miembros, como un criminal. El enorme hocico le caía sobre el pecho,
y sus dos patas anteriores, que medio desaparecían tapadas por las
melenas, estaban tan separadas como alas abiertas de un pájaro.
Apuntábanse sus costillas, una a una, por debajo de la piel distendida;
sus patas traseras, clavadas una encima de otra, aparecían encorvadas;
la negra sangre, que manaba entre los pelos, formaba estalactitas bajo
la cola que colgaba recta a lo largo de la cruz. Los soldados rieron
el encuentro: llamaron al león cónsul y ciudadano de Roma y le tiraron
guijarros a los ojos para quitarle los mosquitos.
Cien pasos más adelante vieron otros dos y en seguida una larga fila de
cruces con leones clavados. Algunos llevaban muertos tanto tiempo, que
solo quedaban en los maderos los restos de los esqueletos; otros, medio
roídos, torcían las fauces con una horrible mueca; los había enormes,
que se balanceaban en vilo, en el árbol de la cruz, en tanto que sobre
sus cabezas revoloteaban bandas de cuervos, sin pararse nunca. Así
procedían los campesinos cartagineses cuando apresaban una fiera,
creyendo atemorizar a las demás con este ejemplo. Los soldados, dejando
de reír, quedaron asombrados. «Qué pueblo es este», pensaban, «que se
entretiene crucificando leones.»
Por lo demás, estaban los hombres, los del Norte, sobre todo, vagamente
inquietos, enfermos ya; se laceraban las manos con las puntas de
los áloes; nubes de mosquitos zumbaban en sus oídos y la disentería
empezaba a hacer estragos. Se aburrían de no llegar a Sicca. Temían
perderse y entrar en el desierto, la región de las arenas y de los
espantos. No querían seguir adelante y muchos tornaron al camino de
Cartago.
Al fin, en el séptimo día, después de haber seguido largo rato la
base de una montaña, esta torció bruscamente a la derecha y apareció
una línea de murallas sobre blancas rocas, confundiéndose con ellas.
No tardó en verse toda la ciudad; unos rasos blancos, azules y
amarillos se agitaban sobre las murallas en la rojiza tarde: eran las
sacerdotisas de Tanit que acudían a recibir a los hombres. Estaban
alineadas a lo largo del baluarte, tocando tamboriles, pulsando liras,
agitando crótalos; y los rayos del sol poniente, por las montañas de
Numidia, pasaban por entre las cuerdas de las arpas que recorrían
los brazos desnudos de las vírgenes. A intervalos, cesaba la música
y estallaba un grito estridente, precipitado, furioso, continuado;
especie de ladrido que las mujeres hacían azotando con la lengua los
dos ángulos de la boca. Otras se quedaban acodadas, con la barbilla en
la mano, más inmóviles que esfinges, asaetando con sus negros ojos al
ejército que iba subiendo.
Por más que Sicca era una ciudad sagrada, no podía contener tanta
multitud; solo el templo con sus dependencias ocupaba la mitad. Los
bárbaros se establecieron en la llanada; unos disciplinados como
tropas regulares, otros por naciones o según su capricho.
Los griegos plantaron en líneas paralelas sus tiendas de pieles;
los iberos dispusieron en círculo sus pabellones de tela; los galos
construyeron barracas de tablas; los libios cabañas con piedras; los
negros cavaron en la arena, con las uñas, fosos para dormir. Muchos, no
sabiendo dónde meterse, ambulaban entre los bagajes, y llegada la noche
se acostaban en tierra envueltos en sus mantos.
* * * * *
La llanura se extendía alrededor de ellos, bordeada de montañas. Aquí
y allá, una palmera se cimbreaba sobre una colina de arena; abetos y
encinas manchaban los flancos de los precipicios; la lluvia caía, como
una larga banda que la tempestad colgaba, del cielo, en tanto que en el
resto de la campiña el cielo seguía azul y sereno; después, un viento
tibio lanzaba torbellinos de polvo y un arroyo bajaba en cascadas de
las alturas de Sicca, en las que se levantaba, con su tejado de oro
sobre columnas de cobre, el templo de Venus cartaginesa, dominadora de
la comarca, a la que parecía infundir su alma. Por estas convulsiones
de la tierra, por estas alternativas de la temperatura y por esos
juegos de luz, la diosa manifestaba la extravagancia de la fuerza junto
con la belleza de su eterna sonrisa. Las cimas de las montañas tenían
unas la forma de una luna creciente; otras parecían pechos de mujer
mostrando sus senos hinchados. Los bárbaros sentían pasar sobre sus
fatigas un abatimiento lleno de delicias.
Espendio, con el dinero de su dromedario se había comprado un esclavo.
La mayor parte del día lo pasaba durmiendo tendido ante la tienda de
Matho. A menudo se despertaba creyendo, en su sueño, oír silbar las
correas; entonces, sonriéndose, se pasaba las manos por las cicatrices
de sus piernas en el sitio que habían lacerado los grilletes y luego se
dormía.
Matho aceptaba su compañía. Siempre que salía, Espendio le escoltaba
como un lictor, armado con un espadón; o bien Matho se apoyaba en su
espalda, porque Espendio era de baja estatura.
Una tarde que atravesaban juntos las calles del campamento, vieron unos
hombres cubiertos con mantos blancos, y entre ellos a Narr-Habas, el
príncipe de los númidas. Matho se estremeció.
--¡Dame tu espada! --exclamó--; ¡Quiero matarle!
--Todavía no --contestó Espendio, conteniéndole, porque ya Narr-Habas
venía a su encuentro.
Besó el númida sus dos pulgares en señal de alianza, acallando la
cólera que tuvo en la embriaguez del festín; luego habló extensamente
contra Cartago, pero sin decir lo que le había traído entre los
bárbaros.
¿Era para traicionarlos, o en bien de la República?, se preguntaba
Espendio; y como esperaba aprovecharse de todos los desórdenes, suponía
también a Narr-Habas capaz de todas las perfidias.
El jefe de los númidas se quedó con los mercenarios. Parecía querer
intimar con Matho. Enviaba a este cabras gordas, polvo de oro y plumas
de avestruz. El libio, desconcertado con estos halagos, no sabía si
corresponder a ellas o exasperarse. Espendio le apaciguaba y Matho
se dejaba gobernar por el esclavo, pues era un irresoluto, lleno de
invencible sopor, como aquel que ha bebido un brebaje que le ha de
ocasionar la muerte.
Una mañana que salieron los tres a caza de un león, Narr-Habas ocultó
un puñal en su manto. Espendio iba siempre detrás de él y volvieron sin
que el númida sacara el arma.
Otra vez Narr-Habas los llevó muy lejos, hasta los confines de su
reino. Llegaron a un desfiladero, y allí, sonriendo, declaró que había
perdido el rumbo; Espendio lo halló.
Lo más frecuente era que Matho, melancólico como un augur, saliera, no
bien aparecía el sol, a vagabundear por la campiña. Se echaba en la
arena y permanecía inmóvil hasta la noche.
Consultó, uno tras otro, a todos los adivinos del ejército; a los que
observan la marcha de las serpientes, a los que leen en las estrellas,
a los que soplan en la ceniza de los muertos. Tragó gálbano, seselí
y veneno de víbora que hiela el corazón; mujeres negras cantando,
a la luz de la luna, bárbaras canciones, le picaron la frente con
estiletes de oro; se cargaba de collares y de amuletos; invocaba, ora
a Baal-Kamón, ora a Moloch o a los siete Kabiros, a Tanit y a la Venus
de los griegos. Grabó un nombre en una placa de cobre y la hundió en la
arena, en el dintel de su tienda. Espendio le oía gemir y hablar solo.
Una noche entró.
Matho, desnudo como un cadáver, estaba acostado boca abajo sobre una
piel de león, con la cara entre las manos. Una lámpara suspendida
alumbraba sus armas, colgadas sobre su cabeza en el mástil de la tienda.
--¿Sufres? --le preguntó el esclavo--. ¿Qué necesitas? Dímelo.
Y le tocaba en la espalda, llamándole muchas veces:
--¡Amo! ¡Amo!
Al fin, Matho le miró con ojos turbados.
--¡Escucha! --dijo en voz baja, con un dedo en los labios--. ¡Es una
maldición de los dioses! ¡Me persigue la hija de Amílcar! Tengo miedo,
Espendio --y se apretaba contra su pecho como niño asustado por un
fantasma--. Háblame. ¡Quiero curarme! Lo he probado todo. ¿Sabes tú de
algún dios más fuerte o de alguna otra invocación irresistible?
--¿Para qué? --preguntó Espendio.
Respondió Matho, golpeándose la cabeza con ambos puños:
--¡Para librarme del hechizo!
Luego decía, hablándose a sí mismo y a largos intervalos:
--Soy, sin duda, la víctima de algún holocausto que ella habrá
prometido a los dioses... ¡Me tiene atado a una cadena invisible! Si
ando, ella delante; si me detengo, ella también. Sus ojos me queman;
oigo su voz. Ella me rodea, me penetra; creo que ha llegado a ser mi
alma.
»Y, sin embargo, hay entre nosotros dos como las olas invisibles de un
océano sin límites. Ella está lejana y es inaccesible. El esplendor de
su hermosura forma a su alrededor un nimbo de luz; a veces creo que no
la he visto jamás, que no existe... y que todo es un sueño...
Así lloraba Matho en las tinieblas. Los bárbaros dormían. Espendio,
mirando a Matho, se acordaba de los jóvenes que con vasos de oro en las
manos, le suplicaban antiguamente, cuando paseaba por las ciudades su
tropa de cortesanas. Le tuvo compasión y le dijo:
--¡Sé fuerte, amo! ¡Recurre a tu voluntad y no implores más a los
dioses, porque estos no se preocupan de los gritos de los hombres!
¡Lloras como un cobarde! ¿No te humilla que una mujer te haga sufrir
tanto?
--¿Acaso soy un niño? --contestó Matho--. ¿Crees que me enternezco por
la cara y por las canciones de las mujeres? Las he tenido en Drepanum,
y para barrer mis cuadras; las he poseído en medio de los asaltos y
cuando vibraba la catapulta... Pero esta, Espendio, esta...
El esclavo le interrumpió:
--Si no fuera la hija de Amílcar...
--No --repuso Matho--. Ella no se parece a las otras hijas de los
hombres. ¿Has visto tú sus grandes ojos bajo sus grandes cejas, como
soles bajo arcos de triunfo? Acuérdate; cuando apareció palidecieron
todas las antorchas. Entre los diamantes de su collar, resplandecía su
pecho desnudo; se sentía tras ella como el olor de un templo, y algo se
escapaba de todo su ser que era más suave que el vino y más terrible
que la muerte.
Quedó embebecido, baja la cabeza y con las pupilas fijas.
--¡Pero yo la quiero, la necesito! Me muero. Pensando que la estrecho
en mis brazos, me arrebata una alegría furiosa y, sin embargo, la odio.
Espendio, ¡quisiera maltratarla! ¿Qué hacer? Tengo deseos de venderme
para ser su esclavo. ¡Tú lo fuiste! ¡Tú podías verla! ¡Háblame de ella!
Todas las noches sube a la azotea de su palacio, ¿verdad? ¡Ah, las
piedras deben estremecerse bajo sus sandalias, y las estrellas asomarse
para verla!
Volvió a enfurecerse, bramando como un toro herido.
Luego, Matho cantó: «Él persiguió en el bosque el monstruo hembra, de
cola que ondulaba sobre las hojas muertas como un arroyo de plata.» Y
arrastrando la voz, imitaba el estilo de Salambó, y sus manos hacían
como que pulsaban las cuerdas de una lira.
A todos los consuelos de Espendio contestaba con los mismos discursos:
pasaba las noches entre gemidos y exhortaciones.
Quiso aturdirse con el vino, pero la embriaguez aumentaba su tristeza.
Probó distraerse jugando a la taba, y perdió una a una las placas de
oro de su collar. Se dejó llevar junto a las servidoras de la Diosa;
pero bajó la colina sollozando como quien vuelve de un funeral.
Espendio, por el contrario, se volvía más atrevido y alegre. Veíasele
en las cantinas de las enramadas, en medio de los soldados. Componía
las corazas viejas, jugaba con puñales e iba a coger hierbas del campo
para los enfermos. Era chistoso, sutil, lleno de inventiva y de verbo;
los bárbaros se iban acostumbrando a sus servicios, y él se hacía
querer de todos.
Se esperaba a un embajador de Cartago que había de traerles en mulas
canastillos llenos de oro, y haciendo cálculos, todos dibujaban con
los dedos números en la arena. Cada uno se trazaba por adelantado un
nuevo plan de vida: unos querían concubinas, esclavos, tierras; otros,
esconder su tesoro o arriesgarlo en empresas marítimas. Con esto,
los caracteres se agriaban; había continuas disputas entre jinetes e
infantes, bárbaros y griegos, y aturdía el oído la voz áspera de las
mujeres.
Todos los días llegaban tropeles de hombres casi desnudos, con
hierbas en la cabeza para resguardarse del sol; eran los deudores
de los cartagineses ricos, obligados a trabajar sus tierras y que
se declaraban en fuga. Afluían libios, campesinos arruinados por
los impuestos, desterrados y malhechores. Luego venían mercaderes,
vendedores de vino y de aceite, furiosos porque no se les pagaba y
vociferando contra la República. Espendio les hacía coro. Muy pronto
disminuyeron los víveres. Se hablaba de ir en masa sobre Cartago y de
llamar a los romanos.
* * * * *
Una noche, a la hora de cenar, se oyeron sonidos lentos y sordos que
se iban acercando, y a lo lejos se vio una cosa roja que aparecía y
desaparecía en las ondulaciones del terreno.
Era una gran litera de púrpura, con penachos de plumas de avestruz en
las cuatro esquinas. Encima de su toldo cerrado oscilaban sartas de
cristal con guirnaldas de perlas. Seguían en pos camellos que hacían
sonar unos cencerros colgados del pecho, y en torno suyo, jinetes con
armadura de escamas de oro que les cubrían desde los hombros hasta los
talones.
Detuviéronse a trescientos pasos del campamento, para sacar de la
valija que llevaban a la grupa su escudo redondo, su ancha espada y
su casco a la beocia. Unos quedaron con los camellos; otros siguieron
adelante. Pronto se advirtieron las enseñas de la República: unos
bastones de madera azul, terminados en cabezas de caballo o piñas de
pino. Todos los bárbaros se levantaron y aplaudieron. Las mujeres se
precipitaron a los guardias de la Legión, besándoles los pies.
Avanzaba la litera a hombros de doce negros, que andaban acompasados,
a paso corto, pero rápido. Iban de derecha a izquierda, al acaso,
embarazados con las cuerdas de las tiendas, por los animales sueltos y
por las trébedes donde se cocían los condumios. De vez en cuando, una
mano cargada de anillos entreabría la litera, y una voz ronca soltaba
palabras injuriosas; entonces, los porteadores se paraban, y luego
tomaban otro camino a través del campo.
Al fin se levantaron las cortinas de la litera y apareció sobre
un ancho almohadón una cabeza humana, impasible y abotargada. Las
cejas formaban como dos arcos de ébano que se unían por las puntas;
lentejuelas de oro brillaban en los crespos cabellos, y la cara era tan
descolorida, que parecía untada con raspadura de mármol. El resto del
cuerpo desaparecía bajo los vellones que llevaban la litera.
Los soldados reconocieron en este hombre así acostado, al Sufeta
Hannón, el mismo que había contribuido, con su lentitud, a hacer
perder la batalla de las islas Egates. En cuanto a su victoria de
Hecatompila sobre los libios, si se condujo con clemencia, fue por
codicia --pensaban los bárbaros--, porque vendió por su cuenta todos
los cautivos, declarando a la República que habían muerto.
Luego que encontró un sitio cómodo para arengar a los soldados, hizo
una señal; se paró la litera, y Hannón, sostenido por dos esclavos,
puso los pies en tierra, tambaleándose.
Llevaba botas de fieltro negro, sembradas de lunas de plata. Envolvían
sus piernas unas vendas, como de momia, viéndose la carne entre los
lienzos cruzados. Desbordaba su vientre en el sayo escarlata que le
cubría los muslos; los pliegues de su cuello le llegaban al pecho,
como papada de buey; su túnica, pintada de flores, parecía estallar
bajo los sobacos; llevaba banda, cinturón y amplio manto negro con
dobles mangas enlazadas. La profusión de vestidos, el gran collar de
piedras azules, los broches de oro y los pesados pendientes servían
solo para hacer más horrible su deformidad. Se le hubiera tomado por
un ídolo ventrudo tallado en un bloque de piedra; porque una lepra
pálida, extendida por todo su cuerpo, le daba la apariencia de una cosa
inerte. Con todo, su nariz, ganchuda como pico de buitre, se dilataba
con violencia, respirando el aire; y sus ojuelos, de cejas pegadas,
brillaban con brillo duro y metálico. Tenía en la mano una espátula de
áloe, para rascarse los pies.
Dos heraldos sonaron sus cuernos de plata, se apaciguó el tumulto y
Hannón empezó a hablar.
Empezó haciendo el elogio de los dioses y de la República; los bárbaros
debían felicitarse de haberla servido. Pero había que mostrarse más
razonables; los tiempos eran duros «y si un amo no tiene más que tres
olivos, ¿no es justo que guarde dos para él?»
De este modo, el viejo Sufeta entreveraba su discurso con apólogos y
proverbios, haciendo signos con la cabeza para solicitar aprobación.
Hablaba en púnico, y los que le rodeaban --los más alertas a tomar
las armas-- eran los campanios, los griegos y los galos, y ninguno de
ellos entendía nada. Comprendiéndolo así Hannón, dejó de hablar, y
balanceándose pesadamente, sobre una y otra pierna, reflexionó.
Se le ocurrió la idea de convocar a los capitanes. Los heraldos
gritaron esta orden en griego, lengua que desde Xantippo servía para el
mando en los ejércitos cartagineses.
Los guardias apartaron a latigazos la turba de soldados, y pronto
llegaron los capitanes de las falanges a la espartana y los jefes
de las cohortes, con las insignias de su grado y la armadura de su
nación. Se había hecho de noche y un gran rumor llenaba el campo;
brillaban hogueras aquí y acullá; se iba de un lado a otro, y todos se
preguntaban:
--¿Qué pasa? ¿Por qué el Sufeta no reparte el dinero?
Hannón exponía a los capitanes las infinitas cargas de la República. Su
tesoro estaba vacío; el tributo de los romanos la abrumaba:
--¡No sabemos qué hacer!... ¡Es lamentable!...
A ratos se frotaba los miembros con la espátula de áloe, o bien se
interrumpía para beber en una copa de plata que le alargaba un esclavo,
una tisana hecha con ceniza de comadreja y espárragos hervidos en
vinagre; luego se enjugaba los labios con una servilleta de escarlata,
y continuaba diciendo:
--Lo que valía un siclo de plata, vale hoy tres sekels de oro, y los
cultivos, abandonados durante la guerra, no producen nada. Nuestras
pesquerías de púrpura están casi perdidas; las perlas mismas resultan
exorbitantes; apenas si tenemos ungüentos bastantes para el servicio
de los dioses. En cuanto a cosas de comer, no quiero hablar: es una
calamidad. Faltos de galeras, carecemos de especias, y cuesta proveerse
de silfio, a causa de las rebeliones en la frontera de Cirene. La
Sicilia, de la que se sacaban tantos esclavos, nos está cerrada ahora.
Todavía ayer, por un bañero y cuatro pinches de cocina, he dado más
dinero que antes por dos elefantes.
Desarrolló un largo pedazo de papiro y leyó, sin pasarse un número,
todos los gastos hechos por la República para reparaciones de templos,
enlosado de calles, construcción de naves, para las pesquerías de
coral, para el engrandecimiento de los Sisitas y para los ingenios de
las minas en el país de los cántabros.
Pero los capitanes, así como los soldados, no entendían el púnico,
aunque los mercenarios se saludaban en este idioma. Se acostumbraba
poner en los ejércitos de los bárbaros algunos oficiales cartagineses
que sirvieran de intérpretes; después de la guerra, estos se habían
ocultado por miedo a las venganzas, y Hannón no pensó llevarlos
consigo. Su voz, además, era demasiado sorda y se la llevaba el viento.
Los griegos, apretados con su cinturón de hierro, aguzaban el oído,
esforzándose en adivinar sus palabras, en tanto que los montañeses,
cubiertos de pieles como osos, le miraban con desconfianza o
bostezaban, apoyados en sus mazas con clavos de cobre. Los galos,
distraídos, sacudían bromeando su alta cabellera, y los hombres del
desierto escuchaban inmóviles, encapuchados en sus vestimentas de lana
gris. Llegaban otros por detrás: los guardias, empujados por la turba,
vacilaban en sus monturas; los negros tenían en las manos teas de abeto
ardiendo, y el gordo cartaginés continuaba su arenga, subido en un
cerrillo de césped.
Ya los bárbaros se impacientaban; se oían murmullos y apóstrofes.
Hannón gesticulaba con su espátula; los que querían imponer silencio
gritaban más que los demás y aumentaban la confusión.
De pronto, un hombre de pobre apariencia saltó a los pies del Sufeta,
arrancó la trompeta a un heraldo, sopló en ella, y Espendio --pues era
él-- anunció que iba a decir algo importante. Ante esta declaración,
rápidamente hecha en cinco lenguas distintas, griega, latina, gala,
libia y balear, los capitanes, entre sorprendidos y regocijados,
contestaron:
--¡Habla, habla!
Dudó Espendio; tembló; al fin, dirigiéndose a los libios, que eran los
más, les dijo:
--¿Habéis oído las horribles amenazas de este hombre?
Hannón no rectificó, porque no entendía el libio, y continuando
Espendio, repitió la misma frase en los otros idiomas de los bárbaros.
Estos se miraron asombrados; todos, en seguida, como por tácito
acuerdo, creyendo quizás haber entendido, bajaron la cabeza en señal de
asentimiento.
Entonces Espendio dijo con voz robusta:
--Ha empezado diciendo que los dioses de los otros pueblos no eran
sino quimeras al lado de los dioses de Cartago; os ha llamado cobardes,
ladrones, mentirosos, perros e hijos de perras. Sin vosotros, la
República no se vería obligada a pagar el tributo a los romanos;
por vuestros excesos la habéis privado de perfumes, de aromas, de
esclavos y de silfio, porque vosotros os entendéis con los nómadas de
la frontera de Cirene. Pero los culpables serán castigados. Ha leído
la enumeración de sus suplicios: se les hará trabajar en el empedrado
de las calles, en el armamento de los bajeles, en el ornato de los
Sisitas; y a otros se les enviará a arañar la tierra en las minas del
país de los cántabros.
Lo mismo dijo a los galos, a los griegos, a los campanios y a los
baleares. Oyendo los mercenarios los mismos nombres que habían herido
sus oídos, se convencieron de que esto era lo que había dicho el
Sufeta. Algunos le gritaron: «¡Mientes!» Sus voces se perdieron en el
tumulto de los demás. Espendio añadió:
--¿No habéis visto que ha dejado fuera del campamento una reserva de
sus jinetes? A una señal acudirán a degollaros a todos.
Volviéronse los bárbaros hacia ese lado, y como entonces se separó la
turba, apareció en medio de ellos, avanzando con lentitud de fantasma,
un ser humano encorvado, flaco, enteramente desnudo y tapado hasta las
caderas por largos cabellos erizados de hojas secas, de polvo y de
espinas. Llevaba alrededor de los riñones y de las rodillas manojos
de paja, harapos de tela; su piel, blanda y terrosa, colgaba de sus
miembros descarnados como andrajos de las ramas secas; sus manos
temblaban con un estremecimiento continuo, y andaba apoyado en un
bastón de olivo.
Al llegar junto a los negros que llevaban las antorchas, una especie de
risa idiota descubrió sus pálidas encías, mientras con ojos asustados
contemplaba la multitud de bárbaros alrededor de él.
Pero lanzando un grito de horror, se echó detrás de ellos, escudándose
en sus cuerpos y balbuceando; «¡Aquí están! ¡Aquí están!» Señalando a
los guardias del Sufeta, inmóviles bajo sus lúcidas armaduras. Piafaban
los caballos, deslumbrados por el resplandor de las antorchas que
chispeaban en las tinieblas; el espectro humano se debatía ululando:
--¡Los han matado!
A estas palabras, dichas en balear, los baleares se acercaron y le
reconocieron. Él repitió:
--¡Sí, muertos todos! ¡Aplastados como uvas! ¡Los hermosos jóvenes, los
honderos, mis compañeros, los vuestros!
Se le hizo beber vino y él lloró. Luego se desahogó hablando.
Espendio no podía reprimir su alegría mientras explicaba a griegos
y libios las cosas horribles que contaba Zarxas, y que venían tan a
propósito. Palidecían los baleares oyendo cómo habían perecido sus
compatriotas.
Era una tropa de trescientos honderos, desembarcados en la víspera, y
que habiéndose dormido, cuando llegaron a la plaza de Kamón, como los
bárbaros habían partido ya, se encontraron indefensos por haber puesto
en los camellos sus balas de arcilla, con el resto de los bagajes. Se
les dejó entrar en la calle de Sateb, hasta la puerta de encina forrada
con placas de cobre, y el pueblo, impetuoso, se volvió contra ellos.
Los soldados recordaron ahora haber oído un gran grito, grito que
Espendio no oyó porque iba en la vanguardia.
Los cadáveres fueron puestos en los brazos de los dioses Pateque,
que rodeaban el templo de Kamón. Se les reprochó todos los crímenes
de los mercenarios: su glotonería, sus robos, sus impiedades, sus
desdenes y la matanza de los peces en el jardín de Salambó. Mutilaron
horriblemente sus cuerpos; los sacerdotes quemaron sus cabellos, a fin
de atormentar su alma; se les colgó en pedazos en las carnicerías;
a algunos les arrancaron los dientes y, para concluir, de noche se
encendieron hogueras en las esquinas.