Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han
conocido, tenía en ese tiempo su rancho á algunas leguas de Pago Chico,
sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la
barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados
que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita
de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua
dirección, é iba lento, pobre y turbio, á echarse en el indigente
caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó á río ni aun con
aquel refuerzo, sino en época de grandes crecidas é inundaciones.
Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos
hijos Pancho y Joaquín, hombres ya, su hija Isabel, morenita feucha
pero inteligente y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados
por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres
habituales de la estanzuela.
Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba
poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de
ovejas para el consumo, pues no era aficionado á esa clase de crianza.
El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía
desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que,
voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil,
aunque le sobrara campo llano en que correr y aunque no le importara
un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos
terrenos tendrían muy distinta configuración...
Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho
se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto,
completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba
reseca y triste, amarilla tirando á gris, alfombra polvorienta en que,
como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante
de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un
inmenso manto raído.
Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como
si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus
destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero
en él flotaban grandes é invisibles masas de vapores dilatados por el
calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en
la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera
de dónde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.
No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos
por el bochorno abrumador, todos durmieran en el «puesto» de Viacaba;
los hombres bajo el alero que daba al este, ya sin sol, y las mujeres
en el interior del rancho, cuya obscuridad ofrecía una momentánea
sensación de frescura.
El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días á esas
horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que
los animales comenzaban á desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable
epidemia... Los hombres dormidos respiraban sofocadamente, y gruesas
gotas de sudor les brotaban de los poros, bruscas y cristalinas,
para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos,
hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes,
pertinaces á pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido
postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo
frente á la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un
momento antes, echados á la sombra y con la lengua afuera imitaban
jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.
Matilde, un peón santiagueño, enorme y mal encarado, á quien aquel
nombre de mujer sentaba «como á un Cristo un par de pistolas,» se
incorporó refunfuñando, levantóse perezosamente, y con paso tardo, á
pesar del sol que rajaba la tierra, se encaminó á ver quién era el
importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron
un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y
sacudía cabeza, orejas y cola, espantando la nube de moscas que se le
había echado encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó
para informar á Viacaba.
--Es un «franchute» que píd'i'agua--dijo.--¿Le doy?
--¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí á la sombrita.
Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado, y Panchita é
Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.
--Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio.
Después tomará un matecito, si gusta... Y ¿cómo anda, amigo, con este
solazo, que ni las víboras salen de las cuevas?
El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de
urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» á la madrugada
siguiente.
Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente
estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una
ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo
y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la
antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos
hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo,
como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el
aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza.
Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de
la sombra dejóse estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado
en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no
dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la
madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó
ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y
murmurando cumplidos á la amable «señoguita» y á la respetable «señoga».
Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje á que no estaba
acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate á la joven.
Ésta, al pasar para la cocina, con gran fragor de enaguas almidonadas,
significó á Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la
disgustaba, también á ella, el extranjero. La señora lo examinaba á
hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada
conversación.
Más de una hora duró la visita. Matilde dió, entretanto, de beber al
tordillo, y le apretó la cincha, como si con ello apurara el momento de
la separación.
Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había
obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las
haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido
presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca,
lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan
bajos, que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas
vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y
con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo...
--La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía--exclamó
Viacaba con cierta satisfacción.
Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo
que en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el
viento arrancaba de la tierra desnuda de vegetación.
--¡Las polvaderas!--murmuró con acento medroso--¡Por lo visto, ya
principian!...
Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible
calamidad, no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara
por allí sembrando el estrago y la devastación, dejando la inmensa
pampa despoblada de animales y como muerta y enterrada ella misma bajo
cenicienta y móvil capa de polvo...
La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes,
aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que
irresistiblemente provocara en todos.
Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas
y protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la
tranquera mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila
bajo el alero... El tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con
paso más brioso, y cuando iba á lanzarlo al galope, el jinete oyó que
el paisano le gritaba desde la tranquera:
--¡Cuidao con el pucho!
--«¡Oui! ¡oui!»--gritó el otro sin comprender.
Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo,
formuló el pensamiento de todos:
--¡No me gusta nadita esi hombre!
--Cosa güena no ha'eser,--refunfuñó afirmativamente Matilde recogiendo
el recado para ir á ensillar.
--Parece medio... «cantimpla»,--zumbó Pancho, el más tolerante, después
de Viacaba.
Y aunque pasaran largo rato en silencio, aquella visita debió continuar
preocupándolos, porque Serapio no dijo á quién se refería cuando
observó:
--Ahí va, por el «fachinal».
Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el
caballo, se alejaba rápidamente é iba á internarse en un alto pajonal
que, en dirección á Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno.
--¡Cantimpla decís!--objetó Joaquín que se había quedado rumiando las
palabras de Pancho.--Pues á mí, lo que me parece es un pájaro de mal
agüero, con ese pico'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de
que no nos haiga echau algún «daño»...
--¡Dejáte de agüerías, Joaquín!--exclamó Viacaba.--¡Los gringos «saben»
tener unas caras... fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por
eso?...
Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia
atenuaban un tanto esa superstición.
Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba
el grueso de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el
arroyuelo, sólo había algunas yeguas y la tropilla de zainos.
Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas
de moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y
su luz iba enrojeciéndose por momentos.
Al obscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la
comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al
oriente en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una
columna recta, de vapores terrosos, se alzaba del pajonal como girando
sobre sí misma.
--¡No digo! ¡Si ya principian las polvaderas!--exclamó Viacaba, que la
vió al ir con los suyos á la cocina.
¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena
pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus
secretos? ¿Miró mal? ¿Ó la evocación terrible de las polvaredas, la
obsesión de tamaña calamidad, le había paralizado el cerebro?
No era, no, el torbellino de polvo que una corriente giratoria alza y
retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco,
para pasearla después en caprichosa danza de un lado á otro y luego
dejarla caer, de golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como
fantástica creación de pesadilla. No. La columna estaba fija en el
mismo punto é iba elevándose y ensanchándose en la atmósfera tranquila
y caldeada que doraban y enrojecían los últimos parpadeantes fulgores
del sol.
Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían,
cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco á poco, á
manera del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar
la noche que llegaba, comenzaron á revolotear tenues brisas mensajeras
de paz, que crecían y se multiplicaban por momentos...
Era ya obscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el
pajonal, vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió á los
israelitas en el desierto...
Entretanto la familia Viacaba, comía en la cocina, rodeando el fogón,
más animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo
reaccionar á todos de su enervamiento, á medida que cobraba fuerzas y
agitaba con más decisión las alas.
La conversación, interrumpida á ratos, seguía, persistente, rodando al
rededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había
una frase simpática para él.
--¡Vaya al diablo el ñacurutú ese ¡Nunca he visto animal más
feo!--insistió Joaquín, supersticiosamente.--Y cómo miraba, con esos
ojos descoloridos, á pesar de todos sus «vulevús»... Á mí me parecía...
--El Malo ¿no?--interrumpió Matilde, el santiagueño.--¡Á mí también!
Dicen qu'es ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico é loro. No
me le fijé en las patas porque tráiba botas... pero ha de haber tenido
pesuña no más.
Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que
acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un
grito de alarma y de terror:
--¡Quemazón!... ¡Quemazón!...¡Quemazón en el fachinal!...
--¡No decía yo!--murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás...
La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose
é iluminándose con vagas vislumbres, llegó á semejar inmenso tronco
de copa pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló
con cierta violencia, desvanecióse de pronto; en seguida, en la
sombra creciente, hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse
ardiendo de punta á punta, porque, á partir del mismo sitio, apareció
chisporroteando una línea de fuego, brasas y llamitas fugaces que se
reflejaban en los vapores suspendidos sobre el suelo. Inmediatamente
después, la línea roja y resplandeciente al ras de la tierra, se
extendió, se extendió más, abarcó un espacio enorme, en el este, de
donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte.
Desde el rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos,
anaranjados ó amarillentos, que contrastaban con la noche negra y
armonizaban con la raya purpúrea de la quemazón, mientras en el
cielo un gran parche rojizo parecía seguir la marcha del desastre.
Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la alta hierba, seca
y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después de
haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de
coros indecisos... En el albardón, junto á «las casas,» dominando
el campo, Panchita é Isabel asistían con espanto al espectáculo
amenazador y terrible del incendio. Los hombres, después de ensillar
apresuradamente, se habían precipitado á todo galope hacia el pajonal,
atinando sólo á lo más visible del peligro, tan azorados que no podían
coordinar las ideas...
El viento, cansado de reir, se entretenía en combinar curiosos y
devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba
nubes de humo y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas
cercanas, iluminadas por el fuego, fingiéndolas incendiadas también,
y esparcía las chispas como un ramillete, ó las hacía formar haces de
espigas de oro; luego las dejaba apagarse ó caer sobre el pasto en
lluvia finísima y devastadora... Ó de un soplido apagaba bruscamente
la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de abandonar tan
pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla llamear
é incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres
llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado,
como de lejanísimas descargas graneadas de fusilería, y un olor acre de
paja quemada, dilución de las densas masas de humo que corrían al ras
del suelo.
Lenta á la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se
extendía, aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el
albardón, é iba acercándose á las casas cual si estrechase un sitio que
les hubiera puesto de repente con maravillosa táctica. Entre el rancho
y el incendio el campo estaba iluminado, y sombras enormes se movían y
fluctuaban vagamente en él: las rechonchas de las anchas matas de paja
y las alargadas de los jinetes que andaban agitados junto á la quemazón.
Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio
rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las
manadas que huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus
cascos la tierra seca y sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta
en nubes de polvo, lanzando al paso reflejos de ancas y de cabezas
desgreñadas al viento... Y el furioso redoble fué disminuyendo, hasta
perderse en la noche...
--¡La caballada!--gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su
marasmo.
--¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos á ver!--murmuró la madre.
Y atrás rumores más sordos, confusos é indescifrables, poblaban,
entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento
abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes...
Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar á
tiempo de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron á poco más de una
cuadra, una agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal tupido y
seco, los matorrales entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta
ya que ocultaba á un hombre de pie, ardían en una enorme extensión,
hasta donde alcanzaba la vista, entre chisporroteos y llamaradas,
estallando como millares de petardos incendiados por series sucesivas.
Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y unos á otros se
veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en que les
relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en
línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza,
negándose á avanzar más.
Á menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían
avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces. La
acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos á los humazos
del fogón, y los soplos abrasadores les hacían volver el rostro con
el cabello y la barba medio chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase
un instante la paja voladora, ardiendo, y luego seguía su vuelo, á
difundir á saltos el desastre, arrebatada por el vendaval... No se oían
casi, con el fragor del estallar de las pajas, y tenían que gritar para
comunicarse.
--... ¡Contra-fuego!--oyóse vociferar á Viacaba, que echó pie á tierra.
El principio de la frase se había perdido en el estrépito...
Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata,
la noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el obscuro cielo, sin
luna, continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta
llegar al incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas
y rojas estrellas se apagaban sucesivamente, dejando en un momento
lóbrega y vacía aquella parte de inmensidad. El horizonte se había
acercado hasta pocos pasos de ellas, y creían hallarse al borde de un
inmensurable abismo... La luz misma parecía rechazada hacia adelante
por el viento furioso que soplaba de aquel antro...
Á la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y
oyeron este grito:
--¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡Á la orilla del fachinal!...
Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro á los espantados
caballos que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa,
resollaban y roncaban violentamente, hacían bruscos movimientos para
desasirse y escapar, y tiritaban cubiertos de sudor, mientras por los
flancos les corrían arrugas como de agua rizada por la brisa...
Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron
á la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco
también. Serapio maneó los caballos y los ató á las matas, bastante más
lejos. Luego se incorporó á los demás.
Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho
de poco más de una vara, siguiendo una línea más ó menos paralela á la
quemazón. Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto,
y luego lo apagaban azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta
que se incendiaban, ó con las jergas del recado, sin mojarlas, porque
el agua estaba demasiado lejos. Serapio los imitó...
En aquella hoguera parecían fundidores junto á un río de metal
incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y
lustrosas, se hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas mientras
los ojos les relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían
hilos de tinta...
¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo que
le querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos
en complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y
sus propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo
impotente.
Y el tropel que espantara á las mujeres llegó de pronto hasta allí como
un lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio...
Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos,
gritó:
--¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!...
Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón
casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los
caballos.
Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían
conseguido arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes,
trabados por las maneas, á grandes saltos enajenados, tropezando
ciegos, allá iban, trémulos, vacilantes, chorreando sudor, hacia el
oeste, hacia la salvación, hacia la vida...
Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas
direcciones como si obedeciesen á un plan preestablecido. Sin embargo,
no lo tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se
hubiese dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde
proporcionarle un refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del
tremendo estrago...?
...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como
sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que
continuaba avanzando, avanzando á cada minuto con mayor rapidez é
intensidad, y no sólo hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la
izquierda, al norte, al sur, para separarlas bien del mundo por aquel
lado y luego replegarse, cortándoles la retirada, envolviéndolas en su
línea infranqueable. Y el redoble del triunfo, la diana sin clarines se
oía cada vez más cerca, más cerca, como estallidos de risas y gritos de
voces ásperas y discordantes... El calor era tan intenso, que á cada
instante las infelices se creían á punto de desfallecer y caer semi
asfixiadas.
El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el
pecho... Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto
previamente de paja voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso
redoblando sus chasquidos, llegó á la otra orilla, avanzó hasta lamer
la tranquera y los sauces que le daban sombra, y, regocijado, siguió
su carrera hacia el oeste, dejando más grande la noche tras de sí,
llevándola hasta los mismos pies de las mujeres que, atontadas,
siguieron mirando cómo se extinguían una á una las fugaces estrellas de
la quemazón en la noche de abismo que creara á su paso...
Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur,
también la paja sirvió de puente volante á la invasión devastadora.
El arroyo ardió todo en un segundo. Y desde la otra orilla, de las
matas altas del albardón, el viento arrebataba cardúmenes de chispas
que iban á caer á los pies de las mujeres... Algunas llegaban hasta
el mismo rancho y se extinguían entre las pajas del techo, sin fuerza
para incendiarlas... Ellas, en su angustia suprema, no advertían el
nuevo peligro. Y chispas y pajas abrasadas continuaban su vuelo, más
compactas cada vez...
--¡Mama! ¡mama!...
El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la
catástrofe: el techo central ardía con gran humareda en un círculo de
una vara de diámetro.
--¡Agua! ¡agua!--gritó la madre, arrancada á su estupor.
Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó
un balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no
alcanzaron á lanzar el agua hasta allí...
--¡Traé vos el agua!--tartamudeó la madre.
Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas,
trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente,
como si alguien pudiera oírla en aquella desolación:
--¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!...
Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeante, bañada
en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía, echábase de bruces
sobre el techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo
automático, é iba á verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y
mientras hacían esta abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba
acribillando el rancho con sus flechas incendiarias... Un momento
después el techo ardía por diversos puntos...
--¡Baje, mama, baje! ¡Se va á abrasar viva!...
La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía
por las cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus
sauces descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en
que se revolvían, se atropellaban y se trepaban unas sobre otras las
ovejas, balando lastimeramente, tratando de derribar el fuerte cerco...
Y aquella siniestra y formidable iluminación desvanecía, borraba
totalmente la otra, ya en el horizonte...
Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras
otro, llenos de desesperación.
Nada había que hacer... Apenas, y con gran peligro, consiguieron
sacar algunos objetos de la formidable hornalla... Las cumbreras se
desplomaron con gran ruido, el alero desapareció, y á la luz roja no
se veía ya mas que las paredes ennegrecidas... Sentados en el suelo,
anonadados por la impotencia y la desesperación, lanzaban de vez en
cuando lamentables exclamaciones. Y la visita del extranjero volvía á
su exaltada imaginación con caracteres diabólicos y aterradores.
--¡Ah el gringo, el gringo!...
--Él no más nos ha traído esta calamidá...
--Nos ha hecho «daño»...
--¡Seguro que tiró el pucho en el fachinal, indino!...
--¡No, patrón!; si era el Malo, ¡si era Mandinga!... ¡Tan cierto como
que éstas son cruces!...
Y su infantil superstición iba á convertirse en hecho comprobado,
al día siguiente, cuando en Pago Chico, donde fueron á refugiar su
desnudez, les dijeran que allí no había llegado francés alguno, y luego
á difundirse pasando de boca en boca como acontecimiento histórico,
aunque el comisario averiguara y publicara que un hombre de la
filiación del presunto incendiario estuvo aquella tarde en el vecino
pueblo del Sauce donde, á la madrugada, tomó la galera del Azul...
Pero el alba se extendió descolorida y triste sobre el campo. Hombres
y mujeres, acercados por la desgracia, formaban un grupo silencioso é
inmóvil. Lo que ayer fuera bienestar y abundancia era miseria ya...
La pampa, á las primeras luces indecisas, mostróseles cubierta por
inmenso tapiz de funerario paño negro, que se extendía hasta el
horizonte, en todo rumbo, y el viento, fuerte aún, levantó nubes de
hollín y los envolvió en impalpable polvo de cenizas...
¡GUERRA Á SILVESTRE!
También acabó Silvestre por incomodar á los situacionistas, que
resolvieron castigarlo, igual que á Viera.
Á este propósito hicieron que fuera á establecerse en Pago Chico,
habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano
Barrucchi, venido del país amigo á hacer fortuna rápidamente, así, sin
otra condición, rápidamente.
La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que
hasta fué denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la
profesión. Pero estaba atrincherado tras de su regente, á quien hizo
pasar una temporadita en el Pago, con pret, plus y otras regalías
inherentes á la actividad del servicio.
--Al gringo l'enseñan,--decía,--pero nada le ha'e valer. ¡Á la larga no
hay cotejo!
Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos?
untar la mano al inspector enviado de La Plata.
«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir, entonces, del
hecho de untarla, y de dejársela untar?...
Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles.
No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa
victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el
italiano, le tendió lazos, le analizó preparaciones en que había
substituido substancias, publicó los resultados, formuló denuncias,
y de perseguido convirtióse pronto en perseguidor, porque en aquella
delicada materia se inmiscuía alguien más que los cabecillas
pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas, solía
enviar inspectores cuando era á golpe seguro, y entre tantos alguno
habría reacio á los ungüentos de marras...
Y apareció muy luego otro inspector.
Barrucchi escapó difícilmente á las consecuencias con que lo amenazaba
una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los
alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse
á negligencia suya, nunca á perversidad de Silvestre, incapaz por
su parte de jugar á sabiendas con la vida de sus convecinos, é
imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.
La misma grosería del error fué lo que salvó á Barrucchi, provisto de
auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de
reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos
en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi
probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni
siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de
consonantes en ina.
Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se
resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado
á todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin
embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino
á favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra
incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor
que su capital verdadero, ardió casualmente á los pocos días, sin que
bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con
machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa.
Hay quien dice, todavía, que el incendio no fué intencional.
La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del
edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada
de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió á uno
y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto
reclame quisiera.
La casa comenzó á reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó
que Barrucchi restablecería su farmacia en mucho mejores condiciones,
ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en
efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de
pólvora de punta á punta del pueblo, le hizo variar de propósito y
retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del
seguro.
--Non é niente, demientra no se brushe l'arquibio.
--Non é niente demientra no se brushe l'arquibio.
Esto era lo que se oía de la mañana á la noche hasta en los últimos
rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora
con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún.
Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante
días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre,
aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso:
Barrucchi, á quien la noche del incendio corrió á avisarse al Club que
ardía la botica, se limitó á contestar tranquilamente, encogiéndose de
hombros:
--¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...
El pobre Tartarín tuvo que ir á Argel por una copla; Barrucchi tuvo que
irse de Pago Chico por una frase.
También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó
del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le
perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando á los
vecinos:
--¡No lo muerdan, qu'es del barrio!
Los hombres también, y si no, véase en seguida como lo prueba, con
elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.