Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta y de traducción han sido corregidos, a la

vista del original francés.

* La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Se han puesto tildes a las mayúsculas, se han espaciado las rayas,

salvo las iniciales de diálogo, y se ha completado el emparejamiento

de las comillas y de los signos de exclamación e interrogación.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

[Ilustración: SALAMBÓ]

[Ilustración:

LIBRERÍA y EDITORIAL

_RIVADENEYRA_

EDICIONES SELECTAS

COLECCIÓN DE OBRAS MAESTRAS

DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Dirigida por

_José Toral_

_TOMOS PUBLICADOS_

FRAY LUIS DE LEÓN: _Poesías completas_.

CERVANTES: _Poesías completas_.

G. FLAUBERT: _Salambó_.

_SEIS PESETAS EL VOLUMEN_

]

[Ilustración: GUSTAVO FLAUBERT.]

[Ilustración:

EDICIONES

SELECTAS

_Novelistas_

_GUSTAVO FLAUBERT_

· 1821-1880 ·

SALAMBÓ

_Traducción de_

_CIRO BAYO_

]

[Ilustración:

_LIBRERÍA

y

EDITORIAL

RIVADENEYRA_

_MADRID

Conde Peñalver,

núm. 8._

_La presente traducción

es propiedad de la Librería y Editorial

Rivadeneyra._

Sucesores de Rivadeneyra, SA

Paseo de S. Vicente, 20

MADRID

]

I

EL FESTÍN

La escena es en Megara, arrabal de Cartago, y en los jardines de

Amílcar.

Los soldados que este había capitaneado en Sicilia celebraban con un

gran banquete el aniversario de la batalla de Eryx. Ausente el jefe,

los numerosos soldados comían y bebían a sus anchas.

Los capitanes, calzados con coturnos de bronce, se habían situado en

el camino del centro, bajo un velo de púrpura con franjas de oro que

se extendía desde la pared de las cuadras hasta la primera azotea del

palacio. La soldadesca se desparramaba bajo los árboles, desde los que

se veían una porción de edificios de techo plano, lagares, graneros,

almacenes, panaderías y arsenales; un patio para los elefantes, fosos

para las bestias feroces y una prisión para los esclavos.

Las cocinas hallábanse rodeadas de higueras; un bosque de sicomoros

se extendía hasta unos manchones verdes, en los que las granadas

resplandecían entre los copos blancos de los algodoneros. Viñas

cargadas de racimos trepaban hasta el ramaje de los pinos; un campo de

rosas florecía bajo los plátanos; en el césped, de trecho en trecho, se

balanceaban las azucenas; una arena negra, mezclada con polvo de coral,

cubría los senderos, y en medio, la avenida de los cipreses formaba de

un extremo a otro como una doble columnata de obeliscos verdes.

El palacio, hecho de mármol númida, con vetas amarillas, elevaba en el

fondo, sobre anchos basamentos, sus cuatro pisos con azoteas. Con su

gran escalinata recta, de madera de ébano, adornada en los ángulos de

cada peldaño con la proa de una galera vencida; con sus rojas puertas

cuarteladas por una cruz negra; sus verjas de bronce, que a ras de

tierra le defendían de los escorpiones, y su enrejado de varillas

doradas, que cerraban las aberturas en lo alto, se ofrecía a los

soldados, con su feroz opulencia, tan solemne e impenetrable como el

rostro de Amílcar.

El Consejo había señalado la casa de Amílcar para este festín; los

convalecientes que moraban en el templo de Eschmún se habían puesto

en marcha al despuntar la aurora, ayudándose con sus muletas. A cada

instante llegaban otros comensales, afluyendo de todos los caminos,

como torrentes que se precipitan en un lago. Veíase correr entre los

árboles a los esclavos de las cocinas, azorados y medio desnudos; las

gacelas, balando, huían de los prados; el sol declinaba, y el perfume

de los limoneros hacía más pesadas aún las emanaciones de aquella

multitud sudorosa.

Hallábanse representadas allí todas las naciones: ligures, lusitanos,

baleares, negros y prófugos de Roma. Junto al pesado dialecto dórico,

resonaban las sílabas celtas, sonantes como los látigos de los carros

de guerra, y las terminaciones jónicas chocaban con las consonantes

del desierto, parecidas a gritos de chacales. Se reconocía al griego

por su talla menuda, al egipcio por sus altos hombros, al cántabro por

sus gruesas pantorrillas. Los carios balanceaban orgullosos las plumas

de su casco; los arqueros de Capadocia se habían pintado en el cuerpo,

con el zumo de hierbas, anchas flores, y algunos lidios, vestidos con

traje femenino, comían con zapatillas y luciendo en las orejas grandes

pendientes. Otros, que para más gala se habían pintado de bermellón,

parecían estatuas de coral.

Extendíanse a lo largo de los corredores; comían agrupados junto a las

mesas o bien echados sobre el vientre, cogían los pedazos de carne, y

se hartaban, apoyados en los codos, con la magnífica postura de los

leones cuando desgarran su presa. Los últimos en llegar, de pie junto

a los árboles, veían las mesas bajas que casi desaparecían bajo los

tapices de escarlata, y aguardaban su turno.

No bastando las cocinas de Amílcar, el Consejo había enviado esclavos,

vajilla y lechos; en medio del jardín lucían, como en un campo de

batalla cuando se queman los muertos, grandes hogueras en que se asaban

bueyes. Los panes, polvoreados de anís, alternaban con grandes quesos,

más pesados que discos; las cráteras de vino y los cántaros de agua

hallábanse colocados en canastillas filigranadas de oro y llenas de

flores. La alegría de comer y de beber sin tasa dilataba todos los

ojos, y aquí y acullá empezaban las canciones.

Se les sirvió primero aves con salsa verde, en platos de roja arcilla,

decorados con dibujos negros; luego, todas las especies de moluscos

que crían las costas púnicas; sopas de harina, de habas y de cebada y

caracoles con comino, en platos de ámbar amarillo.

En seguida se cubrieron las mesas con carnes: antílopes con sus

cuernos, pavos reales con sus plumas, carneros enteros cocidos con

vino dulce, piernas de camello y de búfalo, erizos en salsa de

azafrán, cigarras fritas y lirones confitados. En gamellas de madera

de Tamrapani flotaban, entre azafrán, grandes pedazos de grasa.

Todo cargado de salmuera, trufas y asafétida. Pirámides de frutas se

desmoronaban sobre pasteles de miel, sin que los cocineros hubieran

olvidado servir algunos de los perritos ventrudos y de lana rosada,

que se engordaban con caldo de aceitunas, manjares cartagineses de que

abominaban otros pueblos. La sorpresa de los nuevos manjares excitaba

la avidez de los estómagos. Los galos de largos cabellos recogidos

encima de la cabeza, se disputaban las sandías y los limones, que

comían con la corteza. Negros que nunca habían visto langosta de mar,

se laceraban el rostro con sus rojas antenas. Griegos afeitados, más

blancos que el mármol, tiraban detrás de sí las sobras de su plato,

en tanto que pastores de Brucio, vestidos con piel de lobo devoraban

silenciosamente su ración, sin apartar de ella los ojos.

Iba anocheciendo. Fue quitado el velario que sombreaba la avenida de

los cipreses y encendidas las antorchas.

Los vacilantes resplandores del petróleo, que ardía en vasos de

pórfido, asustaron a los monos encaramados en los cedros y consagrados

a la luna. Sus gritos alegraban a los soldados.

Llamas oblongas temblaban al reflejarse en las corazas de bronce y

arrancaban un haz de chispas en los platos, incrustados de piedras

preciosas.

Las cráteras, de bordes de espejos convexos, multiplicaban la imagen

agrandada de las cosas: los soldados se apretujaban en torno, mirándose

embobados y haciéndose muecas para reírse. Por encima de las mesas se

arrojaban los escabeles de marfil y las espátulas de oro. Trasegaban

los vinos griegos contenidos en odres, los de Campania encerrados en

ánforas, los de los cántabros, que se transportan en toneles, y los

vinos de azufaifo, de cinamomo y de loto. A causa del líquido vertido

el piso estaba resbaladizo. El humo de las viandas subía hasta el

follaje, mezclado al vapor de los alientos. Oíase a un mismo tiempo el

crujido de las mandíbulas, el ruido de las palabras, de las canciones,

de las copas, el estrépito de los vasos campanios rotos en mil pedazos

o bien el limpio sonido de las fuentes de plata.

A medida que aumentaba su embriaguez, los soldados se acordaban mejor

de la injusticia de Cartago. La República, agotada por la guerra, había

dejado que se acumularan en la ciudad todas las bandas de mercenarios.

Giscón, su general, había tenido la prudencia de irlos licenciando poco

a poco para facilitar el pago de los sueldos; el Consejo confiaba en

que acabarían por transigir con alguna rebaja; pero se veía ya en la

imposibilidad de pagarles.

Esta deuda se enlazaba en la opinión pública con los tres mil

doscientos talentos exigidos por Lutacio, y como Roma, los mercenarios

eran un enemigo para Cartago. Así lo entendían ellos, y por esto

estallaba su indignación en amenazas y revueltas. Acabaron por

solicitar permiso para reunirse a fin de celebrar una de sus victorias,

y el partido de la paz cedió, vengándose así de Amílcar, el propulsor

de la guerra. Esta había terminado, contra todos sus esfuerzos, si

bien temiendo por Cartago había entregado a Giscón el mando de los

mercenarios. Designar su palacio para recibirlos era atraer sobre

él algo del odio que los bárbaros despertaban. Además, el gasto era

exorbitante, y Amílcar lo sufragaría casi todo.

Orgullosos de haberse impuesto a la República, creían los mercenarios

que al fin iban a volver a sus hogares con el precio de su sangre

en la capucha de su manto; pero sus fatigas, vistas a través de su

embriaguez, les parecían prodigiosas y míseramente recompensadas. Se

enseñaban unos a otros sus heridas; se contaban sus combates, sus

viajes y las cazas de su país. Imitaban los gritos y hasta los saltos

de las fieras. Recordaron después a los inmundos reclutadores, y

hundían la cabeza en las ánforas, dándose a beber sin tregua, como

dromedarios sedientos. Un lusitano, de talla gigante, que llevaba un

hombre colgado de cada brazo, recorría las mesas, echando fuego por

las narices. Los lacedemonios, que no se habían quitado las corazas,

saltaban pesadamente. Algunos avanzaban como mujeres, haciendo gestos

obscenos; otros se desnudaban por completo para pelear al modo de los

gladiadores, y un grupo de griegos bailaba alrededor de un vaso en el

que estaban pintadas unas ninfas, al son de un escudo de cobre que

golpeaba un negro con un hueso de buey.

Súbitamente, oyeron un canto quejumbroso, un canto sonoro y apacible,

que subía y bajaba en los aires, como aleteo de un pájaro herido.

Era la voz de los esclavos en las ergástulas. Los soldados se

levantaron de un salto, para libertarlos, y desaparecieron, para volver

trayendo en medio de gritos una veintena de hombres de cara pálida.

Cubría su cabeza afeitada un bonetillo cónico, de fieltro negro;

calzaban todos sandalias de madera y hacían un ruido de hierro viejo,

como las carretas en marcha.

Llegaron a la avenida de los cipreses, donde se perdieron entre la

multitud que les interrogaba. Uno de ellos se había quedado de pie,

apartado de los demás. A través de los desgarrones de su túnica, se

veían sus espaldas surcadas por largas heridas. En actitud pensativa

miraba en torno suyo con desconfianza, y bajaba algo los párpados,

deslumbrado por las antorchas; pero advirtiendo que ninguno de los

soldados le molestaba, dio un profundo suspiro; balbuceó, se sorbió las

lágrimas que bañaban su rostro; luego, tomando por las asas un cántaro

lleno, lo levantó en el aire con sus brazos cargados de cadenas, y

mirando al cielo, sosteniendo siempre la vasija, exclamó:

--¡Salud, ante todo, a ti, Baal-Eschmún, libertador, llamado Esculapio

por la gente de mi nación! ¡Y a vosotros, genios de las fuentes, de la

luz y de los bosques! ¡Y a vosotros, dioses ocultos bajo las montañas

y en las cavernas de la tierra! ¡Y a vosotros, hombres fuertes, de

relucientes armaduras, que me habéis libertado!

Y dejando caer la vasija contó su historia. Le llamaban Espendio. Los

cartagineses le habían hecho prisionero en la batalla de los Egineses.

Como hablaba griego, ligur y púnico, pudo una vez más dar las gracias

a todos los mercenarios; les besaba las manos, y acabó felicitándoles

por el banquete, aunque muy asombrado de no ver en él las copas de

la Legión sagrada. Estas copas, que llevaban una vid de esmeralda

en cada una de sus seis facetas de oro, pertenecían exclusivamente

a una milicia formada de jóvenes patricios, escogidos entre los de

más estatura. Constituían las copas un privilegio, casi un honor

sacerdotal, y por eso mismo, los mercenarios las codiciaban entre todos

los tesoros de la República. Detestaban a la Legión por las copas, y se

había dado el caso de arriesgar la vida por el inconcebible placer de

beber en ellas.

Así, pues, mandaron traer esas copas, que estaban depositadas en

poder de los Sisitas, compañías de comerciantes que comían reunidos.

Volvieron los esclavos sin ellas, porque a tal hora dormían todos los

Sisitas.

--¡Que los despierten! --gritaron los mercenarios.

Después del segundo recado, supieron que los Sisitas se hallaban

encerrados en su templo.

--¡Que lo abran! --replicaron.

Y cuando los esclavos, temblando, confesaron que las copas estaban en

poder del general Giscón, gritaron:

--¡Que las entregue!

Pronto apareció Giscón en el fondo del jardín, con una escolta de la

Legión sagrada. Su amplio manto negro, sujeto a la cabeza por una mitra

de oro constelada de piedras preciosas, y que colgaba cubriendo el

caballo hasta los cascos, se confundía de lejos con las sombras de la

noche. No se veía más que su barba blanca, el brillo de su tocado y su

triple collar de anchas placas azules que le golpeaban el pecho.

Al verle los soldados, saludáronle con una gran aclamación, gritando

todos:

--¡Las copas! ¡Las copas!

Giscón empezó por declarar que las merecían, atendiendo a su valor. Con

esto la turba aulló de alegría y aplaudió.

Nadie mejor que él podía decirlo, porque los había capitaneado y había

venido con la última cohorte en la última galera.

--¡Es verdad! ¡Es verdad! --respondían todos.

--Sin embargo --siguió diciendo Giscón--, la República ha respetado

vuestras divisiones por pueblos, vuestras costumbres, vuestros cultos;

sois libres en Cartago. En cuanto a los vasos de la Legión sagrada, son

de propiedad particular.

De pronto, al lado de Espendio, un galo se lanzó, por encima de las

mesas y fue derecho a Giscón, al que amenazó esgrimiendo dos espadas.

El general, sin dejar de hablar, le dio en la cabeza con su bastón

de marfil, y el bárbaro cayó. Los galos aullaban y transmitían su

furor a los demás legionarios. Giscón se encogió de hombros; mas

palideció. Pensó que su valor personal sería inútil contra aquellos

salvajes exasperados. Valdría más dejar su venganza para más tarde,

valiéndose de algún ardid; hizo, pues, una señal a sus soldados y

fuese lentamente. Al llegar a la puerta se volvió a los mercenarios,

gritándoles que se arrepentirían.

Siguió el festín. Pero Giscón podía volver, y cercando el arrabal,

que lindaba con las últimas fortificaciones, aplastarlos contra las

paredes. Entonces se sintieron solos, a pesar de ser muchedumbre; la

gran ciudad que dormía a sus pies, en la sombra, les dio miedo, de

pronto, con sus graderías, sus altas casas negras y sus dioses, más

feroces aún que su pueblo. A lo lejos brillaban algunos fanales en el

puerto y las luces del templo de Kamón. Se acordaron de Amílcar. ¿Dónde

estaba? ¿Por qué les abandonaba, hecha la paz? Sus disensiones con el

Consejo serían sin duda un pretexto para perderlos. Su odio cayó entero

sobre él y le maldecían, exasperándose unos a otros con su cólera. En

este momento se formó un grupo bajo los plátanos. Era para ver a un

negro que se retorcía golpeando el suelo con sus miembros, inmóviles

las pupilas, torcido el cuello y espumeantes los labios. Alguien gritó

que estaba envenenado, y todos creyeron estarlo también. Cayeron

sobre los esclavos. Se levantó un clamoreo espantoso, y un vértigo

de destrucción se apoderó del ejército ebrio. Daban golpes al acaso,

destrozaban, mataban; algunos tiraban las antorchas en la enramada;

otros, inclinándose en la balaustrada de los leones los mataban; a

flechazos; los más atrevidos corrieron a los elefantes, queriendo

abatirles la trompa y comer el marfil.

Sin embargo, los honderos baleares, que para saquear más cómodamente,

habían doblado el ángulo del palacio, se vieron detenidos por una alta

barrera hecha con cañas de las Indias. Cortaron con sus puñales las

correas del cerrojo y se encontraron debajo de la fachada que miraba a

Cartago, en otro jardín lleno de plantíos artísticamente recortados.

Continuadas líneas de blancas flores describían en la tierra azulada

largas parábolas, como regueros de estrellas. Los obscuros matorrales

exhalaban olores cálidos y suaves. Había troncos de árboles bañados

de cinabrio, que parecían columnas sangrantes. En el centro, doce

pedestales de cobre sostenían grandes bolas de vidrio; rojizas luces

fulguraban en aquellos globos huecos, como enormes pupilas palpitantes.

Los soldados se alumbraron con antorchas, tambaleándose en los declives

del terreno, profundamente labrado.

Divisaron de pronto un pequeño lago, dividido en muchos estanques por

paredes de piedras azules. El agua era tan limpia, tan clara, que las

llamas de las antorchas penetraban hasta el fondo, formado por guijas

blancas y polvos de oro. Empezó a hervir el agua, y grandes peces de

brillantes escamas subieron a la superficie.

Riéndose mucho, los soldados los cogieron por las agallas y los

llevaron a las mesas.

Eran los peces de la familia Barca. Todos descendían de esos rapes

primordiales que habían puesto el místico huevo en el que se ocultaba

la Diosa. La idea de cometer un sacrilegio avivó la glotonería de los

mercenarios; pusieron vasos de cobre sobre el fuego y se divirtieron en

ver cómo los hermosos peces se debatían en el agua hirviente.

Los soldados habían perdido ya el miedo y volvían a beber. Los perfumes

que les caían de la frente mojaban a grandes gotas sus túnicas hechas

jirones, y de codos en las mesas, que les parecía oscilaban como

navíos, paseaban alrededor sus ojos de borracho, para devorar con la

vista lo que no estaba al alcance de su mano. Había quien, andando

entre los platos sobre los manteles de púrpura, rompían a puntapiés

los escabeles de marfil y las ampollas tirias de cristal. Mezclábanse

las canciones al estertor de los esclavos agonizantes entre las copas

rotas. Pedían más vino, comida, oro. Gritaban queriendo mujeres. Se

deliraba en cien lenguas distintas. Algunos se creían en los baños,

a causa del vapor que flotaba en torno de ellos, o bien, mirando al

follaje, imaginaban estar de caza y corrían a sus camaradas como a

bestias salvajes. El incendio se propagaba de un árbol a otro, y los

altos macizos de verdura, de los que se escapaban largas espirales

blancas, parecían volcanes que empezaran a humear. Redoblaba el

clamoreo; los leones heridos rugían en la obscuridad.

De repente se iluminó la azotea más alta del palacio; abriose la puerta

del centro y apareció en el umbral una mujer vestida de negro: la hija

de Amílcar. Bajó la primera escalera que bordeaba oblicuamente el

primer piso, luego el segundo y el tercero, y detúvose en la última

terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil y con la

cabeza baja, contempló a los soldados.

Detrás de ella y a cada lado estaban dos largas filas de hombres

pálidos, vestidos de blancas túnicas con franjas rojas que caían rectas

sobre sus pies. No tenían barba, ni cabello, ni cejas. En sus manos,

deslumbrantes de anillos, llevaban enormes liras, y todos cantaban

con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes

eunucos del templo de Tanit, a los que Salambó llamaba con frecuencia a

su casa.

Al fin, la joven bajó la escalera de las galeras, siguiéndola los

sacerdotes. Avanzó por la avenida de los cipreses y anduvo lentamente

por entre las mesas de los capitanes, que se apartaban al verla pasar.

Su cabellera, empolvada de arena violeta y apilada en forma de torre,

a la usanza de las vírgenes cananeas, le hacía parecer más alta de

lo que era. Trenzas de perlas pegadas a sus sienes bajaban basta las

comisuras de la boca, rosada como una granada entreabierta. Llevaba

sobre el pecho un collar de piedras luminosas que imitaban, por sus

variados colores, las escamas de una lamprea. Sus brazos, adornados

con diamantes, salían desnudos de una túnica sin mangas, constelada

de rojas flores, sobre un fondo negro. Anudada a los tobillos llevaba

una cadeneta de oro para regular el paso, y su gran manto de púrpura

sombría, cortado de un paño desconocido, arrastraba colgante,

describiendo a cada paso como una amplia onda que la seguía.

A ratos, los sacerdotes pulsaban las liras de acordes casi ahogados, y

en los intervalos se oía el pequeño ruido de la cadeneta de oro con el

chasquido acompasado de las sandalias de papiro.

Nadie la conocía. Únicamente se sabía que vivía retirada en prácticas

piadosas. Los soldados la habían visto de noche, en lo alto del

palacio, arrodillada ante las estrellas, entre torbellinos de pebeteros

encendidos. Era la luna la que la había vuelto tan pálida, y algo de

los dioses la envolvía como un vapor sutil. Las pupilas parecían mirar

a lo lejos, más allá de los espacios terrestres. Andaba con la cabeza

inclinada, y en la derecha mano llevaba una pequeña lira de ébano.

La oyeron murmurar:

--«¡Muertos, muertos todos! Ya no vendréis más, obedientes a mi voz,

como cuando sentada al borde del lago, os echaba en la boca pepitas de

sandía. El misterio de Tanit rodaba en el fondo de vuestros ojos, más

límpidos que manantiales. Y llamaba a los peces por sus nombres, que

eran los de los meses --Siv, Siyan, Tamuz, Elul, Tischri, Schebar--.

¡Ah! ¡Piedad para mí, Diosa!»

Los soldados, sin comprender lo que ella decía, se apiñaban a su

alrededor. Se asombraban de su tocado; pero ella paseaba sobre todos

una larga mirada asustada, y luego, hundiendo la cabeza entre los

hombros, separando los brazos, les preguntaba muchas veces:

--¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho? ¿No teníais, para hartaros,

pan, carnes, aceite, toda la flor de los graneros? ¡Yo había hecho

traer bueyes de Hecatompila y enviado cazadores al desierto!

Subía el tono de su voz, sus mejillas se coloreaban, y añadió:

--¿Dónde estáis? ¿En una ciudad conquistada o en el palacio de un amo?

¡Y qué amo! ¡El sufeta Amílcar, padre mío, servidor de los Baales!

Vuestras armas, rojas con la sangre de sus esclavos, son las que él ha

apresado a Lutacio. ¿Sabéis de alguien en vuestras tierras que sepa

dirigir mejor las batallas? Mirad. ¡Los peldaños de nuestro palacio

están obstruidos por nuestros trofeos! ¡Seguid incendiándolo todo! Me

llevaré conmigo el Genio de mi casa, mi serpiente negra, que duerme

allá arriba, sobre hojas de loto. Silbaré y ella me seguirá; y, si

embarco en mi galera, correrá sobre la estela de la nave, entre la

espuma de las olas.

Palpitaban sus finas narices; aplastaba las uñas contra la pedrería de

su pecho. Sus ojos languidecían, y añadió:

--¡Ah, pobre Cartago! ¡Lamentable ciudad! No tienes para defenderte los

hombres fuertes de antes, que iban más allá de los mares a levantar

templos en las playas. Todos los países trabajaban en torno tuyo, y las

llanuras del mar, aradas por tus remos, balanceaban tus cosechas.

La joven empezó a cantar las aventuras de Melkart, dios de los Sidonios

y padre de su familia.

Narraba la ascensión a las montañas de Ersifonia, el viaje a Tarteso y

la guerra contra Masisabal para vengar a la reina de las serpientes.

--Él perseguía en el bosque al monstruo hembra, cuya cola ondulaba

sobre las hojas muertas como un arroyo de plata; él llegó a una pradera

en que las mujeres de grupa de dragón estaban alrededor de una gran

hoguera, enhiestas en la punta de su cola. La luna de color de sangre

resplandecía en un halo pálido, y sus lenguas de escarlata, hendidas

como arpones de pescadores, se alargaban encorvándose hasta el borde de

la llama.

Sin interrupción, Salambó fue contando cómo Melkart, después de haber

vencido a Masisabal, puso en la proa de su nave la cabeza cortada de

este:

--A cada oleada, la cabeza se hundía en las espumas; pero el sol la

embalsamaba, haciéndola más dura que el oro; los ojos no cesaban de

llorar y las lágrimas caían continuamente en el agua.

Cantaba Salambó todo esto en un antiguo idioma cananeo, que no

entendían los bárbaros, los cuales se preguntaban qué es lo que ella

diría con los gestos espantosos que subrayaban sus palabras. Subidos

alrededor de ella, sobre las mesas, sobre los escabeles y en las ramas

de los sicomoros, con la boca abierta y alargando el pescuezo, trataban

de retener estas vagas historias que oscilaban ante su imaginación, a

través de la obscuridad de las teogonías, como fantasmas en las nubes.

Únicamente los sacerdotes sin barba comprendían a Salambó. Temblaban

sus manos rugosas, en tanto que pulsaban las liras, a las que de vez en

cuando arrancaban un lúgubre acorde; más débiles que viejas mujeres,

temblaban a un tiempo, de emoción mística y del miedo que les causaban

los hombres. Los bárbaros no se cuidaban de ellos: solo atendían a la

virgen cantora.

Pero nadie la miraba como un joven capitán númida, que estaba en

la mesa de los jefes, entre los soldados de su nación. Su cintura

estaba tan erizada de dardos que ahuecaban su amplio manto, anudado

a las sienes por un lazo de cuero, y que flotante sobre sus hombros

ensombrecía su rostro, del que no se veían más que las llamas de sus

dos ojos fijos. Se encontraba por casualidad en el festín. Por orden

de su padre vivía con los Barcas, según la costumbre de los reyes, que

enviaban sus hijos a las grandes familias, a fin de preparar futuras

alianzas; pero hacía seis meses que Narr-Habas vivía allí, y aún no

conocía a Salambó. Sentado sobre los talones y con la barba tocando las

astas de sus jabalinas, la contemplaba, inflamadas las ventanas de la

nariz, como leopardo agazapado en los bambúes.

Al otro lado de las mesas hallábase un libio de colosal estatura y de

cabellos cortos y rizados. Vestía únicamente un sayo militar, cuyos

adornos metálicos rasgaban la púrpura del escabel. Entre el vello de

su pecho brillaba un collar con una luna de plata. Manchaban su rostro

salpicaduras de sangre; apoyado en el codo izquierdo y con la bocaza

abierta, sonreía a la cantora.

Dejando Salambó el ritmo sagrado, empleó simultáneamente todos los

idiomas de los bárbaros, a fin de enternecerlos con aquella delicadeza

de mujer. Hablaba en griego a los griegos; luego se dirigía a los

ligures, a los campanios, a los negros, y todos, al escucharla,

hallaban en su voz la dulcedumbre de sus patrias. Impulsada por los

recuerdos de Cartago, cantaba ahora las antiguas batallas contra Roma;

y ellos aplaudían. Se entusiasmaba al resplandor de las desnudas

espadas; gritaba con los brazos abiertos. Calló su lira y enmudeció, y

apretándose el corazón con las dos manos, quedó por algunos momentos

con las pupilas cerradas, saboreando la agitación de todos aquellos

hombres.

El libio Matho estaba junto a ella. Involuntariamente, la joven se

acercó a él, e impulsada por el conocimiento de su orgullo, le echó

en una copa de oro un gran chorro de vino, para reconciliarse con el

ejército.

--¡Bebe! --dijo Salambó.

Tomó él la copa, y ya la acercaba a los labios cuando un galo, el mismo

que Giscón hirió, le golpeó la espalda, se acercó a él con aire jovial,

bromeando en la lengua de su país. Espendio, que allí estaba, se

ofreció a traducir las palabras.

--Habla --le dijo Matho.

--¡Los dioses te protegen! Llegarás a rico. ¿Cuándo es la boda?

--¿Qué bodas?

--Las tuyas; porque entre nosotros --explicó el galo--, cuando una

mujer da de beber a un soldado, es que le brinda con el tálamo.

No había acabado de decir esto, cuando Narr-Habas dio un salto, y

sacando un dardo de la cintura y apoyándose con el pie derecho en el

borde de la mesa, lo lanzó contra Matho.

Silbó el dardo entre las copas y, atravesando el brazo del libio, lo

clavó en el mantel con tal fuerza, que la empuñadura temblaba en el

aire.

Matho se la arrancó aprisa; pero no tenía armas: estaba desnudo.

Al fin, levantando con ambos brazos la cargada mesa, se la tiró a

Narr-Habas en medio de la turba que se precipitaba a separarlos. Hasta

tal punto se apretaban númidas y soldados, que no podían desenvainar

las espadas. Matho avanzaba abriéndose paso con la cabeza. Cuando

se irguió, Narr-Habas había desaparecido. Le buscó con los ojos, y

entonces vio que Salambó también se había ido.

Volvió entonces su mirada al palacio; vio en lo alto que la puerta roja

de la cruz negra se cerraba, y se precipitó hacia ella.

Viéronle todos correr entre las proas de las galeras; aparecer luego a

lo largo de las tres escaleras, hasta la puerta roja, que empujó de un

empellón. Jadeante, se apoyó en la pared para no caer.

Un hombre le había seguido, y en medio de la obscuridad, porque las

luces del festín, que daban vueltas, estaban tapadas por el ángulo del

palacio. Matho reconoció a Espendio.

--¡Vete! --le dijo.

El esclavo, sin responder, desgarró con los dientes su túnica;

arrodillándose luego ante Matho, le tomó el brazo delicadamente,

palpándoselo para dar con la herida.

A la luz de un rayo de luna que rompió entre las nubes, Espendio vio

en medio del brazo una enorme herida. La cubrió con un ancho vendaje;

pero el otro, irritado, decía:

--¡Déjame! ¡Déjame!

--¡Oh, no! --dijo el esclavo--. ¡Tú me has librado de la ergástula: te

pertenezco! ¡Eres mi amo! ¡Manda!

Matho, rozando las paredes, dio la vuelta a la terraza, aguzando

el oído a cada paso, y hundiendo la mirada por entre las cañas

doradas, registraba las silenciosas habitaciones. Por fin, se detuvo,

desesperado.

--Óyeme --le dijo el esclavo--, no me desprecies por mi debilidad; he

vivido en este palacio y puedo, como una víbora, introducirme por las

paredes. Ven; hay en la Cámara de los Antepasados un lingote de oro

debajo de cada losa; un camino subterráneo conduce a sus tumbas.

--¡Bah! ¿Qué me importa? --repuso Matho.

Espendio se calló.

Estaban en la azotea. Una sombra enorme se extendía ante ellos;

los manchones de la sombra parecían enormes olas de un negro mar

petrificado.

En este instante se advirtió una franja luminosa por el lado del

Oriente. A la izquierda y muy en lo hondo, los canales de Megara

empezaban a rayar con sus blancas sinuosidades la verdura de los

jardines. Los techos cónicos de los templos heptágonos, las escaleras,

las terrazas, los baluartes, íbanse perfilando en la claridad del

alba; y en torno de la península cartaginesa oscilaba un cinturón de

blanca espuma, en tanto que el mar, color de esmeralda, parecía como

cuajado con el frescor de la mañana. A medida que el rosado cielo

iba ensanchándose, se agigantaban las altas casas inclinadas en las

vertientes del terreno, y se apiñaban como rebaño de cabras negras

que bajaran de la montaña. Las calles desiertas parecían alargarse;

las palmeras, que se destacaban saliendo aquí y acullá sobre las

paredes, estaban quietas; las cisternas, repletas de agua, simulaban

escudos de plata perdidos en los patios; empezaba a palidecer el faro

del promontorio Hermeo. En lo alto de la Acrópolis, en el bosque de

cipreses, los caballos de Eschmún, al surgir la luz, ponían los cascos

sobre el parapeto de mármol y relinchaban del lado del sol.

Surgió el astro, y Espendio, alzando los brazos, dio un grito.

Todo se agitaba en un espacio rojizo, porque como si el Dios se

desgarrara, lanzaba a rayos sobre Cartago la lluvia de oro de sus

venas. Brillaban los espolones de las galeras, el techo de Kamón

parecía irradiado de llamas, y se veían luces en el fondo de los

templos, cuyas puertas empezaban a abrirse. Grandes carretas llegadas

de la campiña rechinaban en las losas de las calles; los dromedarios,

cargados de bagajes, bajaban las rampas. Los cambistas ponían en las

encrucijadas las muestras de sus tiendas. Volaban las cigüeñas y

palpitaban las blancas velas. Oíase en el bosque de Tanit el tamboril

de las cortesanas sagradas, y en la punta de Mapales empezaban a humear

los hornos en que se cocían los ataúdes de arcilla.

Espendio se asomó a la terraza; rechinábanle los dientes, y repitió:

--¡Ah, sí..., sí, amo! Comprendo por qué desdeñas ahora el saqueo de la

casa.

Pareció que Matho volvía en sí al eco de estas palabras; pero no que

las entendiera. Espendio continuó:

--¡Ah, cuántas riquezas! ¡Los hombres que las guardan ni hierro tienen

para defenderlas!

Y señalándole con la diestra algunos plebeyos que bordeaban el muelle

por la arena, para buscar lentejuelas de oro:

--Mira --añadió--, la República es como esos miserables: encorvada al

borde de los mares, hunde en todas las playas sus ávidos brazos, y el

ruido de las olas llena de tal modo su oído que no percibe tras ella la

pisada de un amo.

Llevó a Matho al otro extremo de la terraza, y mostrándole el jardín,

en el que resplandecían las espadas de los soldados, colgadas de los

árboles:

--Aquí hay hombres fuertes, exasperados por el odio. ¡Nada les liga a

Cartago: ni sus familias, ni sus juramentos, ni sus dioses!

Matho seguía apoyado en la pared; acercándose Espendio, siguió

diciéndole en voz baja:

--¿Me entiendes, soldado? Los dos nos pasearemos cubiertos de púrpura,

como sátrapas. Nos lavarán con perfumes; yo tendré esclavos, a mi

vez. ¿No estás cansado de dormir en el duro suelo, de beber vinagre

de los campos y oír siempre la trompeta? Que ya descansarás, ¿no es

verdad? Será cuando te arranquen la coraza para arrojar tu cadáver a

los buitres; o quizás cuando, apoyándote en un bastón, ciego, cojo y

débil, vayas de puerta en puerta contando las hazañas de tu juventud a

los niños y a las vendedoras de salmuera. Acuérdate de las injusticias

de tus jefes, de los campamentos en la nieve, de las carreras al sol,

de las tiranías de la disciplina y de la eterna amenaza de la cruz.

Después de tantas miserias, te han dado un collar de honor, así

como se cuelga del pecho de los asnos una collera de cascabeles para

aturdirlos en su marcha y que no sientan la fatiga. ¡Un hombre como tú,

más valiente que Pirro! ¡Ah, si tú quisieras! ¡Ah, qué feliz serías en

las grandes salas frescas, al son de las liras, acostado sobre flores,

con bufones y con mujeres! ¡No me digas que la empresa es imposible!

¿Acaso los mercenarios no han poseído Regio y otras plazas fuertes de

Italia? ¿Quién te lo impide? Amílcar está ausente; el pueblo odia a los

ricos; Giscón no puede hacer nada con los cobardes que le rodean. ¡En

cambio, tú eres valiente; todos te obedecerán! ¡Mándalos! ¡Cartago es

nuestro!: ¡lancémonos!

--No --dijo Matho--; la maldición de Moloch pesa sobre mí. La he

sentido en sus ojos, y acabo de ver en un templo un carnero negro que

reculaba.

Y añadió, mirando en torno suyo:

--¿Dónde está ella?

Comprendió Espendio la inmensa inquietud que le obsesionaba, y no se

atrevió a hablarle más.

Detrás de ellos, los árboles seguían humeando; de sus ennegrecidas

ramas caían de tiempo en tiempo esqueletos de monos medio quemados, en

medio de los platos. Ebrios los soldados, roncaban con la boca abierta

al lado de los cadáveres, y los que no dormían, bajaban la cabeza,

deslumbrados por el día. El suelo desaparecía bajo charcos rojos. Los

elefantes balanceaban entre las estacas de un parque las sangrientas

trompas. En los graneros abiertos se veían sacos de harina esparcidos,

y bajo la puerta, una línea espesa de carretas amontonadas por los

bárbaros. Los pavos reales subidos en los cedros hacían la rueda y

empezaban a gritar.

Sin embargo, la inmovilidad de Matho extrañaba a Espendio. Estaba

más pálido que antes; fijas las pupilas, parecía seguir algo en el

horizonte, apoyando los codos en el pretil de la azotea. Se asomó

Espendio, y acabó por descubrir lo que él contemplaba. Un punto de

oro brillaba a lo lejos, entre el polvo, en el camino de Útica; era

el cubo de un carro de dos mulas. Un esclavo, a la cabeza del timón,

las llevaba de las riendas. En el carro iban dos mujeres sentadas. Las

crines de los animales formaban bucles entre las orejas, a la usanza

persa, bajo una red de perlas azules.

Las conoció Espendio y contuvo un grito.

Por detrás del carro flotaba al viento un gran toldo.

II

EN SICCA

Dos días después, los mercenarios salieron de Cartago.

Se les dio a cada uno una moneda de oro, a condición de que fueran a

acampar en Sicca; se les había halagado, además, con toda clase de

lisonjas.

--Sois los salvadores de Cartago; pero permaneciendo en ella la

reduciríais al hambre y la ruina. La República os pagará más tarde

esta condescendencia. Inmediatamente vamos a levantar impuestos; se

completará vuestra soldada y se equiparán galeras que os lleven a

vuestros países.

No había nada que contestar a tales promesas. Aquellos hombres

acostumbrados a la guerra, se aburrían en la paz de una ciudad; no

costó trabajo convencerlos, y el pueblo subió a las murallas para

verlos partir.

Desfilaron por la calle de Kamón y la puerta de Cirta, todos mezclados

en montón: arqueros con hoplitas, capitanes con soldados, lusitanos

con griegos. Marchaban a paso largo, haciendo sonar en las losas sus

pesados coturnos. Sus armaduras estaban abolladas por las catapultas,

y ennegrecidas sus manos por el polvo de las batallas. Broncos gritos

salían de las espesas barbas; sus aceradas cotas, desgarradas,

entrechocaban con los pomos de las espadas, y por los agujeros del

cobre, se veían los miembros desnudos, espantosos como máquinas de

guerra. Los montantes, las hachas, los venablos, los gorros de fieltro

y los cascos de bronce oscilaban a la vez, con un mismo movimiento.

Llenaban la calle hasta el punto de parecer que iban a estallar las

murallas; esta interminable masa de soldados armados se deslizaba entre

altas casas de seis pisos, cubiertas de betún. Detrás de sus rejas de

hierro o de cañas, las mujeres, tapadas con un velo, veían pasar en

silencio a los bárbaros.

Las azoteas, las fortificaciones, las murallas, desaparecían bajo la

multitud de cartagineses, vestidos de negro, que las llenaban. Las

túnicas de los marineros parecían manchas de sangre entre aquella

sombría muchedumbre; los niños, casi desnudos, de piel brillante, con

brazaletes de cobre, gesticulaban en el follaje de las columnas o en

las ramas de las palmeras. Algunos ancianos ocupaban las plataformas

de las torres, y de trecho en trecho, un personaje de luenga barba, en

actitud soñadora, parecía de lejos, en el fondo del cielo, un fantasma,

tan inmóvil como las piedras.

Todos se sentían oprimidos por la misma inquietud: se temía que los

bárbaros, considerándose fuertes, tuvieran el capricho de permanecer

en la ciudad. Pero se iban con tanta confianza, que los cartagineses

se animaron y se mezclaron con los soldados. Se les abrumaba con

juramentos y apretones de mano. Había quien les incitaba a que no

abandonaran la ciudad, por ardid de política y audacia de hipocresía.

Se les echaba perfumes, flores y monedas de plata. Se les daba

amuletos contra las enfermedades; pero no sin haber escupido antes tres

veces encima de ellos, para atraer la muerte, o encerrado tres pelos de

chacal, que vuelven al corazón cobarde. Se invocaba a grito herido el

favor de Melkart, y, en voz baja, su maldición.

Vino luego la impedimenta de bagajes, de acémilas y de rezagados. Los

enfermos gemían sobre dromedarios; otros se apoyaban, renqueando, en

el asta de una pica. Los borrachos cargaban con odres; los voraces,

con cuartos de carne, pasteles, frutas, manteca envuelta en hojas de

higuera y nieve en sacos de tela. Los había con quitasoles en la mano

y loros en los hombros. Hacíanse seguir de dogos, gacelas o panteras.

Las mujeres de raza libia, montadas en asnos, increpaban a las negras

que abandonaban por los soldados los lupanares de Malqua; muchas daban

de mamar a criaturas colgadas del pecho con una correa de cuero. Las

mulas, aguijoneadas con la punta de las espadas, hundían el lomo bajo

el peso de las tiendas; y había innumerables criados y portadores de

agua, macilentos, amarillos por las fiebres y llenos de sabandijas,

escoria de la plebe cartaginesa que seguía a los bárbaros.

Así que todos salieron se cerraron las puertas, sin que el pueblo

dejara las murallas. El ejército se derramó en seguida por la anchura

del istmo.

La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse,

parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una

densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar

a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el

horizonte sus almenas vacías.

Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus

compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier

templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.

Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en

campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos:

--Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa.

El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey.

Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había

acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos

observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían

lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos.

Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas,

y la gente de la población vino a hablar con los soldados.

Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del

lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban

en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se

celebraba con aquellas luminarias.

Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las

granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del

camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban

largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de

las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento

caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas.

Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en

destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos.

Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban

estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente

torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los

barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los

arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio.

Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la

sabiduría.

Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y

dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar.

Al mediodía siguiente se hizo alto a orillas de un río, entre matas de

adelfas. Aquí se apresuraron a dejar lanzas, escudos y cinturones. Se

lavaban a gritos, llenaban sus cascos de agua y otros bebían de bruces,

entremezclados con las acémilas, a las que se les caía la carga.

Espendio, sentado en un dromedario robado al parque de Amílcar, vio de

lejos a Matho, que con el brazo junto al pecho, desnuda la cabeza y la

mirada baja, dejaba beber a su mula viendo correr el agua. El esclavo

se abrió paso a través de la turba, llamándole:

--¡Amo! ¡Amo!

Apenas si Matho le dio las gracias. Sin preocuparse por ello, Espendio

siguió andando detrás de él, y de vez en cuando volvía los ojos

inquietos hacia donde estaba Cartago.

Era hijo de un retórico griego y de una prostituta campania. Al

principio se había enriquecido vendiendo mujeres; luego, arruinado por

un naufragio, había hecho la guerra a los romanos con los pastores del

Samnio. Le cogieron prisionero y se escapó; le volvieron a apresar y

entonces trabajó en las canteras, se quemó en las estufas, gritó en los

suplicios, conoció muchos amos y todo género de miserias. Un día, al

fin, desesperado, se lanzó al mar desde lo alto de la trirreme en que

bogaba. Marineros de Amílcar recogiéronle moribundo y le encerraron en

la ergástula de Megara. Pero como los tránsfugas debían ser devueltos

a los romanos, aprovechó el desorden del festín para huir con los

soldados.

Durante toda la marcha estuvo cerca de Matho; le llevaba comida, le

ayudaba a apearse y de noche le extendía su tapiz bajo la tienda. Matho

acabó por conmoverse con estas atenciones, y poco a poco fue haciéndose

comunicativo: contó al esclavo su historia.

Había nacido en el golfo de las Sirtes. Su padre le llevó en

peregrinación al templo de Ammón. Cazó después elefantes en los bosques

de los Garamantes. En seguida se alistó al servicio de Cartago. Le

nombraron tetrarca en la toma de Drepanum. La República le debía

cuatro caballos, veintitrés _medimnas_ de trigo y la soldada de un

invierno. Temía a los dioses y deseaba morir en su patria.

Espendio le habló de sus viajes, de los pueblos y templos que había

visitado, y de muchas cosas que él sabía, como fabricar sandalias,

venablos y sedas, domesticar animales feroces y cocer venenos.

A veces, interrumpiéndose, brotaba del fondo de su garganta un grito

ronco; la mula de Matho apretaba la marcha; las demás se apresuraban

a seguirla; luego, Espendio volvía a empezar, agitado siempre por su

angustia. Esta se calmó en la noche del cuarto día.

Iban juntos, a la derecha del ejército, por el flanco de una colina.

Abajo se prolongaba la llanada, perdida en los vapores de la noche.

Las líneas de soldados que desfilaban por abajo producían ondulaciones

en la sombra. A veces pasaban por las eminencias de terreno alumbradas

por la luna; entonces temblaba una estrella en la punta de las picas,

espejeaban por un instante los cascos; desaparecía todo y otros seguían

haciendo lo mismo. En lontananza, balaban los rebaños despertados, y

algo, de una infinita dulcedumbre, parecía cernerse sobre la tierra.

Espendio, doblada la cabeza y con los ojos entornados, aspiraba a

bocanadas el aire fresco; separaba los brazos y movía los dedos para

sentir mejor esta caricia que le corría por el cuerpo. Se ilusionaba

con nuevas esperanzas de venganza. Se tapó la boca con la mano para

contener sus suspiros y, como abstraído, soltaba el cabestro de su

dromedario, que andaba a paso acompasado. Matho había vuelto a su

tristeza; sus piernas colgaban hasta el suelo, y las hierbas, al

restregarse en sus coturnos, producían un chirrido continuado.

Sin embargo, el camino se alargaba sin acabarse nunca. Al extremo de

una llanada, se llegaba siempre a una planicie redonda; luego se bajaba

a un valle y las montañas que fingían cerrar el horizonte parecían

deslizarse conforme iban acercándose a ellas. A trechos surgía un río

entre tamariscos, para perderse al volver una colina. A veces se erguía

una enorme roca, a manera de proa de una nave o de pedestal de un

coloso derribado.

Encontrábanse, a intervalos regulares, pequeños templos cuadrangulares,

que servían de estaciones a los peregrinos que iban a Sicca. Estaban

cerrados como tumbas. Los libios, para que los abrieran, golpeaban con

fuerza la puerta, pero nadie contestaba desde dentro.

Iban escaseando los labrantíos, porque se entraba en un terreno arenoso

erizado de matas espinosas. Rebaños de carneros ramoneaban entre las

piedras, guardados por una mujer, de talle ceñido por un vellón azul, y

que huía dando gritos, al ver entre las rocas las picas de los soldados.

Seguía el camino por una especie de corredor bordeado por dos cadenas

de rojizos montículos. De repente un olor nauseabundo hirió el olfato

de los soldados, que creyeron advertir algo extraordinario en lo alto

de un algarrobo: por encima de las hojas se erguía una cabeza de león.

Salambó · 第 1 / 23 段