--¡Hay que sitiarlo por hambre!--había exclamado Ferreiro aludiendo á
Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor,
como pudo verse en «Libertad de imprenta».
El plan era fácil de desarrollar y estaba á medias realizado por el
oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba _La Pampa_, ni
anunciaba en ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta
cívica. No había más que seguir apretando el torniquete y aumentar el
ya crecido número de los confabulados contra el periodista. De la tarea
se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en candelero, dirigidos
por el escribano que les hizo emprender una campaña individual
activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido
diplomático, sino de empeñosa protección á _El Justiciero_.
En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los
periódicos son necesariamente escasos y más escasos aún los
anunciadores, porque ¿á qué santo salir diciendo que en el almacén tal
ó en la tienda cual, se venden éstos ó los otros artículos, cuando
todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa de Fulano ó de
Mengano está en la calle tal número tantos, cuando, hasta los perros
la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un
aviso en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo
ostensiblemente, no por otro motivo ó propósito,--y más barato resulta
no anunciar. Volviendo á los suscriptores, muchísimos no pagan, unos
por ser muy amigos del propietario, otros por no serlo bastante,--de
manera que no hay cosa tan precaria como la vida de una publicación
de aldea, villa ó presunta ciudad, salvo cuando es afecta á los
gobernantes, quienes la subvencionan, le dan edictos, licitaciones,
etc., hacen subscribirse á sus allegados, subalternos, favorecidos
ó postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio
artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable,
porque nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto
más tiene el diario oficialista, menos alcanza el diario opositor,
puesto que el comercio no señala á la «réclame» sino una partida tan
exigua como la destinada á limosnas--es decir, nada en absoluto ó
nada relativamente--y los fondos no alcanzan para dividirlos en dos.
Mientras uno mama, el otro llora.
De la parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de _La
Pampa_ después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban
unos pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios
que, en vez de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto
mismo era más nominal que positivo, pues como el diario, bamboleante en
un principio, se sostenía á duras penas, los proveedores bonaerenses
de papel, tinta, tipos y demás, tenían en cartera documentos á plazo
fijo por un total bastante más crecido que el valor del terreno. Para
_La Pampa_, más celosa que la misma balanza de precisión de Silvestre,
la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier carga
desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por
falta de elementos.
Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó á cabo con
éxito visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes
propagandistas y comisionistas de _El Justiciero_, buscando avisos y
subscripciones que muchos no les negaban por no incurrir en las iras
celestiales. Pero, según lo ya dicho y como que el hilo se corta por
lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la sacaban práctica,
aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin graves
temores para un futuro inmediato.
--¿Por qué no se subscribe al _Justiciero_? ¿Por qué no pone su avisito
en _El Justiciero_?--era la frase intercalada de pronto y sin andarse
con muchos rodeos en la conversación por los secuaces del escribano.
--Porque ya estoy suscrito á _La Pampa_ y tengo allí mi aviso.
--Póngalo también en _El Justiciero_, porque _hay_ interés en ayudarlo,
y para un comerciante que vive de todo el mundo, como Vd., no conviene
estar bien con unos y peor con _otros_ que valen más.
El comerciante trataba, á veces, de no dar su brazo á torcer, siguiendo
con el aviso en _La Pampa_.
--Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y á gatas si
puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.
--Bueno,--replicaba el comisionista de ocasión,--en ese caso, para no
quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga
tomar entre ojos.
Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder»
forzosamente cedía, si no á la elocuencia de estas palabras, á
las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y ó daba el aviso á
_El Justiciero_ quitándoselo á _La Pampa_, ó se lo quitaba á ésta
para no darselo á nadie. Lo mismo ó punto menos ocurría con las
subscripciones...
El derrumbamiento del diario oficial se precipitaba estruendosamente
sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo
aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto
en práctica, observóse que no entraba un solo anuncio nuevo,--como
es natural, dado el carácter de los anunciantes,--mientras seguían
retirándose los viejos...
Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente
postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa
para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías,
redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer
frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien
las páginas de anuncios de _La Pampa_ podían llenarse bien ó mal con
los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la
administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo,
acudió solicitando un préstamo á la sucursal del Banco de la Provincia,
aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros
eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por
hambre. No se le dió ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie
de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde
esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad».
Aún no había hecho confidencias á nadie, limitándose á refunfuñar
que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba
por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo,
instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una
cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía.
El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque
también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la
hipótesis era caso de pensar en desnudar á un santo desnudo para vestir
á otro no más abrigado por cierto. Como aquel pesar y aquel temor de
la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una
iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, sino que, en el momento
psicológico de la expansión, abrióse al doctor Pérez y Cueto que
acababa de llegar por casualidad á la imprenta, y que le escuchó con
tristeza y á ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como
la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida
por Ferreiro, Luna, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti.
--¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!...--exclamaba de tiempo
en tiempo el doctor, interrumpiendo á Viera.
Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo
volvía á interrumpir:
--¡Caramba, caramba, caramba!
Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado
el tema, sino porque la fatiga le exigía reposo. El doctor Pérez y
Cueto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos
atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego,
irguiéndose, arribó á una conclusión:
--¡Hay que arreglar eso!--dijo.
Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa
atención, repitió sentenciosamente:
--¡Hay que arreglar eso!
Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:
--¿Y cómo?--preguntó á su grande amigo.
--¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba
de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos
advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por
el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando á este desdichado pueblo
y vejando á la gente de pro. ¡Á todos nos toca mantener bien alto la
bandera enarbolada por _La Pampa_, y todos sabremos cumplir nuestro
deber! ¡Tenga Vd. confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón
para seguir luchando como bueno!
Estaba tan agitado y conmovido cual si acabase de hablar ante cien
ó doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y á fe
que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por
aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las
lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante
amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar,
porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en gran nación,
agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del
acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes
tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la
humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de
teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase
en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial;
compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis cómo se
agiganta...
--¿Con cuánto se remedia?--preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo
á la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como
aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer
tonterías, á lo humano, sin perder por eso su divino carácter.
Viera se lo dijo.
--Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse
de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con Vd., Pago Chico está
en deuda con _La Pampa_, su único defensor, su postrer baluarte, y es
preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio,
pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y
encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán
hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de
otras listas. En un par de días tendrá Vd. el doble de lo urgentemente
necesario, y _La Pampa_ volverá á navegar viento en popa.
Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba
triunfante en la redacción de _La Pampa_, gritando á voz en cuello:
--¡Aún hay pueblo en Pago Chico! ¡Aún hay pueblo en Pago Chico!
Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella
época, y centenares de vecinos subscribieron con entusiasmo según sus
fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros
contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo
puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento,
hubiera pensado que aquélla era tela de ciudadanos, y que con
elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se
organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto
hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de conocer
el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia...
Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de _La
Pampa_ resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en
efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria
empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el
talero mismo. No hay quién la saque. Sería más capaz de bolearse que de
dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos
facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil,
de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo
contaríamos. Gracias á que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en
una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser
mentira sin cuasi en cualquier mundo á lo Pangloss...
Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que
faltó fué el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con
el cero de la entrega... He aquí los hechos:
La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró
contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente solo.
--¡Viera, hermano Viera!--exclamó el insigne boticario.--Te he juntado
más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa;
y si los querés te los traigo áura mismo.
--No hay apuro.
--Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y
he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Esto sí que es honroso.
Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta
á aflojar la mosca, por algo ha 'e ser. Tocarle el bolsillo es como
andarle por las verijas á un animal cosquilloso. Así que, si querés,
podés engréirte de lo que han hecho con vos.
--Sí, hermano--replicó Viera--me siento verdaderamente conmovido, y si
no fuera por eso llegaría á ponerme orgulloso. ¡Ésas son cosas de que
no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que
las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también
como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de
seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...
Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos
momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.
Silvestre le miraba. Al rato le preguntó:
--Pero, decíme, ¿La suscrición te alcanza para sacarte completamente
del pantano, ó no?
--Es una ayuda muy grande.
--Eso ya sí. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos?
--Por el momento sí.
--¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verda?
Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto
se gasten esos nales volvés á enterrarte hasta el encuentro en el
tembladeral, ¿no?
--Desgraciadamente.
--Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para
pagar á todo el mundo y vivir sin arretrancas!; ó, de no, mucha plata
para que el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más
población y entonces se pueda sostener.--Porque supongo que, aunque los
nuestros suban no sos de los que se han de prender á la ubre...
--Tenés razón, tenés razón en todo Silvestre...
--Bueno... entonces, esperá... dejáme á mí... Yo sé lo que hago, y has
de ver cómo todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya
verás ya verás...
Y se levantó en actitud de marcharse.
--¿Qué pensás hacer?
--No te quiero decir... Luego... Mañana.
Y se fué.
Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión ó de
esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba,
crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos
del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre
lo enajenaron, entregándolo á una especie de pasajera megalomanía: era
evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario
patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación,
comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más
ámplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que
con menos sacrificio se arribaría á mucho mayor efecto si no se
aguardaba cada vez, para echarle una manito, á que el carro estuviera
encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con
qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo
ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al
pueblo...
Fué á ver á la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para
transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de
aprecio--gloriosas decía él--embriagaban su juventud, para hablar
también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el
fantasma de la miseria... Después, vuelto á su casa, aquella noche se
durmió sonriendo á sus nuevos y quebradizos juguetes.
Cuando, á medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto
cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca
amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia.
Viera lo miró sorprendido.
--¿Qué tenés?--exclamó.
Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, presentólo por el cabo al
periodista y
--¡Tomá, matáme!--murmuró con voz reconcentrada.
--¿Qué tenés? ¿estás loco?
--¡Tomá, matáme, te digo! ¡Soy un canalla y un flojo, porque ya me
debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matáme por favor!
Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la
combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había
dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que
obedecía al propósito de salvar para siempre á su amigo. La noche
antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién
parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada
con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de
honor.»
El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque
sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreirse y decir
filosóficamente:
--¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no
traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que...
hay que desconfiarles mucho á esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no
hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar, y... ¡basta!
Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.
--¿Conque sabías?--acertó á balbucir.--¡Y me perdonás, hermano, todo el
mal que t'hecho!...
Y reaccionando de pronto, rompió á llorar con grandes sollozos
convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las
rodillas trémulas.
...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa,
tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor
suyo, que perdonó á su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto
aboga por él, porque es excepcional. Viera dió por recibida la suma con
grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dió incremento
á sus apuros.
--¿Dónde tira la plata ese loco?--se preguntaban haciéndose cruces
los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable
atolladero.
Pero como Silvestre no se apresuraba á explicarlo ni Viera había de
hacerlo...
* * * * *
El lector querrá saber cómo justificamos la visible contradicción que
se nota leyendo esta crónica, primero en las dos opuestas actitudes
del pueblo pagochiquense, y después en los actos de Silvestre, censor
implacable de lo malo y luego capaz de todo, hasta de un abuso de
confianza. Pues muy sencillamente: no la justificamos porque no
necesita justificación. Si la necesitara, diríamos en cuanto á lo
primero que se trata de esos distintos estados de alma, del alma
popular, que permiten y aun crean las fluctuaciones de opinión y
acción observables que toda colectividad, y en cuanto á lo seguido que
Silvestre, culpable, seguía siendo puro como lo creía Viera, pues si
antes se dijo que el más justo peca siete veces, hoy puede afirmarse
que el más sensato lleva un loco adentro.
Sólo que Silvestre (aquí inter nos) no era el más sensato...