viniera a alzar al suplicante de su actitud prosternada.
Era como asegurarle que los dioses quedaban agradecidos. La nodriza de
Salambó no olvidaba nunca este deber piadoso.
Unos mercaderes de la Getulia-Daritiana la trajeron de niña a Cartago,
y después de su libertad no quiso en manera alguna abandonar a sus
amos, como lo probaba su oreja derecha, perforada por ancho agujero.
Una saya de rayas multicolores le ceñía la cintura, bajando hasta los
tobillos, donde se entrechocaban dos círculos de estaño. La cara, algo
aplastada, era tan amarilla como su túnica. Agujas de plata, muy
largas, formaban como un sol alrededor de su cabeza. Llevaba en la
nariz un botón de coral, y se mantenía erguida como un Hermes y con los
ojos bajos cerca del lecho.
Salambó avanzó al borde de la terraza. Por un momento oteó el
horizonte, luego miró a la ciudad dormida, y un suspiro levantó sus
senos e hizo ondular de un lado a otro la larga toga blanca que colgaba
en torno de ella, sin broche ni cinturón. Sus sandalias de puntas
encorvadas desaparecían bajo un montón de esmeraldas, y sus cabellos en
desorden henchían una redecilla de hilo de púrpura.
A poco alzó la cabeza para contemplar la luna, y mezclando con sus
palabras fragmentos de himno, murmuró:
«¡Qué lentamente ruedas, sostenida por el éter impalpable! El aire
se limpia en torno tuyo y el movimiento de tu rotación distribuye
los vientos y los rocíos fecundos. Según tú crezcas o disminuyas,
se alargan o se achican los ojos de los gatos y las manchas de las
panteras. ¡Las esposas te invocan en los dolores del parto! ¡Tú hinchas
los mariscos, haces hervir los vinos, pudres los cadáveres, formas las
perlas en el fondo del mar!
»Y todos tus gérmenes, ¡oh, diosa!, fermentan en las obscuras
profundidades de la humedad.
»Cuando apareces, la quietud invade la tierra; las flores se cierran,
las olas se apaciguan, los hombres fatigados extienden el pecho hacia
ti, y el mundo, con sus océanos y montañas, se mira en tu cara como
en un espejo. ¡Eres blanca, suave, luminosa, inmaculada, auxiliadora,
purificante, serena!»
La luna, en cuarto creciente, aparecía entonces sobre la montaña de
las Aguas Calientes, en la hendidura de sus dos cimas, del otro lado
del golfo. Tenía debajo una pequeña estrella, y alrededor, un círculo
pálido. Salambó añadió:
«¡Qué terrible eres, señora!... Por ti nacen los monstruos, los
horribles fantasmas, los mentirosos sueños; tus ojos devoran las
piedras de los edificios y enferman los monos cada vez que tú te
rejuveneces.
»¿Adónde vas? ¿A qué cambias perpetuamente tu forma? Tan pronto,
pequeña y encarnada, surcas el espacio como una galera sin mástil;
o bien, en medio de las estrellas, pareces un pastor que guarda su
rebaño. Brillante y redonda, rozas la cumbre de los montes, como la
rueda de un carro.
»¡Oh, Tanit! No me amas, ¿no es verdad? ¡Te he mirado tanto! Pero no;
tú corres en el azul y yo permanezco en la tierra inmóvil.»
--¡Taanach, toma tu nebal y toca en tono bajo la cuerda de plata,
porque mi corazón está triste!
La esclava levantó una especie de arpa de ébano, más alta que ella, y
triangular como una delta, fijó la punta en un globo de cristal, y con
los dos brazos la tañó.
Los sones se sucedían, sordos y precipitados como zumbido de abejas, y
cada vez más sonoros volaban en la noche con la queja de las olas y el
estremecimiento de los grandes árboles en la cima de la Acrópolis.
--¡Cállate! --exclamó Salambó.
--¿Qué te pasa, ama? La brisa que sopla, la nube que corre, todo te
inquieta ahora y te agita.
--No lo sé.
--Te fatigas con plegarias demasiado largas.
--¡Oh, Taanach, yo quisiera disolverme como una flor en el vino!
--Quizás consista en el aroma de tus perfumes...
--No --dijo Salambó--: el espíritu de los dioses habita en los buenos
olores.
Entonces la esclava la habló de su padre. Se le creía de viaje al país
del ámbar, detrás de las columnas de Melkart.
--Pero no vuelve; te convendrá, sin embargo, escoger un esposo entre
los hijos de los Ancianos, y entonces tu fastidio se extinguirá en los
brazos de un hombre.
--¿Por qué? --preguntó Salambó.
Todos los que ella había visto le causaban horror con sus risas de
animal salvaje y sus miembros groseros.
--Algunas veces, Taanach, se exhala del fondo de mi ser como cálidos
alientos, más pesados que los vapores de un volcán; siento que me
llaman unas voces; un globo de fuego rueda y sube en mi pecho, me
ahoga, voy a morir; y luego, algo suave, que corre de mi frente a mis
pies, pasa por mi carne... Es una caricia que me envuelve, y yo me
siento aplastada como si un dios se extendiera sobre mí. ¡Oh, quisiera
perderme en la bruma de las noches, en el chorro de las fuentes, en la
savia de los árboles; salir de mi cuerpo, no ser más que un soplo, que
un rayo, y subir hacia ti, oh, Madre!
Alzó los brazos lo más alto posible, cimbreando el talle, pálida y
ligera como la luna, con su larga vestimenta. Luego volvió a echarse
en su lecho de marfil, jadeando. Taanach la pasó en torno al cuello un
collar de ámbar con dientes de delfín para ahuyentar los terrores, y
Salambó dijo con voz casi apagada:
--Tráeme a Schahabarim.
Su padre no había querido que ella entrara en el colegio de las
sacerdotisas, ni que la hicieran conocer nada de la Tanit popular. La
reservaba para alguna alianza favorable a su política. Salambó vivía
sola, porque su madre había muerto.
Había crecido en las abstinencias, los ayunos y las purificaciones,
rodeada siempre de cosas exquisitas, saturado el cuerpo de perfumes, el
alma llena de plegarias. Jamás había probado el vino, ni comido carne,
ni tocado un animal inmundo, ni puesto los pies en la casa de un muerto.
Ignoraba los simulacros obscenos, porque, aunque cada dios se
manifestaba en formas diferentes y cultos, a menudo contradictorios,
atestiguaban a la vez el mismo principio, y Salambó adoraba a la diosa
en su manifestación sideral. Había ejercido la luna una manifiesta
influencia sobre la virgen; cuando el astro iba menguando, Salambó se
debilitaba. Lánguida durante todo el día, se reanimaba por la noche.
En un eclipse, estuvo a punto de morir.
Pero la Rabbet, celosa, se vengaba de esta virginidad sustraída a sus
sacrificios y atormentaba a Salambó con obsesiones, tanto más fuertes
cuanto que eran avivadas por una fe sincera.
Sin cesar, la hija de Amílcar se inquietaba por Tanit. Había aprendido
sus aventuras, sus viajes y todos sus nombres, que repetía ella sin que
les diera significado distinto. A fin de penetrar en las profundidades
de su dogma, quería conocer en lo más secreto del templo el viejo ídolo
con el magnífico manto del que dependían los destinos de Cartago;
porque la idea de un dios no puede desprenderse de su representación;
y conocer su simulacro era tomar una parte de su virtud y, en cierto
modo, dominarle.
Salambó se volvió porque había oído las campanillas de oro que
Schahabarim llevaba en la fimbria de su vestidura.
Subió este las escaleras y se detuvo en el dintel de la terraza, con
los brazos cruzados.
Sus ojos hundidos brillaban como lámparas de un sepulcro; sobre su
largo cuerpo delgado flotaba la túnica de lino, que hacían pesada los
cascabeles que alternaban en sus talones con granos de esmeralda. Tenía
los miembros débiles, el cráneo oblicuo, la barbilla puntiaguda; su
piel estaba helada al tacto y su amarilla faz, surcada por profundas
arrugas, parecía contraída por un deseo o por una eterna tristeza.
Era el gran sacerdote de Tanit, que había educado a Salambó.
--Habla --dijo--. ¿Qué quieres?
--Yo esperaba... Me habías casi prometido...
Salambó se turbaba, pero en seguida repuso:
--¿Por qué me menosprecias? ¿He olvidado algo de los ritos? Tú eres mi
maestro; tú me has dicho que ninguna como yo conocía el culto de la
diosa; pero hay algo que no quieres decirme. ¿No es así, padre?
Schahabarim se acordó de las órdenes de Amílcar y respondió:
--No; nada tengo que enseñarte.
--Un genio me empuja a este amor. He subido las gradas de Eschmún, dios
de los planetas y de las inteligencias; he dormido bajo el olivo de
oro de Melkart, patrón de las colonias tirias; he empujado las puertas
de Baal-Kamón, iluminador y fertilizador; he sacrificado a los Kabiros
subterráneos, a los dioses de los bosques, de los vientos, de los
ríos y de las montañas; pero todos están muy lejos, muy altos y son
insensibles, ¿comprendes? Mientras que a Ella la siento mezclada con mi
vida; llena mi alma y me estremezco con angustias interiores como si
ella saltara para escaparse. Paréceme que voy a oír su voz, a ver su
rostro; me deslumbran sus rayos y luego caigo en las tinieblas.
Schahabarim callaba. Salambó le imploraba con la mirada. Por fin hizo
una señal para que se fuera la esclava, que no era de raza cananea.
Desapareció Taanach, y el gran sacerdote, alzando un brazo al aire,
dijo:
--Antes que nacieran los dioses, estaban solas las tinieblas y flotaba
un soplo, pesado e indistinto, como la conciencia de un hombre que
sueña. Este soplo se contrajo, creando el Deseo y la Nube; y del Deseo
y de la Nube salió la materia primitiva. Era un agua fangosa, negra,
helada, profunda. Encerraba monstruos insensibles, partes incoherentes
de formas que habían de nacer y que estaban pintadas en la pared de los
santuarios.
»Después, la Materia se condensó: se convirtió en un huevo que se
abrió. Una mitad formó la tierra, otra el firmamento. El sol, la
luna, los vientos, las nubes, aparecieron y al estallido del rayo se
despertaron los animales inteligentes. Entonces, Eschmún se extendió
en la estrellada esfera; Kamón irradió en el sol; Melkart, con su
brazo, le empujó detrás de Gades; los Kabirim bajaron a los volcanes,
y Rabbet, como una nodriza, se dobló sobre el mundo, vertiendo su luz,
como una leche, y su noche como un manto.
--¿Y después? --inquirió Salambó.
Le había contado el secreto de los orígenes para distraerla con más
altas perspectivas; pero el deseo de la virgen se avivó con aquellas
últimas palabras, y el gran sacerdote, cediendo a medias, añadió:
--Después inspiró y gobernó los amores de los hombres.
--¿Los amores de los hombres? --repitió Salambó, soñadora.
--Ella es el alma de Cartago; bien está en todas partes, habita aquí
bajo el velo sagrado.
--¡Oh, padre! --exclamó Salambó--, yo le veré, ¿no es verdad? Tú me
llevarás. Desde hace tiempo la curiosidad de verle me devora. ¡Piedad!
¡Socórreme! ¡Vamos!
Él la rechazó con gesto vehemente y lleno de orgullo.
--¡Jamás! ¿No sabes que produce la muerte? Los Baales hermafroditas no
se descubren más que a nosotros solos, hombres por el espíritu, mujeres
por la debilidad. Tu deseo es un sacrilegio; conténtate con la ciencia
que posees.
Cayó ella de rodillas, poniendo dos dedos en sus orejas, en señal de
arrepentimiento; gemía, anonadada por las palabras del sacerdote, llena
a la vez de enojo contra él, de terror y de humillación. Él la miraba
de arriba abajo, temblando a sus pies, más insensible que las piedras
de la terraza, sintiendo una especie de alegría viéndola sufrir por
su divinidad, que tampoco él podía conocer del todo. Ya los pájaros
cantaban; soplaba el viento frío, y unas nubecillas corrían en el cielo
pálido.
De pronto, el sacerdote vio en el horizonte, detrás de Túnez, como
ligeras nieblas que se arrastraban y obscurecían el sol; luego se
alzó una gran cortina de polvo gris, perpendicularmente extendida; y
en los torbellinos de esta masa numerosa se advirtieron cabezas de
dromedarios, lanzas y escudos. Era el ejército de los bárbaros que
venía sobre Cartago.
IV
BAJO LAS MURALLAS DE CARTAGO
Huyendo del ejército iban llegando a la ciudad los aldeanos montados
en asnos o corriendo a pie despavoridos y sin aliento. La soldadesca
había hecho en tres días la jornada de Sicca a Cartago, con propósito
de exterminarlo todo.
Se cerraron las puertas casi al tiempo que llegaban los bárbaros,
quienes hicieron alto en medio del istmo, a orillas del lago.
Por de pronto, no se manifestaron hostiles. Muchos se acercaban con
palmas en la mano; pero fueron rechazados a flechazos: ¡tal era el
terror que inspiraban!
Por la mañana y a la caída de la tarde, los merodeadores vagaban
algunas veces a lo largo de los muros. Sobresalía entre ellos un hombre
pequeño, envuelto cuidadosamente en su manto y con la cara tapada por
una visera muy baja. Pasaba horas enteras mirando el acueducto, con
tal persistencia, que sin duda quería engañar a los cartagineses acerca
de sus verdaderos designios. Le acompañaba otro hombre, especie de
gigante, con la cabeza destocada.
Cartago estaba defendida en toda la longitud del istmo; en primer
lugar, por un foso, luego por un glacis de césped, y en último término
por una muralla, de treinta codos de alto, con piedras de sillería y
doble piso. Tenía cuadras para trescientos elefantes, con almacenes
para sus caparazones, maniotas y alimentos; más otras cuadras para
cuatro mil caballos con las provisiones de cebada y los arneses; y
cuarteles para veinte mil soldados con las armaduras y todo el material
de guerra. Las torres se levantaban en el segundo piso, provistas de
almenas, y a la parte de afuera había escudos de bronce, colgados de
garitos.
Esta primera línea de murallas defendía en primer lugar a Malqua,
barrio de la gente de la marina y de los tintoreros. Veíanse los
mástiles en que se secaban las velas de púrpura; y sobre las últimas
azoteas los hornos de arcilla para cocer la salmuera.
Hacia atrás, la ciudad desplegaba en anfiteatro sus altas casas de
forma cúbica. Eran de piedra, o de tablas, de guijarros, de cañas,
de conchas y de barro apisonado. Los bosques de los templos formaban
como lagos de verdura en esta montaña de bloques diversamente
coloreados. Las plazas públicas estaban niveladas a distancias
desiguales; innumerables callejuelas se entrecruzaban, cortándolas en
sentido longitudinal. Se veían los recintos de tres viejos barrios,
ahora confundidos, destacándose como grandes escollos, en los que se
alargaban enormes lienzos, medio cubiertos de flores, ennegrecidos,
anchamente rayados por el arrojo de las inmundicias, pasando las calles
por sus amplias aberturas, como ríos bajo puentes.
La colina de la Acrópolis, en el centro de Byrsa, desaparecía bajo un
desorden de monumentos: templos de columnas en espiral, con capiteles
de bronce y cadenas de metal, conos de piedra con franjas de azur,
cúpulas de cobre, arquitrabes de mármol, contrafuertes babilónicos y
obeliscos en punta, como antorchas invertidas. Los peristilos llegaban
a los frontispicios; las volutas se desplegaban entre las columnatas;
las murallas de granito soportaban tejados de ladrillo; todo esto,
encima una cosa de otra, ocultándose a medias, de un modo maravilloso e
incomprensible. Se sentía la sucesión de las edades y como el recuerdo
de patrias olvidadas.
Detrás de la Acrópolis, en tierras rojizas, el camino de los Mapales,
cercado de tumbas, se alargaba en línea recta, desde la ribera a las
catacumbas; seguían luego anchas quintas entre jardines; y este tercer
barrio, Megara, la ciudad nueva, llegaba hasta los cantiles de la
costa, en la que se erguía un faro gigante que resplandecía todas las
noches.
Así se desplegaba Cartago ante los soldados acampados en la llanura.
De lejos divisaban los mercados, las esquinas de las calles, y
discutían sobre el emplazamiento de los templos. El de Kamón, enfrente
de los Sisitas, con tejas de oro; Melkart, a la izquierda de Eschmún,
tenía en su techumbre ramas de coral; más allá, Tanit redondeaba
entre palmeras su cúpula de cobre; el negro Moloch estaba debajo de
las cisternas del lado del faro. En el ángulo de los frontispicios,
encima de las murallas, en los rincones de las plazas, en todas partes,
se veían divinidades de cabeza horrible, colosales o ventrudas, con
vientres enormes o desmesuradamente aplanados, con las fauces abiertas,
separados los brazos y en las manos horcas, cadenas o jabalinas. El
azul del mar, destacándose en el fondo de las calles, parecía hacer a
estas, por un efecto de perspectiva, más escarpadas.
Un pueblo tumultuoso las llenaba de día y noche; los mancebos, agitando
campanillas, gritaban a la puerta de los baños; humeaban las tiendas
de bebidas calientes; el aire resonaba con la batahola de los yunques;
los gallos blancos, consagrados al sol, cantaban en los terrados;
mugían en los templos los bueyes destinados al sacrificio; corrían los
esclavos con canastillos en la cabeza; y en el atrio de los pórticos
aparecía alguno que otro sacerdote vestido con sombrío manto, desnudos
los pies, con el gorro puntiagudo.
Este espectáculo de Cartago irritaba a los bárbaros. La admiraban y la
execraban; querían a un tiempo destruirla y vivir en ella. Pero ¿qué
había en el puerto militar, defendido por una triple muralla? Detrás
de la ciudad, en el fondo de Megara, a mayor altura que la Acrópolis,
aparecía el palacio de Amílcar.
A cada instante, los ojos de Matho miraban a él. Se subía a los olivos
y se doblaba con la mano extendida sobre las cejas. Los jardines se
hallaban dentro y la puerta roja, de cruz negra, estaba siempre cerrada.